Vox Tenebrae

Ya sé que es una frivolidad fácil transformar el nombre original del grupo belga, Vox Luminis, que ayer nos entristeció con  un compendió intenso y emotivo de música funeral en torno a los directos antecesores de J.S. Bach, tanto Schütz, como varios miembros ilustres de su prolífica familia musical. Pero qué se puede decir de un concierto que llenó toda su primera parte con una misa de difuntos luterana, y que continuó con motetes que comienzan con estas frases: no lloréis por mi muerte, permíteme que tu siervo muera en paz, espero tu salvación, sé que mi redentor vive o, el hombre nacido de mujer vive poco tiempo y está lleno de angustia.

El coro y el acompañamiento instrumental (órgano y viola de gamba) estuvieron impecables, sobre todo en los motetes y en su capacidad para ambientar la policolaridad. Pero ¿qué extraños atavismos hacen que un oyente del siglo XXI pueda emocionarse y disfrutar de este tipo de música? Casi me acompañó uno de mis hijos de catorce años. Se hubiera aburrido. Afortunado él al que le aquejan otras enfermedades del alma, pero no ésta, la de amar una música que está fabricada para la muerte, para transformar a los oyentes en alegres difuntos, adormecer la ira en una serie de nanas fúnebres que convierten en alegre, y casi deseable, el paso del alma por este valle de lágrimas, hacia el seno materno que volverá a acogerla dulcemente una vez espirado el tiempo que la divinidad nos arroja (o nos concede) para ser juzgados.

Gracias a la experiencia de ayer, tan intensa y demostrativa, pude apreciar mejor el servicio tan eficaz que la música le ofreció al poder para conseguir el servilismo voluntario de los fieles. Algo de sobra conocido. Pero cuyas fuerzas humanas instintivas y estéticas se despiertan en uno mismo, aun cuando sea ateo y anticlerical, hasta el punto de estar deseando, a la par que odiando, el hecho de ser realmente conmovido por esta música tan diabólica y compuesta con fines tan espurios.

Quizás ayude que previamente nos haya pasado por encima el rodillo del romanticismo, y que la mayoría de los oyentes hayamos sido formados en la escucha de música abstracta y sin finalidad concreta, que todos hayamos disfrutado tanto tiempo con las cantatas de Bach, el canto gregoriano o incluso las arias de ópera, sin haber pretendido entender un carajo de la letra, como si estuviéramos escuchando a Beethoven o a Bruckner, y por tanto, pensando o sintiendo cualquier cosa. Pero ahora que se impone la escucha inteligente e históricamente documentada, y que las obras se disfrutan con sus letras correspondientes, aunque estas posean un valor poético tan escaso como deprimente, afortunadamente se puede advertir también el papel político e ideológico que jugó esa música en la sociedad del momento, el hecho de que los compositores, siervos de la Iglesia y de los aristócratas, viajaran a Italia para nutrirse de técnicas musicales que deformaban a su vuelta y a las que añadían melodías que le robaban al pueblo y que adaptaban en ritmo y en intención con objeto de servir a otros fines.

Durante casi todo el concierto no pude dejar de pensar en las revoluciones de campesinos y mineros que se extendieron por toda Alemania en tiempos de Lutero, y sobre la alianza que concretaron siempre los poderes protestante y católico para anegarlas en sangre. Quería imaginar su música, la música de la revolución anabaptista y husita, la música que nos hubieran legado estos revolucionarios contra la Iglesia y el servilismo, si Bach y su familia, en lugar de tener que servir al rito luterano de todas las fiestas religiosas, hubieran sido libres de crear la música que hubiesen deseado. En fin, otra historia, pero una ucronía que se hace imprescindible para atisbar o conmovernos con la utopía. Al menos eso creo yo, si queremos dejar de ser espectadores pasivos del arte embalsamado en museos y auditorios, si deseamos que este siglo XXI tenga su estética y su música al servicio de crear ritos, hábitos, ceremonias y comunidades que se opongan activamente al servilismo que hoy también nos invade.

