ENSAYO SOBRE LAS DOS RUEDAS (xxxvi)

07/10/1952. The Italian cyclist Fausto COPPI, leader of the 1952 Tour de France, being drenched with water by some of the spectators. Le 10 juillet 1952, l'Italien Fausto COPPI, leader du Tour de France, est arrosé par des spectateurs.…….continúa…

El bidón del ciclista

Un individuo sano como premisa para poder aspirar a una sociedad saludable. Sobre eso hemos hablado en las líneas precedentes. Porque no podemos entender al nuevo ciudadano montado sobre dos ruedas sin la salud necesaria para poder pedalear. Por esta razón me he extendido tanto en todas estos elementos relacionados con la salud y con la nutrición.

Recordemos que empezamos hablando sobre los hidratos de carbono. Ahora desearía continuar este amplio epígrafe dedicado a la alimentación del ciclista, de ese centauro que empuja a la sociedad hacia el cambio, a la revolución, si deseamos expresarlo con mayor contundencia, con el elemento más claro y más simple, con el agua que bebe y que nosotros bebemos.

Porque esta materia de la hidratación resulta también de interés, en concreto el reciente debate en torno al consumo de agua, electrolitos e isotónicos durante competiciones de larga duración, controversia que tampoco ha terminado, pero sobre la que ya existe suficiente evidencia científica, e incluso algunas recomendaciones oficiales adaptadas, que contradicen la práctica habitual durante tantos años de recomendar consumir cuanto más líquido mejor, aún sin tener sed, en prevención del riesgo de deshidratación.  Lo cual también tiene relación con la manía de estar bebiendo agua a todas horas, y sobre todo, la extensión tan dañina para la salud de tomar fundamentalmente bebidas artificialmente edulcoradas.

Se ha considerado durante mucho tiempo que la señal de la sed que emite el cerebro cuando realizamos un esfuerzo físico es imprecisa y llega tarde, y por consiguiente, que el ser humano debería anticiparse a la sensación de sed para alcanzar una adecuada hidratación. Y se ha considerado que la correcta hidratación ocurre cuando el atleta repone tanta agua como pierde, que se traduciría en una pérdida de peso en caso de haber realizado la hidratación incorrectamente. Por otro lado, en el sudor se pierden electrolitos. Y como el esfuerzo físico requiere combustible. Qué mejor estrategia que reponerlo todo a través de una bebida energética antes, durante y después de esfuerzo. Todos contentos, sobre todo las grandes empresas del sector de los refrescos y de las bebidas deportivas.

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ENSAYO SOBRE LAS DOS RUEDAS (xxxv)

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Una humanidad diabética

Respecto a la resistencia a la insulina, en primer lugar habría que recordar qué función tiene encomendada esta hormona en el funcionamiento del cuerpo humano. Oímos nombrar la insulina y automáticamente recordamos la diabetes. Correcto. La insulina la segrega el páncreas. Cuando a través del flujo sanguíneo la insulina va alcanzando los diferentes tejidos y órganos les va ordenando “¡acumulad!”. Por tanto, esta hormona envía la señal de ahorrar, de acumular glucosa, grasa y proteína. Cuando ingerimos alimentos y sus diferentes componentes comienzan a pasar a la sangre, el páncreas segrega esta hormona para que el organismo guarde los alimentos y consecuentemente, que los niveles de glucosa en sangre no se eleven en demasía. Por tanto, una señal, la insulina, y unos receptores, los tejidos: y una orden, guardad. Resulta necesario recordar siempre que la insulina ordena guardar, pero no usar. O sea, que si realizamos actividad física, la concentración de insulina en sangre debe disminuir para permitir que los músculos quemen glucosa y grasa. Si el páncreas no segregara suficiente insulina, nos enfrentaríamos a la diabetes de tipo 1, que no deja de ser un fallo del centro emisor de la orden de guardar. Por tanto, tras una comida, demasiada glucosa en sangre. Pero si el páncreas emite correctamente y son los tejidos los que no saben responder a la señal de guardar, entonces tendríamos el mismo resultado, demasiada glucosa en sangre, diabetes de tipo 2. A esta última situación se llega a través de un proceso paulatino de resistencia a la insulina, es decir, de progresiva incapacidad de los tejidos para entender u obedecer la orden de guardar de la insulina.

