RuiValdivia

Horas non numero nisi serenas

Planos, bocetos, guiones, partituras: los califactos como obras en proceso

Lo que realmente importa de los califactos es que se usen, que se utilicen como materia prima de proyectos e interpretaciones. Por esta razón he intentado que cada califacto pudiera comunicar aquello en lo que podría convertirse, que pudiera anticipar e inspirar a los potenciales receptores de esta materia prima. Que en cada califacto se pudiera vislumbrar lo que podría ser si le diéramos música, si las imágenes cobraran movimientos, si la palabra se dijera con convicción y naturalidad. Un califacto es un guion de lo que podría ser si otros personas quisieran ayudarme a interpretarlos.

No dejo de darle vueltas a la utilidad que poseen mis califactos. Sin duda que sus palabras, su texto poético, forma su principal soporte. Pero parece que las escondo o las diluyo entre imágenes que dificultan su lectura. ¿Necesita la poesía que se la acompañe de imágenes? ¿No parece que se quisiera potenciar con las imágenes lo que la palabra no es capaz de comunicar?

Nacieron en la precariedad. Los deseos que albergaba entonces y ahora: comunicar el dolor del mundo, expresar mi deseo, compartir dolor y deseo para buscar una forma de acción destructora y constructora, transformar la percepción de la realidad, inspirar nuestro imaginario y afirmar que todo es posible.

En precario, porque ninguno de ellos lo consideré ya acabado en el momento de publicarlo. Recuerdo el primer califacto que publiqué. Se llama “Aquella mirada”. Escrito a pluma y con unos garabateos infantiles a su alrededor. ¿Por qué? Entonces no lo sabía, ocurrió, y tuve la valentía de publicarlo, a pesar de que pensara que los dibujos eran simples e ingenuos, que era un trabajo poco limpio y no muy serio. Quise saber qué pasaría. Había experimentado y a pesar de que el resultado me pareciera poco útil, quise saber si también lo era para otros, si el impacto iba a ser el previsible o me iba a sorprender.

Ya lo he contado en alguna otra ocasión. Me sorprendí. Y de aquella sorpresa me he nutrido durante estos tres años. Porque todo lo que he hecho, en esencia, ha sido siempre intentar, una y otra vez, volver a conmover a aquellos que me sorprendieron entonces, e intentar agrandar el estrecho círculo de los sorprendidos.

Pero realmente nunca había reflexionado seriamente sobre la necesidad de incluir una imagen, porque las imágenes que me asaltaban al leer y releer cada uno de mis poemas eran tan naturales como las mismas palabras. Me involucré así en este juego apasionante en el que todos comprendéis que mi capacidad para realizar dibujos resulta muy inferior a la literaria. Por esta razón no he dejado de aprender, experimentar, preguntar sobre las técnicas pictóricas, no con la intención de convertirme en un pintor o un ilustrador, sino con la de ser capaz de plasmar aproximadamente las imágenes que me rondaban por la cabeza.

Recuerdo ahora todo esto porque hace un par semanas fui a otro lugar de aprendizaje pictórico, con el objetivo de seguir aprendiendo y sondear si la formación que ofrecían pudiera serme útil en este campo de fundir la palabra con la imagen. Era un lugar de aprendizaje especializado en el cuadro naturalista. Un sitio quizás no muy adecuado, ya que eludo, por todos los medios, las técnicas asociadas al realismo pictórico. Pero siempre se puede aprender algo, y como en otras ocasiones he encontrado buenos consejos y enseñanzas en los lugares y las personas más insospechadas, pues me animé a presentarme con mis califactos para saber en qué podrían ayudarme.

Siempre he considerado que la principal virtud de un profesor consiste en dar aliento y continua motivación. Cuando me siento en cualquier butaca, ya sea la más lujosa o desastrosa, siempre intento conectar con el intérprete que se sube al escenario y se expone. Le lanzo mi aliento, mi apoyo, el deseo de que no se olvide del papel, que lo recite cuajado de acentos y de emociones, que no se equivoque, que sea capaz de disfrutar tal y como yo lo deseo para ambos. Es un nerviosismo muy especial que seguro que habéis sentido muchos de vosotros, la comunión con aquel que nos desea mostrar algo inusual, el fruto de un trabajo que incorpora algo de sí mismo. Una especie de pudor, pero también una predisposición activa a ser conmovido. Un aliento y un apoyo que se exacerban cuando el que recita, canta, baila, toca o interpreta es un artista amateur. Por lo menos, así me comporto yo, y en algo así debería basarse el deseo de participar en el aprendizaje de una persona.

