EN CADA SOMBRA

Lo hemos averiguado. Aquel día paseabas por las calles de Kabul, por esa ciudad fúnebre y sin atractivos, simulando tranquilidad y desapego ante el abismo de sus ruinas. Poco después te preguntaríamos por aquello. Afirmaste, “parecían de hojaldre; desecho del encono de las bombas”. Y añadirías, “las ventanas, traspasadas de cielo, fundían el aire y convertían las calles en hogares desmoronados”.

Hemos conocido ese paisaje. Algunos lo llamarían lunar, otros lo asemejamos a la imagen estereotipada de una catástrofe, de la destrucción. El Apocalipsis poseería una magnitud parecida, “como si la bicha hubiera desolado toda vida”.

Uno percibe, sobre tantas cosas, las ausencias: la casa, por lo que los escombros recuerdan de la casa; la destrucción de la idea de las cosas, por la aniquilación del concepto. Incluso la humanidad, también hurtada y transformada en fantasmas cuyos burkas ocultaran lo humano pervertido en sus sombras. Cómo saber si a cada forma le correspondía alguna presencia real y corpórea, un individuo.

Paseabas aquel día por los restos de Kabul, barajando la mirada con tantas imágenes recordadas, las fotos de la tragedia mezcladas con las sensaciones percibidas mientras deambulabas entre aquellos restos de personas, “esos desguaces de vida”. Estar para transmitir, convertir la lente en vínculo, eso deseabas, pero como sabríamos después, no lo conseguiste. Carecemos de tu interpretación, de esa crónica imposible de transmitir entonces, ni de reproducir más adelante, porque seguimos ignorando lo acaecido realmente durante aquel paseo.

Hemos realizado intentos por comprender, atisbos por enhebrar el flujo de aquellas sensaciones durante aquel período entre el momento en que abandonaste el hotel y tu aparición un mes después, cuando ya presagiábamos tu muerte. Confundido, en un principio, con uno de los cadáveres encontrados al borde de una carretera, esperábamos la confirmación de tu asesinato en cualquier momento. Realmente me sorprendí cuando me llamaron; primero tu mujer, después otras personas: “lo han encontrado, está vivo”.

Había sentido ya la muerte, esa tristeza similar a la del miembro amputado y todavía no asumida ni aceptada, la melancolía del fantasma ausente. Por eso realmente aquel día que apareciste no sentí demasiada alegría, sino reserva y una especie de frustración por la pena desperdiciada por haber sentido tu falsa muerte. Ese pago anticipado me exime, en parte, del dolor que pudiera procurarte ahora recordando e interpretando aquel paseo por las calles de Kabul.

Ya lo sabes, cuando tomaste el avión me negué a ir. Para evitar despedirte debí simular cualquier excusa. No recuerdo. Acababa de empezar la guerra. No entendíamos tu afán por estar allí, esa enfermedad de los nervios y del tacto por tomar posesión de los hechos y ser el primero en captar para poder transmitir, percibir para confeccionar una imagen original del conflicto y poder decir después, a la vuelta, yo estuve allí y lo viví, como tantas otras veces habías hecho, sin importarte ya el malestar de tu mujer; “nunca más, me oyes”, te volvió a decir, y como siempre, tú sonreíste tras atravesar el arco del detector de metales.

Lo sé porque vino a casa desde el aeropuerto. Yo acababa de desayunar y compartimos los últimos restos de café, demorando el azúcar en el fondo de nuestras tazas; el humo de su cigarrillo apenas turbado, en su ascenso casi rectilíneo, ni por quejas ni reproches, tan inconscientes las dos de todo lo que vendría después; en la cocina, sobre el bajo continuo del motor del frigorífico y sus escalofríos repentinos.

La noche anterior recibí tu último mensaje. Cuando apareció en la pantalla me sorprendió su extensión inusual. Pródigo en detalles, tan afectivo, no parecías tan lejano de nosotras, sobre todo, tan dueño de un tiempo excesivo entre las prisas y los miedos propios del estado de guerra desde donde me escribías. Ahora resultaría fácil resaltar su aire  premonitorio, sin embargo, al día siguiente, otra vez en la cocina, quisimos destacar su cálido tono, porque ello nos reconciliaba más fácilmente contigo, en esencia, con el recuerdo que habríamos deseado guardar para cuando nos confirmaran tu muerte. “… como una callejuela tras una ventana enrejada, de igual modo protegidas en la penumbra, pero sin poder apoyarse en la celosía; la brisa, tamizada como la luz de un confesionario, sentida como una ducha de aire. Sería como quedarse embutido en un muñeco de peluche, como ser gigante o cabezudo, tal como aquella vez cuando nos disfrazamos para sorprender a tu hijo, y le mirábamos a través de las bocas siempre abiertas de nuestros disfraces, disimulados por una tela como de mosquitero, tan fina que nuestras voces apenas se distorsionaban y acabó reconociéndonos”.

Sonrío porque nadie distinguiría, en estas frases, tu estilo conciso: el puro dato despojado de pasión, la mirada convertida en una lente fría que secciona lo superfluo de la autentica realidad.

Te imagino difuminado. Sí, borrado por un acto voluntario de mimesis mientras paseabas tranquilo aparentando ir hacia algún lugar concreto, una sombra entre otras deambulando por aquel dédalo de ruinas. Me habías dicho también, “resulta imprescindible no mirar demasiado las cosas, ni a la gente, ni al entorno, fluir al mismo ritmo, demorarse lo necesario ante las esquinas, nunca sorprenderse, jamás pretender desligarse tanto como para aparentar indiferencia”. Tal y como ahora te he sorprendido algunas veces, desapercibido entre la gente  en el parque donde sueles pasear junto a tu perro.

Conversamos las dos algunas veces con mi hijo. Pretendo explicarle por qué no vienes a vernos. Presiente que estás cerca, que no te encuentras de viaje. Si no te ve es porque anticipa algo imposible de comprender, propio, como él dice, de nuestro mundo de mayores. Tu mujer me ayuda, intenta simplificar tanto el lenguaje, para hallar la esencia diáfana de las cosas, que las palabras se diluyen y apenas son capaces de imprimir en su mente de niño un leve atisbo de la situación. A pesar de todo, lo intentamos, porque deseamos de algún modo contrarrestar las otras versiones, esa farsa de grandes palabras, de héroes y de traidores, de imágenes engañosas abatiéndose sobre su pequeña mente.

Hemos recordado muchas veces aquella foto donde apareces sujeto por los marines. Abrazas tu mochila apretándola como a un hijo perdido; sin embargo, tú eras lo único realmente ausente y abandonado en esas imágenes vistas hasta la saciedad y casi el hastío: tus ojos velados por la luz de las cámaras, todavía enfocados más allá de la barahúnda que te sitiaba, la insistencia de los flashes escamoteándole al público tu dolor, ese alma lacerada por las torturas sufridas durante el cautiverio.

Tu lenguaje se ha vuelto vago y elíptico. Cuando te hemos preguntado sobre algún detalle tus respuestas sobrevuelan los acontecimientos de aquel mes ya lejano, sin aquella concisión y respeto por los hechos tan propia de ti. Tantas veces te reproché esto, que ahora me sorprendo envidiando aquella objetividad entonces tan odiada. Yo no diría que divagas, como muchos sugieren, pero te veo incapaz de acercar el pasado, como si un lastre te impidiera objetivarlo para hacerlo comprensible, de confeccionar un discurso racional y coherente alejado de tus sentimientos actuales, sobre todo, de los miedos sobrevenidos desde entonces.

Fue a esperarte. Ignoro si pudiste distinguirla en aquel follón. Esta vez sí la habría acompañado. Pero quiso ir sola. Regresabas en un avión militar. Seis meses después serías –puede decirse– liberado, expulsado a un mundo que ya te había olvidado. Como parecía lógico, aquella vez no pudo verte a solas. Te reconoció detrás de una mampara blindada, entre muchas cabezas, apenas unos segundos, “esposado como un delincuente”, pero ya provisto de la máscara, como ella dice; en esa mirada presentiría tu actual soledad, tu retiro voluntario, sobre todo, tu hastío y desdén hacia nosotras, y el niño.

Me lo ha dicho muchas veces. Siempre la misma idea. Yo no estoy de acuerdo. Pero ella insiste en que las torturas transformaron tu personalidad, como si de resortes y tornillos se tratara: la precisa llave inglesa atenazando y girando científicamente hasta el punto de trastocar tu esencia. No la contradigo. Yo, sin embargo, no comparto esa necesidad por demonizar al torturador, convertirlo en un Prometeo consciente de su tarea e imbuido de un objetivo preciso; simplemente le desprecio como un ser brutal sin atributos ni programa. Tampoco me resulta grata la otra imagen, la del impacto de un cuerpo extraño, aleatoriamente “como un meteorito provoca un cataclismo, un cráter que el tiempo rellenará”. De aquella índole es su íntima y profunda idea de lo sucedido durante aquellos meses, sobre todo, de tu comportamiento posterior; su refugio ante tu desprecio, el vector que la anima a continuar empujando para conseguir rellanar la grieta que te ha roto por dentro. Si la convenciera de lo contrario, si ella pensara como yo, abandonaría, estoy segura. Pero ignoro por qué necesito mantener la ficción, depender de la fuerza de su ignorancia para superar la debilidad a la que me empuja conocerte mejor y no compartir su versión de los hechos.

No te ha querido volver a ver desde aquel día. Como seguramente intuyes, nunca ha deseado venir conmigo. Pero siempre me interroga cuando regreso. La última vez me preguntó si ya sabías que habíamos alquilado juntas una casa. Ella ignora que me presento de improviso. No sabría explicarle por qué no tienes un teléfono, por qué el correo inunda tu buzón y se desborda por el descansillo de las escaleras. Allí mismo te encontré cuando salías. Y la volví a mentir por qué no me invitaste a dar un paseo. Te seguí mientras el perro iba señalando alternativamente las esquinas y aprovechábamos para encender un cigarrillo o sonarnos los mocos, para superar ese continuado silencio del que no logro desprenderme y cuyo vacío relleno de esa insustancial conversación que luego reproduzco cuando ella o nuestros padres me preguntan y sobre la marcha voy inventando cada vez con mayor dolor y desasosiego: “regresamos y poco después de darle el dinero y un par de besos, desde el umbral le comenté que el niño va a una escuela al lado de casa y que yo le recojo al mediodía”.

Pero en esta última ocasión ella buscó mis ojos y notó mi inquietud, porque mis frases reflejaban una vida demasiado fácil. Llevada por un exceso de celo, había edulcorado nuestra vida junto al niño, y para convertir en más sincero el ya de por sí pervertido relato, la seguí mintiendo para ponerla al corriente de nuestra relación, e inventé tu contestación “ah, el niño, lo había olvidado”, para hacerla comprender que ni ella, ni yo, ni por supuesto el niño, te importábamos demasiado. Sin ganas, pero movida por un odio volcado más hacia mí que contra ella, agregué, “pero en ese momento advirtió el dinero en una de sus manos, lo levantó, lo miró y me dijo «confío en que sea suficiente»”. Nada de esto ocurrió, ¿verdad?

Tengo delante tus últimos escritos e informes, los artículos enviados y nunca publicados por los periódicos. Y siento la ausencia del objeto, volatilizado durante aquel mes desaparecido y reconformado en la imagen de ese ausente cuyo nombre encabeza las demandas ante los tribunales de derechos humanos. Hemos inventado unos agravios, creado un objeto violentado donde sería imposible reconocer a ese hombre con perro y gabardina, habitante del séptimo piso, que se niega a narrar, como si las palabras pudieran otra vez injuriarte, asustado de tu imagen pública y de las circunstancias derivadas de aquel paseo por las ruinas de Kabul.

Estamos las dos solas ante el televisor. El niño duerme desde hace un buen rato. Tu fantasma atraviesa el pasillo humano abierto entre los fotógrafos. Es el vídeo grabado del telediario, uno de cuyos fotogramas coincide con la imagen reproducida por los periódicos al día siguiente. La cámara te sigue desde la puerta hasta el jeep militar: un despojo perfectamente afeitado, y dos soldados. Pero seguimos indagando en esas imágenes, tan congeladas en el recuerdo como en el magnetismo de la cinta, atentas a detectar un hecho desapercibido, más bien creo, esperando el milagro de alterar, aún en el más insignificante detalle, las imágenes solidificadas por la fuerza del deseo. Una novedad que nos ayudaría a reconstruir el hilo cortado del relato, un hilvanado alternativo al oficial y contra el cual apenas nos has ayudado, siempre callado y ausente ante cada nueva interpretación, ante cada nuevo detalle.

Insisto en destacar otra vez la mirada del soldado más alto; asaz insolente, demuestra un asco exagerado y falso, incompatible con el modo, demasiado férreo, de sujetarte el brazo. Nuevamente nos sorprende, a pesar de la reiteración y de ser esas imágenes el punto de partida de nuestros esfuerzos por negar la evidencia oficial, tu gesto instintivo y reflejo de protegerte la cabeza ante el brusco y repentino movimiento del marine por impedir, con el brazo levantado, el acercamiento de un periodista.

Ella confía en la catarsis del proceso judicial: “Es cierto, hasta ahora nunca se ha interesado por los papeles, pero ha firmado cuando procedía, eso no puedes negarlo, y estoy segura, se pondrá delante del juez. Como tú dices, se callará, pero sólo al principio, después hablará y sobre todo, denunciará”. Me dejo mecer por este canto insistente y machacón, por su confianza ciega en ti persona y quizás consolidada sobre mis relatos tergiversados. Lo sé, desearías decirme de algún modo que te dejemos en paz, como cuando de niños huías al trastero y te relajabas tocando la flauta, hasta que mamá bajaba. Nunca supe cómo te convencía: esa intimidad vuestra siempre vedada al resto de la familia.

La maquinaria sigue funcionando, lo sabemos, sus engranajes giran aunque silenciados bajo el peso de la actualidad, soterrados en la vorágine de las noticias y la información reciente, de los trámites burocráticos ralentizados por la desidia y la falta de oportunidad. “En algún momento el proceso demandará una respuesta o un acto, una carta oficial le importunará en su retiro, le forzará a asomar la cabeza aunque sólo sea para callar. Entonces su silencio ya no será solitario, más allá de nosotras habrá otros encargados de juzgarlo e interpretarlo, seres anónimos de la gran máquina ante cuya presencia espero que al fin hable y sobre todo, acuse”. Yo no comparto esta retórica tan burda y superficial, pero nunca se la he refutado, y lo peor, incluso la he fomentado no sé con qué fines. Lamentablemente no poseo otro apoyo sino esta ficción de la que no conozco las claves y cuyos primeros resultados empezaremos a conocer mañana cuando ella y yo nos sentemos en la sala y oigamos llamarte por tu nombre.

Lo sé. No deseas contemplar otra vez el abismo. Tu coraza, “la máscara”, como ella dice, consiste precisamente en tu indiferencia hacia el público y hacia la humanidad, “esos creyentes del dato, de la corrupta actualidad”. Entiendo que el primer paso para recomponer tu imagen sería aceptarnos a todos como seres humanos; durante un tiempo soportar el dolor por el odio de tus conciudadanos maldiciéndote por haber sido un traidor y haber utilizado tu profesión para ayudar al enemigo; sobre todo, aceptar el riesgo de posar desnudo, impelido por el artificio de la máquina, a desprenderte de tu nueva piel para enfrentarte, otra vez indefenso y debilitado, al fantasma y a las sombras de Kabul; para al fin, y tras sufrir los dardos, quizás no alcanzar el objetivo, ese otro veredicto de culpabilidad hacia los verdaderos traidores, los salvapatrias que te torturaron confundido con el enemigo y cuyo error lo enmascararon con aquella acusación de la que ahora te defendemos y en la que te has ido disolviendo.

El dinero que te damos todos los meses y que tomas con tanto distanciamiento ya comienza a quemarme. Nunca lo pediste, es cierto, pero no me hubiera importado algún tenue gesto de agradecimiento. Pero últimamente atisbo tu nueva actitud ante él: lo aceptas como si fuera un pago por dejarte emplear en el proceso, por aceptar que tu nombre aparezca en los papeles y firmar cuando así te lo pedimos; y este mercadeo, o mejor dicho, estafa, si bien ella la aceptaría hasta el final, yo, en cambio, empiezo a contemplarla como un insulto.

Aquella mirada de ausente suspendida en la niebla más allá de tu perro o de la gente empieza a adoptar ahora un nuevo significado. Por eso te escribo ahora por primera vez, porque he querido huir tantas veces contigo hacia aquel punto de fuga incierto a través de tus abismos, en ese sufrimiento glacial de esencia similar al del conflicto donde se originó.

Porque recuerdo aquella guerra también como una operación quirúrgica; sin sangre; sin cuchillos de matarife; un láser verde turquesa acariciando la piel del enfermo; un foco intenso de luz cenital de cuarzo cortando tu piel en pétalos invisibles; una brecha de grosor atómico cuyos rebordes sonrosados se abren a la presión de unos guantes de látex; sin dolor; sin grandes efusiones; aséptico tras la cortina del cloroformo; la vista de la sangre: prohibida; la palabra: suprimida; sombras sin faz ni sentidos errando en un escenario sin sonidos de vida; no llueve, la luz siempre es intensa, al fondo los montes de piedra y de polvo se cubren con bonetes de nieve; y en la platea, la gente, el mismo sujeto repetido en mil rostros silenciosos; la televisión se enciende, el telón se abre y allí estabas tú también, en el proscenio oculto tras un saco atado sobre tus hombros con una soga; sin manos; arrodillado ante la nada, porque fue ese vacío de sensaciones, ante un público engañado, lo realmente turbador; esa anestesia aplicada sobre cada neurona y cuyas sinapsis solidificaron por esa carencia continuada de impulsos táctiles u olfativos, de impresiones visuales o vibraciones audibles.  

Mañana nos encontraremos en la sala del juicio. Papá y mamá no irán, no temas. Otro espectáculo, quizás tu última función. Si asistes, claro. Tu mujer acaba de salir en busca de cigarrillos. Estamos solos, el niño y yo. Cualquier otro día estaría ya acostado, pero oigo la película que está viendo en el vídeo. Me levanto, y te veo sobre la mesilla de noche de ella, una sonrisa de otro tiempo, y ando muy despacio por el pasillo, evidentemente no con la intención de reñirle, esforzándome por comprender las frases de los dibujos, los detalles de la acción. Tiene la luz apagada. Está dormido, pero a su alrededor las sombras coloreadas se proyectan sobre él y sobre cada detalle de la habitación, como una holografía emitida por el televisor contra todas las paredes y en cuya atmósfera de colores y de formas y de sonidos penetro para entender: un pato vomita una jerga incomprensible, baila y mueve la colita con gracia, pero un pincel bajado del cielo dibuja una venda sobre sus ojos, un palo entre sus manos y de improviso cambia la música y el decorado, y le vemos en una plaza de toros de la que pende una cucaña grande y hermosa que intenta aporrear. El público, caricatura de diversas especies animales, le grita, se ríe, tira serpentinas y confeti, fuegos de artificio, almohadillas y petardos musicales que explotan y asustan al pato y le distraen continuamente de su juego. Una mano invisible y sobrenatural levanta y baja la cucaña cada vez que el pato está a punto de reventarla de un golpe certero. Pero el pato sigue su cháchara gutural e incomprensible, se enfada, se golpea, amenaza al público, realiza contorsiones inverosímiles y sin ningún pudor saca un ojo por encima de la venda y acaba por premiar a todos los asistentes al espectáculo con una explosión multicolor de baratijas y de chucherías que rebota contra los muros de la habitación: parece el fin; pero en el silencio del fin, un batallón de cucarachas surgirá de las paredes y de los muebles, del propio cuerpo de mi hijo y de mí misma, y una a una irán recogiendo los colores y la música para tragárselos.

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UNA FUGA SIN RETORNO

director orquesta_2La música cesó tras de la apoteosis, pero no pudiste oír los aplausos. Te diste la vuelta y desde tu balcón azul tampoco divisaste a nadie, tan sólo un océano negro de silencio. “¡Apaguen los focos, leche!” Y te comiste la batuta como si fuera un alfeñique.

Al momento, el concertino se levantó y te estrechó la mano. Llovieron flores. Las trompas y los cornos ingleses sonreían. Desde el palco te saludó el rey, cual si fuera montado en su rolls blindado y bostezara a la muchedumbre. Sin embargo, la reina palmeó con tal fruición que los guardianes de la corona miráronse de soslayo.

Tras saludar, bajaste del podio e hiciste mutis, cabizbajo, mientras el auditorio aullaba suplicándote alguna propina.

La noche y su relente te esperaban de nuevo, Moisés de Briè, solo y desconocido en otra ciudad recién despertada al simulacro del neón y de las terrazas vacías ¿Olvidaste la pajarita, de Briè? ¿A dónde vas tan aprisa, Moisés? Ya no te demoras flirteando con las furcias, como antaño hicieras en la Viena atroz de la posguerra, cuando tras de los ensayos practicabas el trémolo entre sábanas de franela roja y en aquel balneario conociste al miserable empresario de las orquestas y los auditorios, aquel que entre baños mefíticos de azufre y friegas de penicilina, te contrató porque tu verga tan pomposa se parecía a la suya.

Eres un extravagante de Briè. Sin embrago, a la hueste de los críticos le gusta tu carácter hosco y desgarbado, violento con las sanas costumbres y los buenos modos. Nunca ganaste tanto reconocimiento como aquel día en que al ir a comenzar el adagieto de la quinta de Mahler le pediste fuego al clarinete y entre una nube de humo veneciano dirigiste la que fue considerada la mejor versión del siglo, ganadora de un Grammy y de un contrato multimillonario con la casa Farias. Incluso los más ortodoxos adoran y aclaman tu arte excelso, de Briè, y perdonan tus destemplanzas.

“¡No seas majadero! Mi madre era una cursi que se atragantaba en suspiros cuando su pequeño niño prodigio tocaba ante sus visitas aquel piano, joya de la familia, que decían que Beethoven había acariciado mientras también ensordecía. Más de cuarenta horas de psicoanálisis lacaniano y diez más de terapia Gestalt me costaron superar los rescoldos de aquella casa de campo meliflua y tiránica en la que mi padre ausente ejercía, con tal desmedida su férrea disciplina, que disfrazó de cocineros, mayordomos, jardineros e institutrices a los más oscuros y depravados detectives de la decadente Austria imperial; y evitó que mi madre se fugara con un artista “degenerado” que desde París intentó sacarla sin éxito del manicomio en el que perdió su vida entre rameras asirias proscritas por el Estado y judíos multimillonarios a los que la lobotomía había transformado en serios arios estériles a los que el régimen mimaba, no sin ciertos recelos”.

“Soy un viejo feo al que la gente culta adora y la pobre denigra. Ayer la reina me besó durante la recepción, nada menos que en la comisura de la boca, delante de tres jefes de estado mayor que inmediatamente echaron mano a sus pistolas automáticas y que luego escoltaron, en la antesala, las simplezas de un rey de opereta, mientras nosotros ensayábamos lindezas al clarinete, en un discreto y delicioso saloncito rococó testigo de pasadas veleidades reales. Sin embargo, mi porte aterroriza a las golfillas, que me exigen, por mi facha desgarbada, mis arrugas y mi pelo blanco e hirsuto, una cifra desorbitada y tan extravagante que sólo referirlo me avergüenza. Yo, que fui tan querido en otros tiempos”.

¿A dónde vas, Moisés, perdido otra vez en la noche de otra ciudad sin sentido? Ya no silvas, ni sabes tararear. Olvidaste las antiguas melodías, desde aquel sexagésimo cumpleaños en el que tus sesenta músicos preferidos te ofrecieron, de ofrenda, una pieza en la que uno a uno iban dejando de tocar, mientras otras tantas fúlgidas lámparas se iban apagando y tú recordabas tus tiempos mozos de vanidad y ambición, a la par que la oscuridad te acercaba progresivamente al silencio, perdido en la barahúnda de tus amigos y familiares, espiado por cámaras de televisión que encendían y apagaban sus diodos rojos y te recordaban los antros y los garitos donde oías el bandoleón y las castañuelas. Pero tú sólo pudiste ver las luces que iban enmudeciendo, porque la música ya no volviste a escucharla, de Briè, y a partir del momento en que la flauta se calló y la trigésimoquinta luz se apagó, tus oídos callaron y desde entonces no puedes silbar ni entender salvo por el jugueteo de los labios.

