RuiValdivia

Horas non numero nisi serenas

SIEMPRE VIVA Y EN MOVIMIENTO (2ª parte)



 

 

 

 

 

 

……continúa…

Quizás el elemento más destacable del nuevo paradigma de la postmodernidad consista en la generalizada desconfianza en los metarrelatos, esas justificaciones trascendentes que sustentaban la esperanza ilustrada en el progreso y en los derechos humanos, entre otras cosas. Por lo que cada vez nos vamos instalando con más claridad en el relativismo científico y ético. Frente a las éticas tradicionales basadas en la adhesión, nuestra época nos exige otro tipo de fundamentación del comportamiento social deseable. Por ello nos recuerda Ibáñez acertadamente, que el relativista no es un indiferente moral, y precisamente porque impugna la mentira de los valores trascendentes que se asumen acríticamente, su acción y argumentación individual en favor de una determinada conducta adquiere una dimensión tan significativa frente a todos los fundamentalismos:

Por lo tanto, un relativista puede proclamar, sin ser contradictorio, que sus valores son mejores que otros, que ciertas formas de vida son preferible a otras y que está, eventualmente, dispuesto a luchar por ellas. Sin embargo, a diferencia del absolutista, declara al mismo tiempo que esos valores que asume como mejores carecen de cualquier fundamentación última, siendo, en ese aspecto, equivalentes a cualquier otro valor (…) Aceptar un sistema de valores que, al no depender de nosotros, sólo nos ofrece la adhesión, conduce a abandonar todo pensamiento crítico y a renunciar a ejercer nuestra libertad (Ibáñez, página 132-133).

En este punto volvemos a Gordon y a los capítulos en los que va a explicar, en torno a los conceptos del poder, la violencia, la tecnología y la patria (o el nacionalismo), cuál podría ser el comportamiento político de un anarquista en su vida cotidiana. Porque el pensador y activista israelí va a reflexionar sobre estos temas ya instalado en eso que hemos llamado posmodernidad y que la mayoría de las personas perciben como una rotura abrupta respecto a las evidencias que parecían sustentar el mundo, occidental, de sus padres y abuelos: el trabajo indefinido a cuenta ajena, la seguridad social y el Estado benefactor, las costumbres avaladas por la tradición, la soberanía política, la certeza de la ley, el progreso moral, la seguridad individual, la certidumbre sobre el futuro. En suma, instalados en la precariedad, en la desconfianza total hacia una clase política corrupta, en un sistema democrático de selección de élites fraudulentas, aterrorizados por los fundamentalismos, por un mundo incomprensible que nos amenaza en forma de catástrofes ecológicas, nucleares y biológicas, en el hambre, en la pobreza y la explotación, en la manipulación mediática y tecnológica, en la evidencia de que ya no volveremos a ser ciudadanos libres y dueños de nuestros destinos, en un mundo donde los flujos de información oficiales se basan en la mentira, el consumo en un aburrimiento atroz que sólo la realidad virtual de las nuevas emociones tecnológicas parece paliar.

Nos guste o no, nos sintamos cómodos o abrumados, el mundo que tenemos es éste, y tenemos que aceptarlo y entenderlo porque define el campo de juego donde necesariamente vamos a tener que actuar, aunque evidentemente “no en nombre de la modernidad”, porque resultaría imposible y obsoleto. Aceptemos o no la posmodernidad, el mundo está cambiando y tenemos la obligación de “intentar ver cómo son esas nuevas formas de dominación que se avecinan. Si queremos entender el presente y fortalecer nuestra capacidad de acción, tenemos que descifrar el discurso de la postmodernidad” (Ibáñez, 111).

