RECORDANDO A HOBSBAWM

Hace unos días moría el historiador británico Eric Hobsbawm, al que recuerdo como didacta de la historia moderna y contemporánea, el autor con el que aprendí a distinguir las grandes fuerzas y movimientos culturales, tecnológicos y económicos que soportan la historia vertiginosa del siglo XIX y XX.

Tengo el mal gusto de clasificar a los historiadores según se parezcan a las hormigas o a los escarabajos. Ruego me perdone el atrevimiento, pero Hobsbawm era de los últimos, un escarabajo pelotero que removía las entrañas de la realidad para ofrecernos como trofeo una síntesis, una explicación y unos actores destacados. A diferencia de los historiadores hormigas, Hobsbawm no nos atosiga con detalles, ni nos abruma con citas y menudencias, sino que nos ofrece un panorama, en lugar de una colección exhaustiva de fotografías microscópicas. Lo cual no quiere decir ni que el escarabajo carezca de solidez científica, ni que la hormiga se abstenga de ofrecer explicaciones y aventurar hipótesis,  pero Hobsbawm nos explica el pasado más reciente con vocación de síntesis, con el deseo de pintarnos las grandes transformaciones vividas por la humanidad. De esta forma resume, al comienzo de La era de la revolución 1789-1848, lo que fue el citado período:

“La gran revolución de 1789-1848 fue el triunfo no de la ‘industria’ como tal, sino de la industria ‘capitalista’; no de la libertad y la igualdad en general, sino de la ‘clase media’ o sociedad ‘burguesa’ y liberal; no de la ‘economía moderna’, sino de las economías y estados en una región geográfica particular del mundo, parte de Europa y algunas regiones de Norteamérica…”

Sobrecoge la aceleración de las transformaciones, el vértigo de las revoluciones en apenas 50 años. Evidentemente no existió un único motor de cambios, las parteras fueron numerosas, pero detecto en la narración de Hobsbawm un interés especial por destacar el papel que jugó la búsqueda de la riqueza. No es que éste fuera un deseo nuevo, ni que ahora quizás se revelara con mayor vehemencia, sino que a diferencia de pasadas búsquedas del Dorado, el viraje que inicia la revolución industrial con su cohorte de revoluciones concibe la riqueza como resultado de la aplicación de la tecnología, de la intensificación y mayor eficiencia del trabajo y de la nueva organización del Estado alrededor del derecho de propiedad, la fiscalidad, el fomento del comercio y la regulación laboral. No en vano el libro que mejor representa la época y que inspira sus cambios económicos y políticos se tituló “La riqueza de las naciones”, el manual que logró explicar cómo se podía alcanzar el progreso, y cómo remover los obstáculos políticos y económicos que lo impedían, entre los que se encontraban las monarquías absolutas:

“Con la excepción de Gran Bretaña (que había hecho su revolución en el siglo XVII) y algunos estados pequeños, las monarquías absolutas gobernaban en todos los países del continente europeo”.

La filosofía que animaba a la burguesía, protagonista de todas estas revoluciones, fue la ideología progresista que se enfrentaba de forma radical al inmovilismo de las élites monárquicas, por muy ilustradas que fueran,

“difícilmente podía(n) desear, y de hecho jamás lo realizaría(n), la total transformación económica y social exigida por el progreso de la economía y los grupos sociales ascendentes (…) Existía, pues, un latente –que pronto sería abierto- conflicto entre las fuerzas de la vieja sociedad y la nueva sociedad ‘burguesa’, que no podía resolverse dentro de las estructuras de los regímenes políticos existentes”.

El punto de despegue (take-off) de este proceso revolucionario fue la revolución industrial en torno a 1780,

“(…) el acontecimiento más importante de la historia del mundo y, en todo caso, desde la invención de la agricultura y las ciudades. Y lo inició Gran Bretaña”.

Porque esa aceleración que se produjo en la generación de riqueza por obra de la aplicación tecnológica al trabajo, fue la constatación clara y cuantificable de que el progreso podía darse y que dependía de una serie de medidas de orden económico y político que era dable aplicar en cualquier país, siempre y cuando el feudalismo y las monarquías absolutas dejaran expedito el camino al poder de la burguesía y el liberalismo. Nueve años después y como todo el mundo sabe, estallaría la revolución francesa (1789), otro ejemplo que debían seguir las naciones para progresar y alcanzar la riqueza.

