Sociabilidad del lobo

Os quiero hablar de un movimiento pendular que últimamente me obsesiona. Porque durante muchos años la ciencia política estaba allí lejos, en el otro extremo del movimiento, y ahora parece que el péndulo regresa y que su nueva posición “extremosa” nos impele a buscar otras respuestas.

El enigma no es otro que el de nuestra sociabilidad o empatía. ¿Recuerdan la frase, no?, la de que “el hombre es un lobo para el hombre”, que ha dominado durante tanto tiempo el debate y las respuestas políticas, sobre todo, ha justificado hegemónicamente la construcción de estructuras sociales que respondieran al deseo de aplacar la esencial violencia humana contra nuestros congéneres. La construcción del Estado podría sintetizar ese objetivo.

Por esta razón el mundo de la biología, y de la antropología, ha buscado afanosamente comprender por qué el ser humano posee, a pesar de todo, comportamientos altruistas y generosos, cómo fue posible que sin la existencia de Estados el ser humano hubiera podido vivir en tantas ocasiones en comunidad. A Darwin se le ha malinterpretado de muchas maneras, y quizás la menos inocente haya sido la de usar su hipótesis de la lucha por la existencia y de la selección natural, para justificar la competencia y la primacía del más fuerte, lo que paradójicamente se ha denominado el neodarwinismo, ese cientifismo servil al capitalismo y a las políticas neoliberales.  

Una de las grandes preguntas que han dominado tantos debates científicos recientes ha sido ¿qué ventaja competitiva posee la empatía y la cooperación en la evolución genética del ser humano? Darwin ya advirtió que mucha, y posteriormente Kropotkin, añadiendo sus propias observaciones de geógrafo, nos lanzó ese espléndido libro a contracorriente que fue “La ayuda mutua” y que parece que a día de hoy, cuando el péndulo regresa, pudiera arrojar renovada luz al debate sobre cómo construir una nueva sociedad.

Se daba por sentado que éramos violentos, egoístas, perversos, incluso que todas estas características eran favorables al progreso social y económico. Pero si, a pesar de esa lucha despiadada bajo el paraguas del Estado, se seguían dando comportamientos cooperativos, había que demostrar si ello atendía también a un egoísmo de largo alcance o estratégico, o más bien a algún gen que oculto tras el egoísmo fuera capaz de mover ciertos hilos benevolentes y altruistas hacia nuestros semejantes.

La ciencia de la política y de la economía, también de la psicología, o incluso la de la ecología, ha vivido obsesionada en la construcción de modelos matemáticos de la escasez, en las que sus variables constitutivas debían ser optimizadas en virtud del comportamiento egoísta de cada uno de los átomos conformantes del sistema, que como una manada de mónadas voraces intentarían maximizar su propia función de supervivencia a costa de sus semejantes, y cuya integración algorítmica, asombrosamente, siempre arrojaba algún tipo de óptimo social.

El hecho de que una sociedad sin Estado no fuera asumida ni tan siquiera como hipótesis de trabajo, se debía fundamentalmente a esta razón, la de considerar que algún tipo de estructura dotada de una legitimidad sobrehumana debía construirse para impedir el estado de guerra continuo al que la sociedad se hubiera arrojado sin control. Los modelos matemáticos construidos para simular el comportamiento social y planificar la economía únicamente podían definir sus condiciones de contorno y de control en virtud de la capacidad legislativa y reguladora de ese gran organismo homeostático que han sido todos los Estados. El anarquismo sólo sería viable, por tanto, en una sociedad de ángeles.

Pero, ¿y si no fuera cierto?