Estás solo de Briè. Tu arte es como una muralla. ¡Como un precipicio infame! Eres una reliquia, Moisés, un objeto de adoración. “Pero ya nadie me reconoce en esta ciudad de sombras, a pesar de mi frac de gala y mis zapatos de charol. Le di mi pajarita a ésa que huye en aquel coche rojo, y ni me dio las gracias”.

Ya no necesitas llenar las montañas de insecticida, de Briè, ni embadurnar los árboles de visco para apresar aves, porque tu arte ya no te exige el silencio contemplativo de esa naturaleza que cada primavera matabas para que no osara inspirarte melodía o sonido que no partiera de tu imaginación. A tu perra no sólo le extirpaste los ovarios, sino que también le robaste sus cuerdas vocales, no porque ladrara a los pájaros, que ya no los había, sino para que no pudiera manifestar alegría con un sonido de ladrido que no hubieras inventado tú. Y cuando enloqueció de impotencia, porque hasta el rabo le cortaste para que no tamborileara contra los muebles y las puertas, se dejó ahogar una mañana de verano en el lago donde solías pescar peces mudos que luego conservabas en peceras frigoríficas de cuarzo translúcido y multicolor.

Has perdido la inspiración para componer de Briè, pero aún puedes dirigir tan leve como un ángel; y según Le Figaro, tus imperceptibles movimientos sobre el podio despiertan todavía las más sutiles sonoridades, porque no necesitas fuerza, ni aparentar crudeza para desbocar a la orquesta hacia el éxtasis; pero la clara distinción de tu arte, comenta The Times, surge cuando la música, casi silente, parece flotar en un piélago de mil corazones atónitos y contenidos.

Por eso no puede huir, maestro. Los contratos le obligan más allá de la enfermedad y la muerte, profesor. Pero ¿a dónde va? ¿Cómo sale sin abrigo?

Que la noche está fría, y sin pajarita, Moisés, hijo, ven que te abrigue y que te arrope esa garganta que siempre tuviste débil…

Pero que resistió la navaja de tu primer despecho cuando la viste huir con aquel timbal de piernas flacas y cara de caballo que debía dar los últimos sones de tu cuarta sinfonía, esa que nadie entendió y de la que hoy ningún aficionado carece. Desde entonces, y según dice Guillermo José Leguineche, no suena percusión que la parió en ninguna de tus sinfonías y los platillos, tan caros en tus direcciones de otros compositores, tan sólo aparecieron una vez y como de puntillas en una fuga en la que la flauta no acababa de entenderse con el violonchelo de Laura, “la querida, la última Laura de los pechos recios y sonoros, la única que ya no me habla porque sabe que no la escucho, y cuyo legato aún me hace olvidar este sinsentido atroz que nadie comprende porque, ¡qué van a entender esos horteras de un sordo que dirige a ciegas!”.

Siempre le gustó la nieve, maestro, y ahora nieva de Briè, como en Garmisch, cuando aún eras un oscuro director de pasado inefable y tu padre te buscaba, perseguido y moribundo. Pero tú debías escamotearle ante la posteridad para mostrarte como un genio emergiendo de la nada. Y cuando le viste por última vez, una noche de éxito, después de haber interpretado entre telúricas mareas una inconclusa melodía bruckneriana, te pareció dormido en la primera fila, o eso creíste: sin embargo, él nunca dormía. Siete propinas le regalaste al enfervorizado auditorio, pero él siempre dormía, y cuando la muchedumbre se dispersó él quedo allí, solo, con la cabeza apoyada sobre la mano doblada, con el codo sobre el brazo de la butaca y con el programa de mano sobre las piernas abierto por la foto de su hijo y por una biografía en la que él no estaba, como si Moisés hubiese nacido de la nada. Estaba muerto, de Briè, fulminado por tu interpretación de aquella música con la que enloquecía a su propio auditorio de presos, mientras recordaba a su hijo lejano y las historias que sus espías le contaban cuando descansaba en las noches inclementes de insomnio. A pesar de la distancia y del tiempo le reconociste, de Briè, y desde tu balcón azul descendiste hasta ese infierno que aún te miraba, Moisés. Recuerdas que olía a desinfectante, ese cadáver que parecía tener aún prendida entre los labios el temblor de la melodía de tu batuta.
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POR LOS CAMINOS DE LA DEMENCIA

Le arrojé el bote de isotónico, pero lamentablemente estaba vacío. Apenas le rocé la cabeza, un leve golpe, sin embargo el gesto fue suficiente para que iniciara una persecución que se desarrolló más allá de los montes de Santelo, por los valles de ese río que nunca lleva agua y que por tal razón, con gran sentido común y elocuencia, le llaman Seco, entre la región del Faciter, de donde era mi padre, y la menos conocida de Los Porletos. Carreteras estrechas, empinadas, reviradas, casi asfixiadas por el gres y la caliza, camufladas entre las gravas de las torrenteras, de un asfalto gris desleído y entreverado de grietas. Así es el paisaje indómito en el que me las tuve que ver con mi perseguidor. He aquí el relato de mi fuga en bicicleta.

Acababa de leer una líneas sobre cómo Suitiño había ascendido el Col de la Malisién dejándose el alma en la cuneta y cómo ésta había acabado disuelta en las aguas del río Testrona, el mismo que nace de las nieves perpetuas que visten aquel paso de la Malisién en el que decíamos que Suitiño se había abandonado al delirio, la victoria y la cabeza perdidas, por lo que ya nunca más sería reconocido como ese ciclista generoso y extrovertido que entusiasmó al público con sus galopadas alegres, con su esfuerzo generoso y un tanto temerario.

Me río yo de Suitiño. Cacho de bestia.

Alcanzo el pueblo de Mendaño, famoso por su sidra caliente y las habas churruscadas. A nadie encuentro en sus calles. El agua de la fuente, a pesar de ser finales del verano, fluye a carajo sacado y me tienta, pero no paro, sigo como una grulla enloquecida, acoplado, rozando las esquinas y los poyetes donde deberían haber estado descansado los viejos de aquel lugar curiosamente inhóspito a pesar del calor, del sol tan diáfano, y de las banderitas regionales que engalanan las calles. El del pinganillo me dijo que tuviera cuidado, que estaban en fiestas, y que los de Mendaño eran muy brutos. Pero salimos del pueblo indemnes, ni un aplauso, quizás nos vieran desde detrás de los visillos, entre las rendijas de las persianas echadas, tras las gateras o en sus televisores, comprobando que su pueblo seguía allí, tal y como era hacía unos minutos cuando salieron de la iglesia, a la misma hora en la que tantas veces habían visto cómo esos mismos ciclistas, al pasar por otras ciudades, eran ovacionados por sus calles atestadas. Nadie avisó a los de Mendaño, ninguno de ellos advirtió que ese día precisamente la Vuelta pasaba por la puerta de sus casas, y cuando salieron a la calle, sorprendidos de ver su callejero vacío por la tele, ya nos habíamos ido. De allí era Suitiño, y nadie salió a recibirlo, sólo un perro golfo que vio el pelotón como una santa compaña diurna, tan acostumbrado que estaba a lo sobrenatural.

Hasta aquel día todavía hubo respeto. Yo era el gregario de su máximo contrincante. Me llamo Rui Valdivia, me conocerán por la toña que me pegué en el Giro, un día de ventisca, bravo, y al doblar la esquina de uno de las revueltas del descenso del Montirolo un golpe de viento rastrero me lanzó contra el pretil, con tan buena fortuna que fui a caer sobre el techo del coche del director de la carrera, que promisoriamente circulaba en ese mismo segundo por la curva de un poco más abajo. Nada se rompió aquel día, pero desde entonces me llaman el polizón, será por el abordaje, y también con cierto recochineo, por las veces que otros chupan mi rueda, costumbre que se ha convertido en hábito, un tanto lacerante, de mi profesión. ¡Menudos gorrones!

Empecé en la mountain bike, y les confesaré  que uno de mis mayores retos lo acometí cuando suplanté la personalidad de mi misma novia en la prueba de descenso celebrada en la localidad ocilense de la Lastia Pelada, un macizo rocoso pelágico levantado en medio de la meseta bacense, y donde las torrenteras han erosionado cañones de una dimensión y espectacularidad tan bellacas que no podían dejar de llamar la atención de los descerebrados del descenso. Allí fui con mi novia. Y allí la suplanté, como ya he dicho. Cosa inaudita y hasta ahora desconocida. Pero lo cuento por sincerarme, por huir de mi mala conciencia, y porque el cabrito de Suitiño me la quitó. Lo que yo hice por ti en aquel descenso, Maribel, olvídate, nadie lo hará. Por supuesto que no ganaste, tampoco me despeñé, afortunadamente. Vestí tus protecciones, me puse tu casco, dejé que un mechón de tu pelo cobrizo asomara por entre los agujeritos de aireación, camuflado tras el plástico ahumado, me dirigí al box de salida donde falsifiqué tu firma, silencioso como un búho, y me lancé al vacío con el ánimo encogido sólo por tu amor, Maribel, por esa montaña rusa descarriada. El orujo todavía te tenía inconsciente cuando crucé la meta. A mi la cabeza me estuvo rebotando dislocada durante varios días. Ya por la tarde, al poco de despertar, te enteraste de tu pésima clasificación, de esa segunda manga desaprovechada en la que descendiste al inframundo de la clasificación. Nunca fui un crack de la bici ni de nada. No lo siento, porque lo compensé con otras habilidades, pero aquel día en aquellas oquedades sin alma, por  aquel pedregal movedizo de pendiente inverosímil, deseé parecerme a uno de los grandes, haberte podido ofrecer una victoria merecida y no dejar que tu fama de walkiria fuera pisoteada por tus contrincantes de aquel día.

Lo mío no era el descenso, sino el enduro, una modalidad en la que tampoco brillé especialmente, pero que logró quitarme el miedo cerval que le tenía al vacío y ofrecerme la seguridad suficiente para que unos años más tarde pudiera convertirme en el profesional de la ruta que ahora soy. Allí conocí a Perandones, unos años menor que yo, y del que ya nunca me he separado, en uno de esos episodios que marcan toda una vida, uno de esos cruces de caminos en los que siempre, los que acabaremos convertidos en gregarios, tomamos el equivocado. No iba primero, pero casi, una de mis mejores actuaciones. Maribel me gritaba y yo sentía que al fin el mundo se empezaba a poner a mis pies. Al culminar por penúltima vez la cuesta más dura del circuito, apenas unos segundos por detrás del trío delantero, un contrincante que creía en el culo me saluda según se sitúa a mi lado para comenzar el descenso, en paralelo los dos, como dos machotes, cada vez más rápido, escalofriante, un duelo a puro machetazo, hombro contra hombro, miradas fieras de inquina, un desafío en cada curva según nos acercábamos a un estrechamiento donde él o yo debíamos ceder el paso para evitar el choque múltiple y el acabose de nuestras posibilidades de triunfo. Pero ¿por qué tuve que ser yo el que frenara? El cabrito de Perandones luego me lo agradeció. Ganó aquella carrera, y luego otras muchas, y casi siempre allí estuve yo para cederle el paso en el momento oportuno, para cargar con el trabajo sucio, perder la novia y sufrir el ataque acervo del bruto de Suitiño.

He de alcanzar el pueblo de Lobradejos cuanto antes, porque a partir de este punto la carretera se revira como un escorpión y la ventaja sobre el fiero Suitiño será mía. Conozco esas curvas, esos repechos insanos desde que de niño mi padre me llevara a montar por aquella región montaraz del Faciter, donde las abejas se dedican a escarbar en la mugre y en los detritus de la muerte la materia prima de una miel cuyas propiedades afrodisiacas afortunadamente resultan desconocidas por las masas, en cuyos escondrijos de pétrea arenisca se esconde la única serpiente con orejas y vista cansada, en los mansos del río, un sapo cuyos pedos fétidos contienen suficiente metano como para caldear una casa durante un día entero, en fin, una tierra salvaje donde podré encelar a mi perseguidor, abrumarle con el despiste, jugar con su alma hasta acabar por convertirlo en un pelele sujeto al albur de mi voluntad.

Todo empezó de forma repentina, unos kilómetros después de Mendaño. Me dijo Perandones, ataca cabrón, ésta es la tuya. Diez días pedaleando, casi dos mil kilómetros machacados a fuerza de encono y repentinamente el jefe me dice que ataque. Imposible, tío, las piernas me van a estallar. Estábamos subiendo un puerto de los que yo llamo traicioneros, objetivamente no muy duro, tampoco muy largo, a mitad de jornada, después de haber encarado más de 100 kilómetros de llano ventoso tirando de Perandones como un perro, y ahora, a mitad de un puerto plagado de cambios de ritmo me dice que ataque. Y el miserable de Suitiño que lo oye, y que se mofa de mi respuesta. No, no ataqué, me comí la mala hostia hasta llegar arriba, mascullando el desquite.

¿Por qué me azuzaría Perandones? Yo era el único del equipo que aún estaba con él. Me lo dijo directamente, no el director a través del pinganillo, a él mismo se le ocurrió. ¿Qué pretendía? Cuando dos días después le lancé el inofensivo isotónico al bestia de Suitiño, ya lo había comprendido, pero en aquel momento me quedé perplejo.

Una vez has dejado Lobradejos, apenas pasada una curva contrapeada a la sombra de una olma centenaria, la carretera se bifurca y hay que optar o por la subida al Mendón y el consiguiente descenso hasta las Sabinas del Espigate, o continuar recto en pronunciada bajada hasta el paso del Endrigo, punto en que la casi imperceptible carretera se empina hasta alcanzar, esta vez por el lado del norte, el pueblo solariego antes mencionado de las Sabinas del Espigate, donde se decía que las hembras nacían con dos huevos que al poco se le agostaban como pasas. Nunca comprendí la razón de construir dos carreteras para llegar al mismo sitio, pero en aquellos momentos la decisión no resultaba baladí, ya que la primera opción casi doblaba en longitud a la otra, pero ésta, en cambio, tenía el inconveniente de sorprender al ingenuo, al final ya, con un repecho no muy corto y de sobrehumana pendiente. Me figuré al cabroncete del Suitiño llegando al cruce, alucinado por los dos carteles indicadores de la misma dirección, pero con dígitos bien diferentes. No hace falta ser un lince para intuir que ese simplón cogería la vía corta, desconocedor del perfil de los dos trazados alternativos, y también de la loca del pedernal. Por supuesto, que yo tomé el tramo largo y recé porque la loca estuviera apostada en su atalaya.

Los técnicos encorbatados de la agencia anti-doping me dieron el pésame con unos golpecitos en la espalda, aquella noche después del episodio de Mendaño. El hematocrito lo tenía por los suelos. Un ejemplo para el pelotón ciclista. Mejor que me quedara acostado y no tomara la salida al día siguiente. Eran las tres de la madrugada. El equipo entero soliviantado. Dejé a Perandones gritando, al director llorando en un taburete del cuarto de baño. Me fui a dar un paseo. Estaba cansado más allá de toda lógica. El fresco me sentó bien. El poco oxígeno que me quedaba en las venas fluyó al cerebro que inició un proceso obsesivo de recursividad, imparable, al que únicamente podría hacer frente tomando unas copas de coñac. Pero ¿dónde? Me interné por un parque denso de árboles, cada vez más oscuro, en el que mis pasos sobre la grava seca dejaban un eco mosqueante a mis espaldas. El ritmo de mis pasos entró entonces en resonancia con los ciclos cerebrales y un súbito mundo de traiciones, sutiles referencias, mala leche condensada empezó a rebelárseme en una especie de polifonía cubista en la que cada cristal roto me mostraba una imagen no por harto conocida, menos sospechosa de anunciarme una tragedia. A falta de coñac atisbé unas intermitencias verdes de una cruz que no pude dejar de perseguir. Una farmacia de guardia a cuyo timbre llamé buscando otras respuestas plausibles. Una boticaria desgreñada que terminaba de abotonarse la bata se acercó al otro lado del interfono. No sé lo que vio en mis ojos de huevo pasados por agua, en mi pijama, en mi tez morena jibarizada por el entrenamiento y la alta competición, pero me abrió la puerta y me dejó pasar a su mundo de aromas asépticos: sentado en una butaca le intenté relatar el absurdo de mis bucles mentales, la ínfima coherencia de unos pensamientos que habían aflorado en la anoxia.

Ahora lo sé. Le di pena. Antes incluso de que hubiera abierto la boca. Una lástima que lejos de cabrearme me dejó como narcotizado. Tenía puesta la radio, muy baja, y sobre la mesa descansaba una melita cargada de café. No recuerdo si me preguntó, si comentó algo al hilo de mis confesiones, por supuesto que no las interpretó, ni me ayudó a buscar alguna coherencia escondida, quizás fuera la voz de la radio la que me hizo hablar, contestar no sé qué preguntas lanzadas al espacio electromagnético en una noche enervante de verano y que por azar fueron a parar a la rebotica donde un gregario al borde de la anemia se confesaba ante una boticaria desvelada y la mar de generosa.

Me fui quedando dormido, pero percibí que se levantaba, que cambiaba la radio por un cd de una especie de jazz mórbido, que traía cajas y botes de potingues, que me dio un jarabe, unas pastillas disueltas en café, y que me quitó la ropa y me extendió, sobre todo por las piernas, varias cremas que no parecía que fueran hidratantes. Eso fue lo que aconteció aquella noche. No sé nada más. En menos de 48 horas mi vida cambiaría.

Cuando alcancé las Sabinas del Espigate el bueno de Suitiño ya había llegado, tal y como yo había anticipado. Me esperaba en la casa de socorro, descalabrado por las pedradas certeras de la loca del pedernal, que desde su refugio entre las breñas intentaba atizar a todo bicho que osara subir desde el paso del Endrigo, justo en las rampas más duras del repechón que asciende hasta el pueblo donde Suitiño penaba de sus heridas a pesar del casco, que sólo le protegió de las primeras pedernaladas. Deliraba, bañado en sudor y restos de sangre, gritaba asido a la virgen de los desamparados que colgaba siempre de su cuello, y me decía, entre dos guardias civiles que le asían de los sobacos, que le diera aguardiente de garrafón, que le perdonara, que no me había perseguido hasta este fin del mundo de pesadilla para atizarme con la bomba del aire, sino para prevenirme acerca del cerdo de Perandones. El muy pérfido.

Porque su enfrentamiento se remonta a las competiciones de juveniles. Aunque eran de diferentes regiones, bastaron dos marchas casi seguidas en los campeonatos nacionales para sentenciarlos como enemigos cerrunos, más allá de toda lógica. Yo llegué después, y Maribel, cuando ya estaban enfrentados. Y opté por la amistad de Perandones, quizás porque la vehemencia de Suitiño me amedrentaba un poco. Pero desde la Malisién, y como decía antes, Suitiño ya no fue ese niño grande y  espontáneo, pletórico de generoso derroche. Yo estuve allí, en la celada que le montamos a mitad de la ascensión. Su último gregario acababa de dejarse caer hasta el coche de asistencia, y ya subía cargado de agua y geles cuando atacamos, impidiendo que Suitiño se pudiera aprovisionar antes de encarar el tramo más duro del largo ascenso. Yo estuve a su lado cuando Perandones atacó y nos dejó solos, a él y a los últimos cinco locos que aquel día conseguimos llegar en solitario a ese monte de atractivo lunar arrasado de morrenas glaciales. Le vi perder la razón, consumirse como un pajarito. A pesar de la deshidratación, lloraba. Ninguno le dimos un relevo. A pesar de ello, nada nos recriminó, no nos gritó como hubiera hecho en otras ocasiones, sino que se pegó al manillar, se contrajo como un feto, e intentando aspirar todo el aire del mundo, fue subiendo cada vez más lento y más doliente el calvario del col de la Malisién. Yo ya sabía que Maribel me la estaba pegando. Que Suitiño se la beneficiaba. Pueden suponer que disfruté de lo lindo aquel día. Pues se confunden. No, no lo hice. Me quedé  frío y aturdido, y cuando Perandones me abrazó apenas pude sostenerle la mirada. No se lo creerán, pero sentí un poco de vergüenza.

Me gusta leer las historias que cuentan sobre las grandes gestas ciclistas. Me río yo de tanto farsante. Todo mentira. Sobre lo de la Malisién, ni les cuento. Disfruto porque sé la verdad de algunas de estas historias, porque las he vivido, estuve allí y sé que todas esas interpretaciones son falsas, inventadas o producto del engaño. Por lo que intuyo que también los cuentos que se escriben sobre otras en las que yo no estuve, también lo son. Pero todas estas lecturas aberrantes forman, junto con la verdad que ocultan, los escombros de mis sueños. Todavía no he conseguido leer nada de interés sobre el último Suitiño, tampoco acerca de aquella persecución que empecé a narrarles. Quizás nadie se enteró. Es cierto que no ha transcurrido mucho tiempo. Quizás ya no le importe a nadie. Fíjense que Perandones recién se despeñó ayer. Encaró de frente la curva, ni frenó ni intentó mover el manillar. Hoy todos los periódicos hablan de despiste. Mentiras.

Pero he de hablarles antes de Maribel. Dije que Suitiño me la quitó. Pero no es verdad. Ella se fue porque le dio la gana. Bueno, he de matizar que la tramposa no se fue para siempre, porque a pesar de haberse convertido en la chica oficial de ese crack seguimos viéndonos. Y no a escondidas. Pero creo que a Suitiño tampoco le importaba demasiado. En cambio, el que sí se enfadaba y rezumaba odio callado era Perandones. Yo entonces no lo supe. Suitiño me lo gritó aturdido todavía por la pedradas de la loca, llorando de rabia. Y entonces comprendí por qué el toro manso de Perandones me incitó a atacar, tras atravesar el pueblo fantasma de Mendaño, dos días antes, cuando ninguna lógica lo aconsejaba.

Daba gusto verla descender, con qué suavidad, apenas levantaba polvo tras de si, sobrevolando más que estrujando las piedras sueltas de las trialeras, saltando sutilmente los toboganes y aterrizando apenas con un gemido y un crujido leve de su montura. No recuerdo la vida sin Maribel. Coincidimos en la misma guardería, y juntos empezamos a andar y a montar en el triciclo. El mismo brazo nos lo rompimos casi a la vez, ella al chocar contra un árbol, yo al día siguiente por omisión. Olvidé que los columpios van, y que después regresan. Estaba empujando a mi hermana que me gritaba que deseaba darle una vuelta completa al eje y que la subiera bien alto, cuando omití apartarme. Aquello nos unió mucho. Un mes sin poder montar en bici, aprendimos a comernos juntos el cabreo y la impotencia. Para no perder la forma física montábamos en sendas bicis estáticas del gimnasio, hombro con hombro, sudando tanto que se nos acabó reblandeciendo la escayola hasta tal punto que no necesitamos ir al médico para que nos la quitaran. Las tiramos al contenedor. Teníamos catorce años. Ahora han pasado ya otros tantos.

Al día siguiente logré pasar el control de firmas por un pelo. Ya era de día cuando abandoné la farmacia. Un taxi me devolvió al hotel cuando ya no quedaba nadie. Entré por las cocinas, que estaban vacías, y subí a mi habitación, donde no habían dejado nada, sólo las camas deshechas. Salí al pasillo y vi que todavía no se habían llevado todas las maletas. Identifiqué la mía y me puse todo lo necesario para intentar tomar la salida. Perandones me guiñó un ojo y el director, todavía con ojeras, me dio un pescozón. Así me saludaron poco antes de comenzar el tramo controlado. Asombrosamente, me sentía fresco como una lechuga. Al salir de Lebrelos un hecho insólito, considerado de mal augurio por casi todos, me espoleó al fin a tomar las riendas de mi destino, una nube de saltamontes cruzaba la carretera a nuestro paso, chocando contra los radios de las bicis, espanzurrándose contra el asfalto, un suicidio colectivo que llenó de asco sobre todo a Suitiño, que paró y lo dejamos atrás vomitando en la cuneta. Pero Perandones tampoco tenía mejor cara, nervioso dándose golpes según notaba que algún bicho se le metía por el maillot o anidaba en el culotte. La marcha se ralentizó, los compañeros de Suitiño pararon a esperar a su jefe, los pinganillos enmudecieron, la carretera se oscureció como si un eclipse nos estuviera amenazando con un mal presagio, y entonces aproveché para lanzar un ataque despiadado. Nadie se dio cuenta, porque en esa nube animal todo el mundo estaba nervioso y aturdido, pendiente únicamente de sí mismo y del asco. Debí tardar casi media hora en dejar atrás a los saltamontes. Iba muy rápido. Así que el pelotón no debió advertir mi ausencia hasta pasada más de una hora, una vez recompuesto del susto. Nadie me encontraba. Me dijeron que Perandones se puso a gritar mi nombre. Suitiño, que a duras penas había logrado reincorporarse al grupo apuntó que quizás me hubieran devorado los insectos. Era el único que faltaba. Estaban ya buscándome por las cunetas cuando un helicóptero de la guardia civil dio el aviso de que circulaba con más de media hora de ventaja sobre el pelotón, por una zona de la carretera sin control de tráfico, ya que incluso había adelantado a las motos encargadas de abrirnos paso, sin que se hubiesen dado cuenta de tan cabreados que estaban los civiles aplastando bichos contra el parabrisas de sus motos.