“La influencia de la revolución francesa es universal, pues proporcionó el patrón para todos los movimientos revolucionarios subsiguientes, y sus lecciones (interpretadas conforme al gusto de cada país o cada caudillo) fueron incorporadas en el moderno socialismo y comunismo”.

Sin embargo, Hobsbawm no identifica, como suele ser habitual, el objetivo político de estas revoluciones burguesas con la democracia, ni con esa tríada que las hiciera tan populares, la de la libertad, la igualdad y la fraternidad.

“Pero, en conjunto, el clásico liberal burgués de 1789 (y el liberal de 1789-1848) no era un demócrata, sino un creyente en el constitucionalismo, en un Estado secular con libertades civiles y garantías para la iniciativa privada, gobernado por contribuyentes y propietarios”.

Por ello, cuando en algunos momentos el pueblo, los sans culottes, los trabajadores y los pobres, tomen la iniciativa aprovechando la coyuntura, serán exterminados por la misma burguesía o por algún dictador a su servicio:

“Napoleón sólo destruyó una cosa: la revolución jacobina, el sueño de libertad, igualdad y fraternidad y de la majestuosa ascensión del pueblo para sacudir el yugo de la opresión”.

Creo que esta muestra de citas, extraídas todas ellas de las primeras páginas de La era de la revolución 1789-1848, contextualiza y expresa de forma diáfana la pretensión del historiador británico, y da idea de su talante y aspiraciones a la hora de entender y enseñar la historia, también en los dos tomos que la continúan, La era del capital 1848-1875 y La era del imperio 1875-1914.

Resultaría por mi parte pretencioso ofrecer un resumen exhaustivo de todas las aportaciones de Hobsbawm en el campo de la historia moderna. Con este resumen intento acercar su trabajo y estimular su lectura, que considero imprescindible para entender los cambios acecidos en el mundo durante estos últimos 200 años: el nacionalismo, la diplomacia decimonónica, la evolución de la Iglesia, el arte, la cultura y la ciencia, la ascensión del proletariado, las guerras, la construcción de las naciones, la lucha de clases, etc.

Afirma Hobsbawm en las primeras líneas de la introducción a La era del capital 1848-1875:

“En la década de 1860 entra una nueva palabra en el vocabulario económico y político del mundo: capitalismo. Por eso parece oportuno dar a este libro el título de ‘La era del capital’, enunciado asimismo recordatorio de que la obra cumbre del más formidable crítico del capitalismo, el ‘Das Kapital’ (1867) de Karl Marx, se publicó precisamente en aquellos años. Y es que el triunfo mundial del capitalismo es el tema más importante de la historia en las décadas posteriores a 1848”

De esta forma tan clara y genial, el historiador contextualiza el período histórico y destaca su gran hilo conductor. Si el progreso había sido un estandarte de lucha durante la era de las revoluciones (antes de 1848), ahora se trastocaba en “el drama del progreso” al que el capitalismo arrojaba a millones de perdedores:

“(…) un cataclismo para los millones de pobres que, transportados a un nuevo mundo, frecuentemente a través de fronteras y océanos, tuvieron que cambiar de vida. Para los miembros del mundo ajeno al capitalismo, a quienes éste tenía en sus manos y los zarandeaba (…) El mundo del tercer cuarto del siglo XIX estuvo formado por vencedores y víctimas. El drama no hay que buscarlo en el apuro de los primeros, sino lógicamente en el de los últimos”

Las promesas de ascenso social de los pobres, de libertad e igualdad para los pueblos sufrieron un cruel retroceso a partir de 1848, como consecuencia del temor de que las experiencias revolucionarias del París de 1848 pudieran extenderse y poner en peligro la estabilidad política necesaria para el progreso de la burguesía y las grandes fortunas, ahora sí claramente aliadas con el capitalismo en contra de la democracia:

“El año 1848 fracasó porque resultó que la confrontación decisiva no fue entre los viejos regímenes y las unidas ‘fuerzas del progreso’, sino entre el ‘orden’ y la ‘revolución social’. La confrontación crucial no fue la de París en febrero, sino la de París en junio, cuando los trabajadores, manipulados para que pareciera una insurrección aparte, fueron derrotados y asesinados en masa (…) La ferocidad del odio de los ricos hacia los pobres queda reflejado en el hecho de que después de la derrota fueron asesinados unos 3.000 más, en tanto que eran detenidos 12.000 para ser deportados casi todos a los campos de concentración argelinos”

