Improvisación libre

La improvisación o el juego que hace que lo cotidiano, lo normal o lo aprendido se transforme en algo nuevo. En el juego de la improvisación, que no es otro que el del acuerdo democrático, se busca, más que un objetivo concreto, un fluir común. El aprendizaje de la improvisación consiste en despojarse de prejuicios, en alcanzar una personalidad propia y diferente, en no temer el error o la equivocación, en dejar que la energía creativa del grupo fluya libremente.

Creo que la actividad de improvisar resulta esencial, tanto en el campo del arte, como aún más importante, en el de la vida y en la política. Ya escribí en su día sobre la improvisación en la música (y aquí), pero ahora querría ampliar el espectro.

Un factor fundamental de la improvisación consiste en hacer lo que a uno le dé la gana. En la improvisación existe un elemento de libertad salvaje que es el factor que hace tan atractivo el jazz, por ejemplo, o todas aquellas manifestaciones en las que unos actores, artistas o un orador se colocan ante el auditorio desnudos, sin partitura, sin red ni guion. A veces la cosa funciona, y otras no. Porque no todo vale para convertir una improvisación en algo útil, valioso, conmovedor, emotivo. No es que existan unas reglas estrictas, sino más bien un modo de hacer, una conexión lúdica que liga a los improvisadores entre si, a la vez que con el público que escucha activamente, también comprometido en el juego de la improvisación.

Recientemente asistí a un taller de improvisación impartido por Chefa Alonso, y en uno de sus libros sobre el tema incide en que la improvisación posee dos elementos que nunca pueden darse por separado: por un lado, la esencial autarquía de cada uno de los participantes, y por otro, la obligación de cada improvisador de escuchar a su entorno y obrar en consecuencia, o sea, de forma coordinada para lograr el fin o el objetivo “ad hoc” de ese acto único y original que es la improvisación.

En la improvisación cada artista expresa su individualidad, su virtuosismo, y lo hace de forma rabiosa. Pero lo que convierte a la improvisación en un arte para la política, es el hecho de que todo juego improvisatorio se realiza en comunidad, y que cada participante asume que únicamente cooperando con los otros improvisadores va a poder expresar lo que desea. Que es el juego en que consiste toda improvisación el que nos abre la posibilidad única de expresarnos libremente y por tanto, de caminar hacia el objetivo de construir sociedades democráticas.

Según se mire, lo de improvisar en la vida adquiere a la vez connotaciones estimulantes o peyorativas. A veces se alaba la capacidad de improvisar y otras se la denosta como un vicio casi nacional. En la improvisación nos colocamos ante lo inesperado, abrimos un entorno de incertidumbre que es precisamente el que posibilita la libertad. Pero existen una serie de errores arraigados sobre el alcance y el contenido de la improvisación. Quizás el más generalizado sea la idea que se tiene del improvisador como alguien que no ha preparado lo que va a ejecutar, que el mejor improvisador es el que no conoce profundamente la técnica del instrumento o de la materia en la que está improvisando, y que va a adquirir, durante la improvisación y por ciencia infusa, el don de la pericia técnica. Otro error consiste en considerar que para improvisar no hay que preparar nada, que no hay que ensayar la misma improvisación que se va a ejecutar sobre un escenario o en una reunión para decidir sobre una materia común, que con la experiencia sobra y que sólo sirve la espontaneidad y la intuición. O que la improvisación provoca siempre resultados artísticos o políticos o económicos siempre mucho menos eficientes que la ordenación planificada de todos los detalles escritos en un plan de actuación, en un guion o en una partitura.

Recojo las siguiente palabras de Chefa Alonso.

(la improvisación) representa la utopía que muchos deseamos: la existencia de un mundo solidario y no jerárquico, donde se ha disuelto cualquier sistema de control o subordinación.

Antes de abordar este tema, o sea, el uso de la improvisación en la política o en el trabajo, conviene matizar algo. Parece que el improvisador tuviera que eludir el pensamiento sobre el futuro, que la previsión no cupiera entre sus objetivos. Que el improvisador fuera un especie de cigarra que evita no sólo la anticipación de la hormiga, sino que incluso prefiere el caos al orden, que se obliga a ser irresponsable. Pero la improvisación no es un antónimo de la organización. Sí, en cambio, de la planificación ordenancista y burocrática. Porque el improvisador desea realizar una obra junto con otros improvisadores, no puede decirse que el improvisador no busque el orden, una organización, ni que no use de la experiencia para lograr cada vez resultados más valiosos. Pero lo que diferencia el orden improvisatorio del planificado es precisamente la espontaneidad y la libertad, el hecho de que todos los improvisadores, en pie de estricta igualdad, confeccionan, sin un fin concreto que los aúne, un orden dinámico siempre provisorio, pero solidario, consensuado espontáneamente y en el que siempre cada individuo posee la última palabra sobre cómo se va a comprometer en la ejecución final de la obra. En la improvisación, los constantes azares de la vida y del mundo, lo inesperado, se integran como oportunidad e inspiración, no como una amenaza que hubiera que controlar a través de la planificación centralizada.

