PRIMERAS IDEAS SOBRE LA MARATÓN

La maratón representa la prueba más estimulante del atletismo de resistencia, la de más solera y que más sentimientos emotivos despierta. Se erige en la competición reina de las Olimpiadas, razón por la que posee un aura de leyenda que embarga el corazón de todo aquel que se arriesga a enfrentarse a ella.

La carrera a pie es el deporte más simple y cercano a la esencia del ser humano. Comparado con otras especies animales, las marcas humanas resultan modestas. La eficiencia de nuestra carrera tampoco arroja demasiado optimismo. Sin embargo, podríamos haber sido definidos como el animal resistente, ya que bajo condiciones climáticas extremas de calor y debiendo recorrer largas distancias, el ser humano no posee competidor en el reino animal terrestre.

La maratón nos sitúa ante nuestras raíces filogenéticas, nos coloca en disposición de expresar la genética ancestral humana, de poner en funcionamiento todos los recursos biológicos y mentales que poseemos con objeto de superar un límite para el que hemos sido diseñados naturalmente.

He comenzado a escribir estas líneas el día de la maratón de Madrid, donde varios amigos han participado, entre ellos, los que aparecen en la foto que adjunto: todos los domingos de maratón parecen detenidos, como si una ventana atávica se abriera sobre las calles de la gran urbe, convertida por unas horas en sabana, o en estepa; todo queda como en suspenso, una sensación de espera que acompaña a los que sabemos que nuestros amigos están corriendo esta mañana de primavera sobre un asfalto que le hemos conseguido robar a los coches. Algo tan absurdo, cansarse por nada, sufrir sin un objetivo, se convierte en un acto de reconciliación humana con nuestros orígenes, y por tanto, con lo que realmente somos, con ese magma que aún fluye debajo de la pátina de tecnología y cultura que vestimos el resto de los días.

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OTOÑO 2014: MARATÓN

El otro día me caí de la bicicleta de montaña.

Y como se puede apreciar, me rompí la clavícula. Ahora llevo dos clavos que la sujetan y que presumiblemente favorecerán que suelde adecuadamente. Maravillas de la técnica y de la sanidad pública.

Pero ¿por qué les cuento todo esto?

Pues porque después de un percance así a uno le queda demasiado tiempo para reflexionar. Y también para considerar si 50 años no son ya demasiados para seguir andando por el monte como una cabra loca. Algunos amigos y familiares me lo han dicho. Y claro, uno debe pensar lo que te dicen las personas que a uno lo quieren.

Y como estoy de baja laboral y casi casera, y no puedo correr, ni montar en bici, ni levantar pesas, ni nadar, me queda mucho tiempo para pensar, leer, escuchar música, escribir y volver otra vez a pensar. Cosa buena si se hace correctamente. Pero como dudo que en una situación sedentaria una persona, acostumbrada a pensar corriendo, pueda reflexionar con cordura, pues quisiera compartir el fruto de este quehacer reflexivo y poder así comprobar si continúo cuerdo, aun cuando todavía magullado en el alma, y también en los huesos.

Por supuesto que me volveré a montar sobre la bici de montaña. Supongo que el susto, más que la inmovilidad y la pérdida de forma física, será lo más complicado de superar. Y las miradas suspicaces y recriminatorias de mi círculo más íntimo. Pero en una situación así he comprobado que uno debe ponerse un objetivo vital. Después de una toña de tal calibre, y de haberme sentido honrado por el cariño y el apoyo de tantas personas, siento cierto pudor a volver a exponer mi cuerpo a un riesgo similar: labores familiares eludidas, proyectos laborales retrasados, tareas delegadas, compromisos demorados, etc. Un panorama que ciertamente, más que el miedo individual a sufrir otro percance, me obliga a reflexionar sobre cómo regreso a la rutina, incluso, si debo mantener aquella rutina, en qué sentido debería alterar mis hábitos deportivos y vitales en relación con mis responsabilidades sociales y a tenor de mi edad.

Como se ve, más que el cuerpo tengo el alma dolorida. Y como antes decía, en una situación así resulta imprescindible mirar al frente con perspectiva y disponer en el horizonte un objetivo por el que luchar, que dé un sentido a la vida y ayude a superar el trauma padecido. Y como reza el título de este blog que voy escribiendo, ya habrán deducido que mi nuevo reto será la maratón, sí, MARATÓN.

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LA IMPOTENCIA DEL LOGOS

Escucho la letanía Vera Sophia,

Sabiduría verdadera, creadora y camino de todo, remuneradora de todas las cosas.

Interpretada por el grupo que dirige Luis Lozano Virumbrales, de la misa de vigilia previa al oficio de difuntos del rito Carolingio, escrito en el ámbito modal plagal, elegido por Guido de Arezzo -el monje que estandarizó la armonía medieval- para despertar la piedad y las lágrimas.