Cuando en los años 90 del pasado siglo se descubren las neuronas espejo, el péndulo genético-político empezó a invertir su movimiento, porque toda una serie de piezas del puzle de la evolución biológica en relación con la construcción de nuestra ética, comenzaron a cobrar un nuevo sentido.  Recordemos que el simplista modelo de homo economicus que se introduce en las ecuaciones sociales no ha servido nunca para explicar el equilibrio del propio sistema capitalista, que se ha fundado también en el mantenimiento de unas estructuras cooperativas a nivel de familia, salud o educación que han promovido comportamientos empáticos a nivel político y empresarial, sin los que hubiera sido imposible generar las virtudes burguesas de, por ejemplo, la confianza mutua en los contratos, la abnegación en el trabajo, la honestidad o el cuidado de la infancia.

Creo que ya casi nadie confía en encontrar el gen egoísta de Dawkins, ni tampoco el gen del altruismo. Estos conceptos éticos operan a un nivel de abstracción tan elevado que su fundamento se halla más cerca de la cultura y de nuestra construcción neurobiológica que de los ladrillos genéticos que sirven para edificar al ser humano. Y las neuronas espejo, ubicadas en lugares estratégicos de nuestro cerebro nos abren a un mundo donde las vivencias corporales (propioceptivas) y  puramente mentales –o espirituales- se funden en un todo, y en el que la componente afectiva o empática con nuestros semejantes poseen una influencia extrema en orden a definir nuestros patrones emotivos, de estímulo y de recompensa, en suma, de placer y de deseo.

Claro, que si ahora el péndulo continúa su marcha descendente y luego en ascenso hasta acabar afirmando que el ser humano sólo es altruista, en suma, que somos ángeles, la ciencia y la sociología tendrán en el futuro que demostrar por qué somos ángeles destronados, por qué, a pesar de nuestra intrínseca bondad, existe la violencia, el engaño, la maldad y el robo.  En este caso, sería muy fácil querer echarle toda la culpa al Estado, y considerar que su hegemonía y el de las clases privilegiadas crecidas a su sombra han generado toda una estructura social violenta, una cultura del egoísmo de la que habría que desembarazarse para encontrar nuestro fondo humano natural de bondad y espíritu cooperativo.

Nuestra enorme plasticidad a nivel cerebral hace posible la libertad del ser humano. Las neuronas espejo y su papel imprescindible para crear nuestra conciencia y sentir empatía, tanto pueden servir para potenciar la bondad, como la maldad. Esa especie de mímesis neuromotora que las neuronas espejo propician puede ser de utilidad tanto para promover un abrazo, como un estrangulamiento. Porque hay que considerar que la empatía que fabrican no es universal, sino que únicamente se experimenta hacia aquellas personas de nuestro círculo, con las que compartimos una comunidad interactiva y de presencia. Los torturadores o los corruptos, también son muy empáticos entre sí.

Nunca desparecerá el conflicto en la sociedad humana. Acuerdos y desacuerdos conforman el cuerpo imprescindible del diálogo, del ejercicio de nuestra sociabilidad, de la formación de comunidades. Me gusta considerar el descuerdo como la llama-conflicto en la que arden los acuerdos y los pactos. La violencia y el dominio –con independencia de su legitimidad- se fundan siempre en el deseo de apagar este fuego agonal al que se reduce toda vida humana y toda sociedad.

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EN CADA SOMBRA

Lo hemos averiguado. Aquel día paseabas por las calles de Kabul, por esa ciudad fúnebre y sin atractivos, simulando tranquilidad y desapego ante el abismo de sus ruinas. Poco después te preguntaríamos por aquello. Afirmaste, “parecían de hojaldre; desecho del encono de las bombas”. Y añadirías, “las ventanas, traspasadas de cielo, fundían el aire y convertían las calles en hogares desmoronados”.

Hemos conocido ese paisaje. Algunos lo llamarían lunar, otros lo asemejamos a la imagen estereotipada de una catástrofe, de la destrucción. El Apocalipsis poseería una magnitud parecida, “como si la bicha hubiera desolado toda vida”.

