RuiValdivia

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¿Por qué la libertad?

Hemos utilizado nuestra libertad durante toda la historia humana para conseguir materializar anhelos, deseos, aspiraciones y utopías. Realmente es la libertad la que ha hecho factible este juego vital, esta cibernética que ha dado lugar a tantas maneras de organizar la vida en común, y que desde hace unos cientos de años se ha concretado en la creación de los Estados como estructuras sociales que organizan de un determinado modo el juego de las libertades individuales.

Hemos hablado ya tanto sobre la libertad que quizás se nos haya pasado por alto considerar por qué la libertad resulta tan importante, la razón por la que la elegimos como fundamento de la vida en sociedad, más allá de que ésta nos pueda ofrecer orden, salud, seguridad, justicia o bienestar.

En primer lugar, me resulta más útil entender y hablar sobre la libertad que hacerlo, por ejemplo, sobre la felicidad, la justicia, la seguridad o el orden. Reflexiono sobre todos estos conceptos y no aprecio que unos y otros entren en confrontación. Todos estarían en un mismo paquete, porque cuando deseamos definir alguna de estas aspiraciones inmediatamente incorporamos a las restantes en su definición. Cómo ser feliz sin salud ni seguridad. Cómo vivir en un mundo justo sin orden.

Pero también la aspiración que cada individuo posee acerca de cada uno de estos objetivos vitales resulta muy variada en función de sus deseos individuales y del tipo de vida que cada sujeto intenta desarrollar, por lo que definir con rigor el bien público o el interés general –como agregación de los intereses individuales- en relación con estos objetivos vitales resulta imposible. En esta diversidad reside la maravilla de la convivencia y de la cooperación humana, en que seamos capaces de organizarnos y vivir juntos a pesar de que cada uno de esos átomos que formamos la sociedad seamos diferentes y pensemos de diverso modo acerca de la felicidad, el derecho o el orden. Y si podemos hacerlo, y si incluso podemos alcanzar cada uno de nuestros particulares deseos, se debe a que utilizamos nuestra libertad para convivir e intentar hacer nuestros deseos compatibles, a pesar de que, según los sistemas políticos, la distribución social de la consecución o plasmación de estos anhelos o aspiraciones individuales haya sido tan desigual entre las personas.

Por tanto, hemos utilizado nuestra libertad durante toda la historia humana para conseguir materializar anhelos, deseos, aspiraciones y utopías. Realmente el valor que posee esta búsqueda o conflicto de las libertades individuales en cada época y lugar dependerá de cómo hayamos sido capaces de materializarla en cosas concretas de valor, en esa salud, alimento, vivienda, orden, seguridad, felicidad o bienestar de los que hablábamos: una percepción diferente para cada individuo y que depende de cómo estas materializaciones de la libertad se hayan repartido entre las personas, de la desigualdad.

Pero es la libertad la que hace posible este juego vital, esta cibernética que ha dado lugar a tantas maneras de organizar la vida en común, y que desde hace unos cientos de años se ha concretado en la creación de los Estados como estructuras sociales que organizan de un determinado modo el juego de las libertades individuales.

Esta cibernética social en la libertad se da por la especial conformación del género sapiens a lo largo de nuestra evolución, un animal que ha logrado sobrevivir gracias al instinto de cooperación, al apoyo mutuo que nos hemos prestado los miembros de cada comunidad humana para acceder a los recursos naturales, para protegernos solidariamente, repartir bienestar, fabricar tecnología y soñar sociedades. En este marco de la cooperación, muy diferente al espíritu gregario o a la vida de rebaño o manada, se da la competencia, como el elemento fundamental que hace posible la libertad de cada individuo, porque cada sujeto forma parte del clan, la tribu, la comunidad, la polis, el feudo o el Estado en función de su capacidad individual para influir en su entorno y en la sociedad. De esta especial estructura de la cooperación humana en torno a la competencia y la libertad individual –e incluso del egoísmo altruista que nos define- surgen las exigencias de justicia, de equidad en el reparto de los beneficios de la cooperación, el diálogo en torno a los derechos que cada individuo considera que posee por su contribución a la libertad de los otros miembros del grupo; y los conflictos sociales que se dan en torno al equilibrio entre la libertad y la igualdad, o la equidad, como la energía que alimenta la historia humana y los diferentes órdenes u organizaciones sociales que han creado las condiciones de ejercicio de la libertad humana.