Obsesión ciclista

Traigo un hecho sorprendente sobre el poder evocador de la bicicleta. Quizás esté un tanto sensibilizado estos días que tantas presentaciones estoy realizando de mi “Ensayo sobre las dos ruedas“. Pero me ha parecido singular de la capacidad que la bicicleta también puede tener para imaginar mundos. En el post sobre Deadtown hablé sobre la influencia del cineasta Karel Zeman en la manera ilusionista de abordar esta obra teatral. Y quisiera incidir en el más evidente elemento de unión visual entre ambos mundos, que no es otro que la bicicleta. Me explico.

La obra de los hermanos Forman se abre con una especie de cabaret, un tanto grotesco, ambientado en el Lejano Oeste, y en el que se suceden escenas tópicas del género con sorna y un poco de sarcasmo.

Pero un elemento discordante de este sucedáneo de trama lo aporta la bicicleta de Jacques Laganache, que se cuela en el espectáculo con números de acrobacia y de sensibilidad, algo inaudito en el Far West. ¿Por qué? Quizás para usar el poder evocador del circo y de la bicicleta, para traer la ilusión y la libertad de la niñez y hacer posible ese truco de ilusionismo en el que va a consistir la segunda parte del espectáculo. No lo sé. Pero si se ven los vídeos de las películas de Karel Zeman, se aprecia la importancia de la bicicleta en algunas de sus representaciones un tanto oníricas ligadas a la tecnología. Por ejemplo, el globo aerostático traccionado por un ciclista que al dar pedales mueve la hélice que lo propulsa. O ese buzo que surca las profundidades marinas con un velocípedo cuyos pedales accionan las aletas.

Y es que incluso en Deadtown los caballos se mueven por pedales. Y una de las imágenes más evocadoras, y con la que acaba la obra, es precisamente la pareja protagonista alejándose y perdiéndose en un horizonte casi desértico, montados sobre estos caballos ciclistas.

En resumen. la bicicleta, siempre la bicicleta, y mi obsesión por ella.

 

La ciudad de la muerte

Realmente, ¿qué es lo que vi ayer en el teatro de las Naves del Matadero? Ciertamente una pura ilusión. Algo a lo que la actual sociedad del espectáculo nos tiene muy desacostumbrados. Por esta razón me costó ilusionarme. Porque la magnífica tecnología de la irrealidad, o de la realidad virtual, no puede ilusionarnos, reniega del juego y de ese ambiguo regusto que consiste en querer creer en lo inverosímil, ya que su objetivo consiste, realmente, en encandilarnos con la técnica de convertir en irreal la mera realidad que nos arrojan sus pantallas.

Lo comprendí hace un rato, cuando advertí que fue precisamente el corazón mecánico de la muñeca la que movió todo ese espectáculo de ilusión que la compañía nómada de los Hermanos Forman nos regaló ayer en un teatro que se convirtió en un centro de ilusión cinematográfica. Fue el dueño de la muñeca el que nos regaló la ilusión del cine, quien nos ofreció la oportunidad de “ver” cómo se fabricó el cine originalmente en el corazón de los espectadores.

Por fortuna, he estado viendo algunos vídeos de ese otro checo ilusionista que fue el cineasta Karel Zeman, y ya lo he comprendido y con afortunado retraso he vuelto a visionar en mi cabeza todo Deadtown como si hubiera recuperado cierta inocencia. Porque cuando se ve al antiguo director K. Zeman montando sus artilugios y lo compara con las mismas escenas de, por ejemplo, George Luckas organizando los efectos especiales de La Guerra de las Galaxias, se advierte la magnífica desilusión que progresivamente se ha adueñado de buena parte de las películas actuales. Porque para disfrutar con Deadtown resulta imprescindible recordar que antaño la salas de cine eran como las chisteras de los magos, esos lugares oscuros donde la ilusión estaba garantizada.

