EL ARTE DE LA BICICLETA

Ya había dado por concluida la serie de “Ensayo sobre las dos ruedas”. Pero añado un capítulo que insertaré en algún lugar de lo que estoy considerando convertir en libro electrónico.

Aquí va…

Ilustración de Max en “Filosofía para profanos”

Una plácida tarde del mes de septiembre de 1895 Bernard Shaw y Bertrand Russell colisionaron con sus bicicletas, mientras circulaban por una alegre campiña inglesa en el condado de Monmouth.  Resulta un poco grotesco el incidente, sobre todo porque por la timidez de uno y la vanidad del otro, cada cual recogió sus trastos y sin mediar palabra prosiguieron su camino. Si bien Russell, por los desperfectos de su montura, continuó su ruta en tren.

No eran infrecuentes las colisiones, según narran las crónicas de la época. En este caso, el matemático se paró para consultar un cartel. Estaba quieto y concentrado, por lo que no pudo oír los silbidos del dramaturgo, que tampoco pudo frenar, ni desviarse. ¿Torpeza, casualidad o maldad? Nunca lo sabremos. Pero Bernard Shaw persiguió al tren en el que se había montado Russell, y cada vez que paraba en una estación asomaba la cabeza con aire guasón.

Afirman algunos científicos que la bicicleta quizás haya sido la influencia más importante de los últimos cien mil años sobre la evolución humana, ya que la distancia de cortejo entre jóvenes se amplió (en 48 kilómetros), y por tanto, la posibilidad de que materiales genéticos de parejas distantes ahora pudieran fundirse: “hizo que los humanos ya no se limitaran a encontrar a su compañera sexual en la puerta contigua, sino que pudieran trasladarse a aldeas vecinas y mantener relaciones sexuales con la chica del pueblo de al lado”.

Yo todavía recuerdo al cura del pueblo de mi padre desplazándose en bicicleta. Quizás por esta razón, la de incrementar la eficacia de las empresas eucarísticas, no logro encontrar que la Iglesia prohibiera entonces el uso de la bicicleta. Pero descubro con estupor el siguiente basilisco de la Iglesia de la Nueva Era, que se autodenominan Cristianos Orgullosamente Conservadores de Uruguay, contra los “pecadores alicrados”:

(…) el hecho de salir en bicicleta se trata de un símbolo de estatus de clase dentro de la comunidad gay. Hacen gala de su liberalismo mostrando su parte trasera al resto del tráfico y usan nuestras carreteras y calles para su propio juego sucio de seducción con pantalones cortos ajustados (alicrados) mostrando a todo el mundo su mercadería y recortando el derecho a las personas normales de circular libremente con sus vehículos reales.

¡Menudo invento la bicicleta!

Recojo las reflexiones de Foucault sobre la ética, y deduzco que la bicicleta pudiera formar parte de las tecnologías del cuerpo, del cuidado de sí, del auténtico arte de vivir. Sobre este tema el filósofo francés reflexionó frecuentemente durante la etapa final de su vida. Creo que no fue un gay alicrado, pero sí supo buscar en la historia las técnicas que las personas han utilizado para transformarse, sobre todo en la Grecia clásica, a través de las diferentes técnicas de ascesis, gimnasia, etc., que se emplearon para fundir el placer con el buen gobierno de uno mismo y convertir la propia vida en una obra de arte.

En la antigüedad se hablaba del entrenamiento del alma, y se identificó el camino de paulatino perfeccionamiento del atleta con el del filósofo, en suma, con el del ser humano que se fabrica un cuerpo y un alma con la ayuda de sus amigos y compañeros de viaje. La filosofía o la reflexión ética sólo pueden realizarse desde la propia vida y se encamina a la transformación. Una imagen: dar pedales para ensanchar el corazón y el alma. Porque el hecho de montar una bicicleta y empezar a usarla habitualmente supone uno de los muchos cambios, sobre todo experiencias, que dotan de sentido a las reflexiones políticas y al modo sobre cómo una persona desea conducir su vida. Nada se construye sólo con reflexión, sino que el hacer, cambiar los hábitos, en suma, embarcarse en el entrenamiento de uno mismo, resulta imprescindible para usar la libertad, que empieza, claro está, por construirse un cuerpo y un intelecto que poco a poco va creciendo en autonomía.

Frente a la idea de bucear en uno mismo para reconocer un fondo de verdad, alguna esencia, identidad o raíz cuasi divina que nos reconozca como humanos universalmente semejantes, las tecnologías del yo nos ofrecen un fértil campo para experimentar la creación de un yo diferente o enfrentado a ese sujeto que la dominación social intenta modelar y supeditar a sus propios intereses. Por ello la experimentación resulta esencial, someter el cuerpo y la mente al juego de la imaginación, de la “iteración hipotética”, del extravío y la deriva.