Estaba fuera del alcance de las radios. Así que no pude oír los gritos enfurecidos del director, que me decía que me detuviera a pesar de haberme convertido en aquel momento en el líder de la Vuelta. Me sentía poseído por el diablo, un calor desconocido caldeaba mis entrañas, la musculatura se tensaba con un placer casi lúbrico, me había transmutado en puro arte, un pura sangre rebosando sudor a medida que los kilómetros iban cayendo a golpe de pedal.

De Sabinas del Espigate salen tres carreteras, las dos anteriormente aludidas y otra que se interna en los Porletos, una meseta expuesta al lóbrego viento del norte, y en verano a la fatal insolación inclemente de un sol que no encuentra sombra alguna en toda su extensión tan llana y yerma como un panel solar.  Allí busque a Perandones, en esa región donde nada puede esconderse, en la que el mejor escondrijo consiste en camuflarse, tras dejar a Suitiño ya más calmado y después de haber espiado su conciencia, al cuidado de una monjita arrugada que le acariciaba la mano y refrescaba la frente con una compresa de espliego. Por allí debía estar Perandones. Metamorfoseado quién sabe en qué inmunda apariencia. Me había engañado de varias formas, me había estado antidopando, había abusado de mi generosidad, el muy ruin no aguantó que le pudiera hacer sombra en el pelotón y me persiguió sin clemencia poniendo a todos en mi contra. No podía escapárseme.

Al cabo de un rato la carrera logró recomponerse del doble susto, el de los saltamontes y el que yo mismo con mi absurda galopada les di a todos, así que primero las motos de la guardia civil y después el coche de nuestro director deportivo, consiguieron al fin alcanzarme, unas con sus bocinas y sirenas, el otro con sus gritos destemplados. Pero no paré, ni ralenticé mi marcha. Aquel día no había ningún puerto, sólo un perfil nervioso de continuos cambios de gradiente, el clásico rompepiernas que hay que encarar con confianza y extrema frialdad con objeto de no perder la cabeza entre tanto cambio de ritmo, de rasante y de marchas. Que fue lo que le ocurrió a Suitiño, y para mi sorpresa, también a Perandones, cuando enloquecidos de rabia se lanzaron en mi persecución, alternando relevos con total impudicia para intentar alcanzar a un gregario que había sacado los pies del tiesto.

Después supe por qué me persiguió mi propio equipo. No podía entender que mi director me estorbara la galopada: se ponía delante entorpeciéndome la marcha, no me daban agua, se arrimaban tanto que pareciera que me quisiesen tirar contra la cuneta, me insultaban, llegaron a arrojarme alguna barrita energética retándome a que parara a recogerlas. Varias veces la propia benemérita, así como los jueces de la vuelta, le llamaron la atención, hasta que finalmente lo sancionaron y le obligaron a retroceder para dejarme en paz. Sé que los servicios jurídicos del equipo estudiaron mi contrato y el reglamento para encontrar alguna argucia legal con la que poder detenerme. No sé si la encontraron, pero al cabo de un par de horas de galopar en solitario, alcancé la meta. Y allí estaba Maribel, alucinada con un brillo flotando entre sus pupilas como sólo había visto antes en una ocasión, cuando hicimos nuestra primera comunión y me vio con mi uniforme de almirante. Dejé la bici apoyada en una de las vallas, me quité las zapatillas y salí corriendo mientras los flashes danzaban a mi alrededor y el ATS de la prueba me perseguía con un matraz, me monté detrás de Maribel en su vespa y antes de alcanzar su hotel ya estábamos follándonos en un soto de los montes de Santelo. Era un dios, nada podía detenerme, por primera vez en tantos años me veía como un demiurgo a punto de emerger de la nada, Urano a punto de ser emasculado por Afrodita, Zeus meando oro sobre los senos de Danae, un sátiro que sodomiza sus propios deseos onanistas, a la vera del manantial de las Espérmices en el que Maribel se estaba refrescando el chichi mientras me confesaba que ella era uno de los vértices de un cuadrilátero que había deseado perfecto, donde en las restantes esquinas estábamos Suitiño, Perandones y Valdivia. Pero en aquel momento ya nada me importaba, a pesar de la sorpresa al conocer los cuernos que mi propio jefe de filas me estaba poniendo. Salí corriendo, alcancé un camión de ajos que me acercó otra vez a la meta, donde ya sólo quedaban los últimos borrachos, los operarios de mudanzas y un par de azafatas aburridas nadando en champán. Allí estaba todavía mi bicicleta. A su lado mis zapatillas, y mientras me las ponía se me acercó Suitiño, desconozco de dónde salió, si me había estado esperando, pero allí se paró delante de mí y me dijo que Maribel y él se iban a casar, que la había dejado preñada y que a mí me habían descalificado por incomparecencia doble, y entonces fue cuando le arrojé el bote vacío de isotónico y salí pitando no tanto por el susto, sino por seguir sudando los mejunjes anfetamínicos y la testosterona que la boticaria me había aplicado  por vía oral, tópica y anal, y ahora dudo si también intravenosa.

Y ahora ya he regresado. Lúcido. Mi hematocrito estabilizado. Desconozco lo que harán esos dos. No les guardo rencor. Quizás el hijo que creen de Suitiño sea mío. Y si fuera de Perandones, ya a nadie le va a importar. Porque Perandones ya no existe.

No pudo ser de otro modo. Ahora lo sé. No es que todo esté muy claro, pero lo cierto es que fui engañado durante casi todo el tiempo que estuve de gregario. No crean que me arrepiento de lo que hice. Bastante conseguí a pesar de lo que me metían en el cuerpo. Ahora me conformo con pensar que Perandones me envidiaba, temía mi capacidad, mi posible habilidad para hacerle sombra y entre él y el director idearon todo esa falsa de mi indolencia, de mi falta de espíritu de sacrificio, la chispa que me faltaba para ser un as y dejar de ser el gregario perfecto de aquel buitre.

Habíamos desaparecido, el primero de la clasificación, que era yo, y también el segundo y el tercero, Perandones y Suitiño. Habría entendido al organizador si se hubiera abierto las venas. Todo el pódium huido. Las crónicas recuerdan que al día siguiente nadie logró alcanzar la meta. El pelotón se perdió en una tolvanera de limo sahariano, y la septuagésima edición de la Vuelta finalizó sin haber podido acabar. Mientras tanto, yo buscaba a mi jefe, bajo el cielo afiebrado.

Perandones estaba alojado en una casa rural en la meseta de los Porletos. Dos días enteros me estuvo esperando, hundido en una bañera de agua de azahar helada, bajo unos surtidores en forma de ménade de cuyos pechos rebosantes de esperma manaba un gel azul turquesa extraído de las huevas del manatí. Sobre la mesa quedaban los restos de la cocaína. Pero él parecía lúcido. Eso sí, tan arrugado como una oruga. Le dije que le daba una hora para huir. A la caída de la tarde del día siguiente me dijeron que había parado a tomarse una gaseosa y un helado de crocanti. Al final accedí a tomarme un sorbo de orujo helado, antes de continuar. Sabía que iba a alcanzarle antes de llegar a la bajada del Estiví, una cárcava excavada en puro yeso y  cuyos brillos espeluznantes asombran a todos los viajeros que se internan en estas soledades las noches con luna. Ya se veían las primeras estrellas cuando logré ponerme a su lado. Durante un rato pedaleamos juntos sin hablar, muy rápido, a plato, desplegando una potencia equina de visos sobrehumanos. Alcanzamos a ver el brillo de los yesos, allá donde la carretera parece que se despeña y se inicia la abrupta bajada hacia el precipicio del Estiví. Yo frené, le cedí el paso, como siempre, pero él continuó recto hacia la victoria.
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CHÉJOV, ENTRE BOMBAY Y NUEVA YORK

O UNA MAYÉUTICA DE LA SOLIDARIDAD

Chéjov es un artista sutil, un escritor de historias en apariencia simples y convencionales. El encanto de sus relatos estriba en su capacidad para sondear el alma, en crear personajes verosímiles de una gran humanidad. Sin necesidad de que el lector tenga por qué identificarse con ninguno de ellos, Chéjov sondea en los detalles más nimios de la existencia para abrir amplios ventanales volcados en la plena contemplación del dolor, la amargura, y también, la esperanza. El autor se sirve de algunos retazos de conversaciones para hilvanar un diálogo en torno al bien, la justicia, esa ética en que se basa la ayuda mutua y que en palabras muy de nuestro tiempo llamamos desarrollo, cooperación o solidaridad. Chéjov es mucho más profundo, humano y diverso de lo que pudiera interpretarse por los fragmentos aquí utilizados; los relatos de Chéjov contienen mucha más verdad que los muchos errores y algún acierto que pudiera contener este texto.

Se recomienda la lectura de la narración “Tres rosas amarillas”, de Raymond Carver (Editorial Anagrama), una ficción en torno a los últimos días de Chéjov, donde Carver sondea y se identifica con esa capacidad tan especial del escritor ruso para detener el curso del tiempo y convertir los más nimios detalles en esencias de múltiples significados.

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Escucha:

          ¡Qué día más hermoso!… No hace calor…

          Hasta daría gusto ahorcarse en un día como éste…[1]

O como cualquier otro. ¿Quién es?

El tío Vanya

¿Y habla en serio?

No lo sé. Quizás sólo deseaba darle un susto.

Entonces no le hubiera importado ni la luminosidad del día, ni el calor. Él buscaba algo más, destruir el día hermoso de ella, mancillar su belleza con la imagen de su propio cuerpo colgado y oreándose al sol como un jamón.

¿Por qué dices de ella?

Porque ese espectáculo absurdo precisa tanto de una audiencia femenina, como de un bufón masculino. Si el día no le hubiera resultado tan hermoso, su suicidio habría pasado de todo punto desapercibido. Ese odio procedería de su amor pasado y todavía no olvidado.

Nadie llama la atención de esa forma tan pueril. Yo no lo interpretaría así.

A ver, explícate.

No deja de ser una ironía, una boutade, un recurso del que más tarde se valdría el teatro del absurdo para provocar la sorpresa, para invocar la atención del espectador: insertar en las grietas de la narración el absurdo, la metáfora grotesca a fin de sacarnos de la indolencia.

O más bien, para acoplar los sentidos al verdadero drama que se esconde tras esas narraciones en apariencia tan convencionales y superfluas.

Una novia que descubre no estar enamorada, un beso que sorprende a un soldado anodino y mediocre, un perro perdido, o un doctor olvidado en un sanatorio de provincias, verdaderamente no parecen temas muy sugerentes, menos aún si son tratados de forma sencilla, sin alardes lingüísticos ni con bellas, ni sugerentes sentencias. Comparto tu opinión, crear el ambiente, la complicidad con el lector, y asestarle un golpe en los bajos fondos de su moral.

Yo no quise decir moral con esa insana intención, sino más bien principios.

Pero amigo, los principios ya no existen, los inventó el romanticismo y de ellos ya sólo nos queda una mala resaca.

Bueno, los valores.

Peor me lo pones. Y no me hables ahora de la weltangschaum, ni de la formación del carácter, conceptos tan ingenuos que tendrían fácil perdón si no hubieran generado a su alrededor la novelística más voluminosa de la historia. Olvida eso y atiende:

          La semana pasada Anna murió durante el parto; si hubiera habido un centro médico cerca aún estaría viva. Y los señores paisajistas, me parece, deberían tener alguna opinión sobre el particular.

          Tengo una opinión muy concreta sobre el particular, se lo aseguro [] Según mi parecer, los centros médicos, las escuelas, las bibliotecas y los dispensarios, dadas las actuales condiciones de vida, sólo sirven para subyugar. El pueblo está sujeto por una gran cadena, y ustedes, en lugar de romper esa cadena, añaden nuevos eslabones [], los esclavizan aún más, ya que, al introducir en sus vidas nuevos prejuicios, aumentan el número de sus necesidades []. Ustedes no aportan nada; con su intromisión en la vida de esas personas sólo crean nuevas necesidades, nuevos motivos para el trabajo. [2]

Y decías que no había valores. ¿Pero a quién se referirá con lo de los “señores paisajistas”?

Lida cree en el progreso, vive de la convicción de poder ayudar efectivamente al prójimo. Aunque no esté segura de ser capaz de aliviar todo el sufrimiento del mundo, al menos cree poder acabar con el dolor más cercano y mantiene que si todos actuaran igual, como ella, quizás la pobreza podría convertirse en un baldón más llevadero, y por supuesto, todas las Annas desaparecerían por la ciencia aplicada a la eliminación del sufrimiento. Le habla a un pintor, al “señor paisajista”, que vive en el desván de una casa vecina, ensimismado en la belleza, en la contemplación del paisaje, alejado de las vanidades, satisfecho con vivir apartado y sin grandes ambiciones, sin estorbar a nadie, pero fatalmente enfrentado a Lida por su fe ciega en el progreso y en la ayuda al desvalido, específicamente porque Lida no desea que su hermana una su vida con ese señor paisajista, cuya única virtud consiste en pintar y en dejar pasar el tiempo sin intención alguna de aliviar el mal que le rodea.

El señor paisajista habla de subyugar, de exclavizar, de nuevas necesidades, y sobre todo, de intromisión en la vida de los pobres.

En realidad es un cínico. Pertenece a una familia noble, y cobraría buenas rentas de los campesinos. Desde su posición desahogada le resultaba muy fácil abstraerse y pensar sólo en cultivar el espíritu, ya sea con el arte o con la pura contemplación.

¿Te parece, acaso, Lida menos cínica? También pertenece a su misma clase social, disfruta del mismo lujo y vida refinada; su educación ha sido similar.

Pero hace algo positivo, ayuda, le importa el destino de la gente.

O sea, que es una revolucionaria.

En cierta forma, sí.

Aunque bien mirado, tanto como pretender la revolución, más bien desea aliviar, porque ella nunca se plantea cambiar su propia situación y estatus en la sociedad.

Recuerda otro de los conceptos que aparecen en la intervención del pintor, no sólo habla de subyugar, o de exclavizar, sino que introduce el símil de la cadena, más aún, que Lida, cuando intenta ayudar, en verdad, afirma el pintor, les aherroja con nuevos eslabones, en particular, con la tiranía de nuevas necesidades y un trabajo aún más penoso.

Eso forma parte de su cinismo. El pintor es un bon vivant, y para soportar su propia indiferencia necesita crearse una coartada moral: para qué ayudar si el mal continuará a pesar de mi esfuerzo.

Para analizar esta controversia yo cambiaría la perspectiva.

¿Cómo?

Pues me fijaría más en los términos ayudar, necesidad o pobreza. Lida se sitúa a sí misma en un nivel superior y desde él observa el mundo y ve a los inferiores, los califica de necesitados y guiada por su ética samaritana se dispone a ayudarlos.

En verdad son pobres, ello no es una valoración puramente subjetiva de Lida.

Resulta constatable que poseen menos dinero y, por tanto, menores posibilidades y sobre todo, oportunidades.

Pero lo que insinúa el pintor es la nefasta interferencia de Lida para incrementar sus oportunidades.

Pero un dispensario de salud las aumenta.

Relativamente.

¿Cómo, resulta falso que Anna habría sobrevivido y, por tanto, incrementado su bienestar?

Yo no lo dudo. Pero situaría el dilema en otros términos. Anna es calificada de pobre porque existe un término de referencia, y es Lida ese término, su clase, su superioridad objetiva, y también subjetiva cuando ella asume que se encuentra en situación de ayudar, pero no ayuda para alterar el baremo o la referencia, sino sólo para aliviar.

Eso sería exigirle demasiado, más allá de su caridad relativa querer convertirla en una santa.

O en una revolucionaria.

Tampoco, porque cuando se completa una revolución nuevamente el sol vuelve a salir por el mismo lugar.

El problema es la cadena.

Yo también lo creo: Lida, el pintor, todos ellos son algunos de sus eslabones, también los otros, los pobres, que en este relato no hablan, aunque sí en otros de Chejov, o las mismas necesidades. Esa cadena de relaciones que ata a una gran mayoría de seres humanos a los pies de unos pocos, la coacción y la servidumbre a la que todos estamos sometidos. Por eso un hospital puede oprimir, porque si su constructor no elimina el mal que lo ha convertido a él en artífice de la caridad, estaría añadiendo nuevos eslabones: las camas, los ladrillos, estarían siendo fabricados con el dolor de los otros, seres humanos convertidos en pobres por una primera injusticia y en necesitados por la siguiente.

Muy bien, pero fíjate en esta frase de Lida:

          Ya he escuchado antes esas razones. Sólo le diré una cosa: no puede uno quedarse con los brazos cruzados. Es verdad que no vamos a salvar a la humanidad entera y que quizás cometemos muchos errores, pero hacemos lo que podemos y tenemos razón. La tarea más elevada y sagrada de una persona cultivada es ayudar a sus semejantes, y nosotros tratamos de ayudarlos como podemos[3].

Hay que hacer algo, es como un imperativo profundo que late en el alma de todo ser humano decente.

¿Un imperativo, dices, una necesidad insoslayable, un mandato?

Sí, si así lo queréis expresar, la regla de oro de las bienaventuranzas, obrar de tal modo que mis actos puedan servir de norma de comportamiento universal: si todos ayudáramos, la injusticia desaparecería.

Por arte de magia.

No realmente. Creo más bien que esas normas morales no buscan tanto una consecuencia y en virtud de ella valorar nuestros actos, cuanto una pauta o una motivación para actuar sobre mis semejantes; aún en el supuesto de no lograr fácticamente lo deseado ni el fruto ansiado por aquella primera motivación de mi conducta; aunque los medios provoquen un fin no buscado o incluso repugnante, lo valioso no resulta tanto lo que ocurra en el mundo agregando todos los comportamientos de todos los seres humanos, sino que sus motivaciones profundas actúen sobre sus voluntades en un no hacer aquello que no deseas padecer.

Entonces, el conflicto de Lida y el pintor se concreta en el siguiente dilema: hacer el bien, o hacer, sin embargo, el mal.

¿Volvemos al maniqueísmo?

Más bien, diría yo, entre desear el bien del prójimo o no querer hacerle mal.

Es decir, ¿actuar con el ánimo de ayudar o, en cambio, con el deseo de no perjudicar?

Eso es.

¿Y si entrara un mendigo, qué haríais vosotros? Dejaros de generalizaciones, ¿le daríais dinero, qué otra cosa podríais hacer?

Darle algo no sería malo.

¿Y si utilizara ese dinero para emborracharse y en estado de embriaguez maltratar a sus hijos?

Pero no seríamos culpables de eso, él lo sería.

¿Y por qué no le llevas a un centro de desintoxicación, por qué no hacemos una colecta y le compramos ropa y vamos a su casa y nos interesamos también por sus hijos que quizás no estén ni escolarizados?

Ya, y su mujer practicando la prostitución.

Sí, interesémonos también por ella.

Y pongamos pancartas contra los proxenetas y los maridos decentes que abandonan a sus queridas para acostarse con la mujer del borracho.

Dejaos de tonterías y decidme si le daríais dinero.

¿Por qué no afrontas la verdad e intentas desentrañar las causas? Si le das una moneda sólo te ayudas a ti mismo, aquietas tu conciencia, porque ese acto sumo de bondad, sin más preguntas ni consideraciones, sin un intento por conocer la verdad de su sufrimiento, sólo te sirve a ti.

Esa moneda que le das sería como pagar por tu tranquilidad.

Bueno, y qué queréis que haga. Lo vuestro sería peor, ni siquiera pagáis.

Pero no damos nada si no somos capaces de dárselo también a todos los sufrientes.

Ya, no hagas con uno lo que no podrías hacer a todo el mundo.

Correcto, el imperativo vuelto del revés.

Otra vez la cadena. Veis, todo está relacionado, y lo que diferencia la caridad de la justicia sería ese acto de indagar, de conocer las causas, esos eslabones que atenazan a nuestro mendigo y que de alguna forma nos atan también a él. La limosna sin esa racionalidad que os propongo, ¿sería hacer el bien? ¿Y mirar hacia otro lado, sería mejor? ¿Qué otra opción cabe?

Mirarse uno mismo.

¿Y?

No sé, sondear en la propia culpa.

O preguntarse qué lugar ocupo yo en la cadena.

Aunque el saber no conduzca ineludiblemente al bien. ¿No resultaría, en ocasiones, más provechoso ignorar el mal? Quien así actuara, sin saber, ¿no actuaría también correctamente?

Quizás, pero sin conocimiento no habría responsabilidad. Yo sustituiría el acto de dar sin preguntar, por el intento de saber, para a continuación evitar convertirme o seguir siendo un elemento de opresión para los demás.

Eso se parece a evitar el mal, no perjudicar, que cuando el mendigo nos mirase a la cara no nos identificara con la carga que soporta.

Pero no habéis considerado una última posibilidad: que el mendigo os escupa a la cara vuestra caridad.

Pero eso es absurdo.

La gente posee orgullo, hasta el más infeliz.

Él vino, yo no le empujé; si extiende su mano, yo veo humildad, y si toma mi moneda, me debe agradecimiento.

          ¿Es así como se porta la gente de bien? Hará una semana alguno de los vuestros me ha talado dos encinas. Habéis arado el camino de Yerésnevo, y ahora he de dar una vuelta de tres verstas. ¿Por qué razón me importunáis a cada paso? ¿Qué os he hecho yo de malo, decidme, por el amor de Dios? Mi mujer y yo hacemos lo imposible por vivir con vosotros en paz y buena vecindad, ayudamos a los campesinos como podemos. Mi esposa es una buena mujer, una mujer de corazón, nunca niega a nadie su ayuda, su mayor ilusión es ser para vosotros y vuestros pequeños una ayuda. ¿Y vosotros qué? A sus bondades respondéis con maldad. No sois justos, hermanos. Pensad en eso. Os lo ruego encarecidamente, reflexionad. Nosotros os tratamos con humanidad, pagadnos pues con la misma moneda[4].

Pero todos los débiles están obligados por las circunstancias, como los muzhiks (campesinos) del relato de Chéjov, son tan pobres que toman y harían lo que fuera para poder seguir viviendo, aunque cualquiera de nosotros deseara morir antes que vivir en esas condiciones.

Ya todos tenemos un precio.

Pues en cierto modo sí, porque nadie obliga a aceptar, todos somos libres aún en las peores circunstancias, y la dignidad también posee un precio, lamentablemente muy bajo para muchos.

Podría reconocerte que todos tuviéramos un precio, una cifra difícil de eludir si alguien nos la ofreciera. Pero nuestra lucha por la justicia, por la verdadera solidaridad, debería consistir en construir un sistema político donde nadie pudiera ganar tanto, y otros tan poco, que los más poderosos pudieran pagar un precio miserable para enajenar la libertad de los más humildes. Por tanto, más que ofrecer el precio de nuestra caridad, ayudar a configurar una sociedad donde tales contratos desiguales de compra no pudieran producirse a consecuencia de haber logrado una mínima igualdad en la distribución del poder. La posibilidad de utilizar a otros para consumar los propios fines se vería así compensada por la igualdad en la distribución de ese poder de influir o dominar a otros, lo cual nos conduciría a una sociedad más cooperativa y menos competitiva.

Pero no somos realmente iguales. Por qué coartar la capacidad de unos si bien aprovechada en la lucha de todos contra todos serviría para acelerar el progreso e incrementar el bienestar. Indudablemente, no desprecio a los perdedores, a los débiles, por ello resulta necesaria la ayuda, pero ni entiendo la solidaridad como opresión a los fuertes, ni la ingratitud de los débiles cuando reciben una ayuda que estarían obligados a agradecer si ejerciendo su libertad la han aceptado.