Para realizar el análisis sobre qué hacer para cambiar este mundo y dar sentido al lema tan anarquista de “otro mundo es posible”, Gordon se sitúa directamente en la perspectiva de una comunidad que deseara vivir en el entorno amenazante -¿y esperanzador?- de la posmodernidad, pero utilizando ya los principios de actuación propios de una sociedad anarquista, y que hemos recordado al comienzo de esta recensión bajo el concepto de las “políticas prefigurativas” (sobre las que también pude orientar, desde otra perspectiva, el reciente libro de El Correo de las Indias, “El Libro de la Comunidad: guía práctica para vivir y trabajar en comunidad”). Y para ello, aborda el controvertido tema del poder, al que ya le ofrece el perfil característico del discurso postmoderno, no concebido tanto como un poder físico que coacciona, sino como un flujo de relaciones e impactos mutuos entre actores que, en principio, van a estar dotados de muy diversa capacidad de influencia. Toda comunidad debe adoptar decisiones, y el anarquismo se basa en que afloren por consenso, pero como destaca Gordon, “(…) con toda su descentralización, autonomía y estar sentados en círculos durante las reuniones, existen claramente cuestiones de poder en el movimiento anarquista”, porque “Los anarquistas y sus aliados están, después de todo, experimentando en un terreno desconocido de organización no jerárquica y relaciones sociales que desafían la dominación, a contracorriente de nuestra propia socialización como niños, estudiantes y trabajadores”.

Para apreciar mejor la problemática, tanto los beneficios del justo y equitativo ejercicio del poder, como de sus peligros, relacionados con su desigual reparto, Gordon categoriza el poder en tres tipos, el poder-para, el poder-con y el poder-sobre. Y destaca la orientación que va a guiar todo su discurso al respecto:

Los anarquistas están claramente ‘en contra del poder’. Este malentendido común se revela fácilmente como falso en el lenguaje político anarquista, que considera el ‘empoderamiento’ como un objetivo positivo. El ‘empoderamiento’ es percibido como un proceso por el cual las personas literalmente adquieren poder, bien sea de forma material (por ejemplo, mediante el acceso a recursos y capacidades necesarios para impulsar cambios) o psicológica (adquiriendo la confianza necesaria para las iniciativas y los motivos para crecer que serán eficaces). Por otro lado, naturalmente, los anarquistas quieren ‘combatir el poder’, o al menos ‘los poderes fácticos’, y resistir todos los sistemas de dominación bajo los que las personas son sometidas sistemáticamente al poder (Estado, capitalismo, patriarcado, etc.). Esto no indica un ‘rechazo del poder’, sino un uso más matizado y diferenciado del concepto” (Gordon, 92).

Creo que la parte más interesante del discurso de Gordon al respecto se encuentra en la elaboración del poder-con, ya que este tipo de poder es el que fluye dentro de las organizaciones y comunidades libertarias, entendido como “la influencia sin fuerza, coerción, manipulación o autoridad (…) casos en los que las personas consiguen que otras hagan cosas sin que exista un conflicto de voluntades o intereses entre ellas, y estos son casos en los que se ejerce algún tipo de poder” (Gordon, página 100); y porque es un tipo de poder al que se le ha prestado menos importancia en otros estudios.

(…) aunque el poder-con se distingue claramente del poder-sobre, puede ejercerse sin embargo de forma desigual y/o abusiva, y aquí es donde se plantea el presente debate (Gordon, página 101)

Y ya que el poder no procede de la nada, sino que existen unas fuentes claras que dotan de capacidad a las personas para influir en lo que se hace dentro de una comunidad, el contenido de este capítulo se va a centrar, sobre todo, en detectar estas fuentes, caracterizarlas, con objeto de poder trabajar en los instrumentos de redistribución del poder dentro de las organizaciones. Me parece muy ilustrativa la clasificación que nos ofrece Gordon, de cada una de estas fuentes, en un diagrama de doble entrada en virtud de la facilidad/dificultad de distribución dentro de la comunidad, y del carácter gastable (suma cero) o no (suma no cero) del recurso que se desea distribuir. Por ejemplo, el tiempo que cada persona posee para participar, se trata de un recurso difícil de distribuir entre los miembros (cuidado de familiares, trabajo individual, responsabilidades colectivas, etc.), y de suma cero, porque el tiempo es limitado y lo que se emplea en una actividad se pierde para otra alternativa. Pero la información o la habilidad para escribir son fáciles de distribuir con el aprendizaje conjunto, y son además de suma no cero, ya que no se gastan, sino que se agregan. Evidentemente, las fuentes del poder más problemáticas serían las que fueran más difíciles de repartir y además de suma no cero, donde se incluirían factores muy dependientes de la personalidad de cada sujeto: compromiso, carisma, energía confianza, etc. Aunque también estaría por ver qué peso real posee cada una de estas fuentes de poder en la mayor o menor desigualdad con la que participan de las decisiones conjuntas los miembros de una comunidad.

