LA TRADUCCIÓN COMO RECREACIÓN

Hemos visto en muchas películas cómo los indios y los vaqueros se enseñan sus respectivos idiomas en una mezcla de gestos e indicaciones. Todo empieza por los sustantivos y por las palabras ligadas a la supervivencia y a la descripción del mundo más cercano. Robinson Crusoe enseñando a Viernes el inglés del XVIII se ha constituido en unos de los momentos emblemáticos de la historia de la literatura, todo el proceso de transmisión de un mundo a través de la lengua y que debe ir más allá de los puros nombres de las cosas, los adjetivos, los verbos, las estructuras gramaticales, la sintaxis, todo amalgamado para traducir una cultura que tiene que ser dicha en una lengua distinta a la que la creó. Difícil imaginar cómo el náufrago hubiera podido transmitirle al indio los conceptos contemporáneos de la mónada de Leibniz o de la mano invisible de Adam Smith.

El lenguaje se crea simbióticamente con la cultura, se inventan conceptos, y otros desaparecen, o se disfrazan y adoptan ropajes originales y cambiantes, ambiguos o enfrentados según quién, cuándo o dónde se utilicen. La hermenéutica primero, y la deconstrucción después, complementarían a la etimología en el intento de sondear estas relaciones entre el lenguaje, el mundo y la mente. Si en un determinado momento histórico hiciéramos la foto de las lenguas existentes, comprobaríamos que existirían muchos conceptos imposibles de ser traducidos y comprendidos automáticamente. Evidentemente, la patata que los españoles encontraron en América no supieron nombrarla hasta que oyeron a un indio denominarla. Pero de igual modo en cada momento histórico cada cultura, subcultura y contracultura ha creado su lengua para decirse y contarse su mundo, tanto sus cosas como sus abstracciones. Hay lugares comunes, pero por supuesto todo un universo de conceptos ajenos que los procesos de integración, inculturación, mezcla, transmisión, mestizaje, sincretismo, etc. pone en juego en toda transformación personal, que siempre corre pareja con el aprendizaje lingüístico.

Resulta elocuente comprobar cómo el acceso al conocimiento, la experiencia o la vivencia en otra cultura y por tanto, la reconstrucción del individuo en virtud de esta catarsis, se realiza en el lenguaje, en el proceso de traducir palabras y frases que finalmente redundarán en una traducción mutua entre culturas. Un juego fascinante del que desearía exponer algunos ejemplos de recreación.

Cuando el Imperio romano se topa con Grecia, el latín era la lengua bárbara de un pueblo guerrero, agrícola y devoto, pero en la que todavía no se había escrito teatro ni poesía, en la que por supuesto apenas se había vertido el pensamiento filosófico. Los romanos no podían hablar en latín sobre las ideas platónicas, tampoco sobre las sutilizas de la materia y de la forma aristotélicas. No podían siquiera traducir los textos, porque ni ambas lenguas ni culturas poseían un mínimo de isomorfismo. Pero fue el deseo de aprender, de transformarse, de querer expresarse en una lengua que ya entonces se deseaba que fuera universal y acompañara a la expansión imperial de Roma, lo que empujó a una serie de escritores a recrear la cultura griega en latín y acometer así una revolución lingüística que transformaría tanto al latín como a sus parlantes.

De entre todos ellos destaco a Lucrecio y cómo consiguió transformar su lengua para que pudiera expresar en latín tanto la filosofía como la física epicúrea. En De rerum natura (De la naturaleza de las cosas), Lucrecio supo recrear un mundo ajeno en el propio, una empresa de la que era consciente y que acometió explícitamente con la siguiente declaración contenida en su propio poema didáctico:

No se me oculta que en latinas voces, es difícil empresa el explicarte los inventos oscuros de los griegos, principalmente cuando la pobreza de nuestra lengua, y novedad del objeto harán que forme yo vocablos nuevos…

Algo similar aconteció con el castellano, lengua de cabreros montaraces que en el tiempo de los Reyes Católicos, a punto de iniciar su propio derrotero imperial, carecía de los atributos necesarios para ser ni una lengua de poesía ni de literatura ni pensamiento. Recordemos que el mismo Alfonso X el Sabio (en el siglo XIII), cuando decidió recoger/componer poesía amorosa a través de sus cantigas recurrió al galaico-portugués, porque el castellano era entonces una lengua viril propia para los cantares de gesta, los romances y las crónicas reales, también para sellar los pactos de la democracia municipal medieval castellana (Sánchez Albormoz), pero no para verter sentimientos ni elevadas abstracciones. En aquellos tiempos se inició ya un proceso consciente de “perfeccionamiento” del castellano que tomó como modelos al latín y al italiano, y que encontró sus puntos álgidos con La Celestina, Garcilaso de la Vega o Fray Luis de León.

Aconsejo el goce de leer la Tragicomedia de Calisto y Melibea en la magnífica edición que dirigió el profesor Francisco Rico y publicada en la Biblioteca Clásica de la editorial Crítica. Más de 800 páginas plagadas de comentarios, notas, interpretaciones, fuentes, etc. dan muestra de la capacidad que posee el lenguaje humano para expresar, sobre todo, de su enorme plasticidad a la hora de crear léxico y sintaxis, de transformar conceptos, reinterpretar frases, adaptar viejas palabras a nuevos mundos, amoldar la materia prima lingüística para expresar algo nuevo que jamás había sido dicho con anterioridad.