La bicicleta nos ofrece la posibilidad de experimentar perspectivas, amistad, itinerarios, sudar, movernos con autonomía, perdernos en laberintos y lanzarnos cuesta abajo en busca de placer. Porque creo que resulta importante integrar ejercicio físico y mental, y nunca contemplarlos antitética o dipolarmente, sino como dos elementos integrados que coevolucionan. Puedo entender que aquellos sujetos tan espirituales que consideran que dentro de su cuerpo habita un homúnculo-alma que lo controla, no le presten interés a la alimentación, el ejercicio físico o a los placeres, porque no ven ninguna relación entre el cuidado del cuerpo y el del alma, no consideran que la vitamina D que penetra por su boca vaya a poder influir en ese espíritu hombrecito que conduce su cuerpo desde la glándula pineal, porque no está incontaminado de materia.

Pero parece más adecuado considerar que la escisión entre la materia y el espíritu no deja de ser una falacia, y que por tanto, la endorfina que generamos durante un pedaleo intenso de alguna forma va a influir en lo que somos, cómo nos comportamos, en qué creemos y qué deseamos. La bicicleta puede resultar de ayuda para ello, también correr, ejercitar el cuerpo nadando, hacer que la sangre se acelere y las neuronas se aneguen en vértigo. Quizás la bicicleta ofrezca algo más, por el hecho de poder convertirse en un medio de transporte, de convertirnos a nosotros mismos en viajeros solares en contra de la dominación de la economía fósil, a favor de un mundo donde la escasez ceda ante la plenitud de las vivencias.

El ciclista construye su propio cuerpo, lo transforma. Recupera la estirpe obliterada de los productores o de los proletarios, en contraste con el individuo consumidor que actualmente centra la atención de la sociología y del capitalismo esteta y pornográfico. El que fundamentalmente compra para dotarse de una identidad no construye su cuerpo, sino que lo viste o en el extremo, lo disfraza. Producir es otra cosa, ya sea en la fábrica, en el taller o ante el ordenador, el que produce transforma semiótica y materialmente la realidad y su propia persona. Por ello la bicicleta, o el deporte que se practica con finalidad transformadora, ayuda y diré que posibilita esa fabricación de un individuo diferente.

El acto de pedalear, la gimnástica y la ascesis entendida al modo griego, se enfrenta a la normalización, al hecho de que los cuerpos y los espíritus deban sujetarse a unos reglamentos o a unas condiciones específicas de salud, moral y deseos. El pensamiento o la cultura hegemónica –en el sentido que Gramsci le dio- poseen la enorme capacidad de transformar la contingencia que nos rodea y que beneficia a los poderosos, en algo que tendemos a considerar natural, consustancial al género humano y a la estructura política en la que habitamos. Contra esta naturalización se erige el productor, el ciclista, el que corre, siempre que evite perseguir la norma o la moda, cuanto menos haga depender su apuesta de la cesta o del poder de compra.

Por ello Z. Bauman, en “Modernidad líquida” nos compara los términos de “estar en forma” y de “estar sano”. Y comparto el énfasis que deberíamos poner en el segundo para empezar a construir nuestras personas: “’Estar sano’ significa en la mayoría de los casos ‘ser empleable’: estar en condiciones de desempeñarse adecuadamente en una fábrica, ‘llevar la carga’ del trabajo que rutinariamente pondrá a prueba la tolerancia física y psíquica del empleado.” En el caso que nos ocupa, poseer la salud y el cuerpo adecuado para soportar la transformación, desembarazarse del dominio y apostar por la autonomía. En cambio, “estar en forma” nos remite a adecuarnos a la norma, en seguir la alimentación prescrita o recomendada por las autoridades sanitarias, intentar adaptar la forma de nuestro cuerpo al molde preestablecido por la publicidad, consumir y comprar aquellos productos, regímenes, masajes y gimnasios que nos ayudarán a normalizar nuestro díscolo cuerpo, en suma, y en muchos casos, a resignarse a no poder alcanzar el objetivo heterónomo que la biopolítica del espectáculo nos presenta a todas horas como normalidad: frustración y victimización, porque “todos los que buscan estar en forma solamente saben con certeza que no están suficientemente en forma y que deben seguir esforzándose. Es un estado de perpetuo auto-escrutinio, auto-reproche y auto-desaprobación, y, por lo tanto, de ansiedad constante”. Pareciera que la búsqueda de la “forma física” se estuviera convirtiendo en un factor patógeno.

