PARÍS

A episodios tan horrendos como los ocurridos la semana pasada en París tenemos que darles un sentido. Porque nos estallan ante los ojos como un puro caos irracional, y porque acto seguido, aprovechando la conmoción en que nos sumen, otro tsunami de discursos vuelve a ofuscarnos con una nueva explosión violenta y enturbiadora.

Resulta imposible captar a la vez absolutamente todo lo que ocurre en el mundo. La realidad se compone de un cúmulo abrumador de noticias, con las que podríamos conformar numerosos itinerarios interpretativos, diferentes agendas de lo real entre las que cada uno de nosotros deberíamos poder elegir en libertad cuál de ellas nos resulta más plausible y relevante. Creo que somos numerosas las personas que mantenemos canales de información alternativos a las grandes agencias y medios de comunicación, y gracias a ello, aprovechando el poder de las redes, accedemos a otras realidades, intentando confeccionar las agendas propias de nuestra reflexión y acción política y social. Pero en casos como el presente, en que incluso las redes más aisladas dan testimonio de los atentados de París, resulta imposible sustraerse a tener que reflexionar sobre ello, a pesar de que el campo de juego donde ubicar cualquier sentido esté ya contaminado, tanto por las balas, como por el contraataque mediático y oficial.

Así como no se puede saber sobre todo lo que ocurre a nuestro alrededor, tampoco uno puede sentir todo el dolor del mundo. Se empatiza con el sufrimiento por pura proximidad afectiva y emocional. En la medida en que los asesinados en esta ocasión hayan sido en su mayoría blancos, europeos, desarrollados, vecinos y que comparten euros con nosotros, pues resulta natural que tendamos a sentir más cercanas estas víctimas, máxime cuando gran parte de las características que las han convertido en dianas de los ataques las compartimos con ellas. Quizás por ello, el primer punto que necesitamos tratar para alcanzar un significado sea delimitar claramente el campo semántico del dolor, traer a la imaginación metáforas que desmonten el intento mediático de ofuscar la razón aprovechando esta cercanía polarizada.

En estos casos se entra en un juego banal, pero también interesado, en el que la racionalidad o el sentido de lo que se dice parece que hay que abalarlos con el pedigrí del sentimiento que uno pone sobre la mesa. Por ello durante estos días, esas grandes y pesadas palabras que antes de París hubieran despertado la carcajada, tras los atentados y toda su carga de emotividad se vuelven otra vez hegemónicas y legitimantes de unos Estados que encuentran un último reducto de supervivencia en la lucha despiadada contra el terror.

Hace varios años que no escribía sobre este tema del terror, la guerra, la violencia y las víctimas. Creo que desde los atentados del 11M en Madrid. Ahora releo los artículos que escribí también en torno a los atentados del 11S en Estados Unidos y sobre la guerra de Afganistán e Irak, y creo que aquellas reflexiones me siguen pareciendo pertinentes (aquí y sobre La guerra permanente según Kant) sobre el significado y las consecuencias de los atentados de París y las anticipadas respuestas que van a realizar los Estados occidentales, según se prevé por las declaraciones y las primeras medidas legales, policiales y bélicas.

Aquí no existe ningún conflicto entre civilizaciones, en este caso la occidental y la musulmana. Los asesinatos cometidos por Estados Unidos en su lucha fundamentalista contra el mal, o los del viernes en París, no se han cometido porque sus autores posean culturas independientes e incompatibles, sino por un puro conflicto político que se sustenta en cómo diferentes personas y colectivos humanos perciben la economía, el uso de recursos naturales, la justicia internacional, la desigualdad y el poder. La cultura ayuda a entender por qué ocurren las cosas de una determinada manera, cómo se justifican las posturas, qué discursos se enarbolan y cómo se asesina, pero no sustenta ningún conflicto, cuya raíz hay que encontrarla en otros lugares ocultos ahora por la propaganda de cada contendiente en torno a los asesinatos de París.