La revolución del castellano, la historia de su progresivo enriquecimiento resulta ilustrativa sobre cómo evoluciona o también puede involucionar una lengua. Nebrija publicó su gramática en la señalada fecha de 1492, contemporáneo de Fernando de Rojas, el círculo de latinistas salmantinos expresó el reto de adaptar la lengua vulgar castellana y recrear un habla “derecha y natural” capaz de expresar el más excelso pensamiento. Por ello la gramática no será sólo descriptiva, sino que abundará en prescripciones novedosas con el objetivo de mejorar la lengua castellana.

Tutelados por el latín, condicionados por el romance, faltos de una auctoritas y de un usus vernáculos que les pareciesen satisfactorios, los padres de La Celestina habían de ventilar con sus solas fuerzas la incógnita estilística de una obra teatral de ambiente contemporáneo. La solución que encontraron no dista ni podía distar mucho de la nebrinense: se trataba de ‘hacer uso’, de constituirse en jueces y parte, elaborando ex novo una lengua que fuera ella misma el modelo que se echaba de menos (…) proponiendo como lengua ‘común’ la que debiera serlo, no la que de hecho lo es.

Los autores de La Celestina se convirtieron en verdaderos artífices de la lengua, adaptando refranes y dichos populares, transformando sentencias latinas, reconvirtiendo materiales, en un proceso de “corta y pega” innovador que aspiró a dar forma castellana a la comedia humanista italiana y a la dramaturgia latina de Plauto, Terencio o Séneca, adaptándola a la contemporaneidad de una sociedad castellana a la que con tal trabajo también se pretendía transformar.

Un poco más tarde Garcilaso quedaría fascinado por la poesía italiana renacentista, y aguijoneado por Boscán, emprendería a su vez la tarea de traducirla y recrearla en castellano, “a ensayar en lengua castellana sonetos y otras artes de trovas usadas por los buenos autores de Italia”. Ya lo había intentado el Marqués de Santillana, pero el castellano jamás había podido recrear el mundo refinado de la poesía arábigo-española o el amor cortés contenido en la poesía catalana o el occitano, así que la construcción del ideal cortesano renacentista de Castiglione tuvo que hacerse en Castilla adaptando la propia lengua, único modo que posee la especie humana de producirse el alma y transformar la cultura. Imagino a Garcilaso leyendo con devoción a Petrarca y al gran triunvirato latino de Ovidio, Virgilio y Horacio, escuchando los primeros madrigales que vertieron estos versos en música, intentando no sólo crear una sintaxis capaz de expresar un sentimiento nuevo, sino también de buscar los giros y las palabras adecuadas para alterar la prosodia dura castellana en una lengua más rítmica y cantarina.

¿Cuál es el cuello que, como en cadena,

de tus hermosos brazos anudaste?

no hay corazón que baste,

aunque fuese de piedra,

viendo mi amada hiedra,

de mí arrancada, en otro mundo asida,

y mi parra en otro olmo entretejida,

que no se esté con llanto deshaciendo

hasta acabar la vida.

Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

Por último, recordar a Fray Luis de León, traductor, creador y recreador al castellano de la poesía latina y sobre todo de Horacio, en un giro de corte moralista que utilizó los temas y el lenguaje latino para crear una poesía de signo platónico en el deseo de hacer surgir en el alma de sus contemporáneos la armonía de las esferas en consonancia con el alma cristiana y el espíritu de Cristo. La grandeza del monje salmantino reside en haberse querido zafar de la alianza fatal de la Iglesia con la monarquía hispana, y haber iniciado una cruzada poética en contra de la moral mundana, hipócrita e imperialista de aquel incipiente Estado español.

El caso de Fray Luis me parece memorable, por un doble motivo. En primer lugar, porque quiso confeccionar un poesía sencilla carente de metáforas y comparaciones, de conceptos y vocablos rebuscados, pero intensa en cuanto a estructura, retórica y distribución del léxico. Y para ello eligió al poeta latino que mejor pudiera adaptarse a su objetivo, en este caso Horacio, al que primero tradujo, de forma muy libre, y al que luego utilizó de forma constante y reiterada salpicando su poesía de temas, frases, citas, modismos tomados de aquel poeta, pero recreados de forma original. Y aquí encontramos el segundo motivo de interés, el que esta recreación la realizara para expresar sentimientos y conceptos que jamás se le hubieran podido ocurrir a Horacio, porque como decíamos, la poesía de Fray Luis posee un sentido moral y político de primer orden que aspiró a transformar la sociedad de su tiempo, y por lo que evidentemente fue encarcelado por la Inquisición.

Aunque en ricos montones

levantes el cautivo inútil oro;

y aunque tus posesiones

mejores con ajeno daño y lloro;

y aunque cruel tirano

oprimas la verdad, y tu avaricia,

vestida en nombre vano, convierta en compra y venta la justicia;

(…)

Con estos ejemplos deseaba mostrar que cada lengua se parece a un lego, ese juguete de piezas con el que los niños construyen sus mundos. Cada lengua sería un código particular compuesto por una distribución propia de piezas que encajarían según diferentes normas, según las concavidades con que estuvieran construidas. Me gusta pensar nuestro planeta como una gran sala en la que muchos niños juegan con sus correspondientes legos, cada uno construyendo sus propias ideas, metáforas y sentimientos. Nuestro planeta sería como un gran bazar en el que todos los niños verían los mundos de sus compañeros. No puedo pensar que no acabaran compartiendo piezas, emulando, imitando, copiando, en suma recreando, en su propio lego compartido el mundo de sus vecinos. Vista así esta aldea global, el arte, la traducción y la recreación de estos ejemplos de Lucrecio, de La Celestina, Garcilaso o de Fray Luis de León se parece al juego creativo al que en suma se reduce toda la capacidad humana para inventar, innovar y producir mundos.
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