La razón de la escritura

Para actuar no se precisa comprenderlo todo. De hecho, nos quedaríamos inmóviles por toda la eternidad si pretendiéramos saberlo todo antes de entrar en acción. La acción y el conocimiento se complementan porque quizás, quién sabe, la misma acción sea ya conocimiento.

El conocimiento se va alcanzando según alternamos el sosiego con la acción, la contemplación con el movimiento. Porque quizás también la misma contemplación sea como un movimiento del alma o de la mente.

Y entro por estos derroteros un tanto resbaladizos porque quisiera hablar del acto de escribir y de lo que pretendemos algunas personas que escribimos de cierto modo, de las expectativas que los lectores proyectan sobre un blog como éste.

La solidez. La seguridad del sistema. La quietud de la estructura. Certezas.

Nadie puede pretender encontrar esas mentiras aquí. No tengo capacidad ni intención de componer un universo autosuficiente de conceptos, de escribir sólo sobre lo que sé y puedo demostrar deductivamente sin incurrir en contradicción. Tampoco creo que la verdad resida en esos edificios tan grandilocuentes, a pesar de su indudable atractivo.

El primer bloguero moderno fue Montaigne. No descubro nada nuevo. En sus ensayos nos ofreció un modelo paradigmático que recogía toda una larga tradición todavía no muy bien conocida, pero que concebía el escribir como un modo de reconocerse, de fabricarse, de exponer cada yo al público para recibir respuestas, opiniones, comentarios y así poder ir elaborando, dinámicamente y en interacción una deriva-itinerario donde acción y conocimiento caminen siempre de la mano.

Esa tradición es la de los hypomnemata, aquellos diarios-blogs que en la antigüedad griega compusieron tantas personas para exponer ideas, opiniones, recoger frases y pensamientos valiosos, e intercambiarlos con amigos con el objeto de fraguar nexos, tejer suturas, sin otra ambición que la de crecer juntos y crear comunidades de acción y de pensamiento. Sin ningún pudor por reconocer la ignorancia, sin la pretensión de ofrecer la imagen de un pensador sólido, de un intelectual contundente, apenas la intención de manifestar el deseo de aprender en comunidad, de ofrecer sinceramente lo más valioso que uno atesora, aun cuando eso sea una duda, a veces un pensamiento fugaz, desagradable e incluso incómodo. Porque no se trata de convertir la escritura en una coraza, de servirse del pensamiento para fabricar un personaje público, sino que el acto de escribir, compartir e interactuar sirva sobre todo para evolucionar y desarrollarnos juntos.

Resulta simple, y creo que razonable.

Según pasan los años algunas partes del alma se tornan pétreas y acaban por parecerse a eso que solemos denominar principios. No está mal. Otras se licuan y se van haciendo cada vez más fluidas, hasta gaseosas. Incluso la deriva más estrambótica necesita sus hitos, sus referencias, aunque sólo sea para demostrar que el azar o la más absoluta veleidad impulsa esos itinerarios vitales.  

Sé que algunas personas se han asomado a estas páginas con el deseo de constatar que sí, que soy de los suyos, con la intención de ver de otro modo lo que en esencia ellos consideraban su equipo, su partido o facción. No lamento haberlas defraudado.

A veces yo mismo me sorprendo de algunas cosas que he escrito. Puedo incluso enfadarme con aquel yo que pudo escribir entonces aquello. Pero no se trata de ser benevolente, de fundar la amistad en el compadreo, de buscar sólo los fáciles lugares comunes o fundar las relaciones vitales e intelectuales en pensamientos tan superfluos que no permitan la aristas, las fisuras, incluso los precipicios.  

Las palabras tampoco lo son todo. El lenguaje o los discursos no poseen un significado universal carente de ambigüedad. Los significados de las palabras no están inscritos en nuestra mente para siempre y en todos nosotros de forma totalmente objetiva y bien delimitada. El mensaje que proyectamos a los demás no sólo son palabras, sino también gestos, músicas, paseos, arte, sensaciones, sentimientos, sobre todo, cosas que se hacen en común. Todo ello forma parte de la comunicación humana. No sólo las palabras.

Realmente necesitamos, deseamos la precisión. Quizás lo primero que nos impulsa a escribir sea aclararnos a nosotros mismos, intentar aportar luz a algo que nos resulta oscuro o incomprensible, complejo. Pero no nos engañemos, la precisión absoluta no podremos hallarla nunca en el lenguaje. Porque las palabras según se escriben se solidifican, y el conocimiento, en cambio, nunca está quieto, lo que mejor lo define es el movimiento, siempre en construcción…y en continua demolición.