A partir del momento en que la burguesía fue consciente de haber derrotado al viejo régimen y de la obligación de mantener sojuzgado a los pobres que habían sido utilizados hasta ese momento como carne de cañón de sus revoluciones triunfantes, pudo acometer la tarea de intensificar la capitalización de los nuevos Estados (transporte, comunicaciones, máquinas, etc.) y llevar a cabo lo que Hobsbawm denomina “la unificación del mundo”:

“No hay duda de que los profetas burgueses de mediados del siglo XIX vivían con la ilusión de conseguir un mundo único, más o menos tipificado, en donde todos los gobiernos reconocieran las verdades de la economía y el liberalismo políticos que, a través de la Tierra, misioneros impersonales pregonarían con más fuerza que la utilizada por los del cristianismo o el islam”

Por esta razón las víctimas del progreso, que durante este período apenas pudieron hacer frente al empuje de la burguesía, y que se preparaban para la gran batalla que comenzaría con la crisis que afloró en el año 1873, denominaron a su movimiento como “la Internacional” (fundada en 1889), porque únicamente a través de una igual internacionalización de la lucha podría hacerse frente a la unificación mundial puesta en marcha por el capitalismo.

Los grandes hitos y procesos de este período fueron la gestión diplomática exitosa de las guerras, que fueron cortas y controladas, a excepción de la de Crimea; la construcción de naciones, cuyo ejemplo más evidente fueron Italia y Alemania; la lucha por el sufragio universal y la eclosión de las masas en la política; el colonialismo y la injerencia occidental en la política de Latinoamérica, China, Japón, etc. con la famosa política de las cañoneras para abrir mercados; las reformas agrarias y las luchas campesinas por la tierra; las grandes migraciones; la eclosión de las ciudades, de los centros fabriles y del proletariado como nueva clase en lucha por la hegemonía; etc. De todos estos hechos el libro da buena cuenta y destacaría, como ejemplo de la capacidad de Hobsbawm para mostrar los fenómenos esenciales y explicativos de los procesos, el capítulo dedicado a explicar las particularidades de “El mundo burgués”, donde se entretejen elementos puramente sociológicos, casi psicológicos, que facilitan la comprensión de cómo funcionaba esa sociedad y cuáles eran sus intereses.

Como decía con anterioridad, en el año 1873, y tras los acontecimientos dramáticos de la Comuna de París (1870), se inicia una crisis de dimensiones colosales en el capitalismo que acabaría abocando a la Gran Guerra de 1914-1918,

“Pero lo que da a este período su tono y sabor peculiares es el hecho de que los cataclismos que habían de producirse eran esperados, y al mismo tiempo resultaban incomprendidos y no creídos. La guerra mundial tenía que producirse, pero nadie, ni siquiera el más cualificado de los profetas, comprendía realmente el tipo de guerra que sería. Y cuando finalmente el mundo se vio al borde del abismo, los dirigentes se precipitaron en él sin dar crédito a lo que sucedía. Los nuevos movimientos socialistas eran revolucionarios, pero para la mayor parte de ellos la revolución era, en cierto sentido, la consecuencia lógica y necesaria de la democracia burguesa (…)”

La crisis de 1873 no fue de producción, sino de rentabilidad, porque lo que preocupaba a los hombres de negocios y a los Gobiernos,

“(…) era la prolongada depresión de los precios, una depresión del interés y una depresión de los beneficios (…) En una época (la actual) en que estamos persuadidos de que el incremento de los precios (la inflación) es un desastre económico, puede resultar extraño que a los hombres de negocios del siglo XIX les preocupara mucho más el descenso de los precios, y en una centuria deflacionaria en su conjunto, ningún período fue más deflacionario que el de 1873-1896, cuando los precios descendieron en un 40% en el Reino Unido”.

