Jugando con la muerte

Quiero hablar de la muerte, porque de eso se trata, ¿no?, de sobrevivir a la pandemia. Pero no deseo detenerme en sentimentalismos, en las reacciones tan emotivas que expanden los medios de comunicación y las proclamas estatales y sanitarias. Voy a intentar evitar el recurso al miedo como el principal sentimiento que avala las decisiones políticas que se están adoptando para luchar contra la muerte. Porque si algo singulariza al Estado en la actualidad es precisamente su lucha constante contra la muerte, contra cada una de nuestras muertes particulares. Un Estado sanitario y defensivo que se legitima porque su función consiste en curarnos, no sólo del covid, sino de cualquier otra lacra social o individual que pueda perturbar la paz económica y el bien público.

La muerte ya no es un hecho natural que nos sobreviene obligatoriamente por causas ajenas a nuestra voluntad. La muerte ha dejado de ser la guadaña un tanto arbitraria y antojadiza que iba segando la vida de las personas. En la actualidad, la mayor parte de las muertes ocurren por nuestra voluntad, por causas sociales, económicas y tecnológicas que hemos elegido voluntariamente. Ya no queremos morir de forma natural, sino por nuestra propia mano, a consecuencia de las decisiones que tomamos a diario en relación con la alimentación, nuestros hábitos, formas de trabajo y relaciones sociales. Sobre todo, nos morimos de accidentes de tráfico, por el consumo de tabaco o alcohol, por suicidios, por enfermedades derivadas de la contaminación, a consecuencia de hipertensión, obesidad y enfermedades cardiovasculares que acaecen por los alimentos que ingerimos y por nuestras vidas sedentarias, por cánceres que se relacionan muy estrechamente con las sustancias químicas con las que convivimos, en suma, por las llamadas enfermedades de la civilización. Morimos por decisión propia.

Por eso nuestra sociedad esta enferma, porque la mayor parte de la mortalidad se produce por decisión voluntaria de ella misma. Evidentemente, no queremos morir, pero la lógica del sistema nos obliga continuamente a soportar y tomar decisiones que provocan nuestra muerte. Porque la lógica del capitalismo y su sistema de valorización de las mercancías, justifica que estemos adoptando decisiones racionalmente económicas que nos condenan a la muerte no natural y tecnológica. Es la sociedad tecnológica que el capitalismo instaura la que ahora nos está matando, no la muerte con su guadaña.

El sistema nos consuela, sin embargo, con el siguiente razonamiento: que resulta mejor morirse a los 80 años por un cáncer o un accidente de tráfico, que a los 15 años por un sarampión. En suma, que resulta preferible morir más tarde a consecuencia de una muerte tecnológica derivada del bienestar y del propio sistema, que antes por una muerte natural procedente del azar o del designio divino. Si antes nos mataba dios a los 15 años, afortunadamente ahora el sistema nos mata tecnológicamente mucho más tarde.

Pero me voy a permitir matizar algunas consecuencias derivadas de este razonamiento tan rotundo como balsámico. En primer lugar, sobre la esperanza de vida, esa edad de aproximadamente 80 años a la que de media mueren actualmente las poblaciones occidentales, frente a los 40 años de hace un siglo, por ejemplo. En torno a los conceptos estadísticos de la esperanza de vida, longevidad o mortandad, existen muchos engaños y falsas suposiciones que ya intenté poner de manifiesto hace unos años en este artículo. Si atendemos a los datos de España, en el año 1900 la esperanza de vida al nacer era de 35 años, frente a los 85 años del año 2008. Pero eso no quiere decir, ni que la mayor parte de las personas murieran entonces a los 35 años, ni que casi nadie alcanzara los 85 años.