En cierto modo, cada post de este blog se parece a una piedra que como una referencia he ido dejando en mi deriva vital. No existe la pretensión de llenar de piedras todo el camino. Quizás lo más atractivo sea poder anticipar dónde vaya a caer la próxima piedra.

Licencia de Creative Commons
CRISI /diez y nueve/ by Rui Valdivia is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 4.0 Internacional License.

PARÍS

A episodios tan horrendos como los ocurridos la semana pasada en París tenemos que darles un sentido. Porque nos estallan ante los ojos como un puro caos irracional, y porque acto seguido, aprovechando la conmoción en que nos sumen, otro tsunami de discursos vuelve a ofuscarnos con una nueva explosión violenta y enturbiadora.

Resulta imposible captar a la vez absolutamente todo lo que ocurre en el mundo. La realidad se compone de un cúmulo abrumador de noticias, con las que podríamos conformar numerosos itinerarios interpretativos, diferentes agendas de lo real entre las que cada uno de nosotros deberíamos poder elegir en libertad cuál de ellas nos resulta más plausible y relevante. Creo que somos numerosas las personas que mantenemos canales de información alternativos a las grandes agencias y medios de comunicación, y gracias a ello, aprovechando el poder de las redes, accedemos a otras realidades, intentando confeccionar las agendas propias de nuestra reflexión y acción política y social. Pero en casos como el presente, en que incluso las redes más aisladas dan testimonio de los atentados de París, resulta imposible sustraerse a tener que reflexionar sobre ello, a pesar de que el campo de juego donde ubicar cualquier sentido esté ya contaminado, tanto por las balas, como por el contraataque mediático y oficial.

Así como no se puede saber sobre todo lo que ocurre a nuestro alrededor, tampoco uno puede sentir todo el dolor del mundo. Se empatiza con el sufrimiento por pura proximidad afectiva y emocional. En la medida en que los asesinados en esta ocasión hayan sido en su mayoría blancos, europeos, desarrollados, vecinos y que comparten euros con nosotros, pues resulta natural que tendamos a sentir más cercanas estas víctimas, máxime cuando gran parte de las características que las han convertido en dianas de los ataques las compartimos con ellas. Quizás por ello, el primer punto que necesitamos tratar para alcanzar un significado sea delimitar claramente el campo semántico del dolor, traer a la imaginación metáforas que desmonten el intento mediático de ofuscar la razón aprovechando esta cercanía polarizada.

En estos casos se entra en un juego banal, pero también interesado, en el que la racionalidad o el sentido de lo que se dice parece que hay que abalarlos con el pedigrí del sentimiento que uno pone sobre la mesa. Por ello durante estos días, esas grandes y pesadas palabras que antes de París hubieran despertado la carcajada, tras los atentados y toda su carga de emotividad se vuelven otra vez hegemónicas y legitimantes de unos Estados que encuentran un último reducto de supervivencia en la lucha despiadada contra el terror.

Hace varios años que no escribía sobre este tema del terror, la guerra, la violencia y las víctimas. Creo que desde los atentados del 11M en Madrid. Ahora releo los artículos que escribí también en torno a los atentados del 11S en Estados Unidos y sobre la guerra de Afganistán e Irak, y creo que aquellas reflexiones me siguen pareciendo pertinentes (aquí y sobre La guerra permanente según Kant) sobre el significado y las consecuencias de los atentados de París y las anticipadas respuestas que van a realizar los Estados occidentales, según se prevé por las declaraciones y las primeras medidas legales, policiales y bélicas.

Aquí no existe ningún conflicto entre civilizaciones, en este caso la occidental y la musulmana. Los asesinatos cometidos por Estados Unidos en su lucha fundamentalista contra el mal, o los del viernes en París, no se han cometido porque sus autores posean culturas independientes e incompatibles, sino por un puro conflicto político que se sustenta en cómo diferentes personas y colectivos humanos perciben la economía, el uso de recursos naturales, la justicia internacional, la desigualdad y el poder. La cultura ayuda a entender por qué ocurren las cosas de una determinada manera, cómo se justifican las posturas, qué discursos se enarbolan y cómo se asesina, pero no sustenta ningún conflicto, cuya raíz hay que encontrarla en otros lugares ocultos ahora por la propaganda de cada contendiente en torno a los asesinatos de París.

