¡ESTO ES LA ANARQUÍA!: REDES Y ESTADO

RUI VALDIVIA

Adjunto los tres esquemas básicos de tipologías de red, la centralizada, la descentralizada y la distribuida.

Estos grafos se utilizan para caracterizar las comunicaciones, o también para explicar cómo la información y las órdenes fluyen en una organización humana o de ordenadores. Como se advierte fácilmente, en la red centralizada todo depende de un nudo central que canaliza la totalidad de los flujos. Su fragilidad consiste en que la desaparición de su centro conlleva la destrucción del sistema. Absolutamente toda la red está supeditada al nudo central, de tal modo que no cabe concebir conexiones entre cualquiera de sus nudos subordinados.

En la red descentralizada no desaparece la jerarquía y por tanto la supeditación de la mayor parte de los nudos, pero el control se comparte entre varios nudos centrales. En esta red no caben tampoco conexiones entre nudos subordinados independientes de ser canalizadas a través de uno o varios nudos centrales: estos pueden hablar directamente entre sí, pero nunca independientemente los nudos que de ellos dependen. Véase “El poder de las redes” de David de Ugarte.

Finalmente, en la red distribuida, no existe el concepto de centralidad o subordinación. La comunicación se establece entre pares (comunicaciones tipo P2P, peer-to-peer), todos pueden dialogar con todos, lo que no excluye, claro está, que ciertos nudos, en virtud de su mayor capacidad o autoridad, puedan establecer mayor número de conexiones.

Estos esquemas resultan también útiles para analizar la configuración administrativa y territorial de los Estados, en la medida en que estas organizaciones despliegan una soberanía que consiste, en esencia, en transmitir órdenes e información. Y si pensamos en la configuración del Estado español a lo largo de su historia, por ejemplo, resulta evidente analizar cómo han evolucionado estas tipologías a lo largo de las diferentes fases de su desarrollo.

En concreto, podemos afirmar que el Estado franquista se asimila a la red centralizada, donde los nudos eran las provincias, sin capacidad para hablar entre sí a menos que Madrid, el nudo central, lo autorizara y sobre todo, controlara. El sistema radial de comunicaciones, esencialmente a nivel de carreteras, así lo atestigua, así como la configuración de la administración y el modo de ejercer el poder político sobre el territorio.

El actual Estado de las Autonomías, como bien lo define la actual Constitución, se asimilaría a una red de tipo descentralizada, pero con un nudo, Madrid, de mayor entidad, en cuanto que cualquier provincia del territorio, a semejanza de una red centralizada, posee conexión con el nudo central, aunque también, y en este se diferencia de aquella, con la capital de su correspondiente Comunidad Autónoma: un mix de centralización y descentralización.

El modelo federal que desde algunas instancias se propone, consistiría en transformar este Estado autonómico cuasi-descentralizado o cuasi-centralizado, en otro totalmente descentralizado, similar al que aparece en la figura, donde ninguno de los nudos principales tendría preeminencia. La independencia consistiría en romper ese último hilo de conexión que la red de tipo descentralizado mantiene entre dos de sus nudos principales, y por tanto, la creación de otra red que, en principio, sería de corte centralizado.

Ahora bien, a estas relaciones de poder y de ordenamiento jerárquico a nivel legal y administrativo, hemos de superponer las relaciones que otras redes e instrumentos de comunicación pueden permitir, sobre todo entre funcionarios de distintas Administraciones, en la medida en que internet permite que, principalmente información, pueda trasvasarse entre nudos no principales o subordinados sin mediación de los centros decisores correspondientes. Por ello, a la red institucional existente habríamos de añadir los flujos que la práctica cotidiana de la administración establece entre sub-nudos, tanto dentro de una misma comunidad, como entre comunidades. Esta realidad hace que las redes reales tiendan a adoptar, con el paso del tiempo y con el desarrollo de las comunicaciones, una estructura de tipo cada vez más distribuido, no tanto a nivel de poder o legislación, cuanto al de información y trasvase de datos.

Como ilustración de lo que significa esa superposición y cohabitación de redes, en la figura se diferencian dos redes sobreimpuestas, la oficial de Hewlett-Packard, en trazo más grueso uniendo los nodos de su estructura de poder descentralizado, y las comunicaciones, red distribuida, que libremente establecen los empleados (en rojo) para consultar, solicitar, compartir información. Véase Networks, crowds and markets de Easley y Kleinberg.

La práctica democrática se ha basado, históricamente, en la figura de la representación, que ha significado, según la tipología de redes que venimos utilizando, la creación de una serie de nudos de decisión, más o menos centralizados en función de las características institucionales propias de cada Estado. En contraste, la red distribuida, como decíamos, no posee centralidad, aunque sí una heterogénea distribución de su densidad comunicativa en virtud de la mayor o menor capacidad de sus nudos para centrar la atención del resto. En ellas no existe la representación y parecen expresar y también posibilitar esa ambición libertaria y quizás también socialista, de la participación plena de todos los ciudadanos en las decisiones públicas.

Pero lo que resulta menos evidente, en relación a sus compañeras, es que la topología de una red distribuida no sea rígida, sino dinámica. Porque esos centros decisores de las otras redes se configuran externamente al funcionamiento de la propia red, su estructura depende de decisiones políticas que posteriormente definirán la estructura rígida de la red de comunicación que instrumentalmente le servirá para ejercer el control y el poder sobre todos los participantes. Sin embargo, la red distribuida evoluciona en el tiempo no por decisiones externas, sino como consecuencia del propio funcionamiento de la red, en función de la capacidad de cada nudo para manejar y transmitir información a los restantes. Por ello, en estas redes, nadie puede erigirse en representante. Otra cosa sería que en virtud del mayor potencial de un nudo para generar información útil y de valor, sobresalga a consecuencia de su mayor participación o autoridad.

Vemos que información, poder y tecnología configuran la estructura de decisión de una comunidad humana, ya sea a través de internet, del cable telefónico o telegráfico, de señales de humo, del dinero o de un sistema de postas. Lo interesante, y a la vez abrumador, consiste en advertir que cada persona se erige en nudo, no de una, sino de numerosas redes, por lo que la imagen tradicional del grafo bidimensional habría que transformarla en un esquema tridimensional donde se apilan redes que a su vez están interconectadas transversalmente entre sí. Realmente anárquico. ¿O no?

Nuestra huella nos delata en numerosas redes: los pagos con la tarjeta de crédito, Facebook, los grupos con los que nos comunicamos vía email, la estructura organizativa del trabajo, hacienda somos todos, los blogs que visitamos, las hojas web a las que nos direccionamos, la asociación deportiva o cultural, las compras telemáticas, los periódicos electrónicos, Twitter, la asociación de padres y madres, alcohólicos anónimos, WhatsApp, etc.

La eficacia de todo este entramado parece mágica, porque los trenes funcionan, dejamos de fumar, el fisco nos devuelve dinero, mis niños asisten al colegio todas las mañanas, me llega por correo la raqueta de pádel que compré en eBay con PayPal, y el libro de Amazon, no he perdido ningún amigo, me casé y todos fueron a la boda, y actividades tan complejas como la distribución eléctrica, el transporte, el orden público o la producción capitalista de bienes y servicios se desarrollan, así como el vagabundo de la esquina, el pobre o el hambre, junto con las huelgas y las manifestaciones, la competencia y la solidaridad, con absoluta y pasmosa normalidad.

Para la mayoría, el milagro reside en la organización, en haber sido capaces de configurar un sistema jerárquico de toma de decisiones que otorga poder a unos nodos (inteligentes) en detrimento de otros (currantes), en haber superado la fragilidad de las redes centralizadas por un orden descentralizado donde la anárquica capacidad tecnológica de construir redes distribuidas ha sido doblegada por estructuras paralelas de control y seguimiento. A cualquier problema complejo se le desea atribuir una solución que incorpora la reglamentación, la planificación y el mandato como elementos inexcusables de la eficacia y el orden. Sobre todo a nivel global, ya sea para el control de emisiones contaminantes, los paraísos fiscales, los movimientos planetarios de capitales, la burbuja inmobiliaria, la crisis bancaria, el cambio climático, la protección de la ballena blanca, la explotación infantil, el comercio de órganos o de estupefacientes, la gripe aviar y la investigación y desarrollo de tecnologías; materias que parece deberían exigir un orden mundial disciplinario que coarte violentamente la capacidad anárquica de la sociedad para crear desorden, cacofonía, en virtud de un uso de la libertad desorganizado que requiere un control, una coordinación centralizada.

Realmente la ballena blanca se encuentra en peligro de extinción. No lo pongo en duda. Y la sociedad debería enfrentar este problema, proteger de algún modo un bien de valor incalculable. Sin embargo, tanto la solución demandada por la mayor parte del movimiento ecologista, como la que de facto intenta implantar el sistema, aunque no del modo férreo y justo que demanda el ecologismo, consiste en crear una serie de organismos mundiales de negociación entre países que voluntariamente pongan en práctica medidas de control de la caza y captura de ballenas hasta niveles tolerables por el juicio experto y el interés económico.

Pero la red con la que se cazan las ballenas no es distribuida, sino una red de tipo descentralizada, unos centros de poder económico poderosos que utilizan las más eficaces tecnologías extractivas para conseguir los mayores beneficios a corto plazo, y que utilizan el apoyo político, económico y mediático de sus respectivos gobiernos para competir y acceder al mayor número de caladeros con las máximas garantías de éxito. No millones de barcas distribuidas por todo el orbe cazando ballenas, sino unos pocos barcos con radar y cohetes teledirigidos. ¿Y esa red, esta sí, distribuida, de científicos, ecologistas, asociaciones filantrópicas y de protección de la naturaleza, de ciudadanos concienciados y luchadores que entre todos han denunciado el acoso mundial y traumático al que los poderosos someten a las ballenas, están realmente demandando que sean esas mismas estructuras centralizadas de poder las que solucionen un problema que no han sido capaces de ver por sí solos? Me parece absurdo, porque creo que la solución reside precisamente en ese entramado anárquico y público de libre pensamiento y ciencia, de conocimiento, que la sociedad ha sido capaz de crear en base a redes distribuidas, y no en el fortalecimiento de las redes existentes de poder, que no lo olvidemos, crearon el problema, y por absurdo que parezca, les otorgamos el poder para solucionarlo.