Una flauta, un violonchelo y un piano fríos

¿Qué es la frialdad? Pues ayer la sentí durante buena parte del concierto que nos ofrecieron estos tres virtuosos tan aclamados por la crítica: Pahud (flauta), Queyras (violonchelo) y Le Sage (piano). Quizás se dejaron influir por los “Sonidos del Leteo”, la obra que estrenaron del compositor japonés T. Hosokawa, por sus aguas frías que hacen desaparecer los recuerdos, pero lo cierto es que los tres solistas olvidaron el calor en el camerino y únicamente aportaron su envidiable pericia técnica. Exagero. Ya lo sé. O quizás yo fuera el frío. Lo dudo. Pero tampoco el público respondió como anticipaba la ocasión.

Los tríos de Haydn cosquillean el alma, pero dejan al violonchelista como un espectador de privilegio, y al flautista llenando los huecos que el piano deja al interpretar la sonata que realmente el compositor le regaló. El Schumann de la fantasía opus 88 tampoco deja las cosas fáciles para que los intérpretes ardan. Una obra de salón que hasta contiene una humoresque, una romanza un tanto anodina y un dúo un poco frío y distante entre la flauta y el violonchelo. Quizás en el final el trío podría haber encontrado alguna brasa.

La obra de Hosokawa realmente podría haber despertado a los intérpretes, pero ya estaba al final de una primera parte de más de 50 minutos de música, y ni lo que vino antes, ni lo que vendría durante la segunda parte eran obras que facilitaran ni la comprensión, ni la interpretación de la buena música del compositor japonés.

Con el trío de Carl Maria von Weber los intérpretes se dejaron influir, o mecer, por el estilo mitad cortesano, mitad pastoril que impregna la obra. Algún taconazo por aquí, alguna sonrisita por allá, miradas de complicidad que apenas intuidas desaparecían, cierta jocosidad contenida, etc. Pero todo impecable, cada nota en su sitio. Durante todo el concierto dejaron claro que allí delante no nos las veíamos con cualquiera, aunque más que un trío parecieran un tres por uno. Pero mereció la pena la experiencia, porque no todos los días se puede oír a un flautista tan excepcional, y porque el calor o la complicidad sincera apareció, o a mí me lo pareció, ya muy tarde, en la última obra, en la de ese magnífico compositor que es B. Martinú, en un trío lleno de encanto, gracia, profundidad, ritmo… y que el trío, esta vez sí, el trío acometió con el calor que se merece la música.

Acúmulo

Recupero algunas experiencias de las últimas semanas, a mogollón. Algunas ya las comenté en este blog, a las restantes les dedico estas líneas. Han sido actividades muy diversas, realizadas durante diciembre y enero, y en las que la buena compañía casi siempre ha jugado un papel relevante. Como el ballet “Alicia en el País de las Maravillas”, que fui a ver con mi hija Ángela. Ya recomendé en su día la posibilidad de asistir a magníficos espectáculos operísticos transmitidos desde grandes teatros internacionales, en algunas salas cinematográficas y por un precio muy asequible. En esta ocasión eché de menos que tanto la música (compuesta para la ocasión) como la coreografía no hubiesen sido más “contemporáneas”, que todo el entramado visual y corporal no hubiese buscado imágenes y movimientos más arriesgados. Pero que no hubiera tutús y que los personajes hubieran estado tan bien delineados, fue suficiente para disfrutar del espectáculo que nos propuso la Royal Opera House de Londres.

