MUNDOS PARALELOS

RUI VALDIVIA

En los años de 1966 y de 1974 se publican en España dos libros de enorme originalidad que inventan sendos paisajes míticos ínsitos en la geografía andaluza. Me refiero a El mundo de Juan Lobón, del escritor gallego Luis Berenguer, y de Ágata ojo de gato, del recién agraciado con el Premio Cervantes, José Manuel Caballero Bonald.

Deseo reunirlos en la misma crítica por su paralelismo en la creación de una geografía ficticia, que incluso sus respectivos editores se atreven a dibujar, la de Berenguer, en la sierra gaditana, la de Bonald, en las marismas onubenses.

A ambas novelas se les podría aplicar las ideas que sobre la geografía Berenguer expresa en el preámbulo epistolar de su creación:

“(…) en un sitio que no quiera usted localizar en el mapa porque no está allí: está, según se va, tirando para arriba, en la encrucijada de los que nunca perdieron la fe en su destino”.

La Manuela creada por Bonald (y de apellido Lobatón, curiosa ¿semejanza?), la de “ojos verdirrojizos copiados del ágata de los de la madre” y Lobón, se emparentan por el ansia de conservar su mundo, de perpetuarse como guardianes de un paisaje que desaparece, por su empeño en permanecer, sobrevivir, como si esa geografía imaginada por sus escritores respectivos, sólo pudiera aspirar a ser contada y también mantenida en el tiempo, por la voluntad de sus protagonistas de ser fieles a unos modos de vida contra los que se alía el universo real y el progreso.

A Manuela la imagino como una diosa ibera, de tierra y arcilla, de caderas de arena y senos agrestes de pizarra y conglomerado, en cuyo corazón de herrumbre palpita el calor telúrico de una tierra que albergó minas de oro, estaño y plomo, ansiada por fenicios, griegos y romanos, colonizada y a su vez colonizadora de tantas civilizaciones por obra de ese enigma salvaje y de brutalidad que el paisaje inventado de Bonald nos describe con extremada lucidez y acierto. Manuela, la madre de todos los hijos, violada por la historia y por los hombres, y porque el mito así lo exige, lasciva y pregonera de ese anarquismo primordial cuyo grito hermana a tantos humanos  encadenados al mapa de la opresión.

Y Lobón, el furtivo, último defensor del derecho ancestral al uso comunal de una tierra expropiada para el lucro, el juego y la explotación individual. Lobón el cazador nos descubre al ser primordial del que procedemos, el bárbaro al que la historia oficial convirtió en ladrón y asesino. Nos habla de los cercados, de los frutos libres y gratuitos de la tierra, de la ley que fabrica pobreza, de la dignidad pisoteada por el noble, el terrateniente, el destripaterrones que usurpa la tierra de todos y de nadie en virtud de un orden injusto que por haber sido escrito en papel timbrado, y protegido por la cachetadas de la guardia civil, se erige en dictamen contra toda la humanidad, en despojo y trofeo de marchantes, trileros y embaucadores. Lobón es como el Numa de Juan Benet, guardián de esa otra geografía imaginaria de Región, con su escopeta apostada en la última curva del progreso, y cuyo penúltimo tiro estalla en nuestras conciencias como la próxima llamada de la libertad.

Lobón, a pesar de su salvajismo, de sus hoscas maneras, representa el único sabio del paisaje imaginario que Berenguer nos retrata, como el postrero reducto todavía susceptible de albergar al verdadero ser humano que aún es capaz de correr, de oler el campo, saborear el agua de un arroyo y comprender las señales de la vida y de lo amorfo en cada recodo de ese microcosmos ficticio que, oculto en un trozo de sierra gaditana, nos rememora a Benalup, la Casas Viejas anarquista que fue masacrada durante la República.

“Los bichos montunos son de todos y de nadie: del que los trinca. No hay castigo por matarlos.

Si el dueño de una tierra no quiere cazadores en lo suyo, eche los bichos fuera. Si no los echa y alguien entra allí a cazar, no hay castigo.”

“La culpa de todo la tiene la ley, que cualquier día ponen una para respirar o para hacer de vientre (…) La ley es una puñetera mierda que todo lo pringa. Donde padre, nada había escrito y todos nos queríamos”.