No existen representantes del grupo o de la comunidad, porque cada improvisador se representa únicamente a sí mismo, se involucra y expone al común de forma totalmente personal. Es más, la riqueza de la improvisación va a depender de la diversidad de sus miembros, de la capacidad de cada célula de ser diferente, de encontrar un lenguaje propio y exponerlo al grupo de forma sincera y responsable. Para entrar en un grupo de improvisación hay que ganarse el puesto a pulso, pero cada participante es libre de salir cuando lo desee.

Sólo existe una preconcepción que concita a todos los improvisadores y sin la que la improvisación no puede obtener resultados valiosos, y es que todos asuman que la esencia de la improvisación es el juego, que durante la improvisación se abre un entorno lúdico, casi mágico, en el que los participantes se exponen, diríamos imaginariamente, y por tanto, sin vergüenza ni miedo, a un juego que va a establecer un orden o una operativa “provisional” y “ad hoc” para el futuro. Por ello no resulta tan importante el resultado concreto de la improvisación, sino la propia continuidad del juego, el que los artífices de la improvisación encuentren un vínculo estable, útil, confiado, estimulante, emotivo y racional en el que crear jugando. No se busca que el resultado sea evaluable de forma objetiva, dada la infinidad de factores y cualidades con que cada persona puede valorarlo, sino que el proceso de improvisación que se abre en cada ocasión permita la interacción igualitaria de los participantes.

El verbo que mejor caracteriza la improvisación es el de fluir. En el juego de la improvisación, que no es otro que el del acuerdo democrático, se busca, más que un objetivo concreto, un fluir común. El aprendizaje de la improvisación consiste en despojarse de prejuicios, en alcanzar una personalidad propia y diferente, en no temer el error o la equivocación, en dejar que la energía creativa del grupo fluya libremente, y en la capacidad de ir recogiendo ideas, como si el grupo fuera fabricando un racimo, o sea, un orden, reutilizando sólo algunas de esas ideas-uvas que se han ido exponiendo al común sin miedo y con ingenuidad, pero que el propio grupo recoge y fabrica para dotarse de un orden, de una organización,  para crear su obra o su trabajo.

En el arte de la improvisación se pueden integrar otros conceptos políticos que pretenden explicar cómo los individuos deben actuar, interactuar y transformar el mundo cambiante, acelerado y precario en el que nos ha tocado sobrevivir y al que algunos autores denominan como de capitalismo cognitivo. Uno de ellos es el “adhoquismo”, o las aglomeraciones espontáneas y descentralizadas que se forman para solucionar problemas concretos (ad hoc), y en las que las partes interactúan libremente para conseguir solucionar un problema singular o construir una técnica, un método o un software, sin derechos de autor, ni bajo direcciones limitantes y coactivas. Puede entenderse la improvisación como una de las posibilidades que ofrece la inteligencia colectiva, o la capacidad de las masas o de los grupos de crear conocimiento más allá de los saberes individuales de sus componentes y a través de la interacción libre e igualitaria.

O el concepto de deriva (de los situacionistas), como una actividad alternativa al itinerario, y que sustituye la necesidad de moverse con un fin comercial, laboral o social, por una actividad libre que se realiza por si misma, sin un fin externo a ella misma, que se ejecuta por la propia satisfacción de realizarla, y por tanto, que ofrece la posibilidad de apreciar la misma ciudad de todos los días de un modo totalmente diferente. La improvisación es una deriva, que con similitud a la psicogeografía que genera la deriva sobre el espacio urbano, fabrica un espíritu de comunidad que se crea a si misma a través de la libertad plena de los individuos que la componen. No una comunidad o un itinerario prefijado por una cultura o una religión o un objetivo, sino un grupo autoconstituido y que de forma dinámica improvisa sus propias normas, que se da a sí mismo y de forma improvisada su propia organización o deriva (autopoiesis).

También el virtuosismo del que habla P. Virno, un concepto extraído del mundo del espectáculo, pero con el que el politólogo italiano intenta explicar las claves del trabajo en el actual sistema posfordista en el que la fuerza de trabajo aporta cada vez mayor valor agregado a la producción, más en función de la aportación mental y cognitiva y lingüística (“el lenguaje se pone a trabajar”) que de su energía mecánica. En el capitalismo cognitivo adquiere mayor relevancia todas las actividades relacionadas con el diseño, identidad, configuración social, publicidad, imagen, etc. del producto, muy por encima de lo que representa su producción material. No significa esto que la sociedad se desmaterialice, sino que progresivamente se incrementa el porcentaje de valor cognitivo que se integra en el valor total del producto. La explotación moderna en el trabajo adquiere cada vez tintes más mentales, emotivos, cognitivos, en detrimento de la clásica explotación laboral como simple fuerza de trabajo bruta, que lejos de desaparecer, cada vez representa menor porcentaje económico respecto al total.