Siempre he pensado que la crítica del trabajo ajeno nunca debe nacer de la sospecha, de la carencia voluntaria de comunión, de la búsqueda afanosa del fallo o de la inadecuación con el canon personal, ya sea avalado por la academia o por el juicio experto. La experimentación artística no se puede evaluar por su semejanza con lo excelso conocido o vislumbrado. Entiendo que si un artista desea dibujar una nariz de perfecto realismo al óleo, que el profesor critique y acto seguido le aporte la ayuda tecnológica adecuada para que el resultado sea exitoso. Y que por tanto, que pueda emitir un juicio sobre una nariz que el alumno le ha dicho que debe parecerse a la del modelo artístico elegido y ya asentado por la academia. Pero en este caso el alumno ha expuesto el objetivo, cosa que no ocurre cuando asistimos a una nueva experimentación artística en la que se busca precisamente representar un reto cognitivo.

Digo esto, no porque considere que mis califactos sean invaluables, o que no puedan ser criticados o comparados con otras obras. No. Lo comento porque mis califactos o cualquier otra obra, sea de quien sea, si los expongo a la consideración de un experto del que solicito asesoramiento y ayuda, no es para que los evalúe o critique, sino para que primero, se ponga en disposición de apreciar el experimento que propongo, para que activamente se involucre en la comprensión del artefacto, y seguidamente, una vez hecho el intento de percibir y dejarse conmover (aunque disfrute un pimiento), que intente ofrecerme ese aliento y confianza en la que reside la labor de todo buen profesor o maestro.

No se trata de ser flojo, o de tratar con conmiseración al alumno o aprendiz, situándose así en el extremo opuesto de la tradicional idea de que el mejor aprendizaje nace del sufrimiento y del dolor por no poder dejar de fallar, y de que en ese esfuerzo por superar los errores nace el mejor aprendizaje. La frustración y la obsesión son los frutos más apreciados de estos métodos de aprendizaje y enseñanza. Se trataría de ponerse en el lugar del aprendiz, de intentar ayudar ofreciendo los recursos e instrumentos que se deduce que éste necesita en virtud de sus anhelos, inquietudes y deseos expuestos en su obra.

El aprendizaje saludable no nace de la destrucción de la autoestima, de la crítica inmisericorde y de la necesidad de volver a construir desde cero y según los criterios de un maestro. De las personas que más he aprendido han sido de aquellas que me han escuchado, que han hecho el esfuerzo de entender mi universo, y desde esa perspectiva, que han utilizado su mayor conocimiento técnico para ofrecérmelo. ¿Qué es juzgar? Indudablemente, poner nuestras obras en una balanza donde el platillo al otro lado del fiel pesa infinito, porque acumula toda la sabiduría de la tradición, todos los cánones que se consideran clásicos con toda su prosapia de prohombres. Ante tan sublime compromiso, dejemos que sean los expertos los únicos que escriban, pinten o canten. ¡Jamás!

Padecí eso que suele denominarse “una crítica demoledora”. Resultó interesante, aunque poco útil para mejorar, porque el maestro naturalista y realista fue capaz de definir con rigor técnico y vocabulario específico aquellos elementos de mis dibujos que carecen de idoneidad, adolecen de fallos y desentonan en el contexto del califacto, pero en ningún momento se puso a la altura de lo que realmente tenía ante sí, y de lo que yo pretendía al exponérselos.

Porque ya lo he dicho en alguna ocasión, y lo repito ahora, los califactos no aspiran a ser obras de arte, sino artesanías cognitivas, o fragmentos de un proceso continuo de experimentación artística. No necesito aprender para alcanzar un determinado nivel artístico, sino para poder comunicar mejor y fabricar artilugios cada vez más motivadores. Pero ¿qué significa esto?