Porque la esperanza de vida no sólo depende de la edad a la que suelen morirse las personas adultas, sino también a la que se mueren los niños. La esperanza de vida al nacer ha crecido en el mundo sobre todo por la disminución de la mortandad infantil, y no tanto porque ahora la gente viva más años, una vez superada esa fase crítica de la niñez. Si observamos el caso español, por ejemplo, todas las personas que alcanzaron en 1900 los 75 años de edad vivieron de media 5 años más (hasta los 80 años), en contraste con los 10 años suplementarios de supervivencia media (85 años) en el año 1998. Por tanto, en un siglo, España ha logrado incrementar en 44 años la esperanza de vida al nacer, en 17 años a los 35 años, y sólo en 6 años a los 75 años.

Es decir, que los afortunados españoles que en el año 1900 superaron los 35 años, alcanzaban de media los 70 años, y los que llegaban a los 75 vivían de media hasta los 80 años. Actualmente, las cifras son mejores, qué duda cabe, pero no tanto como la gente cree. Pero lo singular de esta evolución del indicador de la esperanza de vida, como contrapartida al de mortandad, reside en las estrategias sanitarias, sociales y tecnológicas que ha aplicado la sociedad para conseguirlo. La mejora de la esperanza de vida de los infantes se ha logrado por la aportación de muchos factores: la higiene, la alimentación, los antibióticos, las vacunas, el abastecimiento de agua potable, y las evidentes mejoras sanitarias en relación con la atención durante el parto y los meses posteriores.

Pero las esperanzas de vida en edades adultas han mejorado sólo levemente, aun cuando la atención sanitaria dedique sus mayores esfuerzos a los grupos de edad superiores a los 14 años, ¿cómo es posible que esas ingentes cantidades de dinero y esfuerzo social y tecnológico apenas hayan logrado modificar las esperanzas de vida adulta existentes hace 100 años? En el año 1900, en España, el 40% de los niños morían antes de cumplir los 5 años, pero ese 60% de la población que superó esa edad poseía muy similar mortandad a la actual. ¿Podría afirmarse que, el magnífico esfuerzo sanitario de los países desarrollados, se dedica a mantener unas longevidades adultas similares a las de épocas en las que no existían apenas adelantos tecnológicos en materia de salud humana?

Como decíamos, la mayor parte de las causas de mortalidad modernas están precisamente asociadas con la contaminación, los impactos ambientales de las actividades industriales y el llamado estilo de vida occidental, un compendio de nutrición, ejercicio físico y actividad laboral que en conjunto somete al organismo humano y a su genética a un estrés de tal magnitud que, sólo a través de la tecnología sanitaria avanzada puede ser contrarrestando, para acabar logrando lo que los antiguos casi alcanzaban sin tecnología. Es decir, que estamos ante lo que suele denominarse “gastos defensivos”, o aquellos costes en los que incurre la sociedad para protegerse de amenazas que ella misma genera con su propio proceso de desarrollo. Una parte importante de estas nuevas tecnologías no procuran bienestar o salud en términos absolutos, sino relativos al grado de impacto negativo que sobre la salud provocan otras tecnologías de la sociedad moderna.

Es decir, para que un europeo no muera de media antes de los 85 años hay que invertir, sobre todo, en tecnologías sanitarias que nos curan, principalmente, de los impactos negativos que el propio sistema capitalista nos provoca con su secuela de enfermedades cardiovasculares, cáncerígenas, psiquiátricas, etc. ¿Resulta imprescindible que el sistema nos enferme de arterioesclerosis, por ejemplo, para que el sistema sea capaz de inventar tecnologías sanitarias de lucha contra la arterioesclerosis? Por que si el sistema económico de provisión de bienestar no generara esos impactos negativos sobre la salud, los gastos sanitarios se podrían emplear no en defendernos del bienestar, sino en procurarnos salud adicional a la natural.