Sabiduría verdadera, orden celeste, armonía universal, y la música de las esferas expresando el logos creador. La perfecta triada platónica de la belleza, la verdad y la bondad, un ideal tentador que sólo al más genuino filósofo-dictador podría habérsele ocurrido, una falaz quimera que erige al logos en testigo singular, natural e imprescindible de una inmanencia que el ser humano debería descubrir para lograr la paz.

Ulises nos mostró de forma socarrona cómo debemos escuchar estos cantos de sirenas. Yo también me ato al mástil de mi embarcación cuando oigo Vera Sophia, no vaya a despeñarme por las mentiras del logos, tan tentador por el orden y belleza que nos promete. Os animo a adentraros por estos acantilados, a hacer equilibrios entre Caribdis y Escila, porque creo que la vida se merece este drama personal entre el anhelo de orden y de paz, y la pasión por la libertad y la destrucción de las normas.

Se dice que Pitágoras descubrió la armonía musical-universal, que nos ofreció en su famoso círculo de quintas, el esquema prototípico sobre el que la música occidental ha plasmado su evolución hasta la actual entonación temperada de la que Bach fue su principal mentor. Pitágoras, como Homero, jamás existieron. Arquetipos del saber matemático y poético, sus credos sirvieron para formar a las élites greco-romanas. No inventaron nada, pero se erigen en la historia del pensamiento y del arte como grandes compiladores simbólicos que amalgaman en sus nombres la labor de siglos de sabiduría.

Adolfo Salazar, el gran musicólogo español exiliado en México, nos ofrece en “La música como proceso histórico de su invención”, una guía clara de cómo las normas de la concordancia entre sonidos musicales ha sido una saber universal compartido por todas las culturas. Y que la compilación de Pitágoras, sobre la que se asienta la armonía medieval y gran parte de la nomenclatura y razón de ser de la teoría musical occidental, tan sólo refleja una realidad que este arquetipo histórico incorporó en su acerbo junto con su famoso teorema, el cálculo del número pi y otras sutilizas numéricas en las que su escuela actuó como correa de transmisión entre oriente y occidente.

El drama, o la tragedia griega, se interpreta de muchas formas, pero aquí quisiera recordar una de ellas, un tanto olvidada, o no tan conocida, pero que merece la pena volver a considerar. Se trata de la tensión, siempre latente en la filosofía y la ciencia griega, entre el orden y el guiño que el caos, o el azar, le hacen continuamente. Y aquí la música, y la armonía pitagórica con la que nos engatusa, nos ofrece un ejemplo claro de cómo el orden matemático, cuando se topa con el absurdo o las paradojas, nos brinda la posibilidad de la libertad, y por tanto, de la creación. Cuestión esta a la que sólo la escuela epicúrea supo sacar sus más prometedoras consideraciones.

Todas las melodías tradicionales han sido escritas utilizando las mismas notas musicales. O más exactamente, todas comparten las mismas proporciones entre sus frecuencias acústicas. Se acepta que la máxima concordancia se produce entre notas musicales que distan una octava, cuyas frecuencias son múltiplos de dos. Estas frecuencias resultan totalmente armónicas, pero las melodías utilizan otras frecuencias intermedias, no cualesquiera, sino únicamente las obtenidas por razones sencillas de números enteros, que no resultan tan concordantes como la octava, pero que ofrecen una aproximación, y aportan variedad a la hora de componer. Cuando un músico manejaba su hueso para sacarle sonidos, las perforaciones no las realizaba al azar, sino siguiendo un orden que coincide con el de las longitudes de las cuerdas de un arpa o las pulsaciones en el mástil de una guitarra o un violín, proporciones sencillas, es decir, dividir la longitud del hueso en dos tercios (2/3, la quinta), 3/4 (la cuarta), y así sucesivamente. Desde la escala pentatónica más sencilla (sólo cinco notas distanciadas entre sí un tono, o sea, a 9/8 de sus correspondientes frecuencias) hasta los modos medievales y las reglas de la polifonía de Notre Dame o del Ars Nova, todas están basadas en esta sencilla norma ancestral.

