EL ARTE DEL ENTRENAMIENTO – PARTE II

FUNDAMENTOS FISIOLÓGICOS DEL ENTRENAMIENTO DE LA RESISTENCIA

Tal y como anticipábamos en la primera parte, en este capítulo se van a explicar, a grandes rasgos, los diversos modelos de funcionamiento del rendimiento deportivo, modelos y conceptos que muchos de nosotros tenemos en mente cuando intentamos programar los entrenamientos y explicar las razones de nuestros éxitos y fracasos. A lo largo de la historia del entrenamiento han ido apareciendo una serie de conceptos que todos manejamos y utilizamos en nuestros razonamientos en torno a la fatiga y el rendimiento. Se trataría de clarificar su significado y de intentar componer un corpus coherente con los últimos conocimientos fisiológicos que nos permita razonar con sentido común y cierta veracidad.

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VERSIÓN ORIGINAL

Con el concepto “música clásica” se alude a un espectro de música amplio y diverso que se extiende desde la primera música escrita en Occidente, el llamado canto gregoriano, hasta las últimas novedades de la música electrónica. Por supuesto, existen numerosas clasificaciones que intentan clarificar las diferencias temporales y estilísticas, y así se habla de música antigua, contemporánea, neoclásica, romántica, etc. También se alude a la música clásica como culta, o peor aún, música seria.

El arte musical exige una interpretación, un artista que represente públicamente lo que el autor de la música concibió y plasmó en un pentagrama. La escritura musical no ha dejado de ser una técnica nemotécnica, un modo de escribir para no olvidar, que a diferencia de la palabra escrita, necesita ser complementada con un conocimiento que no está en las notas escritas, sino en la tradición oral. Por ello, el perfeccionamiento de la escritura musical se ha conseguido no sólo con la mejora en la definición de la altura y la duración del sonido, sino también con toda una serie de indicaciones dinámicas, expresivas e interpretativas de gran valor. A pesar de ello, la música esencialmente es interpretación y no puede confinarse a la partitura, por muy perfecta y comprensiva que se nos muestre.

El oyente, el receptor del arte musical, no lee la partitura para captar el mensaje, sino que debe escuchar a un intérprete, a diferencia del visitante de un museo, o del lector de una novela, que ante sí tienen la obra íntegra confeccionada por el artista. En cambio, el pentagrama no es la obra artística que se aprecia, sino la escritura aproximada de lo que el autor concibió y que posteriormente un artista interpretará ante un auditorio. En el arte musical, diríamos que existen dos interpretaciones, la del artista que hace de intermediario entre el autor y el auditorio, y la propia del oyente, similar a la que se da ante un cuadro o una escultura.

La interpretación musical posee este reto ineludible, el de tener que completar la obra escrita a través del arte interpretativo de otro artista, más complejo cuanto más antigua sea la música y por tanto, menos clara la regla nemotécnica utilizada para transcribir al papel el sonido. Pero también una oportunidad, de que el intérprete cree y por tanto, basada en una misma partitura, que podamos disfrutar de múltiples interpretaciones, porque cada representación pública de una misma obra constituye un acto creativo original, único.

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ALGORITMOS METABÓLICOS

“Hitting de wall” dicen los anglosajones. Entre nosotros, y como popularizó Perico Delgado en los Lagos de Covadonga, “dar la pájara”. Los fisiólogos dicen, quedarse sin combustible, agotar las reservas de glucógeno. Como dramáticamente hemos sufrido más de una vez, la pájara se caracteriza por un cansancio y una flojera imposibles de superar, que acontece cuando la energía se acaba. Todos sabemos que los corredores de fondo utilizamos fundamentalmente 2 fuentes de energía para mover nuestros músculos, el preciado glucógeno (de gran octanaje) y las grasas (diesel inagotable). Cada corredor, en función de su genética, hábitos alimentarios y entrenamiento consume, según el ritmo al que corre, una mezcla de ambos combustibles. Habrá atletas que digamos, a 5:00 minutos el km, estarán consumiendo un cóctel 80/20 (80% glucógeno y 20% grasas) y otros a la inversa, un 20/80. Indudablemente, el segundo atleta tendrá muchas mayores posibilidades de terminar un maratón sin golpearse con el temido muro.

