Entre dos años

Estamos en la semana de los balances. Me parece muy oportuna esta actividad de situarse en la encrucijada para mirar a la vez hacia atrás y adelante. La deberíamos realizar en más ocasiones. Esta que nos ofrece el cambio anual resulta una excusa, como cualquier otra, para evaluar lo que fue el año e intentar extraer las claves del trabajo durante este nuevo año que en breve se inicia.

Estamos en la semana de los balances. Me parece muy oportuna esta actividad de situarse en la encrucijada para mirar a la vez hacia atrás y adelante. La deberíamos realizar en más ocasiones. Esta que nos ofrece el cambio anual resulta una excusa, como cualquier otra, para evaluar lo que fue el año e intentar extraer las claves del trabajo durante este nuevo año que en breve se inicia.

Miro las entradas de mi blog de enero de 2016 y compruebo que justo comencé el año con la que ha sido una de mis tareas más intensas, la redacción del primer post de “En las fronteras del arte”, un trabajo del que ya se han publicado 27 capítulos, y que debería  dar por terminado en los inicios del 2017. No se trataba de hacer un manual sobre el arte, sino de intentar explicar el papel que desempeñan las “experiencias artísticas”, el “artear”, en esa amalgama de racionalidad y emoción que compone la percepción y la cognición humana.

Ahora que ya estoy considerando cómo concluirlo, también me pregunto sobre la utilidad y razón de ser de este trabajo tan intenso y continuado. Lo comencé sin tanta pretensión como ha ido cobrando, y con el objetivo de recapitular personalmente, es decir, de intentar analizar lo que me habían aportado tantas horas de experiencias artísticas, en un momento en el que precisamente había sustituido mi trabajo profesional en la ingeniería por el de las políticas culturales y artísticas en materia musical.

No se trataba de recapitular mis gustos, su evolución y valorarlos, sino de ir un poco más allá, de intentar captar qué es lo que le aporta la experiencia artística a la vida humana. No únicamente el arte, no sólo la obra de arte clásica, no las bellas artes, sino ese tipo de experiencia particular que engloba a las anteriores, pero que va mucho más lejos.

No voy a realizar ahora un resumen de este trabajo, que lo postergo al mes de enero, cuando redacte el correspondiente capítulo de las conclusiones. Pero diré que valoro muy positivamente este esfuerzo, porque me ha permitido estudiar e integrar campos de conocimiento diversos, alcanzar una mejor comprensión a nivel personal de los procesos que se desencadenan en mí, o en cualquier persona, cuando oigo música, leo poesía o veo cuadros. Y aunque considero que si bien el sistema de las bellas artes, o el sistema moderno del arte está moribundo, no así la necesidad de experimentar artísticamente, porque del tipo e intensidad de las experiencias artísticas que seamos capaces de crear, en conjunción con el resto de nuestras experiencias y prácticas vitales y comunitarias, va a depender la oportunidad de imaginar otros mundos, de anticipar nuevas comunidades, de revolucionar nuestros actuales modos de vida.

Lamentablemente, apenas ha habido comentarios alrededor de “En las fronteras del arte”. Sólo  muy al final, las aportaciones siempre valiosas y radicales de David de Ugarte, que me fuerzan a la autocrítica, a releerme y a extraer nuevas reflexiones; han llegado cuando había comenzado a internarme en este terreno resbaladizo y siempre no muy bien considerado de las relaciones del arte con la política. Espero que en este tramo final se sumen otros al debate.

Con tristeza compruebo que durante 2016 sólo he publicado tres post de la serie CRISI. Para mí era muy importante esta serie. Sobre todo porque era un aprendizaje y una forma de obligarme a escribir artículos cortos, de no más de tres páginas, en torno a temas que procuraba dejar abiertos con objeto de fomentar el debate y la conversación.

Durante este año he de incidir en esta línea de redactar artículos más sintéticos y concretos, evitar dispersarme en aspectos colaterales, intentando destacar con sencillez y claridad las líneas básicas de los temas y las materias sujetas a reflexión o consideración. Visto en perspectiva, debería haber ido un poco más despacio en el trabajo sobre el arte, y haber dedicado más tiempo a entrenarme en estos artículos cortos de la serie CRISI.

Uno de los hitos más ilusionantes ha sido mi participación, primero, en El Club de las Indias, y posteriormente, en esa cooperativa tan especial que se llama El Arte de las Cosas. Al poco de inaugurar mi blog en mayo de 2012 me topé con el blog de Las Indias, al que comencé a seguir con auténtica fruición, una mezcla de cercanía y sorpresa que me tuvo prendido mucho tiempo, porque tan pronto advertía coincidencias casi mágicas, como al poco, auténticas roturas de esquemas. Me hicieron pensar mucho estos amigos, y me aportaron numeroso material, propio y extraño, para la reflexión. Con independencia de esas concordias y disensos “intelectuales”, fui sintiendo una cercanía humana cada vez mayor. Y la fortuna fue que se mudaran a vivir a Madrid y que aprovecháramos esta oportunidad para añadir presencia y convivencia a la que ya era nuestra comunidad virtual.

Los pasos durante este año han sido los siguientes.

Primero, construir entre todos los que constelábamos a las indias, un club “informal” de amigos que deseamos hacer cosas en común, reflexionar y actuar conjuntamente, y a los que nos mueve el deseo de experimentar, y en mi caso concreto, de formar algo parecido a lo que fueron los jardines epicúreos. En este post publicado el día de Navidad podréis encontrar las actividades/balance que ha realizado La Sociedad Cooperativa de las Indias durante 2016 y sus proyectos para el futuro más inmediato, en algunos de los cuales me siento partícipe.

En segundo lugar, activar la cooperativa El Arte de las Cosas, con el objetivo de convertirla en una herramienta de experimentación cooperativa de aquellos que formamos el club y así lo deseen. Como ya dije en una ocasión:

Estamos creando una comunidad de productores, donde cada cual aporta un proyecto individual que acogemos como propio. La identidad sería la especial cultura que estamos generando en nuestras conversaciones y trabajos comunes alrededor de estos proyectos. Todo lo basamos en la confianza mutua. En la creencia de que los proyectos individuales sólo se pueden desarrollar en comunidad, y que las herramientas y las experiencias que compartimos y que generamos son libres y por tanto, que las ofrecemos al procomún, a cualquier persona o colectivo que desee incorporarlas a sus propios proyectos.

Lo primero que hicimos fue hacernos cerveceros y adquirir todo el material necesario para fabricar cerveza con el ánimo de “jugar” a ser cooperativistas y con el anhelo de que esta experiencia nos ayudara a construir aquellos otros proyectos que nos entusiasman individualmente y que deseamos compartir con el resto de amigos del club. Así surgió también el Proyecto Califactos, del que luego hablaré. Hasta ahora ya hemos producido unos 100 litros de cerveza (la última la Bock), un regalo para los sentidos y para los amigos.

En tercer lugar, reunirnos en torno a SOMERO, en el mes de octubre, con el objetivo de compartir experiencias, buscar inspiración y encontrar la mejor forma de integrarnos. Fueron dos días magníficos en la sierra pobre de Madrid, cuyo poso de conversación y trato se mantendrá durante mucho tiempo.

Y por último, y con esto llegamos al mes de diciembre, lo que hemos denominado la federación de blogs. Que consiste en disponer en una misma plataforma los blogs de los amigos del club que así lo deseen. De este modo, mi habitual dominio se mantiene en ruivaldivia.net, pero todo lo que publique automáticamente se transferirá a ruivaldivia.lasindias.club, con un formato diferente y compatible con el del resto de blogueros de El Club de las Indias. De esta forma ofrecemos conjuntamente una ventana más amplia y diversa, y fomentamos a su vez la conversación interna, la cual ya se había activado gracias a la posibilidad de conectar La Matriz (una red social) con los blogs, y por tanto, facilitar la publicación de comentarios y la conversación en torno a los artículos y opiniones.