Uno percibe, sobre tantas cosas, las ausencias: la casa, por lo que los escombros recuerdan de la casa; la destrucción de la idea de las cosas, por la aniquilación del concepto. Incluso la humanidad, también hurtada y transformada en fantasmas cuyos burkas ocultaran lo humano pervertido en sus sombras. Cómo saber si a cada forma le correspondía alguna presencia real y corpórea, un individuo.

Paseabas aquel día por los restos de Kabul, barajando la mirada con tantas imágenes recordadas, las fotos de la tragedia mezcladas con las sensaciones percibidas mientras deambulabas entre aquellos restos de personas, “esos desguaces de vida”. Estar para transmitir, convertir la lente en vínculo, eso deseabas, pero como sabríamos después, no lo conseguiste. Carecemos de tu interpretación, de esa crónica imposible de transmitir entonces, ni de reproducir más adelante, porque seguimos ignorando lo acaecido realmente durante aquel paseo.

Hemos realizado intentos por comprender, atisbos por enhebrar el flujo de aquellas sensaciones durante aquel período entre el momento en que abandonaste el hotel y tu aparición un mes después, cuando ya presagiábamos tu muerte. Confundido, en un principio, con uno de los cadáveres encontrados al borde de una carretera, esperábamos la confirmación de tu asesinato en cualquier momento. Realmente me sorprendí cuando me llamaron; primero tu mujer, después otras personas: “lo han encontrado, está vivo”.

Había sentido ya la muerte, esa tristeza similar a la del miembro amputado y todavía no asumida ni aceptada, la melancolía del fantasma ausente. Por eso realmente aquel día que apareciste no sentí demasiada alegría, sino reserva y una especie de frustración por la pena desperdiciada por haber sentido tu falsa muerte. Ese pago anticipado me exime, en parte, del dolor que pudiera procurarte ahora recordando e interpretando aquel paseo por las calles de Kabul.

Ya lo sabes, cuando tomaste el avión me negué a ir. Para evitar despedirte debí simular cualquier excusa. No recuerdo. Acababa de empezar la guerra. No entendíamos tu afán por estar allí, esa enfermedad de los nervios y del tacto por tomar posesión de los hechos y ser el primero en captar para poder transmitir, percibir para confeccionar una imagen original del conflicto y poder decir después, a la vuelta, yo estuve allí y lo viví, como tantas otras veces habías hecho, sin importarte ya el malestar de tu mujer; “nunca más, me oyes”, te volvió a decir, y como siempre, tú sonreíste tras atravesar el arco del detector de metales.

Lo sé porque vino a casa desde el aeropuerto. Yo acababa de desayunar y compartimos los últimos restos de café, demorando el azúcar en el fondo de nuestras tazas; el humo de su cigarrillo apenas turbado, en su ascenso casi rectilíneo, ni por quejas ni reproches, tan inconscientes las dos de todo lo que vendría después; en la cocina, sobre el bajo continuo del motor del frigorífico y sus escalofríos repentinos.

La noche anterior recibí tu último mensaje. Cuando apareció en la pantalla me sorprendió su extensión inusual. Pródigo en detalles, tan afectivo, no parecías tan lejano de nosotras, sobre todo, tan dueño de un tiempo excesivo entre las prisas y los miedos propios del estado de guerra desde donde me escribías. Ahora resultaría fácil resaltar su aire  premonitorio, sin embargo, al día siguiente, otra vez en la cocina, quisimos destacar su cálido tono, porque ello nos reconciliaba más fácilmente contigo, en esencia, con el recuerdo que habríamos deseado guardar para cuando nos confirmaran tu muerte. “… como una callejuela tras una ventana enrejada, de igual modo protegidas en la penumbra, pero sin poder apoyarse en la celosía; la brisa, tamizada como la luz de un confesionario, sentida como una ducha de aire. Sería como quedarse embutido en un muñeco de peluche, como ser gigante o cabezudo, tal como aquella vez cuando nos disfrazamos para sorprender a tu hijo, y le mirábamos a través de las bocas siempre abiertas de nuestros disfraces, disimulados por una tela como de mosquitero, tan fina que nuestras voces apenas se distorsionaban y acabó reconociéndonos”.