No les podemos quitar el orgullo.

Pero sí exigirles una mínima reciprocidad.

Pero esa maldad que el ingeniero Kúcherov acaba de achacar a los pobres por su ingratitud, ellos la ven también en él y en su familia y en su clase.

Pero él les ayuda.

Como él quiere, no como a ellos les gustaría. Kúcherov se va a vivir a ese pueblo pobre y retrasado con su familia y se construye una dacha (casa) cerca del puente que construyó para acercar el desarrollo y el progreso a estas gentes olvidadas. Les dio trabajo durante su construcción, y una vez ejecutada la obra, pudieron evitar las peligrosas aguas sin largos rodeos para muchos de sus habituales desplazamientos. Les hizo más fáciles las cosas, sin duda, incluso cuando su mujer ayudaba a las madres durante las malas cosechas y les ofrecía comida y ropa.

Quizás no fuera la mejor inversión, a lo mejor ellos, en lugar de esa ropa hubieran preferido otras, o un arado, o el repuesto de una rueda, pero su voluntad de ayudar era manifiesta, y a pesar de no ser lo mejor era algo bueno para ellos, no malo.

Pero el ingeniero desea torcer la voluntad de resistencia del pueblo, ahuyentar su orgullo, ocultar tras el velo de sus buenas acciones la injusticia de su propia situación de preeminencia. Por eso les exige gratitud.

Peor sería no hacer nada y permanecer atrincherados en la dacha, protegidos por una alambrada y ciegos al mal cercano.

Un mal del que él es parte, no lo olvides.

Pero que intenta paliar con esas buenas acciones.

No dudo que haya ayudado y evitado sufrimiento, pero por ello no tiene derecho a exigirles acatamiento ni bondad. ¿Por qué no pueden ser malos?

En verdad, si la acciones del ingeniero estaban guiadas por el deseo de hacer el bien, no debería exigirles nada a cambio, porque la insistencia en una contraprestación, en este caso no monetaria, pero sí sentimental y de actitud, anularía la bondad intrínseca de sus actos de caridad.

Realmente, su aparente bondad representa un nuevo acto de opresión, porque lo que en realidad desea, el ingeniero y toda su clase de gente lista y con dinero, es sobornar el resentimiento de los perdedores, y hacerlo de ganga, dos monedas por aquí, un puente por allá, tres ropitas desgastadas, unos litros de leche, y ya está, asegurada la sumisión, anulado el orgullo.

Eliminado el espíritu de rebeldía, la exigencia de justicia transformada en gratitud.

Sería como si la justicia, en lugar de prevenir o de evitar el asesinato, obsequiara y acallara a la familia de la víctima con una pequeña gratificación.

Y con ello, además, conseguiría conservar la cadena, cada uno en su lugar y asumir su papel. Oíd lo que les dice, la esposa de Kúcherov, a los campesinos pobres.

          Por lo demás, uno no puede sentirse feliz y satisfecho si no siente que ocupa su lugar. Cada uno de vosotros tiene su trozo de tierra, cada uno trabaja y sabe para qué trabaja; mi marido construye puentes, en una palabra cada uno tiene su lugar[5].

Pero atended a otro rasgo de ese tipo de ayuda. La caridad del ingeniero y de su esposa resulta intrínsecamente arbitraria porque no se dirige a cualquier débil, sino a unos muy específicos a los que con su agradecimiento se les compra la rebeldía. Pretende mantener una relación puramente clientelar de favores debidos cuyo fin resulta claro, mantener el estado de cosas, consolidar las relaciones de dependencia y de dominación existentes en cada momento histórico. Si dicha ayuda fuera igualitaria, es decir, general o anónima, si no indagara en la moral o en la actitud del receptor, entonces casi ningún poderoso la daría voluntariamente, porque ello supondría repartir poder de influencia, pagar incluso la posible insumisión del perdedor contra aquellos que previamente se han erigido como sus señores.

Esto me recuerda a San Martín y su capa. Iba montado en su caballo y un mendigo se la pidió para protegerse del frío. Y él, sin bajarse del caballo le ofreció la mitad. Por ello le proclamaron santo. Y no uno de los menos importantes. Fue caritativo. ¡Caray, el cincuenta por ciento de su capa! Pero no le dio la mitad de su caballo, a pesar del hambre del mendigo, ni por supuesto, un fragmento de su espada. Me objetaréis que ello hubiese sido tonto o ingenuo. Pero la historia no acaba aquí. Aunque su hagiografía no lo dice, San Martín siguió trotando sobre su caballo blanco y se encontró a otro mendigo con frío. Martín se lo pensó, meditó el asunto, y su razón le respondió que si ya había ganado la santidad por la mitad de su capa, cómo iba a perderla ahora por la cuarta parte. Y por supuesto, se la dio. Pero todavía no acaba aquí la cosa, amigos, porque San Martín fue encontrándose sucesivamente con todos los pobres del mundo hasta que al fin llegó ante uno que tenía un trocito de capa más grande que la suya, y entonces San Martín le dijo a ese pobre mendigo que a su vez había estado repartiendo su tela con la de otros, “por favor, dame un poco de tu capa para que me proteja yo también del frío”.

¿Y?

Pues que el acto de dar levanta un muro contra todos los mendigos de este mundo. Distancia su condición humana y los aísla de aquellos capaces de cuidar de sí mismos. Cuando se ofrece una limosna empujamos al indigente al lado opuesto del muro y cuando retiramos nuestra mano vacía le abandonamos en su eterna condición de humillado. La capa de San Martín fue al fin repartida en trozos tan pequeños que el dar se confundió con el recibir y la santidad acabó inundando todos los resquicios de la humanidad.

Pero eso carece de lógica, al final tendríamos un mundo de pobres. Si nadie puede hacer nada, si ayudar está mal y no hacer nada, también. ¿Qué opción nos queda, entonces?

Fijaros en este retazo de pensamiento de Andréi Yefímych, doctor del hospital donde se encuentra el pabellón número 6, de los locos.

          Sirvo a una causa nociva, recibo un sueldo de una gente a la que engaño, no soy honrado. Pero en realidad no soy nadie, no soy más que una partícula de un mal social inevitable: todos los funcionarios de provincias son nocivos y cobran por no hacer nada… O sea que de mi deshonestidad no soy el culpable, sino la época… De haber nacido doscientos años más tarde, sería otro[6].

Éste sería el primer paso, lo que no fue capaz de hacer ni Lidia ni el ingeniero, asumir la culpa, su propio carácter nocivo.

Pero el doctor, al igual que el pintor paisajista, no sólo no reivindica esa justicia que salvaría al mundo, sino que tampoco se contenta con ser una miniatura de revolucionario intentando, con su saber y su conocimiento, con su superior situación en la escala social, aligerar la carga del sufriente. No hace nada, se sume en la pura contemplación y a su modo, en su reducido mundo, intenta ser feliz intentando perturbar lo menos posible al prójimo.

No digo que sea maravillosa su actitud, no le propondríamos para santo, pero parece más adecuada porque su respuesta se basa, primero, en saber, a continuación, en asumir la parte de culpa, y finalmente, en sentir dolor. Pero se siente débil, tanto para reafirmarse en su puesto y proseguir beneficiándose, como para alterar su vida, y opta por aletargarse, hacerse tan pequeño que su parte de opresión acabe haciéndose tan insignificante que apenas se note o contribuya al mal del mundo.

La akrasia.

¿Qué?

Sí, la akrasia de la que habló Aristóteles[7], la falta de voluntad para hacer el bien cuando se sabe cómo evitar el mal, ese sopor aletargante de la conciencia y del deseo.

Esa dejadez resulta, en verdad, perniciosa. Con poco esfuerzo podría haber aliviado el sufrimiento de los locos a su cargo. Ahí está Nikita, el guardián abusivo y violento del pabellón, maltrata a los pacientes, les quita el dinero, y el doctor siempre lo supo, y hubiera sido tan fácil para él utilizar ese poder que la sociedad le otorgó para despedirlo, para obligarle a cumplir con su deber sin cometer atrocidades. Ello hubiera redundado en un bien para aquellos pobres desgraciados, pero ni un acto tan insignificante pudo realizar, protegido tras la coartada del mal necesario y su propia insignificancia para evitarlo o aliviarlo, porque …

          … la esencia de las cosas no habrá cambiado, las leyes de la naturaleza seguirán siendo las mismas. La gente seguirá enfermando, envejecerá y se morirá del mismo modo que ahora. Por muy esplendorosa que sea la aurora que ilumine su vida, de todos modos, a fin de cuentas, le meterán en un ataúd e irá a parar al hoyo[8].

Pero ante la necesidad el ser humano posee voluntad, y libertad para alterar, si no totalmente, al menos parcialmente las consecuencias necesarias, sobre todo, la capacidad de enfrentar las adversidades, ya que de otra manera, no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero[9].

Sí, ese mal cercano tan fácilmente evitable. Porque si reprimo en mi ánimo el afán de comprender estaría aceptando tácitamente mi participación en la opresión, en convertirme en instrumento de la perversión y del afán de poder de otros.

Pero si bien estamos obligados a no causar activamente el mal, qué nos obliga a evitar el mal ajeno cuando no somos responsables directos de él, y menos aún, procurar el bien de alguien aún cuando ello ni tan siquiera nos reporte perjuicios o un esfuerzo apreciable. Una máxima alternativa, pero quizás no muy exigente, podría ser no tanto eliminar el mal, sino intentar, por lo menos, evitar lo peor.

Pero de los desmanes de Nikita sí es responsable el doctor, porque este fámulo le debe obediencia en razón de su cargo, y si bien el doctor no le está ordenando el mal, en cambio, no le obliga a no realizarlo.

Sería el mal por omisión.

O por dejadez.

Más bien por no sentirse solidario del dolor ajeno, no de los habitantes del otro lado del globo, sino de los más cercanos, de aquellos de los que depende su bienestar y salud en el hospital y de cuyas decisiones depende su estado y su felicidad.

Al doctor le faltó imaginación. Es un problema de pura capacidad para fingir un personaje. Como en el teatro.

Donde todo es ficción.

Exacto.

Pero no en ese sentido. Siempre se ha dicho que la vida es sueño, se ha creído en el gran teatro del mundo y que cada cual desempeña el papel que el sumo hacedor inventó tras de la tramoya para desgracia de gran parte de la humanidad. Pero la metáfora del teatro resultaría más útil si nos situáramos a nosotros mismos no como autores de la tragedia, lo cual sería un imperdonable solipsismo, sino como únicos actores de la comedia, obligados a representar todos los papeles de la obra. Descorrido el telón, voilà, una única conciencia tras las infinitas máscaras de la vida. Eso es la solidaridad, la virtud del cómico.

Eso es falso. De la mentira no puede nacer la virtud.

Yo sólo te propongo lo siguiente: imagina el dolor de los otros actores. Si continúas leyendo, el doctor no fue capaz o no supo hacerlo, pero cuando las circunstancias le obligaron a cambiar su personaje y le encerraron en su propio manicomio, confundido con el resto de los locos, entonces pudo comprender, iluminado, al fin, por el resplandor de las candilejas.

          No, no se puede ir a ninguna parte. Somos débiles, querido amigo… Yo era un hombre indiferente a todo, pensaba bien y con sensatez, y ha bastado con que la vida me tocara con su brutalidad para que me derrotara… la postración… Somos débiles, mezquinos… Y usted también, mi querido amigo. Es usted inteligente, un hombre honesto que ha mamado con la leche de su madre los impulsos de la bondad, pero apenas se encontró con la vida se agotó y cayó enfermo… ¡Débiles… débiles![10]

Demasiado tarde comprendió la fuente del dolor. Sintió en su propio cuerpo la desdicha de su indolencia, incapaz ya de rebelarse contra ella, sucumbirá ante la tiranía y la brutalidad de ese Nikita que todos llevamos dentro.

“Andréi Yefímych, aterrorizado, se echó en la cama y contuvo la respiración; esperaba con terror que le golpearan otra vez. Le parecía como si alguien hubiera cogido una hoz, se la hubiera clavado y le hurgara con ella en el pecho y en las tripas. Mordió la almohada de dolor y apretó los dientes. Y de pronto, en su mente y entre el caos apareció con claridad una idea terrorífica, insoportable: que aquel mismo dolor debían de sufrirlo exactamente igual, durante años y día tras día, aquellos hombres que ahora parecían, a la luz de la luna, oscuras sombras. ¿Cómo había podido suceder que durante más de veinte años él no supiera o no quisiera saber todo aquello? No conocía, no tenía idea de lo que era el dolor, o sea que no era culpable, pero su conciencia, tan implacable y brutal como Nikita, lo dejó helado de la cabeza a los pies”[11].

Resulta esclarecedor que sólo ahora, cuando ya estaba perdido, encerrado bajo el candado de Nikita, su conciencia se hallara libre de las cadenas. Cuando se comportaba de modo indiferente, o cuando más tarde adoptó un talante que él definiría de estoico, se mantuvo sujeto por la servidumbre de las circunstancias, ya que su conciencia no logró, en ningún momento, superar el poder con que el mundo lo atenazaba y a la que se enfrentaba con su renuncia y aceptación del destino. Pero fue la conciencia del dolor, compartir la servidumbre del resto de los locos, lo que le hizo sentirse desventurado y en la desventura, al fin libre.

Aunque ya sin posibilidad de rebelarse.

Cierto, pero había culminado la primera etapa del camino, comprender, saber dónde reside el dolor, cuál es la propia responsabilidad y por qué estamos unidos unos a otros con tales eslabones. Si uno pretende rebelarse sin comprender, su rebeldía se volverá contra él.

Pero esa unión en el dolor, esa solidaridad en el destino, no genera por sí sola la acción, esa ayuda mutua necesaria que al fin comprendió el doctor. Los débiles o los pobres son todavía menos solidarios entre sí de lo que uno cabría esperar de su amarga situación. Para qué ayudar si ellos mismos no son capaces de cooperar para enfrentar su miseria. La solidaridad sería la culminación de todos los actos de rebelión individuales, y no podrá aflorar nada bueno de ese ansia conjunta de justicia si previamente cada pobre no une su pena al pobre de al lado y sobre las cenizas de cada causa se levanta el fénix de la insurrección como una rebeldía cómplice. Porque

“Los desgraciados son egoístas, malvados, injustos, crueles y menos capaces de comprenderse entre sí que los tontos. La desgracia no une, sino que separa a los hombres; e incluso en aquellos casos en que, al parecer, los seres humanos deberían estar ligados por un dolor análogo, se cometen muchas más injusticias y crueldades que entre gentes relativamente satisfechas” [12].

Muchas veces el dolor ajeno causa vergüenza al comprobar, en el espejo del prójimo, el reflejo de la propia postración. Como hiciera la madrastra ante su imagen deforme, también a nosotros, monstruos sufrientes, nos gustaría agredir al otro tan cercano para liberarnos del odio contra nuestra persona.

Pero ese odio proyectado contra el otro no es causa de liberación. La insumisión no consiste en negar, quien sólo dice no se convierte en el negativo del señor y su servidumbre, oculta tras el azogue de su rebeldía, en un reflejo de la maldad del poderoso. La liberación consistiría en reafirmarse en unos principios, en suma, autoafirmarse frente al opresor o contra la maldad, y quienes no sufren directamente sus consecuencias, pero miran hacia otro lado dejando hacer, serían cómplices también de esos asesinatos silenciosos.

A mí eso no me importa. Lo que deseo haceros comprender es lo siguiente. La experiencia nos enseña que el dolor no siempre une, y si ellos, los considerados en necesidad, ni son capaces de asumir su inferioridad, ni aún, con menos disculpa, concebir la ayuda mutua para salir de su estado de servidumbre, por qué yo estaría obligado a ayudarles. Intentaré, a lo sumo, no acrecentar su mal, evitar dañarlos. No podría encontrar una justificación racional para ayudarles, para ser, en suma, virtuoso, pero tampoco hallo argumentos para comportarme como un cretino. Evito inmiscuirme. Ellos, los desgraciados, tampoco hacen nada mejor.

Pero esa actitud es tan servil como la de ellos. Ambos aceptáis las cosas tal como son y blindados en la ingratitud, en la negación del otro, no acertáis a comprender el inevitable nexo de opresión e infortunio que fatalmente os une si perseveráis en ese autismo. La solidaridad, o la cooperación, surge de encontrar en uno mismo al otro, no en un reflejo de nuestras frustraciones.

Yo, en cambio, sí aspiraría a eliminar la pobreza, pero no por solidaridad o por afán de justicia, ni porque piense que la virtud del pobre exceda a la del rico que lo explota. No me gusta la pobreza porque es fea y apesta. Estéticamente me repugna. Además, no quiero morir asesinado, ni deseo que alguien me robe o violente a los míos; y creo firmemente que viviendo en un mundo donde haya pobres todas estas cosa desagradables y de mala educación resultarían más probables.

O sea, tu lema sería luchar contra la pobreza que no por los pobres.

Puestos a buscar principios de convivencia, me parece más adecuado y convincente, para explicar la sociedad y su evolución, explicarla bajo la díada odia al semejante y ámate a ti mismo. Únicamente el egoísmo no logra explicar con acierto tantas muertes y tanta violencia, como es capaz el odio; sin embargo, el egoísmo sí ofrece una explicación satisfactoria de la atracción amorosa, la fraternidad o ese espíritu tan pueril de la solidaridad. El altruismo no existe. Y la cooperación se da porque es útil a las partes.

No creo que pienses realmente así. La historia nos muestra la voluntad por alterar el curso de los acontecimientos, el esfuerzo, quizás no coronado por el éxito, de superar el rencor y establecer el ideal de la armonía. La acción política nos muestra ese afán por torcer la necesidad, de hallar en la búsqueda de la utopía el fin de las injusticias.

Convengo en la importancia del egoísmo, de esa búsqueda del interés personal al que se dedica el cálculo racional, pero no creo en ese odio que proclamas. Más bien sostengo la existencia de la piedad, la comunión con el sufriente. Podrías llamarla, también, compasión, como una repugnancia a contemplar el mal ajeno, aún cuando dicha repulsa se traduzca en comportamientos tan poco concordantes como el amor, el vouyerismo o la vergüenza. Esta piedad tendería así a compensar las monstruosidades a las que nos empuja una razón dejada a su libre y despiadado albedrío, de cometer acciones racionales, pero perversas en su misma eficacia, de consolidar una política de los fines y del mínimo esfuerzo a pesar de los perdedores abandonados en el camino.

No habléis de política. Cuando contemplo la historia sólo advierto un océano de sangre, una cadena de sucesos nefastos, la narración de los éxitos y de sus parejas desgracias, la progresión de un maléfico gen del mal anidado en cada causa, en cada contacto de un eslabón con los contiguos, de esa prole de acontecimientos a los que sólo el delirio podría nombrar como de necesarios pasos hacia el logro de la utopía. A mí me gusta el criado de Orlov, su trayectoria resulta elocuente y manifiesta el único camino decente que nos queda.

Ya, ese desconocido al que Chejov no llega a nombrar ni a definir con una ideología, pero insuflado de un anhelo de rebeldía tan intenso que no duda en entrar a servir en la casa del hijo de su enemigo con el afán de encontrarlo inerme, desprevenido, y asesinarlo para liberar de una parte de las injusticias al pueblo.

Exacto. Pretendía liberar un eslabón de la cadena y librar al mundo de una de las causas del mal, de todas aquellas opresiones cuyo origen anidaba en la voluntad del padre ante cuyo hijo fingía servidumbre.

Como el asesino de Trotsky, camuflado tras la amistad y con el fin secreto de eliminar al disidente por fidelidad a la causa.

Un pioletazo en la coronilla. Fácil método para hacer avanzar a la humanidad. ¿El lacayo de Orlov debía hacer lo mismo para lograr el bien?

¡Y a eso lo llamas decencia!

Yo no, vosotros habéis elogiado la política, ese juego por crear sistemas buenos y que al fin se pervierten por los nefastos medios empleados. El siervo encontró la virtud y no asesinó al tirano.

Se arrepintió.

No, le perdonó la vida.

Entonces se salvó.

No, el padre de Orlov siguió oprimiendo. Fue el lacayo el que se salvó de sí mismo. Imagina al revolucionario ungido del deber trascendente de asesinar al explotador. Convive con el hijo, con las menudencias de su vida cotidiana, extrayendo odio de cada gesto familiar, de cada insignificancia del trato diario, de la intimidad de la alcoba y del aseo diario, con el fin saduceo de soslayar al hombre y recrear un muñeco desprovisto de humanidad, un títere relleno de las nimiedades y de los odios de la convivencia y al que poder reventarle fácilmente los sesos sin asco ni arrepentimiento, no tanto por haberlo convertido en un símbolo de la tiranía, como en un pelele de las sanas costumbres burguesas.

“Allí se sentó en el sillón de la mesa escritorio y, antes de tomar la pluma, permaneció pensativo cosa de tres minutos, cubriéndose los ojos con la mano, como para preservarse del sol, exactamente igual que hacía su hijo cuando no se hallaba de buen humor. Era un rostro triste y concentrado, con esa expresión de mansedumbre tan propia de la gente vieja y religiosa. Contemplando desde atrás su calva y un hoyo que tenía en la nuca, sentí que aquel anciano, débil y achacoso, estaba en mi poder: no había en el piso nadie más que mi enemigo y yo. Para matarle me hubiera bastado un pequeño esfuerzo físico y, después de quitarle el reloj para ocultar el móvil, hubiera podido salir por la puerta trasera, logrando mucho más de lo que imaginaba cuando entré como lacayo. Pensé que jamás se me presentaría ocasión tan propicia, Pero, en vez de actuar, me quedé contemplando indiferente la calva o las pieles del abrigo y pensando, como si tal cosa, en la actitud de aquel hombre para con su único hijo y en que, probablemente, los mimados por la fortuna, la riqueza y el poder no querrían morir…”[13]

¿Por qué no le asesinó?

¿Quién dijo que no murió? Desapareció de la mente del lacayo de Orlov, se libró de su obsesiva presencia. Lo asesinó al dejarle marchar sin darle más importancia. Así muere el poder.

Pero el lacayo huyó con la amante de Orlov. Cambió la revolución por el amor.

Por supuesto. Ella sufría y prefirió aliviar el dolor cercano. Intentó insuflar vida en su organismo desesperado por la desilusión y el hastío, pretendió convencerla del sentido verdadero de la vida, “que el destino del hombre no es nada o es amar al prójimo hasta la abnegación y el autosacrificio”[14], que resulta necesario no resistir el mal con la fuerza sino crear a nuestro alrededor un aura de santidad.

Tanta beatitud me inquieta. Recuerda, su amante se suicidó tras dar a luz a la hija de Orlov. Acaso te deba recordar la responsabilidad que también aqueja a quienes por no resistir se hacen responsables del mal o del dolor ajeno.

¿Cuántos tiranos debería haber asesinado, cuántas calvas devastadas por un golpe repetido hasta la náusea? Fatalmente, cuando extenuado de tanta muerte él mismo se hubiera sentado en el sillón a meditar sobre ese mundo ya felizmente libre de tiranías, vería, no lo dudes, con el rabillo del ojo, precipitarse sobre él el fatal pioletazo a manos de otro libertador de la humanidad. A ella le conmovió la historia del revolucionario, sus elevados ideales de justicia, ser parte de un gran destino, y cuando comprobó que ante sí ya no tenía al gran idealista, sino a un simple hombre enamorado y receloso de la violencia, no soportó su propio vacío interior.

Poético en grado sumo.

Las mujeres han sido educadas y convertidas en seres para otros, con el oscuro deseo de verlas vaciadas en sus hijos y en sus maridos, en sus padres y suegros viejos y achacosos. Aquella solidaridad de la mujer hacia la especie humana era falsa porque se fraguó en la dependencia y el sometimiento de todo el género femenino a unas estrictas convenciones sociales. La libertad de la amante no era tal, porque siempre dependía de la buena voluntad del hombre que en cada momento la acogía. El lacayo de Orlov quiso liberarla de ese poder, ser él el que se vaciara en ella, pero tan acostumbrada en fingir su felicidad en el resplandor de los otros, no pudo enfrentarse a sí misma, a esa soledad de la que nace la libertad.