Vuelvo a repasar los blogs y en el mes de febrero veo el primer CALIFACTO, esa integración de CALIgrama y arteFACTO, que en esa primera versión todavía era un tanto pedestre, pero que con el tiempo he ido madurando y diversificando hasta alcanzar en el mes de diciembre un total de 37 CALIFACTOS.

Éste de los califactos también ha sido un campo de actividad intenso que nunca creí que fuera a tomar el cariz que finalmente alcanzó. Me refiero a que los califactos surgieron con gran espontaneidad e intuición, pero a medida que crecían he ido construyendo a su alrededor todo un entramado vital, de aprendizaje y de producción. Vital, porque compruebo que sin premeditación, los califactos han crecido en paralelo con “En las fronteras del arte”, y creo que este itinerario común no ha sido fortuito, sino que en cierta forma las reflexiones teóricas sobre las experiencias artísticas han nutrido la praxis de los califactos y de El Arte de las Cosas.

De aprendizaje, porque he ido aprendiendo a expresarme mejor en la misma experiencia de vincular texto e imagen. Yo, que nunca había dibujado, de pronto me pongo a experimentar y consigo fabricar unos artefactos, a los que finalmente denominé “artesanías cognitivas para el procomún”, en torno a los cuales se ha creado una pequeña comunidad humana que ha deseado que los transformara en algo más que entradas de un blog, y que ha apoyado y me ha empujado hacia un proyecto de micro-financiación comunitaria que finalmente ha tenido éxito.

El Proyecto Califactos nació así, poco a poco, pero acelerándose en un emocionante sprint final del que han salido casi 100 calendarios 2017 y más de 70 paquetes de 10 tarjetas de felicitación. Ha sido ésta una auténtica experiencia de producción colaborativa donde he reunido alrededor de esta aventura a diversas personas de El Club de las Indias, y que se ha apoyado en la plataforma cooperativa de El Arte de las Cosas para realizar la difusión, construcción y gestión económica del proyecto.

He deseado destacar este itinerario vital durante 2016 porque creo que es el que realmente vertebra el resto de actividades que he realizado durante este año que ahora acaba, y sobre el que deberá bascular las actividades que deseo emprender en 2017, y que a continuación os expongo sucintamente.

Ya hablé de CRISI y de la necesidad de escribir una serie de post de reducida extensión.

Si la inspiración no me abandona, continuaré fabricando CALIFACTOS. El proyecto debe seguir adelante, y se me ocurren los siguientes retos:

  • Mejorar mi técnica de dibujo, y perfeccionar mi manejo de las herramientas informáticas de diseño gráfico.
  • Buscar formatos que permitan una mejor y más clara visualización en las pantallas.
  • Mejorar la integración con el sonido, y por tanto, buscar algún tipo de coalición para el aprendizaje.
  • Construir dentro de mi blog una página de califactos, donde aparezcan en forma de muestrario y que al seleccionar uno de ellos automáticamente aparezca en pantalla completa según se escucha el audio asociado a él.
  • Realizar vídeos de califactos, e intentar utilizar el potencial de las tecnologías de la imagen para mejorar su transmisión en la red.
  • Buscar productos ligados a los califactos en torno a los cuales poder seguir construyendo una comunidad de producción que progresivamente me dé autonomía económica y la posibilidad de emprender nuevos proyectos.

Otra actividad que no debería postergar sería la de difundir más y mejor, y la de transformar en materiales diversos el “Ensayo sobre las dos ruedas”. Flotan algunas ideas al respecto y me gustaría poder materializarlas.

También creo que de esa “mina” que es ahora “En las fronteras del arte”, podrían realizarse algunas actividades en torno a su edición, o extraer materiales para otros proyectos como un audiolibro, o fabricar instrumentos de aprendizaje. Sobre este trabajo me gustaría tener una conversación en El Club de las Indias, con objeto de perfilar futuros proyectos.

Creo que en mi blog debería abrir un espacio nuevo, algo así como una galería de curiosidades, un lugar donde fuera colgando las lecturas, blogs, vídeos, convocatorias, conciertos, actividades, etc. que más me hayan interesado, con un breve comentario sobre las razones y sobre la utilidad que ello pudiera tener para las personas que se conectan con mi blog.

Y también creo que sería útil que pudiera gestionar mejor la lista de personas que siguen mi blog, entre otras cosas, para organizar alguna quedada presencial y así poder trascender lo virtual.

Si no empezar algún proyecto concreto, sin embargo, sí me gustaría reflexionar y conversar sobre el aprendizaje, sobre la formación, sobre eso que a veces hemos denominado la post-universidad, y que debe dar cuenta tanto del aprendizaje durante toda la vida, como de construir una alternativa a los sistemas tradicionales de educación.

Sobre este tema extraigo estas palabras del siguiente post indiano:

No puedo dejar de pensar que en un cierto tiempo esa experiencia de aprendizaje sobre itinerarios en grupos de trabajo pueden ser la base de esas nuevas post-universidades dedicadas a las humanidades prácticas con las que soñamos. Instituciones por nacer, herederas tanto de la lógica vocacional universitaria hoy en extinción, como de las universidades populares. Una experiencia cuya necesidad constatamos ya en los años del ciberpunk y cuya experimentación venimos proponiendo infructuosamente a posibles mecenas y aliados desde los orígenes mismos de las Indias… por lo que tendremos que hacerlo paso a paso y por nosotros mismos.

La posibilidad de confeccionar algún itinerario en este ámbito me ilusiona y me parece de gran interés práctico.

Finalmente, y en continuidad con los dos trabajos previos del “Ensayo sobre las dos ruedas” y de “En las fronteras del arte”, abrir una nueva línea de reflexión profunda. Tengo un par de ideas sobre las que tengo que seguir madurando, pero el ensayo largo, meditado y reposado siempre me ha atraído y me reporta muchas satisfacciones, además me ofrece la oportunidad de aprender y de unir la reflexión con la praxis.

Gracias.

Arte para el espectáculo

Las experiencias artísticas modernas han tendido siempre a mantener la distancia entre el espectador pasivo y la obra de arte, de igual modo a cómo el espectáculo teatral o cinematográfico se expone a la contemplación o admiración del espectador. Y también muchos de los análisis que se han realizado de nuestra sociedad y del papel que los medios de comunicación, la propaganda y la publicidad juegan en el engaño, ficción y encantamiento del mundo falso que se nos muestra, han tendido a considerar de forma pasiva y acrítica a los consumidores o espectadores que estamos expuestos al impacto del espectáculo.

Comienzo con una frase de Descartes, de sus “Cogitationes Privatae” un cuaderno de notas que Leibniz encontró y seleccionó, y en el que el filósofo francés incluyó numerosísimas reflexiones sobre las imágenes y la imaginación.

Así yo, al penetrar en este teatro del mundo en el que hasta ahora he sido espectador, avanzo enmascarado.

Así propondría yo que penetráramos en la sociedad del espectáculo que nos describió G. Debord en los años 60 del pasado siglo, y de la que somos herederos, que entremos como auténticos actores del espectáculo mediático, propagandístico y publicitario, pero con esa capacidad de distancia y perspectiva que nos puede ofrecer la máscara, que no deja de ser un sabotaje de la misma representación, un engaño que convierte en real nuestra propia imagen deformada por la propaganda.

