RuiValdivia

Horas non numero nisi serenas

Durante tres días consecutivos me he enfrentado a unas experiencias artísticas que en cierto modo pretenden situarse en las tripas del arte, que ponen de manifiesto el proceso artificial de creación artística, el hecho de que todo arte consiste en fabricar un artilugio que funcione en un determinado contexto, con unas mediaciones concretas.

El viernes fui al espacio ocupado de El Vaciador, donde la saxofonista y percusionista Chefa Alonso organizaba una jam session con su grupo Akafree. El denominado free jazz es una etiqueta que engloba mucha variedad de propuestas. Este grupo lleva ya un buen puñado de años tocando juntos, y se nota en la calidad del sonido, en la forma de trabarse y de dialogar, o discutir. No creo que esta música sea menos atractiva que el jazz clásico o que el be bop. En todos los casos el jazz posee esa componente de improvisación que lo convierte en una música viva y cercana, aunque en el free jazz el hecho de que las improvisaciones se liberen de las limitaciones armónicas y que cada grupo busque su propia forma de afrontar la atonalidad con mayor o menor radicalidad, le aporta un plus de interés, lo acerca a lo que es la esencia del proceso creativo, a ese punto en el que el intérprete nos divierte danzando sobre la cuerda floja.

Al día siguiente fui al Teatro de El Canal, a una sala Roja que recibía la propuesta de danza conceptual del coreógrafo francés Jèròme Bel. Se afirma que en el arte conceptual la realización material de la obra no posee tanta importancia como la idea o los conceptos que pretende presentar. Yo no estoy de acuerdo. No es que la realización no posea importancia, sino que adquiere un rango muy diferente a la forma tradicional de exponer el arte como objetos acabados y realizados con una elevada componente de virtuosismo. De forma similar a cómo la improvisación libre intenta crear un marco creativo del que emerjan sus propias normas de realización a través de la libre interacción de sus actores, el arte conceptual también desea hacer “visible” y palpable al espectador las tripas del proceso creativo, y por tanto, hacerle partícipe de cómo la obra se va a desarrollar. No es que se busque tanto la interacción con el público a nivel de que éste aporte algo material a la obra (que puede que sí), como que la fabricación de cada obra busque siempre descolocar al espectador, sacarle de su zona de confort, obligarle a definirse, sobre todo, evitar que se convierta en un ser pasivo que pasea y se deleita con la mera contemplación. Diría que esta es la componente primordial del arte conceptual (si es que se le puede llamar arte), que evita en todo momento que se lo contemple, y por tanto, que elude cualquier complacencia con la belleza y con la exposición de movimientos virtuosos acordes con cualquier canon de excelencia técnica.

En cierto modo, el arte conceptual yo lo asemejaría al boceto de un edificio. Existen planos bellísimos, qué duda cabe, pero el plano no se dibuja para que sea bello, sino útil para que los obreros construyan el edificio o la obra de arte acabada. En la obra que vimos, The show must go on (que continúe el espectáculo) no hubo danza, en el sentido clásico del término, sino un interrogante continuo sobre lo que estaba ocurriendo en una escena que en muchas ocasiones se transformaba en patio de butacas, en calle o en vacío. O en silencio, en homenaje a ese otro gran artista conceptual que fue John Cage y su obra 4’33’’. Aquello no fue un espectáculo, ninguna obra conceptual lo es, porque lo que todas estas anti-obras nos proponen es precisamente provocar que seamos conscientes del espectáculo en el que se han convertido nuestras vidas.

El éxito de una obra de estas características no reside en el aplauso, o la admiración que despierta en un público rendido, sino en su capacidad para crear un ambiente de tensión e incertidumbre. También en su inteligencia para utilizar la ironía. Cada representación de una de estas performances es diferente, porque cada público lo es. En cierto modo, una obra así tiende a desnudarnos, y por eso, la mejor manera que tienen algunas personas de seguir creyendo que están vestidas sea riéndose de los actores, ridiculizando a unas personas que en este caso eran como nosotros, porque vestían como nosotros y no poseían ningún tipo de formación artística. En el patio de butacas hubieron discusiones, comentarios despectivos, guasa y chistes, y también ese deseo tan contemporáneo de tener que pasárselo bien, de divertirse, y por tanto, de utilizar cualquier pretexto para hacer algo divertido, y que en este caso, por proximidad al contenido material de la obra (un DJ que pone música emblemática y conocidísima) se tradujo en encender lucecitas y moverse al ritmo de un concierto de rock.

Algunos se preguntarán ¿por qué pagar 15 euros para que te tomen el pelo? Sin embargo, yo no consideré en ningún momento que estuviera comprando mi entrada para consumir una obra, sino que adquirí, en su lugar, el boleto de una lotería, o de una apuesta. En estos casos, se paga por la posibilidad de participar en algo que puede salir mal, por algo que puede convertirse en aburrido o indecente, quizás torpe e incluso carente de inteligencia, por tener la posibilidad de entrar en las tripas de la creación, en ese lugar o proceso incierto en el que la chispa surge porque dos sujetos situados en planos diferentes interactúan en pie de igualdad.

Y finalmente fui de nuevo al Teatro Kamikaze, una sala que me encanta, para asistir a la última representación de El Tratamiento. Puede decirse que un obra de teatro convencional con actores que representan un papel preestablecido, con una clara diferenciación entre la escena y el público. Una obra francamente divertida, muy bien elaborada, y dinámica. Lo del dinamismo se considera casi siempre una característica positiva. Ahora no quisiera incidir en ello. Pero últimamente parece que gustan los guiones en los que la acción se disloca entre planos, y en los que se produce un juego muy dinámico entre diálogos convencionales, reflexiones, saltos temporales y espaciales, narraciones, diacronías, etc. Este el caso también de esta obra. De la que quisiera destacar el hecho de que coloca el “meollo de la cuestión” en el mismo hecho creativo, en los avatares biográficos de un guionista de cine, y en cuya puesta en escena se mezcla astutamente y con solvencia, tanto el guion de la película que está redactando, como los otros “guiones” que en esencia también forman parte de la vida de los protagonistas y de sus correspondientes interpretaciones.

En fin, crear y que la misma creación aparezca, en cierto modo, como un animal translúcido, que los miasmas y tripas formen parte también del espectáculo.

«En las tripas» recibió 0 desde que se publicó el martes 10 de abril de 2018 dentro de la serie «~» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Ruiz.

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