La obra de Berenguer nos expone las memorias de Juan Lobón, escritas de su propia mano, y por tanto, nos cautivan por su simpleza gramatical, por los giros y extraños sintácticos, su vocabulario rico en localismos y usos arcanos. Berenguer nos enseña que para expresar el más alto pensamiento, las oquedades de un ser humano tan liso, pero a la vez complejo, como es el furtivo Lobón, no se precisa ni un ápice de refinamiento ni erudición, y que con trazos simples e ingenuos, pero de una profunda sinceridad y sentimiento, resulta posible transmitir todo un universo de sensaciones y pensamiento con el mismo lenguaje salvaje y primario de su poseedor.

En cambio, la Argónida de Bonald se describe con fino trazo poético, con metáforas salvajes y protohistóricas, utilizando la refinada prosa de un aedo que nos narra con distancia, en tercera persona, los hechos acaecidos en torno a ese ser primigenio que es “el normando” y su encuentro con el imaginado mundo recreado por Bonald en el mismo lugar donde antaño fue erigida Tartessos y sus reyes míticos, sus tesoros de piedras preciosas y metal.

El estilo de ambas novelas no puede ser más contrastado, y sin embargo, en ellas percibo algo común, como un soterrado canto a la tierra y sus dones, una plegaria al campo libre, a los corazones solidarios, como un romper de cadenas, el calor del fuego primordial donde se funden los anhelos y se alean los sueños. En un entorno natural cuya desgarrada belleza apenas se desvela tras las descripciones de su crudeza, patetismo y cruel destino, una naturaleza madrastra y ajena al ideario naturista, a la poesía humanizadora, amoral y extraña a cualquier tipo de trascendencia o lirismo, de sentimiento.

Así la describe Bonald, a través del hijo recién parido de Manuela, la hembra de “el normando”.

“El niño, cuya más pujante dominación biológica procedía de la misma inmunda cloaca de la marisma, no podía buscar aún ninguna clase de alianza con una tierra gangrenada por la sed, apenas cubierta de una hidrópica costra de talco y donde los lucios aparecían cubiertos de cadáveres de peces y sobrevolados de aves impelidas a la necrofagia. De modo que el niño se consumía magro y traslúcido en su cuna de cuero de venado sostenida por dos horquetas de ricino. La extenuada madre, que ya había conservado el meconio del recién nacido para untarse los pezones y engolosinar así al hijo con sus propios jugos, era de leche floja y tuvo que ayudarse de la más rica en grasa de una corza cautiva, pero ni aun con eso salía el niño de su escuálida fragilidad”.

Y Berenguer.

“Se barruntaba en el aire que algo malo tenía que pasar, porque la misma tierra, en lo que es hoja, de pelo y de pluma, andaba con la bilis por la sangre.

El Goro me lo decía:

-El monte está aburrido y ¡veremos a ver!

Era verdad que estaba aburrido y, cuando cayó aquella maldición tan malísima, a ninguno de nosotros nos cogió de sorpresa. Tenía que pasar algo así.

Lo que empezó por los cochinos y las vacas, siguió por los conejos, y te los encontrabas con los culillos salidos y los ojos como picotas llenas de pus.

Fue el aburrimiento de la tierra, lo mismo que cuando se ha hecho una injusticia cae un rayo y mata un pastor.

Nosotros no teníamos culpa, porque nosotros éramos campo: la culpa era de los que cagaban el trigo dejándoselo a los pájaros de comedero, la culpa era de los inventos de la electricidad y del deporte, que tomaban el campo como diversión, de tanto auto y tanta moto echando humo.

Pero el rayo nos cayó a nosotros, a los pobres, a los cazadores, porque no fue a la perdiz, ni a la madre que la parió, a quien le entró la enfermedad, sino al conejo”.

Creo que estas novelas nos pueden ayudar a entender e incluso congeniar, con la raíz animal del ser humano, con el sustrato primigenio de nuestra humanidad, con la raigambre que nos ata a la naturaleza en esa dualidad de madre y meretriz que engendró ese aborto humano del que somos progenie y en cuya alma anida, a pesar de todo, el amor a la libertad.

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