Si nos quedáramos con la primera idea que se nos viene a la cabeza cuando los situacionistas nos hablaron de la actual sociedad del espectáculo, poco habríamos avanzado respecto a la interpretación de la realidad derivada del mito platónico de la caverna. El modelo de mundo espectáculo que Debord nos adelanta va más allá del idealismo platónico, o del teatro del mundo barroco, a pesar de la propia ambigüedad que a veces posee el texto original de Debord, y sobre todo, de algunas interpretaciones que se han realizado posteriormente y que sólo han incidido en las imágenes de nuestro mundo espectáculo como parte de un decorado, como maquillaje de la realidad o como un puro engaño. Esto es cierto, pero el espectáculo es más que eso.

La interpretación que habría que realizar del mundo espectáculo actual supera al modelo platónico o al cartesiano. Por varios motivos: no existe un autor, ni divino ni humano, de la comedia, y por tanto, no existe un único responsable de lo que ocurre en nuestro mundo, aunque bien es cierto que el poder de decidir sobre la imágenes no se reparte por igual, pero también es verdad que en nuestro espectáculo se da la posibilidad de que los mismos espectadores podamos actuar sobre el escenario. Tampoco las imágenes representan ninguna esencia o verdad oculta del mundo que deba ser comprendida universalmente y que tras el engaño de los sentidos sólo el sabio o el investigador será capaz de desenmascarar. Las imágenes nos puedan engañar, claro, pero el criterio de referencia ya no será más la voluntad del actor de los hilos (dios), ni la luz de las candilejas (la razón universal), sino precisamente el resto de las imágenes del mundo, un criterio que deja de ser transcendente y que se hace material, inmanente al mismo mundo de las imágenes.

Las experiencias artísticas modernas han tendido siempre a mantener la distancia entre el espectador pasivo y la obra de arte, de igual modo a cómo el espectáculo teatral o cinematográfico se expone a la contemplación o admiración del espectador. Y también muchos de los análisis que se han realizado de nuestra sociedad y del papel que los medios de comunicación, la propaganda y la publicidad juegan en el engaño, ficción y encantamiento del mundo falso que se nos muestra, han tendido a considerar de forma pasiva y acrítica a los consumidores o espectadores que estamos expuestos al impacto del espectáculo.

El mismo Descartes en sus apuntes ya nos avanzó esta posibilidad en cierto modo emancipadora, que Ranciere recogió en “El espectador emancipado”, la posibilidad o más bien, obligación, de convertirnos en actores del espectáculo. Porque la definición quizás más productiva, a nivel de autonomía, sobre lo que es la sociedad el espectáculo la ofrece el mismo Debord al comienzo de su libro, y dice así: “El espectáculo no es un conjunto de imágenes, sino una relación social entre personas mediatizada por imágenes”. Y sobre ello, Ranciere afirmaría lo siguiente:

El espectáculo es ante todo una relación social, que está construida a partir de imágenes y por tanto a través de mensajes y una forma de entender y codificar dichos mensajes. Dicho de otro modo, y de manera amplia, una relación basada en toda una cultura visual. Del mismo modo se habla de capital, no para designar al dinero, la riqueza o los medios de producción; sino, a todo un conjunto de relaciones sociales mediadas y construidas por la riqueza y las relaciones de producción y dominación. En tal sentido, se entiende el espectáculo como forma social totalizante (…) Por lo tanto, el espectáculo no es decorado, maquillaje, o escenografía, que encubra la realidad del mundo; esto sólo puede ser afirmado de manera muy general. El espectáculo es la realización de una forma de mundo que vive la imagen como irrealidad, como separación.

Lo cual enlaza con ese resumen, un tanto críptico, que Debord realiza de la sociedad del espectáculo cuando afirma conclusivamente que el espectáculo es “el capital en tal grado de acumulación que deviene imagen“. Es decir, que en una sociedad como la actual, en la que los medios de producción se extienden al mismo capital que resulta imprescindible para fabricar mensajes, cultura, ideas,  modos de vida y emociones, el capital tradicional entendido como máquina de producción de mercancías se transforma en capital para la producción de imágenes, en eso que se ha llamado el capitalismo cognitivo o cultural que está sustituyendo al tradicional capitalismo “sucio” de la maquinaria y de la producción material de mercancías. No significa esto que el capitalismo tradicional haya dejado de existir. Pero su peso y representatividad decrece y se concentra en colectivos de bajo salario y pobreza, tanto en zonas hiperexplotadas del Tercer Mundo, como en los márgenes de las sociedades avanzadas.

Todas las épocas han concebido el mundo a través de imágenes. Esto no es nada nuevo. Los discursos y las imágenes suelen ir de la mano, y se han complementado alrededor de las ideologías y hegemonías que se han ido sucediendo a lo largo de la historia. El arte ha sido uno de los grandes proveedores de textos y de imágenes, tanto de las experiencias artísticas  promovidas por los poderosos como de las nacidas en el seno de los oprimidos o en los movimientos de liberación y emancipación.

A los humanos nos resulta muy difícil distinguir la naturaleza de la cultura y de la tecnología. La línea fronteriza entre esos campos cada vez resulta más difícil de establecer. Porque lo que percibimos depende de lo que Marx denominó el “régimen de los sensible”, que definió del siguiente modo en sus manuscritos de París:

El ojo ha devenido ojo humano de la misma manera que su objeto ha devenido objeto social, humano, creado por el hombre y para el hombre

Por tanto, y en concordancia con lo que mantiene la filosofía de corte constructivista o el pragmatismo (aquí y aquí), que la realidad humana se fabrica en coherencia con el régimen de percepción con el que cada época o grupo humano distingue, clasifica y se deja influir por lo que le rodea. Un régimen que debe mucho a las experiencias artísticas con las que cada comunidad ejercita su sensibilidad. Por tanto, la naturaleza no es algo sagrado, primigenio o trascendente al ser humano, ni siquiera la materia prima original, sino algo tan nuestro, tan artificial y natural, como un martillo, un ordenador, un arado o un cuadro de Velázquez (multinaturalismo).

Porque la distinción entre natural y artificial no deja de ser una forma de clasificar el mundo acorde con un especial régimen de lo sensible. No digo que un león sea igual que un paraguas, pero realmente tampoco un paraguas es igual que un destornillador. Claro, se podrá alegar, al león no lo ha creado el ser humano y además posee agencia o intención, de lo que se inferiría que todo aquello no construido y preexistente al ser humano sería natural. Pero al león lo percibimos también con un determinado régimen de sensibilidad, con una estética, y por ello, lo incluimos en un sistema de relaciones humanas y de imágenes y de discursos sobre lo que es el león, que lo convierten en un objeto también de nuestra fabricación, en función de cómo lo definimos, lo estudiamos y lo consideramos en nuestra política y relaciones sociales, sobre cómo escribimos de él y cómo lo representamos a través de imágenes. Todo león tiene una parte invisible, como todo lo que forma la realidad que nos rodea. El que consigamos hacer visible lo invisible del león se debe a nuestra capacidad de construir conocimiento, de generar nuevos regímenes de visibilidad. Y también nuestro poder para invisibilizar. El león y nuestra imagen del león coinciden, porque lo visible y lo invisible del león se dan por igual en la imagen y en lo representado por las imágenes.