Durante el puente de la Constitución me fui a la Sierra de Guara, en Huesca, a conocer sus magníficos cañones, esos paisajes tan especiales en los que la erosión hídrica ha modelado entornos sin parangón. Realicé tres marchas, que no son suficientes para conocer la riqueza que atesora, pero pude visitar pueblos recovecos y parajes que todavía guardan salvajismo y aislamiento. Eso sí, en invierno, porque parece que durante la temporada estival, y al ser un lugar tan especial para practicar barranquismo, la sierra se colapsa de deportistas y excursionistas. Fue un viaje organizado, por lo que tuve que superar las clásicas prevenciones que muchos tenemos hacia este tipo de excursiones o “aventuras”. Pero tuve la fortuna de conocer a dos magníficos acompañantes con los que sigo manteniendo una feliz comunicación.

Los fastos navideños comenzaron con un concierto realmente divertido de la Zambomba jerezana, un espectáculo flamenco alegre y distendido, y en el que los cantaores Ezequiel Guerrero y Fernando Soto, acompañados por tres excelentes cantaoras y palmeros nos deleitaron con los cantes más festivos del flamenco. Y a la mañana siguiente un concierto de órgano interpretado por ese genio del teclado que es Javier de la Rubia, tocando el magnífico instrumento del Auditorio Nacional de Música, un concierto en el que consiguió enhebrar la tradición y la modernidad.

Al día siguiente logre asistir a la última representación de “Troyanas” de Eurípides, en el Teatro Español. A pesar de estar en la última fila del gallinero la experiencia mereció la pena, sobre todo porque me acompañaron dos amigas con las que compartí la opinión de que la actualización histórica y el dramatismo de la obra estuvieron muy logrados, gracias, cómo no, a los grandes actores que le dieron vida.

Como he ido informando, durante este último mes también he estado presentando mi “Ensayo sobre las dos ruedas” en diferentes lugares. Un periplo realmente gratificante, poder compartir con amigos este proyecto y a su vez conocer a nuevas personas y entablar conversaciones sobre tantos temas que giran alrededor de una bicicleta.

Asimismo, aproveché las vacaciones navideñas para visitar algunas exposiciones: de Chirico, Mucha, Dzama, el espacio Tabacalera, Kentridge, el Reina Sofía, etc. Cada vez me siento más cerca del arte de nuestros días. No es que lo clásico o la tradición me motiven poco. Pero cada vez encuentro más estimulante compartir las experiencias artísticas que se suscitan en nuestro tiempo, y sentirme tentado por lo desconocido, por la incertidumbre acerca del sentido de lo que se nos ofrece, o sobre el mismo contenido material de la propuesta. Frente a la seguridad que nos da la traición conocida y que solemos degustar como un plato exquisito avalado por la continuidad y la reiteración, algunas obras nuevas realmente pueden disgustarnos o dejarnos indiferentes, pero la deriva por el arte contemporáneo ya supone de por sí un acicate, una aventura que merece la pena emprender por sí misma, y también porque realmente se encuentran joyas y hallazgos afortunados.

El día de los Santos Inocentes fui a Segovia, ya que en su Catedral se celebró un entrañable concierto de polifonía renacentista española (Vivanco, Victoria, Lobo y Guerrero) a cargo de ese grupo tan especial que dirige con mimo y ambición Alicia Lázaro, la Capilla Jerónimo de Carrión. La ciudad en sí misma, la cariñosa compañía, la comida en La Almuzara, los paseos por sus calles humedecidas y frías, la calidez de sus cafés y de la librería Ícaro donde dejé en depósito varios “Ensayos sobre las dos ruedas”, todo ello, y otras cosas entrañables que no os cuento, me reportaron una alegría realmente placentera.

El sábado 13 de enero fue otro día muy especial e intenso. Porque por la mañana tocaban juntos en el ANM el organista Daniel Oyarzabal y el trompetista Manuel Blanco, una combinación instrumental realmente atractiva y que nos emocionó con un buen racimo de obras variadas. Fue un concierto amable, cálido y virtuoso, ambientado a la salida con música de jazz y abundantes viandas, unos prolegómenos muy adecuados al concierto al que asistí ya por la noche, la maravillosa “escenografía” flamenca que nos propuso la pianista Rosa Torres-Pardo alrededor de sus amigos músicos: las cantaoras Rocío Márquez, María Toledo y Arcángel; y los compositores afincados en Nueva York, Ricardo Llorca, William Kingswood y Sonia Mejías. Un concierto fronterizo en el que también aparecieron Falla, Granados y Albéniz, en fin, un arrebato musical que nos ofreció Rosa con calor y entusiasmo.