Al trabajador actual se le exige virtuosismo, es decir, debe ser creativo y emplear sus habilidades mentales, lingüísticas, digamos artísticas,  no tanto para fabricar materialmente el producto, como para dotarlo de esa atmósfera identitaria y experiencial que caracteriza el capitalismo actual y su peculiar forma de consumo cultural y casi espectacular. Y es aquí, por tanto, donde acaece su mayor contradicción. En el hecho de que el dueño del capital esté comprando, a través del tiempo de trabajo concreto de cada persona, también y de forma gratuita, el tiempo de trabajo social acumulado en capital cognitivo que el nuevo trabajador “virtuoso” incorpora como lenguaje y saber. El núcleo actual de las luchas emancipadoras en el trabajo reside aquí, en el intento del capitalista de privatizar, a través de la experiencia del consumo, el aporte de capital social que trae consigo el trabajador, en convertir en privado y por tanto en algo apropiable, la actividad de improvisación de los trabajadores con objeto de poder solidificarla en productos vendibles.

A pesar de los intentos empresariales por reglamentar y controlar todos los detalles del trabajo de las personas, las diferentes comunidades de trabajo, y esto cada vez ocurre con más frecuencia, han creado formas de organización espontáneas sin las que la producción industrial y ahora cognitiva, jamás se hubiera podido verificar, al margen de ingenieros y burócratas (véase James Scott).  Estas dinámicas resultan similares a las de la improvisación, porque cada vez recurren con más fuerza a la individualidad o al virtuosismo del operario y también a su capacidad de escuchar a los compañeros, de crear en común un producto que cada vez se parece más a una actuación escénica, a una obra musical o a un discurso improvisado, que a una mercancía en el sentido tradicional o decimonónico del término.

La improvisación crea y construye sobre lo ya conocido. Tanto el pintor como el escritor, el trabajador cognitivo o el compositor, se sientan delante de su hoja en blanco, del escenario o de la pantalla del ordenador, y le transmiten a ese vacío lo que ya saben, pero cocinado o rediseñado de algún modo diferente. Eso es la improvisación, ese juego que hace que lo cotidiano o lo normal o lo aprendido se transforme en algo nuevo. Y si improvisamos dentro de un grupo, si el grupo en sí improvisa con nuestra presencia, es el diálogo mismo de las ideas sabidas, consigo mismas, el que puede crear el momento para que surja la emoción, el desatino, el conocimiento o la solución. Porque si nos damos cuenta, lo que realmente nos está diciendo la improvisación es que nosotros, los improvisadores, los actores y los trabajadores, somos realmente los dueños del sistema, y que todas aquellas estructuras de poder que nos rodean realmente son superfluas y sólo sirven para enajenarnos el tiempo y controlar el resultado.

Acúmulo

Recupero algunas experiencias de las últimas semanas, a mogollón. Algunas ya las comenté en este blog, a las restantes les dedico estas líneas. Han sido actividades muy diversas, realizadas durante diciembre y enero, y en las que la buena compañía casi siempre ha jugado un papel relevante. Como el ballet “Alicia en el País de las Maravillas”, que fui a ver con mi hija Ángela. Ya recomendé en su día la posibilidad de asistir a magníficos espectáculos operísticos transmitidos desde grandes teatros internacionales, en algunas salas cinematográficas y por un precio muy asequible. En esta ocasión eché de menos que tanto la música (compuesta para la ocasión) como la coreografía no hubiesen sido más “contemporáneas”, que todo el entramado visual y corporal no hubiese buscado imágenes y movimientos más arriesgados. Pero que no hubiera tutús y que los personajes hubieran estado tan bien delineados, fue suficiente para disfrutar del espectáculo que nos propuso la Royal Opera House de Londres.

Durante el puente de la Constitución me fui a la Sierra de Guara, en Huesca, a conocer sus magníficos cañones, esos paisajes tan especiales en los que la erosión hídrica ha modelado entornos sin parangón. Realicé tres marchas, que no son suficientes para conocer la riqueza que atesora, pero pude visitar pueblos recovecos y parajes que todavía guardan salvajismo y aislamiento. Eso sí, en invierno, porque parece que durante la temporada estival, y al ser un lugar tan especial para practicar barranquismo, la sierra se colapsa de deportistas y excursionistas. Fue un viaje organizado, por lo que tuve que superar las clásicas prevenciones que muchos tenemos hacia este tipo de excursiones o “aventuras”. Pero tuve la fortuna de conocer a dos magníficos acompañantes con los que sigo manteniendo una feliz comunicación.