Sonrío porque nadie distinguiría, en estas frases, tu estilo conciso: el puro dato despojado de pasión, la mirada convertida en una lente fría que secciona lo superfluo de la autentica realidad.

Te imagino difuminado. Sí, borrado por un acto voluntario de mimesis mientras paseabas tranquilo aparentando ir hacia algún lugar concreto, una sombra entre otras deambulando por aquel dédalo de ruinas. Me habías dicho también, “resulta imprescindible no mirar demasiado las cosas, ni a la gente, ni al entorno, fluir al mismo ritmo, demorarse lo necesario ante las esquinas, nunca sorprenderse, jamás pretender desligarse tanto como para aparentar indiferencia”. Tal y como ahora te he sorprendido algunas veces, desapercibido entre la gente  en el parque donde sueles pasear junto a tu perro.

Conversamos las dos algunas veces con mi hijo. Pretendo explicarle por qué no vienes a vernos. Presiente que estás cerca, que no te encuentras de viaje. Si no te ve es porque anticipa algo imposible de comprender, propio, como él dice, de nuestro mundo de mayores. Tu mujer me ayuda, intenta simplificar tanto el lenguaje, para hallar la esencia diáfana de las cosas, que las palabras se diluyen y apenas son capaces de imprimir en su mente de niño un leve atisbo de la situación. A pesar de todo, lo intentamos, porque deseamos de algún modo contrarrestar las otras versiones, esa farsa de grandes palabras, de héroes y de traidores, de imágenes engañosas abatiéndose sobre su pequeña mente.

Hemos recordado muchas veces aquella foto donde apareces sujeto por los marines. Abrazas tu mochila apretándola como a un hijo perdido; sin embargo, tú eras lo único realmente ausente y abandonado en esas imágenes vistas hasta la saciedad y casi el hastío: tus ojos velados por la luz de las cámaras, todavía enfocados más allá de la barahúnda que te sitiaba, la insistencia de los flashes escamoteándole al público tu dolor, ese alma lacerada por las torturas sufridas durante el cautiverio.

Tu lenguaje se ha vuelto vago y elíptico. Cuando te hemos preguntado sobre algún detalle tus respuestas sobrevuelan los acontecimientos de aquel mes ya lejano, sin aquella concisión y respeto por los hechos tan propia de ti. Tantas veces te reproché esto, que ahora me sorprendo envidiando aquella objetividad entonces tan odiada. Yo no diría que divagas, como muchos sugieren, pero te veo incapaz de acercar el pasado, como si un lastre te impidiera objetivarlo para hacerlo comprensible, de confeccionar un discurso racional y coherente alejado de tus sentimientos actuales, sobre todo, de los miedos sobrevenidos desde entonces.

Fue a esperarte. Ignoro si pudiste distinguirla en aquel follón. Esta vez sí la habría acompañado. Pero quiso ir sola. Regresabas en un avión militar. Seis meses después serías –puede decirse– liberado, expulsado a un mundo que ya te había olvidado. Como parecía lógico, aquella vez no pudo verte a solas. Te reconoció detrás de una mampara blindada, entre muchas cabezas, apenas unos segundos, “esposado como un delincuente”, pero ya provisto de la máscara, como ella dice; en esa mirada presentiría tu actual soledad, tu retiro voluntario, sobre todo, tu hastío y desdén hacia nosotras, y el niño.