Pero tenía a la hija. La abandonó, sin embargo. También el lacayo la arrojó en manos de Orlov, su padre, y éste finalmente en una institución de caridad. Tú hablas de sacrificio, el magnífico revolucionario podría haber vertido su impulso emancipador en esa pequeña criatura todavía no mancillada por el poder y la infelicidad. No, huyó, y no quiso asumir su responsabilidad en la desdicha de ese ser abandonado. Al final, ni libró a la humanidad del mal ajeno, ni se atrevió a hacer el bien cercano.

Pero no entiendo esa obsesión tuya por ayudar, por evitar a toda costa el infortunio, como si todos lleváramos siempre el dolor de los otros pegado a nuestra carne e incurriéramos en un delito cruel si con un bisturí nos desprendiéramos de ellos, como si algo profundo de nuestra conciencia nos impusiera soportar la carga de dolor del prójimo como parte de la nuestra. Pido perdón por ser feliz, y también por no tener culpa, discúlpame si te hice mal sin saberlo, pero no me obligues a soportaros en virtud de una oscura responsabilidad que no entiendo y de la que me haces sentirme responsable por una azarosa ley del destino.

[¼] está claro que el hombre feliz se siente a gusto sólo porque los infelices llevan su carga en silencio, y sin este silencio la felicidad sería imposible. Es una hipnosis colectiva. Sería menester que tras la puerta de cada hombre satisfecho y feliz se pusiera alguien con un pequeño martillo y, golpeando con él, le recordara sin cesar que hay infelices, que por muy feliz que sea uno, la vida le enseñará sus garras tarde o temprano, que le ocurrirá una desgracia –enfermedad, penuria, pérdidas–, y que nadie le verá ni le oirá por lo mismo que él ahora no ve ni oye a otros. Pero no hay hombre con martillo. [¼] No hay felicidad ni debe haberla, y si la vida tiene sentido e intención, ese sentido y esa intención no consisten en nuestra felicidad, sino en algo más grande y racional. ¡Haga usted el bien!”[15]

O sea, sacrificarse por los otros. Pero quién sabe si ese esfuerzo no acarreará mayores males, o si no será bienvenido por aquellos a quienes va dirigido. El sacrificio no es solidaridad, resulta indispensable, pero debe haber algo más, racionalidad, esperanza, y sobre todo sentir que el destino es común.

Pero no existe la felicidad. El bienestar, ese eufemismo técnico sobre el cual se edifica la economía de la caridad o de la solidaridad nunca podrá declarar inocente nuestra conciencia, ni nos librará de la culpa. La técnica o el progreso nunca conseguirá erradicar el dolor, la pena o el sufrimiento, menos aún restaurar la justicia, aspiraciones todas ellas vanas, tanto si ingenuamente contemplamos su efectiva desaparición como consecuencia de nuestras acciones, como si ilusamente confiamos en la esperanza. Eso sí, a menos que las drogas o un orgasmo perpetuo nos mantengan en permanente euforia, bienestar o eudemonía. Sin embargo, la alegría sí es posible y os la propongo frente al nihilismo o la esperanza en el progreso.

          Dentro de doscientos, o trescientos, o hasta de mil años –el número no importa– aparecerá una vida nueva y feliz. Nosotros no participaremos de ella, por supuesto, pero vivimos ahora para ella, sí, y sufrimos con el fin de crearla. Ése es el único objetivo de nuestra existencia y, si quiere usted, ésa será nuestra única felicidad[16].

          Llegará el día en que todo el mundo sabrá por qué ocurre esto, sabrá la causa de todos estos sufrimientos… Para entonces ya no habrá enigmas, pero mientras tanto tenemos que vivir… y trabajar, sí, tenemos que trabajar. Me iré de aquí sola, enseñaré en alguna escuela. Daré mi vida a quienes quizá la necesiten. Ahora estamos en otoño, pronto llegará el invierno, lo cubrirá todo de nieve, y yo trabajaré, sí, trabajaré… [¼] y parece que si esperamos un poquito más sabremos por qué vivimos, por qué sufrimos… ¡Ay, si lo supiéramos, si lo supiéramos!

          Ta-ra… ra… bumbiyá…[17]

Siempre la misma cantinela, el progreso y su música marcial, sacrificar el presente por el porvenir, postergar la felicidad a un tiempo mejor, a otros hombres mejores, convertir las horas que pasan en una promesa. Conviene destruir esos prejuicios que generan laxitud, en algún punto romper esa maldición cuyo artífice aún no hemos sido capaces de descubrir.

Quizás el daimón que creó esa fe en el progreso seamos cada uno de nosotros, como una coartada adaptativa a cualquier tipo de estado, opresión o sistema. Nos habría convencido de la inutilidad de alterar las variables políticas o sociales que nos acechan y cifrar la única posibilidad de salvación en cambiar nuestra actitud individual y aprender a contentarnos con lo que hay, a lo sumo, exigir la autorrealización en un mercado libre de bienes materiales cuya producción y distribución hemos querido creer que se realiza con la mayor asepsia

Y neutralidad moral.

Así es. Pero nadie lo cree seriamente. Y yo os digo, empezad a deshilvanar el hilo, ascended por él desde el momento en que ejercéis vuestro poder de compra pagando por un caramelo o un periódico, y encontrad al final, en cada una de sus ramificaciones, a los buenos y a los malos.

Pero eso no resulta tan fácil. Enfrentarse a la causalidad, desentrañar los misterios de todas esas relaciones.

Sin embargo, si no sabemos establecer con claridad nuestra responsabilidad en los actos que acometemos nunca podremos valorarlos éticamente, ni precisar nuestra parte de culpa o de virtud. Tanto nuestras omisiones, como nuestras acciones, están cargadas de responsabilidad, y deber nuestro sería conocer las consecuencias, y sobre todo, las leyes y relaciones causales que las unen inexorablemente desde su origen en nosotros, hasta su final sobre nuestros semejantes. No basta con la intención, también las consecuencias deben valorarse éticamente.

Ello resulta un trabajo prometeico, imposible de acometer por su inherente complejidad, tanto de las leyes como de los innumerables actores que concurren y de cuyas decisiones y actos no somos ni responsables ni conocedores.

Sí, en cierta forma estamos inmersos en un caos en cuyo maremagno resulta imposible prever nada, anticipar un resultado lógico y racional de nuestras acciones u omisiones.

Entonces, acabas dándome la razón, para qué actuar, para qué no hacer nada, si la razón no puede aclarar nuestra responsabilidad en el bien o en el mal, por qué ayudar entonces, o con qué finalidad evitar el mal.

¿Cómo resolveríamos estas paradojas de la solidaridad?

“El organismo vivo posee la facultad de adaptarse rápidamente, de habituarse y acomodarse a cualquier ambiente. Si no fuera así, el hombre acabaría por percatarse de lo irracional que es a menudo el fundamento de su actividad racional, de la poca certidumbre y cordura que hay todavía en actividades tan responsables –y tan terribles en sus consecuencias– como la pedagogía, la jurisprudencia, la literatura.”[18]

Bueno, no todos somos igualmente vulnerables, ni todos poseemos la misma fuerza para influir en otros o para adaptarnos a los cambios sociales o a las consecuencias de las decisiones de otros. Aunque desconozcamos el peso exacto de nuestra responsabilidad, sí podremos conocer la geografía del poder, cómo se distribuye en la sociedad la capacidad para influir en otros. Qué duda cabe, la solidaridad exige un cambio en la lógica de nuestras vidas. Usualmente nos consideramos solidarios cuando somos capaces de alterar los flujos sentimentales y materiales en dirección descendente, hacia aquellos que se encuentran más alejados de los grandes núcleos de poder o influencia, es decir, hacia los más vulnerables. Pero la esencia de la solidaridad exige, sobre todo, ser capaces de alterar los engranajes que nos unen a todos, transformar las leyes de la cadena y los vínculos entre sus eslabones. Yo no hablaría tanto de solidaridad como de justicia, de un trabajo para transformarnos en común, de un intento por modificar las relaciones de poder, el campo de fuerzas que impera en la sociedad. De ahí la necesidad, creo yo, de intentar comprender, primer acto del teatro de la conciencia y de la reflexión ética. Nos ha tocado en suerte vivir en Bombay o en Nueva York. Destinos indiferentes en lo tocante a la felicidad. Un muro de desconocimiento y de injusticia nos separa. Interesados por la suerte del vecino nos asomamos a él y según veamos la inmundicia o la opulencia meditaremos sobre la realidad de nuestro destino. Elevarlo, consolidarlo, repararlo, o destruirlo; hacerlo quizás transparente, o vivir como si no existiera; apoyados en él echar un pipí o pintarlo de color de rosa; el muro está lleno de pintadas de protesta y declaraciones de amor.

Hagamos un túnel.

O un arco iris.

Algo que sirva para unir los destinos. Conviene anular la perversión del bien y el mal; de la compasión, de la ayuda y la caridad; de la virtud y de la bondad; de la explotación o la injusticia; de tanto concepto fraguado en la dialéctica del muro. Suprimir la exquisita precisión de una racionalidad parida en sus cimientos y cuya lógica nos empuja a consolidar la imagen de los dos mundos, el pobre y el rico, como si de verdades eternas se tratara y contra las que se estrella y convierte en piedra tanto el deseo de hacer el bien, como el de no hacer el mal.

Se podría así establecer, sin gran dificultad y con suficiente precisión, la red de la responsabilidad utilizando la geografía del poder como modelo. La ciencia nos enseña la posibilidad de que la decisión económica de un tendero de Bombay, al subir el precio de la pimienta, pudiera provocar una oscilación tan caótica del mercado de futuros en la bolsa de Nueva York que concluyera con la ruina de numerosos e inocentes especuladores. Pero parece más verosímil conjeturar que la decisión de un gran banquero internacional de alterar la conversión de las divisas posea más capacidad para afectar al pobre tendero indio.

Lo cual no quiere decir que no exista también la posibilidad de que tal cambio en la cotización de las divisas acabe beneficiando al mísero comercial de Bombay.

Ya, pero entiende que ello resulta poco consecuente con la lógica del poder, ya que la fuerza consciente que en el tiempo pueden ejercer los banqueros y los poderosos desde Nueva York resulta más definitiva a largo plazo que las fortuitas decisiones del inocente tendero de Bombay.

Nos reímos del vuelo de la mariposa, una carcajada escupida a los ojos de los demasiados crédulos, cuya indulgencia o más bien ingenuidad, camufló el terror de un huracán en el trémulo aleteo de su pamela impregnada en talco, un movimiento inocente de poderosas repercusiones a miles de kilómetros de distancia, pero lo funesto del caso, el sarcasmo verdadero de aquella carcajada escupida en Nueva York fue que ella sola motivó un flujo de electrones tan poderoso en la red de las finanzas que colapsó las cosechas y llevó el hambre a la mísera chabola de Bombay. ¿Y todavía nos sorprende o nos mueve a risa el leve aleteo de la mariposas?

Al comienzo de nuestra conversación el tío Vanya amenaza con suicidarse, insinuaba el placer de ahorcarse en un día tan hermoso. Todos los días oímos esa amenaza, la de millones de seres humanos cuyo grito y desesperación ignoramos voluntariamente por no ser capaces de comprender cómo en un mundo tan moderno donde el progreso campa por sus fueros, tantos seres no sean capaces de entender las infinitas oportunidades técnicas y materiales que la historia les ofrece. No deja de ser una ironía, una boutade, que tantas personas no sepan contemplar los fastos de días tan hermosos.

Hemos hablado de las cadenas, como si ellas sólo cautivaran u oprimieran, pero también las cadenas son capaces de unir solidariamente los cuerpos, esclavizarnos mutuamente. Entonces, por qué romper las cadenas, esa obsesión por liberar los cuerpos, cuando el afán debiera ser unirlos hasta la asfixia.

La unión de las almas. Pero eso suena a resurrección, a día del juicio, al acto supremo de justicia que expiando las culpas en los cuerpos solidarice las almas.

Pero eso sería otra ilusión, otra fruta amarga imposible de digerir. Recuerda, Lázaro volvió a morir. Eso nadie lo contó. Los evangelistas lo ocultaron realmente, pero nadie puede dudar que Lázaro tras su portentosa resurrección volvió a morir. Y cuando estaba allí por segunda vez en el pozo tras la piedra, tuvo que esperar en vano la repetición del prodigio, y su frustración tuvo que ser aún peor que la primera, porque realmente su resurrección no le aportó esperanza, sino el horror de la espera eterna.

La fe en el progreso, como la certidumbre de la salvación, soportan el bálsamo de la compasión o de la caridad, en suma, de la fraternidad, como si el mensaje de aquel Cristo sufriente nos hubiera enseñado la solidaridad y la justicia. Él se sentó en el muro, y cuando miraba a los buenos les hablaba de la caridad, y cuando miraba a la izquierda alababa la resignación. No fue capaz de unir sus manos a unos y a otros para hacerles comprender el lazo funesto y también necesario que a todos nos une.

Escucha:

“Una súbita alegría agitó su alma. Incluso tuvo que detenerse durante un momento para recuperar el aliento. El pasado, pensaba, estaba ligado al presente por una cadena ininterrumpida de acontecimientos que se sucedían. Y tenía la sensación de que acababa de ver los dos extremos de esa cadena: al tocar uno de ellos, había vibrado el otro” [19].


[1] A. Chéjov. Tío Vanya (trad. Juan López-Morillas), Madrid: Alianza Editorial, 1990, 236.

[2] A. Chéjov. “Casa con desván”, (trad. Víctor Gallego Ballestero), en Cuentos, Valencia: Editorial Pre-Textos, 2001, 172-174.

[3] “Casa con desván”, op. cit., 174.

[4] A. Chéjov. “La nueva dacha” (trad. Ricardo San Vicente), en Cuentos imprescindibles, Barcelona: Editorial Lumen, 2001, 403.

[5] “La nueva dacha”, op. cit., 407.

[6] A. Chéjov. “El pabellón número 6”, (trad. Ricardo San Vicente), en Cuentos imprescindibles, Barcelona: Editorial Lumen, 2001, 204.

[7] Aristóteles. Ética Nicomáquea, Madrid: Editorial Gredos, 1993.

[8] “El pabellón número 6”, op. cit., 209

[9] San Pablo. Epístola a los romanos, 7:19. Editorial Católica, 1944.

[10] “El pabellón número 6”, op. cit., 238.

[11] “El pabellón número 6”, op. cit., 240.

[12] A. Chéjov. “Enemigos” (trad. Augusto Vidal), en Cuentos imprescindibles, Barcelona: Editorial Lumen, 2001, 85.

[13] A. Chéjov. “Relato de un desconocido” (trad. Augusto Vidal), en Cuentos imprescindibles, Barcelona: Editorial Lumen, 2001, 288-289.

[14] “Relato de un desconocido”, op. cit., 316.

[15] A. Chéjov. “Las grosellas” (trad. Juan López-Morillas), en La señora del perrito y otros cuentos, Madrid: Alianza Editorial, 1994, 163-165.

[16] A. Chéjov. Las tres hermanas (trad. Juan López-Morillas), Madrid: Alianza Editorial, 2001, 61.

[17] Las tres hermanas, op. cit., 133-134.

[18] A Chéjov. “En casa” (trad. Juan López-Morillas), en La señora del perrito y otros cuentos, Madrid: Alianza Editorial, 1994, 50-51.

[19] A. Chéjov. “El estudiante” (trad. Víctor Gallego Ballestero), en Cuentos, Valencia: Editorial Pre-Textos, 2001, 291.

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Chéjov, entre Bombay y Nueva York by Rui Valdivia is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 4.0 Internacional License.

DIMETIL-BENCENO

Rui Valdivia

Se quedó quieta, las manos frías, la cara encendida. Un leve temblor ascendió por sus piernas. Sus ojos, incapaces de enfrentar la mirada incrédula de su madre.

En el trabajo aún no sospechaban nada. Un par de indisposiciones pasajeras y algún leve mareo no hacían presagiar nada grave, aún cuando otra dependienta más antigua también hubiera sufrido síntomas similares: apenas coincidieron unos meses, pidió la baja y ya no regresó.

Diríase que Matilde trabajara con la primavera, trajinando en un microcosmos artificial de fragancias y de luz abierto a la calle. Entre este follaje se la ve deambular, con el humidificador y el insecticida, cuidando su vergel mientras sondea tras el escaparate la llegada de un posible cliente, ensimismada en los ensueños de la revista que dejó abierta sobre el mostrador, mientras afuera llueve y la floristería parece derretirse tras el vidrio, sus colores desleídos recordando a los transeúntes un raro paisaje impresionista.

Una de aquellas tardes conoció a Jacinto. Indeciso, buscaba algo especial para una amiga a la que por entonces asediaba con regalos y todo tipo de sugerencias. Matilde adivinó, por cómo miraba las flores desde la calle, que no tendría mucho dinero, pero como en toda floristería de lujo los rótulos de los precios no importunan los sentimientos del comprador, Jacinto entró dispuesto a vencer la resistencia gracias a tres petunias de vivos reflejos que acababan de recibir de un invernadero holandés y que Matilde sabía que no podría pagar, según intuyó entre el follaje con cierta sorna cultivada.

–          Por favor, me gustaría llevarme esas tres flores del escaparate… Sí, aquellas.

–          ¡Ah!, las petunias. ¿Qué hermosas son, verdad?

–          Sí, sí. Son para regalo, eh.

–          ¿Me permite su tarjeta, por favor?

–          ¿El qué?

–          Una tarjeta de presentación, con su nombre, dirección, esas cosas.

–          No, no tengo; bueno, las olvidé en casa.

–          Pues, si desea poner algunas letras aquí.

–          Ah, sí, deme.

–          ¿A nombre de quién, por favor?

–          Jacinto, Jacinto Beltrán.

–          Disculpe, ¿pero usted es?

–          Jacinto.

–          No, no, perdone. ¿A quién le quiere enviar las flores?

–          A nadie. Verá, es que se las quiero regalar en persona, ahora, dentro de un rato.

–          Pues entonces, el señor querrá un envoltorio discreto, vamos, para no llamar mucho la atención por la calle.

–          Claro, claro, pero con un lazo.

–          ¿Le ponemos un lacito, señor?

–          Sí, sí, por favor.

–          ¿Tiene predilección por algún color en concreto, rojo, azul, rosa, quizás?

–          No, el que usted desee.

–          No, el que usted quiera, caballero… Si me disculpa, ¿es para una señorita?

–          Claro.

–          Pues yo creo que el rosa, si es para su cumpleaños o para un regalo sin más, y el rojo, no me malinterprete, para una declaración, por ejemplo, de amor.

–          Bueno, pues un lazo rosa … y también otro rojo.

–          Entendido, caballero. ¿Va a pagar con tarjeta o en efectivo?

–          No, no, con tarjeta no.

No los unió el frío, tampoco la humedad del parque, quizás cierta complicidad, el abandono del uno o el aburrimiento del otro, la mutua curiosidad, un poco de recato, un toque de pudor, lo mínimo necesario para empezar a caminar juntos y transcurridos unos minutos entrelazar sus brazos y apoyarse levemente en el hombro del otro, contentos a pesar de la conversación banal, de la estrechez del parque y del ruido del tráfico, acostumbrados ya desde la primera tarde a deambular siempre por los mismos parterres pisando las hojas secas, a oír el mismo fragor insistente a su alrededor, sin otro aditamento romántico que compartir unas petunias que iban a ser para otra mujer.

Ya Jacinto la esperaría todos los días sentado en el banco junto a la fuente, removiendo con sus pies las chinitas del suelo en espera de ver a Matilde cruzar la calle con su leve trote y como furtiva, acercarse a él, rozarle una mejilla y tomarle del brazo para empezar otro día más a pasear alrededor de los surtidores, entre los setos, como si todavía quedara algún rincón desconocido en esa plaza al lado de la floristería.

Hubo un tiempo en que ya sólo pudieron verse de noche, entre las sombras fugaces de los haces de los vehículos, o sentados bajo la desfallecida luz de la farola, encendida mucho antes de que Matilde saliera de la tienda.

Uno de esos días, mientras ella le contaba la reciente conversación con su madre, no pudo dejar de atender, casi todo el tiempo, a los surtidores helados y la transformación de las náyades y de los sátiros en una bucólica orgía de ancianos revestidos con la decencia del hielo. Aquel cambio, esa frialdad tan frágil de la materia de su fuente, se parecía al cristal de las palabras de Matilde cuando le contaba los pormenores de su última visita al médico. La fatalidad de sus palabras era semejante, sin embargo, a las premoniciones de los antiguos: una certeza revestida con el manto púrpura de la ciencia, pero tan angustiosa e injusta como la de todos los tiempos: un velo de helio líquido sobre la tibia piel de sus ilusiones.

En un esfuerzo por alumbrar nuevas esperanzas, teclearon la palabra con lentitud premeditada. Necesitaban eliminar la fatalidad en torno de esas letras que estaban escribiendo en la pantalla, transformarlas en un vocablo cotidiano e incluso anodino. Aún cuando la suerte pareciera ya moverse en una dirección predeterminada advirtieron, al pulsar con el ratón la opción de buscar, que un atisbo de esperanza aún los mantenía unidos y expectantes en torno a esas seis letras enviadas a la red con intención de tentar al destino: c-á-n-c-e-r.

–          Venga, Jacinto, dale ya al intro.

–          No, cariño, dale tú mejor.

Entrelazaron sus manos y poco después él beso sus dedos, en espera del rayo, de un impulso eléctrico venido de más allá y capaz de iluminar esa minúscula fibra de vidrio que era su ordenador atado a su esperanza, la respuesta de otros contra las ataduras de su destino, experiencias exitosas, en fin, alguna alternativa al juicio fatídico de la ciencia y la ominosa espera. Al poco llegó, junto con el cuestionario y una petición de muestras.

Quedaban cinco personas para que llegara su turno. Desde que Matilde se puso en la cola no había dejado de pensar en las condiciones del viaje a través de dos océanos y varios continentes: ¿se movería mucho?, ¿lo romperían?, quizás perdiera sus propiedades originales por el calor o el excesivo frío. Debería enviarlo por correo urgente, y por supuesto, certificado. Un par de frascos herméticamente cerrados y protegidos por algodones, esparadrapos, burbujitas de plástico, trapos, almohadillas y bolas de periódico; un paquete un tanto exagerado, pensó de pronto, para tan ridículo contenido, sólo dos pequeñas ampollas de cristal cerradas al vacío y que guardaban sendas muestras, una de su sangre y otra de su orina, y en las que Jacinto y ella cifraban gran parte de sus esperanzas.

–          Espero que el pipí no se congele.

–          ¿Qué dice, señora?

Sus datos personales ya los había remitido la semana anterior, en respuesta al cuestionario que el instituto le requería: dos o tres huevos semanales, 1’70, jamás corro, el sarampión con tres años, tercero sin ascensor, regla regular y muy abundante, porros, mucho pollo y poca ternera, castaño, un par de vasos de agua embotellada con gas, de pié unas ocho horas, 80x70x60, las paperas con un año, condones con espermicida, algunas jaquecas, 10 cañas a la semana, mucho cerdo, plantas de invernadero, ojos verdes y grandes, a los 12 años, no fumo, sólo aspirinas, muchas ensaladas aliñadas con aceite de oliva, la varicela hace dos años, pescado una vez al mes, vacunada de la viruela, insecticidas y funguicidas, me tuesto en verano en Torrevieja, ni hijos ni abortos, algún cubata, …

Iba en el metro, protegida con un pañuelo de colores anudado detrás de la nuca, como si vergeles y campiñas la animaran a mirar por una ventanilla tan honda como sus sueños. Pero en el cristal sólo advirtió la hilaridad del joven sentado enfrente de ella. Matilde se giró para enfrentar su mirada, y deslizó su pañuelo de flores lentamente desde la frente hasta el cuello, sin dejar de sonreír, dejando al descubierto su cabeza depilada, completamente calva.

–          ¿Cómo te llamas?

–          Manuel.

–          Yo soy Matilde, tengo treinta y dos años y me han dicho que me moriré después del verano. ¿Tú dónde vas?

–          A la facultad, estudio historia, me quedan dos años.

–          ¿Querrías acompañarme, por favor?