Los fastos navideños comenzaron con un concierto realmente divertido de la Zambomba jerezana, un espectáculo flamenco alegre y distendido, y en el que los cantaores Ezequiel Guerrero y Fernando Soto, acompañados por tres excelentes cantaoras y palmeros nos deleitaron con los cantes más festivos del flamenco. Y a la mañana siguiente un concierto de órgano interpretado por ese genio del teclado que es Javier de la Rubia, tocando el magnífico instrumento del Auditorio Nacional de Música, un concierto en el que consiguió enhebrar la tradición y la modernidad.

Al día siguiente logre asistir a la última representación de “Troyanas” de Eurípides, en el Teatro Español. A pesar de estar en la última fila del gallinero la experiencia mereció la pena, sobre todo porque me acompañaron dos amigas con las que compartí la opinión de que la actualización histórica y el dramatismo de la obra estuvieron muy logrados, gracias, cómo no, a los grandes actores que le dieron vida.

Como he ido informando, durante este último mes también he estado presentando mi “Ensayo sobre las dos ruedas” en diferentes lugares. Un periplo realmente gratificante, poder compartir con amigos este proyecto y a su vez conocer a nuevas personas y entablar conversaciones sobre tantos temas que giran alrededor de una bicicleta.

Asimismo, aproveché las vacaciones navideñas para visitar algunas exposiciones: de Chirico, Mucha, Dzama, el espacio Tabacalera, Kentridge, el Reina Sofía, etc. Cada vez me siento más cerca del arte de nuestros días. No es que lo clásico o la tradición me motiven poco. Pero cada vez encuentro más estimulante compartir las experiencias artísticas que se suscitan en nuestro tiempo, y sentirme tentado por lo desconocido, por la incertidumbre acerca del sentido de lo que se nos ofrece, o sobre el mismo contenido material de la propuesta. Frente a la seguridad que nos da la traición conocida y que solemos degustar como un plato exquisito avalado por la continuidad y la reiteración, algunas obras nuevas realmente pueden disgustarnos o dejarnos indiferentes, pero la deriva por el arte contemporáneo ya supone de por sí un acicate, una aventura que merece la pena emprender por sí misma, y también porque realmente se encuentran joyas y hallazgos afortunados.

El día de los Santos Inocentes fui a Segovia, ya que en su Catedral se celebró un entrañable concierto de polifonía renacentista española (Vivanco, Victoria, Lobo y Guerrero) a cargo de ese grupo tan especial que dirige con mimo y ambición Alicia Lázaro, la Capilla Jerónimo de Carrión. La ciudad en sí misma, la cariñosa compañía, la comida en La Almuzara, los paseos por sus calles humedecidas y frías, la calidez de sus cafés y de la librería Ícaro donde dejé en depósito varios “Ensayos sobre las dos ruedas”, todo ello, y otras cosas entrañables que no os cuento, me reportaron una alegría realmente placentera.

El sábado 13 de enero fue otro día muy especial e intenso. Porque por la mañana tocaban juntos en el ANM el organista Daniel Oyarzabal y el trompetista Manuel Blanco, una combinación instrumental realmente atractiva y que nos emocionó con un buen racimo de obras variadas. Fue un concierto amable, cálido y virtuoso, ambientado a la salida con música de jazz y abundantes viandas, unos prolegómenos muy adecuados al concierto al que asistí ya por la noche, la maravillosa “escenografía” flamenca que nos propuso la pianista Rosa Torres-Pardo alrededor de sus amigos músicos: las cantaoras Rocío Márquez, María Toledo y Arcángel; y los compositores afincados en Nueva York, Ricardo Llorca, William Kingswood y Sonia Mejías. Un concierto fronterizo en el que también aparecieron Falla, Granados y Albéniz, en fin, un arrebato musical que nos ofreció Rosa con calor y entusiasmo.

La noche del día siguiente, en cambio, fui a un espectáculo nada convencional, al concierto de improvisación libre que nos ofreció la Orquesta en Tránsito que dirige Chefa Alonso en el centro ocupado de El Vaciador. Para apreciar una experiencia tan radical como ésta resulta imprescindible asistir con el ánimo adecuado, y con los ojos y las orejas muy atentos, con el cerebro dispuesto para un reto que me resultó estimulante, emotivo y sorprendente. Sobre todo, necesitaba prepararme vitalmente para el taller de improvisación libre que inicié al día siguiente, un curso intensivo de una semana del que hablaré en otra ocasión.

El lunes siguiente actuaba en el Auditorio 400 del Museo Reina Sofía, el grupo de música contemporánea Modus Novus, que nos acercó un programa que giraba en torno a la música de Stockhausen, con dos estrenos, las obras de Enrique Igoa y de Óscar Colomina. Un concierto nada convencional, ni por la formación orquestal, ni por la dimensión y estilo de las obras. Una experiencia a la par que conceptual, emotiva, una música que fue compuesta como reto y provocación, y que el paso de los años ha convertido en un clásico del estilo serial.