Resulta ilustrativo analizar varios de estos problemas globales a los que previamente he aludido, estudiar su génesis, y comprobar que en su mayor parte se rigen por unos patrones comunes de comportamiento que se basan en la acumulación de poder y de información, y que se dan tanto si analizamos el comportamiento de una dictadura popular, un régimen autoritario o una democracia: sujetos-nodos que controlan el conocimiento libre que fluye en la sociedad, que lo consolidan en estructuras centralizadas, que se convierten en actores políticos y económicos privilegiados con capacidad de negociación con otros centros similares de control en las esferas económica, política y administrativa, y que a través de una oscura red de relaciones clientelares sustraen renta de la sociedad y dificultan el funcionamiento eficaz de las redes distribuidas, de las que a su vez extraen información y conocimiento, aunque resulte paradójico.

Siempre aparece la connivencia del Estado, de la Administración, de los organismos reguladores, ya sea en el blanqueo de dinero, como en la trata de blancas, la gestión del agua o la decisión sobre el transporte público o la prestación de servicios sanitarios. El conflicto real no se da entre la sociedad civil y ese entramado mafioso de extracción (robo) de rentas sociales. Porque mientras esta sociedad distribuida siga pensando que la anarquía no es viable, y continúe, por tanto, delegando la solución de los problemas a las redes centralizadas de poder, el conflicto real, del que sólo atisbamos algunas de sus consecuencias, realmente se está produciendo entre los nodos que controlan, y los nuevos que desean aflorar, luchas extractivas en las que las redes distribuidas de ciudadanos libres poseen una doble función: la de ofrecer gratuitamente su conocimiento para que otros se lucren con él, y la de convertirse en aliados circunstanciales de algún grupo de poder o de la Administración en luchas de las que a veces, y de forma indirecta o en contrapartida de  servicios prestados, se obtiene algún tipo de éxito en la reducción del narcotráfico, la pobreza o en el acceso universal al agua potable.

Llegados a este punto, propongo recuperar la imagen-ejemplo de las dos redes sobreimpuestas que crearon la jerarquía y los empleados de la multinacional Hewlett-Packard, porque ello puede ilustrar algunas de las cosas que pretendo comunicar en esta comparativa entre centralización y distribución: que el orden o la eficacia se encuentra más cerca de las redes distribuidas que de las centralizadas. No así, claro está, la concentración de poder, o la capacidad para acumular riqueza, por lo que realmente este desorden organizado en el que vivimos y al que le hemos encomendado el papel de Leviatán, realmente está generando demasiado ruido y cacofonía, disipando demasiado calor fuera de sus estructuras de poder, incrementando la entropía del resto del mundo a consecuencia de exacerbar la pobreza, el desastre ambiental y la violencia, en favor del orden de unos pocos.

Repito, si recuperamos la imagen de aquella red, la centralizada impuesta por la organización, y la distribuida creada libremente por los empleados, podemos alcanzar dos conclusiones contrapuestas, que son las que voy a intentar referir y comparar. La primera, que suele ser la más habitual y extendida, consiste en considerar la red jerárquica de la organización como la que realmente vertebra la práctica cotidiana de la multinacional, la que ofrece incentivos y exige objetivos, la que impone normas de funcionamiento, la que canaliza y atesora el conocimiento de la organización, la que actúa como interlocutor hacia el exterior y crea la imagen sólida de una corporación estable y bien dirigida. Por tanto, la red distribuida que se superpone resultaría residual, útil quizás para la organización de las pequeñas cosas, para algunos incluso peligrosa o ineficaz, en la medida en que puede interrumpir o dificultar el flujo de información entre los que mandan y obedecen, o ser empleada para actividades de ocio o peor aún, subversivas.

Pero las grandes corporaciones, lejos de prohibir o dificultar la existencia de esas redes distribuidas anárquicas y sobreimpuestas a la organización-red formal, no digamos que siempre las hayan fomentado, pero sí las han respetado, y en muchos casos, considerado imprescindibles para el funcionamiento y la viabilidad de la organización, tanto más útiles cuanto más compleja la materia a tratar, el servicio a satisfacer o el producto a fabricar. Lejos, por tanto, de la primera conclusión al respecto, la segunda, mucho menos conocida y divulgada, pero plenamente entendida y fomentada por los centros directivos inteligentes, es la de dejar hacer, que el libre flujo de conversaciones establezca los mecanismos y distribuya el conocimiento, pero eso sí, estableciendo una férrea estructura de control sobre la plusvalía social de la actividad que desarrolla la empresa o la administración. Véase “Elogio del anarquismo” de James C. Scott.

El peor gestor o jefe de una estructura compleja es el que desea saber demasiado, el que intenta imponer sus métodos de trabajo, el que pretende hacer cumplir estrictamente todos los procedimientos, el que aspira a saber hacia dónde se dirige el saber corporativo. Un jefe moderno no debería comportarse así. El moderno “management” ya lo sabe, y los cursos de las grandes escuelas de negocio nunca lo pretenden, y tan sólo lo muestran como ejemplo del arcano predecesor del moderno hombre de negocios. Los trabajadores, los investigadores, el personal currante de una organización, hacen lo que les viene en gana, y si un jefe, un nodo centralizador intenta imponer algo, o deja de funcionar la organización eficazmente, o se produce el sabotaje tácito de sus consignas: “¡Sí SEÑOR, Sí SEÑOR!”

Sin embargo, los jefes resultan imprescindibles en el sistema imperante, y por tanto, también la creación artificial de la red centralizada sobre la distribuida, no con el objetivo de ayudar a crear riqueza o conocimiento, sino con el fin de extraer rentas, en suma, de robar al resto de la organización. El jefe como nodo central, no está ahí para aportar saber ni experiencia en la fabricación de nada, resultaría contraproducente que fuese el que más supiera sobre el producto o la tecnología, porque el encargo que ha recibido no es otro que el de controlar, lubricar el funcionamiento de sus trabajadores, saber lo que está ocurriendo a nivel de relaciones, extraer el máximo producto con el menor sueldo, con el gasto más reducido, crear una imagen, una fidelización, un entramado social donde él sea el centro, no de la producción, ni del saber, sino de las aspiraciones sociales de sus empleados. Su juego no es tecnológico, sino motivacional y controlador, despiadado, porque no aporta nada a la creación y únicamente está allí situado en la red como un sumidero que aspira a extraer el máximo beneficio.

La iconografía a veces resulta clarividente y nos ofrece imágenes que la tradición y la cultura han utilizado para cargarlas de múltiples significados y resonancias útiles para comprender, en este caso, las implicaciones que las diferentes tipologías o grafos de red pueden tener sobre la libertad de las personas y la eficacia del sistema. En las figuras adjuntas, que se pueden interpretar de izquierda a derecha como representaciones de las redes centralizada, descentralizada y distribuida de las que presentábamos sus respectivos esquemas al comienzo de este artículo, se nos ofrece la omnisciencia de dios y sus rayos-cadenas-hilos sobre la pirámide símbolo de la jerarquía y su afán totalizador; la del gigante Argos, el monstruo de los mil ojos controladores, metamorfoseado por Ovidio en la cola del pavo real, y que la reciente tradición carcelaria, y educativa descrita por Foucault caracterizó en el moderno panóptico; y la recursividad mostrada magníficamente por Escher en las manos que mutuamente se pintas-crean, metáfora preciosa de los que significa el trabajo en red entre iguales y la capacidad del procomún para crear y crecer.

La anarquía está aquí, aunque no la veamos, y gracias a ella todavía existe orden, eficacia y algo de justicia. Pero necesitamos todavía mucha más anarquía, y por supuesto, muchos menos jefes, o ninguno, y caminar hacia la comunicación libre entre iguales, la gratuidad de los bienes comunes, y por supuesto, sepultar a Aristóteles y a Platón, y tirar al basurero el Estoicismo; pero tampoco erigir una estatua ni un altar, porque no lo comprenderían,  aunque sí reservar una trozo de nuestro corazón, según nuestro talante e idiosincrasia, a Epicuro y a los Kynicos, también a Diógenes, el del barril.

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MUNDOS PARALELOS

RUI VALDIVIA

En los años de 1966 y de 1974 se publican en España dos libros de enorme originalidad que inventan sendos paisajes míticos ínsitos en la geografía andaluza. Me refiero a El mundo de Juan Lobón, del escritor gallego Luis Berenguer, y de Ágata ojo de gato, del recién agraciado con el Premio Cervantes, José Manuel Caballero Bonald.

Deseo reunirlos en la misma crítica por su paralelismo en la creación de una geografía ficticia, que incluso sus respectivos editores se atreven a dibujar, la de Berenguer, en la sierra gaditana, la de Bonald, en las marismas onubenses.

A ambas novelas se les podría aplicar las ideas que sobre la geografía Berenguer expresa en el preámbulo epistolar de su creación:

“(…) en un sitio que no quiera usted localizar en el mapa porque no está allí: está, según se va, tirando para arriba, en la encrucijada de los que nunca perdieron la fe en su destino”.

La Manuela creada por Bonald (y de apellido Lobatón, curiosa ¿semejanza?), la de “ojos verdirrojizos copiados del ágata de los de la madre” y Lobón, se emparentan por el ansia de conservar su mundo, de perpetuarse como guardianes de un paisaje que desaparece, por su empeño en permanecer, sobrevivir, como si esa geografía imaginada por sus escritores respectivos, sólo pudiera aspirar a ser contada y también mantenida en el tiempo, por la voluntad de sus protagonistas de ser fieles a unos modos de vida contra los que se alía el universo real y el progreso.

