Aquellas y estas escuelas

Las arquitecturas se sustentan sobre una base material de hormigón, cristal y acero que configura un espacio estético y una estructura convivencial, un cuerpo social en el que habitan y fluyen las personas. A pesar de los años transcurridos desde que se creó la tecnología de la escuela, la arquitectura educativa sigue consistiendo en una acumulación de espacios cúbicos donde sucesivas hileras de pupitres se orientan hacia un profesor que oficia ante una pizarra. Que el encerado sea ahora electrónico, los pupitres un poco más ergonómicos, que exista un aula de informática y ya no haya crucifijo, que la autoridad del maestro haya caído en barrena o que los libros sean más o menos ilustrados, no ha alterado un sistema de aprendizaje heterónomo, centralizado y monoaural en el que unos espectadores más o menos motivados intentan asimilar los ecos de la tradición entre unas paredes que ahora, más que antes, encierran un espacio de ficción absurdo en relación con la realidad social y cultural a la que los chavales se enfrentan cuando salen a la calle y se conectan a las redes.

La escuela era el primer escalón del aprendizaje del operario fabril, el lugar donde se empezaba a realizar la selección de roles de la gran pirámide social en la que el capitalismo fordista ejercía su férula. Pero el sistema se ha ido transformado en eso que se ha venido en denominar el capitalismo cognitivo, y a pesar de ello, la escuela apenas se ha apercibido del cambio cultural que supone que los trabajadores deban aplicar sus capacidades intelectuales y cooperativas, más que su fuerza bruta, para producir las nuevas mercancías de la sociedad del conocimiento. No me situaré ahora en el extremo de defender que la educación, como afirmaba el anarquista y pedagogo catalán Ferrer (asesinado en la prisión de Montjuic en 1909), debiera asumir el papel de “combatir cuantos prejuicios dificulten la emancipación total del individuo, y para ello adopta el racionalismo humanitario que consiste en inculcar a la infancia el afán de conocer el origen de todas las injusticias sociales para que, con su reconocimiento pueda luego combatirlas y oponerse a ellas”, pero es que ni incorpora el objetivo de formar mínimamente en la consolidación misma de una sociedad que ya fluye por otros derroteros.

Miro hacia mis tiempos escolares y contemplo la sucesión paulatina de bifurcaciones a través de las cuales el sistema educativo nos iba clasificando y separando en una inmensa cadena de cribas que se sucedían desde el gran embudo inicial hasta los más preciados granos de la élite social: al final todos salíamos del sistema etiquetados, no sólo en virtud de la titulación, sino también sobre nuestra personalidad, aptitud, moral, etc. Un traje del que muchas personas han sido incapaces de desembarazarse a lo largo de toda su vida. Lo que entonces se podía concebir –por supuesto no por todos- como una cadena que nos ataba a un sistema del que disentíamos y contra el que sólo se podía luchar arrancándonos las etiquetas de la escuela y fabricándonos otro traje muy distinto, ahora, sin embargo, la mera supervivencia de muchas personas no va a depender, como antes, de conservar el uniforme escolar, sino en asumir un aprendizaje vital y laboral al que la escuela de hoy en día presta muy poca atención.

De entre las muchas carencias, y sobre todo, malformaciones que nos impone la escuela actual, la de su incapacidad para mostrar a los chavales cómo se puede trabajar en grupo, las virtudes de la cooperación, la participación, la vida en comunidad o las decisiones en asociaciones y asambleas, me parece de las más alarmantes.

Todavía en las aulas se eligen a los delegados de curso, una farsa que sólo sirve para justificar que vivimos en una sociedad democrática donde hasta los más pequeños pueden participar en las decisiones comunes. Pero en lugar de aprender a participar y a debatir, a cooperar con toda la clase para alcanzar algún tipo de objetivo común, el proceso resulta realmente desmotivador, porque en ningún momento se contempla durante el aprendizaje escolar el que los niños experimenten las herramientas y los conceptos básicos del trabajo cooperativo. Recuerdo las asambleas interminables, vociferantes y plagadas de insultos y malos modos, los intentos de manipulación de los más espabilados, y sobre todo, el pasotismo generalizado que inducía un medio supuestamente democrático en el que nadie creía, que se afronta como un mero trámite y que desalienta el trabajo futuro en comunidad de los alumnos. O los trabajos en grupo que los profesores a veces encargaban, y que acababan casi siempre por convertirse en un ritual de lo que en el futuro nos iba a deparar el mundo laboral, el trabajo aprovechado de unos, la inocencia de otros, el injusto reparto del premio/nota entre los trabajadores, la casi imposible capacidad de repartir el trabajo y la responsabilidad por medios diferentes al dominio, la manipulación o el simple dejar hacer.

Al final, del sistema escolar los jóvenes salen escaldados de todo lo que significa cooperar, dotados de las herramientas rabiosamente individualistas, y sobre todo, el recelo marcado a fuego, que se supone van a resultarle verdaderamente útiles para afrontar su formación universitaria y el mercado de trabajo. Como si sólo pudieran existir dos mundos, el real y eficaz de la jerarquía y la cadena de explotación, y por otro lado, el de la comuna, el amor libre y el todo vale en el que consideran que se reduce todo proceso de toma de decisiones y de cooperación que no esté basado en la disciplina, la autoridad, la obediencia y un organigrama plagado de jefes y responsabilidades.