El viernes podría haber asistido al concierto que ofrecía el Jorge Pardo Quartet, pero después de 20 horas de improvisación en el taller que Chefa dirigió en el Teatro de Barrio, no me encontraba con el ánimo dispuesto para el jazz. Así que me fui al campo para derivar en bicicleta de montaña por la sierra de Madrid. Porque la noche del sábado me esperaba “Óscar o la felicidad de existir”, la obra de teatro que Yolanda Ulloa interpretó en solitario en la sala Arapiles 16 de la UNIR. Este teatro se va a convertir en un referente para mí, tanto por la calidad escénica de sus propuestas, como por el ambiente tranquilo y tan adecuado que ofrece su espacio escénico y su reducido patio de butacas, también porque siempre me acompaña una amiga con la que me gusta compartir este tipo de espectáculos. El trabajo de Yolanda resultó magnífico, no sólo porque supiera dar vida a 13 personajes alrededor del niño protagonista, Óscar, que asimismo encarnaba ella, sino por el difícil equilibrio que plantea la obra en torno a la vida y a la muerte, al sufrimiento y a la alegría, y sobre todo, al papel que el autor (E. M. Schmitt) le asigna a la figura de Dios en este juego medio panteísta y  cristiano, y que a mí me recordó, por similitud, la logoterapia del psiquiatra V. Frakl, y por contraste, ese duro relato de Cortázar que se llama “La señorita Cora”.

Y para finalizar este acúmulo de actividades, el concierto que el domingo nos ofreció la Orquesta Barroca de Sevilla, y en el que dos mezzosopranos monumentales nos representaron uno de esos duelos vocales a los que tan asiduo era el público del barroco. Entre memorables arias de Haendel y Vivaldi, Ann Hallenberg y Vivica Genaux, nos emocionaron, yo diría que totalmente arrebatados, más que por el duelo en sí, por la oportunidad de oír dos voces tan diferentes interpretando un mismo repertorio de forma tan contrastada y a la vez compatible. Estos barrocos de Sevilla tocan cada vez mejor, gracias, entre otras razones, a su espléndida gestión artística, y a la capacidad que poseen de integrar a los mejores solistas y directores del barroco. Después nos fuimos a celebrarlo. Porque el arte sin humanidad no es nada, porque la contemplación necesita de la imbricación del cuerpo y de la carne.

Recuerdo que estas arias las cantaban castrados. Por ello incluyo dos versiones de la famosa aria de Rinaldo, por una mujer, y por un hombre.

https://youtu.be/_wE06bBMl9c

Viaje por las emociones del barroco

Así se anunciaba el concierto que ayer nos ofreció la mezzosoprano italiana Anna Caterina Antonacci y el grupo Forma Antiqua, centrado en ese marco histórico tan emocionante que se desplegó en Italia en los comienzos del siglo XVII, un período revolucionario en el que se inventó la música barroca, o de los afectos. Con la presencia ubicua de Monteverdi, en el viaje también nos acompañaron otros músicos de la época, Frescobaldi, Falconieri, Strozzi, Merula o Uccellini, entre otros, en un encaje musical que conformó una ópera-collage de cinco actos en torno al amor y sus afectos: el desprecio, la melancolía, la batalla, el lamento y el perdón, un viaje de sentimientos encontrados magistralmente hilvanados por la selección de las obras y por la propia interpretación de los músicos.

Fue un concierto lleno de ternura, desasosiego, dolor y alegría, maravillosamente presentados a nivel vocal y escénico por la cantante italiana, y en el que los músicos que lidera Aarón Zapico nos ofrecieron un acompañamiento preciosista e íntimo cuajado de las exquisiteces armónicas que en esos años exploraban estos compositores del primer barroco. No sabría destacar una pieza o un momento, porque todo estuvo en su justo lugar. Quizás el mismo centro de la ópera, el Lamento de Ariadna, y en el que los músicos supieron ofrecernos un catálogo declamatorio realmente acertado en consonancia con lo que Monteverdi escribió. Oyendo a Antonacci consideré que esta pieza dramática (un puro recitativo en el que la melodía no acaba de aflorar) debieran oírla todos los actores o recitadores de poesía, evidentemente no para copiarla, pero sí para apreciar cómo la música va resaltando y acentuando unos recursos declamatorios abundantes y tan bien adaptados a la evolución de las palabras que se dicen.

Aquí puede verse a la Antonacci en acción, en el Combattimento de Monteverdi. Un regalo sobre cómo pintar los sentimientos y sobre todo, las palabras que los expresan, con la música.