Una escala musical se crea mediante sonidos concordantes. La forma más intuitiva, transmitida por Pitágoras, fue la de distanciar las notas entre sí en quintas justas, es decir, hacer que la frecuencia de cada nueva nota fuera 3/2 de la anterior. Se crea así una sucesión de frecuencias (3/2)n a partir de la nota inicial de la escala que debería alcanzar la siguiente octava de la escala tras un número discreto y reducido de iteraciones. Es decir, tras 12 iteraciones (las 12 notas de la escala musical) debería haberse podido generar todos las notas concordantes que aparecen en una octava. Pero lamentablemente el do7, por ejemplo, de la escala diatónica, resulta imposible de obtener por tan sencillo ejercicio a partir del do6 anterior. Porque resulta matemáticamente imposible doblar la frecuencia del do6 multiplicándolo sucesivamente por 3/2 (quintas). Por muchas iteraciones que realicemos siempre quedará un residuo, al que la escuela de Pitágoras denominó coma pitagórica, un claro síntoma de la impotencia de las matemáticas para ofrecer orden, para conseguir que la concordancia de las partes coincida con la del todo.

Sabemos que dos notas separadas por el doble de sus frecuencias resultan concordantes, armoniosas, pero resulta imposible derivar la concordancia perfecta de una serie armoniosa de relaciones sencillas de números enteros. Siempre quedará un residuo, un número irracional de infinitas cifras decimales, que como el número pi y otros tantos que le confieren orden al universo, nos desafían con su inconmensurabilidad.

Este drama matemático resulta similar al de la circunferencia. Considerada por la antigüedad como la más perfecta forma geométrica, y de la que sin embargo, su longitud no puede obtenerse mediante una operación perfecta a partir de su diámetro, sino que resulta necesario introducir otro número irracional, pi, similar a la coma pitagórica, de cuya irracionalidad resulta imposible obtener una solución exacta. Como si dios o el demiurgo nos hubiera guiñado un ojo cuando con una mano nos ofrece la perfección y con la otra nos despoja de la solución racional al enigma.

Nuestro mundo está plagado de estas constantes. En cierta manera pi da cuenta del tipo de redondez o curvatura de nuestro universo, de similar manera a cómo la velocidad de la luz, la constante de Boltzman, de Planck, de la gravitación universal o de la estructura fina, conforman un corpus que estructura nuestro universo sensible alrededor de unos números irracionales que constituyen una lógica y una razón del ser que se nos escapa. Como si la razón únicamente nos sirviera para ser conscientes de la perplejidad que acaece a nuestro alrededor, sin cuya presencia no sería posible la existencia de un mundo en el que sólo podemos estar presentes a consecuencia de su propia irracionalidad.

El principio antrópico y sus desafíos. Nos habíamos conformado con la metáfora de la representación del mundo sensible y con la creencia de que los a-prioris que nuestra mente crea alrededor de la forma de percibir el mundo coincidían con los principios inmanentes del universo. Pero quizás, como intuyó en el Renacimiento Giordano Bruno, en su obra Del Infinito Mundo y Otros Universos, existan infinitas posibilidades de realidad según los juegos azarosos de esas constantes universales que preludian la realidad, y que en nuestro mundo particular adoptan esas cifras irracionales con las que ya se topó Pitágoras en su particular tragedia del logos.

La búsqueda de las proporciones, y de entre ellas, sonsacar las más perfectas, la más armoniosas, en suma, la belleza, fue una aspiración del genio griego y de casi todas las culturas. Los tres estilos arquitectónicos griegos realmente son órdenes, porque más allá de que sus capitales difieran accidental y estilísticamente por representar volutas u hojas de acanto, cada uno de ellos integra un concepto diferente de orden y de proporciones, de modo tal que con sólo conocer la dimensión de una simple metopa o el grosor de un ábaco o de una columna, seríamos capaces de reproducir el templo en todos sus dimensiones. Pero el símbolo por excelencia de la arquitectura griega, el Partenón, contemporáneo de Sócrates y construido en el orden dórico, cuando se lo mide con detalle se aprecia que sus dimensiones no resultan perfectas, o dicho con otras palabras, que no muestran concordancia con la norma geométrica del orden dórico. Lo que en un primer momento podría haberse considerado como un error o descuido del arquitecto, ya no familiarizado con unas relaciones arquitectónicas arcaicas, en cambio, y analizado con más detenimiento, se observa que lo que el Partenón expresa no es un orden dórico en sí mismo, sino que aparece deformado curvilíneamente para ofrecer una apariencia teatral sólo útil para los observadores. El arquitecto, como su antecesor Pitágoras y su coetáneo Platón, tuvieron que convivir con el drama de ofrecer un orden perfecto imposible de percibir, o en cambio, de reconstruirlo imperfectamente para que según la perspectiva o punto de vista los observadores captaran la forma perfecta original en la mentira-ficción realmente construida.