Lo natural se ha definido casi siempre como algo contrapuesto a la cultura, pero es que lo natural es un producto también de nuestra cultura. ¿Existe algo más perverso que intentar encontrar qué es lo natural en el ser humano? Aquí reside el punto crítico de la trascendencia, de ese intento de naturalizar, como preexistente a la cultura y a las tecnologías humanas, una esencia primigenia, original y no transformada por la cultura, es decir, por el propio hombre, y de la que tiene que derivar o en la que debe fundarse la ética y nuestro comportamiento: un ser natural que tendría que definir el estar del hombre en el mundo.

Y digo todo esto porque también las imágenes con las que representamos el mundo son construcciones humanas que son percibidas según un particular régimen de sensibilidad. Y aquí la clave, para entender esta sociedad del espectáculo en la que las relaciones humanas están mediadas por imágenes, sería entender el significado de representar, que no es otro que el de poner algo en lugar de otra cosa para explicarla. La imagen sería, por tanto, una manera de vincular dos cosas, de establecer un nexo al que el régimen de visibilidad (en palabras de Ranciere y muy similares a las de Marx) de cada época le ofrece el estatus de la verdad. Por tanto, la imagen y lo imaginado se parecerán en la medida en que el régimen de visibilidad, la manera de percibir denote una similitud entre estas dos instancias, una equivalencia material sentida. La estética sería así la ciencia de la percepción, de las similitudes, de las formas de la representación, y por tanto, de cómo establecer metáforas, porque toda la ciencia consiste en haber sido capaces de levantar un enorme edificio metafórico (simbólico y de relaciones) sobre cada régimen de percepción o de sensibilidad.

Sobre ello, dirá Ranciere:

Una imagen jamás va sola. Todas pertenecen a un dispositivo de visibilidad que regula el estatuto de los cuerpos representados y el tipo de atención que merecen. La cuestión es saber el tipo de atención que provoca tal o cual dispositivo (…) La representación no es el acto de producir una forma visible, es el acto de dar un equivalente, cosa que la palabra hace tanto como la fotografía. La imagen no es el doble de una cosa. Es un juego complejo de relaciones entre lo visible y lo invisible, lo visible y la palabra, lo dicho y lo no dicho. No es la simple reproducción de lo que ha estado delante del fotógrafo o del cineasta. Es siempre una alteración que toma lugar en una cadena de imágenes que además la altera. Y la voz no es la manifestación de lo invisible, opuesto a la forma visible de la imagen. Es la voz de un cuerpo que transforma un acontecimiento sensible en otro, esforzándose por hacernos “ver” lo que ha visto, por hacernos ver lo que dice. La retórica y poética clásicas nos lo han enseñado: también hay imágenes en el lenguaje. Son todas esas figuras que sustituyen una expresión por otra para hacernos experimentar la textura sensible de un acontecimiento mejor de lo que podrían hacerlo las palabras “apropiadas”.

Pero el verdadero poder de las imágenes se da cuando en el arte y en la ciencia las imágenes nos enseñan una parte del mundo que nosotros no podemos contrastar, con la que no podemos realizar directamente una equivalencia según un régimen de visibilidad. Pensemos en los microbios, por ejemplo. De ellos sólo poseemos imágenes, las que nos ofrecen los microscopios después de haber tratado determinadas muestras biológicas con un específico proceso de visualización para que a través de un juego óptico y a través de un modelo de interpretación podamos establecer que esa imagen posee su equivalente en un  mundo real que no podemos ver al margen de la tecnología. Y lo creemos porque confiamos en la fabricación que el sistema ciencia ha realizado alrededor de la imagen del microbio. ¿Y qué pasa con todas esas otras imágenes no científicas del mundo, que nos representan una realidad que nosotros tampoco podemos contrastar? Ellas mismas son parte de nuestra realidad y se creen o no, representan o no, nunca en función de una mímesis, sino de nuestra manera especial de percibir, que no deja de ser una relación entre imágenes de las cosas, entre las construcciones mentales que nos hacemos de ellas, y de esa misma confianza que poseemos en el mismo sistema de producción de imágenes, y que llamaría “servidumbre voluntaria”, y que M. Cabot, resumiendo a Adorno, define de la siguiente manera:

El núcleo de la crítica no es tanto el carácter mercantilista de la cultura de masas, aunque sea mercantilista en grado sumo, ni el carácter monopolista y autoritario de la gran industria del entretenimiento, que lo es, sino el mecanismo social por el que se acepta —“libremente”— la coerción, incluso en el modo de percibir el mundo circundante.

Todavía con más precisión y solapada contundencia, A. Badiou, en “Pequeño manual de inestética” nos dice lo siguiente sobre la capacidad de la experiencia artística para visibilizar lo que el espectáculo actual invisibiliza:

El arte de hoy se hace solamente a partir de lo que no existe para el Imperio. El arte construye abstractamente la visibilidad de esta inexistencia. Es lo que ordena, para todas las artes, el principio formal: la capacidad de hacer visible para todos lo que no existe para el Imperio (y, por tanto, para todos, pero desde otro punto de vista). Convencido de controlar la extensión entera de lo visible y de lo audible por las leyes comerciales de la circulación y las leyes democráticas de la comunicación, el Imperio ya no censura nada. Abandonarse a esta autorización a gozar es arruinar, tanto todo arte, como todo pensamiento. Debemos ser, despiadadamente, nuestros más despiadados censores.

Por ello creo que Baudrillard declaró que en esta sociedad del espectáculo vivimos en el simulacro, en la confianza de que lo que las imágenes nos cuentan es real, pero no en el sentido platónico de ser un simulacro de lo natural o de lo real como verdad universal, sino porque confiamos en la realidad que desean transmitir los detentadores de los medios de producción de imágenes, el Imperio que decía Badiou.

La diferencia más evidente entre la imagen convertida en experiencia artística o la imagen tal cual se nos presenta en la realidad, va a ser el carácter de juego y de enigma, y la intencionalidad del creador, frente al hecho de que las imágenes contempladas como no-arte se nos hacen reales por sí mismas, porque solemos verlas de forma acrítica sin poner en cuestión el régimen de visibilidad con las que las percibimos e interpretamos; mientras que las imágenes experimentadas artísticamente ponen en cuestión estos regímenes, generan una ambigüedad en la misma visibilidad. Puede decirse que las imágenes del mundo son realmente el mundo fabricado acorde con nuestra específica manera de percibir, y que lo que las imágenes creadas en la experiencia artística nos pueden mostrar son los indicios de otro régimen de sensibilidad y por tanto, de un mundo alternativo en el que la visibilidad y la invisibilidad juegan de otro modo.

Apenas estaremos rozando el núcleo del problema si seguimos considerando que las imágenes de la publicidad o de la propaganda, las de las industrias culturales, tan sólo nos están engañando para que compremos o votemos lo que desean los monopolios económicos o del poder. Si sólo pensamos así, las únicas salidas serían el cinismo asociado al pretendido consumo alternativo o solidario, o luchar por la toma del poder político con la pretensión de cambiar así la realidad simbólica y material.

Detrás de las imágenes no tenemos que buscar nada, ningún espejo o sucedáneo de verdad, porque ello significaría otra vez retornar a la idea de la imagen como representación del mundo (idealismo), y por tanto, y en palabras de Deleuze y Guattari en “¿Qué es la filosofía?”, a volver a introducir el concepto de trascendencia siempre que intentemos “interpretar la inmanencia como ‘de’ algo, como referida a otra cosa que hace de concepto supremo”. En línea con el pensamiento marxista, las imágenes existentes y las nuevas que fabriquemos son nuestra única realidad, y por tanto, la revolución o la emancipación sólo podrá desarrollarse alterando la forma de percibirlas y de fabricarlas. Como afirma C. Casanova en “Estética y producción en Marx”,

(…) la revolución comunista debe ser pensada, más que como una emancipación civil, como una revolución radical de los sentidos, una transformación en el régimen de lo sensible.