Ahora muchos ciudadanos, entiendo que lógicamente atemorizados, exigen el cierre de fronteras, que se incrementen las acciones policiales, que se instituyan medidas extraordinarias de control, en suma, que se canjee libertad por seguridad. Pero ni Europa ni Estados Unidos somos autosuficientes, y porque nuestro bienestar ha dependido históricamente de todo un flujo internacional de materiales, mercancías y personas sobre cuya injusticia se erigen los conflictos y las guerras, hemos de entender que el afán de construir un muro que sólo deje entrar y salir lo bueno, y deje afuera todo lo malo, resulta no sólo absurdo sino también realmente inmoral.

A lo largo del Renacimiento empiezan a formarse los Estados europeos escudados tras la ideología de la seguridad, y más tarde de la riqueza y el bienestar. Grandes burocracias policiales y después ministeriales erigidas en un principio sobre las reflexiones políticas de Bodino y Hobbes, entre otros pensadores, con la pretensión de encontrar un soberano absoluto que impidiera la contienda civil en la que ardía Europa en aquellos tiempos.  El Estado como vigía contra el terror, pero como afirmaban sus teóricos, erigido también como el único y legítimo terror absoluto contra los que no son de los nuestros, contra el enemigo interior y exterior. Por ello somos dianas humanas, en primer lugar porque poseemos un pasaporte de unos Estados que se han arrogado el poder legítimo de violentar y aterrorizar en nuestro nombre, y porque su soberanía reside en nosotros como votantes. Si todos somos iguales ante la ley y cada voto individual vale lo mismo, la lógica contundente nos convierte a cada uno de nosotros en víctimas anónimas y arbitrarias del conflicto. No nos extrañe que el principal recurso del terrorismo sea asesinar impunemente y que el valor de la violencia se mida únicamente por el número de muertos, porque por más que nos pese, somos meras cifras de un censo de votantes que con nuestro número avalamos la violencia legítima del Estado.

No intento justificar, sino entender, encontrarle un sentido a esas muertes, porque lo tienen, y porque entiendo que sólo así se puede luchar contra esta macabra propaganda, encontrando las lógicas sobre las que se sustenta la violencia, profundizando en la sana solidaridad con todas las víctimas. Porque si nos quedamos únicamente con el dolor y el miedo, y consideramos que los hechos no poseen sentido, ya que han sido cometidos por alimañas a las que hay que exterminar, habremos cercenado cualquier intento de convertirnos en personas libres, de dejar de ser dianas arbitrarias y anónimas, meros corderos al albur de cualquier matarife o pastor. Hemos de huir de la lógica del rebaño, aun cuando no sepamos cómo llevarla a la práctica en todos sus detalles.

Recomiendo el artículo de David de Ugarte, el itinerario que nos muestra para entender el perfil de estos hechos, las lógicas que los sustentan. Creo que sólo a partir de este tipo de reflexiones podremos empezar a construir una respuesta que pasa, inexorablemente, por comprender, con todas sus consecuencias, el hecho de que vivimos en un mundo-red en el que conceptos tan comunes, bipolares, antagónicos y tradicionales como dentro-fuera, nosotros-vosotros, arriba-abajo, centro-periferia, pierden vigencia y lo que es peor, utilizados en este nuevo contexto acabarán provocando paranoias y esquizofrenias que únicamente avivarán el fuego de los conflictos.

Los asesinos en este caso, como en tantos otros, son como nosotros, culturizados en occidente, que escuchan nuestra misma música, ven los mismos programas de televisión y juegan con los mismos video-juegos. Nada que ver con el fanático fuertemente ideologizado que se ha formado en una madrasa oriental y penetra en nuestra retaguardia. Puede decirse que estamos ante una guerra civil, porque la red densa en que se ha convertido nuestro mundo lleva todos los conflictos al interior de las ciudades, de nuestros hogares, y hasta de nuestro propio cuerpo. No hay un frente, no existen ciudades enemigas, tampoco ideologías ni religiones enfrentadas, sino individuos que se socializan en comunidades políticas de asesinos en red. Pero no nos confundamos, lo que define la pertenencia a estas guerrillas no es fundamentalmente la pobreza, ni los estudios, la raza, ni la religión, sino un estado de descomposición social y vital que ha hecho atractivo convertirse en asesino a nuestro vecino, compañero o hijo. Analícese si no, las características sociológicas de los flujos de combatientes yihadistas, y  se comprobará la elevada diversidad de procedencias.

