ENSAYO SOBRE LAS DOS RUEDAS (xi)

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Carros de fuego

A mí este tema del doping me recuerda el conflicto antiguo contra la profesionalización del deporte. En cierto modo poseen un origen común y se sustenta sobre la falacia de que el deporte es algo puro, casi angelical, que hay que preservar de los avatares de la economía, la tecnología y el resto de los avances sociales y culturales. Realmente a mí no me gusta la sociedad capitalista en la que me ha tocado vivir, la mercantilización cada vez mayor de todas las facetas de la vida, la eliminación de lo público, el afán desmesurado de riqueza y poder a través del dinero, la destrucción del entorno natural y del propio cuerpo humano, la instrumentalización del arte, la ciencia, la tecnología, la cultura y el deporte por el poder económico. Pero no creo que la solución descanse en intentar preservar una parcela, en este caso el deporte, y mantenerla a ultranza al margen de los embates del capitalismo y de la influencia de la tecnología. El afán por crear o mantener mundos idílicos, islas de paz en el océano tenebroso de la modernidad, resulta imposible, una batalla perdida que sólo reporta injusticia, malestar, hipocresía y corrupción. Todos esos guetos al margen de la ley, ya sea el alcohol durante la ley seca en Estados Unidos, las drogas, la prostitución, el doping, son entornos donde los capitalistas medran para limpiar sus pecados y blanquear sus capitales. No hay que confundir la lucha política contra el capitalismo con el intento de mantener paraísos angelicales de moral excelsa. El deporte posee una componente ineludible de competición, y si esta actividad se desarrolla en un entorno mercantil, pues su mercantilización resulta ineludible.

Sobre este particular quiero recordar la famosa película “Carros de fuego”. Aquí aparecen esos dos mundos posibles en torno al deporte, si la sociedad vigente no hubiera hecho imposible al deportista natural y amateur que preconiza el personaje de Eric Liddell, ese corredor puro e intuitivo que casi sin entrenamiento y con sólo fe y voluntad consigue vencer a Harold Abraham, que a los anteriores ingredientes le agrega la preparación física y médica pre-moderna, así como una latente profesionalización, preconizada en la figura de su entrenador. El tipo de deporte que Coubertin defendió e intentó promover a ultranza fue una novedad en su tiempo. El olimpismo no crea el deporte, ya existía, y era profesional y utilizaba todos los medios a su alcance para alcanzar sus objetivos, sino que intentó transformarlo basándose en un concepto de la competencia de corte noble y religioso, al estilo de los juicios de dios patentes en los torneos medievales, o las luchas míticas de los héroes de la Iliada. Coubertin bebe de las esencias de lo que se ha venido en llamar “cristianismo musculoso”. Si recuperamos la memoria de la película comprobamos que Liddell representa precisamente a los cristianos musculosos, se aprecia en su fe cristiana ultraconservadora, en los diálogos con su hermana en torno a la vocación religiosa, sobre su negativa a competir en domingo, sus discursos públicos, su manera de acometer el deporte como una empresa religiosa, o quizás mejor, creyendo que el ganador de la competición debe ser el más puro, el mejor cristiano, el mejor creyente, el más sacrificado, el menos profesional. El resultado deportivo sería así una prueba de la moral del deportista, y jamás debería pervertirse su resultado por el dinero o la tecnología.

Este concepto de deporte, del que todavía padecemos sus consecuencias, procede de un concepto de sociedad pre-capitalista y no lo olvidemos, de un extremo conservadurismo a nivel de costumbres y de moral, de un intento de extirpar el deporte del mundo obrero y artesanal, y devolvérselo puro a los niños bien de prósperas familias que no necesitaban trabajar para comer.

Pero el deporte real que tenemos en la actualidad ya no es el que el olimpismo preconizó. Ni tampoco en su época su concepto de deporte anuló los ya existentes, porque el profesionalismo siguió existiendo en ámbitos tan importantes como el ciclismo, el boxeo, el fútbol, las carreras, etc. Sin embargo, la sociedad, y sobre todo los apóstoles del anti-doping, siguen preconizando aquel concepto anticuado y moral, y han encontrado en la guerra contra el dopaje la justificación para seguir defendiendo unos valores rancios del deporte que lejos de ayudar a su re-establecimiento generan mucha hipocresía y guetos de corrupción y blanqueo donde chantajistas, empresarios y demás especímenes medran y obtienen poder a costa del deporte y sobre todo, de los deportistas.