Los griegos crearon la ficción de las estrellas fijas, que Newton recogió para poder expresar la existencia de sistemas absolutos de referencia en torno a los cuales expresar la verdad de sus leyes físicas. Tanto en la geometría que Euclides consolidó, como en la física y la aritmética, se estableció el método axiomático, de modo que a partir de unas pocas verdades indemostrables e intuitivas (axiomas) pudieran deducirse, siguiendo las reglas de la lógica, las proposiciones de la ciencia (teoremas). Incluso de la ética, como el gran filósofo holandés Spinoza, que nos deleitó en 1667 con su libro intitulado Ethica ordine geometrico demonstrata, y en el que pretendió demostrar geométricamente, a partir de ciertos axiomas, todo un orden ético lógico, racional, consistente e irrefutable.

Pero las paradojas no pueden ser eludidas,ni las de la música, ni menos aún la de las matemáticas, la física o la ética. Las paradojas de la escala pitagórica no aparecen por falta de conocimiento, o por no haber sabido erigir un sistema coherente y autorreferenciable de axiomas, sino que se dan por la impotencia sustancial al logos de ser capaz de comprender el mundo de forma racional.

A los principios de relatividad (Einstein), incertidumbre (Heisenberg) e indecibilidad (Türing) hemos de añadir el de incompletitud de Gödel, que nos reconcilian afortunadamente con un mundo paradójico que abre sus puertas a la libertad, a la magia de la impredictibilidad. No existe un sistema completo y consistente de axiomas que eviten las paradojas, el absurdo. Siempre existirán juicios o teoremas indemostrables, en suma, que no existe la posibilidad de erigir un sistema lógico que dé cuenta de la realidad, que las matemáticas no pueden explicar el universo. El filósofo español Zubiri lo expresaría magistralmente en su trabajo en torno a la epistemología y el papel de las matemáticas:

Lo postulado tiene propiedades que no son deducibles de los postulados ni pueden ser lógicamente refutadas por ellos… Jamás podrá demostrarse positivamente la no contradicción de un verdadero sistema de notas o conceptos objetivos.

¿A qué se reduce entonces la armonía universal?

Si no existe un sistema autorreferente de signos en cuyo juego algorítmico podamos encontrar la solución a los enigmas, si ese macrocosmos al que nos asomamos con las matemáticas y la física no posee la misma racionalidad del ser que lo observa, si el ser humano no puede comprender, mejor aún, y expresado paradójicamente, no podemos saber con certeza que lo que conocemos es verdad, entonces ¿qué?

Sigo atado al mástil de mi barca. Ahora escucho una serie dodecafónica de un raro misterio. Los doce semitonos de la escala completa diatónica, separados por la misma proporción, ese extraño número que define la escala temperada de la música occidental, 21/12. Quizás sea este el microcosmos artístico que nos merecemos, un camino que en paralelo con las paradojas de la ciencia nos ofrece un itinerario donde belleza,verdad y bondad ya no pueden coexistir. De hecho nunca lo hicieron. Pero así lo creímos para nuestra desgracia.
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ENSAYO SOBRE LAS DOS RUEDAS (xiii)

…….continúa…

Pasaporte al infierno

Sobre la bicicleta se monta Jano, el dios ambiguo, que nos ofrece el rostro sonriente de la actividad cardio-saludable, pero que también nos amenaza con el terror hipócrita del doping y el uso de sustancias prohibidas. Hemos alabado al ciclismo, al transporte en bicicleta, como una alternativa de vida con dimensiones políticas, pero a la vez, el ciclismo se ha convertido en un coto de caza injustificable.

Hace unos meses publiqué un pos titulado Contra el anti-doping, donde ofrecía mi opinión sobre la política del anti-doping. Allí me preguntaba lo siguiente:

El deporte, por tanto, al igual que el trabajo en una mina, o sentado todo el día en un despacho, puede socavar la salud de una persona si ésta no responde con actividades complementarias de recuperación y preparación, al nivel de gimnasia, medicinas, alimentación, etc. Rutinas de apoyo acordes con el deporte o trabajo que se realiza y que resultan imprescindibles para estar sanos y acometer las tareas con eficacia. Y el deportista, según su nivel y aspiraciones, tiene la obligación, para estar sano y poder competir, de cuidarse con la tecnología propia y adecuada a este fin: material deportivo, gimnasia de acondicionamiento, masajes, nutrición, complementos vitamínicos y minerales, sustancias facilitadoras de la recuperación, medicinas, ¿y doping?

Creo que el ciclista profesional es un trabajador y como tal debe cuidarse para mantener su capacidad vital, la fuerza de trabajo por la que le pagan. Y como en cualquier otra actividad laboral sujeta a riesgos y a competencia, el trabajador debe hacer todo lo posible para triunfar o que no le despidan.