La noche del día siguiente, en cambio, fui a un espectáculo nada convencional, al concierto de improvisación libre que nos ofreció la Orquesta en Tránsito que dirige Chefa Alonso en el centro ocupado de El Vaciador. Para apreciar una experiencia tan radical como ésta resulta imprescindible asistir con el ánimo adecuado, y con los ojos y las orejas muy atentos, con el cerebro dispuesto para un reto que me resultó estimulante, emotivo y sorprendente. Sobre todo, necesitaba prepararme vitalmente para el taller de improvisación libre que inicié al día siguiente, un curso intensivo de una semana del que hablaré en otra ocasión.

El lunes siguiente actuaba en el Auditorio 400 del Museo Reina Sofía, el grupo de música contemporánea Modus Novus, que nos acercó un programa que giraba en torno a la música de Stockhausen, con dos estrenos, las obras de Enrique Igoa y de Óscar Colomina. Un concierto nada convencional, ni por la formación orquestal, ni por la dimensión y estilo de las obras. Una experiencia a la par que conceptual, emotiva, una música que fue compuesta como reto y provocación, y que el paso de los años ha convertido en un clásico del estilo serial.

El viernes podría haber asistido al concierto que ofrecía el Jorge Pardo Quartet, pero después de 20 horas de improvisación en el taller que Chefa dirigió en el Teatro de Barrio, no me encontraba con el ánimo dispuesto para el jazz. Así que me fui al campo para derivar en bicicleta de montaña por la sierra de Madrid. Porque la noche del sábado me esperaba “Óscar o la felicidad de existir”, la obra de teatro que Yolanda Ulloa interpretó en solitario en la sala Arapiles 16 de la UNIR. Este teatro se va a convertir en un referente para mí, tanto por la calidad escénica de sus propuestas, como por el ambiente tranquilo y tan adecuado que ofrece su espacio escénico y su reducido patio de butacas, también porque siempre me acompaña una amiga con la que me gusta compartir este tipo de espectáculos. El trabajo de Yolanda resultó magnífico, no sólo porque supiera dar vida a 13 personajes alrededor del niño protagonista, Óscar, que asimismo encarnaba ella, sino por el difícil equilibrio que plantea la obra en torno a la vida y a la muerte, al sufrimiento y a la alegría, y sobre todo, al papel que el autor (E. M. Schmitt) le asigna a la figura de Dios en este juego medio panteísta y  cristiano, y que a mí me recordó, por similitud, la logoterapia del psiquiatra V. Frakl, y por contraste, ese duro relato de Cortázar que se llama “La señorita Cora”.

Y para finalizar este acúmulo de actividades, el concierto que el domingo nos ofreció la Orquesta Barroca de Sevilla, y en el que dos mezzosopranos monumentales nos representaron uno de esos duelos vocales a los que tan asiduo era el público del barroco. Entre memorables arias de Haendel y Vivaldi, Ann Hallenberg y Vivica Genaux, nos emocionaron, yo diría que totalmente arrebatados, más que por el duelo en sí, por la oportunidad de oír dos voces tan diferentes interpretando un mismo repertorio de forma tan contrastada y a la vez compatible. Estos barrocos de Sevilla tocan cada vez mejor, gracias, entre otras razones, a su espléndida gestión artística, y a la capacidad que poseen de integrar a los mejores solistas y directores del barroco. Después nos fuimos a celebrarlo. Porque el arte sin humanidad no es nada, porque la contemplación necesita de la imbricación del cuerpo y de la carne.