Comparto este diagnóstico: “No se sabe cómo armar un grupo, a quién convocar para que el proyecto tenga éxito, cómo trabajar desde la diversidad, cómo ordenar las intervenciones y la producción de ideas, cómo registrarlas para contemplar la totalidad de opiniones, cómo incorporar al proyecto saberes de distinta índole, cómo sintetizar una gran variedad de ideas, opiniones y conocimiento en una propuesta realizable y poder concretar una planificación para su implementación”

Todo esto debería enseñarse y sobre todo, practicarse en la escuela. Comprendo que durante muchos años esto se haya evitado porque resultaba contraproducente en relación con el sistema de poder y sobre todo, con el tipo de sistema productivo que imperó en occidente hasta hace bien poco tiempo. Pero aunque sólo sea por cumplir el objetivo tan pretenciosamente cacareado de formar buenos profesionales, el hecho de que los jóvenes deban afrontar su errática y nómada vida en la posmodernidad líquida y precaria en la que van a vivir, sin poseer una mínima experiencia en cooperación, diálogo, exposición de opiniones, confección de discursos, manejo de emociones, por ejemplo, me resulta enormemente peligroso para ellos y contraproducente para todos. El momento histórico y tecnológico que debemos afrontar ahora, nos guste o no, es el de la creatividad, la continua innovación, las redes de conocimiento, el procomún, el cerebro social, etc., un mundo en el que tanto las mercancías como nuestro bienestar van a depender cada vez más de la gestión comunal de saberes y de la aplicación de inteligencia, para lo que resulta imprescindible no tanto ser un magnífico especialista, sino poder cooperar y trabajar en equipos multidisciplinares compartiendo experiencia a través de redes de diálogo y comunicación en el que las jerarquías procedimentales tienden a diluirse.

Desde esta lógica, ya sí, aquel discurso de Ferrer, que compartí con vosotros, posee una rabiosa actualidad, precisamente la de poner sobre el terreno de juego las relaciones entre educación, cultura y política, ya que que a pesar de las redes y los conocimientos compartidos, de la cooperación cibernética, el afán de los poderosos por seguir basando sus prerrogativas en la generación artificial de escasez y en el domino sobre los medios de producción, en concreto, sobre las redes y los derechos de propiedad intelectual, deberá ser debidamente contrarrestado por el uso contrario y beligerante de esas mismas tecnologías de la comunicación y el conocimiento, para que no se conviertan, claro está, en herramientas de dominio y explotación de nuestras mentes.
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5 comentarios sobre “Aquellas y estas escuelas

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  1. @ruivaldivia De las generaciones de posguerra se llega a (algunas) juntas vecinales, propietarios hoy entorno a los 70/75 años, en las que campa la falta de formas básicas para el diálogo y la discusión racionales. Pero tambièn vienen desde allí a esas reuniones una desconfianza y una agresividad, que parecen cuasi instintivas, ante la mera diferencia de pensamiento en el otro, no digamos ante el afán de innovación. Y aunque son hoy el grupo adulto de larga experiencia vital y aunque han atravesado con éxito –al menos éxito de superviviente– por fases de adaptación complejas (salida del franquismo en lo social o político, etc, pero más lentamente y a veces sólo parcialm en lo psicológico), siguen siendo capaces de actitudes poco menos que predadoras para con miembros _de esas mismas generaciones_ en situación hoy de indefensión. En la etiología de esa sombra mortecina del fascismo que aún vive generacionalmente se ven claramente dos cuestiones: una es el entorno de escasez material (con ejemplos de carencias asfixiantes a la vista, cuando no sufridos en carne propia) en que crecieron y la constricción ética e intelectual en que tuvieron que madurar; la otra, la ninguna o poca (o poca y mala, cuando la hubo) educación que les indoctrinaron. msg 1/2

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  2. @ruivaldivia msg 2/2 Al pensar en las generaciones que echan a andar hoy –las que nos preocupan en algunas de estas conversaciones–, también maltrechas de un sistema educativo cuyos espejismos describes, reparo en que no las he contemplado a la luz, mortecina, de ese tipo de enseñanza indeseada e indirecta, eso que acaba siendo un aprendizaje reactivo, por exposición forzada a valores despreciables que comentas. Y por un instante la panorámica es mucho peor de lo que era :-|. Pero también siento una especie de prisa agradable (recuerdo un par de frases de David, este finde pasado: "No creo que vayamos a ser multitud. Creo que merecerá la pena".) No me cabe duda de que tendrá que haber, se quiera o no, contextos ocasionales de beligerancia (combatividad, que no guerreo) –de hecho, el dialogo definitorio reciente sobre la nociòn de filé me lo traía a la mente con cierta facilidad), pero incluso en esa tesitura brillan más tus palabras: "gestión comunal de saberes y […] aplicación de inteligencia".

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  3. @exetio Sí, se crea un contexto que genera reacción contra la democracia más directa, la práctica del consenso, la conversación, etc. La educación sigue clasificando entre los que son llamados a mandar, y los que deberán obedecer. Las reuniones de vecinos son un buen ejemplo. Parece mentira, cómo la gestión de un comunal inmobiliario genera dinámicas tan perversas. Y claro, la gente considera que cómo vamos a ser capaces de alcanzar acuerdos y trabajar coordinadamente si no hay una jerarquía. En mi vida laboral siempre he tenido esa carencia de herramientas y experiencias. En cambio, siempre he intuido que tenía que trabajar de otra forma con la gente que me rodeaba. Lo he intentado, tirando de intuicion, sentido común y creo que sensibilidad, pero al ver también cómo trabajan mis hijos en clase, cómo afrontan los trabajos en grupo, etc. me ha hecho considerar que este es un reto primordial que Las Indias con la inclusión de la educación como un objetivo, ha sabido ver también, y por ello me emociona poder participar en crear experiencias al respecto.

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