El capítulo del poder se completa con un análisis muy pertinente y clarificador acerca del llamado “poder invisible” dentro de las redes libertarias, también sobre el mayor o menor formalismo que deberían poseer las estructuras organizativas, y sobre el papel que puede jugar la descentralización y la fiscalización tanto en el trabajo, como en las decisiones que se adoptan en común.

En el siguiente tema que aborda Gordon se aprecia la valentía de este pensador, al abordar frontalmente un punto controvertido de la estrategia histórica y actual del anarquismo, cual es el de la violencia, cuestión que siempre ha estado abierta dentro del movimiento, pero que en la actualidad adquiere otra perspectiva al haberse producido “el renacimiento de un movimiento anarquista en un entorno donde una cultura de radicalismo no violento había alcanzado un estatus hegemónico”.

Hace bien el autor en aclarar con ejemplos el tratamiento tan disímil que se le da a la definición de violencia según la situación que ocupa cada sujeto-definición dentro de la cadena de poder. Siguiendo a Zigmunt Bauman aclarará lo siguiente al respecto:

(…) las pretensiones humanistas de la Ilustración han operado para retratar a la modernidad como un proceso que suprime la violencia y la brutalidad de las relaciones sociales. Pero esta creencia necesita ser justificada ante el hecho de que la violencia no ha sido eliminada sino solo redistribuida (…) Para mantener la creencia de que la violencia en las relaciones sociales está en retroceso, la propia palabra ‘violencia’ se ha codificado en uno de los lados de dicotomías como legal-ilegal, legítima-ilegítima, normal-irregular (Gordon, páginas 148-149).

Me resulta grato también que el autor no recurra en ningún momento a vaguedades, ni a lugares comunes, tampoco a rasgaduras de vestiduras, ni a edulcorantes morales, posturas todas ellas demasiado habituales cuando se habla de pacifismo, violencia, etc. Y enfatiza dos ideas que me parecen muy oportunas para poder reflexionar a partir de ellas. En primer lugar, que “la violencia se percibe de manera intuitiva como algo malo, aunque esté destinada a prevenir algo peor” y que por tanto, que cuanto menos violencia exista en una sociedad, sumándolas todas, normal e irregular, legítima e ilegítima, legal e ilegal, esta será mucho mejor. Y en segundo lugar, que “es simplemente falso que los anarquistas deseen ‘una sociedad no violenta’ y nada más”.

(…) habría que enfatizar que el tipo de violencia que los anarquistas buscan abolir fundamentalmente es la violencia institucional (…) Así, la acción violenta contra la (re)producción del orden social jerárquico es tan conveniente ahora como en una sociedad sin Estado (Gordon, página 172 y 174).

Plantea así Gordon un tema relevante en relación a la efectividad de las “políticas prefigurativas” a las que antes aludíamos y a la capacidad que poseen las personas de organizarse al margen del Estado prefigurando hoy la sociedad libre del mañana, que sería la plausible actitud hostil del Estado para recuperar esos espacios liberados que a medida que fueran creciendo irían agotando el modelo estatal convirtiéndolo en inoperante.

Evita el autor tanto estigmatizar la violencia, como sacralizarla, y aborda el tema creo que con un espíritu pragmático y en cierto modo, utilitarista, que creo que resulta muy apropiado a las circunstancias de un movimiento que busca la libre asociación y la emancipación de las estructuras de poder autoritario, sobre todo cuando el autor, como luego veremos, ha vivido con tanta intensidad el conflicto entre Israel y Palestina. En esta línea, léase su conclusión acerca del papel que debería jugar la violencia:

La perspectiva estratégica actualmente extendida es que el camino a la revolución implica la proliferación de proyectos urbanos y rurales sostenibles y el desarrollo de técnicas e infraestructuras. Pero aunque esto se plantea normalmente en términos de ‘vaciar’ el capitalismo, también puede considerarse como la creación de una base social sostenible para una mayor actividad militante, hacia una (posible) insurrección (…) Por lo tanto, cuando se trata de violencia, parece que en el análisis final los anarquistas no pueden hacer nada salvo ser responsables, experimentar y dejar abiertas sus alternativas (Gordon, páginas 188-189).