Pero este objetivo no le interesa al sistema. El sistema capitalista funciona bajo la ley del valor, de hacer máxima la producción de dinero por medio de la circulación de mercancías. Y la provisión de salud a la población es una mercancía más. Si el sistema genera enfermedad no es algo que le importe a menos que sus trabajadores produzcan menos por tal razón. Y si el sistema cura a sus enfermos, lo hace porque los enfermos estamos dispuestos a pagar para que nos provean de la mercancía salud. Ocurre lo mismo con la contaminación, el capitalista siempre gana, tanto cuando contamina como cuando depura la contaminación. Siempre que algo se pueda transformar en mercancía el capitalista ganará, y el sistema seguirá funcionando, a pesar de nuestra salud o esperanza de vida, que nunca son objetivos del sistema, sino variables colaterales cuyo valor no se justifica por ellas mismos, sino por el hecho de que el sistema de valorarización y producción capitalista pueda seguir funcionando. Porque sólo si se genera valor se puede pagar a los trabajadores y sólo si estos consumen, se podrá cerrar el círculo de creación de dinero, con independencia de qué sea lo que se produce y qué efectos colaterales ello pueda tener. Todo lo que ayude a mantener la máquina de producción de valor encuentra su justificación ética en que ha sido capaz de crear valor económico.

En el mundo fallecen más de 8 millones de personas al año por consumir tabaco. Se considera que la mitad de las personas que consumen tabaco acabarán muriendo por esta causa. Si lo comparamos con las muertes por covid, en un año de pandemia han fallecido mucha menos gente, 2 millones de personas. La humanidad lleva muchos años consumiendo tabaco y sabiendo que este consumo es muy perjudicial para la salud. Pero nunca el sistema ha adoptado medidas en contra de la libertad de producir cigarrillos ni de consumirlos. Tampoco contra el excesivo consumo de azúcar, alcohol, o contra los tóxicos que emplea la industria de la alimentación, o contra la industria automovilística reduciendo la velocidad máxima a la que operan los automóviles. Porque los muertos por consumir tabaco no le importan al sistema, si en paralelo es capaz de crear las mercancías de salud que ayuden a reducir esas muertes o a retardarlas. Ambas cosas, el consumo de tabaco y la lucha contra las enfermedades del tabaco, generan incremento del PNB y de la riqueza contabilizada como valor capitalista, a pesar del sufrimiento, el dolor, la enfermedad y la muerte.

No seré yo quien apoye ni prohibiciones, ni restricciones de la libertad procedentes de los Estados y sus industrias capitalistas, pero me pregunto ¿por qué en el caso del covid los Estados sí están adoptando esas medidas tan restrictivas, por qué la sociedad las está aceptando en este caso y no en otros más graves también relacionados con la salud y la muerte?

Si los Estados hubieran adoptado medidas tan tajantes y coercitivas como las del covid, en contra del tabaco, el azúcar, los tóxicos en la alimentación, la contaminación ambiental o el cambio climático, los impactos sobre nuestra salud hubieran sido mucho más positivos. Pero nunca lo han hecho. Sencillamente, porque esas muertes eran provocadas por ellos mismos, por el mismo sistema de creación de riqueza, porque son muertes bajo control, previsibles y ordenadas en un sistema de salud mercantilizado en el que tanto la enfermedad, como la curación, contabilizan en positivo, tanto en las cuentas del Estado, como en la de las empresas capitalistas. El covid no, hasta ahora, hasta el preciso momento en que aparecen las vacunas y un sistema de producción de salud que además puede generar valor y por tanto, dinero.

¿De qué se muere la gente en España? Pues de enero a mayo de 2020, en plena pandemia por COVID, murieron en España 231.014 personas, de las que por covid lo hicieron unas 45.000. Recordemos que por algunas de las enfermedades relacionadas con el propio sistema de producción capitalista murieron en España, en ese mismo período, 53.021 por enfermedades del sistema circulatorio o 47.022 por tumores. Y que anualmente mueren en España por accidentes de tráfico unas 1.700 personas, y por suicidios cerca de 4.000 personas. Se afirma que el tabaco mata en España a unas 50.000 personas al año. Y que la contaminación atmosférica mata en nuestro país a unas 30.000 personas.