Por un lado tenemos la actitud individual con la que todos afrontamos el trabajo asalariado, y que no es otra que la de intentar hacer lo que nos gusta, pero sin ofrecer demasiadas oportunidades para la explotación, o que lo que cobremos esté adecuado a lo que trabajamos. Pero por otro lado, y si reflexionamos un poco sobre el mundo laboral bajo el capitalismo, aplicable tanto a un ciclista como a cualquier otro trabajador, el sistema nos presiona para extraernos rentabilidad al más corto plazo, por lo que el objetivo de lo que debe ser la salud atribuible a cada tipo de trabajo resulta muy distinta según la definamos desde la perspectiva del empresario o desde la del propio trabajador. La ambigüedad del doping reside en este doble rasero.

Pero, ¿y si se demostrara que una sustancia dopante no empeora la salud del deportista? ¿Habría también que prohibirla? Sobre esta relación entre salud, integridad física del deportista y doping se ha escrito mucho. Recomiendo los trabajos de Moller que desmontó el mito del ciclista danés Knud Enemark, muerto aparentemente por doparse en los Juegos Olímpicos de Roma de 1960; de Dimeo sobre la muerte del ciclista Arthur Linton, erróneamente considerado como el primer caso de fallecimiento por doping, a finales del siglo XIX; de Denham sobre la supuesta muerte por drogas del futbolista Lyle Alzado en 1992; de Bernat López sobre las 18 muertes fulminantes de ciclistas belgas y holandeses acaecidas en la década de los años 80 del pasado siglo y que según aclara el investigador catalán, a través de un rigor académico inapelable, fueron erróneamente, y un poco malintencionadamente, asignadas al uso de EPO.

Creo que la actual política antidoping está poniendo en grave riesgo la salud de los deportistas. Les está privando de derechos humanos, jurídicos y laborales, atacando su dignidad, amenazándoles como si fueran delincuentes o drogadictos, exponiéndolos a unas sospechas y acciones de investigación propias de un Estado totalitario y policial. Y todo ello amparado en una hipocresía y una corrupción difícil de compaginar con la idea idílica del deporte que defienden espuriamente los guerreros contra el doping.

En lugar de ser atendidos médicamente de forma transparente, abierta y con todos los medios técnicos e higiénicos disponibles, las atenciones médicas se realizan a oscuras y en entornos poco sanitarios, con sustancias adquiridas en mercados negros con escaso control en cuanto a la fabricación, el transporte y el mantenimiento, obligados a utilizar no las mejores sustancias ni las que menor riesgo reportan, sino las más indetectables, enmascarando su uso con otras sustancias que pueden reportar indeseables efectos secundarios. Toda la reglamentación contra el doping se basa en la presunción de culpabilidad, se castiga en prevención de reincidencia y las medidas cautelares mientras dura la investigación resultan aberrantes y desproporcionadas.

Los procedimientos legales, policiales y deportivos para luchar contra el doping, en connivencia con los medios de comunicación de masas, no buscan la verdad, ni aspiran a asegurar la salud del deportista, no pretenden esclarecer todos los aspectos tenebrosos de este comercio ilegal y fraudulento donde lamentablemente impera la corrupción, el blanqueo de dinero y los intereses económicos, sino crear chivos expiatorios, mostrar a la opinión pública cabezas de turco, llenar grandes titulares, hacer mucho ruido con el objetivo de esconder otras vergüenzas, y por tanto, convertir al pelotón ciclista en un semillero de sospechosos donde el azar de una prueba o un pasaporte biológico entresacará a una de sus bolitas para exponerla a la opinión pública como estigma de la profesión y azote de herejes.

Quizás esta perspectiva que acabo de esbozar sobre el doping resulta poco habitual, pero creo que es útil, con objeto de aportar elementos de reflexión en torno al dopaje deportivo y su más evidente manifestación, la ideología del anti-doping. Deporte, salud, tecnología, dinero, moral, medios de comunicación, justicia, política, nacionalismo, todos los elementos de la modernidad se dan cita en el doping. Y advierto que hasta el momento las víctimas del dopaje han sido tanto la verdad, como los deportistas, tanto populares como de élite. La sociedad ha adoptado respecto al doping la típica solución maniquea. Ante un tema tan complejo no podemos responder con la hoguera y la captura del chivo expiatorio, tampoco escondiendo la cabeza. La hipocresía social al respecto supone uno de los mayores escollos a enfrentar en el camino hacia la salud y la justicia en el deporte, y en concreto, en el ciclismo.

…………continuará…

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NORDIC VOICES

Durante estos días previos a la Pascua estaba dándole vueltas a comenzar un artículo con algo parecido a esto:

Para los que somos ateos, pero religiosos, la música eclesiástica posee…

Y aquí me había quedado, hasta que hoy he escuchado el concierto que el grupo vocal noruego nos ha ofrecido en el auditorio del Museo de Arte Contemporáneo Reina Sofía, en torno a la lamentación y al consuelo pascual.