Fue el afán proteccionista nacido de esta crisis de superproducción, una de las causas definitorias de la conflictividad internacional y el nacimiento de los Imperios europeos (el colonialismo), porque mientras la mayor parte de los países industrializados optaron por incrementar los aranceles, en cambio, el Reino Unido,

“(…) defendía la libertad de comercio sin restricciones (…) Conforme la competencia extranjera penetró en la industria británica, lo cierto es que Londres y la flota británica adquirieron aún más importancia que antes en la economía mundial (…) La libertad de comercio parecía, pues, indispensable, ya que permitía que los productores de materias primas de ultramar intercambiaran sus productos por los productos manufacturados británicos, reforzando así la simbiosis entre el Reino Unido y el mundo subdesarrollado, sobre el que se apoyaba fundamentalmente la economía británica”.

De esta forma, las naciones occidentales se transformaron en economías que rivalizaban por mantener la tasa de ganancia y colocar la superproducción, en expandir sus mercados fuera de sus fronteras y sobre todo, por generar un mercado cautivo en sus colonias de ultramar. Por esta razón el título del libro en el que Hobsbawm relata este proceso que desembocaría en la Primera Guerra Mundial, es el de  La era de los imperios 1875-1914.

En el capítulo sobre “La política de la democracia”, Hobsbawm nos informa sobre el surgimiento de la política de masas, el conflicto entre unas clases conservadoras que veían en la democratización (sufragio universal) el peligro de la subversión y de las pérdida de poder, y otras élites que supieron manipular el proceso a través de la propaganda, el nacionalismo y la división del movimiento obrero, de tal modo que al final del período,

“(…) las clases dirigentes descubrieron que la democracia parlamentaria, a pesar de sus temores, fue perfectamente compatible con al estabilidad política y económica de los regímenes capitalistas”.

En esta era de imperios, el escritor británico destaca varios elementos de interés que ya habían aflorado previamente, pero que ahora adquieren un cariz nuevo definitorio de los nuevos tiempos: el movimiento obrero se organiza y recluta al proletariado, pero también se divide entre anarquistas, comunistas y social-demócratas, y no es capaz de aglutinar a la todavía mayoritaria población campesina, a excepción de las zonas rurales latifundistas del sur de Europa; el nacionalismo, de ser una ideología ligada a la revolución francesa, y por tanto, liberal y progresista, se torna en patriotismo, y serán las derechas y los conservadores quienes conviertan la nación en un arma política contra la revolución, a favor de la guerra internacional y el colonialismo, unas naciones que ahora tienden a definirse en términos raciales y sobre todo, lingüísticos, en lugar de políticos; la burguesía acabará por perder gran parte de su carácter emprendedor y se transformará en una clase ociosa que vive de las rentas y de los capitales heredados, una casta familiar y clientelar amalgamados por los lazos de parentesco y por la educación elitista más allá que por la habilidad para hacer negocios, y que delegó la gestión de sus empresas en la nueva clase de la burocracia técnica pública y privada; el surgimiento de la cuestión femenina y el replanteamiento de su papel en la sociedad más allá de su papel de reproductoras; el nacimiento de las grandes vanguardias culturales y el cuestionamiento de la ciencia como marco comprensivo de la realidad por obra de las matemáticas; el anticlericalismo; la carrera armamentística; el surgimiento de la sociología y de la psicología como nuevas ciencias capaces de entender la evolución de las sociedades humanas; etc.

La era de los imperios acabó en una gran guerra que tuvo como uno de sus objetivos principales el reparto de dos grandes imperios en proceso de desintegración, el otomano y el austro-húngaro, por no hablar de China, Japón y Rusia. Pero la guerra no concluyó sólo con un nuevo reparto del mundo, sino también con la eclosión de revoluciones sociales en México, Rusia, Alemania, India, Irlanda, etc. Hasta la llegada de Stalin, que transformará el comunismo internacional en una fuerza al servicio de la política soviética, los movimientos revolucionarios, con el lejano apoyo de la Unión Soviética, tenían por misión expandir internacionalmente el área de influencia del socialismo, por lo que el terror que se apoderó de las grandes potencias corrió parejo con la lucha que se desató a nivel propagandístico y policial por frenar el avance de la revolución que la misma guerra había propiciado.

El capítulo que dedica Hobsbawm a la política internacional, a las alianzas y a los movimientos diplomáticos previos a la Gran Guerra, resulta elocuente de la maestría del historiador para explicar la enorme complejidad de aquellos prolegómenos, sobre todo el proceso que hizo virar a Gran Bretaña de haber mantenido una postura de neutralidad y contrapeso en los asuntos europeos, a otra de clara beligerancia contra Alemania.