Tras el poder y la violencia, continúa Anarchy alive! con el tema de la tecnología, en el que no he sido capaz de encontrar una línea argumentativa tan coherente y original. Empezando por la afirmación del autor de sentirse muy cercano al anarco-primitivismo. Y por otro lado que, entendiendo que un amplio sector del movimiento libertario no asumiría una propuesta anti-tecnológica tan contundente, que no se atreva tanto a explicar su postura individual, cuanto a lanzar ideas provechosas con objeto de animar un debate en el que cada cual deberá asumir la posición más responsable y fundada al respecto. O así lo he entendido yo, al menos.

Para ello, parte de la siguiente afirmación:

Hay una comprensión extendida de que la tecnología debe ser abordada no como una cuestión de dispositivos individuales, sino como un complejo socio-tecnológico que interconecta sistemas de interfaces humano-máquina que definen el comportamiento humano, manteniendo y ampliando las desigualdades de riqueza y poder (Gordon, página 194).

El autor considera, claro está, que la tecnología no resulta neutral y que en una sociedad jerárquica y capitalista como la que padecemos, la tecnología ni se encuentra en las mejores manos, ni tampoco se ha creado con otro fin que el de explotar y mantener la relación de poder existente. Pero tiende a considerar unidireccionalmente la influencia que la tecnología ejerce sobre las relaciones sociales, olvidando a menudo que la tecnología, como bien afirmaba en la cita precedente, es una relación social mediada por la innovación, tanto respecto a la organización social, como a los instrumentos materiales que se utilizan, por lo que casi cualquier técnica siempre va a poder ofrecer la posibilidad de convertirse en una herramienta de liberación.

Realmente el actual sistema centralizado basado en los monopolios ha tomado ya decisiones sobre infraestructuras que dificultarían la descentralización, que parecen obligar a que las decisiones sobre su gestión siempre tengan que ser adoptadas por los expertos de una cadena de mando jerarquizada: centrales nucleares, redes de transporte tipo alta velocidad o autopistas, grandes redes de distribución de agua potable y de electricidad, aeropuertos, satélites, etc. Si las decisiones sobre infraestructuras hubiesen sido adoptadas por comunidades autónomas federadas, el mapa hubiese sido muy diferente al actual, qué duda cabe, pero ello no significa que aun así, no exista la posibilidad de seguir apostando por la tecnología como aliada del anarquismo. Sobre este tema y otros, el libro deja interrogantes, justificados por su dificultad, pero sorprende que la conclusión del autor sea de este cariz:

No hay que ser anarquista para ser pesimista frente a la tecnología, pero para los anarquistas contemporáneos pareciese ser que el optimismo tecnológico definitivamente no está en sus agendas (Gordon, página 214)

Creo que para realizar una afirmación de ese calibre, el autor debería haber realizado una argumentación mucho más profunda y menos sesgada en cuanto a fuentes bibliográficas. Así y todo, el autor aboga por defender una especie de “ludismo anarquista contemporáneo”, que “debe ser entendido como la avanzada de todas las formas de resistencia abolicionista a las nuevas oleadas tecnológicas que promueven la centralización del poder y el control social, la desigualdad y la destrucción ambiental”

Tan sólo cuando analice las tecnologías low-cost, y sobre todo internet –sorprendentemente olvida el tema de la producción 3D o el mundo del prosumidor-, apostará por una visión más abierta, en la que citando al pensador y activista Barandiarán, reconocerá “el potencial emancipatorio de la tecnología dentro de los márgenes del capitalismo, y extender la ética hacker a una ‘micropolítica subversiva de fortalecimiento tecnosocial’”, considerando “el espacio tecnológico como espacio político y la actitud hacker como una forma de experimentar colectivamente los límites de los códigos y máquinas que nos rodean para reapropiarnos de sus usos posibles y sociológicamente relevantes”.