Ahora muchos ciudadanos, entiendo que lógicamente atemorizados, exigen el cierre de fronteras, que se incrementen las acciones policiales, que se instituyan medidas extraordinarias de control, en suma, que se canjee libertad por seguridad. Pero ni Europa ni Estados Unidos somos autosuficientes, y porque nuestro bienestar ha dependido históricamente de todo un flujo internacional de materiales, mercancías y personas sobre cuya injusticia se erigen los conflictos y las guerras, hemos de entender que el afán de construir un muro que sólo deje entrar y salir lo bueno, y deje afuera todo lo malo, resulta no sólo absurdo sino también realmente inmoral.

A lo largo del Renacimiento empiezan a formarse los Estados europeos escudados tras la ideología de la seguridad, y más tarde de la riqueza y el bienestar. Grandes burocracias policiales y después ministeriales erigidas en un principio sobre las reflexiones políticas de Bodino y Hobbes, entre otros pensadores, con la pretensión de encontrar un soberano absoluto que impidiera la contienda civil en la que ardía Europa en aquellos tiempos.  El Estado como vigía contra el terror, pero como afirmaban sus teóricos, erigido también como el único y legítimo terror absoluto contra los que no son de los nuestros, contra el enemigo interior y exterior. Por ello somos dianas humanas, en primer lugar porque poseemos un pasaporte de unos Estados que se han arrogado el poder legítimo de violentar y aterrorizar en nuestro nombre, y porque su soberanía reside en nosotros como votantes. Si todos somos iguales ante la ley y cada voto individual vale lo mismo, la lógica contundente nos convierte a cada uno de nosotros en víctimas anónimas y arbitrarias del conflicto. No nos extrañe que el principal recurso del terrorismo sea asesinar impunemente y que el valor de la violencia se mida únicamente por el número de muertos, porque por más que nos pese, somos meras cifras de un censo de votantes que con nuestro número avalamos la violencia legítima del Estado.

No intento justificar, sino entender, encontrarle un sentido a esas muertes, porque lo tienen, y porque entiendo que sólo así se puede luchar contra esta macabra propaganda, encontrando las lógicas sobre las que se sustenta la violencia, profundizando en la sana solidaridad con todas las víctimas. Porque si nos quedamos únicamente con el dolor y el miedo, y consideramos que los hechos no poseen sentido, ya que han sido cometidos por alimañas a las que hay que exterminar, habremos cercenado cualquier intento de convertirnos en personas libres, de dejar de ser dianas arbitrarias y anónimas, meros corderos al albur de cualquier matarife o pastor. Hemos de huir de la lógica del rebaño, aun cuando no sepamos cómo llevarla a la práctica en todos sus detalles.

Recomiendo el artículo de David de Ugarte, el itinerario que nos muestra para entender el perfil de estos hechos, las lógicas que los sustentan. Creo que sólo a partir de este tipo de reflexiones podremos empezar a construir una respuesta que pasa, inexorablemente, por comprender, con todas sus consecuencias, el hecho de que vivimos en un mundo-red en el que conceptos tan comunes, bipolares, antagónicos y tradicionales como dentro-fuera, nosotros-vosotros, arriba-abajo, centro-periferia, pierden vigencia y lo que es peor, utilizados en este nuevo contexto acabarán provocando paranoias y esquizofrenias que únicamente avivarán el fuego de los conflictos.

Los asesinos en este caso, como en tantos otros, son como nosotros, culturizados en occidente, que escuchan nuestra misma música, ven los mismos programas de televisión y juegan con los mismos video-juegos. Nada que ver con el fanático fuertemente ideologizado que se ha formado en una madrasa oriental y penetra en nuestra retaguardia. Puede decirse que estamos ante una guerra civil, porque la red densa en que se ha convertido nuestro mundo lleva todos los conflictos al interior de las ciudades, de nuestros hogares, y hasta de nuestro propio cuerpo. No hay un frente, no existen ciudades enemigas, tampoco ideologías ni religiones enfrentadas, sino individuos que se socializan en comunidades políticas de asesinos en red. Pero no nos confundamos, lo que define la pertenencia a estas guerrillas no es fundamentalmente la pobreza, ni los estudios, la raza, ni la religión, sino un estado de descomposición social y vital que ha hecho atractivo convertirse en asesino a nuestro vecino, compañero o hijo. Analícese si no, las características sociológicas de los flujos de combatientes yihadistas, y  se comprobará la elevada diversidad de procedencias.