Las consecuencias del conflicto fueron desorbitadas, y ningún estratega ni político europeo pudo prever tamaño desenlace:

“(Los gobiernos) fueron tomados totalmente por sorpresa, como lo fueron los enemigos de la guerra, por el extraordinario entusiasmo patriótico con que sus pueblos parecieron lanzarse a un conflicto en el que al menos 20 millones de ellos habrían de resultar muertos y heridos, sin contar los incalculables millones de niños que no llegaron a ser engendrados como consecuencia de la guerra y el incremento del número de muertes entre la población civil como consecuencia del hambre y las enfermedades”.

Incluso el bando socialista no supo ver la oportunidad revolucionaria que supuso la guerra:

“Para los socialistas, la guerra era una catástrofe inmediata y doble, en la medida en que un movimiento dedicado al internacionalismo y a la paz se vio sumido en la impotencia, y en cuanto que una oleada de unión nacional y de patriotismo bajo las clases dirigentes recorrió, aunque fuera momentáneamente, las filas de los partidos e incluso del proletariado con conciencia de clase en los países beligerantes”.

Hobsbawm prosiguió, bastantes años después, el exitoso trabajo histórico iniciado en el siglo XIX, y en uno de sus últimos libros pretendió explicarnos la Historia del siglo XX, de la que fue testigo de excepción. Sus dos primeras partes tituladas “La era de las catástrofes” y “La edad de oro” desvelan las claves de los grandes conflictos que copan el siglo, la Primera y Segunda guerras mundiales, y la Guerra Fría, unos primeros 40 años marcados por las más demoledoras guerras jamás vividas por la humanidad, y una segunda parte que bajo el escalofrío de la guerra nuclear presenció la época de mayor generación de riqueza de la historia humana. No me detengo ahora a resumir esta magna y amena obra, pero desde aquí recomiendo encarecidamente su lectura.

Por último, quisiera destacar una obra menor, en extensión, pero de gran genio y clarividencia, cual es Naciones y nacionalismo desde 1780. Entiendo que junto con los escritos de Gellner sobre la nación, esta obra ofrece una idea muy clara de la ideología nacionalista, su génesis, desarrollo y consecuencias, y que ilustra también a la sociedad de hoy sobre cómo tratar este fenómeno, que lejos de haberse debilitado con el correr de los años, se agudiza en este mundo de conflictos divinales y de total intolerancia. Afirma Hobsbawm:

“La paradoja del nacionalismo se hallaba en que, al formar su propia nación, creaba automáticamente el contra-nacionalismo de aquellos a quienes forzaba a elegir entre la asimilación y la inferioridad”

Palabras proféticas y desveladoras del cariz que acaba adoptando todo movimiento nacionalista, ya sea el que configuró los grandes Estados nacionales europeos, el que animó los movimientos independentistas de la descolonización, como el que actualmente agita las reivindicaciones independentistas de los movimientos políticos centrífugos.

Como Gellner y otros pensadores “materialistas” del fenómeno nacionalista, consideraba que las naciones no existen de por sí, sino que es cada particular ideología nacionalista la que crea la nación, basándose en un concepto idealizado de la raza, la lengua, la historia y la cultura. Su exposición panorámica sobre el nacimiento del concepto moderno de nación, pueblo y estado en la revolución francesa, y sus transformaciones, a  lo largo del siglo XIX, hasta desembocar en el conflicto balcánico o en los más de veinte nacionalidades europeas que reclaman la creación de estados independientes, muestra la capacidad de Hobsbawm para aclarar conceptos e hilvanar la trama de los principales acontecimientos.

“El ‘principio de nacionalidad’ que debatían los diplomáticos y que cambió el mapa de Europa en el período que va de 1830 a 1878 era, pues, diferente del fenómeno político del nacionalismo que fue haciéndose cada vez más central en la era de la democratización y la política de masas de Europa”

En el polo opuesto de esta corriente histórica interpretativa del nacionalismo, se situaría Herder y su cohorte de acólitos, representantes del pensamiento “romántico” o idealista del  fenómeno nacionalista, que dotan al concepto de nación de una componente espiritual (“volkgeist” o espíritu del pueblo) que va más allá de cualquier categorización razonable del concepto, porque considera que las naciones son expresión de un modo de estar en el mundo prexistente a cualquier avatar político o histórico, idiosincrasia que sólo puede expresarse en la lengua propias de cada nación. Afirmará Hobsbawm al respecto:

“De hecho, la identificación mística de la nacionalidad con una especie de idea platónica de la lengua, que existe detrás y por encima de todas sus versiones variantes e imperfectas, es mucho más característica de la construcción ideológica de los intelectuales nacionalistas, cuyo profeta es Herder, que de las masas que utilizan el idioma. Es un concepto literario y no un concepto existencial”.