Para finalizar, el libro se adentra en un terreno de gran complejidad, el conflicto entre Israel y Palestina, donde el autor se ha implicado en grupos como “Anarquistas Contra el Muro” o el “Movimiento de Solidaridad Internacional”. Aquí el relato cobra intensidad alrededor de dos ejes o cuestiones que el autor ilustra con sinceras experiencias en Israel y en los Territorios Ocupados: ¿cómo el anarquismo puede ayudar a las víctimas de un conflicto sin a su vez estar apoyando la solución nacional y patriótica por la que apuesta las partes más representativas de este colectivo? Y en conjunción con ello, la exposición de las formas de organización, acciones, campañas y actividades que los colectivos anarquistas desarrollan allí, el análisis que estas formaciones acometen sobre la violencia y sobre la cooperación entre israelís y palestinos en el seno del movimiento anarquista.

La tensión entre los compromisos antiimperialistas de los anarquistas, por un lado, y su tradicional rechazo a cualquier Estado y nacionalismo, por otro, pareciera llevarles a un callejón sin salida en relación a las luchas de liberación nacional de los pueblos ocupados (Gordon, página 262).

Todo el debate en torno a esta cuestión, en contraste también con la visión que poseen otros anarquistas ajenos al conflicto, pero que han escrito sobre él, me parece de gran interés y ofrece muchos elementos para la reflexión. Aquí el autor israelí despliega un elenco de acciones y experiencias, una visión de la realidad de la guerra a la que resulta difícil acceder y tener conocimiento, por lo que la simple narración y análisis de esta información, ya posee un valor inestimable. Nos habla de la estrategia no-violenta que en este caso adoptan los anarquistas en la guerra, con el fin de singularizarse, pero también el enorme coste psicológico al que se ven sometidos los militantes, lo que ha provocado que la continuidad de los grupos haya sido muy complicada. También nos narra la forma tan peculiar en que la lucha contra la ocupación se comparte con otras empresas liberadoras en el propio Israel, en las que los anarquistas aúnan esfuerzos para denunciar el carácter racista y autoritario del Gobierno, en alianza con feministas, homosexuales, ecologistas, etc.

Finalmente, el autor realiza una apuesta en pos del biorregionalismo, un intento de conciliar las identidades múltiples en el territorio con sus características ambientales, geográficas, fisiológicas, etc., apoyándose en experiencias de ese tipo que se han realizado fundamentalmente en Estados Unidos desde principios del pasado siglo.

El biorregionalismo está así en consonancia con las reivindicaciones anarquistas de autorrealización y es un canto a la diversidad de identidades (…) Las biorregiones no reconocen las arbitrarias fronteras políticas y son inadecuadas para el control desde arriba. La organización de la vida social y económica de acuerdo con los principios biorregionales propugna un alto grado de autonomía local (Gordon, página 273)

Postula así una especie de identidad no esencialista que se basaría en el vínculo local y en una cultura compartida de producción en consonancia con las características naturales de la biorregión, en complementariedad con la vivencia en otras identidades personales y colectivas.

El libro concluye con el siguiente desafío:

Un nuevo mundo interconectado y globalizado a gran escala tendrá que lidiar con una reducida base de recursos y un clima inestable, que potencialmente pondrá a la humanidad en un momento único de inestabilidad crítica, un ‘punto de bifurcación’ donde una fase de transición puede pasar de ser un modelo dinámico a otro, sea éste una guerra de pandillas, un ecofascismo o un mundo pacífico de autosuficiencia, libertad y apoyo mutuo. En otras palabras, es inevitable que las cosas cambien; hacia dónde, depende de nosotros.

En resumen, estamos ante dos libros que nos aportan información valiosa sobre el anarquismo del siglo XXI, sobre los cambios operados en este movimiento tras la II Guerra Mundial, y los debates y vivencias en los que están involucrados las personas que desean convivir hoy en estructuras no autoritarias, contra la dominación económica y política.

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