RuiValdivia

Horas non numero nisi serenas

PRIMERAS IDEAS SOBRE LA MARATÓN

La maratón representa la prueba más estimulante del atletismo de resistencia, la de más solera y que más sentimientos emotivos despierta. Se erige en la competición reina de las Olimpiadas, razón por la que posee un aura de leyenda que embarga el corazón de todo aquel que se arriesga a enfrentarse a ella.

La carrera a pie es el deporte más simple y cercano a la esencia del ser humano. Comparado con otras especies animales, las marcas humanas resultan modestas. La eficiencia de nuestra carrera tampoco arroja demasiado optimismo. Sin embargo, podríamos haber sido definidos como el animal resistente, ya que bajo condiciones climáticas extremas de calor y debiendo recorrer largas distancias, el ser humano no posee competidor en el reino animal terrestre.

La maratón nos sitúa ante nuestras raíces filogenéticas, nos coloca en disposición de expresar la genética ancestral humana, de poner en funcionamiento todos los recursos biológicos y mentales que poseemos con objeto de superar un límite para el que hemos sido diseñados naturalmente.

He comenzado a escribir estas líneas el día de la maratón de Madrid, donde varios amigos han participado, entre ellos, los que aparecen en la foto que adjunto: todos los domingos de maratón parecen detenidos, como si una ventana atávica se abriera sobre las calles de la gran urbe, convertida por unas horas en sabana, o en estepa; todo queda como en suspenso, una sensación de espera que acompaña a los que sabemos que nuestros amigos están corriendo esta mañana de primavera sobre un asfalto que le hemos conseguido robar a los coches. Algo tan absurdo, cansarse por nada, sufrir sin un objetivo, se convierte en un acto de reconciliación humana con nuestros orígenes, y por tanto, con lo que realmente somos, con ese magma que aún fluye debajo de la pátina de tecnología y cultura que vestimos el resto de los días.

Correr. Una velocidad (ritmo) y una distancia. Dos variables inversamente proporcionales a las que el organismo humano se adapta en cada caso buscando la eficacia. La máxima velocidad la alcanzamos, en un sprint, más o menos a los 60 metros, y únicamente podemos mantenerla unos cien metros más. Por ello las competiciones de 200 metros arrojan la máxima velocidad media de carrera del ser humano. Mayores distancias exigen ya una regulación del esfuerzo, es decir, reservar fuerzas para poder cubrirlas en el menor tiempo posible. Como consecuencia de ello, la resistencia no sólo consiste en un acto fisiológico, sino también mental, ya que resistir no es otra cosa que ser capaz de programar óptimamente en el tiempo un esfuerzo prolongado.

A medida que crece la distancia van apareciendo nuevas variables del rendimiento, nuevos sistemas energéticos y metabólicos que resulta preciso entrenar para poder rendir plenamente. Por ejemplo, para alcanzar las máximas pulsaciones resulta preciso exprimirse en el medio fondo, entre 800 y 1.500 metros. En una prueba de 400 metros nunca se alcanza el límite máximo cardíaco, sino que la limitación nos la imponen los músculos de las piernas y su limitada capacidad para depurar los residuos metabólicos derivados de la máxima potencia muscular. En cambio, más allá de los 1.500 metros, ya nunca alcanzaremos las máximas pulsaciones, sino que éstas dejarán de crecer hasta situarse en un nivel acorde con la distancia a cubrir. En pruebas inferiores a la hora y media, el esfuerzo se realiza por encima del umbral anaeróbico, más alejado de él cuanto más corta sea la prueba. Se afirma que la media maratón se corre muy cerca de este nivel fisiológico que marca el punto en el que el metabolismo deja de ser eficaz para usar el lactato que se está produciendo. Ya en una maratón apenas se produce lactato, porque el nivel de rendimiento energético se sitúa por debajo del umbral anaeróbico durante casi toda la prueba. No digamos las pulsaciones, que en ningún obligan a respirar por encima del umbral respiratorio.

A medida que se incrementa el tiempo de competición empieza a cobrar importancia la eficiencia o la economía de carrera, las reservas energéticas del organismo, su capacidad para disipar calor, la hidratación y la capacidad muscular, renal y hepática para soportar los impactos reiterados de la carrera y la generación de residuos metabólicos. La maratón pone en acción todas estas variables que serán las que deberemos entrenar para poder enfrentarnos a ella con solvencia.

La resistencia se expresa en potencia energética. Una maratón la gana el atleta que ha sido capaz de desarrollar la máxima potencia media efectiva durante toda la prueba. Recordemos que la potencia se define como la energía desarrollada por unidad de tiempo. Y que para generar potencia hay que quemar combustible (glucosa, grasas). Pero que no toda la energía generada en este proceso se expresa en velocidad (ritmo de carrera), ya que cada atleta, en función de sus cualidades y de las condiciones ambientales, transformará de forma más o menos eficiente esta energía metabólica en energía cinética.

Por estas razones, el entrenamiento de la maratón no puede disociarse de la nutrición, del peso, de la técnica de carrera, de la velocidad, la fuerza y la potencia, de la capacidad aeróbica, pero también de la anaeróbica. No se puede desplegar potencia si no se posee fuerza, pero tampoco se puede ser eficaz si no se controla el peso o no se ha entrenado el mayor porcentaje de fibras musculares, si no se ha conseguido elevar óptimamente el umbral anaeróbico o no se ha desarrollado la aptitud metabólica para quemar grasas o para mantener un pulso constante ante un esfuerzo dilatado. La resistencia integra todas estas características del rendimiento deportivo, y cada atleta deberá evaluar su nivel en cada una de estas cualidades para poder programar de forma eficaz su entrenamiento.

Tan importante puede ser para un atleta realizar largos rodajes a ritmos más o menos tranquilos, como para otro incidir en entrenamiento interválico, de velocidad o de potencia muscular. Todo cuenta y posee un valor sobre el rendimiento final, en relación con las características concretas del atleta y su historia de entrenamientos y competiciones.

En este blog (aquí, aquí, aquí) he escrito ya sobre estos temas de la carrera a pie, la resistencia, la eficacia, la técnica, la mente y el entrenamiento. No quisiera repetirme al respecto. Lo que quisiera emprender a partir de esta nueva entrada, sería una reflexión sobre cómo aplicar todo ello al caso de la preparación de una maratón. Teniendo en cuenta que la afronto por primera vez, pero que poseo la fortuna de tener muchos amigos que poseen experiencia al respecto.

Hace unas horas que acabó la maratón de Madrid. Y como un rosario he ido recibiendo información sobre cómo han corrido mis amigos. Fotos de esfuerzo, de compañerismo, de familias siguiendo a sus corredores, de amigos que comparten esfuerzo durante unos kilómetros, de otros que incluso gastan sus energías para acompañar durante cada uno de los 42 kilómetros a un compañero que desea batir una determinada marca. Resulta paradójico que las televisiones corten sus retransmisiones cuando justo atraviesa la meta la primera mujer de la clasificación, cuando realmente lo más valioso, para los que amamos el atletismo, comienza después, cuando cada persona que rebasa el umbral de la meta nos descubre un mundo de sentimientos. Pero quizás sea mejor así, que a partir de ese punto en que comienzan a llegar los atletas del pueblo se cierna un halo de misterio al margen del espectáculo.

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