Sobre este tema de la lengua quisiera insistir, para concluir este sucinto repaso de la obra de Hobsbawm, porque considero que la información que aporta sobre cómo históricamente se creó esta identificación entre lengua y nación, resulta llamativa y repleta de significados para entender el nacionalismo contemporáneo.

Nos recuerda el historiador que en la Francia revolucionaria, el 50% de la población no era capaz de hablar francés, y que tan sólo el 12% ó el 13% lo hablaba correctamente. Que en el caso del alemán, esta lengua sólo era capaz de leerla a lo sumo unos 500.000 lectores, y que un número todavía más reducido era capaz de hablar el Hochsprache que sería el futuro idioma de la Alemania unificada. El caso italiano todavía resultaba más extravagante, ya que tan sólo el 2,5% de la población usaba el italiano para fines cotidianos. Lo que da muestra que más bien el Estado, con pretensiones de nación, fue el que al final creó las lenguas consideradas vernáculas con objetivo de identificación y comunicación general.

“Las lenguas nacionales son, pues, casi siempre conceptos semi-artificiales y de vez en cuando, como el hebreo moderno, virtualmente inventadas. Son lo contrario de lo que la mitología nacionalista supone que son, a saber, los cimientos primordiales de la cultura nacional y las matrices de la mente nacional. Suelen ser intentos de inventar un idioma estandarizado partiendo de una multiplicidad de idiomas que realmente se hablan, y que en lo sucesivo quedan degradados a la condición de dialectos (…)”

Hobsbawm destaca que a mediados del siglo XIX se extiende la práctica de los censos, y que en 1873 el Congreso Estadístico Internacional recomienda incluir entre las preguntas la lengua, información que daría pie para realizar las divisiones nacionales europeas que han caracterizado las independencias y las luchas fratricidas en los Balcanes y en las repúblicas soviéticas. Porque la ideología nacionalista que pretende aunar lengua con cultura, con raza y con nación, vio facilitada su aplicación en estas entidades multi-lingüisticas por el hecho de que cada ciudadano tuviera que decantarse por especificar únicamente una alengua, cuando en realidad, las personas usaban indistintamente diferentes registros idiomáticos según hablaran en la familia, tuvieran que escribir una novela o realizar un trámite burocrático. Las naciones se asignaron según porcentajes mayoritarios de población que hablaba cada lengua, por lo que el censo y la estadística en conjunción con la ideología nacionalista dio como fruto un mosaico de naciones nostálgicas que debían conseguir a toda costa su conversión en Estados independientes y acto seguido, alcanzar la homogeneidad interna en cultura y lengua.

“Es casi seguro que la libertad cultural y el pluralismo gozan de mejor protección en los grandes estados que se saben plurinacionales y pluriculturales que en estados pequeños que van tras el ideal de la homogeneidad étnico-lingüística y cultural”.

Eric Hobsbawm pertenecía a esa larga e ilustre saga de intelectuales cosmopolitas a los que la hecatombe de la Segunda Guerra Mundial impactó tan profundamente sobre sus convicciones. Criado en un ambiente selecto, rodeado de la cultura y del refinamiento intelectual propios de la Centroeuropa de comienzos del siglo XX, a pesar de pertenecer a otra generación, su formación y talante se asemejaba a la de otros ilustres exponentes de esa gran generación perdida que Walter Benjamin o Stefan Zweig representan, y cuyos suicidios idealizan la imagen de esa Europa en ruinas que el fascismo destruyó. Nació en Alejandría, se formó en Berlín y en Viena, de familia judía, emigró en el año 1933 al Reino Unido, donde ya permanecería hasta su muerte reciente. De personalidad inquieta y abierta, adoptó el pseudónimo de Francis Newton (el denominado “trompetista comunista” de la banda de jazz de Billie Holiday) para escribir de música y de otros temas al margen de la historia.

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Recirdando a Hobsbawm by Rui Valdivia is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 4.0 Internacional License.

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