A Manuela la imagino como una diosa ibera, de tierra y arcilla, de caderas de arena y senos agrestes de pizarra y conglomerado, en cuyo corazón de herrumbre palpita el calor telúrico de una tierra que albergó minas de oro, estaño y plomo, ansiada por fenicios, griegos y romanos, colonizada y a su vez colonizadora de tantas civilizaciones por obra de ese enigma salvaje y de brutalidad que el paisaje inventado de Bonald nos describe con extremada lucidez y acierto. Manuela, la madre de todos los hijos, violada por la historia y por los hombres, y porque el mito así lo exige, lasciva y pregonera de ese anarquismo primordial cuyo grito hermana a tantos humanos  encadenados al mapa de la opresión.

Y Lobón, el furtivo, último defensor del derecho ancestral al uso comunal de una tierra expropiada para el lucro, el juego y la explotación individual. Lobón el cazador nos descubre al ser primordial del que procedemos, el bárbaro al que la historia oficial convirtió en ladrón y asesino. Nos habla de los cercados, de los frutos libres y gratuitos de la tierra, de la ley que fabrica pobreza, de la dignidad pisoteada por el noble, el terrateniente, el destripaterrones que usurpa la tierra de todos y de nadie en virtud de un orden injusto que por haber sido escrito en papel timbrado, y protegido por la cachetadas de la guardia civil, se erige en dictamen contra toda la humanidad, en despojo y trofeo de marchantes, trileros y embaucadores. Lobón es como el Numa de Juan Benet, guardián de esa otra geografía imaginaria de Región, con su escopeta apostada en la última curva del progreso, y cuyo penúltimo tiro estalla en nuestras conciencias como la próxima llamada de la libertad.

Lobón, a pesar de su salvajismo, de sus hoscas maneras, representa el único sabio del paisaje imaginario que Berenguer nos retrata, como el postrero reducto todavía susceptible de albergar al verdadero ser humano que aún es capaz de correr, de oler el campo, saborear el agua de un arroyo y comprender las señales de la vida y de lo amorfo en cada recodo de ese microcosmos ficticio que, oculto en un trozo de sierra gaditana, nos rememora a Benalup, la Casas Viejas anarquista que fue masacrada durante la República.

“Los bichos montunos son de todos y de nadie: del que los trinca. No hay castigo por matarlos.

Si el dueño de una tierra no quiere cazadores en lo suyo, eche los bichos fuera. Si no los echa y alguien entra allí a cazar, no hay castigo.”

“La culpa de todo la tiene la ley, que cualquier día ponen una para respirar o para hacer de vientre (…) La ley es una puñetera mierda que todo lo pringa. Donde padre, nada había escrito y todos nos queríamos”.

La obra de Berenguer nos expone las memorias de Juan Lobón, escritas de su propia mano, y por tanto, nos cautivan por su simpleza gramatical, por los giros y extraños sintácticos, su vocabulario rico en localismos y usos arcanos. Berenguer nos enseña que para expresar el más alto pensamiento, las oquedades de un ser humano tan liso, pero a la vez complejo, como es el furtivo Lobón, no se precisa ni un ápice de refinamiento ni erudición, y que con trazos simples e ingenuos, pero de una profunda sinceridad y sentimiento, resulta posible transmitir todo un universo de sensaciones y pensamiento con el mismo lenguaje salvaje y primario de su poseedor.

En cambio, la Argónida de Bonald se describe con fino trazo poético, con metáforas salvajes y protohistóricas, utilizando la refinada prosa de un aedo que nos narra con distancia, en tercera persona, los hechos acaecidos en torno a ese ser primigenio que es “el normando” y su encuentro con el imaginado mundo recreado por Bonald en el mismo lugar donde antaño fue erigida Tartessos y sus reyes míticos, sus tesoros de piedras preciosas y metal.

El estilo de ambas novelas no puede ser más contrastado, y sin embargo, en ellas percibo algo común, como un soterrado canto a la tierra y sus dones, una plegaria al campo libre, a los corazones solidarios, como un romper de cadenas, el calor del fuego primordial donde se funden los anhelos y se alean los sueños. En un entorno natural cuya desgarrada belleza apenas se desvela tras las descripciones de su crudeza, patetismo y cruel destino, una naturaleza madrastra y ajena al ideario naturista, a la poesía humanizadora, amoral y extraña a cualquier tipo de trascendencia o lirismo, de sentimiento.

Así la describe Bonald, a través del hijo recién parido de Manuela, la hembra de “el normando”.

“El niño, cuya más pujante dominación biológica procedía de la misma inmunda cloaca de la marisma, no podía buscar aún ninguna clase de alianza con una tierra gangrenada por la sed, apenas cubierta de una hidrópica costra de talco y donde los lucios aparecían cubiertos de cadáveres de peces y sobrevolados de aves impelidas a la necrofagia. De modo que el niño se consumía magro y traslúcido en su cuna de cuero de venado sostenida por dos horquetas de ricino. La extenuada madre, que ya había conservado el meconio del recién nacido para untarse los pezones y engolosinar así al hijo con sus propios jugos, era de leche floja y tuvo que ayudarse de la más rica en grasa de una corza cautiva, pero ni aun con eso salía el niño de su escuálida fragilidad”.

Y Berenguer.

“Se barruntaba en el aire que algo malo tenía que pasar, porque la misma tierra, en lo que es hoja, de pelo y de pluma, andaba con la bilis por la sangre.

El Goro me lo decía:

-El monte está aburrido y ¡veremos a ver!

Era verdad que estaba aburrido y, cuando cayó aquella maldición tan malísima, a ninguno de nosotros nos cogió de sorpresa. Tenía que pasar algo así.

Lo que empezó por los cochinos y las vacas, siguió por los conejos, y te los encontrabas con los culillos salidos y los ojos como picotas llenas de pus.

Fue el aburrimiento de la tierra, lo mismo que cuando se ha hecho una injusticia cae un rayo y mata un pastor.

Nosotros no teníamos culpa, porque nosotros éramos campo: la culpa era de los que cagaban el trigo dejándoselo a los pájaros de comedero, la culpa era de los inventos de la electricidad y del deporte, que tomaban el campo como diversión, de tanto auto y tanta moto echando humo.

Pero el rayo nos cayó a nosotros, a los pobres, a los cazadores, porque no fue a la perdiz, ni a la madre que la parió, a quien le entró la enfermedad, sino al conejo”.

Creo que estas novelas nos pueden ayudar a entender e incluso congeniar, con la raíz animal del ser humano, con el sustrato primigenio de nuestra humanidad, con la raigambre que nos ata a la naturaleza en esa dualidad de madre y meretriz que engendró ese aborto humano del que somos progenie y en cuya alma anida, a pesar de todo, el amor a la libertad.

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DESAFÍO EN LA SIERRA DE GUADARRAMA

Quería participar en una carrera ciclista en ruta. Estar dentro de un pelotón, circular por una carretera “cerrada” en exclusividad para los ciclistas. Subir y bajar puertos, demarrar, ir a rueda, en una competición en la que poder tener la posibilidad de sentir lo que uno tantas veces ha leído o ha visto sobre las grandes competiciones ciclistas. A mi nivel, claro está, sin posibilidad de acceder a los puestos de honor, un ciclista anónimo entre otros más de 250 deportistas que tomamos la salida a las 8 de la mañana en la localidad madrileña de Colmenar Viejo, en la tercera edición del Desafío Puertos de Guadarrama, una marcha de 161,9 km y 5 puertos de montaña que organiza la Federación Madrileña de Ciclismo. Quizás debiera haber buscado otra competición menos dura y asequible, haber elegido otra prueba del calendario donde la dureza del perfil y el nivel de los contrincantes fuera menos elevado, pero a veces la ilusión, la vanidad o la confianza superan al sentido común y la mesura.

Me preparé duro para poder afrontar el reto. A pesar del invierno frío, y sobre todo, lluvioso, desde el mes de febrero que dejé de entrenar la carrera a pie, programé cuatro meses de entrenamiento exclusivo de bicicleta que creo que ha dado sus frutos. Han sido muchos kilómetros por las montañas de Guadarrama, ya fuera con la bicicleta de montaña o con la flaca (carretera), casi siempre acompañado de amigos con los que he compartido experiencia y sudor. Soy muy afortunado de poder vivir en este entorno natural de la Sierra de Guadarrama, y de poder entrenar por caminos y carreteras que discurren en soledad y por parajes de gran belleza. El entrenamiento me ha permitido también conocer nuevos lugares y rutas, lo que siempre supone un aliciente más cuando se pasan tantas horas montado sobre un sillín.

Resulta emocionante la espera bajo la pancarta, codearse con tanto “pro”, el altavoz, la guardia civil de tráfico dando vueltas e impartiendo las últimas instrucciones, los fotógrafos, los coches de asistencia, ambulancias, incluso una moto con cámara de TVE. Sólo faltaba Perico Delgado. Sin llegar a la profusión de medios y alboroto que se monta alrededor de una gran vuelta, la sensación resulta genuina y enervante, los músculos se tensan, el espíritu se expande, tan sólo deseando que todo se ponga en marcha y poder quemar la adrenalina que empieza a saturar el ambiente.

El primer tramo discurrió a gran velocidad, una media de 40 km/h durante los 32 km que separan la salida del comienzo de las rampas del Puerto de la Trampa, entre Torrelaguna y La Cabrera. El pelotón, compacto, se estiraba en las zonas descendentes, y como un acordeón, ocupábamos el ancho completo de la carretera cuando había que superar algún repecho, lo que provocaba el cabreo de la guardia civil, gritos, bocinazos, sonido de frenos, tensión, peligro de caída, y a veces, casi detención de las últimas formaciones del pelotón. Sobre todo en el descenso del Cerro de San Pedro, y antes de entrar en Guadalix de la Sierra, tomé mis precauciones. Era la primera vez que montaba con tanta gente a mi alrededor, así que a pesar de alcanzar los 65 km/h en algunos tramos, intenté mantener una prudencial distancia de seguridad, y realizar las trazadas de las curvas sin cruzarme en la carretera, en previsión de contactos. En verdad, la gente fue siempre muy respetuosa, y los extraños y la agresividad que he visto en algunos duatlones, triatlones y carreras de montaña, aquí no los presencié. Yo no vi ninguna caída, y afortunadamente, muy pocas averías o pinchazos.