Pensamiento marxiano del que los libertarios supieron extraer mejores lecciones históricas. Por ello, la lucha contra la alienación nunca debería ser pensada como un retorno a la esencia natural del hombre o a la liberación de aquellos elementos que nos impiden ser nosotros mismos, sino como apropiación de la historicidad, de las fuerzas que hacen que la vida evolucione y de los regímenes sensoriales acordes con esta libertad productiva y tecnológica.

El lenguaje visual y el escrito han estado siempre relacionados. No creo que lo que se esté dirimiendo hoy en día sea una lucha entre dos tipos de lenguajes excluyentes o enfrentados, sino un conflicto sobre el reparto social de los medios de producción de mensajes y entre diferentes regímenes de lo sensible. Bajo esta premisa las siguientes palabras de Buck-Morss pueden resultar útiles para entender la índole de las imágenes en el mundo actual:

El punto no es el hecho de que la evidencia fotográfica sea comúnmente manipulada y que pueda comúnmente mentir, o el hecho de que nosotros “veamos” lo que estamos predispuestos ideológica y culturalmente a ver. La evidencia falsa no es menos evidente que la evidencia verdadera: la palabra se refiere a la visibilidad, a la habilidad de algo para simplemente ser visto. Una imagen –su evidencia– es aparente; si es apropiada o no es una función de aquello que aparece, sin importar si esto es un reflejo exacto de la realidad. Una imagen toma una película de la superficie del mundo y la muestra como llena de sentido (esto es lo que estoy describiendo como intencionalidad objetiva), pero este sentido aparente está separado de lo que el mundo puede ser en realidad, o lo que nosotros, con nuestros propios prejuicios, podamos insistir en que es su significado.

Las imágenes aumentan aceleradamente con la velocidad de crecimiento de nuestro mundo. Y a medida que lo hemos ido haciendo más grande y más visible las imágenes han ido proliferando. Todas las imágenes nos hablan de las cosas y de sus relaciones, por lo que nuestro mundo no puede ser concebido ni alterado, si en coherencia con nuestra experiencia y acción no se modifican y se fabrican nuevas imágenes. Y por supuesto, el mayor incremento de las imágenes se ha producido en relación con los avances científicos, los desarrollos tecnológicos y el incremento exponencial de mercancías, esas cosas producidas y lanzadas al mercado y sobre las que también hemos construido, por supuesto, un enorme imaginario.

Con las imágenes está ocurriendo un proceso similar al que aconteció con el dinero, que de medio de cambio y de equivalencia se fue transformando progresivamente en capital, es decir, en dinero que a su vez costaba dinero y a través de cuyo circuito de plusvalía lo material y lo dinerario se convertían en objetos sustituibles y al cabo acumulables en forma de un capital. Al principio fueron las mercancías y sus correspondientes imágenes, pero ahora asistimos al hecho de que cada vez proliferan más las imágenes de las imágenes, es decir, que las propias imágenes, de ser representación o equivalencia de las mercancías, se transforman ellas mismas en mercancías, y por tanto, en una especie de capital simbólico igualmente acumulable. El capitalismo tradicional y sus relaciones sociales mediadas por el capital, se transforma así en un capitalismo que según los autores que lo están describiendo consideran como cognitivo, simbólico, cultural, estético, semiótico, etc.

Ante este panorama no cabe mirar hacia otro lado, ni enrocarse en los medios tradicionales y habituales, una defensa numantina del imaginario que sólo podría llevarnos al suicidio. Por lo que debemos preguntarnos cómo convertirnos a nivel visual en comunidades de productores de medios (como proponía Brecht), cuando la mayor parte de la tecnología y de los medios de producción de imágenes pertenecen a las industrias culturales, a los grandes medios de difusión y a las agencias de publicidad.  Quizás la clave vuelva a residir en la experimentación artística y vital, en la medida en que es capaz de modificar los regímenes de lo sensible o de visibilidad. La posibilidad de recombinar, desviar, alterar, invertir los significados de las imágenes y la capacidad tecnológica de modificar, cortar, transmutar y difundir de otro modo las imágenes existentes, y quizás también de practicar el arte del disenso tal y como lo expresa Ranciere en este texto.

Disenso significa una organización de lo sensible en la que no hay ni realidad oculta bajo las apariencias, ni régimen único de presentación y de interpretación de lo dado que imponga a todos su evidencia. Por eso, toda situación es susceptible de ser hendida en su interior, reconfigurada bajo otro régimen de percepción y de significación. Reconfigurar el paisaje de los perceptible y de lo pensable es modificar el territorio de lo posible y la distribución de las capacidades y las incapacidades. El disenso pone nuevamente en juego, al mismo tiempo, la evidencia de lo que es percibido, pensable y factible, y la división de aquellos que son capaces de percibir, pensar y modificar las coordenadas del mundo común. En eso consiste un proceso de subjetivación política: en la acción de capacidades no contadas que vienen a escindir la unidad de lo dado y la evidencia de lo visible para diseñar una nueva topografía de lo posible.

Parece que todo está a la vista, que todo es un espectáculo, y que nada se nos oculta, desde lo más truculento a lo más festivo. De todo hay imágenes, y lo que no posee una imagen, no existe. Si aprendemos a ver este mundo como un espectáculo, como una manera estetizada de mostrar y crear nuestro mundo, y si somos capaces de entrar en él como actores, quizás gracias a nuestra capacidad para actuar y escribir parte del guion, de recrear la trama a través de nuestra propia experimentación artística y vital, podríamos conseguir subvertir la índole del espectáculo. Por tanto, intentar transformarnos también, en este espectáculo de las imágenes, en actores de la representación, y no asistir sólo de forma pasiva o quedarnos fuera del teatro. Si Descartes deseaba entrar en el espectáculo con una máscara, quizás nosotros debamos actuar a rostro descubierto en un teatro donde son ellos, los actores actuales, los que realmente están disfrazados.

…….continuará…

De la imagen del mundo al mundo de las imágenes

Las imágenes nos rodean hasta el punto de que muchos pensadores consideran que este mundo espectáculo, escaparate o pantalla está dejando de ser un lugar racional, que la psique de sus ciudadanos, atacada por tantas imágenes, se convierte en la de un espectador obsceno e instintivo que se deja embaucar por la velocidad, intensidad y acumulación de unos datos visuales que acaban por obcecarnos el entendimiento.

En nuestro imaginario habitan las imágenes, que se entrelazan por obra de una sintaxis que aprendemos a manejar durante los primeros días de vida. Sobre este edificio colocaremos los lenguajes como un ensamblaje conceptual que sin embargo se nutre y reposa sobre los cimientos de la imaginación.

Las imágenes nos rodean hasta el punto de que muchos pensadores consideran que este mundo espectáculo, escaparate o pantalla está dejando de  ser un lugar racional, que la psique de sus ciudadanos, atacada por tantas imágenes, se convierte en la de un espectador obsceno e instintivo que se deja embaucar por la velocidad, intensidad y acumulación de unos datos visuales que acaban por obcecarnos el entendimiento. A nuestra cultura se la denomina visual, y se la tiende a caracterizar como frívola, afectiva, sentimentaloide y superficial, en comparación con la cultura escrita tradicional, la de los libros, que se consideraba más racional, seria, profunda y desapasionada.