La resistencia a la insulina evidencia de forma clara la falta de sintonía entre la comida que solemos ingerir y la genética de la que estamos dotados. Se continúa pensando que la evolución humana se desarrolló en un entorno de amenaza continua de hambre, y que el ser humano de forma natural tiende a acumular grasa en previsión de tiempos peores. Que por tanto, originalmente el ser humano posee una refinada sensibilidad a la insulina, que no deja de ser un modo eficaz de ahorrar en tiempos de opulencia. De esta hipótesis se derivaría que si el ser humano, como es el caso en occidente, no padece escasez periódica, el cuerpo no dejaría de acumular grasa de forma continua hasta que los tejidos, ahítos de tanta energía, empezaran a negarse a acumular, es decir, a hacerse resistentes a la insulina, y por tanto, caso de seguir engordando, precipitar una diabetes de tipo 2. Si esta hipótesis fuese cierta, la única forma que tendría el ser humano occidental de estar sano y no caer en la obesidad sería pasando hambre voluntaria, un mensaje muy cruel para un hedonista un poco compulsivo.

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¿OTRA REPÚBLICA?

El morado que sustituye al gualda de la bandera española se ha erigido en símbolo de rebeldía contra la Transición y el actual sistema político que gobierna nuestro país. El morado representa a una parte de nuestra izquierda, la más radical, antimonárquica y laica, que se rebela contra los estamentos privilegiados que antes con la dictadura y posteriormente durante todos estos años, ha defendido el sueño de una transición consensuada y pacífica hacia una democracia que protege ante todo el poder mediático, político y económico de aquella minoría continuista.

Pero tanto entonces, en 1931, como ahora, el magma que se concita alrededor de la bandera republicana resulta variado y diríamos que hasta incompatible. Nadie apoyaba entonces al rey y a su camarilla, ni los anarquistas, ni los militares, diríamos que hasta los propios monárquicos denostaban al monarca libertino, juerguista y corrupto. Socialistas, comunistas, liberales, fascistas, todos veían en la nueva república un campo abierto donde poder plantar su cosecha. Me sorprende que este régimen capaz de albergar tal disonancia se haya convertido en una imagen idealizada del reformismo o del cambio, incluso de la crítica al propio parlamentarismo bajo la proclama de una tercera república española.

Yo no admiro a la II República Española como modelo, ni como luz que debiera alumbrar nuestro actual camino hacia una democracia más intensa, igualitaria y participativa. La república que de facto se instaló en nuestro país fue un régimen muy conservador políticamente, que buscaba la modernización capitalista, acabar de arrostrar las rigideces económicas, culturales y legales que impedían el advenimiento de una economía desarrollada similar a la de otras potencias mundiales más avanzadas. Y ello, conservando la distribución de la riqueza heredada del pasado, bajo el disfraz de una legitimidad democrática que fuera capaz de acallar los deseos de justicia y de revolución de amplios sectores de la población española.

Como casi siempre ha ocurrido, ante la revolución pacífica que atestaba las calles el 14 de abril –y ante la que sí siento alegría y emoción- y la ausencia de un representante político, por la huida del rey, las élites económicas se posicionaron alrededor del nuevo régimen copando sus principales centros de poder. A excepción de los anarquistas, que representaban la mayor fuerza política del país, todos los demás partidos se organizaron para ocupar los principales sillones burocráticos, creyendo, tanto en la derecha como en la izquierda, que la mejor forma de cambiar el país consistía en gobernarlo desde el aparato estatal. Los posteriores intentos de golpe de estado de Sanjurjo, desde la derecha, y de Largo Caballero, desde la izquierda, atestiguan ese instinto estatista de ocupar a toda costa el palacio de invierno y desde la autoridad del aparato hacer avanzar a la sociedad hacia un ideal.

Uno de los principales elementos distintivos del nuevo régimen fue el deseo de regenerar España. No en vano, la mayor parte de sus nuevos miembros se criaron en los sinsabores del 98 y en toda esa corriente de renovación que a partir del interrogante sobre el ser de España intentó, a través de la educación de las masas, poder revertir el cortocircuito que en algún momento de nuestra historia nos convirtiera en un país atrasado e inculto. Ortega, Azaña y Fernando de los Ríos representan adecuadamente ese talante elitista, europeizante, que retrocedía ante el peligro de las masas y de la lucha de clases, y que cifró todas sus esperanzas de concordia social en la educación, en instaurar un sistema de adiestramiento social capaz de generar buenos ciudadanos modernos, obreros eficaces, burócratas bien formados, con independencia de cómo la riqueza se repartiera en el seno de la sociedad. El objetivo, por tanto, consistió en montar un sistema similar al francés, de escuela universal, obligatoria, centralista y laica, donde la vanguardia de la Institución Libre de Enseñanza aportó la experiencia, el concepto, los materiales y los criterios. Que el colectivo de los maestros y maestras republicanos fuera tan despiadadamente masacrado y perseguido por la dictadura, ofrece una idea palpable del escaso nivel intelectual, cultural y humano de estos servidores patrios, y del cierto éxito de la empresa. La modernización debía pasar inexorablemente por la educación, y fue precisamente este tema el que más sublevó los ánimos en el bando más ultramontano de la república. No fueron tanto las reformas económicas ni legales, sino la cultura, el estilo de vida abierta y moderna que empezó a difundirse por la España republicana y que ponía en cuestión el control social ejercido por la Iglesia y los sectores más reaccionarios.