Afortunadamente, ya hemos superado aquel inútil debate en torno a si la música religiosa, especialmente la gregoriana y la polifónica, debía interpretarse por monjes y/o creyentes, o si los grupos profesionales sin credo definido, aconfesionales, podían dotar a esta música de sentimiento y emoción religiosas. Que los monjes de Silos o Solesmes me dejen helado frente a la fantasía y el misticismo profesional de un Marcel Peres o de un Bruno Turner, creo que hoy en día ya puede entenderse, que la música religiosa emocione sin importar el credo, la confesión o su ausencia, tanto en los ejecutantes como en los oyentes. Paradojas del arte.

El escenario parecía un templo anglicano, frío y desnudo, nada de flores, por supuesto, ausencia de iconos y cualquier otro símbolo. Seis atriles en la nada, suspensos en el vacío. Parecía todo preparado para que el gélido septentrión helara el concierto, seis voces nórdicas que posiblemente nos iban a ofrecer un concierto técnico, pero sin la calidez mediterránea que Vitoria o Gesualdo exigen, sobre todo desde que nos hemos habituado a desdeñar las clásicas interpretaciones anglosajonas por las modernas, y más fidedignas, de los grupos italianos o españoles, con un ritmo y una declamación ardiente, espontánea y cuajada de acentos y matices.

En la primera parte el programa alternaba Tomás Luis de Victoria (1549-1611) con la contemporaneidad del compositor noruego D. Bratley (1972), como si desearan ofrecernos una de cal y otra de arena, enseñarnos a digerir mejor la melodía ausente y las disonancias del nórdico con los encantos contrapuntísticos del abulense. El contraste no podía ser más vehemente. Una alternancia hielo y calor que en la primera embestida nos dejó a todos un poco desconcertados, pero que en la segunda nos subyugó con la elegante y creativa puesta en escena.

La polifonía renacentista la hemos oído interpretada bajo muy variados adjetivos y ropajes, interpretaciones más o menos tenebrosas, luminosas, sentidas, místicas, perfectas en la expresión de la pulcritud matemática de sus jugeteos armónicos, sublimes, casi madrigalistas, efectistas. Pero ayer añado un adjetivo nuevo a la lista, porque el grupo nórdico cantó la polifonía con extrema dulzura, sobre todo cuando apagaban, casi ahogaban sus seis voces y dejaban que fluyeran en un susurro de microtexturas que a nadie en la sala dejó indiferente. No fueron las Lamentaciones desconsoladas por la pérdida de Jersusalem, sino quejas tranquilas, como si los cantantes evitaran mostrar la tragedia por la pérdida injusta, a cambio de servirnos el recuerdo que de la Jerusalem violada los judíos supieron mantener en sus corazones.

Esta parte culminaba con Gesualdo (1560-1613), cuyo cromatismo vehemente fue atacado con tranquilidad, sin esa euforia y sentido hiperdramático en que a veces se despeña al músico de Venosa, que no necesita de que acentúen artificialmente sus excéntricas disonancias y alardes armónicos y rítmicos, y al que Nordic Voices supo arropar con dulzura, sí, han oído bien, con dulzura a Gesualdo, y que no por ello perdió en genio dramático, y sobre todo, en capacidad para soprendernos con una interpretación que a veces pareció la de un músico contemporáneo.

La segunda parte, dedicada al consuelo, comenzó con H. Schutz (1585-1672), directo antecesor de J.S. Bach,  y que en vista del despligue artificiero que vino después, su motete pareció que cumplía la función de calentar voces y preparar las tráqueas para el esprint final, una sucesión de obras estrictamente contemporáneas, todas del siglo XXI, que el sexteto cantó con atrevimiento, confianza y muchísimo conocimiento, con gran honestidad.  Aquí la obra original, compuesta para la ocasión por la polifacética Pilar Jurado (1968) -a ella la escuché hace apenas un mes en el disco que la Discreta Academia acaba de publicar dedicado a la poetisa puertoriqueña Julia de Burgos,  y titulado Rebelde Soledad-, se vio acompañada de la obra de los noruegos Havroy (1969, barítono del grupo) y Thoresen (1949), una exposición abrumadora de todo lo que puede ejecutar la voz humana, de cómo los más variados sonidos pueden armonizarse para crear unas obras sorpredentes y sentidas, de una religiosidad a la vez provocadora, y también cargada de recogimiento y profundidad.

En la propina o bis cuatro de los seis músicos se dispersaron por la sala, entre el público. Yo creía que como en el Circo de los Muchachos o en alguna función de Tricicle, iban a empezar a dar la mano a los espectadores. Pero no. Realmente hicieron algo mágico, oficiaron una especie de plegaria gutural de sonidos difíciles de precisar o definir cuya principal virtud residía en ser emitidos para rebotar en las paredes y fundirse en una telaraña multifónica que nos dejó absortos, como en la contemplación de algún misterio.