Pero recordemos lo que al respecto nos cuenta el pedagogo del arte E. Eisner, que tanto la cognición como las emociones ocurren simultáneamente en la experiencia humana, porque “no puede haber actividad cognitiva que no sea también afectiva”. Y por tanto, que las imágenes y los conceptos que se nutren de ellas no pertenecen a dos mundos tan separados, y que calificar automáticamente a lo visual de emotivo y a lo escrito de racional, carece de sentido, máxime cuando la mayor parte de la humanidad ha sido casi siempre “analfabeta” y la cultura escrita fue algo reservado a una minoría. En cierto modo, considero que una parte amplia de la crítica negativa que reciben las imágenes como forma de comunicación y conocimiento se debe también al tradicional  modo de entender la educación, la formación y la transmisión de cultura por parte de la élite ilustrada occidental, adiestrada en lo escrito, embaucada en la selva de las palabras, y que al levantar la vista de los libros y los artículos para apreciar la realidad, reciben el impacto de un espectáculo “escrito” en un lenguaje visual al que tratan con desprecio y displicencia, un espíritu iconoclasta que hemos de reconsiderar.

Hablo de ello porque las experiencias artísticas tratan fundamentalmente con el imaginario, porque esas metáforas encarnadas que maneja nuestro cuerpo como última instancia de sentido se aprehenden primariamente como imágenes antes de ser transferidas a los conceptos y las palabras de los lenguajes orales y escritos. Y porque nuestro tiempo ha sido caracterizado como de la economía y de la política estetizante, como un espectáculo audiovisual de experiencias sensoriales y hedonistas. Por ello me gustaría dedicar unas páginas a las imágenes y cómo la experiencia artística, como forma de acceso al conocimiento y a la emoción, se relaciona con la cultura audiovisual. Y añado lo sonoro a lo musical porque creo que la imagen se haya indisolublemente unida al sonido, porque este “nuevo sensorium” (en palabras de Benjamin o Ranciere) de la posmodernidad está sobre todo formado por la imagen en movimiento, dinámica, e integrada con el sonido. Todo el potencial perfomativo, cognitivo y emocional de nuestra época se despliega por haber sido capaz de integrar los medios visuales y auditivos.

Como afirma Debray en “Vida y muerte de la imagen”:

Somos la primera civilización que puede creerse autorizada por sus aparatos a dar crédito a sus ojos. La primera en haber establecido un rasgo de igualdad entre visibilidad, realidad y veracidad. Todas las otras, y la nuestra hasta ayer, estimaban que la imagen impide ver. Ahora, la imagen vale como prueba. Lo representable se da como irrecusable.

Pudiera parecer que la tradicional prevención platónica y cartesiana (racional) ante los datos de los sentidos y en concreto, ante las imágenes, se hubiera invertido en la actualidad, y que cualquier cosa, por el mero hecho de ser representada, de aparecer como imagen fotográfica, videográfica o publicitaria, adquiriría ya la garantía de la veracidad, sin necesidad de pasar por ninguna otra auditoria cognitiva, y sobre todo, estética, entendida esta disciplina como la ciencia de la percepción y de lo sensible, antes de que fuera transformada en mera ciencia de lo bello. Las imágenes se habían considerado casi siempre un reflejo o deformación de la verdadera realidad, un obstáculo para el conocimiento, porque el idealismo en el que se ha basado la ciencia tradicional consideraba que la imagen se interponía con la verdad y que ésta se escondía tras la tramoya de las imágenes teatrales o espectrales de la realidad.

Pero este fenómeno tampoco resulta tan novedoso. Las imágenes siempre han estado presentes, y ya Feuerbach en “La esencia del cristianismo”, antes de que apareciera la sociedad del espectáculo, analizó la historia con esta frase que tantos pensadores de la sociedad actual han utilizado como punto de arranque o inspiración para analizar la cultura contemporánea de la imagen:

Y sin duda nuestro tiempo (…) prefiere la imagen a la cosa, la copia al original, la representación a la realidad, la apariencia al ser (…) lo que es ‘sagrado’ para él no es sino la ilusión, pero lo que es profano es la verdad. Mejor aún: lo sagrado aumenta a sus ojos a medida que disminuye la verdad y crece la ilusión, hasta el punto de que el colmo de la ilusión es también para él el colmo de lo sagrado.

También Saint-Simon, el socialista utópico, había anunciado el papel de las vanguardias artísticas y la capacidad de las imágenes para convencer e incitar a la acción (En Daniel Bell, “Las contradicciones culturales del capitalismo”):

Seremos nosotros, los artistas, quienes os serviremos de vanguardia. El poder del arte, en efecto, es más inmediato y más rápido: cuando deseamos difundir nuevas ideas entre los hombres, las inscribimos en el mármol o en la tela… y de este modo, sobre todo, ejercemos una influencia eléctrica y victoriosa. Apelamos a la imaginación y a los sentimientos de la humanidad, por lo cual siempre inspiramos la acción más viva y decisiva.

Tal y como los capiteles románicos, o los retablos, toda la imaginería de todas las épocas ha conformado un lenguaje visual a la par alternativo como complementario del lenguaje oral y escrito, y que se ha imbricado también con el sonido, como ya nos enseñó Attali en “Ruidos: ensayo sobre la economía política de la música”, en una visión de la comunicación humana que lejos de poder ser caracterizada sólo de visual o auditiva según los medios preponderantes, al estilo de lo que intentara McLuhan, cabe considerar como una comunicación transmodal en la que los medios antiguos y modernos se utilizan conjunta y dinámicamente.

La postura apocalíptica en la que se ha posicionado casi siempre la izquierda, sobre la función de la imagen en la comunicación, ha sido realmente muy negativa en relación con su política en pos de la emancipación, ya que ésta se ha traducido en un cerrar los ojos, en un mirar a otra parte para no dejarse adormecer por el hedonismo de las sirenas del mercado de los medios de propaganda y publicidad de masas. Casi siempre se ha considerado que el ser humano recibía acríticamente y sin capacidad de selección y filtro, todas las imágenes de los medios de comunicación, de las industrias del entretenimiento y de la cultura, y que el objetivo de la emancipación política consistía en protegerlo de la creciente avalancha de imágenes, liberarlo de los cantos de sirena de la cultura visual. En claro contraste con ello, comparto, sin embargo, la intuición de W. Benjamin, quien consideró que esta era de reproductividad técnica de las imágenes repercutiría positivamente en la democratización de las sociedades, aunque no soy tan ingenuo de considerar que no pueda convertirse, como de hecho lo está siendo, en una democratización banal y superficial, aunque ello a pesar de las imágenes y de su verdadero potencial emancipador y cognitivo.

Ya Heidegger intuyó que la era de la imagen del mundo estaba finalizando y por tanto, que esa concepción de la verdad como algo a descubrir tras las apariencias, y de la representación del mundo como una mímesis a semejanza de él, estaba siendo alterada por la nueva era de la imagen. La fenomenología nació por el impacto de la fotografía, y sobre todo del cine, lo que anunciaba no solamente una nueva narrativa, sino  también otra forma de construir las verdades. Porque no olvidemos que la principal vocación de la ciencia había consistido en poder transformar las imágenes en texto, porque era el lenguaje escrito el que desvelaría la verdad escondida en las imágenes a través de la explicación racional-sintáctica de las cosas. En un mundo fabricado como el que hoy se abre ente nuestros ojos y oídos, la imagen en sí misma se convierte en conocimiento, y como afirmaba Deleuze, la verdad ya no habría que buscarla detrás, sino delante, sobre la misma superficie de las imágenes, en sí mismas objetos de comunicación, experiencia y saber.