De algo hemos de morir. Resulta claro. Tarde o temprano algo va a provocar la muerte de cada uno de nosotros. Ninguno nos vamos a librar. Que se produzca lo más tarde posible, parece que es algo bueno y deseable, también que padezcamos enfermedades durante el menor tiempo posible. Pero por las estadísticas se deduce que sí, que vivimos más, pero muchos de esos años ganados en la última etapa de nuestras vidas, lo hacemos cada vez más enfermos y medicalizados, como consecuencia de unas enfermedades derivadas del mismo sistema que nos provee de bienestar. Y lo que resulta más grave, el hecho de que el control sobre nuestra muerte, de ser algo azaroso y dejado a la mano de dios, se haya convertido en un proceso controlado por el Estado y el sistema capitalista. De algo hemos de morir, evidentemente, pero ahora lo hacemos como consecuencia de decisiones que se nos escapan y que benefician a los Estados y a los capitalistas que medran a su sombra.

Por ello el covid y las medidas políticas adoptadas para controlar la muerte provocada por este virus, han sido tan distintas a las habituales, tan clarividentes respecto al hecho de que por detrás de este sistema tan libre, política y económicamente, se esconde un sistema de coacción y control con aspiraciones totalitarias, que no nos hace obedecer con el látigo y las cadenas de antaño, sino con la propaganda del miedo y la emotividad.

Lo que nos enseña el covid es que este sistema tiene cada vez menos capacidad para adaptarse, tanto a lo inesperado (covid), como a sus propios impactos negativos (cambio climático), y que el orden estatal y capitalista ya no se puede mantener con las herramientas habituales que producían la servidumbre voluntaria de casi todos los ciudadanos, y por tanto, que la represión, la coacción y las formas totalitarias de gobierno y control serán cada vez más evidentes. El fascismo ecológico y sanitario, en concurrencia con unos medios de comunicación y una sociedad del espectáculo que expanden el miedo y la emotividad, como preámbulo de las demandas populares, en pro de políticas de seguridad total que lejos de proteger la libertad, la supeditan al orden de los poderosos.

El sistema no ha sabido adaptarse cibernéticamente al impacto de este coronavirus, no ha sabido adaptar ni su sistema sanitario, ni su sistema de producción, ni menos aun, su sistema de toma de decisiones político, a la existencia de esta pandemia. Y mientras dure esta ineficacia del sistema capitalista para controlar el virus -que no es otra cosa que saber transformarlo en otra mercancía (quizá con la vacuna)- el sistema seguirá adoptando medidas políticas, sanitarias y económicas que nunca adoptó en plagas todavía más mortíferas como las del tabaco, el coche, la contaminación, las emisiones de CO2, el azúcar, los alimentos tóxicos o los trabajos inhumanos. Una ineficacia que cada vez será más frecuente, porque el sistema capitalista se está ya topando con su límites ambientales, económicos y humanos, lo que convierte a esta pandemia en un campo perfecto de experimentación de políticas y respuestas económicas ante las graves crisis que se avecinan.

La foto que presenta este artículo proviene de un fotograma de El Séptimo Sello, la película que I. Bergman dedicó a otra pandemia, la plaga de peste que asoló una hipotética sociedad medieval. La muerte y el caballero se enfrentan en una ejemplar partida fatídica de ajedrez, en la que resulta obvio que siempre perderá el ser humano, como no puede ser de otra manera. Pero mientras dure el juego, la vida continuará, porque la vida no es otra cosa que buscar el sentido a las cosas que hacemos, decidir las jugadas con libertad y alargar con sabiduría el jaque mate final. Quizás sea eso lo que nos falte ahora como sociedad, disputar cada uno individualmente su propio juego con la muerte, buscar en nuestro combate individual el sentido de nuestra libertad. Porque hasta ahora, a lo que asistimos, es a una gran partida universal de ajedrez a la que concurrimos como meros espectadores o comparsa.

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