Recuerdo que estas arias las cantaban castrados. Por ello incluyo dos versiones de la famosa aria de Rinaldo, por una mujer, y por un hombre.

https://youtu.be/_wE06bBMl9c

Viaje por las emociones del barroco

Así se anunciaba el concierto que ayer nos ofreció la mezzosoprano italiana Anna Caterina Antonacci y el grupo Forma Antiqua, centrado en ese marco histórico tan emocionante que se desplegó en Italia en los comienzos del siglo XVII, un período revolucionario en el que se inventó la música barroca, o de los afectos. Con la presencia ubicua de Monteverdi, en el viaje también nos acompañaron otros músicos de la época, Frescobaldi, Falconieri, Strozzi, Merula o Uccellini, entre otros, en un encaje musical que conformó una ópera-collage de cinco actos en torno al amor y sus afectos: el desprecio, la melancolía, la batalla, el lamento y el perdón, un viaje de sentimientos encontrados magistralmente hilvanados por la selección de las obras y por la propia interpretación de los músicos.

Fue un concierto lleno de ternura, desasosiego, dolor y alegría, maravillosamente presentados a nivel vocal y escénico por la cantante italiana, y en el que los músicos que lidera Aarón Zapico nos ofrecieron un acompañamiento preciosista e íntimo cuajado de las exquisiteces armónicas que en esos años exploraban estos compositores del primer barroco. No sabría destacar una pieza o un momento, porque todo estuvo en su justo lugar. Quizás el mismo centro de la ópera, el Lamento de Ariadna, y en el que los músicos supieron ofrecernos un catálogo declamatorio realmente acertado en consonancia con lo que Monteverdi escribió. Oyendo a Antonacci consideré que esta pieza dramática (un puro recitativo en el que la melodía no acaba de aflorar) debieran oírla todos los actores o recitadores de poesía, evidentemente no para copiarla, pero sí para apreciar cómo la música va resaltando y acentuando unos recursos declamatorios abundantes y tan bien adaptados a la evolución de las palabras que se dicen.

Aquí puede verse a la Antonacci en acción, en el Combattimento de Monteverdi. Un regalo sobre cómo pintar los sentimientos y sobre todo, las palabras que los expresan, con la música.

La poesía total

Ayer tuve la fortuna de asistir a la representación de “Las estaciones de Isadora“, en la Sala Arapiles 16 de la UNIR. Por muchas razones, la fundamental, porque vi materializada durante sus 75 minutos de poesía, movimiento y música una de las formas que debería adoptar la experiencias artísticas de hoy para emocionar, para que la poesía adquiera la relevancia experiencial y movilizadora que los tiempos se merecen.

Más que una obra de teatro al uso, fue un recital de poesía (de Hugo Pérez de la Pica), pero nada ortodoxo, claro, donde la manida y declamatoria, y aburrida, forma de expresar la poesía, dio paso a una auténtica experiencia sensorial en la que el cuerpo, la música y unos mínimos recursos escenográficos nos mostraron que la poesía puede vivir y emocionar, que las palabras poseen energía y nos pueden abrir enormes posibilidades de cambio, transformación y hasta revolución.

Me resultó especialmente inspiradora porque la experimentación que inicié hace dos años con los califactos, y que durante estos últimos meses estaba intentando llevar al terreno de la representación para conseguir integrar la palabra con la imagen y el sonido, ha encontrado en la obra de ayer una materialización, un ejemplo de cómo se puede superar el anquilosado, rígido y a veces deprimente mundo del teatro, la poesía y hasta de la música, sobre todo para dotar a estos medios artísticos de energía política, de potencia transformadora de nuestra realidad y con ella, de nuestras propias vidas, de conseguir que las palabras atraviesen el falso boato de un escenario como telón y frontera, y expandan su sangre entre ese patio de butacas al que ahora ahora le pedimos que se convierta en un ente activo y partícipe del resultado.