Subieron juntos al último piso de un bloque de apartamentos, callados pero unidos por alguna oculta cercanía. Llamó a la puerta K. Un viejo les hizo pasar. Tomaron café junto a cinco sillas vacías, todas distintas, alrededor de una mesa baja y demasiado pequeña, una bombilla encendida, a pesar de la claridad, y dos pósteres clavados en la misma pared con chinchetas: una se había caído y la esquina superior enrollada impedía ver completa la cara del Che. El hombre los dejó solos. Manuel se acercó a un pequeño radiocasete caído sobre el suelo. Pulsó el play. Durante tres minutos estuvieron escuchando el zumbido del motor. El viejo volvió y le dio a Matilde un sobre. Se levantó y besó al viejo, pero no se dijeron nada. El viejo ya no volvió a mirarles. Se sentó, tomó su taza, pero no bebió. Cuando la cinta llegó al final saltó el motor y se paró: en ese momento, los tres miraban una chincheta volcada en el suelo de terrazo.

Matilde la recordaba paseando entre las macetas, enseñándole el oficio antes de darse de baja. Coincidieron apenas unos meses, los suficientes para haber percibido en el gesto del viejo algunas reminiscencias de ella. Aún recordaba su pelo ondulado cuando abrió el sobre y lo tocó. No hubiera imaginado ese tacto, tampoco ningún otro en ese mechón guardado poco antes de que el cobalto también aniquilara toda su cabellera. No quiso verlo. Por eso cerró los ojos mientras lo acariciaba y traía a su memoria aquellos devaneos iniciáticos entre las flores, sumidas las dos en ese ambiente húmedo y cálido donde cada día la fragancia dulzona de las anémonas, las camelias o las orquídeas ocultaba la síntesis química de los insecticidas, ese ambiente artificial incólume a la enfermedad o a la corrupción, y cuyos colores vivos desafiaban el paso de las estaciones del jardín de enfrente, donde una fuente de náyades se había congelado junto a los besos de Jacinto.

–          ¿Y ahora qué hacemos?

–          No sé, Jacinto.

–          Habrá que decirlo, contarlo, la gente debe saberlo.

–          Sí, pero eso ya lo harás tú solo.

Estaba en su sangre, casi imperceptible, y también en el pelo de su antigua compañera, una fracción infinitesimal, una presencia que las asemejaba en la desgracia, a ellas y quizás también a otras: sentimos informarles… almacenaremos confidencialmente sus datos… seguiremos investigando… todavía es pronto para confirmar fuera de toda duda… por precaución…

Algo cotidiano, una cercanía indeleble, una presencia ubicua que aniquila con excesiva lentitud, pero inexorablemente; un éter incombustible en el dédalo alveolar, un soluto no biodegradable jugando en la red de sus capilares, invisible e imposible de mear ni de llorar, pertrechado tras de las células o en el interior de un ganglio, a la espera de la siguiente molécula, y de otra, y de otra hasta reventar y colapsar el equilibrio de su vida.

–          Como una pátina sobre las flores que olías a todas horas, Matilde.

… de esas semillas traídas de Sumatra o Magadascar para atraer el consumo de lujo, tan artera y ardientemente como sus vistosos colores y formas subyugarían el vuelo de las abejas y de los moscones polinizadores en sus selvas tropicales originarias, flores de espurio atractivo mantenido incorrupto por la acción combinada de la calefacción y del aire acondicionado, de los humidificadores automáticos y de los plaguicidas, para crear ese ambiente turbador y mefítico en cuyo ensalmo mantener la ficción del trópico a pesar de la salud de sus dependientas.

Una de ellas, Matilde, cortaba ahora los palillos según las indicaciones del plano confeccionado por Jacinto. Medía con el calibre y aplicaba las tijeras exactamente para conseguir el tamaño adecuado. Manuel limaba los trozos y terminaba de darles la forma definitiva al lugar donde acabarían colocados. Había ya varios montones de palillos cortados y limados, clasificados por Jacinto, según iba comprobando las dimensiones finales con la lupa y el escalímetro. Si había algún defecto o fallo, ya por defecto del material o de la manufactura, lo retiraba y comentaba lacónicamente “éste habremos de repetirlo”.

Sobre ellos pende una lámpara, parecida a la de las salas de billar, que deja en penumbra a la madre de Matilde, sentada en un sofá mientras ve el televisor, con el volumen muy bajo, y repite “¡y será posible que nadie haga nada!”.

–          ¿Y qué van a hacer, mamá?

El color lo aplicarán al final, según la idea original de Manuel. Ni les agradó el resultado de sumergir cada pieza en el bote de color, ni sujetarlas con pinzas según Matilde las pintaba con un diminuto pincel: “Mejor sería pinchar cada palillo con un alfiler y con un cuentagotas mojarlo, sobre su tarro de pintura para no manchar, ni desperdiciar nada”.

–          Ves, hija, lo que hace el ingenio.

Por la ventana, abierta al patio de luces, entra, al final de la tarde, el olor húmedo del ozono de las tormentas. Por la costumbre del pueblo, la madre se levanta y apaga el televisor, también lo desenchufará, pero cuando se acerque a la ventana con intención de cerrarla, Matilde le volverá a decir que la deje abierta, “resulta tan bonito oír el eco de los truenos, mamá”

–          Y además no hay peligro, señora.

–          Ya, tú no te conoces los resabios de los rayos.

Y comenzará entonces la retahíla de sucesos y remembranzas, de hechos asombrosos acopiados en su mente y recitados como en diapasón mientras sobre la mesa siguen componiendo, poco a poco, y con suma delicadeza, cada una de las partes del barco, copia de un galeón del siglo XVII: sus cañones esmaltados en betún negro, la quilla abombada a fuego de fósforos; las velas, confeccionadas con restos de trapos, desengrasadas, decoloradas y curadas con sebo de caballo; los mástiles, tallados en madera de olivo y envejecidos en barniz de Judea y el mascarón de proa, modelado en miga de pan, a imitación de la imagen onírica que Manuel poseía de las sílfides y de las náyades de la Arcadia.

A Matilde le gustaría calafatearlo, hacerlo impermeable para lanzarlo al mar y que pudiera flotar sobre las olas, perder todo el trabajo y su esfuerzo como en una falla o una hecatombe, inmolar las ilusiones sin exigir salvación, ni tan siquiera un juicio, únicamente la belleza de la singladura y poder perderse entre las ondas.

Bajó por última vez las escaleras de la consulta y en lugar de tomar rápidamente el autobús, Matilde pasea a la sombra de las acacias. Envejecidas precozmente por el humo, le parecen, bajo la luz de la tarde desfalleciente, que acabaran de reverdecer sobre ella como un palio de luz tamizada. Se mira en el escaparate de una agencia de viajes, enflaquecida y con la tez lechosa a pesar de la estación. Hubiese sido tan fácil entrar para contratar un viaje a cualquier playa: sus huellas quedarían perdidas bajo el insistente murmullo del mar, y separada de Jacinto por un océano de dunas, éste la vería desaparecer, una cabeza calva tragada por la inclemencia del horizonte. Y Jacinto se quedaría allí esperando, tumbado con la cara vuelta hacia el sol, anhelando, bajo ese universo de luz roja y opalescente, que las olas pudieran traerla de nuevo, como traen la grava y los guijarros vertidos por los torrentes después de las tormentas, a pesar de la resaca que ahora le quitaba la arena asida entre sus dedos, esa tierra oscura y orgánica que fue Matilde cuando una tarde de otoño la vio por primera vez, a la hora de cerrar, al otro lado del escaparate, iluminada por los halones entre las flores y unas desapercibidas partículas de dimetil-benceno flotando en el aire.

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POR MAYO

Aurora subía por la calle Segovia, y al pasar entre dos coches aparcados algo la sobrevoló y se estrelló contra el adoquinado. Las carrocerías, su camisa blanca recién planchada, todo se manchó. Pero continuó como si nada fuera con ella, ensimismada y pensando en sus cosas.

Otra persona se habría asustado, y al momento, sentido un repentino alivio por haber salvado la vida por tan poco: apenas el tiempo justo para lanzar una limosna y sobrevivir al aplastamiento. Si no hubiera advertido al mendigo, pensó más tarde, Jesús habría conseguido su macabro propósito.

Le preguntaron demasiadas cosas, los escombros de una trama que Aurora aún no había logrado recomponer, pero cuyos elementos más insignificantes y personales tampoco deseaba dar a conocer a nadie. Por eso calló o mintió, prestando apenas atención a la mayor parte del interrogatorio. Sin embargo, le chocó la insistencia del policía en añadir, siempre que hacía mención al día de autos, que era también el día de la Virgen de Fátima, el 13 de mayo.

A pesar del lugar, y del momento, no perdió la sonrisa. Recordaba a los tres pastorcillos de Cova de Iria arrodillados ante la aparición y su cónclave de rosas y de azahares, aquel soto de adelfas propiedad de cabras y lagartos, y convertido pocos años después en el santuario mariano que visitó, durante unas vacaciones veraniegas, con el centro de menores.

Nadie consiguió saber por qué se suicidó aquella mañana de mayo. Poco después se derrumbaría el muro de Berlín, pero unos minutos antes, Aurora estaba probándose unos pantalones y se miraba en el espejo de la tienda, preguntándose la razón de su reencontrada esbeltez, si debida al corte de la prenda o a la engañosa convexidad de los espejos del probador. Ahora constataba la obscenidad de los teólogos, que tras largos años de cavilaciones alrededor de aquel suicidio y posterior resurrección, todavía no hubieran sido capaces de proclamar un juicio verídico y creíble sobre lo realmente acontecido aquel 13 de mayo. Poco le importó entonces aquel objeto sobrevenido del cielo, porque su pensamiento se lo dedicaba a Jesús, a sus palabras del día anterior, esas razones conocidas desde el principio, pero sólo ayer tan importantes como para convertirlas en la coartada de su separación. Pero la había llamado y eso fue lo más sorprendente.

Estaba triturando los pepinos y los tomates del gazpacho, y desde la habitación contigua le vino la noticia, anunciada en el momento en que empezó a sonar el teléfono, el hecho inverosímil, pero largamente esperado, de la apertura de la tercera plica. Justo cuando accionaba la máxima velocidad de la turmi, oyó la espeluznante narración del tercer misterio de la Virgen de Fátima, desvelado a las 12 de esa mañana ante un nutrido y selecto grupo de teólogos y ministros de la iglesia, los cuales, y a pesar de la insistencia de los periodistas apostados a la puerta del santuario mariano, se negaron a desvelar la incógnita del mensaje recibido por los pastorcillos portugueses: “El Papa, conectado vía satélite, recibió una honda impresión, y en estado de gran excitación, se recogió en sus aposentos e ingirió una infusión de pétalos de adelfas seleccionadas de sus jardines en Castelgandolfo. A pesar de los estragos del veneno, aparecerá en San Pablo para anunciar al mundo el divino mensaje”. El teléfono insistió de nuevo. ¿Y si fuera de verdad el fin del mundo?

Era indudable. Como afirmó el policía, podría haber hecho algo por evitar su muerte. Quizás una mirada de compasión habría aligerado su dolor. Pero en aquel momento no sintió piedad, sino desprecio hacia aquel objeto que le había salpicado su camisa recién planchada. Iba al encuentro de Jesús y llegaba tarde a la cita, por eso saltó sin rubor por encima de él y sin mirar atrás, siguió su marcha sin desdoro subiendo por la calle Segovia, hacia el hito que todos los años concita a tantos maratonianos cuyos sudores drenarán hasta el cercano Manzanares, ese río andrógino importador de percas y patos estériles en cuya ribera tantas veces Aurora había visitado al santo patrón, junto con las otras niñas del colegio, y donde, en una verbena, satisfizo por primera vez su apetito de churros, coches de choque y helados venecianos. Desde ese hito, sudor de sus sudores también aquella mañana de mayo, volvió a mirar aquel río y pensó en su virgo también transportado aquel lejano día hacia las aguas del Atlántico, y ofreció su risa burlona al panorama, y al sonido y las luces de las ambulancias que en ese momento despachaban los restos de Jesús.

Ahora, detrás de la mesa y ante las magdalenas y el cola-cao ya frío, espera una señal del más allá, un rayo cegador que al fin la despierte y le traiga la comprensión de lo ocurrido aquella mañana de mayo. Porque del policía, más allá de sus ojos verdes y del moscardeo del disco duro del ordenador, no pudo averiguar nada, apenas unos datos sobre unos hechos tan fríos y alejados como para ella lo fueron, en la escuela, la tumba de Tutankamon o la erupción del Cracatoa, poco más que un bello rostro de oro y un volcán balbuciente fotografiados y olvidados en la casa de la abuela, de esa señora madre de su padre, a cuyo veredicto la llevaron y que nunca más volvió a ver: eso fue para ella la familia, el albañal donde fue arrojando la buena voluntad y la caridad de las personas buenas.

Unos días antes había estado ante otra efigie de la buena nota, otro mecano de la elegancia que barajaba las aceitunas del marie brizard mientras le contaba historias apasionantes de su Jesusete, salpimentadas de llamadas al orden y al decoro, a una moral de la que “la pobre Aurora” debía dar ejemplo, si no por propia voluntad, al menos por agradecimiento, y sobre todo, por sus nietos, los hijos de Jesús, tan necesitados del rol paterno en un momento tan crucial de sus pequeñas existencias. Podía ver la entrada a las cocinas, a su derecha los espaguetis carbonara, al maitre acercándose con la carta, el brillo del gres, mientras arrugaba el mantel con sus uñas rotas, sus yemas ásperas, pensando en el culito suave de los hijos de Jesús, la colonia y el olor a champú, y a la vieja que tenía enfrente agachándose con sus tetas descolgadas y las arrugas del escote sobre el que destacaría el collar de perlas meciéndose ante la vista de los niños. Pero tenía que pedir su plato, y dudar, como le habían enseñado, entre dos opciones cualesquiera, la ofrenda de su sacrificio ante aquel oráculo de la decencia y de la higiene social. Comer mientras se pregunta por qué vine, qué hago en este sitio, para qué tantas palabras, cómo huir, y sobre todo, qué hacer para no sufrir más la cháchara de la virtud, pero continuó allí hasta el final, el helado de frambuesa y el café, y la tarjeta de crédito sobre la bandeja de alpaca, “y ya te puedes ir, cielo, que yo me quedo aquí con unas amigas”.

–                Te creerás un santo, verdad. Tu madre aparece de pronto, me lleva a un restaurante, me habla de buenas costumbres, de caridad, y después me tira con la conciencia hecha un higo. Pero yo tengo que seguir comiendo, sabes, y ya estoy harta de gazpacho y de miseria. ¿Se puede saber para qué llamas?

Le esperó mucho tiempo, no más del habitual, sentada en el escalón de un portal. Vio la vida, y a sí misma contemplando la corriente solidificada de la calle, sus recuerdos acercándose desde el fondo oscuro de la portería montados en una brisa fresca, y a él, que no llegaba, con su bata azul de pie ante ella, diciéndole “tranquila, no te preocupes, pronto terminamos”; su seguridad, la luz que como un aura dejaba en la sombra su cara, el instrumental aséptico, sus guantes de látex actuando entre sus piernas abiertas, su vista fija en el vértigo que aquel día se anunció con un gesto o un roce, quién sabe, quizás en el miedo o en la insolencia velada tras de su rostro aún púber, o en ese aire que entró en ella cuando él se apartó de la luz.

Le exigen respuestas, como si las conociera. No sabe por qué volvió y se interesó por ella entre tantas otras. Ese médico joven y atolondrado que hacía bromas y desconocía la protección de la distancia y de la seriedad, de la palmadita en la espalda y las palabras vacías. Pero el policía insistió tanto en los pinchazos del brazo.

–                No sé nada de eso.

–                ¿Y nunca te fijaste en sus venas?

¿Cómo se iba a fijar? Se veían ya tan furtivamente.

Aquella mañana de mayo se descoyuntó el orbe, y ella debía ser la culpable, no porque la razón exigiera una causa, sino por culpa de la virtud, en particular, de ese proyecto de vida ejemplar de cuyo traspié ella debía ser, por necesidad, la causante. No por su mente, ni por su dolor, tampoco por su especial personalidad, sino por ese cuerpo de angosta y sucia lubricidad, por una coincidencia desafortunada que el tiempo magnificó hasta el descalabro final de Jesús bajo el puente de la calle Segovia.

Ella comenzó a ver la complicidad del mundo aquella noche en comisaría: alrededor de los hechos un hilo conductor, y un cuerpo amorfo, el de Jesús, tironeado por todos y sin voluntad para resistir, sobre todo, indefenso a su propio influjo. Cedió.

–                Y yo le dije, Jesús, necesito el abrazo más fuerte, una muestra de tu amor que no sólo yo sea capaz de ver. Y después nos vamos, huiré contigo, abandonaré todo, pero antes debes enseñarle al mundo cuánto me amas, hazlo por mí, Jesús, un último gesto desinteresado de amor.

–                ¿Y se mató por eso?

Necesitaba mentir para darse una tregua y poder pensar, mientras el policía escribe y apunta, en aquella llamada insólita, en la comida con su madre, y en su inquietud mientras subía por la calle Segovia. También en aquellos meses, no con objeto de ordenar los días en una trama, ni de intentar comprender sus motivos. Deseaba traer imágenes, ver, como si estuviera ocurriendo ahora, el día siguiente a la consulta, sus preguntas, la moralina como un escupitajo, sus manos tan blancas y cuidadas, el insulto de su pose suave, del flequillo liso y despeinado sobre su ceja, las primeras sugerencias, ese velo grasiento sobre sus proposiciones, las palabras rebuscadas, y la libertad, esa palabra nunca dicha, pero siempre presente durante los primeros días, esa posibilidad latente de huir pasando necesariamente por el asiento trasero de su coche.

–                No, nunca le robé. Me lo daba porque él quería, sin nada a cambio, era su forma de querer.

Pero el policía continuó.

–                ¿Y la casa?

–                ¿Qué pasa con la casa?

–                Que él te pagaba el alquiler.

–                ¿Quién lo dice?

–                ¿Y de dónde sacabas el dinero entonces?

–                ¿A ti qué te importa?

–                Vamos, bonita, dime de qué vivías.

–                Todavía vivo, ¡eh!

–                ¿Y la comida, la ropa?

–                Tú sabrás, ¿no lo habéis registrado todo? Dímelo tú, por qué ese cabrito, con toda la pasta que me dijo su madre que tenía, iba a pagar un cuchitril como ése.

–                Dímelo tú.

–                Pues no lo pagaba, y tampoco los tomates, ni el pepino.

–                Y dejaste la tele encendida.

–                No me acuerdo.

–                ¿qué veías?

–                Cualquier cosa.

–                ¿No escuchaste las noticias? Era la hora de comer cuando te llamó, ¿no?

–                ¿Qué noticias?

–                Lo sabe todo el mundo, los pastorcillos, la virgen …

–                ¡Venga ya!

–                Los rojos lo tienen crudo, ¿no lo sabes?

–                ¡Y qué me importa!

–                El Papa lo dijo.

–                ¿No se había suicidado?

–                Antes consiguió desvelar el tercer secreto, ¿quieres que te lo cuente?

¿Por qué se iba a negar? Era el juego, otro juego, una novedad en el tedio de las clases y de los asistentes sociales, salir con uno de ellos, con un señor decente de risa fácil y de modales absurdos. Todo había sido tan necesario como perder la familia, tomar pastillas, robar o sentarse todos los días en el pupitre, un acto más de la vida, otro elemento más del ambiente, qué importaba, el hecho era vivir, seguir adelante y no aburrirse.

Quizá fuera sus ganas de reír, su cuerpo, un primer deseo de ayudar, más tarde de comprender, y finalmente, de sufrir su displicencia, su abandono a cualquiera, su falta de razón al organizar su vida y preferir otras cosas y a otros, dejando siempre a Jesús en último lugar, a pesar de las indudables razones objetivas para haberlo aceptado sin pretextos ni objeciones. Quizás por todo ello y por su orgullo herido, Jesús no sólo la soportaba, sino que la acechaba sin tregua allí donde estuviera, construyéndose un entramado de excusas y justificaciones banales y totalmente ilusas con objeto de ocultar su debilidad y sobre todo, su vergüenza.

Pero Aurora nunca aceptó su dinero. Sin embargo, él iba obediente a comprárselo, a soportar las bromas de los camellos y finalmente, a robarlo del hospital, engañar, y acabar inyectándose para entender algo y estar tanto más cerca de ella cuanto alejado de sí mismo, de una Aurora que cuanto más hacía por ella más lejana parecía, insolente y malcriada. Ella no le despreciaba, nunca le insultó, siempre aceptaba su ternura, pero no reía con él, era como si no necesitara a nadie para divertirse, incluso cuando gritaba de placer bajo la insistencia de Jesús, éste no podía soportar su propia e innecesaria presencia y desasosegado comprendía el origen lejano del gozo de Aurora, esa perversión atávica y rancia no manifestada por actos concretos sino por desdenes y más aún, por omisiones insoportables para la buena educación de Jesús.

Al principio tuvo la impresión de estar haciendo algo bueno por aquella mocosa. Aunque nunca olvidara del todo la perversión nacida aquel día, cuando Aurora le miró entre sus rodillas y le preguntó “¿qué, contento, doctor?”. Las otras chicas habían estado cohibidas, alguna lloró al mostrar tan explícitamente su virginidad perdida, pero Aurora no. Tampoco estuvo insolente u orgullosa: era otro juego, una jugada más de la vida, otro acto necesario que había que aceptar con sana alegría y sin pretender mayores explicaciones. Pero ahora el policía se las estaba exigiendo, por primera vez en su vida, justificar seriamente sus actos para encadenar una razón coherente acerca de un vuelo que casi la había matado. Otros lo habían intentado antes, convencerla, hacerla recapacitar, afrontar los errores, encauzar su vida, soportar, reír y callar. El último había sido Jesús.

Hasta que llegó el día en que la propia Aurora ya no pudo soportar la hipocresía de un hombre que habiendo logrado acostarse con ella continuaba apostolando y no alcanzaba a ver que Aurora se habría ido con él desde el primer momento y sin mediar tanta palabrería. Fue entonces cuando en Jesús afloró el rencor y los celos. Había logrado ocultar la suciedad bajo su atávica hipocresía de niño bien, pero la basura había crecido tanto que era ya imposible no advertirla cuando merodeaba, sin objeto, entre una familia contra la que tropezaba como si las sillas estuvieran fuera de lugar. Y dejó la fundación, incrementó las guardias en el hospital, abandonó a los amigos, también las comidas una vez por semana en casa de su madre, en fin, todos los encuentros con aquellas personas cuya mirada pudiera sondearle.

Fue a partir de aquel momento -Aurora lo advertía ahora-, cuando él empezó a desintegrarse y a perder los últimos colores de su armadura de bufón. Pero ella no vaciló entonces ni un momento en asumir el papel de niña antojadiza y mimada, como si él hubiese sido el padre rico que le faltó. Y a cada intento de Jesús por recomponer su imagen, y sobre todo, su carisma, con un acto de reconciliación y de sinceridad, ella respondía con un mohín, una pataleta o una risa vacía, a cada ofrecimiento con una mueca de orgullo herido.

–                ¿Sabes lo que llevaba en los bolsillos?

–                No quiero saberlo.

–                Nada, no llevaba nada, ni clinex ni dinero. Fuimos a su casa, miramos en los cajones, encendimos su ordenador en el hospital y ¿sabes que encontramos?

–                No me importa.

–                Estaban vacíos, lo había tirado todo, y el disco duro, formateado. Siempre existen razones, y si no las hay, pues se inventan o se finge tenerlas. Todos los suicidas son unos exhibicionistas, tanto los que se suben a una torre, como los que toman veneno, porque siempre dejan un rastro, una prueba de su macabro farol.

–                Ya.

–                ¿Sabes lo que es un farol, no?

–                Me lo puedo imaginar.

–                Sesenta años esperando una respuesta, más de medio siglo de agua bendita y de plegarias en espera de la iluminación, y cuando tras hurgar en el refajo de la pastorcilla de Cova de Iria encuentran el tercer papelito y lo leen, ¿sabes lo que dice?

–                Todo el mundo lo sabe, lo han dicho por la televisión.

–                Ya, pero ¿tú lo entendiste?

No lo entendió, y aún menos por qué Jesús la llamó aquel 13 de mayo poco antes del almuerzo. Ahora todo tendía a convertirse en un proceso. Lo que fuera un mosaico roto y disgregado se hacía línea, o mejor, flecha. Aquello empezaba a tener, si no una justificación, por lo menos un sentido. Así lo vislumbró Aurora ante el escritorio del policía. Pero salió de allí y cuando al fin se encontró otra vez con las calles, ya no pudo regresar a su casa, porque recordó el gazpacho abandonado en la cocina y su agua transparente decantada en el fondo, y a ella como un grumo de sargazos flotando quieta en la superficie. Intentó recordar, entonces, de dónde venía, a dónde ir, cómo se llamaban sus padres, por qué la seguían llamando Aurora, quién era aquel ángel que la sobrevoló a las cuatro de la tarde, por qué Jesús, el amado Jesús, a pesar de todo su amor, no había intentado suicidarse sino asesinarla.