No olvidemos, sin embargo, que una parte muy significativa del país militaba y simpatizaba con el anarquismo, alrededor del cual se había creado un entramado social de ayuda mutua y educación que desgraciadamente muchas personas aún desconocen, y sobre el que se quería montar una sociedad alternativa al Estado. Los anarquistas no deseaban realizar ningún tipo de revolución desde arriba, sino crear estructuras sociales que basadas en la cooperación y en la libre elección de sus miembros les permitiera organizar la producción y su bienestar de forma autónoma al margen del Estado. La República, para ellos y en sus inicios, también resultó ilusionante, pero por razones muy distintas a la de sus compañeros comunistas o socialistas; no porque cifraran esperanzas en la creación de un estado del bienestar, o en la creación de un marco legal adecuado para la expansión empresarial, la construcción de infraestructuras y la llegada de capitales extranjeros, sino porque esperaban que los nuevos gobernantes fueran a repartir el capital productivo de forma más igualitaria, que tanto a nivel de fábricas como de tierra, los medios de producción se pusieran a disposición de las personas, que el expolio que la Iglesia y la burguesía españolas habían realizado contra las masas trabajadoras fuera subsanado con un reparto más equitativo de la riqueza. No se aspiraba a la nacionalización que defendían los comunistas o los socialistas, sino a la gestión directa de la producción por asociaciones libres e igualitarias, la colectivización a la que sólo se pudo llegar allí donde la sublevación militar dejó al país “desamparado” de la coerción estatal republicana.

La república española siempre se posicionó contra los anarquistas, que recordémoslo, en aquella época significaba enfrentarse a la mayor parte de la población española. Los anarquistas quedaron así aprisionados entre unos y otros, luchando a favor del llamado mal menor, en un principio representado por una república burguesa que progresivamente se fue haciendo más estalinista. No olvidemos que el pueblo que pedía armas era fundamentalmente anarquista, y las demandaba porque ya no confiaban en que aquella república burguesa les pudiera defender, porque colegían, no sin razón, que la derecha republicana iba a pactar con Franco. Recuérdese que la república en guerra contra la dictadura también se enfrentó violentamente contra los anarquistas, y que para ello buscó el apoyo de la vanguardia del proletariado comunista al que soportaba Stalin con su dinero, sus “técnicos” y sus armas.

Los fascistas deseaban una república de orden en sintonía con la Italia de Mussolini, y en la que, a dios gracias, el rey ya se había quitado de en medio. Los conservadores, las derechas, procuraban nadar y salvar la ropa, tal y como diría su más fiel representante, el perenne presidente Alcalá Zamora “la monarquía se había suicidado y, por lo tanto, o nos incorporábamos a la revolución naciente, para defender dentro de ella los principios conservadores legítimos o dejábamos campo libre, en peligrosísima exclusiva a las izquierdas y a las organizaciones obreras.” Los republicanos de izquierda, los liberales, modernizar España, cambiar el sentido de la historia gracias a su política de élites alumbradas por la llama de la cultura. Los socialistas, que se debatían entre la socialdemocracia y el comunismo revolucionario, unas veces se arrimaban a los liberales y otras apoyaban la ruptura total y la dictadura del proletariado. La Republica fue el régimen parlamentario que albergó todo esta algarabía, al margen y casi siempre en contra del anarquismo mayoritario y en continua política de apaciguamiento de una Iglesia y un ejército que optaron al final por lanzar una guerra de exterminio y tierra quemada cuando las circunstancias internacionales se aliaron con la defección de liberales y conservadores en el bando republicano.