El primer puerto, decía, se denomina de la Trampa. Comienza al pasar por debajo de una gran tubería del Canal de Isabel II, que en esta zona posee numerosas  instalaciones de conducción de agua desde la cercana presa de El Atazar. Es un puerto duro que como su nombre indica rehúye el protagonismo, apenas se da a conocer, no aspira a la fama, sino que camuflado en esta carretera secundaria que parte de las inmediaciones de Torrelaguna asesta un mazazo de apenas 3 km y rampas que superan el 10% de pendiente, las más pronunciadas que hubimos de superar en toda la jornada. Suerte que todavía estaba fresco, que aún no hacía calor, y que por fortuna resulta corto, por lo que en apenas 13 minutos pude superarlo, no sin advertir que el corazón se me desbocaba más allá de lo prudencial al comienzo de una carrera de resistencia. Aquí, como claramente se comprende, el pelotón de deshizo en átomos, cada cual marcando su mejor ritmo. Cesaron las conversaciones, el ruido de los frenos y de los rodamientos cedió el protagonismo a la respiración intensa e incluso a los jadeos, el silencio, sólo roto por las sirenas de la benemérita o los pitidos de los coches de asistencia que avisan de su paso.

Yo creía que este primer puerto iba a hacerme más daño y dejarme ya descolgado del primer grupo para el resto de la carrera. Pero no fue así. Poco a poco, durante los kilómetros “rompepiernas” que separan la cima del citado puerto del pueblo  de Valdemanco, los átomos nos fuimos juntando primero en moléculas, luego en tejidos, y finalmente rehicimos otro pelotón bastante menos nutrido que el inicial. Hasta que alcanzamos la subida al Alto de la Fuente del Collado, que se inicia en Cabanillas de la Sierra y termina en la localidad de Bustarviejo, una ascensión continua de unos 12 km no muy pendiente, pero que empezaba a hacer mella en las piernas, sobre todo por el fuerte ritmo de ascenso, a 22 km/h.

En el descenso a Miraflores de la Sierra casi consigo conectar nuevamente con el pelotón delantero, a pesar de la velocidad vertiginosa que alcanzamos el grupo perseguidor, pero irremisiblemente los perdí de vista al poco de comenzar la ascensión al gran coloso de la jornada, el Puerto de La Morcuera, de 1.855 metros de altitud, y un desnivel de 660 metros en 9,4 km (6,5% de pendiente media con un par de kilómetros del 9% y pendiente máxima del 12%). Aunque en este punto mis expectativas estaban ya más que satisfechas, porque al llegar a Miraflores de la Sierra llevábamos 2h05m de prueba, lo que arrojaba una velocidad media de 33 km/h en los primeros 70 km. Yo había supuesto que a este punto llegaría a las 10h30m de la mañana, pero lo alcancé 30 minutos antes de lo previsto, lo que puede entenderse también en sentido negativo, ya que quizás me excedí un poco en ritmo, lo que quizás me perjudicara, como al final comentaré, en el tramo final de la prueba.

La ascensión a La Morcuera resultó realmente dura. Hasta los últimos 2 kilómetros en que desaparecen los árboles, sin excesivo calor. Una procesión de ciclistas interminable, tanto los que competíamos como otros que marchaban lúdicamente en esta mañana calurosa de domingo. Al ir ya en solitario, regulé bastante bien, me impuse un ritmo exigente alrededor de las 150 pulsaciones por minuto, evitando alcanzar mi umbral anaeróbico, lo que hizo que pudiera completar la ascensión a un ritmo medio de 14,5 km/h, en unos 37 minutos.

Tras detenerme unos instantes en el avituallamiento, ocurrió lo que me temía, no tanto tener que descender en solitario el puerto, sino sobre todo, encarar solo los cerca de 30 km hasta la base del Puerto de Canencia. A lo lejos veía un reducido grupo de ciclistas, pero no pude echarles mano hasta llegar al pueblo de Lozoya, a riesgo de haber sufrido un desgaste un tanto excesivo, que otros no padecieron al haber podido ir bien protegidos por el grupo. Éramos cuatro ciclistas que nos dimos relevos amistosamente hasta el cercano pueblo de Canencia, por lo que fuimos integrando en nuestra marcha a otras cuantas ovejas descarrilladas hasta alcanzar la cifra de unos 15 ciclistas. Esto me vino muy bien, porque marcaron un ritmo alegre que a duras penas pude seguir, pero cuyo estímulo y compañía me ayudaron a encarar este tramo difícil ya situado a 125 km de la salida.

Llegado a este punto advertí varias cosas. Primero, que estaba muy cansado muscularmente y que cualquier repecho un poco más inclinado me hacía sufrir y quedarme un poco descolgado. Afortunadamente, la ascensión a este puerto desde el valle del Lozoya no es tan fuerte como la vertiente contraria, pero así y todo existen algunos tramos duros, y el final se pega escandalosamente a las piernas, aunque la densa vegetación ayudase a soportar el calor y evitar el viento. En segundo lugar, empezó a dolerme la cabeza, y el estómago avisó con un poco de dolor. Estaba sediento, pero opté por beber a sorbos pequeños con objeto de proteger mi sistema digestivo. La ascensión al Puerto de Canencia, de 10,5 km, la hicimos a una velocidad media de 18,4 km/h, lo que no está nada mal habida cuenta de que jamás en mi vida deportiva había montado en bicicleta de carretera ni más de 130 km, ni más de 4 horas y media seguidas.

Al culminar el puerto cometí lo que considero fue un gran error. No me detuve en el avituallamiento a repostar. Tenía casi vacío el bote de isotónico y consideré, erróneamente, que podría aguantar hasta Colmenar Viejo únicamente tomando medio gel que me quedaba en el bolsillo trasero. No consideré que 35 km que restaban hasta meta, de los que 20 eran descendentes, pudieran hacerse tan difíciles. Sabía que el Cerro de San Pedro, último puerto de la jornada, y a menos de 10 km de la llegada, se iba a convertir en un auténtico coloso para mis piernas deshechas, por lo que agarré una buena pájara durante su ascenso, sobre todo en esas últimas curvas del  10% que junto con el viento lateral y el calor excesivo casi me tumban.

Tuve la suerte de que durante el descenso del Puerto de Canencia me adelantara un grupo de gente que iba realmente fuerte. No sólo físicamente, sino anímicamente estaba enormemente mermado, por lo que la motivación de ir acoplado en este grupo a cola de pelotón aguantando el tirón me sirvió de acicate para marcar un buen ritmo y no penar en solitario. De Canencia hasta Guadalix volamos a 46 km/h de media. Pero en las primeras rampas del Cerro de San Pedro me quedé descolgado. Y aún me adelantó otro grupito cuyo ritmo no fui capaz de seguir. Las piernas ya no iban, había agotado mis reservas de glucosa y estaba un poco deshidratado. En estos casos sólo resta aguantar, apretar los dientes e intentar imaginar pensamientos positivos que ocupen la mente.

Al final empleé 5 horas y 30 minutos en salvar los 2.200 metros de desnivel acumulado en 162 kilómetros, a casi 29,5 kilómetros por hora. Superé por un amplio margen mi objetivo, que consistía en no emplear más de 6 horas. Puesto 113 de más de 250 ciclistas que tomamos la salida. El primer clasificado tardó 4h44m, a una velocidad media de 34 km/h. Casi todos eran ciclistas federados que compiten habitualmente en este tipo de marchas, lo que me aporta un plus de autoestima. Estoy muy satisfecho, cansado todavía, pero muy contento del resultado. Disfruté del paisaje, de las emociones, capturé momentos deportivos que permanecerán conmigo toda mi vida, y lo que fueron mis expectativas atléticas y sensoriales las colmé sobradamente. Objetivo cumplido. Con casi 49 años todavía tengo la suerte y la osadía de seguir mejorando.

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CONTRA EL ANTI-DOPING

Comienzo con una recomendación, el libro del ciclista David Millar, “Pedaleando en la oscuridad”. No cuenta nada nuevo. Es un típico libro de testimonio, cuya sinceridad resulta discutible, de arrepentimiento y anuncio de no reincidir, una voz que clama por que los deportistas no se dejen acunar por trinos de sirenas y compitan limpios de doping. Un signo de los tiempos. Por ello resulta útil detenerse en él.

Hipocresía. Creo que es el adjetivo que mejor define la relación que la sociedad establece entre las drogas y el deporte, en concreto, en el mundo del ciclismo, al que con más detalle me referiré.

Aconsejo otro libro, el que el escritor francés Albert Londres escribió sobre el Tour de Francia del año 1924. Desde entonces a los ciclistas se les suele llamar “los esforzados de la carretera”. Un error. El escritor inglés quiso decir “los forzados de la carretera”, los esclavos, los explotados, a semejanza de los condenados a trabajos forzados.

Recuerdo al ciclista suizo Hugo Koblez, el primer ganador no italiano del Giro de Italia en la edición de 1950. Al año siguiente el llamado ciclista con encanto (le pédaleur de charme) asestó un golpe moral, y mortal, a todo el pelotón del Tour de Francia cuando él solito se escapó durante más de 130 kilómetros, a una media de 39 km/h, y consiguió alcanzar la meta con más de 2’ de ventaja. El día anterior estuvo a punto de abandonar por un forúnculo. Y para aguantar el dolor, los médicos le recetaron supositorios de cocaína, que por supuesto tomó para alzarse con el título final de la ronda francesa.

El periodista francés Albert Londres nos describe el contenido de la mochila de los hermanos Pelissier en el Tour de 1924, todo tipo de pastillas, cocaína y estricnina.

Las drogas y el ciclismo de élite siempre han convivido, resultan inseparables. La inmensa mayoría de los ciclistas profesionales se ha drogado, ha tomado medicamentos y sustancias llamadas dopantes para mejorar el rendimiento y acelerar la recuperación, pero también, no lo olvidemos, para soportar el dolor.

En una aldea perdida en un extremo de Bretaña Astérix nos deleita con el doping contra los romanos, esa fantástica pócima mágica y secreta que mejora el rendimiento físico e incrementa la fuerza hasta niveles sobrehumanos. El objetivo de aplastar y defenderse de los romanos, evidentemente, justifica los medios.