Entre las notas del piano de Javier Gómez Dólera, Chopin y Scriabin acompañaron a la actriz Beatriz Argüello, cuya voz clara, a veces incluso transparente, otras dura y casi enervante, de una exquisita y refinada naturalidad, nos fue mostrando  un verdadero cuadro emocional en torno a la vida de la bailarina Isadora Duncan, utilizando para ello refinadas paletas de colores, tanto a nivel corporal, como vocal.

Después conversamos con ella y con el pianista, y pudimos advertir cómo las ideas o los proyectos maduran en las mentes de los creadores, cómo el tiempo de la creación no se cuenta en segundos, y sobre todo, acerca de la capacidad de los buenos artistas para modificarse y para reformar y rediseñar continuamente sus sueños según advierten el éxito o el fracaso de sus progresivas materializaciones.

 

 

 

Variedad musical

Desde “Purcell y Compañía” no había escrito sobre los conciertos a los que he asistido. Ha habido de todo: la clase magistral de Jesús Torres sobre la música para percusión, los fados de la cantante portuguesa Cristina Branco, el jazz de China Moses, las Vísperas de la Beata Vergine de Monteverdi, Il Giardino Armónico interpretando un monográfico de Telemann y el concierto que nos ofrecieron en el Museo Reina Sofía el Cuarteto Granados y la soprano Alicia Amo.

En retrospectiva advierto la diversidad de géneros y abordajes del fenómeno musical. Coloco a Monteverdi en el ojo de este abanico tan variopinto. Fue un concierto que siempre recordaremos los que tuvimos la suerte de presenciarlo. Ese reino tan especial de la voz y de la palabra que creó el músico cremonés brilló en la sala sinfónica del Auditorio Nacional de Música con extraordinaria variedad de intensidades, las que fueron capaces de desplegar los solistas del coro Balthasar Neumann dirigidos por T. Hengelbrock. La soprano Alicia Amo estuvo con ellos, así como también fue la protagonista del segundo cuarteto para cuerdas y voz que A. Schoenberg terminó de componer en 1908 y que fue interpretado en el Museo Reina Sofía, acompañado por otros dos cuartetos excelentes, los de los compositores Gustavo Díaz-Jerez y Jesús Torres. Parece un tópico, pero en este caso la obviedad se materializa en un cuarteto que marca un antes y un después, al menos en la música del compositor austriaco, entre su fase postwagneriana y cada vez más cromática, y la del atonalismo que comienza en su tercer movimiento, precisamente en el que por primera vez la soprano va desgranando los versos expresionistas de Stefan George.

En ese concierto recordé también la magnífica charla que Gustavo Díaz-Jerez nos ofreció en la Universidad Complutense de Madrid sobre su cuarteto “Critical Strip”, y en la que apareció, con total naturalidad, el complejo y apasionante mundo de la matemática aplicado a la generación de materia prima sonora, algo no tan extraño y singular si recordamos ciertos momentos de la evolución de la música, y en la que siempre han estado presentes las matemáticas y las combinatorias armónicas y rítmicas.

Telemann, sin embargo, me dejó un tanto frío, quizás porque no siempre los oyentes asistimos a los conciertos con el ánimo y la receptividad adecuadas. El grupo que dirige tan magnéticamente el flautista italiano G. Antonini desplegó virtuosismo y pulcra interpretación, que sin embargo no logró emocionarme, no sé muy bien si a consecuencia de la materia musical del prolífico compositor barroco alemán o por mi escasa receptividad aquel día.

No fue esta la causa, sin embargo, de que el concierto de China Moses me dejara tan huérfano de emociones. Pocas veces el auditorio se ha sentido tan ajeno a una intérprete, que en los discos que yo había escuchado era capaz de desplegar unos recursos expresivos que no supo reproducir en la sala de cámara del Auditorio Nacional de Música. Muy diferente de la actuación de Cristina Branco, que nos emocionó con su voz cálida y expresiva, con su mezcla de tradición e innovación, con el perfecto maridaje que su voz mantuvo con los tres instrumentistas que la acompañaron.