La II República fue un régimen parlamentario liberal que intentó circunscribir el conflicto político, económico y social entre las cuatro paredes del edifico de la Carrera de San Jerónimo, al despacho de los correspondientes ministerios, en diluir la lucha de clases en la educación pública universal: salvando las distancias, y en virtud de la diferente realidad en las que se fraguaron ambas constituciones -la de 1931 y la de 1978-, de forma similar al régimen representativo que tras la Transición sucedió al franquismo. Por tanto, no entiendo qué elemento de novedad puede ofrecer el modelo de la República española al corrupto régimen democrático actual. Tanto la reacción conservadora que “encauzó” la proclamación popular republicana, como el proceso de la Transición española, resultan similares en los objetivos, pero también en su esencia, en buscar un consenso alrededor de unas normas de funcionamiento que permitan mantener el reparto desigual de la riqueza y expandir el capitalismo.

Realmente, la supervivencia de aquella república fue dramática. Pero aquello que pudiera convertirla en símbolo de democracia y justicia no creo que fuera algo nacida de ella misma, sino de la perversidad y aterradora política de exterminio proclamada y llevada a cabo por sus enemigos, de ese bando totalitario y sanguinario al que se tuvo que enfrentar.

 

Libertad

Desconozco si alguien ha realizado la siguiente prueba. En un lugar lleno de gente, filmar su reacción al grito de ¡LIBERTAD!

Deduzco que podríamos clasificar a los presentes sólo en dos grupos en atención a su gesto o respuesta. Los que lo tuercen como si les hubieran mentado a la madre, como si debieran defenderse de un insulto o una agresión que no va a tardar en llegar. O los que sonríen, los que aprietan el puño y tienden a mirar al cielo con la esperanza puesta en un futuro mejor.

No creo que exagere al respecto. La palabreja continúa desatando pasiones extremas, a pesar de la tinta derramada en torno a su definición, y del hecho de que todos los credos políticos, ya estén un uno u otro extremo, han encontrado una descripción de libertad al gusto de sus ideales e intereses. Pero existen únicamente dos tipos de reacciones viscerales, instintivas, sobre las que quizás algún taxónomo pudiera avanzar una clasificación más prolija y variada de la humanidad y sus ideologías. Al grito de libertad sólo se puede reaccionar con temor o con algazara. No caben las sutilezas, las ambigüedades. A unas personas les asaltarán imágenes de desórdenes, asesinatos, de puro descontrol. Atemorizados por la idea de que existe demasiada libertad, tenderán a huir o a pedir ayuda a algún tipo de ángel tutelar. Nadie reniega, evidentemente, de la libertad individual, nadie desea ponerse grilletes o que se los pongan, pero a estas personas el instinto les lleva a querer proteger a la sociedad de tanta libertad, porque piensan que gran parte de los problemas derivan del mal uso de la libertad, de que alguien debería ordenar la libertad por el bien de la humanidad.

Otras, sin embargo, creen que el principal problema social reside precisamente en la falta de libertad, y que un mayor y mejor ejercicio de la libertad resultaría imprescindible para avanzar en el camino de la justicia. Cuando oyen el vocablo, lejos de atemorizarse por el desorden, se les encienden los ojos soñando con cadenas rotas, con la explotación desaparecida, en el poder deshecho y la opresión reventada. Como ahogados a los que se les enciende una luz en la superficie del mar, estas personas creerán que los grandes escollos para la creatividad, para la cooperación y la eficacia derivan de la falta de libertad.

Unos creen que los abusos de la libertad resultan más temibles que los de la autoridad. Otros, que el poder que coarta libertades resulta mucho más temible que el desbocado de la pura libertad. El dueño temerá que el esclavo pueda utilizar la libertad para rebanarle el cuello. ¿Pero cuál sería, en cambio, el verdadero sueño de libertad del esclavizado? Tememos y anhelamos en función de si estamos pisoteando o de si somos pisoteados.  Pero más allá de nuestra posición particular en el escalafón social, el escalofrío que a todos nos recorre el cuerpo, cuando oímos esta palabra mágica de la libertad, dependerá también de cómo idealizamos a la sociedad, del concepto que tenemos de nuestros semejantes, del mayor o menor aprecio que sintamos por sus capacidad para cooperar, confiar y vivir en comunidad.

En algunos momentos de mi vida me tienta la idea de realizar la prueba, con mis amigos, con mis compañeros de trabajo, con mis familiares. Puedo adelantar sus respuestas, o al menos eso creo, porque creo detectar, por otras características de su personalidad, si su reacción será temerosa o esperanzada.

¡LIBERTAD!

¿Tú qué gesto pondrías?