La poesía total

Ayer tuve la fortuna de asistir a la representación de “Las estaciones de Isadora“, en la Sala Arapiles 16 de la UNIR. Por muchas razones, la fundamental, porque vi materializada durante sus 75 minutos de poesía, movimiento y música una de las formas que debería adoptar la experiencias artísticas de hoy para emocionar, para que la poesía adquiera la relevancia experiencial y movilizadora que los tiempos se merecen.

Más que una obra de teatro al uso, fue un recital de poesía (de Hugo Pérez de la Pica), pero nada ortodoxo, claro, donde la manida y declamatoria, y aburrida, forma de expresar la poesía, dio paso a una auténtica experiencia sensorial en la que el cuerpo, la música y unos mínimos recursos escenográficos nos mostraron que la poesía puede vivir y emocionar, que las palabras poseen energía y nos pueden abrir enormes posibilidades de cambio, transformación y hasta revolución.

Me resultó especialmente inspiradora porque la experimentación que inicié hace dos años con los califactos, y que durante estos últimos meses estaba intentando llevar al terreno de la representación para conseguir integrar la palabra con la imagen y el sonido, ha encontrado en la obra de ayer una materialización, un ejemplo de cómo se puede superar el anquilosado, rígido y a veces deprimente mundo del teatro, la poesía y hasta de la música, sobre todo para dotar a estos medios artísticos de energía política, de potencia transformadora de nuestra realidad y con ella, de nuestras propias vidas, de conseguir que las palabras atraviesen el falso boato de un escenario como telón y frontera, y expandan su sangre entre ese patio de butacas al que ahora ahora le pedimos que se convierta en un ente activo y partícipe del resultado.

Entre las notas del piano de Javier Gómez Dólera, Chopin y Scriabin acompañaron a la actriz Beatriz Argüello, cuya voz clara, a veces incluso transparente, otras dura y casi enervante, de una exquisita y refinada naturalidad, nos fue mostrando  un verdadero cuadro emocional en torno a la vida de la bailarina Isadora Duncan, utilizando para ello refinadas paletas de colores, tanto a nivel corporal, como vocal.

Después conversamos con ella y con el pianista, y pudimos advertir cómo las ideas o los proyectos maduran en las mentes de los creadores, cómo el tiempo de la creación no se cuenta en segundos, y sobre todo, acerca de la capacidad de los buenos artistas para modificarse y para reformar y rediseñar continuamente sus sueños según advierten el éxito o el fracaso de sus progresivas materializaciones.

 

 

 

Variedad musical

Desde “Purcell y Compañía” no había escrito sobre los conciertos a los que he asistido. Ha habido de todo: la clase magistral de Jesús Torres sobre la música para percusión, los fados de la cantante portuguesa Cristina Branco, el jazz de China Moses, las Vísperas de la Beata Vergine de Monteverdi, Il Giardino Armónico interpretando un monográfico de Telemann y el concierto que nos ofrecieron en el Museo Reina Sofía el Cuarteto Granados y la soprano Alicia Amo.

En retrospectiva advierto la diversidad de géneros y abordajes del fenómeno musical. Coloco a Monteverdi en el ojo de este abanico tan variopinto. Fue un concierto que siempre recordaremos los que tuvimos la suerte de presenciarlo. Ese reino tan especial de la voz y de la palabra que creó el músico cremonés brilló en la sala sinfónica del Auditorio Nacional de Música con extraordinaria variedad de intensidades, las que fueron capaces de desplegar los solistas del coro Balthasar Neumann dirigidos por T. Hengelbrock. La soprano Alicia Amo estuvo con ellos, así como también fue la protagonista del segundo cuarteto para cuerdas y voz que A. Schoenberg terminó de componer en 1908 y que fue interpretado en el Museo Reina Sofía, acompañado por otros dos cuartetos excelentes, los de los compositores Gustavo Díaz-Jerez y Jesús Torres. Parece un tópico, pero en este caso la obviedad se materializa en un cuarteto que marca un antes y un después, al menos en la música del compositor austriaco, entre su fase postwagneriana y cada vez más cromática, y la del atonalismo que comienza en su tercer movimiento, precisamente en el que por primera vez la soprano va desgranando los versos expresionistas de Stefan George.

En ese concierto recordé también la magnífica charla que Gustavo Díaz-Jerez nos ofreció en la Universidad Complutense de Madrid sobre su cuarteto “Critical Strip”, y en la que apareció, con total naturalidad, el complejo y apasionante mundo de la matemática aplicado a la generación de materia prima sonora, algo no tan extraño y singular si recordamos ciertos momentos de la evolución de la música, y en la que siempre han estado presentes las matemáticas y las combinatorias armónicas y rítmicas.

