RuiValdivia

Horas non numero nisi serenas

Danza, cine efímero y teatro

El teatro es un juego de veladuras. El telón rasga la realidad y nos asoma a un mundo fingido cuyos hilos se le escamotean al espectador tras la tramolla, toda esa tecnología de tinglados que mueve el ámbito mágico de candilejas que en sueños el espectador finge creer. Todo está fabricado para engañar. La mentira compartida que tradicionalmente ha funcionado, porque tras las cortinas y la negrura que rodea el escenario se escondía todo el engranaje tecnológico de luces, vestuario, escenografía, efectos, sonidos, realizadores, carpinteros, asistentes, tramoyistas en cuyo trabajo oscuro e imprescindible, oculto, se sustenta ese pequeño y luminoso espectáculo que se abre como una concha al espectador sentado en su butaca.

Pero ayer todo se transformó. Y el teatro se dio la vuelta y se puso del revés, como el jersey que nos muestra sus costuras, como una catedral gótica que implosiona y cuyos arbotantes y pináculos, que la sostienen desde afuera como pinzas, penetraran en el ámbito sagrado donde los creyentes, los visitantes, hasta ahora se habían dejado engañar por la magia de una arquitectura que parecía flotar en el espacio por el efecto invertido de la gravedad.

Ayer hubo teatro, danza, y cine, y sobre todo, imágenes y arte junto con la tecnología que lo sustenta, todo unido y ofrecido al espectador como un todo, sin efectos especiales, sin tramoya, sin artificios, escenario y trasfondo todo ensamblado y a la vista del espectador.

Sobre el escenario estaban los actores, pero también los técnicos y los operarios, creando un espacio autosuficiente. Ficción y realidad todo a la vista, puro materialismo, sin el engaño de la caverna y sus sombras ideales. Era teatro porque se hacía en directo, delante del espectador. Cada vez una representación única, original y especial. Pero también cine, porque los actores-técnicos se rodaban a sí mismos y el resultado, como un reportaje en vivo, como una retrasmisión deportiva en directo, se nos mostraba en una pantalla de cine. Pero sin ensayos, sin infinitas tomas hasta dar con la apropiada, todo discurriendo en tiempo real. Lo que las cámaras ruedan, pero también las cámaras y quienes las mueven, todo a la vista de unos espectadores que asistimos conmovidos a una representación total llena de encanto, sensibilidad y un alto voltaje de originalidad.

La publicidad anuncia Kiss and Cry como danza de dedos. Y es cierto, los protagonistas son los dedos, las manos, los actores últimos de este espectáculo. Para ellos los actores-operarios del teatro preparaban cada escenario, cada ámbito y juego de luces, sonido y efectos para crear los mundos fingidos donde las manos narran su historia. Escenarios miniatura encerrados en el gigante escenario del Teatro del Canal, creados sobre la marcha delante de unos espectadores que alucinados presenciamos a la vez el arte de las manos, pero también el de los técnicos-actores fabricando las escenas y el de los cámaras rodándolas para ofrecernos una película en vivo de lo que estaba sucediendo en cada uno de estos mini platós de rodaje. Sin protagonistas, sin obreros al servicio de las estrellas, puro trabajo cooperativo de creación y fabricación de un espectáculo de pura artesanía.

Alucinante. Y maravilloso. Como el mago que nos sosprende con el truco, pero también con la propia técnica de la mentira, con el engaño y la ficción desnuda ante el espectador: como si la chistera fuera transparente.

Ayer se rompieron los límites fenomenológicos y clasistas del teatro y del cine, del arte; y sólo con dedos, manos, esos artefactos biológicos que nos convirtieron en humanos. Bravo.

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Kiss and Cry, por Charleroi Dances by Rui Valdivia is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License.

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