Me lo ha dicho muchas veces. Siempre la misma idea. Yo no estoy de acuerdo. Pero ella insiste en que las torturas transformaron tu personalidad, como si de resortes y tornillos se tratara: la precisa llave inglesa atenazando y girando científicamente hasta el punto de trastocar tu esencia. No la contradigo. Yo, sin embargo, no comparto esa necesidad por demonizar al torturador, convertirlo en un Prometeo consciente de su tarea e imbuido de un objetivo preciso; simplemente le desprecio como un ser brutal sin atributos ni programa. Tampoco me resulta grata la otra imagen, la del impacto de un cuerpo extraño, aleatoriamente “como un meteorito provoca un cataclismo, un cráter que el tiempo rellenará”. De aquella índole es su íntima y profunda idea de lo sucedido durante aquellos meses, sobre todo, de tu comportamiento posterior; su refugio ante tu desprecio, el vector que la anima a continuar empujando para conseguir rellanar la grieta que te ha roto por dentro. Si la convenciera de lo contrario, si ella pensara como yo, abandonaría, estoy segura. Pero ignoro por qué necesito mantener la ficción, depender de la fuerza de su ignorancia para superar la debilidad a la que me empuja conocerte mejor y no compartir su versión de los hechos.

No te ha querido volver a ver desde aquel día. Como seguramente intuyes, nunca ha deseado venir conmigo. Pero siempre me interroga cuando regreso. La última vez me preguntó si ya sabías que habíamos alquilado juntas una casa. Ella ignora que me presento de improviso. No sabría explicarle por qué no tienes un teléfono, por qué el correo inunda tu buzón y se desborda por el descansillo de las escaleras. Allí mismo te encontré cuando salías. Y la volví a mentir por qué no me invitaste a dar un paseo. Te seguí mientras el perro iba señalando alternativamente las esquinas y aprovechábamos para encender un cigarrillo o sonarnos los mocos, para superar ese continuado silencio del que no logro desprenderme y cuyo vacío relleno de esa insustancial conversación que luego reproduzco cuando ella o nuestros padres me preguntan y sobre la marcha voy inventando cada vez con mayor dolor y desasosiego: “regresamos y poco después de darle el dinero y un par de besos, desde el umbral le comenté que el niño va a una escuela al lado de casa y que yo le recojo al mediodía”.

Pero en esta última ocasión ella buscó mis ojos y notó mi inquietud, porque mis frases reflejaban una vida demasiado fácil. Llevada por un exceso de celo, había edulcorado nuestra vida junto al niño, y para convertir en más sincero el ya de por sí pervertido relato, la seguí mintiendo para ponerla al corriente de nuestra relación, e inventé tu contestación “ah, el niño, lo había olvidado”, para hacerla comprender que ni ella, ni yo, ni por supuesto el niño, te importábamos demasiado. Sin ganas, pero movida por un odio volcado más hacia mí que contra ella, agregué, “pero en ese momento advirtió el dinero en una de sus manos, lo levantó, lo miró y me dijo «confío en que sea suficiente»”. Nada de esto ocurrió, ¿verdad?

Tengo delante tus últimos escritos e informes, los artículos enviados y nunca publicados por los periódicos. Y siento la ausencia del objeto, volatilizado durante aquel mes desaparecido y reconformado en la imagen de ese ausente cuyo nombre encabeza las demandas ante los tribunales de derechos humanos. Hemos inventado unos agravios, creado un objeto violentado donde sería imposible reconocer a ese hombre con perro y gabardina, habitante del séptimo piso, que se niega a narrar, como si las palabras pudieran otra vez injuriarte, asustado de tu imagen pública y de las circunstancias derivadas de aquel paseo por las ruinas de Kabul.

Estamos las dos solas ante el televisor. El niño duerme desde hace un buen rato. Tu fantasma atraviesa el pasillo humano abierto entre los fotógrafos. Es el vídeo grabado del telediario, uno de cuyos fotogramas coincide con la imagen reproducida por los periódicos al día siguiente. La cámara te sigue desde la puerta hasta el jeep militar: un despojo perfectamente afeitado, y dos soldados. Pero seguimos indagando en esas imágenes, tan congeladas en el recuerdo como en el magnetismo de la cinta, atentas a detectar un hecho desapercibido, más bien creo, esperando el milagro de alterar, aún en el más insignificante detalle, las imágenes solidificadas por la fuerza del deseo. Una novedad que nos ayudaría a reconstruir el hilo cortado del relato, un hilvanado alternativo al oficial y contra el cual apenas nos has ayudado, siempre callado y ausente ante cada nueva interpretación, ante cada nuevo detalle.