Y fue aquí donde yo recordé la frase que al comienzo les escribí y que llevaba prendida en mi cabeza sin conseguir darle una salida afortunada y mínimamente racional: para los que somos ateos, pero religiosos…

Hay un hilo que nos une al pasado. No se trata ni de un argumento ni de una explicación. Sólo un hilo que nos ata, invisible, pero tenaz. Yo me afano por poder tocarlo, sentirlo, y notar algún tipo de vibración. Chejov lo llamaba cadena, una cadena que nos une y de la que no nos podemos desembarazar. Yo tengo fé en ese hilo. Desconozco lo que pasará cuando logre atraparlo, pero confío en él. Por eso soy religioso.

El rito de seis voces que se funden, y cuyos armónicos se entrelazan en un auditorio de otras mil voces calladas, resulta un auténtico misterio, no la física de las ondas estacionarias, sino cómo en esa materialidad algunos podemos atisbar el hilo que tensa el presente. Lo maravilloso no reside en que las voces se hallen impregnadas de divinidad, sino que lo divino resulte superfluo ante la magia de unas gargantas que, en el vacío sin sentido de un auditorio, sean capaces de enhebrar a todos los presentes en el hilo de la historia.

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KISS and CRY, por Charleroi Dances

Danza, cine efímero y teatro

El teatro es un juego de veladuras. El telón rasga la realidad y nos asoma a un mundo fingido cuyos hilos se le escamotean al espectador tras la tramolla, toda esa tecnología de tinglados que mueve el ámbito mágico de candilejas que en sueños el espectador finge creer. Todo está fabricado para engañar. La mentira compartida que tradicionalmente ha funcionado, porque tras las cortinas y la negrura que rodea el escenario se escondía todo el engranaje tecnológico de luces, vestuario, escenografía, efectos, sonidos, realizadores, carpinteros, asistentes, tramoyistas en cuyo trabajo oscuro e imprescindible, oculto, se sustenta ese pequeño y luminoso espectáculo que se abre como una concha al espectador sentado en su butaca.

Pero ayer todo se transformó. Y el teatro se dio la vuelta y se puso del revés, como el jersey que nos muestra sus costuras, como una catedral gótica que implosiona y cuyos arbotantes y pináculos, que la sostienen desde afuera como pinzas, penetraran en el ámbito sagrado donde los creyentes, los visitantes, hasta ahora se habían dejado engañar por la magia de una arquitectura que parecía flotar en el espacio por el efecto invertido de la gravedad.

Ayer hubo teatro, danza, y cine, y sobre todo, imágenes y arte junto con la tecnología que lo sustenta, todo unido y ofrecido al espectador como un todo, sin efectos especiales, sin tramoya, sin artificios, escenario y trasfondo todo ensamblado y a la vista del espectador.

Sobre el escenario estaban los actores, pero también los técnicos y los operarios, creando un espacio autosuficiente. Ficción y realidad todo a la vista, puro materialismo, sin el engaño de la caverna y sus sombras ideales. Era teatro porque se hacía en directo, delante del espectador. Cada vez una representación única, original y especial. Pero también cine, porque los actores-técnicos se rodaban a sí mismos y el resultado, como un reportaje en vivo, como una retrasmisión deportiva en directo, se nos mostraba en una pantalla de cine. Pero sin ensayos, sin infinitas tomas hasta dar con la apropiada, todo discurriendo en tiempo real. Lo que las cámaras ruedan, pero también las cámaras y quienes las mueven, todo a la vista de unos espectadores que asistimos conmovidos a una representación total llena de encanto, sensibilidad y un alto voltaje de originalidad.

La publicidad anuncia Kiss and Cry como danza de dedos. Y es cierto, los protagonistas son los dedos, las manos, los actores últimos de este espectáculo. Para ellos los actores-operarios del teatro preparaban cada escenario, cada ámbito y juego de luces, sonido y efectos para crear los mundos fingidos donde las manos narran su historia. Escenarios miniatura encerrados en el gigante escenario del Teatro del Canal, creados sobre la marcha delante de unos espectadores que alucinados presenciamos a la vez el arte de las manos, pero también el de los técnicos-actores fabricando las escenas y el de los cámaras rodándolas para ofrecernos una película en vivo de lo que estaba sucediendo en cada uno de estos mini platós de rodaje. Sin protagonistas, sin obreros al servicio de las estrellas, puro trabajo cooperativo de creación y fabricación de un espectáculo de pura artesanía.