Otro ídolo de masas, esta vez al otro lado del océano, Popeye y sus espinacas, o Superman, todos ellos drogados al servicio del bien, o del amor. Pero también del arte, Rimbaud, Hemingway, Poe, Hendrix, Baudelaire, y muchos otros que utilizaron el alcohol, el LSD, el cannabis o la coca para alcanzar estados de iluminación o éxtasis con el objetivo de elevarse hacia cumbres de creación artística. No muy lejos, en uno de los países más luchadores contra el doping, Francia, se clausuró el pasado 19 de mayo una exposición sobre arte y drogas, titulada Sous influences (bajo la influencia), que quién pone en duda habría sido prohibida si hubiera tratado sobre las drogas y el deporte, aunque hubiese intentado conservar el espíritu de objetividad que aquella intentó mantener.

¿Por qué en el arte, en la guerra, en el trabajo y en los negocios somos más benevolentes, y en cambio, no en el deporte, cuyo lema latino pregona, y sus practicantes y admiradores defienden, “citius, altius, fortius” (más rápido, más alto, más fuerte)?

Al comienzo de la subida al mítico Mont Ventoux se erige una estatua dedicada al ciclista Tom Simpson, caído muerto allí mismo de forma fulminante en la edición de 1967 del Tour de Francia. Había tomado anfetaminas. Una práctica habitual en aquel entonces. Además ingirió alcohol. También hacía mucho calor, estaba extenuado y deshidratado. Al año siguiente Eddy Merckx, que en esa etapa se encontraba destacado en solitario, se detuvo en el lugar donde el ciclista inglés cayó fulminado y le rindió un sentido homenaje ¿A un dopado?

Propongo la lectura de otro libro, del investigador danés Verner Moller, “Un diablo llamado dopaje”.  Su crítica demoledora se dirige contra la política antidoping, sobre todo, contra las justificaciones éticas, deportivas, filosóficas en las que se ampara para perseguir a los deportistas. De forma muy diáfana nos sintetiza en 5 cláusulas la filosofía en la que se basa la justificación de la lucha contra el doping, justificaciones que irá desmontando de forma clara y poco objetable. Según Moller, la política anti-doping se justifica, erróneamente, en que el doping es

  1. Un engaño que genera condiciones de competición injustas
  2. No natural
  3. No saludable
  4. Destructor del papel del deporte como conformador del carácter
  5. Una manera de transformar el deporte en un espectáculo trivial y estrafalario

No voy a afirmarme en ningún acto de fe previa, ni voy a emitir ningún juicio a favor del dogma de la lucha contra el dopaje, como si debiera limpiar mi conciencia de algún tipo de pecado o mal pensamiento antes de exponer mis consideraciones alrededor de tema tan espinoso. Estamos ante una campaña política y mediática del más puro puritanismo, ultraconservadora y antiprogresista. Me recuerda las campañas mojigatas contra el alcohol o el sexo, también contra las drogas, típica de leyes secas, caza de brujas y espíritus ultramontanos. Entre la imagen pura del deportista amateur que defendió el barón de Coubertin, y el pobre drogadicto profesional que irá al infierno por sus pecados, media una enorme distancia, se podrían disponer infinitas posibilidades de entablar una relación sana entre el deporte y la ingestión de sustancias recuperadoras y mejoradoras del rendimiento.

El deporte es una actividad donde reina la desigualdad. La primera, y más definitoria, la relativa a la diferente genética de los deportistas y la importancia tan enorme que posee ésta sobre el rendimiento deportivo. En consonancia con el avance tecnológico de la sociedad se producen evidentes adelantos o potenciales usos de una serie de tecnologías y sustancias con el virtual objetivo de incrementar el rendimiento deportivo. El deporte moderno resulta incomprensible sin las técnicas de entrenamiento, sin la tecnología del material deportivo (zapatillas, ropa, bicicletas, bañadores, etc.) y sin el apoyo de la más moderna medicina (cirugía, nutrición, medicinas, fisioterapia, ayudas ergonómicas, etc.). No existe posible competición en igualdad de condiciones, porque todos los anteriores factores se distribuyen de forma muy diversa entre los deportistas. En contra de lo que pregona la política antidoping, ¿no estará yendo contra la igualdad la prohibición de tomar sustancias dopantes? ¿Por qué prohíbe la ley tomar EPO para aumentar el hematocrito hasta niveles comparables a los niveles que otros deportistas consiguen por genética, o por dormir en cámaras isobáricas? Todo deporte debe tener unas normas, pero ¿resultan justas, sanas y deportivas las normas actuales contra el doping?

Así contestaba el gran Bahamontes cuando le preguntaron sobre el doping:

“¿Dopaje? Yo corría a base de carajillos. Yo no me fiaba de nadie. Es más, me preparaba mi propia bomba. Al margen del bidón de agua, café o té, en una petaca de aluminio, que llevaba en mi bolsillo trasero, me preparaba un mejunje, que era una especie de carajillo: dos cafés, media copa de coñac y un chorrito de Colastier, un regulador del ritmo cardiaco. Cuando faltaban 50 kilómetros para la meta, yo sacaba mi petaquita y ¡zas! para dentro. Volaba.”

Estamos ante una actividad que aspira a poseer una gran naturalidad, pero que se disputa en un entorno desigual, inmersa en un universo tecnológico que permite incrementar el rendimiento. ¿Cómo congeniar naturaleza, justicia y tecnología en el deporte?

La práctica médica, y las sustancias que se nos recomienda ingerir para, entre otras razones, superar las enfermedades, tienen por objetivo restablecer la salud del paciente. Resulta sorprendente advertir que la ciencia de la medicina, que ha sabido definir con gran rigor científico innumerables enfermedades, sin embargo, haya dejado a otras profesiones la real definición del concepto de salud. Porque la salud, como la entiende la sociedad, o por lo menos como la define la OMS, va más allá de la simple ausencia de enfermedades,

“La salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades”.

Paree así que no debería existir una definición absoluta de salud, como sí las hay de cada enfermedad. El hecho de seguir viviendo supone que tenemos la salud suficiente para hacerlo, independientemente de nuestro estado corporal. Pero vivimos para algo más que sólo mantener unas constantes vitales, poseemos ambiciones, aspiraciones, por lo que no cabe entender la salud sin ponerla en relación con la capacidad que debería poseer una persona para conseguir sus objetivos vitales. Por ello, la salud de un filósofo no es la misma que la de un agricultor, un obrero, un piloto de avión, un ejecutivo o un ciclista profesional. En cambio, la apendicitis o el sarampión, la gripe, sí se definen por igual en todos ellos.

La salud tampoco es algo que poseemos y que debemos defender y no poner en riesgo. Sino algo que hay que lograr y por la que hay que luchar y arriesgar, incluso la propia salud a la que se aspira. Yo no comparto la idea de que el ser humano por naturaleza tiene salud, y que la medicina tenga por misión restaurar una idílica y primigenia salud perdida. La salud no es un concepto absoluto y natural, sino creado socialmente. La salud resulta más bien una capacidad para superar obstáculos, como las enfermedades, una capacidad de adaptación al medio físico, biológico y social donde vive una persona. La salud es un potencial, y también una aspiración nunca cumplida donde la naturaleza, pero también la tecnología, tienen muchas cosas que aportar.

Todas las actividades humanas suponen un riesgo para la salud. La misma quietud conlleva importantes riesgos. El sedentario expone su organismo a un riesgo superior de padecer enfermedad que aquel otro sujeto que realiza ejercicio físico moderado. El escritor brasileño Paulo Coehlo nos propone la poesía de la aventura, del riesgo: “Si piensas que la aventura es peligrosa, prueba la rutina. Es mortal”. Incluso para alcanzar la salud hay que exponer al organismo a riesgos, con el objetivo, claro está, de evolucionar hacia un estado de cada vez mayor fortaleza o salud. Nos arriesgamos para mejorar y así alcanzar un estado en el que poder desarrollar nuestras actividades cotidianas con menor riesgo. Y el deporte, claro está, conlleva riesgos para la salud y para la integridad física del deportista.

Considero que no se hace deporte para obtener salud, como no se trabaja o se sube al Everest para alcanzarla, sino que el razonamiento opera a la inversa, que hay que tener una salud adecuada a la actividad que deportiva o laboral que se desea realizar. Por ello se habla de enfermedades laborales, porque según el trabajo existe un riesgo asociado de padecer determinadas dolencias, y cada tipo de deporte, al igual que la actividad laboral, en función de sus características inherentes y el grado de intensidad, expone al organismo a un riesgo de padecer enfermedades y lesiones. Al igual que existe una faceta de la sanidad que se denomina de medicina laboral, y que tiene por finalidad prevenir y curar en el entorno del trabajo, asimismo la medicina deportiva debe tener similar finalidad, preparar y reparar el organismo con las mejores tecnologías médicas con el objetivo de que el deportista pueda encarar sus retos atléticos con la mayor seguridad.

Se entiende, por tanto, que la salud de un corredor de maratón no debería ser la misma que la de un anciano, un oficinista o un minero. El objetivo vital y social de cada persona establece, en cierto grado, el tipo de salud a la que puede y debe aspirar, y por tanto, el tipo de tecnología de la salud que debería incorporar a su vida, a sus rutinas alimenticias y dopantes para asegurar la salud necesaria a la actividad física, laboral y cultural que realiza.

Sí, he dicho dopantes, es decir, sustancias que ayuden a recuperar el organismo y a mejorar su rendimiento en relación con el objetivo vital al que nos encomendamos, y por tanto, que nos ayuden a encontrar la salud necesaria para acometer el reto.

La EPO no la inventaron los médicos deportivos, sino que se utilizó por primera vez para mejorar la capacidad de transporte de oxígeno de personas enfermas, en concreto, hemodializados. El objetivo de alcanzar el hematocrito imprescindible para acometer un objetivo vital representa una de las componentes imprescindibles de la salud, tanto de un enfermo del riñón como de un deportista, cada uno a su nivel, y también, claro está, en atención a otras componentes de la salud. Sin embargo, la lucha contra el doping, y contra el consumo de EPO, se realiza amparándose en el hecho de que dicha inyección atenta contra la salud del deportista, que la EPO ha sido responsable de numerosas muertes, y que por el bien y la salud del atleta o del ciclista debe prohibirse el doping con esta sustancia.