Esa sobreprotección que todo ciudadano se cree con derecho a demandar al Estado, y que éste sólo provee monopolísticamente a una minoría, y la consiguiente victimización desideologizada de masas enteras de ciudadanos, compone el caldo de cultivo en el que el rencor se transforma en odio, utilizando para ello cualquier pretexto o banderín de enganche, cualquier cultura, civilización o religión de la que se puedan extraer fáciles consignas y sencillas identificaciones. En este escenario, los grandes discursos hegemónicos que, en las actuales circunstancias, menudean en torno a la democracia, los derechos o las libertades se vuelven tan embrutecedores como los de sus enemigos, un pretexto más para la violencia estatal y para avivar la espiral asesina.

A comienzos del siglo XX Freud utilizó el mito de Edipo para comprender la psique del ciudadano europeo, sometido a un tipo de poder patriarcal que tanto protegía a todos los miembros de la gran familia burguesa, como los explotaba económica y sexualmente: asesinar al padre para acostarse con su esposa. Esta era la libertad, una pulsión que se vivía, como tan bien supieron detectar Lacan o Deleuze, más como un complejo que como un deseo emancipador. Ante las violencias posmodernas me permito avanzar otro complejo, el de Ayax, relacionado con el canto de victimización en el que se dejan mecer tantos ciudadanos. El gran guerrero aqueo se creía con derecho a quedarse los despojos de Aquiles, recién muerto en la guerra de Troya. En la tragedia de Sófocles aparece enloquecido por la injusticia, víctima de la arbitrariedad, poseído por el síndrome de “me lo merezco”, “es lo mío”, “me pertenece”, “tengo derecho”, una victimización que se tornará en furor asesino contra sus mismos compañeros de combate, a los que creerá haber asesinado presa del odio y del rencor. El individualismo extremo, en simbiosis con Estados benefactores arbitrarios generan estos monstruos, niños que ayer soñaban con asesinar al padre y que hoy sueñan con aniquilar a todo aquel que creen culpable de sus cuitas, por no recibir todo lo que como individuos se creen con derecho a merecer.

Pesadillas del humanismo.
Licencia de Creative Commons
Rui Valdivia by París is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 4.0 Internacional License.

Pero, ¿y la justicia?

A veces la justicia resulta inalcanzable. No existe, simplemente. Creo que resulta aconsejable aceptar esta realidad para establecer una relación más saludable, y sorprendentemente, más justa entre las personas que formamos la sociedad.

Dudo que haya justicia humana capaz de resarcir la pérdida de un ser querido a manos de su asesino. Nada puede aspirar a colmar el dolor y las consecuencias sentimentales y psicológicas que estas víctimas provocan en su entorno familiar y afectivo. Afortunadamente, diría yo. El amor resulta incalculable y bueno es que así continúe. La justicia en su cualidad de distributiva, de equitativa, no puede albergar ninguna posibilidad de reparar el mal. Aquí reside la grandeza de algunos de nuestros sentimientos tan puramente humanos, pero también del inmenso pozo de amargura y duelo que las injusticias irreparables nos pueden provocar.

En estos casos, se considera que la justicia humana podría aliviar, hacernos creer que el dolor que se le va a provocar al causante del mal, de alguna manera, nos ofrecerá sosiego, que la simple sentencia condenatoria recompensará a la víctima de algún modo que yo no acierto a diagnosticar con claridad, porque sumariamente, el dolor nunca va a desaparecer, aunque algunos puedan estimar que este tipo de reconocimiento público y venganza regulada impida que el dolor se acreciente.

Este dilema resulta irresoluble. Estamos ante lo que los griegos denominaron tragedia, una situación que provoca un cortocircuito entre los sentimientos y el pensamiento racional, y del que algunos mitos nos ofrecen abundante información al respecto. El teatro griego de Esquilo todavía evidencia los rasgos originales de la tragedia, un acto religioso destinado en principio a ofrecer consuelo, y en especial, la trilogía de la Orestíada, que nos encierra en un laberinto moral tan irresoluble en torno al concepto de la justicia: los hijos de Agamenón claman venganza por el asesinato de su padre, pero para hacer justicia deberán matar al asesino, a su propia madre, acto que también prohíben las leyes humanas y divinas, razón por la que Orestes será perseguido por las sanguinarias Erinias.