Las magdalenas siguen sobre la mesa. El halógeno del flexo las ilumina. Y desde la penumbra Aurora mira, sentada, mientras toca el borde del vaso. La mesa es un teatro, y el foco da luz a la escena, un sueño repetido día tras día desde aquella tarde de mayo: una idea insistente, unos hechos arremolinados, su conciencia deshecha en el ayer, desperdigada al borde de una cuneta cuyos bordes Aurora inspecciona para recobrar sus pertenencias, tan difíciles de discernir de las de otros. Recuerda los fotogramas de una película, y no logra olvidar los muertos dejados al borde de los caminos como una idea persistente de que la vida sigue y nada es capaz de entorpecerla. Pero Jesús es un árbol, una cruz siniestra atravesada en su vida. Y mientras siga mirando todos los días las magdalenas olvidadas sobre su mesa, dando vueltas en torno al borde del vaso en busca de alguna respuesta, no logrará escapar de sus ramas y como pájaro de piedra quedará tallada en la filigrana de sus bajorrelieves.

Había transcurrido demasiado tiempo desde que Dios muriera por mayo. Aurora no consigue recordar cuándo nació esta idea tan ridícula, pero ahora, sentada ante la mesa, siente el paso de las estaciones sin que su música le inspire respuestas. Se contempla mientras sube por la calle Segovia, su camisa recién planchada, y en su mente aquella llamada tan inesperada justo antes de haber sido anunciado el fin del mundo, un milagro que trastocaría su existencia, porque ese rayo tan esperado en su niñez, por fin había llegado en forma casi humana y ella se encaminaba hacia él, hacia Jesús una tarde de mayo, de tanta bondad henchido su corazón que se detuvo ante un indigente para dejarle unas monedas, pero el muy bestia intentó aplastarla como a una almendra y desde entonces, nunca le abandona la idea de que Dios por mayo se precipita contra la humanidad, y que sólo gracias a la obra benéfica de un mendigo podremos tener otra oportunidad y vivir, al fin, en un mundo vacío de virtud y de sanas intenciones.

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INTROITO

Incluyo un fragmento de la biografía apócrifa y espuria de Rui Valdivia.

 

Introito

Mis dos bisabuelos murieron de rabia en la cárcel. Uno, el abuelo de mi madre, acababa de atravesar con un cuchillo la mano del sargento furrier, mientras apostaban quién sería más hombre. No soportó la deshonra del consejo de guerra. La vergüenza, la congestión y alguna cabezada contra los barrotes le sumieron en espasmos y finalmente en la inconsciencia.

Al abuelo de mi padre le mordió un perrito mientras volvía de trabajar en el campo, y dos semanas más tarde tendrían que encerrarlo en el calabozo del pueblo. Como su pariente político, murió también dando cabezadas y echando espuma por la boca.

De esta fractura social y posterior caída, sufrida por mi familia hace ahora 75 años, aún no me he repuesto: soy bajo, cetrino y de carácter mordaz, díscolo, traicionero y taimado, y sobre todo, heredé la rabia de mis dos antepasados, cuyas savias, mezcladas en mí, y en sinergia, me provocan tales accesos de mala hostia que si no fuera por mis estudios superiores, la buena crianza y el ambiente edulcorado y meloso donde medro social y económicamente, hace tiempo que habría acabado de igual forma arrojado en una cárcel y muerto de rabia y de golpes funestos en la cabeza.

Gracias al progreso me he salvado. Y a la autoridad de mis mayores. La disciplina social, ingrata con los perdedores, insoportable para los orgullosos de su libre albedrío y autónoma conciencia, resulta, sin embargo, de alto valor pedagógico para encauzar el árbol chiquito que desea hacerse grande entre sus mayores. Quien anhele triunfar no desespere en el orgullo o en la rebeldía, pliéguese a la corriente y no vuele contra natura. He aquí mi divisa resumida. Pero me gustaría matizarla, expandirla en sus múltiples relaciones, incluir algunas excepciones, y ciertos casos originales sin cuyo desenlace la mentada máxima no cumpliría su objetivo.

Mi historia revela la certeza del pensamiento liberal en sentido directo e inverso. El conocido dicho atribuido a nuestro antepasado Adam S. y descubierto por observación paciente de las abejas en sus melifluos juegos, de que la insania y el egoísmo más desaforado e irracional conmueven hasta tal punto los fundamentos de la sociedad que ésta, forzada por tan deletéreas fuerzas, ascenderá infinitamente en virtud y lozanía, se cumple sin escrúpulo en mi caso y en las relaciones que mis vicios ocultos establecen con el bienestar evidente de mis conciudadanos.

Pero también se cumple el teorema inverso, considerado espurio y apócrifo en su tiempo, y sin embargo, confirmado por múltiples evidencias empíricas, entre cuya muestra me incluyo con orgullo. ¿Quién no ha detectado la maldad en sí? Si quieren, yo confesaré primero: admito que todavía me encuentro tentado por ella. Pero de entre todas las oportunidades que la sociedad ofrece para ejercer la injusticia y la perversión, esta comunidad virtuosa fomenta, también indeleblemente y sin apenas notarse, la expresión de aquellos vicios más útiles para el éxito privado, y acalla, con guante invisible, los más inútiles e ineficientes. De tal modo opera sobre mí esta ley inversa que sin ella habría acabado, como planeta ingrávido, en el fondo de un albañal, infectado en mi propio hedonismo vacuo e insustancial, improductivo.

Véase lo que ocurre también con las abejas y analícese el panal en su globalidad. Observado el enjambre en sucesivos actos, ya con la lupa, ora con el telescopio, y siendo capaces de integrar toda la información de modo coherente, apreciaríamos un sistema complejo donde a la vez se expresaría la acción de la masa social sobre el individuo, como su reacción en el colectivo: la ociosidad, incontinencia y apetito voraz de cada zángano; el trabajo impenitente de cada obrera aportando néctar; la reina pariendo, comiendo y soportando la lubricidad de cada zángano. En fin, un universo de múltiples acciones y reacciones donde las perspectivas micro y macro se solaparían armónicamente. En suma, un círculo virtuoso donde la obrera da de comer a todos los que follan y huelgan a destajo. Pero se equivocan si piensan que ser reina o zángano resulta deseable. Las obreras no sólo traen la comida y limpian la casa, sino que al final de cada verano asesinan a todos los zánganos, y cada cierto tiempo, cuando la reina ha envejecido lo suficiente, la destronan por asfixia, tras lo cual, convertidas en nuevas garantes de la ley y del orden, elegirán, legítimamente, a una nueva reina.

Ahora denominen de otro modo a cada una de las partes. Por ejemplo, a los zánganos, llámenlos prostitutas; a las obreras, empresarios; y a la reina, por ejemplo, capital, tecnología. Bueno, la historia cambia. Podríamos afirmar, sin riesgo a equivocarnos, que en tal panal la renovación del capital se produce gracias a la comida que los empresarios dan a las prostitutas con el oscuro deseo de regenerarse el capital. Pero, yo les pregunto ahora, ¿qué clase social haría las revoluciones en esta colmena?

Bueno, no se asusten, estos son los riesgos propios del nominalismo y de la hermenéutica. ¡Jueguen, jueguen a nombrar!

Para concluir este esbozo teórico en el que he demostrado la pertinencia del teorema directo e inverso del liberalismo económico, hagamos un breve resumen en tono aporético: por la directa me beneficio beneficiando, y por la inversa, me benefician mientras beneficio: hijo del beneficio, me honro de ser parte del progreso social a pesar de mis enrabietados orígenes, pues: me convierto en zángano o en obrera, según las circunstancias, y nunca dejo de ser capital.

¿Qué corolario cabe deducir de ambos aspectos del teorema? Pues que la sociedad posmoderna resulta demasiado compleja, y para ser entendida se impone, primero, dejar de fumar, después, recoger la mesa, y tras mucho pensar y deliberar, ahogarse en un barreño de frambuesa.

Tras este ejercicio académico, necesario para rehuir el absurdo y la banal interpretación de mi persona, les ofrezco una anécdota.

Al comienzo de mi vida soporté graves problemas económicos. Unos amigos me decían que no gastase tanto, otros que ahorrase más, pero era tan escasa la beca que recibía y tan elevado el nivel de vida en el extranjero, que todavía hoy me pregunto ¿cómo pude superar el circulo vicioso de mi indigencia? Pues no se sorprendan, aquí reside la gracia de esta aventura o anécdota, me convertí en perro, como mi bisabuelo paterno. No de repente, claro, sino tras un largo proceso de maduración.

Por supuesto, todos los días iba al supermercado. El hambre y no sólo la sed, devoraban mi discernimiento. Como el burro de Buridán, apenas podía pensar, ni aprehender la realidad, y por ello, tardé mucho tiempo en advertir que el precio de la misma cosa no siempre fuera el mismo. No teman, no descubrí tan pronto el misterio de la inflación. De lo que en verdad me percaté fue que, por ejemplo, galletas o latas de carne aparentemente iguales, estuvieran, simultáneamente, marcadas con distinto precio, en virtud de no sé qué ocultas leyes del mercado. ¡Oh, cielos! Podría ahorrar. Besé a la cajera y el dinero que no gasté ni en compras ni en invitarla a cenar, lo empecé a acumular como excedente, proceso que me ayudó a salir del barro y de la indigencia.

Debía poseer ya todo un capital ahorrado cuando empecé a notar una pertinaz y molesta erupción de pelo por toda la superficie de mi cuerpo. Al principio, la transferencia tecnológica vino en mi ayuda, de manos de la cajera, con la que ya había entablado una relación harto solidaria, y que me prestó su propia cera depilatoria en frío. Más tarde me sorprendí olisqueando a la propia cajera, no besándola, ni chupándola o mordisqueándola, sino olfateando todas las rótulas y pliegues donde su sudor pudiera acumularse y conservarse. Mi fina pituitaria pudo llegar a detectar cualquier movimiento en el edificio donde vivía: la floración de las petunias de la vecina del sexto, el cambio de pañales del bebé del primero, lo que hubiera comido el antepenúltimo usuario del ascensor, la exudación del ajo, los aditivos de la coca-cola y hasta anticipar la rotura de una tubería de aguas negras cuya fuga no logró evitarse y acabó por inundar toda una planta del edificio.

Perfeccioné el giro y orientación de mis orejas, la vibración del rabo y hasta a levantar la pata durante mis micciones todavía en el inodoro. Me disponía ya a reconocerme como un gran gateador, cuando un hecho inaudito, pero no por ello menos conocido, me devolvió la realidad de mi precario y penoso estado, a pesar de los ahorros acumulados durante todo el tiempo que duró mi metamorfosis.

Dada mi situación, no se sorprenderán si les digo que a la cajera la montaba por detrás. Ella me buscaba las cosquillas y pretendía girarse con el pretexto de bucear en mis ojos, pero yo insistía y la sujetaba férreamente con mis patas delanteras. Pues bien, tampoco les debería asombrar el modo cómo ambos acabamos en el dispensario de la seguridad social. Así anudados, giré mi cuerpo sobre mi patita izquierda para enfrentar nuestros culos con la intención de empujar hacia fuera y desacoplar nuestra recién culminada fusión, y hete aquí que la dilatación de algún nuevo mecanismo de mi renovado pene impidióme sacarlo, a pesar del lubricante, nuestros esfuerzos y al cabo, nuestros gritos de dolor. Me había convertido finalmente, y como era de esperar, en un perro no sólo en lo físico, sino también en lo ético.

La medicina no salía de su asombro. Me aislaron, me uncieron a un gotero de una solución salina y poco a poco, antes de que finalizaran dos tesis doctorales y una mención en el Nature, regresé a mi ser original. Pero no fue la ciencia la que supo explicar lo acaecido con el cambio de aspecto de mi persona, sino que fue la cajera la que, como luego verán, vino de nuevo en mi ayuda.

Yo había estudiado en el colegio los atributos del régimen monárquico: una transmisión seminal de poder legitimada por la misma práctica que llevó a los agricultores y ganaderos neolíticos a mejorar progresivamente las especies con mayor valor económico por selección genética de los linajes más productivos del trigo, la cebada, el mijo, los bóvidos o el cerdo. Pero antes de aplicar las artes de la mejora filogenética a las monarquías, éstas habían sido en sus orígenes aleatorias, y más tarde, electivas, dos prácticas reverenciadas por su respeto al principio de igualdad. La selección vendría mucho después.

Ya les comenté la relevancia del panal y la colmena para comprender la historia del pensamiento económico, su importancia experimental para demostrar las leyes del mercado liberal. La deuda contraída por la humanidad con la abeja resulta abisal y nunca nos recataremos en el elogio y la gratitud. Sin embargo, olvidé decirles algo sobre esta particular monarquía de signo matriarcal, la monarquía apícola. Recuerden, las obreras habían ejecutado a los zánganos, acababan de asfixiar a la reina envejecida. ¿De dónde extraer la nueva monarca? ¿De una obrera? Pero, ¿cuál? ¿Acaso la reina aún insepulta, antes de expiar eligió con su antena a una de entre sus asesinas? ¡No! ¿Acaso dotó a alguno de sus huevos de tal excelencia genética que de él acabaría brotando otra reina? ¡No! ¿Quedó un último zángano aguerrido y montaraz que exánime antes de morir alcanzó en su postrera inseminación a la reina moribunda, cuyo supremo gesto consistió en parir un último huevo monárquico? ¡No!

De nuevo la naturaleza demostró su sabiduría, y así como se renueva la monarquía y se hace perenne su reinado, del mismo modo mi ser, devastado por la metamorfosis, regresó a su estado cuasi original tras cambiar mi dieta, una vez reconocido mi error. Estaba en país extraño, todavía no conocía bien el idioma, el alfabeto cirílico aún resulta demasiado complejo para un occidental, y confundí, mejor, no advertí, el contenido real de esas latas tan baratas que yo tomaba por carne. De hecho contenían carne, junto con otras muchas sustancias, pero carne de no sé qué animales para alimentar a cánidos domésticos. Sí, perros, sabuesos. Y entonces comprendí, acerté a conectar el mecanismo del mercado con mi reciente transformación, la jalea real de las abejas y el funcionamiento del sistema liberal, el excedente acumulado de la explotación, el amor de la cajera, y por supuesto, el cambio hormonal operado en mí por tanta comida para perro ingerida en el ahorro, la avaricia y la austeridad.

Este sucesivo tránsito de ida hacia la animalidad y de vuelta, otra vez, hacia la humanidad, me despejó muchas incógnitas. Porque cuando fui perro no olvidé mi historia de hombre, recordada con la memoria parca y simple propia de los perros. Pero tampoco, recobrado mi aspecto original, olvidé mi vida de perro, cuyas vivencias y desacatos a la virtud aún perduran en mi memoria. El recuerdo que ahora poseo de los recuerdos vividos por un perro que fuera hombre me acompaña hasta en los más insignificantes actos o actitudes de mi vida. No deseo volver a ser un perro. Pero les sugiero que hagan la prueba, resulta tan fácil y barato, y reporta tanto conocimiento y bondad ética.

Abeja se parece a oveja. No se rían. No es un juego. Apenas una tontería que nos permitirá dejar la anécdota pasada e internarnos en otra faceta de mi vida. Ambos animales son peludos, o mejor, lanudos. Más allá de esta banal comparación, nada les asemeja. Las ovejas resultan bobas y gregarias, y las abejas disciplinadas. Objetarán que la disciplina no es más que una variante del gregarismo y de la obediencia ciega. Pero la diferencia resulta palmaria. Comparen un cuerpo de ejército durante la batalla de Austerlitz con una desbandada de ovejas al olor del lobo.

Las ovejas tampoco vuelan. Y como todo el mundo sabe, las abejas pueden volar por sus propios medios. Particularmente, yo siento debilidad por las ovejas. No tanto por ellas o por sus concretas virtudes y vicios, sino gracias a uno de esos cortocircuitos mentales tan habituales en los seres humanos y que tan originales nos hacen. Yo no puedo resistirme a conectar, de forma absurda y carente de razón, a la oveja con la pelota de golf. Cada vez que veo una de estas pelotitas pienso que una oveja enroscada sobre sí misma está esperando a que la golpeen con el bastón de metal. Cierro los ojos y casi puedo verla alejarse hacia el green balando desesperada a más de 200 kilómetros por hora: beeeee, beeeeee, beeeee.

Como ven, cada cual posee sus manías. Pero las ovejas, tanto o más que las abejas, han sido animales muy útiles y beneficiosos a la ciencia política. El pastor, el lobo, el cordero o el rebaño nos ofrecen las imágenes arquetípicas con las que todavía razona nuestra mente neolítica y ganadera el juego de la política. Que las ovejas sea merinas o churras, el perro, mastín o lobo, y el pastor, propietario o contratado, nada altera el uso de estos modelos en el discurso simbólico de la política.

Pero yo no identificaría tan fácilmente el rebaño con el Estado. Si el pastor naciera de oveja sería apropiada la comparación. Pero los pastores poseen sus propias manías reproductivas. Existen demasiadas especies distintas en este teatrillo de la política y a mí siempre me ha parecido un poco abusivo explicar el comportamiento humano en sociedad recurriendo a este ecosistema variado y artificial, cuya existencia deriva de la actividad industrial del ser humano a través de la subespecie del pastor y de la pastora: el ideólogo se compra unas ovejas, contrata a un pastor, amaestra a unos perros y finge el aullido de un lobo, tras lo cual observa las reacciones del redil. Pero el rebaño también le observa a través del vidrio del tubo de ensayo. Este político observador y observado creará, o a mí me lo parece, una ciencia especular, un juego de frontón contra una pared de azogue.

Quizás mi error fuera confiar demasiado en la teoría, dar demasiado valor a los principios, perder demasiado tiempo imaginando cómo una sociedad de ovejas indefensas y de lobos aguerridos podían llegar a un acuerdo pacífico en torno al reparto del excedente de corderos: equivoqué mis primeros pasos en la política por exceso de celo en la interpretación de los principios.

Carente de originalidad, empecé por el individuo. Compuse mi sujeto. El Yo. No yo, sino el ser  humano, el yo indiviso, esa mónada ideal autocomplaciente y calentita. Convenzan a la oveja, a esa oveja, a una oveja concreta, de su originalidad: “¡tú, eh!, tú, oveja, la de la conciencia”. Dótenla, o mejor aún, háganla creerse su historia individual, confiar en sus propias creencias y apetitos: “¡Qué patita más mona tienes, oveja! ¡Qué lana tan mullida! ¡Bonito balido!” Ya la tienen ahí, ufana entre la manada y mirando condescendiente: “¡rebaño de siervos!”. Pues así me comportaba yo. Jamás habréis visto un becario más fatuo e insolente.

Me importa, ahora, detener la redacción en estos momentos estelares de mi despertar político. A ver si logramos desvelar, o al menos, entender, el desorden vital que una persona puede alcanzar a consecuencia de la ingenuidad, y como antes decía, del excesivo rigor interpretativo de la teoría política.

La libertad resulta un ente demasiado colosal para ser aquí ni definida ni defendida. Tan sólo recordaré a mi tío Nicolás un día ante un cepo recién abierto en el que por inadvertencia, despiste, simples ganas de fastidiar o de llamar la atención, una oveja acababa de meter la pata. Según la soltaba y tras darle dos terribles empellones en el lomo le gritó, “¡alé, alé, que ya estás libre, tontorrona!” A ninguna otra oveja le dijo jamás tal cosa. Y a mí siempre me extrañó que la única oveja coja del redil estuviera dotada del atributo de la libertad.

En fin, la libertad resulta indispensable para definir al individuo: “¡Soy libre y hago lo que me da la gana!” Esto se lo escuché un día en la televisión a una señora medio en bolas, muy acalorada y encendida mientras aporreaba la puerta del despacho de su marido y sentenciaba: “¡Y si no te gusta, se lo dices a tu madre, rico!”

Otro elemento indispensable para definir la libertad y construir al individuo: la voluntad. A mí me sorprende que yendo siempre juntas, la libertad sea algo golfa y la voluntad, en cambio, mantenga más a menudo su apariencia de virtud. Si en ocasiones la voluntad se hace voluptuosa o cae en la veleidad, halla oportuna disculpa en su amiga la libertad, esa golfa que la emborracha o la droga y la aparta así de la senda recta de la razón.

Ya les advertí del desorden magistral de mi formación política. A estas alturas no debería ya sorprenderles mi complejo mundo conceptual. Les he hablado del despertar de mi yoidad y de mi alegría al descubrir mi dignidad de ser racional protegida por la coraza de mi voluntad: en suma, un robot listillo y liberado ante las tentaciones del mundo y de la vida. Tal concepto, tal definición de lo humano sólo admite dos respuestas vitales, y ambas las apuré hasta las heces, es decir, hasta el momento en que desesperado de tanta teoría y contubernio conceptual me lancé a la praxis de una vida en principio no regida por principios:

O sucumbía al placer o lo hacía al terror. He aquí las dos únicas salidas acordes con el suicidio colectivo en la colectividad. Tardé tiempo en darme cuenta de las amplias y nunca sanas conexiones existentes entre vías que en apariencia resultaban tan distintas y excluyentes. Al fin, y si sobre ello recapacitan un poco, se darán cuenta de que con independencia del camino o del atajo que escojan el Estado les aguarda en la meta: un Estado que les dé placer o les quite el miedo. En suma, un Estado que nos aterroriza con el placer que nos puede quitar.

Pero la lección imperecedera la recibí mi último día en la universidad. Y me la ofreció gratuitamente mi profesora de ética parasitaria. Había logrado superar los últimos exámenes y dejé el de esta asignatura para mis habilidades orales. Razonablemente, la profesora se dejaría manosear por un joven en el esplendor de su postadolescencia. Habíamos previsto esta posibilidad gracias a una serie de inequívocos signos: hoyuelos en las mejillas, pelo alborotado, suspiros sin causa, risas atolondradas y contoneos al ritmo de la tiza y al gusto del respetable. Lo habitual, lo ya consignado en los manuales de la materia. Además, era la profesora más odiada por nuestras más odiadas compañeras, una razón más para vengar en la solicitud de aquélla los desprecios de éstas.

Dos golpecitos certeros y escuetos proclamaron mi presencia. Penetré lentamente y sin demasiado aplomo, pero con dignidad. Buscó mi examen y tras hojearlo apenas unos segundos, lo puso en la mesa entre nuestras cabezas, y juntos nos aventuramos por las sutilizas de mi ignorancia. Ella recorría la hoja con su dedo medio, insistiendo en los errores más aparatosos, los olvidos más imperdonables, y yo la seguía con mi dedo índice justificando mis despistes o excusando mis carencias.

  • Vea que resulta incomprensible.
  • ¿Mi letra, señorita?
  • Deje ya lo de señorita y llámeme profesora.
  • Aurora
  • Vale, profesora Aurora, pero prefiero profesora del Pozo.
  • ¿Y por qué del pozo?
  • Porque es mi apellido y usted es muy tonto y no va a aprender nunca. A ver, ¿no le da vergüenza saber tan poco? ¿Es que pretende que le dé clases particulares? Porque usted no sabe nada de la vida, señorito. Mire, mire aquí, acerque la cabezota al papel y mire cómo responde a la pregunta ¿Cómo se le ocurre afirmar que Sócrates era una mosca cojonera? ¿Qué sabe usted de Sócrates?
  • Que era feo y no se comía una rosca.
  • No diga insensateces. Sócrates se amancebó con Diótima.
  • Pero era feo y nunca llegó a tirársela.
  • ¿Cómo sabe usted eso?
  • Si me deja llamarla Aurora se lo cuento.
  • Se lo está inventando. No me haga perder el tiempo, eso no viene en el libro.
  • No, no lo invento, lo deduzco de las circunstancias. Si la hubiera tocado, Diótima se habría deshecho en humo.
  • No me lo creo.
  • Sí, mujer, mire el …
  • ¡Oiga! ¡Oiga!
  • Hágame caso, Aurora, Diótima era una idea, una aspiración, y Sócrates lo sabía, pero sólo se lo contó a Platón para contener sus celos, pero con la condición de no contárselo a nadie y de elaborar una teoría al respecto. ¿Sabes? Tú también eres una idea.
  • ¿Cómo dice?
  • Una obsesión de mi mente y por eso no pude estudiar, profesora, porque prefería estudiarla a usted, sus ojos, sus labios, los hoyuelos, estas manos tan sabias que cogen tan bien el bolígrafo y la tiza. Los demás estudian la asignatura, pero yo la estudié a usted, examíneme y comprobará lo que sé.
  • No voy a aprobarle y se va a ir por esa puerta por la que nunca debió entrar.
  • Pero Aurora.
  • ¡Profesora del Pozo!
  • Pero no diga palabras tan feas.
  • Mi apellido no es feo, Sócrates de mierda, sátiro, salga de aquí ahora mismo.