Una persona de 70 kg con un porcentaje de grasa corporal tan escasa como del 10% posee 7 kilos de éste combustible, que a la sazón de 9 kilocalorías por gramo, contiene un potencial energético de 63.000 kcal. Una hora de carrera a ese ritmo de 5:00 min/km puede suponer un consumo de 900 kilocalorías, por lo tanto, a este ritmo el atleta podría estar corriendo durante nada menos que 70 horas, si consumiera sólo grasas. El glucógeno, en cambio, es mucho más escaso en nuestro cuerpo. Un corredor sólo podrá almacenar en sus músculos entre 300 gramos y 400 gramos, que sólo le reportarán entre 1.200 y 1.600 kilocalorías, lo que al ritmo de 5:00 min/km apenas le daría para correr entre 1h30m y 1h45m.

Supongamos que estamos ante un corredor 80/20 que posee suficiente capacidad muscular y cardiovascular para mantener ese ritmo durante mucho tiempo. Por cada hora de carrera a ese ritmo va a consumir un 80% de glucógeno (900 kcalorías x 0,8 = 720 kcalorías, que son 180 gramos de glucógeno), y 20% de grasas (180 kcalorías que son 20 gramos de grasas). Luego agotará sus reservas entre 1h40m (kilómetro 20 del maratón) y 2h15m (kilómetro 27 del maratón). Como el organismo no puede asimilar más allá de 60 gramos de carbohidratos por hora, si se hidrata y come adecuadamente durante la carrera, alargará su pájara hasta el kilómetro 28 ó el 34, según tuviera más o menos glucógeno almacenado en sus músculos antes de iniciar la carrera.

Si estamos ante el atleta 20/80, por cada hora de carrera a 5:00 min/km consumirá 45 gramos de glucógeno y 80 gramos de grasas, por lo que podría correr a ese ritmo y sin comer en carrera, entre 6h45m y 8h45m, suficiente para completar un ultramaratón. Por tanto, los corredores de fondo deben entrenar su organismo para consumir la mayor cantidad de grasas a los ritmos de carrera a los que están capacitados fisiológicamente. Sin un adecuado metabolismo de las grasas, los ciclistas no podrían completar las competiciones por etapas, ni los triatletas un ironman. Marc Allen, uno de los más grandes triatletas de la historia, ganador de 6 ironman en Hawai, afirma que cuando él empezó en el triatlón era capaz de correr 10 kilómetros en menos de 30 minutos, pero consumía tal cantidad de glucógeno que no podía soportar las competiciones de larga duración. Se dio cuenta de que si sus competidores eran capaces de realizar una maratón tras más de 5 horas de competición a un ritmo similar al que hubieran mantenido sin realizar previamente los sectores de natación y ciclismo, era porque a diferencia de él, a ese ritmo consumían fundamentalmente grasas. Para conseguir cambiar su metabolismo, estuvo durante más de un año corriendo sin superar las 150 pulsaciones, es decir, a un ritmo de no más de 5:00 min/km, realmente lento para él, y notó que cada vez era capaz de ir más rápido a esas pulsaciones, hasta que consiguió ir tan veloz como sus competidores, pero ya consumiendo mucho menos glucógeno.

Otro día hablaremos sobre estrategias de alimentación y de entrenamiento para provocar este cambio metabólico hacia el mayor consumo de grasas.

AGUA VA

“Resulta obvio que el agua que sale por el grifo y finalmente bebemos es la misma que inunda nuestras ciudades y campos, semejante a la que utiliza la fauna en los ríos o a la que almacenamos en las presas. La misma agua. Un ciclo y en cascada numerosos usuarios, actividades y empleos, pero también posibles perjudicados. En ordenar todo este flujo de usos, demandas y necesidades ambientales consiste el principal propósito de la gestión de las aguas. Gestionar significa, en último extremo, repartir agua entre diferentes agentes, órganos y organismos, en suma, distribuir bienestar y perjuicios a través de la transferencia artificial del recurso hídrico”.

En este artículo publicado el 21 de febrero de 2003 en EL CORREO ESPAÑOL del País Vasco, y titulado “Agua va”, intento delimitar los problemas de abastecimiento que padecen las ciudades españolas y ofrecer algunas orientaciones sobre sus causas. El ansia voraz de recursos hídricos de nuestros grandes núcleos urbanos contrasta con la limitada capacidad de la naturaleza para ofrecer tan ingentes cantidades de agua, lo que hace necesario que la mesura, el ahorro y el sentido común primen sobre el despilfarro y el afán acaparador.

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