Pero, ¿y si se demostrara que una sustancia dopante no empeora la salud del deportista? ¿Habría también que prohibirla? Sobre esta relación entre salud, integridad física del deportista y doping se ha escrito mucho. Recomiendo los trabajos de Moller que desmontó el mito del ciclista danés Knud Enemark, muerto aparentemente por doparse en los Juegos Olímpicos de Roma de 1960; de Dimeo sobre la muerte del ciclista Arthur Linton, erróneamente considerado como el primer caso de fallecimiento por doping, a finales del siglo XIX; de Denham sobre la supuesta muerte por drogas del futbolista Lyle Alzado en 1992; de Bernat López sobre las 18 muertes fulminantes de ciclistas belgas y holandeses acaecidas en la década de los años 80 del pasado siglo y que según aclara el investigador catalán, a través de un rigor académico inapelable, fueron erróneamente, y un poco malintencionadamente, asignadas al uso de EPO.

Varias conclusiones se desprenden de estas investigaciones. Que estamos ante una guerra mediática donde todo vale para erradicar el doping, y por tanto, en la que se tergiversan los hechos con objeto de crear una determinada corriente de opinión maniquea.  Que no se ha establecido con claridad y sobre todo, certeza científica, la relación existente entre el consumo de determinadas sustancias y la mayor parte de las muertes que la voz pública y las autoridades ha asignado al doping. Que queda por delante un reto científico ingente por esclarecer las relaciones entre doping, rendimiento deportivo y salud.

En cuanto a lo que significa el deporte conviene precisar que esta actividad integra la actividad física y el juego, pero va más allá de ambas. Para la salud física y mental de las personas se precisa que realicen con frecuencia actividad física, pero no deporte. Cuando un individuo de desplaza en bicicleta no está haciendo deporte, está realizando una actividad de transporte (para ir al trabajo o al colegio, por ejemplo) o lúdica que conlleva una actividad física. Cuando los niños juegan con sus bicicletas a perseguirse, a carreras o a hacer caballitos, no están realizando un deporte, sino jugando, empleándose físicamente en ello. El deporte es actividad física y juego, pero incorpora una ritualización, un drama, una puesta en escena ante un público. ¿Espectáculo? La representación casi teatral, o incluso religiosa, del juego y de la actividad física que se integran en el deporte, impone un público real o ficticio. Porque la otra actividad consustancial al deporte, el entrenamiento, sólo puede entenderse como una preparación para una puesta en escena, los ensayos previos entes del gran día del estreno, se realice o no.

Decíamos que el público puede ser real o virtual, un estadio repleto de espectadores, o la propia persona que se analiza, se impone objetivos y asiste a su propia representación como espectador de su rendimiento personal. El deporte es un drama, y por tanto, expresa ritualmente un conflicto, impone una competencia, una lucha entre rivales, que como en el caso del público, podrán a su vez ser reales o ficticios. Estas tres actividades que son el ejercicio físico, el juego y el deporte cumplen unas funciones sociales imprescindibles para el equilibrio físico y psíquico de las personas, como claramente se advierte cuando se analiza la historia de la educación de los niños y el papel que han desempeñado, sobre todo las dos primeras. Pero el deporte va más lejos, y como afirman Norbert Elias y Eric Dunning en su magnífico libro “Deporte y ocio en el proceso de la civilización”, el deporte ha servido en la historia moderna para facilitar la pacificación de los Estados, para disminuir el nivel de violencia en la sociedad, para transferir conflicto desde el mundo de la política hacia los deportes, desde el Estado al estadio.

El deporte, lejos de provocar violencia la redirige hacia una actividad menos peligrosa para la sociedad. Como afirmaría el etólogo Konrad Lorenz (“Sobre la violencia”), en lugar de emplear la innata pulsión violenta existente en el ser humano contra un semejante, utilizarla en el drama y el deporte y desactivarla para facilitar la convivencia en sociedad. En vez de abrirle la cabeza a un semejante, darle una patada a un balón.

Como decíamos, el deporte no nace tanto como una actividad educadora, sino pacificadora. Este enfrentamiento ritualizado que es el deporte posee una estética, resulta bello y trágico, pero carece de moral. Otra cosa es que el entrenamiento del deportista incluya una serie de actividades ligadas al sacrificio, la templanza, el esfuerzo, etc. y que dichas aptitudes compongan retazos de lo que consideraríamos una moral deseable y que sean valorables por la sociedad y que el deporte ayude a transmitir a los jóvenes, pero la actividad competitiva última del deporte carece de moral, no digo que sea inmoral, sino que lo que en realidad cuenta es vencer, ser mejor, más alto, más fuerte, más rápido  que el adversario, no más bueno o educado.

Por este carácter moralizante y aleccionador del entrenamiento el deporte puede servir para ejercitar en la guerra y en la disciplina, y el esfuerzo, tanto si esta se expresa en un ejército, en una sociedad capitalista, en el comunismo o en el aprendizaje anarquista.

La competencia resulta consustancial al deporte. Y el ansia de superación y la aspiración a vencer, ya sea a un rival, a un cronómetro o a ese otro yo virtual contra el que también podemos disputar para mejorar. Estamos ante una actividad para la que se necesita poseer una salud con objeto de poder realizarla adecuadamente, y sobre todo, con aspiraciones de cumplir unas determinadas expectativas de competencia. Puede afirmarse que a diferencia de lo que se suele considerar, a saber, que se hace deporte para estar sano, se está más cerca de la verdad cuando razonamos al revés y afirmamos que deseamos estar sanos para poder correr, nadar o competir sobre una bicicleta. Para estar sano no hace falta hacer deporte, sino sólo actividad física. El deporte, realizado sin la debida cautela, programación y apoyo médico resulta perjudicial para la salud. El deporte, al que no hay que ponerle el adjetivo de competitivo, porque ya lo es por esencia, precisa un tipo de salud, en consecuencia con el tipo de deporte y aspiraciones. Y recordemos los que afirmábamos previamente al definir la salud, esta no posee un significado absoluto, sino relativo a las condicionantes sociales, laborales, deportivas, ambientales donde cada persona desarrolla su vida.

El deporte, por tanto, al igual que el trabajo en una mina, o sentado todo el día en un despacho, puede socavar la salud de una persona si ésta no responde con actividades complementarias de recuperación y preparación, al nivel de gimnasia, medicinas, alimentación, etc. Rutinas de apoyo acordes con el deporte o trabajo que se realiza y que resultan imprescindibles para estar sanos y acometer las tareas con eficacia. Y el deportista, según su nivel y aspiraciones, tiene la obligación, para estar sano y poder competir, de cuidarse con la tecnología propia y adecuada a este fin: material deportivo, gimnasia de acondicionamiento, masajes, nutrición, complementos vitamínicos y minerales, sustancias facilitadoras de la recuperación, medicinas, ¿y doping?

Ahora cambiemos el foco para iluminar desde otra perspectiva el interrogante anterior. Analicemos la vejez, el proceso humano de envejecimiento que implica la pérdida de ciertas facultades físicas y fisiológicas, por tanto, el deterioro potencial de la salud necesaria para acometer las actividades rutinarias, sean estas laborales, domésticas o deportivas, incluso sexuales. La medicina geriátrica aconseja que el individuo, a media que envejece, readapte con sentido común sus actividades a la nueva realidad personal, pero también adopta una actitud más proactiva cuando la llamada gerontología biológica preventiva, en virtud de los conocidos mecanismos de envejecimiento intenta, a través de la prevención farmacológica (hormonas, antioxidantes, vitaminas) o la prevención dietética, higiénica y psicológica, retrasar y hacer menos traumáticos los deterioros físicos y mentales derivados de la edad.

Es decir, en esta faceta del envejecimiento, que podría considerarse una especie de antítesis del entrenamiento, la medicina apuesta por complementar con tecnología “dopante” lo que el cuerpo humano ya no puede aportar naturalmente con el objetivo de ofrecer salud, es decir, la salud adecuada a la actividad que en este caso desea realizar la persona que está envejeciendo. Con este objeto las mujeres reciben calcio para prevenir la osteoporosis, o determinadas hormonas durante la menopausia, complementos vitamínico o testosterona, con el objetivo, quizás un tanto pretencioso, pero bien entendido socialmente, de retardar el envejecimiento, o de preparar mejor el cuerpo anciano para las rutinas del individuo. El famoso y un tanto cáustico caso de la viagra cumple también esta función de fortalecer lo que la edad u otras carencias provocan en determinados individuos. Si estos complementos o dopajes se realizan con control médico y realizando un debido análisis de los posibles efectos secundarios, que nunca pongan en cuestión otros objetivos vitales, el empeño tecnológico por mejorar, prevenir o complementar estará bien encaminado.

Bueno, no parece que el doping de los deportistas sea muy diferente del de los ancianos, si está controlado médicamente y como en el caso de la geriatría, acaba reportando salud y bienestar a los que lo practican.

Hablemos ahora de la testosterona. Una hormona, como todo el mundo sabe. La hormona de la virilidad, reza el tópico. Pero fundamental también para el equilibrio hormonal de las mujeres. Cumple muchas funciones. También es una sustancia dopante prohibida por la reglamentación deportiva. Se la suministra a mujeres con grave riesgo de osteoporosis, también a los ancianos para compensar la baja producción que conlleva la senectud. Son las llamadas terapias hormonales de reemplazamiento. Pero también es una sustancia de moda en círculos empresariales de gente activa y dinámica que desea proyectar virilidad, acción, iniciativa y capacidad sexual. En el deporte, en cambio, está prohibida, a pesar de que se ha demostrado que la actividad física intensa provoca un deterioro en la capacidad natural de producir testosterona o que sus bajos niveles incrementan el riesgo de padecer dolencias cardiacas. También está prohibido su suministro a  las mujeres deportistas, cuando ello podría prevenir algunas dolencias derivadas de la práctica intensiva de ciertos deportes, de forma similar a las terapias hormonales sustitutivas. Parece, por tanto, que en ciertos casos, la prohibición de que los deportistas tomen determinadas sustancias o lleven a cabo determinados tratamientos, lejos de protegerlos, los está dejando más expuestos a enfermedades, les está impidiendo alcanzar el estado de salud adecuado a la actividad que están realizando.