No voy a afirmarme en ningún acto de fe previa, ni voy a emitir ningún juicio a favor del dogma de la lucha contra el dopaje, como si debiera limpiar mi conciencia de algún tipo de pecado o mal pensamiento antes de exponer mis consideraciones alrededor de tema tan espinoso. Estamos ante una campaña política y mediática del más puro puritanismo, ultraconservadora y antiprogresista. Me recuerda las campañas mojigatas contra el alcohol o el sexo, también contra las drogas, típica de leyes secas, caza de brujas y espíritus ultramontanos. Entre la imagen pura del deportista amateur que defendió el barón de Coubertin, y el pobre drogadicto profesional que irá al infierno por sus pecados, media una enorme distancia, se podrían disponer infinitas posibilidades de entablar una relación sana entre el deporte y la ingestión de sustancias recuperadoras y mejoradoras del rendimiento.

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ENSAYO SOBRE LAS DOS RUEDAS (x)

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Los escarabajos del café de Colombia

Colombia ha tenido una historia trágica. Sobre ella se ha cebado especialmente la política del garrote instaurada por el presidente norteamericano T. Roosevelt, consecuente con la interpretación cada vez más egocentrista y violenta de la doctrina Monroe, “América para los americanos” y que progresivamente derivó hacia “toda América para mí”, o sea, para los gringos. Estados Unidos, con objeto de controlar el canal interoceánico dividió el original territorio colombiano y creó el artificio de Panamá, hasta hace poco un pelele en manos del coloso del norte.

Smedley Butler, Mayor General del Cuerpo de Marines de los Estados Unidos, quizás el oficial más activo en las guerras bananeras lideradas por USA en América Latina y el Caribe, laureado en múltiples ocasiones, en 1935 escribió en su libro “La guerra es un latrocinio”:

He servido durante 30 años y cuatro meses en las unidades más combativas de las Fuerzas Armadas estadounidenses: en la Infantería de Marina. Tengo el sentimiento de haber actuado durante todo ese tiempo de bandido altamente calificado al servicio de las grandes empresas de Wall Street y sus banqueros. En una palabra, he sido un pandillero al servicio del capitalismo. De tal manera, en 1914 afirmé la seguridad de los intereses petroleros en México, Tampico en particular. Contribuí a transformar a Cuba en un país donde la gente del National City Bank podía birlar tranquilamente los beneficios. Participé en la “limpieza” de Nicaragua, de 1902 a 1912, por cuenta de la firma bancaria internacional Brown Brothers Harriman. En 1916, por cuenta de los grandes azucareros norteamericanos, aporté a la República Dominicana la “civilización”. En 1923 “enderecé” los asuntos en Honduras en interés de las compañías fruteras norteamericanas. En 1927, en China, afiancé los intereses de la Standard Oil. Cuando miro hacia atrás considero que pude haber dado a Al Capone algunas sugerencias. Él, como gánster, operó en tres distritos de una ciudad. Yo, como Marine, operé en tres continentes.

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ENSAYO SOBRE LAS DOS RUEDAS (ix)

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Automóvil, petróleo y asfalto

Desde que Ford instauró sus cadenas de montaje, ese particular estajanovismo que todavía corrompe nuestro sistema productivo, la alianza de estos tres elementos ha sido la locomotora que ha tirado del crecimiento económico de occidente. Ninguno de ellos podría darse con independencia de los restantes. Tríada infernal. Santa alianza. No hacen falta muchas explicaciones para entenderlo. El Estado que pone carreteras para que empresas petroleras y automovilísticas puedan crecer y afianzar su actividad. Y deberíamos dar las gracias por ello. Porque nuestro trabajo directo o indirecto depende de la salud de esta santísima trinidad. No en vano las estadísticas económicas destacan entre sus índices que expresan fracaso o éxito el trinomio formado por la venta de automóviles, la inversión en infraestructuras y el precio del barril de petróleo. Y pervirtiendo la bondad de esta noble alianza, la bicicleta, que como un pecado intenta desbaratar la pirámide de la prosperidad.

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