Insisto en destacar otra vez la mirada del soldado más alto; asaz insolente, demuestra un asco exagerado y falso, incompatible con el modo, demasiado férreo, de sujetarte el brazo. Nuevamente nos sorprende, a pesar de la reiteración y de ser esas imágenes el punto de partida de nuestros esfuerzos por negar la evidencia oficial, tu gesto instintivo y reflejo de protegerte la cabeza ante el brusco y repentino movimiento del marine por impedir, con el brazo levantado, el acercamiento de un periodista.

Ella confía en la catarsis del proceso judicial: “Es cierto, hasta ahora nunca se ha interesado por los papeles, pero ha firmado cuando procedía, eso no puedes negarlo, y estoy segura, se pondrá delante del juez. Como tú dices, se callará, pero sólo al principio, después hablará y sobre todo, denunciará”. Me dejo mecer por este canto insistente y machacón, por su confianza ciega en ti persona y quizás consolidada sobre mis relatos tergiversados. Lo sé, desearías decirme de algún modo que te dejemos en paz, como cuando de niños huías al trastero y te relajabas tocando la flauta, hasta que mamá bajaba. Nunca supe cómo te convencía: esa intimidad vuestra siempre vedada al resto de la familia.

La maquinaria sigue funcionando, lo sabemos, sus engranajes giran aunque silenciados bajo el peso de la actualidad, soterrados en la vorágine de las noticias y la información reciente, de los trámites burocráticos ralentizados por la desidia y la falta de oportunidad. “En algún momento el proceso demandará una respuesta o un acto, una carta oficial le importunará en su retiro, le forzará a asomar la cabeza aunque sólo sea para callar. Entonces su silencio ya no será solitario, más allá de nosotras habrá otros encargados de juzgarlo e interpretarlo, seres anónimos de la gran máquina ante cuya presencia espero que al fin hable y sobre todo, acuse”. Yo no comparto esta retórica tan burda y superficial, pero nunca se la he refutado, y lo peor, incluso la he fomentado no sé con qué fines. Lamentablemente no poseo otro apoyo sino esta ficción de la que no conozco las claves y cuyos primeros resultados empezaremos a conocer mañana cuando ella y yo nos sentemos en la sala y oigamos llamarte por tu nombre.

Lo sé. No deseas contemplar otra vez el abismo. Tu coraza, “la máscara”, como ella dice, consiste precisamente en tu indiferencia hacia el público y hacia la humanidad, “esos creyentes del dato, de la corrupta actualidad”. Entiendo que el primer paso para recomponer tu imagen sería aceptarnos a todos como seres humanos; durante un tiempo soportar el dolor por el odio de tus conciudadanos maldiciéndote por haber sido un traidor y haber utilizado tu profesión para ayudar al enemigo; sobre todo, aceptar el riesgo de posar desnudo, impelido por el artificio de la máquina, a desprenderte de tu nueva piel para enfrentarte, otra vez indefenso y debilitado, al fantasma y a las sombras de Kabul; para al fin, y tras sufrir los dardos, quizás no alcanzar el objetivo, ese otro veredicto de culpabilidad hacia los verdaderos traidores, los salvapatrias que te torturaron confundido con el enemigo y cuyo error lo enmascararon con aquella acusación de la que ahora te defendemos y en la que te has ido disolviendo.

El dinero que te damos todos los meses y que tomas con tanto distanciamiento ya comienza a quemarme. Nunca lo pediste, es cierto, pero no me hubiera importado algún tenue gesto de agradecimiento. Pero últimamente atisbo tu nueva actitud ante él: lo aceptas como si fuera un pago por dejarte emplear en el proceso, por aceptar que tu nombre aparezca en los papeles y firmar cuando así te lo pedimos; y este mercadeo, o mejor dicho, estafa, si bien ella la aceptaría hasta el final, yo, en cambio, empiezo a contemplarla como un insulto.