Esa sobreprotección que todo ciudadano se cree con derecho a demandar al Estado, y que éste sólo provee monopolísticamente a una minoría, y la consiguiente victimización desideologizada de masas enteras de ciudadanos, compone el caldo de cultivo en el que el rencor se transforma en odio, utilizando para ello cualquier pretexto o banderín de enganche, cualquier cultura, civilización o religión de la que se puedan extraer fáciles consignas y sencillas identificaciones. En este escenario, los grandes discursos hegemónicos que, en las actuales circunstancias, menudean en torno a la democracia, los derechos o las libertades se vuelven tan embrutecedores como los de sus enemigos, un pretexto más para la violencia estatal y para avivar la espiral asesina.

A comienzos del siglo XX Freud utilizó el mito de Edipo para comprender la psique del ciudadano europeo, sometido a un tipo de poder patriarcal que tanto protegía a todos los miembros de la gran familia burguesa, como los explotaba económica y sexualmente: asesinar al padre para acostarse con su esposa. Esta era la libertad, una pulsión que se vivía, como tan bien supieron detectar Lacan o Deleuze, más como un complejo que como un deseo emancipador. Ante las violencias posmodernas me permito avanzar otro complejo, el de Ayax, relacionado con el canto de victimización en el que se dejan mecer tantos ciudadanos. El gran guerrero aqueo se creía con derecho a quedarse los despojos de Aquiles, recién muerto en la guerra de Troya. En la tragedia de Sófocles aparece enloquecido por la injusticia, víctima de la arbitrariedad, poseído por el síndrome de “me lo merezco”, “es lo mío”, “me pertenece”, “tengo derecho”, una victimización que se tornará en furor asesino contra sus mismos compañeros de combate, a los que creerá haber asesinado presa del odio y del rencor. El individualismo extremo, en simbiosis con Estados benefactores arbitrarios generan estos monstruos, niños que ayer soñaban con asesinar al padre y que hoy sueñan con aniquilar a todo aquel que creen culpable de sus cuitas, por no recibir todo lo que como individuos se creen con derecho a merecer.

Pesadillas del humanismo.
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Rui Valdivia by París is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 4.0 Internacional License.

6 comentarios sobre “PARÍS

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  1. @gustavo @juanjopina @ruivaldivia Y que nos están haciendo como se hizo en su día en Estados Unidos con the Twin Towers, pero aquí con más enfoque al miedo racista, del que nos creemos tan a salvo los europeos a veces. A través del miedo nos van llevando hacia el Gran Hermano. Odia a aquel, confía en Papá Estado y renuncia a tu libertad si quieres seguridad. Como en la imagen de la película que repasaba el libro de Orwell, la televisión te da los datos con los que tienes que odiar. Tu deseo de pertenencia al grupo hace el resto y acabas gritando y repitiendo la cantinela que el capital, a través de los gobiernos, "filtra". Mientras, los medios, deseosos de vender y estar por delante en la exclusiva, excavan buscando el detalle más sórdido y amplificando las manifestaciones de los más radicales, que ganan audiencia gracias al miedo generalizado. En todo esto hay mucho de abuso por parte de Occidente y pocas ganas de enmendarse. Parece salir más a cuenta la estrategia de aplastar y eliminar la seguridad, para convertirnos a todos en meras unidades de consumo que carecen de libre albedrío. Basta que produzcan y gasten. Que ganen poco y que gasten mucho a los mismos de siempre. Todo esto es sólo por dinero, como siempre…

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