Telemann, sin embargo, me dejó un tanto frío, quizás porque no siempre los oyentes asistimos a los conciertos con el ánimo y la receptividad adecuadas. El grupo que dirige tan magnéticamente el flautista italiano G. Antonini desplegó virtuosismo y pulcra interpretación, que sin embargo no logró emocionarme, no sé muy bien si a consecuencia de la materia musical del prolífico compositor barroco alemán o por mi escasa receptividad aquel día.

No fue esta la causa, sin embargo, de que el concierto de China Moses me dejara tan huérfano de emociones. Pocas veces el auditorio se ha sentido tan ajeno a una intérprete, que en los discos que yo había escuchado era capaz de desplegar unos recursos expresivos que no supo reproducir en la sala de cámara del Auditorio Nacional de Música. Muy diferente de la actuación de Cristina Branco, que nos emocionó con su voz cálida y expresiva, con su mezcla de tradición e innovación, con el perfecto maridaje que su voz mantuvo con los tres instrumentistas que la acompañaron.

Purcell y compañía

Tras la revolución inglesa encabezada por el radical y puritano Cromwell, la restauración monárquica inglesa intentará recuperar con boato y lujo el arte musical prohibido por los republicanos. La música de Purcell es la que mejor representa este momento histórico de legitimación de los viejos tiempos monárquicos. El pulcro y soberbio grupo Les Arts Florissants, dirigido por W. Christie, nos ofreció ayer un verdadero jardín de voces a la inglesa, una selección de fragmentos operísticos seleccionados por tratar sobre los misterios de la música (la primer aparte del concierto) y sobre la noche de los placeres (la segunda). Las seis voces solistas fueron los jóvenes galardonados de la octava edición de Le Jardin des Voix, que no sólo nos deleitaron con su magnífica interpretación vocal, sino también por la versión semiescénica que llevaron a cabo bajo la dirección de Sophie Daneman.

Este texto anónimo cantado ayer quizás pueda sintetizar un poco lo que pudimos presenciar:

La música divina que viene de los alto,
cuyo tema sagrado a menudo es el amor
trae con ella armonía del cielo,
conciliando sus melodías en dulce acuerdo,
y aún así, es injusto su error
de llamar al deseo amor.

Por Cádiz

¡Que se puede añadir sobre esta ciudad tan entrañable! Nada. Sólo experimentarla una vez más, que fue exactamente lo que intenté hacer durante este fin de semana tan musical y humano que he compartido con tantos amigos y emociones musicales.

El viernes, el Trío Arbós y el cantaor Jesús Méndez repetían el concierto que nos ofrecieron hace unos días en el ANM de Madrid. Aquí, en la catedral del flamenco, el público recibió esta propuesta tan arriesgada con auténtica devoción, y asumió el reto de fundir el flamenco y la música clásica con verdadero fervor. Lo que demuestra que la contaminación entre géneros resulta valiosa cuando se acomete con inteligencia, respeto y unas buenas dosis de riesgo y originalidad.

Como todos saben, el músico austriaco F.J Haydn escribió para Cádiz, y en concreto para la cofradía del Oratorio de la Cueva, el cuarteto de cuerdas sobre las Siete Últimas Palabras de Cristo en la Cruz. Ese mismo recinto fue el lugar en el que el pianista Yago Mahúgo nos dedicó una versión para pianoforte de tan especial obra, una partitura recuperada de la Catedral de Salamanca y que el pianista madrileño nos ofreció dos veces seguidas con gran generosidad, con objeto de poder atender la demanda de público que desbordó el reducido aforo de esta iglesia. La versión para pianoforte destaca por su dulzura, delicadeza y honda devoción. Una partitura cuya aparente sencillez puede confundir, pero en la que el intérprete debe vaciarse para expresar las sutilezas de la expresión. En esta ocasión Yago Mahúgo nos brindó una experiencia íntima, sosegada y muy contenida que brilló por una emotividad a la que el público respondió con calor y respeto.

Y en las antípodas de esta última experiencia, la que nos ofrecieron las 12 compositoras cuyas obras se estrenaron el sábado por la noche en el Gran Teatro Falla de la capital gaditana. En esta ocasión las obras fueron compuestas para una muy espacial formación instrumental, para dos pianos y percusión, en torno a la sonata que Bela Bartok compuso en 1937 para tan singular conjunto, y que también fue interpretada en este concierto, a  cargo de Emanuela Piemonti y Lola Gaitán, pianos, y el conjunto de percusionistas Música Viva, integrado por Carolina Alcaraz y Verónica Cagigao. Todas las obras fueron reunidas bajo la sentencia horaciana del Carpe Diem, y tanto por la calidad de las obras como por la alegría y expresividad con la que fueron interpretadas, los asistentes pudimos disfrutar realmente del espíritu del “vive el día, captúralo y no te fíes del mañana”.

