RuiValdivia

Horas non numero nisi serenas

Matrimonio de contrarios

El martes escuché en León un concierto monográfico de Bach interpretado por la Orquesta Barroca de Helsinki. No comparto el tópico de que los intérpretes del norte tengan que ser fríos. No sé muy bien qué distingue una interpretación cálida de una fría, cuando en ambos casos se despierta la emoción y se transmite la música con sensibilidad y sentido. Quizá sea por la expresión corporal de los músicos, fría o caliente según desplieguen menor o mayor energía gestual.

Sabemos, o creemos, que el infierno es muy cálido, y el cielo, frío. Dionisios nos embelesa con su fuego, y sin embargo, Apolo, nos deja fríos con su racionalidad. Sin tener que recurrir a Nietzsche y su concepto de tragedia, parece que la música se alimenta del matrimonio de esos dos contrarios, del cielo y del infierno, del talento demoníaco de un Bach, Mozart, Paganini o Leverkühn, y de su capacidad diabólica para hilvanar notas en conexión con la armonía y el orden adecuados a la contemplación de la belleza divina.

La última de las obras que nos ofrecieron los fineses fue un concierto para dos claves, no tan conocido como sus hermanos transcritos del violín, y en el que ese maridaje entre el cielo y el infierno aparece un poco más claro que en otras obras de Bach. Sobre todo en ese segundo movimiento en el que las cuerdas callan y los dos instrumentos solistas se debaten en un juego amoroso tan platónico, como sensual, al ritmo de una siciliana. Porque no hace falta irse a los movimientos más agitados, rítmicos y percutidos para encontrar un fuego que considero más intenso y sofocante en esos otros movimientos lentos que, como un manto de ascuas, esconden el infierno bajo su aparente placidez.

A veces encuentro conexiones extrañas entre obras o estéticas que aparentemente no poseen ninguna relación. Pero el martes Bach se me antojaba como un sacerdote que estuviera enlazando en matrimonio al cielo y al infierno. Tal y como William Blake hiciera en su críptico poema “El matrimonio del cielo y del infierno” y que el pasado domingo tuve la fortuna de presenciar en su versión coreográfica y musical a cargo del Instituto Stocos, en las Naves del Matadero de Madrid.

La tierra así concebida se nos muestra como una rica interfaz, como ese lugar de lucha o armonía entre los fuegos y los hielos, entre el bien y el mal, entre la carne y el espíritu, un conflicto que tahúres como Blake o Bach convierten en un juego donde ejercitar la libertad interpretativa, una redoma en la que fundir tan contrarios principios y formar tan novedosas éticas, identidades, emociones y aspiraciones, en suma, deseos.

A Bach se lo considera el heraldo musical del cielo en la tierra, al contrario que Blake, un mago que nos trajo a la tierra las certidumbres del infierno. No pueden existir dos personalidades y propuestas artísticas más diferentes, tan contrarias escenificaciones de lo que significa vivir en un mundo interfaz de cielo y de infierno. Ambos eran artistas de perfil simbolista, que utilizaron los grandes mitos y símbolos de nuestro imaginario para confeccionar obras de rara y cercana complejidad. Pero Blake nos ofrece, sin embargo, algo distintivo, que la danza interactiva y de realidad aumentada del Instituto Stocos nos mostró, la interconexión de los contrarios, la fuerza del deseo convertida en la energía primigenia que mueve tanto los resortes del cielo como los del infierno. Proclamaría Blake:

Este Ángel vuelto demonio, es mi amigo íntimo: juntos leemos la Biblia en su sentido infernal o diabólico que el mundo conocerá si se conduce bien.

La música de Bach también interpreta la Biblia, pero se parece demasiado al canto de la sotana, de la toga y de la corona, una música ordenada para estructurar el orbe bajo unos principios férreos. Pero precisamente por ello, y si se la sabe escuchar, a veces entre sus notas también aflora el averno que Blake nos propuso como energía del deseo y que tan provocadoramente nos ofreció en sus proverbios del infierno, del que extraigo el siguiente:

Así como la oruga elige las hojas más hermosas para poner sus huevos, el sacerdote deposita su maldición sobre los mejores goces.

En síntesis, lo que el Instituto Stocos nos propone con toda su tecnología interactiva basada en las neurociencia cognitiva, no se aleja de lo que Bach intentó en su época con las herramientas e intuiciones científicas disponibles, crear un nexo entre el cuerpo y la energía desplegada a su alrededor para emocionar a las personas que nos rodean. Como diría Blake:

La razón es el límite o la circunferencia exterior de la energía corporal.

Una energía que Bach desplegó personalmente con los instrumentos musicales y tecnológicos que tenía entonces a su alcance, el clave y el órgano, cuyas teclas unidas cognitivamente a los dedos y a las neuronas de Bach, resulta un modelo de experimentación artística totalmente coherente con la utilización actual de las mejores tecnologías y conocimientos científicos, con objeto de crear inmersiones artísticas en las que el cuerpo y la mente interactúan cada vez con mayor potencial. Porque la rara intuición de los artistas de todos los tiempos consistió precisamente en saber utilizar a su conveniencia las limitaciones y capacidades perceptivas de los cerebros humanos, en encontrar vías de acceso y de transformación de las conciencias a través de esos estímulos neurocognitivos que son, en suma, las obras de arte.

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