Resulta de gran interés al respecto la lectura del libro de J. Hoberman “Testosterone dreams: rejuvenation, aphrodisia, doping”, donde realiza un balance pormenorizado de los usos históricos de la testosterona, y de los esteroides anabolizantes, desde que aquella se consiguiera sintetizar en los años 30 del pasado siglo. Resultan ilustrativas las imágenes que la publicidad ha ido creando al respecto, las subculturas atléticas y de clase que la han incorporado a sus hábitos, las exageraciones, peligros y terapias ciertas o exageradas, que alrededor de esta hormona “milagrosa” se han ido creando. Al respecto, ninguna tecnología posee la llave maestra del éxito o de la felicidad, las drogas, como las sustancias dopantes o las medicinas, no deberían convertirse en panaceas que se adquieren en un supermercado o por internet sin control de calidad y sin consejo médico. La salud, sobre todo la de los deportistas, que la someten a indudables riesgos y posibles agresiones, debe ser cuidada por profesionales y nunca devenir, como desgraciadamente es el caso, sobre todo en deportistas populares y jóvenes, en elecciones individuales realizadas según las proclamas de la publicidad, los anuncios engañosos y las recomendaciones sólo amparadas en el boca a boca y al margen de la ciencia médica.

La ideología antidoping resulta de una gran mojigatería. El uso de drogas para los más variados objetivos sociales ha sido atestiguado hasta la saciedad a lo largo de la historia y en todos los contextos culturales y étnicos. Las drogas, las medicinas, las sustancias consideradas no naturales, cuando casi todas ellas lo son, no representan un problema por sí mismas, y poseen en cambio, un potencial de bienestar y ayuda de gran valor social. El aprendizaje cultural, la educación, el control médico y social cumplen la función de conseguir el buen uso de las drogas y de los medicamentos, evitando el abuso o el mal uso que puede desembocar en drogadicciones, alcoholismo, enfermedad o lo que es peor, la muerte.

A mí este tema del doping me recuerda el conflicto antiguo contra la profesionalización del deporte. En cierto modo poseen un origen común y se sustenta sobre la falacia de que el deporte es algo puro, casi angelical, que hay que preservar de los avatares de la economía, la tecnología y el resto de los avances sociales y culturales. Realmente a mí no me gusta la sociedad capitalista en la que me ha tocado vivir, la mercantilización cada vez mayor de todas las facetas de la vida, la eliminación de lo público, el afán desmesurado de riqueza y poder a través del dinero, la destrucción del entorno natural y del propio cuerpo humano, la instrumentalización del arte, la ciencia, la tecnología, la cultura y el deporte por el poder económico. Pero no creo que la solución descanse en intentar preservar una parcela, en este caso el deporte, y mantenerla a ultranza al margen de los embates del capitalismo y de la influencia de la tecnología. El afán por crear o mantener mundos idílicos, islas de paz en el océano tenebroso de la modernidad, resulta imposible, una batalla perdida que sólo reporta injusticia, malestar, hipocresía y corrupción. Todos esos guetos al margen de la ley, ya sea el alcohol durante la ley seca en Estados Unidos, las drogas, la prostitución, el doping, son entornos donde los capitalistas medran para limpiar sus pecados y blanquear sus capitales. No hay que confundir la lucha política contra el capitalismo con el intento de mantener paraísos angelicales de moral excelsa. El deporte posee una componente ineludible de competición, y si esta actividad se desarrolla en un entorno mercantil, pues su mercantilización resulta ineludible.

Sobre este particular quiero recordar la famosa película “Carros de fuego”. Aquí aparecen esos dos mundos posibles en torno al deporte, si la sociedad vigente no hubiera hecho imposible al deportista natural y amateur que preconiza el personaje de Eric Liddell, ese corredor puro e intuitivo que casi sin entrenamiento y con sólo fe y voluntad consigue vencer a Harold Abraham, que a los anteriores ingredientes le agrega la preparación física y médica pre-moderna, así como una latente profesionalización, preconizada en la figura de su entrenador. El tipo de deporte que Coubertin defendió e intentó promover a ultranza fue una novedad en su tiempo. El olimpismo no crea el deporte, ya existía, y era profesional y utilizaba todos los medios a su alcance para alcanzar sus objetivos, sino que intentó transformarlo basándose en un concepto de la competencia de corte noble y religioso, al estilo de los juicios de dios patentes en los torneos medievales, o las luchas míticas de los héroes de la Iliada. Coubertin bebe de las esencias de lo que se ha venido en llamar “cristianismo musculoso”. Si recuperamos la memoria de la película comprobamos que Liddell representa precisamente a los cristianos musculosos, se aprecia en su fe, en los diálogos con su hermana en torno a la vocación religiosa, sobre su negativa a competir en domingo, sus discursos públicos, su manera de acometer el deporte como una empresa religiosa, o quizás mejor, creyendo que el ganador de la competición debe ser el más puro, el mejor cristiano, el mejor creyente, el más sacrificado, el menos profesional. El resultado deportivo sería así una prueba de la moral del deportista, y jamás debería pervertirse su resultado por el dinero o la tecnología.

Este concepto de deporte, del que todavía padecemos sus consecuencias, procede de un concepto de sociedad pre-capitalista y no lo olvidemos, de un extremo conservadurismo a nivel de costumbres y de moral, de un intento de extirpar el deporte del mundo obrero y artesanal, y devolvérselo puro a los niños bien de prósperas familias que no necesitaban trabajar para comer.

Pero el deporte real que tenemos en la actualidad ya no es el que el olimpismo preconizó. Ni tampoco en su época su concepto de deporte anuló los ya existentes, porque el profesionalismo siguió existiendo en ámbitos tan importantes como el ciclismo, el boxeo, el fútbol, las carreras, etc. Sin embargo, la sociedad, y sobre todo los apóstoles del anti-doping, siguen preconizando aquel concepto anticuado y moral, y han encontrado en la guerra contra el dopaje la justificación para seguir defendiendo unos valores rancios del deporte que lejos de ayudar a su re-establecimiento generan mucha hipocresía y guetos de corrupción y blanqueo donde chantajistas, empresarios y demás corruptos medran y obtienen poder a costa del deporte y sobre todo, de los deportistas.

Todos los deportistas tenemos unos objetivos. Queremos ganar, vencer. Unos más obsesivos, otros más humildes, con mayor o menor ambición, según la capacidad, cada cual posee sus retos en relación a la competencia, la lucha que implica la práctica del deporte. No nos confundamos. No estoy hablando de la persona que hace footing, o juega al tenis los domingos, o le gusta pasear en bicicleta o jugar al fútbol con los amigos. No. Esas personas juegan o realizan actividad física, pero no son deportistas. Yo hablo del deportista, una persona que organiza una parte, o toda su vida, con el deseo de vencer a un contrincante. Sólo una parte de la sociedad desea ser deportista con esta definición, independientemente de que sean de élite o puramente populares, todos los deportistas compartimos esa característica, y nos resulta, por tanto, legítimo utilizar cualquier medio a nuestro alcance para lograr el estado de salud perfecto al objeto de cumplir nuestros objetivos deportivos. ¿Todo está permitido, entonces?

Yo respondería con otra pregunta ¿Está todo permitido para curar una enfermedad? Creo que la contestación a esta última pregunta debe coincidir con la que planteaba al final del párrafo anterior. Por ello, el mismo tipo de acciones preventivas y curativas que estamos dispuestos a adoptar para enfrentar una enfermedad debemos establecerlas para alcanzar la mejor salud de un deportista, o cualquier otra persona según la actividad a la que se dedique. Los aspectos relativos a la ética, la economía de medios, la eficacia del tratamiento que anteceden al mejor tratamiento disponible para curar una enfermedad deben coincidir con los presupuestos en los que basamos nuestro razonamiento sobre el doping deportivo o profesional.

Creo que la actual política antidoping está poniendo en grave riesgo la salud de los deportistas. Les está privando de derechos humanos, jurídicos y laborales, atacando su dignidad, amenazándoles como si fueran delincuentes o drogadictos, exponiéndoles a unas sospechas y acciones de investigación propias de un Estado totalitario y policial. Y todo ello amparado en una hipocresía y una corrupción difícil de compaginar con la idea idílica del deporte que defienden espuriamente los guerreros contra el doping

En lugar de ser atendidos médicamente de forma transparente, abierta y con todos los medios técnicos e higiénicos disponibles, las atenciones médicas se realizan a oscuras y en entornos poco sanitarios, con sustancias adquiridas en mercados negros con poco control en cuanto a la fabricación, el transporte y el mantenimiento, obligados a utilizar no las mejores sustancias ni las que menor riesgo reportan, sino las más indetectables, enmascarando su uso con otras sustancias que pueden reportar indeseables efectos secundarios.

Toda la reglamentación contra el doping se basa en la presunción de culpabilidad, se castiga en prevención de reincidencia y las medidas cautelares mientras dura la investigación resultan aberrantes y desproporcionadas.

A los médicos que los atienden se les amenaza con delitos penales en relación con atentados contra la salud pública, aunque en muy pocas ocasiones se ha podido demostrar ese aspecto, pero las medidas cautelares y el acoso mediático al que se han visto expuestos por tal causa resulta desorbitado en relación a los hechos demostrados. La vida laboral de los deportistas pende de un hilo, tanto los contratos deportivos, como los publicitarios, pueden convertirse en papel mojado al albur de juicios paralelos en prensa basados en meros indicios o en pruebas médicas, como el pasaporte biológico, que no poseen una certeza científica medianamente razonable sobre las supuestas  actividades dopantes de los deportistas.