Capitalismo y música

Resulta sorprendente, y arriesgado, que un concierto de música clásica se anuncie con este título: capitalismo. Pero ayer en Madrid CentroCentro así fue, el pianista Ricardo Descalzo nos ofreció un extraordinario concierto de música actual desde muy variados estilos, y se supone que aunadas por la crítica o visión que del sistema capitalista realizaba un narrador, el compositor Jorge Fernández Guerra.

No creo que para fabricar un arte político tenga que hablarse de política, pero comprendo la dificultad que hoy tenemos los que amamos la música y las experiencias sonoras, de que las interpretaciones de música “seria” contemporánea posean vida, es decir, sean capaces de conectar con los imaginarios de muchas más personas, la extraordinaria dificultad que posee el formato de concierto de música clásica para hacer vital la música actual, dotarla de un sentido transformador de las conciencias. Resulta evidente que ya casi nadie pretende con el arte reflejar el mundo, sin embargo, muchos estaríamos de acuerdo con la segunda parte de la frase de B. Brecht, que el arte no es un espejo del mundo, que aspira, en cambio, a romperlo y volverlo a fabricar. Pero fundir el formato conferencia con la música no creo que sea una buena idea para ello, a pesar de las cosas interesantes que se pueden escuchar.

Reitero otra vez el trabajo tan interesante y entregado que está realizando Ricardo Descalzo, del que es buena muestra su biblioteca de música contemporánea para piano. Un intérprete que sabe dar vida y emoción a sonidos inverosímiles. Bravo.

Como ejemplo, esta obra de Toshio Hosokawa, sobre la que Ricardo nos dice lo siguiente:

Es una obra de contrastes extremos. Si no puedes escucharla a un volumen considerable, la audición no tiene sentido, porque solo oirás los sonidos fuertes y ninguna resonancia. Si hay ruido ambiente tampoco podrás disfrutarla en condiciones. Es una música que hay que degustarla en óptimas condiciones de audio y sin interrupciones, pues debe su poderío y su fascinación a la forma en que ordena los elementos y juega con las energías y los tiempos.

Fechorías, de Pedro Desakato

¡Lo hemos conseguido otra vez!
Pedro Mariné, en esta ocasión Pedro Desakato, ha conseguido el apoyo de un montón de mecenas para sacar adelante el proyecto FECHORÍAS, en el que he tenido la oportunidad de participar discretamente.

Pedro Mariné es un enorme músico, pianista, percusionista, compositor, y sobre todo, animador de un montón de proyectos musicales y artísticos en los que siempre ofrece su apoyo y colaboración generosa. En este caso lanza un proyecto muy personal que seguro va a satisfacer las expectativas que siempre depositamos en su trabajo creativo.

Gracias Pedro y mucha suerte en la producción final del disco.

Viola

La viola es un instrumento extraño. Entre el violín y el violonchelo, adolece del estatus de hermano intermedio y un tanto ninguneado. Además, cada viola es un mundo, porque la estandarización constructiva que poseen sus hermanos no le afectó tan intensamente, por lo que coexisten instrumentos de muy diversa índole. A pesar de ello, la viola posee páginas memorables, y momentos intensos y emotivos, y no olvidemos, que algunos de los más grandes compositores fueron violistas y le asignaron a tan especial instrumento protagonismo y sensibilidad, aprovechando su timbre tan cercano a la voz humana.

Como afirma G. Ligeti en el prefacio de su sonata para viola solo (1994), dedicada a la intérprete de ayer, T. Zimmermann, y que la tocó de forma intensa:

The viola is seemingly just a big violin but tuned a fifth lower. In reality the two instruments are worlds apart. They both have three strings in common, the A, D, and G string. The high E-string lends the violin a powerful luminosity and metallic penetrating tone which is missing in the viola. The violin leads, the viola remains in the shade. In return the low C-string gives the viola a unique ascerbity, compact, somewhat hoarse, with an aftertaste of wood, earth and tannic acid.

La viola de ayer sonó poderosa y delicada a la vez, magníficamente acompañada por el pianista Javier Perianes, que nos ofreció también una de sus especialidades, una selección de preludios de Debussy.

El concierto comenzó con el Märchenbilder, una obra en la que ese burgués depresivo que fue Schumann profundiza aún más en su mundo mortecino y un tanto cursi, ya al final de sus días, y que termina con una especie de nana un tanto fúnebre de muy bella factura. Le siguió la mencionada sonata de Ligeti, un auténtico monumento sonoro, que acaba con una chacona intensa y cromática que convierte esta obra en una especie de epítome del arte de las partitas de Bach. Y para finalizar, la primera de las sonatas que Brahms compuso originalmente para clarinete y piano, y que adaptó también para viola, otra obra postrera en la que Brahms parece que desea empatizar con su antiguo mentor, Schumann, en una obra un tanto elegíaca y de despedida.