Los romanos prefirieron la diosa griega de la venganza a la de la justicia, Némesis a Temis, y por ello su diosa Iustitia, a pesar de su nombre, porta una espada mientras con su otra mano sostiene el fiel de una balanza, como si la fuerza pudiera equilibrarlo todo, el dolor de la víctima con el del victimario cuando se lo ejecuta o se le mete en la cárcel. Lo de ponerle una venda a Iustitia vino mucho después, ya en el siglo XV, unos afirman que por dotarla de imparcialidad, otros creemos más bien que por pudor, por evitarle tener que presenciar las arbitrariedades cometidas por el poder en su nombre.

La toma de la Bastilla, como todo el mundo sabe, inaugura la modernidad, y en concreto, la época del liberalismo. La amnistía, la liberación de presos injusta o “justamente” encarcelados nos ofrece un símbolo de lo que todo inicio significa: cerrarle los ojos al pasado para comenzar un nuevo orden. Siempre igual, las Erinias justicieras y sedientas de sangre que perseguían a Orestes, transformadas al fin en Euménides, en providencias benefactoras. Pero lamentablemente el siglo de Beccaria y su tratado contra la tortura también fue la centuria de la guillotina y poco después de los panópticos, de la conversión del ojo por ojo en fiel de balanza y en proporcionalidad universal.

¿No nos libraremos jamás de la cárcel?, institución que no sé muy bien cuándo se inventó, pero que progresivamente dulcificada y reglamentada ha llegado hasta nuestros días a despecho de ideologías, regímenes y revoluciones. La cárcel ha ido adoptando una serie de papeles sociales que en conjunto la dotan del perfil con que hoy en día tendemos a caracterizarla. Sin embargo, nunca ha cumplido la función social que cada época explícitamente le ha asignado, sino que ha satisfecho otras muy distintas acordes con el tipo de poder vigente en cada momento. La cárcel no ha servido ni sirve sólo para castigar, disuadir o escarmentar, prevenir, reeducar o como afirma la actual Constitución Española, para la reinserción social. La cárcel es una venganza, y sobre todo un instrumento de adiestramiento y disciplina social, de fabricación de estereotipos, y de criminalización del espíritu y de la acción revolucionarios. Siempre ha sido así, a pesar de la hipocresía social al respecto. Una forma reglamentada de venganza y de control, pero venganza y dominación en suma, que pretende disuadir al victimario o a su familia de la acción directa, que transforma al explotado revoltoso en criminal, y que regula la pena matemáticamente en un juego imposible de dolores equilibrados en la balanza de Iustitia.

El derecho penal y la privación de libertad idealizan la ley del Talión, aun cuando el ojo del asesino nunca pueda resarcir a la víctima por la pérdida del suyo. Entiendo que una sociedad o una comunidad justa es aquella que, como decía Badiou, se va construyendo en la igualdad, en la igual capacidad y autonomía de todos sus miembros, lo cual contrasta con el concepto de justicia, con mayúsculas, y su discurso hegemónico nacido para luchar contra el deseo de emancipación y que por tanto legitima la consolidación de todas aquellas sociedades injustas donde la justicia sirve para su perpetuación y aceptación.

Las siguientes palabras de Eagleton sobre las víctimas expresan claramente lo inconmensurable del concepto de justicia (La estética como ideología) y su nula utilidad para construir comunidades justas:

No existe realmente ningún modo de que podamos compensar(las) por los sufrimientos padecidos a manos del orden establecido. No podemos invocar al campesinado medieval exprimido o a los esclavos asalariados del primer capitalismo industrial, ni a los niños que murieron asustados y sin amor en los miserables cuchitriles de la sociedad de clases, ni a las mujeres que se partieron el espinazo por regímenes que las utilizaron con arrogancia y desprecio, ni tampoco a las naciones colonizadas hundidas por ese opresor que las encontró a la vez siniestras y encantadoras. No existe realmente ningún modo de que las sombras de estos muertos puedan sumarse para reclamar justicia ante aquellos que las explotaron.

Por ello el camino que nos ofrece Walter Benjamin, en la Tesis sobre la filosofía de la historia, puede que sea el único válido que habrá que transitar y experimentar para lograr algo de esa justicia que se nos hurta, porque “la terrible verdad es que sólo cabe resucitar a los muertos apelando a la imaginación revolucionaria”. En verdad, la sociedad exige justicia, pero ¿no resulta un poco espeluznante que la verbalización de la justicia la hayamos denominado ajusticiar?
Licencia de Creative Commons
CRISI /diez y ocho/ by Rui Valdivia is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 4.0 Internacional License.