Purcell y compañía

Tras la revolución inglesa encabezada por el radical y puritano Cromwell, la restauración monárquica inglesa intentará recuperar con boato y lujo el arte musical prohibido por los republicanos. La música de Purcell es la que mejor representa este momento histórico de legitimación de los viejos tiempos monárquicos. El pulcro y soberbio grupo Les Arts Florissants, dirigido por W. Christie, nos ofreció ayer un verdadero jardín de voces a la inglesa, una selección de fragmentos operísticos seleccionados por tratar sobre los misterios de la música (la primer aparte del concierto) y sobre la noche de los placeres (la segunda). Las seis voces solistas fueron los jóvenes galardonados de la octava edición de Le Jardin des Voix, que no sólo nos deleitaron con su magnífica interpretación vocal, sino también por la versión semiescénica que llevaron a cabo bajo la dirección de Sophie Daneman.

Este texto anónimo cantado ayer quizás pueda sintetizar un poco lo que pudimos presenciar:

La música divina que viene de los alto,
cuyo tema sagrado a menudo es el amor
trae con ella armonía del cielo,
conciliando sus melodías en dulce acuerdo,
y aún así, es injusto su error
de llamar al deseo amor.

Por Cádiz

¡Que se puede añadir sobre esta ciudad tan entrañable! Nada. Sólo experimentarla una vez más, que fue exactamente lo que intenté hacer durante este fin de semana tan musical y humano que he compartido con tantos amigos y emociones musicales.

El viernes, el Trío Arbós y el cantaor Jesús Méndez repetían el concierto que nos ofrecieron hace unos días en el ANM de Madrid. Aquí, en la catedral del flamenco, el público recibió esta propuesta tan arriesgada con auténtica devoción, y asumió el reto de fundir el flamenco y la música clásica con verdadero fervor. Lo que demuestra que la contaminación entre géneros resulta valiosa cuando se acomete con inteligencia, respeto y unas buenas dosis de riesgo y originalidad.

Como todos saben, el músico austriaco F.J Haydn escribió para Cádiz, y en concreto para la cofradía del Oratorio de la Cueva, el cuarteto de cuerdas sobre las Siete Últimas Palabras de Cristo en la Cruz. Ese mismo recinto fue el lugar en el que el pianista Yago Mahúgo nos dedicó una versión para pianoforte de tan especial obra, una partitura recuperada de la Catedral de Salamanca y que el pianista madrileño nos ofreció dos veces seguidas con gran generosidad, con objeto de poder atender la demanda de público que desbordó el reducido aforo de esta iglesia. La versión para pianoforte destaca por su dulzura, delicadeza y honda devoción. Una partitura cuya aparente sencillez puede confundir, pero en la que el intérprete debe vaciarse para expresar las sutilezas de la expresión. En esta ocasión Yago Mahúgo nos brindó una experiencia íntima, sosegada y muy contenida que brilló por una emotividad a la que el público respondió con calor y respeto.

Y en las antípodas de esta última experiencia, la que nos ofrecieron las 12 compositoras cuyas obras se estrenaron el sábado por la noche en el Gran Teatro Falla de la capital gaditana. En esta ocasión las obras fueron compuestas para una muy espacial formación instrumental, para dos pianos y percusión, en torno a la sonata que Bela Bartok compuso en 1937 para tan singular conjunto, y que también fue interpretada en este concierto, a  cargo de Emanuela Piemonti y Lola Gaitán, pianos, y el conjunto de percusionistas Música Viva, integrado por Carolina Alcaraz y Verónica Cagigao. Todas las obras fueron reunidas bajo la sentencia horaciana del Carpe Diem, y tanto por la calidad de las obras como por la alegría y expresividad con la que fueron interpretadas, los asistentes pudimos disfrutar realmente del espíritu del “vive el día, captúralo y no te fíes del mañana”.