La imagen de la libertad que casi todos poseemos es la que hemos heredado de la Revolución Francesa: guillotinas, sí, pero también tantas utopías de emancipación, y no lo olvidemos, tantos textos políticos, éticos y filosóficos que surgieron en el marco de la Ilustración y que nutren nuestra imaginación. También en la relectura de los pensadores clásicos, que hablaron mucho sobre la libertad, y sobre cómo las revoluciones burguesas, proletarias y nacionalistas fueron dándole forma a un concepto de libertad que nunca ha permanecido fiel a sí mismo, pétreo como un faro, sino más bien como una energía y un anhelo que forma la sabia y la vitalidad de cada época y lugar. No se puede entender la emancipación, la liberación, y por tanto, el deseo de ser libre de una persona de nuestro tiempo, sin todo este bagaje que conformó el concepto moderno de libertad, y por tanto, los objetivos políticos de liberales, socialistas, comunistas y anarquistas, y también, cómo no, de sus contrapartes autoritarias en torno al nacionalismo, el fascismo o los capitalismos de Estado.

La libertad individual es el gran concepto político de los siglos XIX y XX, y espero que siga siéndolo de este siglo XXI, a pesar de los intentos tan potentes que siguen en liza por ocultarla bajo el palio del orden perfecto, la justicia universal, la seguridad infinita o la felicidad absoluta. Porque asombrosamente son los grandes discursos universales y maximalistas sobre la seguridad, el medio ambiente, la patria o la salud y la justicia, los que más atacan la libertad humana. Con el pretexto de que tanto los Estados, así como las grandes coaliciones internacionales, sigan manteniendo su poder sobre todos nosotros, organizan nuestra libertad con el objetivo de salvarnos, y por tanto, de repartir las ganancias de esa salvación de forma totalmente injusta y desigual.

La única libertad que existe realmente es la del individuo. No existe la libertad colectiva, de la nación o del Estado. Ninguna etnia o patria posee el derecho a autodeterminarse, únicamente cada uno de sus miembros como individuos autónomos. Si se habla de la libertad de los pueblos o del derecho de autodeterminación de las nacionalidades, se hace por pura perversión del lenguaje, una sinécdoque que utilizan los representantes del pueblo para usurpar en el todo la libertad de las partes. La emancipación económica, social y política sólo atañe a cada sujeto, que debe emanciparse individualmente y evidentemente con la ayuda de otros dentro de la comunidad de la que desea formar parte. Ningún representante o líder de un grupo otorga el derecho a la libertad o a la emancipación, sólo factible por la acción autónoma y concertada de cada uno de sus miembros. La libertad individual debería ser indelegable e inalienable, nadie ni nada puede erigirse en portavoz de la libertad de un individuo

La libertad individual se debe convertir en el gran objetivo político de este siglo porque nuestro instinto social moderno se ha fraguado en las grandes luchas de liberación en torno a la arbitrariedad monárquica, contra le esclavitud, a favor de la emancipación de los yugos coloniales e imperialistas, de las luchas en torno a la libertad religiosa y de opinión, a favor de la emancipación y la igualdad de la mujer o contra el racismo, de las revoluciones en contra de la explotación económica o la imposición cultural. En suma, nuestro concepto de libertad se ha construido en la lucha contra el privilegio, contra aquellos grupos sociales que deseaban consolidar un status quo que coartaba la libertad de sus semejantes, ya sea en el plano cultural, religioso, tecnológico, educativo, económico o político. Las denominadas libertades, a saber, la libertad de comercio, de credo, de opinión, de prensa, de conocimiento no entran en confrontación entre sí, sino únicamente con los privilegios o el poder que ciertas personas poseen en virtud de su posición social, su dinero, su capital o su educación. De aquí deviene el hecho de que en el actual siglo no pueda entenderse la búsqueda de la libertad sin el intento de que ésta se reparta equitativamente entre todas las personas y de que la cooperación social para alcanzar mayores cotas de libertad deba poseer el afán continuo de evitar que se consoliden nuevas situaciones de privilegio.

Por ello, resulta imprescindible reflexionar y valorar el papel que ha representado el surgimiento del Estado moderno en la consolidación de nuestro concepto de libertad. Porque es en el Estado moderno donde se ha ido fraguando nuestro actual deseo de libertad individual y porque ha sido en el marco de estos mismos Estados en los que se han generado tantas estructuras legales, económicas y tecnológicas que han orientado nuestra  libertad, pero que también han ido creando el marco actual en el que se debate nuestro real deseo de emancipación y liberación, precisamente de esos mismos Estados que asumen un papel cada vez más destacado en la lucha contra nuestra libertad individual y en apoyo del privilegio económico y legal.

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