El pasaporte biológico acusa sólo por indicios, y sin necesidad de demostrar qué sustancia o qué actividad ha podido provocar el supuesto doping. Sin esta certeza, la reglamentación permite que el pasaporte biológico pueda utilizarse como prueba fehaciente en un juicio a un deportista. Contra esta posibilidad ya incluida en preceptos legales en Francia, por ejemplo, o en la Federación Internacional de Ciclismo, se han manifestado numerosos profesionales en el campo de la justicia, la biología, el deporte y la medicina. A nivel científico existen muchas incertidumbres. Por ejemplo, Giusepe Banfi, de la Universidad de Milán, concluye así de tajante su artículo, “Limits and pitfalls of Athlete’s Biological Passport”, contra la tecnología que sustenta el pasaporte biológico:

“The Athlete’s Biological Passport (ABP) is an evaluation of hematological parameters, hemoglobin (Hb), reticulocytes (Ret), and their combination in the OFF-score. Recently, the Court of Arbitration for Sport accepted it as a suitable indirect method for detecting blood doping. There are various topics which are not defined and scientifically completely explained in ABP, limiting its effectiveness as evidence and as suspect of blood manipulation. The data source the ABP used for designing a profile is unclear. The variance used for cyclists is not correct. The covariables which should be calculated together with the measures of Hb and Ret are not always considered in the statistical program. The pre-analytical warnings for correct and valid collection, transport, and storage of the specimens are not assured. Quality control of the instruments is not completely assured. Analytical variability is not appropriately considered in the program. The seasonal changes of the hematological parameters, due to training and competitions, are not calculated. Statistical analysis, based on a Bayesian-like program, not available to the scientific community, does not follow the classical decision-making approach of medicine and science. The ABP needs of additional evidences and of scientific debate.

Los procedimientos legales, policiales y deportivos para luchar contra el doping, en connivencia con los medios de comunicación de masas, no buscan la verdad, ni aspiran a asegurar la salud del deportista, no pretenden esclarecer todos los aspectos tenebrosos de este comercio ilegal y fraudulento donde lamentablemente impera la corrupción, el blanqueo de dinero y los intereses económicos, sino crear chivos expiatorios, mostrar a la opinión pública cabezas de turco, llenar grandes titulares, hacer mucho ruido con el objetivo de esconder otras vergüenzas, y por tanto, convertir al pelotón ciclista en un semillero de sospechosos donde el azar de una prueba o un pasaporte biológico entresacará a una de sus bolitas para exponerla a la opinión pública como estigma de la profesión y azote de herejes.

La ingestión de sustancias recuperadoras o mejoradoras del rendimiento deportivo, no reducen, ni por supuesto, eliminan, el sacrificio y el esfuerzo del atleta o el ciclista tanto en los entrenamientos como durante las competiciones. El doping no se da para evitar el esfuerzo o para esforzarse menos que el contrincante, sino únicamente para vencerle, y ningún deportista dopado escatimará sacrificios con el objetivo de rendir al máximo de sus posibilidades. Pero llegados aquí muchos se preguntarán, ¿hasta dónde llegar con la tecnología deportiva en este ámbito de competencia y búsqueda infinita de records y de medallas?

Para responder podríamos dirigir la misma pregunta al ámbito laboral, por ejemplo. El deporte no deja de ser también una profesión de la que viven muchos deportistas de élite. Muchos trabajos conllevan riesgos, algunos muchísimos, a nivel físico y también de salud mental. El deporte profesional no se diferencia de otras muchas actividades laborales. Existe vocación, claro, pero el deportista está realizando un trabajo del que vive, del que incluso se puede lucrar, de igual manera a como lo hace un empleado de banca, un ejecutivo de una multinacional, o un barrendero. Que posea el deporte esta componente de espectáculo, drama o rito, que en ciertos deportes el atleta sea considerado casi como un héroe, y que el deporte cumpla una función social de primer orden a nivel cultural, estético y político no debería nunca hacernos olvidar que el atleta de élite es un trabajador que como otros, pero con sus peculiaridades, está sometido a riesgos de los que tiene todo el derecho del mundo a protegerse con la mejor tecnología disponible.

Y no deja de sorprenderme que en algunos trabajos de tipo gerencial o artístico, por ejemplo, se acepten determinados comportamientos en relación con medicamentos y drogas que, en cambio, la sociedad, la justicia y los dirigentes del deporte aborrecen en el ámbito deportivo. Por ello, la respuesta acerca del límite que hipotéticamente deberíamos imponer a las tecnologías de la salud, de la prevención, la recuperación y el mejoramiento debería ser establecido con igual rigor o liberalidad en los ámbitos respectivos de la vida laboral, privada o deportiva.

No se me escapa la enorme mortandad, ni los gravísimos problemas de salud derivados del abuso y mal uso de las drogas. No quisiera acabar este trabajo sobre la política anti-doping con una disquisición larga y extensa sobre la drogadicción o sobre el abuso de ciertos medicamentos. El doping, en general, no conlleva riesgos adictivos. Se consumen sustancias recuperadoras o mejoradoras con el objetivo del entrenamiento y de la competición, su uso se modula a sus correspondientes ritmos, y cuando cesa la actividad deportiva o esta se reduce, el consumo de estas sustancias finaliza o se rebaja enormemente. No estamos ante el mismo problema. Pero sí parecido en relación con el abuso. El uso correcto de un medicamento, así como de un alimento, de una sustancia recuperadora o de una droga, posee un marcado componente cultural y educativo. El alcohol, por ejemplo, que en ciertos ámbitos se usa como un elemento de refinamiento en el comer, de sutil acompañamiento de platos y reuniones, en otros, sin embargo, provoca gravísimos problemas de salud y violencia. La glucosa, imprescindible para la vida, si ingerida continuamente en bebidas azucaradas y dulces y helados, se convierte en un problema de salud de primer orden. Los antibióticos, si se toman sin un control escrupuloso, provocan graves riesgos sanitarios en la población al perder aquellos sus propiedades antibacterianas. Y qué duda cabe, la EPO tomada sin medida, ni sentido común puede poner en grave riesgo la salud del deportista. Por tanto, no creo que en el caso de las tecnologías médicas del deporte estemos ante un fenómeno diferente. El buen uso quedaría garantizado si hubiera transparencia, si cesara el acoso, si los médicos deportivos no fueran perseguidos como antaño los abortistas, si hubiera investigación médica independiente sobre el consumo de estas sustancias, si se establecieran pautas médicas, procedimientos de actuación acordados por la profesión en relación al suministro de estas tecnologías de la salud del deportista.

Resulta evidente que no todos los deportistas somos iguales. No únicamente por el tipo de actividad, sino por la intensidad, por el grado de compromiso. Un ciclista popular que por motivos laborales, familiares y personales sólo puede entrenar 10 horas semanales, por ejemplo, resulta muy diferente del profesional cuyo trabajo consiste en montar en bicicleta, y que puede dedicar al entrenamiento 40 horas semanales, incluso más. Resulta diferente a nivel de objetivos deportivos, pero también de necesidades médicas y tecnológicas de apoyo. El ciclista popular seguro que aspirará a poseer una bicicleta magnífica, con poco peso, gran rigidez y buena aerodinámica. Porque no lo olvidemos, ambos compiten, cada uno a su nivel, y los dos desean vencer. El ciclista popular realiza esta actividad física no para estar sano, ni sólo para divertirse, sino para competir bien. La competición es lo que le da sentido a su actividad física sobre la bicicleta, lo que hace que el sacrificio posea un objetivo y le procure satisfacción. Por ello buscará el mejor material acorde con su poder adquisitivo y con sus expectativas deportivas. Esto no consiguen entenderlo algunas personas que montan en bici sólo para realizar ejercicio físico. Para ellas la bicicleta únicamente es un artilugio que ofrece una resistencia y por tanto, en principio, cuanto más pesada y menos aerodinámica (barata) mejor, porque su objetivo no consiste en llegar antes, sino en sudar mucho, perder peso o activar su corazón. Pero el deportista, aunque sea el último del pelotón, deseará poseer la mejor tecnología acorde con su nómina y aspiraciones.

Lo mismo cabría afirmar del soporte sanitario que cada uno de ellos debe recibir o puede aspirar a tener. Si tu nómina no te alcanza para que te den masajes, o para contratar un entrenador y un médico, tus aspiraciones, por motivo de riesgo de salud, no deberían ser muy elevadas. Intensidad deportiva y necesidad de soporte tecnológico deben ir ligadas. Si el ciclista popular al que nos referíamos antes no puede disponer de un médico deportivo, ni de un entrenador, como cualquier ciudadano que cuida de su propia salud, sólo debería acometer tareas de mucho sentido común y avaladas por la tradición y la cultura, nunca auto-medicarse, ni seguir tratamientos no recomendados por un profesional. Y dada la situación en la que se encuentra el conocimiento médico sobre estos tratamientos, y los dudosos circuitos donde se obtienen estas sustancias, yo no le aconsejaría a ningún deportista popular entrar en este mundo del doping y de las ayudas químicas para mejorar el rendimiento. En cierta manera sería de tan dudosa utilidad como si el ciclista popular invirtiera en un material deportivo estratosférico al que no le va a sacar un rendimiento especial, y sobre todo, que no va necesitar para obtener salud acorde con el nivel deportivo que posee y al que aspira.

He intentado ofrecer una perspectiva poco habitual y creo que útil, con objeto de aportar elementos de reflexión en torno al dopaje deportivo y su más evidente manifestación, la ideología del anti-doping. Deporte, salud, tecnología, dinero, moral, medios de comunicación, justicia, política, nacionalismo, todos los elementos de la modernidad se dan cita en el doping. Advierto que hasta el momento las víctimas del dopaje han sido tanto la verdad, como los deportistas, tanto populares como de élite. La sociedad ha adoptado respecto al doping la típica solución maniquea. Ante un tema tan complejo no podemos responder con la hoguera y la captura del chivo expiatorio, tampoco escondiendo la cabeza. La hipocresía social al respecto supone uno de los mayores escollos a enfrentar en el camino hacia la salud y la justicia en el deporte.

Algunas referencias de interés:

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