Alucinante. Y maravilloso. Como el mago que nos sosprende con el truco, pero también con la propia técnica de la mentira, con el engaño y la ficción desnuda ante el espectador: como si la chistera fuera transparente.

Ayer se rompieron los límites fenomenológicos y clasistas del teatro y del cine, del arte; y sólo con dedos, manos, esos artefactos biológicos que nos convirtieron en humanos. Bravo.

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ENSAYO SOBRE LAS DOS RUEDAS (xii)

…………continúa…

Los forzados de la carretera

El deporte es una actividad donde reina la desigualdad. La primera, y más definitoria, la relativa a la diferente genética de los deportistas y la importancia tan enorme que posee ésta sobre el rendimiento deportivo. En consonancia con el avance tecnológico de la sociedad se producen evidentes adelantos o potenciales usos de una serie de tecnologías y sustancias con el virtual objetivo de incrementar el rendimiento deportivo. El deporte moderno resulta incomprensible sin las técnicas de entrenamiento, sin la tecnología del material deportivo (zapatillas, ropa, bicicletas, bañadores, etc.) y sin el apoyo de la más moderna medicina (cirugía, nutrición, medicinas, fisioterapia, ayudas ergonómicas, etc.). No existe posible competición en igualdad de condiciones, porque todos los anteriores factores se distribuyen de forma muy diversa entre los deportistas. En contra de lo que pregona la política antidoping, ¿no estará yendo contra la igualdad la prohibición de tomar sustancias dopantes? ¿Por qué prohíbe la ley tomar EPO para aumentar el hematocrito hasta niveles comparables a los niveles que otros deportistas consiguen por genética, o por dormir en cámaras isobáricas? Todo deporte debe tener unas normas, pero ¿resultan justas, sanas y deportivas las normas actuales contra el doping?

Así contestaba el gran Bahamontes cuando le preguntaron sobre el doping:

¿Dopaje? Yo corría a base de carajillos. Yo no me fiaba de nadie. Es más, me preparaba mi propia bomba. Al margen del bidón de agua, café o té, en una petaca de aluminio, que llevaba en mi bolsillo trasero, me preparaba un mejunje, que era una especie de carajillo: dos cafés, media copa de coñac y un chorrito de Colastier, un regulador del ritmo cardiaco. Cuando faltaban 50 kilómetros para la meta, yo sacaba mi petaquita y ¡zas! para dentro. Volaba.

Estamos ante una actividad que aspira a poseer una gran naturalidad, pero que se disputa en un entorno desigual, inmersa en un universo tecnológico que permite incrementar el rendimiento. ¿Cómo congeniar naturaleza, justicia y tecnología en el deporte?

Recomiendo el libro del ciclista David Millar, “Pedaleando en la oscuridad”. No cuenta nada nuevo. Es un típico libro de testimonio, cuya sinceridad resulta discutible, de arrepentimiento y anuncio de no reincidir, una voz que clama por que los deportistas no se dejen acunar por trinos de sirenas y compitan limpios de doping. Un signo de los tiempos. Por ello resulta útil detenerse en él.

Hipocresía. Creo que es el adjetivo que mejor define la relación que la sociedad establece entre las drogas y el deporte, en concreto, en el mundo del ciclismo, al que con más detalle me referiré y donde de manera más clara se aprecia esta dislocación de los términos.

Aconsejo otro libro, el que el escritor francés Albert Londres escribió sobre el Tour de Francia del año 1924. Desde entonces a los ciclistas se les suele llamar “los esforzados de la carretera”. Un error. El escritor inglés quiso decir “los forzados de la carretera”, los esclavos, los explotados, a semejanza de los condenados a trabajos forzados.

Recuerdo al ciclista suizo Hugo Koblez, el primer ganador no italiano del Giro de Italia en la edición de 1950. Al año siguiente el llamado ciclista con encanto (le pédaleur de charme) asestó un golpe moral, y mortal, a todo el pelotón del Tour de Francia cuando él solito se escapó durante más de 130 kilómetros, a una media de 39 km/h, y consiguió alcanzar la meta con más de 2’ de ventaja. El día anterior estuvo a punto de abandonar por un forúnculo. Y para aguantar el dolor, los médicos le recetaron supositorios de cocaína, que por supuesto tomó para alzarse con el título final de la ronda francesa.

El periodista francés Albert Londres nos describe el contenido de la mochila de los hermanos Pelissier en el Tour de 1924, todo tipo de pastillas, cocaína y estricnina.

Las drogas y el ciclismo de élite siempre han convivido, resultan inseparables. La inmensa mayoría de los ciclistas profesionales se ha drogado, ha tomado medicamentos y sustancias llamadas dopantes para mejorar el rendimiento y acelerar la recuperación, pero también, no lo olvidemos, para soportar el dolor.

……………continuará…

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