La experiencia artística moderna ha ambicionado siempre crear una disciplina al margen, con entidad propia y desligada de esos otros campos que siempre fueron consustanciales al arte, el de la artesanía y utilidad de las coas, o el de la técnica como heurística, entre otros ejemplos, para crear esos objetos independientes y ajenos que son las obras de arte, unos híbridos que aspiraban a comunicar lo indecible. Si la ciencia y la filosofía eran los ámbitos del decir, de la lengua como racionalidad y también como discordia y conflicto, el del arte era el lugar de la armonía, de la unión de las almas en una misma visión inefable. Un contrasentido que ya anticipó Platón con su desprecio hacia las artes, y en el que ha abundado la modernidad hasta la saciedad, hasta dejar exhausto al propio arte y a la misma ciencia: un arte que se abstiene de su vocación iluminadora, pero que a pesar de ello aspira a cotizar al alza en los mercados crematísticos; y una ciencia que se escribe en una lengua incomprensible, y que sin embrago, renuncia a ser explicada por imágenes y experiencias artísticas.

Podemos leer la siguiente cita de F. Berardi, en “Generación post-alfa: patologías e imaginarios en el semiocapitalismo”, donde destaca esta misma controversia y enuncia la aspiración que enuncia la nueva era de la imagen:

“La cultura occidental ha considerado la palabra hablada como la for­ma más elevada de actividad intelectual y ha reducido las representaciones visuales a ilustraciones de segundo nivel de las ideas” escribe Nicholas Mirzoeff en su libro Visual Culture. Sin embargo, el imaginario glo­bal se expresa por medio de la cultura visual. La globalización cultural ha podido realizarse mucho más fácilmente por medio de los medios visuales que de la palabra hablada o escrita. Las imágenes funcionan como activadoras de cadenas cognitivas, de comportamiento y mito­poiéticas que se pueden desarrollar más allá de los límites del lengua­je verbal y de las interpretaciones culturales, nacionales y religiosas.

Desgraciadamente, siempre ha habido un conflicto epistemológico entre lo visible, lo decible y lo audible, tanto en el terreno de las artes como de la ciencia, a pesar de los diferentes intentos históricos por concertar soluciones de compromiso. Por ejemplo, al nivel de las imágenes, éstas casi nunca han podido superar la polaridad entre ser simulacros de realidad o la de ser capaces de desvelar la trascendencia en su  misma inmanencia. O las discusiones bizantinas en torno a cuál era la más excelsa de las ares, si la poesía, la música o la pintura. Si el oído conectaba más directamente con el más allá,  si era la luz la que nos traía el mensaje divino, o era el verbo la expresión genuina del logos.

Quizás el último de los embates que recibió la modernidad y su dicotomía entre el arte y la ciencia, se terció en el campo del lenguaje en torno a lo que se ha venido en llamar el giro lingüístico, que finalmente destronó ese gran pilar del lenguaje racional en torno al cual ha girado la proverbial confianza que Occidente tuvo en su ciencia en contraposición con el arte, en la lengua como receptáculo de la razón, y el arte del sentimiento. Tras Wittgenstein y Russell, pero con los antecedentes imprescindibles de la semiótica, ya no vamos a poder seguir considerando el lenguaje hablado y escrito como algo transparente al pensamiento, al margen de la experiencia y de la acción, sino muy al contrario a como tradicionalmente se lo había considerado en la tradición científica y filosófica, como una construcción humana que se realiza acorde con la fabricación de nuestro mundo y en conexión con nuestros sistemas simbólicos y con el imaginario. No quiere decir esto, evidentemente, que el lenguaje no sirva, sino que el lenguaje es una construcción, que como indican las últimas investigaciones sobre su génesis, no se realiza según unas semillas genéticas estructurantes de todos los lenguajes humanos (la gramática universal de Chomsky), sino que cada comunidad, en función de su aprendizaje y en ejercicio de su libertad creativa, siempre elaborará un lenguaje acorde y coherente con el mundo que social y materialmente está fabricando. Por un lado, el giro lingüístico destrona al leguaje escrito y oral de su pedestal, ya que el lenguaje no preexiste ni al pensamiento ni al mundo, pero por otra parte nos muestra la intrínseca libertad humana de poder fabricar un mundo que somos capaces de nombrar y describir.

Pero basta con salir a la calle o mirar la pantalla de nuestro ordenador, para percibir también que en la actualidad el giro lingüístico se está viendo complementado con un giro visual o icónico que en el terreno del análisis social y filosófico se enmarcaría en la disciplina de los estudios visuales, y que viene a dar nuevo impulso al trasnochado campo de la estética y de la historia del arte.

Todavía dudamos si el sueño de N. Hawthorne en 1851 fue una pesadilla, una utopía o una ilusión:

¿Es un hecho, o lo soñé, que mediante la electricidad el mundo de la materia se ha vuelto un gran nervio, vibrando a miles de millas en un punto de tiempo sin aliento? ¡O más bien, el globo redondo es una vasta cabeza, un cerebro, un instinto con inteligencia! ¡O deberíamos decir que es un pensamiento en sí mismo, nada más que pensamiento y ya no la sustancia que considerábamos!

La tecnología nos ha traído unas imágenes ubicuas, reproducibles y transformables que pueden circular sin apenas rozamiento y casi instantáneamente por nuestras redes de comunicación. La enorme fuerza de las imágenes, en conexión con los sonidos de las que se acompañan, y el hecho de que sean capaces de conectarse mejor con nuestro imaginario y con los sistemas simbólicos que lo sustentan, las dota de una capacidad de comunicación casi instantánea en la que reside tanto los peligros que nos aquejan como las oportunidades que nos prometen.

Recordemos lo que decía Dewey, que “las conexiones del oído con los procesos vitales del pensamiento y la emoción son mucho más próximas y variadas que las del ojo. La visión se refiere a un espectador; el oído a un participante”. Idea a la que Catalá recurre para expresar el maridaje de la imagen y el sonido en la cultura audiovisual:

La nueva imagen interactiva, no sólo se conecta con el sonido, sino que adquiere la vitalidad y variación que Dewey adjudicaba a lo auditivo, a la vez que se revela como la gran gestora de todos los demás medios.

Pero estas imágenes y las experiencias artísticas que nos deparan, ya no nos acompañarán durante más tiempo en su calidad de “imágenes del mundo”, tal y como el ser humano fue durante tanto tiempo construido a imagen y semejanza de dios, sino que más bien expresarán en sí mismas el mundo, del mismo modo a como el lenguaje, tras el giro lingüístico, dejó de ser un espejo de la realidad para convertirse en una actividad volitiva de construcción de mundos.

No quiere decir esto que el “ahí afuera”, el mundo ontológicamente estable no exista, ni que tenga importancia, sino que poco nos importa cómo sea, sino cómo lo incorporamos, lo transformamos, lo vivimos, lo interpretamos, en suma, lo recreamos a través de nuestra experiencia, y tras todo ello, además, y sobre todo, somos capaces de sobrevivir acoplados estructuralmente con él, tanto al mundo material como al entorno social. Lo esencial, es que todo este trabajo creativo y constructivo siempre lo ha realizado el ser humano con música, lenguaje e imágenes, no como herramientas para comprender o dar sentido, sino como auténticas estructuras de nuestra experiencia cognitiva y emotiva. Por ello creo que el reto al que nos enfrentamos consiste en poder ser capaces de ser transmodales, de permitir que esta posibilidad de conocimiento, emoción y experiencia auditiva, visual y lingüística podamos integrarla con todo el potencial que las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación nos permite.