Pues que un califacto siempre está en construcción. Que un califacto lo puede tomar un artista cualquiera y construir con él otra obra diferente, o que cualquier persona podrá también utilizarlo de materia prima de otra experimentación artística diferente. Yo mismo lo he hecho ya con alguno, y lo seguiré haciendo cada vez que lo necesite.

Los califactos no son obras, sino que los construyo como los planos de un futuro edificio, las partituras descriptivas de una posible obra musical, o como guiones cinematográficos, es decir, que el califacto en realidad no es la obra de arte, o el experimento artístico, sino la propuesta o el guion que uno o varios intérpretes van a acabar convirtiendo en obra de arte.

Si afortunadamente alguien se ha conmovido con alguno de mis califactos, lo ha hecho, sobre todo, porque ha aportado la imaginación suficiente para vislumbrar, más allá de lo por mí construido, la promesa de esa obra de arte que contienen y que todavía está por fabricar.

Quizás la imagen más adecuada para valorar lo que significa un califacto sea la del guion cinematográfico. El guionista escribe los diálogos, explica las situaciones, describe los paisajes o los lugares. Inventa la historia y aporta lo materiales básicos para construirla. Pero serán otros los que aportarán la voz, el gesto, el movimiento, la luz, las secuencias, el vestuario, la decoración, el maquillaje, etc. O en relación con los planos del arquitecto, serán otras muchas profesiones las que aportarán su trabajo de albañiles, fontaneros, electricistas, etc. El califacto es el plan o la partitura que tendrá que ser ejecutada, interpretada en cada momento en que se renueve el rito de la experimentación artística.

Mi experimentación creando califactos y mi aprendizaje respecto a ellos quedan definidos por esta descripción que acabo de exponer. Artefactos cognitivos para el procumún. Por eso los definí así. Como herramientas que están ahí para ser utilizadas en cada ocasión según las circunstancias. No busco la obra cerrada, no aspiro a la admiración, no pretendo la perfección técnica.

Y por tanto, lo que más me importa es que se usen, que se utilicen como materia prima de proyectos e interpretaciones. Y es por esta razón por lo que he intentado que cada califacto pudiera comunicar aquello en lo que podría convertirse, que pudiera anticipar e inspirar a los potenciales receptores de esta materia prima. Que en cada califacto se pudiera vislumbrar lo que podría ser si le diéramos música, si las imágenes cobraran movimientos, si la palabra se dijera con convicción y naturalidad, por ejemplo. Mis aprendizajes en el dibujo y en la voz poseen este objetivo, el de ser capaz de confeccionar un guion y una anticipación atractiva y emotiva de lo que pueden ser, en crear guiones (califactos) que sean capaces de atraer a otros profesionales del mundo del arte para formar equipos de interpretación con el objetivo de transformar el guion en película, el plano en edificio, la partitura en música, en fin, el califacto en interpretación.

Casi desde el comienzo de esta aventura he buscado colaboradores. No lo he conseguido. Por esta razón, ahora he emprendido dos caminos al respecto. El primero, publicar los poemas sin otros aditamentos que la misma palabra. Aspiro así a difundirlos a través de otros medios, y quizás así, sin esas imágenes que “molestan y perturban”, intentar inspirar a otras personas. En segundo lugar, me estoy convirtiendo en actor de mis propios califactos, en su intérprete precario, con el objetivo de entrar en contacto personal y directo con otros creadores, con el deseo de encontrar una motivación común y así poder crear alrededor de los califactos un tipo de experiencia artística que aspire a los objetivos que manifestaba al comienzo de este texto. Los recuerdo:

  • Comunicar el dolor del mundo
  • Expresar mi deseo
  • Compartir este dolor y deseo con el objetivo de buscar una forma de acción destructora y constructora.
  • Transformar la percepción de la realidad.
  • Inspirar nuestro imaginario.
  • Afirmar que es posible la acción y la transformación.

«Planos, bocetos, guiones, partituras: los califactos como obras en proceso» recibió 0 desde que se publicó el miércoles 23 de mayo de 2018 dentro de la serie «~» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Ruiz.

Deja un comentario

Si no tienes todavía usuario puedes crear uno, que te servirá para comentar en todos los blogs de la red indiana en la
página de registro de Matríz.