Las cosas no iban muy bien. En algún momento fallé ¿No debí haberla llamado Aurora tan pronto? ¿Debí dejar el tuteo para después del manoseo? ¿Por qué insistí en la fealdad de su apellido? Todos los pozos no son feos y ella poseía un lindo brocal. En fin, simulé no haber oído lo que ella debió decir sin darse cuenta, y creyendo que tan hirientes palabras ocultaban sutilezas de dama, arrojé mi zarpa de perro contra su nalga y apreté poseído por la verdad y la inmanencia, a pesar de que lo prudente hubiera sido correr y agachar la cabeza, porque tan rápido como mis dedos se hundían en sus pliegues opalinos, ella agarró la grapadora y sin enunciar claros conceptos ni elevar nuevas fronteras, me golpeó repetidas veces en la cabeza, con tal acierto y maestría que según me abría la ceja me la sellaba con la tenaza de las grapas; hasta que éstas se agotaron y fue tal ya la efusión de sangre que ella misma se asustó y me abrazó cuando ya rendido caía en sus brazos.

  • Es usted una bestia, señorito.
  • Dígame, profesora.
  • ¡Pero cómo se le ha podido pasar por la cabeza!
  • ¿El qué tengo en la cabeza?
  • Hijo, pero qué bruto es usted. No le da vergüenza, cómo lo la puesto todo, madre mía.
  • Fue sin querer, si quiere lo recojo, pero no me pegue más, por favor.
  • Pero cómo le voy a pegar más, mi niño, cómo se le ocurrió proponer esas cosas tan sucias y tan rastreras. Usted vale mucho más que un examen. No puede prostituirse de ese modo, por algo que vale tan poco.
  • Entonces, ¿por qué me pegó tanto?
  • Legítima defensa, tema cinco.
  • Pero yo no deseaba hacerle daño.
  • Pero me lo hizo, señorito, no tanto en el culo como en el corazón. Apretaste demasiado fuerte. Te enseñaré algo, las más de las veces con una simple palmadita basta.
  • ¡No puede ser!
  • ¡Si hubieses ido más a menudo a clase! Tú eres un chico inteligente y no necesitas entrar en este comercio carnal tan poco ético para aprobar la asignatura. ¿No ves que tu dignidad se resquebraja y te conviertes en un animal del apetito y de las bajas pasiones? ¡Cuántas veces no os he dicho en clase que el ser humano atesora en su alma o en su corazón parte del hálito divino! No puedes mancillarlo y ponerle un precio como a cualquier mercancía. Que te sirva de lección lo que hoy ha ocurrido en este despacho por obra de la divina providencia: no vendas nunca tan barato y cuando puedas, roba sin preguntar el precio. He aquí mi enseñanza. Yo te apruebo, hijo mío, porque tu sangre revela tu eficaz conversión. Levántate, dame un beso y cuando salgas busca a la señora de la limpieza.

Jamás la he olvidado. Cuando dudo o reflexiono, acaricio mi ceja derecha y al tacto de la cicatriz renuevo mi pacto y el recuerdo de aquel imperativo que la profesora Aurora del Pozo con tan vehementes y lúcidas palabras me enseñó.

 

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AUGE Y CAÍDA DEL HOMO ECONOMICUS

Hace unos años me sumé al proyecto cultural de Ediciones de LA DISCRETA. En enero de 2005 se publicó un trabajo colectivo titulado “Primera Santología: cuentos escogidos sobre personajes elevados”. En la introducción, Celindo, exclama “¡Elevación, coño, elevación!, tras lo cual  dice lo siguiente a sus amigos discretos reunidos en la taberna: “… huyamos de la peste mortal e intelectual que se propaga por nuestras ciudades, relatando historias cuyo asunto no puede ser sino el que me ha sido revelado en este duermevela: la elevación, caída a tan profunda sima en los tiempos que nos han tocado”. Aquí tuve el placer de publicar “Auge y caída del homo economicus”.

 

Auge y caída del homo economicus

1.

Llamemos a la secretaria.

– Advierta a mis subordinados que no me molesten.

Me aburro. Miraría por la ventana, pero me da vértigo. Cogería el coche. ¿si supiera a dónde ir? Convoquemos nuevamente a la secretaria.

– Si llaman diga que estoy reunido.

Pasa el tiempo: un clip que incomprensiblemente aguanta cien torceduras sin romperse; una goma que estirada abarca el sillón, la mesa, la lámpara de pie, el picaporte de la puerta del water y mi dedo meñique. Con la otra mano cojo un bolígrafo, con dificultad lo despojo de su capuchón del que tomo un trocito de plástico recién capado, lo coloco en sustitución de mi meñique en la oquedad de la goma y vuelvo a llamar a la secretaria. Le acierto en pleno hígado. Me maldigo por mi falta de puntería. Disimulo, no vaya a creerme un sátiro, un lascivo.

Perdone, le digo.

No hay de qué, me responde.

¿Le hice daño?, me preocupo.

No se apure, se libera.

Se me escapó, me disculpo.

Siempre tan ocupado, me comprende.

¡Estoy tan cansado!, le insinúo.

Tantas responsabilidades, me incita.

Veamos si le hice daño, me intereso.

¡Aquí no!, me suplica.

Ningún sitio mejor, le replico.

¿En horas de trabajo?, me humilla.

Tranquila, no se las pagaré, ¡triunfo!

Se ha ido. Continúo aburrido. Pienso en el cartón. En fabricar una caja grande. Dimensiones desconocidas. Monumental. Capaz de albergar un mundo. Hagamos unos agujeros para que puedan respirar: respiran, los oigo, también hacen otros ruidos, ¡se están comiendo el cartón, mi cartón! Quemo la caja.

– ¡Desagradecidos!

Me acerco a la ventana sentado en mi silla giratoria con ruedas. Me empujo con los pies. Procuro no mirar hacia la calle. Sólo me preocupa el cielo. ¿Cuánto costará? Preguntaría a todas esas hormigas que allá abajo se afanan: ¿cuánto pagaríais por el cielo? Y metería todas sus respuestas en un ordenador gigante: aprieto la tecla y espero. Calcula. Complicadas operaciones, complejos algoritmos a fin de integrar tantas respuestas: el azul, las nubes, la aurora, las ventanas, sus poesías, la música, la inspiración, en fin, la vida. Responde al cabo: por fin, ¡un precio, un precio!

– Lo compro.

Dejo de soñar. Debería volver a la mesa. ¿Trabajar acaso? Pero esta vez no me impulsaré arrastrando los pies contra el suelo. Los apoyo contra los cristales de la fachada y empujo con fuerza hacia atrás: demasiado fuerte, la mesa queda atrás, he de frenar, no lo consigo, choco contra la pared, agradezco su tapicería mullida, reboto y me encuentro, de súbito, otra vez, ante el escritorio. Esto me da una idea.

– Señorita, convoque a los empleados con responsabilidad. Hágalos subir inmediatamente. He concebido otro de mis proyectos.

– Por favor, siéntense en el suelo y vean.

Les repito mi último periplo. Exagero, con evidentes dotes artísticas, tanto el agotador empujar la silla hasta la cristalera, como el choque contra la pared opuesta. Aplauden. Pobres, les digo, no entienden nada, sólo perciben arte donde yo preveo negocio. Cesan los aplausos. Me miran admirados.

Primera pregunta: ¿Qué les dice lo que han visto? Respuestas insulsas y carentes de imaginación.

Insisto. Segunda pregunta: ¿Cómo solucionarían el problema que alegóricamente les acabo de representar? Nadie ve el problema. Alguien pregunta por el significado de la palabra alegoría. Finjo enfadarme.

Tercera pregunta: ¿Acaso nadie advierte la necesidad que agobia a toda esa gente ahí fuera? Desasosiego y muestras latentes de desaliento. Algunos se acercan a la ventana.

Les arrojo, al fin, el último interrogante: ¿Para qué les pago un sueldo? Pánico, se miran y sudan. Percibo un tímido gemido.

Satisfecho de mi fuerza, conmovido por mis dotes de histrión desalmado, les hago levantar.

– Por favor, vuelvan a su trabajo. Y que no se vuelva a repetir.

Quedo solo. Amo del espacio. Si apretara el botón, podría desintegrarme, incluso perderme en la galaxia financiera. No lo haré. Nada se perdería. Me basta con la posibilidad. Sondeo el entorno: un teléfono sin teclas ni auricular, un ordenador con admirable salva-pantallas, dos papeles, uno garabateado y el otro en blanco, dialogan en la papelera, y el retrato de mis dos hijos, su risa petrificada en un rictus de falsa admiración. Yo también los miro y me miro, admirado del poder de la genética. ¡Si no fueran tan cabritos!

 

2.

Agarro la peseta. La saco del bolsillo. Sí, está sucia. Me dice que está muy sucia. La limpiaré. Pero así me la dieron. Yo no tuve la culpa. Debió mancharse. Así que me la meto en la boca y la chupo. Me mira con cara de asco. Desde el otro lado de la pecera hace una mueca de recelo. También de desagrado. Mira a la compañera. De reojo. Me la saco. Está húmeda. El pelo del rey, mojado. Da asco. Les da asco. A mí no, por supuesto. La pongo encima del mostrador. La miran. Es una peseta. Un peseta mojada. Su valor es una peseta. Justo una peseta. Me la dieron esta mañana. Cuando cayó en la lata sonó extraña. Algo raro ocurría. Vacié el bote y allí estaba. Muy sucia. Una peseta oscura. Una cara negra. No la quieren. Me dicen que me vaya. Yo no la ensucié, amigos. Me la dieron así de cochina. El uso. El comercio. El libre mercado, la entropía, la corrupción: la mugre de tantas manos. Pero no de las mías, amigos. Cuidado, una pistola se acerca. Atisbo una culata y una funda de cuero negro. Me levantan por los sobacos. Me engancha con una mano grande, excesiva y pulcra. Me aprieta con su puño enfundado en un guante de látex. Teme el sida. O miedo a la mierda, quizás. Me dejo llevar. Ley del mínimo esfuerzo. Otro gorila abre la puerta. Dejo pasar a una señorita. Educación. Cortesía aún en la desgracia. Se escapa el aire acondicionado. Me sueltan. Caigo en la acera, como un saco. Y me quedo solo. Cierran. Otra vez el calor de la calle. De mi calle. En mi esquina. Pero consigo levantarme y miro a través del cristal esmerilado. Y allí sigue mi peseta. Sobre el mostrador. El cajero la mira. La cajera la mira. El público se arremolina. Nadie la toca. El asco, sin duda. Se acercan mucho. Forman un corro. Un coro a su alrededor. Parece que la adoran. A mi peseta. Mi peseta sucia que ahora resplandece como el oro.
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MI PRIMER RELATO

“Por última vez, relato publicado en la revista VIENTO SUR, en el número 61, mes de abril de 2002, páginas 89-93.

Antonio Crespo, editor de la sección de Literatura, afirmó lo siguiente: “… un relato que avanza atrapando al lector y que se cierra desvelando (¿o sólo desvelando a medias?) la sorpresa o zona de sombra o misterio que, desde el principio, se ha intuido. Porque lo que queda, el eco que retiene el lector, es una serie de preguntas, tal vez sin respuesta y una realidad que, por desgracia, conocemos bien: alguien que intenta llorar todo su dolor y su odio antes que los guardianes del desorden revienten una puerta y se lo lleven a rastras; una historia que sucedió en Seattle, en Génova … ¿Sevilla, Madrid? Y que sucede casi cada día, ante la indiferencia de tantos y siempre, siempre, por última vez”.

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Por última vez

Recuerdo las botellas de licor apoyadas en el espejo; el reloj de Nito en el gollete de la botella de coñac; en el reflejo, los estragos de mi última borrachera: Tina y yo bailando en un cementerio de botellas al otro lado del espejo. Un poco antes escuché el cierre metálico de la caja registradora donde Tina acababa de cobrar a los mecánicos del garaje. Miré detrás de las botellas y de su melena la mesa recién abandonada; copas de coñac mediadas, ceniza, el mantel rasgado y decorado con obscenidades, arrugado y comido en los bordes. En ese momento entró. Yo me fijé, sobre todo, en la cara de Tina porque de él tan sólo vi su reflejo fugaz en el cristal entre las botellas, también su espalda poco antes de irrumpir en el servicio, su mochila de colores. Nito había notado la confusión del chaval al querer usar el retrete de señoras. En aquel instante no advertí el sonido del pestillo. Pero a nadie le importó esto, menos aún a los policías. Sin embargo, ahora sí puedo recordar nítidamente el ruido del cerrojo, y sobre todo, un silencio largo mientras paladeaba mi coñac.

No preguntaron. Rompieron la puerta a patadas, lo sacaron con los pantalones aún prendidos de los pies, lo arrastraron por todo el bar y se lo llevaron. No consigo recordar si alguien habló. Me sorprende; no hubo gritos, ni quejas. Sin embargo, apenas se marcharon, Nito salió gritando de la cocina “¡Pero qué pasa aquí!”. Inútil, ya habían desaparecido y yo sólo pude verlo como un sueño tras el azogue, un gesto y un reflejo en los ojos de Tina.

Al día siguiente vinieron los carpinteros. Cuando le preguntaron a Nito si quería factura, asintió. Era la primera vez, y Tina y yo nos reiríamos muchas veces recordando cómo se la guardó en el bolsillo trasero del vaquero, porque aún espera la contestación del Ministerio del Interior a su florida carta de protesta. Cuando el orujo le enrojece los mofletes y advierte nuestra risa le oigo musitar todavía, aunque hayan pasado ya unos meses, “pobre chico”.

Aquel día tuve miedo de encender la tele. Regresé a casa temprano. Ni Tina ni Nito quisieron continuar la tertulia como otras veces. Algo se había alterado entre nosotros. Yo no lo noté entonces, sino precisamente cuando iba a encender la televisión y no me atreví. Como un fogonazo vi al chaval, su imagen arrastrada por el local, y temí verle en la pantalla transformado en noticia, con su nombre, su causa, un motivo para haber estado a las cuatro de la tarde en el bar de Nito con los pantalones bajados detrás de una puerta de cartón cuyo pestillo nunca funcionó. Ahora veo claro nuestro egoísmo, nadie protestó. Nito y Tina sentían vergüenza, por ello no quisieron seguir charlando. Yo la sentí luego, cuando iba a accionar el botón del mando y no pude; sentado enfrente de la pantalla me veía en ella amedrentado y confuso, como si el chico también estuviera ahí, pero no pudiera verle por estar tan oscuro; tan fácil hubiese sido encenderlo, abandonar el terror con un leve movimiento de mi dedo. No lo hice.

Una semana más tarde supe lo de la mochila. Entonces no pude entender sus razones. No me dijeron nada. Tampoco me lo ocultaron. La dejaron debajo de las botellas, pero yo no la advertí hasta que el chaval entró y la pidió, “vengo a por eso, espero que no falte nada”. La abrió y extendió delante de todos su contenido. Los mecánicos se levantaron y vinieron a mirar. Una revista arrugada, su carnet de identidad, la funda de las gafas, las gafas, un bocadillo envuelto en papel de aluminio y en una bolsa de plástico, no recuerdo más, quizás un libro. “Te han zumbado, eh”. Lo metió todo y excusó tomarse la cerveza que Nito le ofreció.

Los acompañé al garaje. “¿Habéis visto la ceja?”. El carburador estaba roto. Me buscarían otro en un desguace. “ Y cojeaba un poco”.

Me encaminaba de nuevo al bar y me sorprendió la coincidencia de la hora. Parado ante la puerta volví a descubrir la mirada escurridiza de Tina. No me gustó y salí a la calle. Pero hasta que no llegué a casa y me senté delante del televisor apagado no advertí lo extraño de no haber mirado de frente, ninguna de las dos veces, la cara del chico: para mí sólo era un reflejo y una foto en un carnet.

Estaba desayunando y se fue la luz. Como un troglodita me afeité a navaja iluminado por una vela. Me sorprendió la llama perdiéndose en infinitas imágenes cada vez más pequeñas cuanto más lejanas en la oscura perspectiva. Esa pequeña luz en el fanal de mi cuarto de baño me dejaba aislado, sin las referencias cotidianas de la radio o de la maquinilla eléctrica. Hasta mi cara parecía de otro, atravesada por sombras y reflejos fluctuantes. Allí volví a recordar al chico vejado por los policías. No el instante de entrar, correr, cerrar y salir arrastrado; tampoco la inquietud sobre su destino en comisaría, sino las probables causas de todo ese suceso. Sin haber pensado en ellas durante toda la semana el episodio parecía olvidado, voluntariamente abandonado en el baúl de las pertenencias de algún muerto querido, por temor a despertar y dar vida a la memoria y a la vergüenza: el chico, su imagen desfigurada en la mugre del espejo, y sobre todo, la mirada de Tina, formaban un magma aquietado por la desidia, pero irremediablemente activo a partir del momento en que la luz se fue y me quedé atónito ante ese extraño recién afeitado. Cómo fue posible no haber querido indagar en la razón de esa persecución y en especial, haber aceptado sin dudas el hecho de la detención.

La nueva puerta del cuarto de baño de señoras, hasta entonces inadvertida, pasó a convertirse en testigo de aquella violencia, porque fue esa mañana en el bar, tomando las tostadas imposibles de hacer en casa, cuando advertí su color diferente a la de caballeros. Ese leve tono distinto del barniz o de la propia madera fue transformando mi bar, y sobre todo, mi trato con Tina y con Nito, en una relación cada vez más extraña. Las palabras, tan fáciles en el pasado, empezaron a hastiarme, y a pesar de las risas, los amigos, esos momentos entrañables tras unas cuantas copas de coñac, el recuerdo cargante de aquello, ante la presencia de esa puerta tan nueva, me fue oprimiendo hasta hacer cada vez más difícil preguntarle a Tina por aquella mirada, a ambos, por qué no me habían hablado de aquella mochila.

A nadie parecía importarle si aquel chaval apenas entrevisto no había sido un delincuente, quizás no estuviera huyendo después de haberle quitado la radio a un coche, o de haber pretendido robar un bolso; a mí todo aquello que aseguraban los mecánicos no me importaba porque yo sentía simpatía por él, y cada vez más odio hacia Tina y su ostensible silencio en aquellas conversaciones mientras abría el grifo y empezaba a lavar cacharros. Yo observaba el reflejo de sus manos demoradas en cada plato o sartén, su pelo recogido en un moño alto y me preguntaba por aquel secreto guiño a los policías, aquel gesto sólo advertido por ellos y desgraciadamente también por mí, casi imperceptible en aquel momento, pero cada vez más palpable y amargo en el gesto de abrir nuevamente el grifo durante aquellas conversaciones. Todavía no he sido capaz de decir nada, de preguntar, aunque fuera con tono irónico, para saber algo más, sin embargo, ellos saben, yo lo detecto en cientos de matices y quizás en algún momento, dentro de algún tiempo, termine por abandonar el bar para siempre. Pero si no lo he hecho todavía y fui capaz de volver tras regresar del hospital hace unos días, más bien he de admitir mi presencia necesaria en la barra, junto a la puerta nueva del aseo y frente al espejo.

Continúan admitiendo la necesidad de esa detención, a pesar de desconocer los hechos, pero el acto de huir ya justificaba la persecución hasta nuestro bar y a través de la puerta. Jamás pretendieron saber más; eso bastaba para aprobar esa violencia fortuita. Por desgracia para mi sosiego, yo únicamente podía ver el suceso aislado en la urna impermeable del bar; un chico indefenso y unos gorilas avasallando, sin conexión con sucesos externos o anteriores a los observados en aquellos precisos instantes. Sin embargo, me importaba lo ocurrido con anterioridad, no porque mi juicio sobre el dolor del chico fuese a cambiar por ello, sino por el deseo iluso de reconciliarme con Tina, a pesar de no haber existido discusión alguna, a sabiendas de que el cabal conocimiento de los hechos sería inútil, porque aquel guiño de Tina a los policías había surgido precisamente en el desconocimiento de los actos del chico antes de irrumpir en nuestro bar.

He vuelto. Tres días hospitalizado. Me preguntaron y no mentí. Me habían dado una paliza. Me faltaba un diente. Desconocía si iba a decirles quién me la dio, pero no hizo falta mentir porque Tina, precisamente ella, afirmó que habrían sido unos gamberros, y cuando todos la miramos, continuó diciendo, “como ese chaval al que cogieron aquí”. Yo me reí y todos la creyeron. Fue así de fácil. No hizo falta decir nada más. Si volví al día siguiente, si lo soporté, puedo afirmar ahora que sin duda habrá una próxima vez.

Cualquier día a Nito se le escapará una frase. Quizás sea la espera de ese momento lo que en verdad me obliga a volver todos los días y casi emborracharme con Tina, frente a frente en el mostrador, mientras contemplo cómo mi cara cada vez se parece más a ese extraño que un día se afeitó a la luz de una vela. En realidad, no necesito la confirmación de Nito. La obtendría fácilmente quedando un día a solas con él en cualquier parte. Porque Nito, a lo ocurrido, no le sabe dar valor. Yo no desconozco la realidad de los hechos. Tampoco deseo confirmar nada. Espero, tan sólo, para poder observar el gesto de Tina, sobre todo sus ojos, cuando se encuentre ante esa realidad vergonzante que rehuye: confirmar, por la frase inadvertida de Nito, y mi velada reacción, que yo siempre lo supe.

Lo del hospital no fue un accidente, tampoco una enfermedad. En verdad sólo hubo un hecho del todo fortuito, coincidir en el centro con una manifestación. Me adentré en ella sin demasiada pasión. A mi alrededor todos gritaban, resulta comprensible, protestaban por algo y habían tomado la calle, pero todavía hoy desconozco sus exigencias. Puede resultar sorprendente, pero en aquella masa vociferante encontré la soledad y acabé de confirmar lo temido tantas veces desde aquel día, cuando el chico fue golpeado en nuestro bar, el falso andamiaje de nuestra amistad puesto de relieve en aquel discreto gesto de Tina. Por eso, cuando vi delante de nosotros el batallón de antidisturbios, no pude reprimir el dolor ante el hecho de no ser capaz de anular aquel instante de mi memoria, algo tan pequeño, pero tan relevante como una traición, aquel guiño en dirección al aseo de señoras.

Ese muro entre Tina y Nito, y yo, era como el de los policías delante de nosotros, una provocación al sentido de mi vida. Sus ojos ocultos tras la visera del casco me incitaban a la violencia, porque no era humana aquella mole de carne impidiendo el paso con sus porras y fusiles. Tampoco nosotros lo seríamos, una serpiente más animal que humana reptando y rompiendo las calles.

Levantamos y dimos la vuelta a un coche. La gasolina se derramó. Alguien tiró su cigarrillo contra aquel líquido arco iris y un reguero de fuego y humo negro se extendió perpendicular a la calle. Agarré una valla metálica y la arrojé contra las patas de un caballo. Gemía en el suelo y ese único gesto de dolor animal hubiera bastado para detenerme, pero alguien me golpeó por detrás y empecé a correr intentando seguir a la gente, mientras un venero que creí de sudor resbalaba por mi mejilla y teñía mi camisa. Entré en una cafetería cargada de humo, donde sólo pude ver a los camareros detrás del mostrador, también algunos ojos sorprendidos, y me abalancé hacia el fondo. Cuando llegué ante las puertas de los aseos me detuve ya totalmente sereno. Recuerdo mi sonrisa y la señora de perfil con su sombrilla y el miriñaque. Abrí la puerta, la cerré con el pestillo, me bajé los pantalones e intenté cagar y llorar todo mi dolor y mi odio, antes de que alguien finalmente reventara la puerta.

 

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