Nuevamente traigo a Debray con las siguientes palabras, que expresan esa realidad transmodal que nos rodea, asedia o libera, y a la que no podemos escapar, pero sí transformar y recrear.

Toda cultura se define por lo que decide tener por real. Transcurrido cierto tiempo, llamamos “ideología” a ese consenso que cimienta cada grupo organizado. Ni reflexivo ni consciente, tiene poco que ver con las ideas. Es una “visión del mundo”, y cada una lleva consigo su sistema de creencias. ¿Qué creer? Cada mediasfera produce sus criterios de acreditación de lo real, y por lo tanto de descrédito de lo no-real. Lo que nos hace ver el mundo es también lo que nos impide verlo, nuestra «ideología».

El hecho de que la crítica artística haya sido siempre realizada desde las palabras, desde el lenguaje escrito, evidencia la supeditación tradicional de la imagen al verbo. También la imágenes-ilustraciones se dibujaban casi siempre después del cuento o del poema, un complemento para su inteligibilidad y emoción. Y las palabras al pie de las fotos transformaban el sentido de las imágenes, las biografías de los pintores la forma de acercarse a sus obras. Pero todo esto se resquebraja ante el ímpetu de esta nueva era audiovisual. Ante este fenómeno ni el enroque ni el pasotismo nos pueden beneficiar, porque a los peligros indudables al que tal situación nos expone no se los puede enfrentar negando la evidencia.

Buck-Morss, una de las investigadoras más interesantes de los estudios visuales declara lo siguiente al respecto:

Sin embargo, ahora hay fuerzas en juego que apuntan hacia las vulnerabilidades de las estructuras actuales de poder. Las  imágenes circulan a lo largo y ancho del globo en patrones sin centro que permiten un acceso sin precedentes, deslizándose casi sin fricción alguna entre lenguajes y fronteras nacionales. Este hecho simple, tan evidente como profundo, garantiza el potencial democrático de la producción y distribución de las imágenes, en contraste con la situación actual. La globalización ha dado a luz imágenes de una paz planetaria, de justicia global y de un desarrollo económico sostenible; pero su configuración actual no puede llevarlas a cabo. El fomento de estas metas no se logra  cuando se reacciona contra ellas, sino cuando se las redirige. La reorientación se convierte en la revolución de nuestro tiempo.

Es decir, la reorientación, recombinación, desvío, etc., y no olvidemos tampoco la denominada cultura de la convergencia, la oportunidad de imbricar todos estos modos de comunicación, saber y experiencia, la posibilidad de aprovechar de forma conjunta el potencial de convergencia que nos ofrece la palabra, la imagen y el sonido –y sus tecnologías de creación, reproducción, transformación y transferencia-para dar sentido, en suma, para reunir emoción y razón a través de una auténtica acción transformadora.

Los textos y las imágenes poseen vida propia al margen de las personas que los crearon, más aún en el momento actual, en el que la difusión libre y gratuita se manifiesta como una realidad tecnológica. Las diatribas contra la generación post-alfabética, como la denominó Berardi, por su incapacidad para leer y en cambio, para dejarse seducir por la cultura fundamentalmente visual de los videojuegos, de los entornos video-creativos y las plataformas de transformación fotográfica, pueden poseer un poso de verdad, pero apenas aportan nada útil al reto al que nos exponemos, el de darle sentido a nuestra época, un trabajo en el que las imágenes, el sonido, las experiencias artísticas, y también la palabra escrita,  deben aportar su colaboración.

Pero la primera generación video­electrónica ha adquirido competencias de elaboración sin precedentes en la mente humana y ha adquirido la capacidad de moverse a gran velocidad en un tupido universo de signos visuales. La competencia en la lectura de las imágenes se ha desarrollado de modo vertiginoso y esa competencia ocupa un lugar decisivo entre las capacidades de elabora­ción semiconsciente de un individuo contemporáneo (…) No se trata de juzgar las competencias cognitivas de la nueva gene­ración, sino de interpretarlas. Cualquiera que pretenda comunicarse con la nueva generación videolectrónica debe tener en cuenta cómo funciona el cerebro colectivo postalfabético, teniendo en cuenta la ad­vertencia de McLuhan: en la formación cultural el pensamiento mítico tiende a predominar sobre el pensamiento lógico-crítico.

El modo de experimentar el mundo que fue habitual para nuestros abuelos está desapareciendo, transformándose radical y aceleradamente hacia una cultura audiovisual interactiva. No importa, en principio, establecer ningún tipo ni de responsabilidad ni causa para asumir la ineludible tarea de tener que vivir en una realidad que se manifiesta de esta forma y no de otra, y a la que sólo se puede transformar y recrear asumiéndola como real. Evidentemente, resulta crucial intentar entender las fuerzas motoras de todas estas transformaciones, y comprender los conflictos, pero esta es una tarea que se realiza a la par que uno asume de forma activa y creativa la realidad visual y espectacular del mundo tecnológico en el que nos ha tocado vivir.

Y ello, claro está, influye poderosamente en la educación y el aprendizaje, en los mecanismos que utiliza toda sociedad y comunidad para transmitir y compartir el conocimiento, así como en el tipo de experiencia artística que debe acompañar todo este proceso cognitivo y emocional. Los mecanismos tradicionales entran en disonancia con la cultura mediática de muchas personas, no digamos de los niños y de los adolescentes, lo que está provocando, de hecho, una fractura en la comunicación transgeneracional del conocimiento y de la experiencia y un debilitamiento de la capacidad de las personas para reorientar, recombinar, adaptar y recrear, en suma, fabricar autónomamente nuestro mundo.

Quisiera recordar el capítulo en el que escribí sobre la relación entre ciencia y arte y el papel tan destacado que las imágenes, las metáforas, y en concreto, las interfaces gráficas de visualización de datos y de información, poseen para explicar, modelizar, simular y fabricar las realidades y los mundos que nos muestran las ciencias. Y recordaré para ello las siguientes palabras de Catalá:

(…) una imagen que no sea simplemente ilustración de un conocimiento expresado mediante el lenguaje, sino que se convierta en co-gestora de ese conocimiento. Si este proceso de simbiosis no se produce, la evolución social seguirá su camino y acabará por producirse un pernicioso divorcio entre la sociedad y la racionalidad científica. La imagen compleja pretende resolver pues el tradicional divorcio entre arte y ciencia, al tiempo que nos permite enriquecer nuestra comprensión de lo real y mantener aquellos aspectos del proyecto ilustrado cuya continuidad es necesaria.

Porque la imagen, como recoge K. Moxey, “no es un derivado ni una ilustración sino un medio activo del proceso de pensamiento”. Y en congruencia con ello nos pone el ejemplo de las ilustraciones de Darwin, auténticos modelos o interfaces cognitivas, verdaderas experiencias artísticas y científicas:

Un esbozo de una ramificación de coral, por ejemplo, es crucial para su concepción de la evolución como no lineal. Sustituyendo las ramificaciones de coral al tronco de árbol –la forma habitual de concebir la idea de la evolución antes de su tiempo- Darwin encontró un modo de concebir la evolución como un proceso dotado de múltiples líneas de tiempo.

Sin embargo, también nuestra sociedad se concibe, como recordaba al comienzo del capítulo, como una sociedad del espectáculo, donde todo es representación y simulacro, y en el que las imágenes lanzadas por políticos, medios de masa y publicidad se perciben como un sucedáneo de realidad, como un teatro de falsedades que ocultan la verdad del poder y de la explotación económica, y en la que al extremo, la realidad virtual nos instala en un mundo que más que experimentado materialmente se lo vive fantasiosamente. De ello hablaremos a continuación.