Aquella mirada de ausente suspendida en la niebla más allá de tu perro o de la gente empieza a adoptar ahora un nuevo significado. Por eso te escribo ahora por primera vez, porque he querido huir tantas veces contigo hacia aquel punto de fuga incierto a través de tus abismos, en ese sufrimiento glacial de esencia similar al del conflicto donde se originó.

Porque recuerdo aquella guerra también como una operación quirúrgica; sin sangre; sin cuchillos de matarife; un láser verde turquesa acariciando la piel del enfermo; un foco intenso de luz cenital de cuarzo cortando tu piel en pétalos invisibles; una brecha de grosor atómico cuyos rebordes sonrosados se abren a la presión de unos guantes de látex; sin dolor; sin grandes efusiones; aséptico tras la cortina del cloroformo; la vista de la sangre: prohibida; la palabra: suprimida; sombras sin faz ni sentidos errando en un escenario sin sonidos de vida; no llueve, la luz siempre es intensa, al fondo los montes de piedra y de polvo se cubren con bonetes de nieve; y en la platea, la gente, el mismo sujeto repetido en mil rostros silenciosos; la televisión se enciende, el telón se abre y allí estabas tú también, en el proscenio oculto tras un saco atado sobre tus hombros con una soga; sin manos; arrodillado ante la nada, porque fue ese vacío de sensaciones, ante un público engañado, lo realmente turbador; esa anestesia aplicada sobre cada neurona y cuyas sinapsis solidificaron por esa carencia continuada de impulsos táctiles u olfativos, de impresiones visuales o vibraciones audibles.  

Mañana nos encontraremos en la sala del juicio. Papá y mamá no irán, no temas. Otro espectáculo, quizás tu última función. Si asistes, claro. Tu mujer acaba de salir en busca de cigarrillos. Estamos solos, el niño y yo. Cualquier otro día estaría ya acostado, pero oigo la película que está viendo en el vídeo. Me levanto, y te veo sobre la mesilla de noche de ella, una sonrisa de otro tiempo, y ando muy despacio por el pasillo, evidentemente no con la intención de reñirle, esforzándome por comprender las frases de los dibujos, los detalles de la acción. Tiene la luz apagada. Está dormido, pero a su alrededor las sombras coloreadas se proyectan sobre él y sobre cada detalle de la habitación, como una holografía emitida por el televisor contra todas las paredes y en cuya atmósfera de colores y de formas y de sonidos penetro para entender: un pato vomita una jerga incomprensible, baila y mueve la colita con gracia, pero un pincel bajado del cielo dibuja una venda sobre sus ojos, un palo entre sus manos y de improviso cambia la música y el decorado, y le vemos en una plaza de toros de la que pende una cucaña grande y hermosa que intenta aporrear. El público, caricatura de diversas especies animales, le grita, se ríe, tira serpentinas y confeti, fuegos de artificio, almohadillas y petardos musicales que explotan y asustan al pato y le distraen continuamente de su juego. Una mano invisible y sobrenatural levanta y baja la cucaña cada vez que el pato está a punto de reventarla de un golpe certero. Pero el pato sigue su cháchara gutural e incomprensible, se enfada, se golpea, amenaza al público, realiza contorsiones inverosímiles y sin ningún pudor saca un ojo por encima de la venda y acaba por premiar a todos los asistentes al espectáculo con una explosión multicolor de baratijas y de chucherías que rebota contra los muros de la habitación: parece el fin; pero en el silencio del fin, un batallón de cucarachas surgirá de las paredes y de los muebles, del propio cuerpo de mi hijo y de mí misma, y una a una irán recogiendo los colores y la música para tragárselos.

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