En la experiencia de sí creo que reside el arte de la vida, y en intentar convertir en arte todo lo que hacemos. Y el arte de montar en bicicleta, como el de correr o nadar nos puede ofrecer un campo abierto y pleno para desarrollar una parte de esa experimentación. Recuerdo que en su día afirmé lo siguiente sobre “¿Por qué corres?”:

La más humilde actividad humana posee un sentido, es decir, indicios que nos rebelan algo de la verdad de este mundo. Pero las más excelsas atesoran un mensaje más o menos complejo que hay que aprender a entender. Pero una novela, una poesía, una obra musical, no se entienden sin esfuerzo, precisan de una voluntad de comprensión. La mera observación, la sola percepción sensorial no reporta beneficio si no viene precedida de un aprendizaje, de un esfuerzo por querer comprender. Y este aprendizaje yo lo entiendo como un entrenamiento de lo humano, de aquello que nos define y nos identifica como seres dotados de lenguaje, que saben de la muerte, que buscan la trascendencia y que además trotan y saben agarrar cosas y lanzarlas. Y entiendo que el entrenamiento integral de lo humano resulta imprescindible para comprender lo que como humanos podemos entender y comprender de este mundo. No sólo entrenar el ojo para que la mente sea capaz de admirar una estatua, sino también el pie y el cuádriceps para que el oído sepa comprender la verdad que de este mundo expresa una sinfonía de Beethoven, que el Quijote me acompañe cuando respiro el olor de la jara al entrenar por un páramo mediterráneo.

Y proseguía así:

Entiendo que la rutina de adiestramiento del cuerpo resulta tan importante como la de la mente, evidentemente adaptada a los gustos personales, inquietudes, objetivos y capacidades. Y que dicha disciplina no se puede entender sin un sentido de mejora, sin unas aspiraciones. Que en el mundo literario se fraguan en el deseo de poder leer ciertos libros, o en lo musical de poder apreciar determinadas obras. Y que en el deporte, y en particular en el entrenamiento del correr deben existir esas mismas aspiraciones de mejora unidas al deseo de disfrutar cada vez más de esa y del resto de las actividades que como humanos realizamos. Y que el objetivo de ser mejores, en el que en suma aspiramos como humanos, no puede consistir en el deporte únicamente en no enfermar o no engordar, en vencer al prójimo, al igual que cuando leemos no deberíamos aspirar únicamente a ser más cultos que otros o consumir el mayor número de libros. Sino que debe existir más que un deseo de comparación con otros o de utilidad, una aspiración a la calidad que en suma significa ser capaces de encontrar un sentido al sacrificio, al esfuerzo del aprendizaje. Y precisamente lo más sorprendente del proceso del entrenamiento es que ese sentido lo encontramos en la propia comprensión que la práctica de la actividad nos reporta, ya sea del correr como del leer o escuchar música.

Para concluir de este modo:

¿Por qué corro? Pues porque deseo correr bien. También leo para leer bien. Y el pintor pinta para pintar bien. Lo que signifique ese bien yo no os lo puedo decir porque es algo que sólo se conoce cuando se comparte con otros la actividad que se practica. Para eso sirve la amistad y a ello se dedican todos los esfuerzos humanos en la creación, para crear vínculos de amistad. Se está en la verdad cuando se comparte y se crea un vínculo. El reconocimiento mutuo es la prueba de verdad, o de lo bien que se ha escrito un libro o interpretado una obra musical, de lo bien que Ulises y Diomedes han corrido juntos. Todas estas actividades se realizan para reconocernos socialmente y para establecer vínculos humanos, agruparnos y sentir bienestar de la cercanía de prójimos con los que compartimos un sentido, un placer o una interpretación. (…) Yo no corro para estar sano y fuerte. Yo deseo estar sano y fuerte para poder correr. Del mismo modo yo no quiero leer para ser más culto, deseo ser más culto para poder leer. Es decir, la salud y la cultura es algo que se consigue con múltiples actividades útiles que me sirven para al fin, en mis horas supremas y más gozosas, poder realizar actividades tan innecesarias como escuchar un cuarteto de Bela Bartok, leer una poesía de Hierro o correr por el campo.

En suma, el arte de correr, de montar en bicicleta, como el de la alimentación, la lectura, la producción o la amistad, cuya integral forma el magma en el que se fragua nuestra subjetividad como experimentación y deriva. O estas palabras extraídas de “El arte del entrenamiento”:

“Considero que la ciencia del entrenamiento deportivo de la resistencia es un arte, ya que ninguno de los modelos existentes ofrece unas pautas universales de actuación, ni mucho menos explican la complejidad de los mecanismos que están involucrados en el rendimiento atlético, por lo que una elevada dosis de creatividad, imaginación, azar y sentido artístico resultan imprescindibles para armar cada una de las recetas originales e individuales que conforman cada uno de nuestros planes de entrenamiento. Porque no hay que olvidar la especificidad de cada corredor popular, de cada atleta, de su historia y de su evolución atlética, factores que acreditan que cada cual deba buscar su propio camino de perfeccionamiento a partir del análisis de cómo hemos respondido y nos hemos adaptado históricamente a los impactos del entrenamiento. Y en esta búsqueda constante del mejor sistema, cada uno de nuestros cuerpos se conforma en el laboratorio donde cada cual experimenta en sí mismo diferentes rutinas y sesiones de entrenamiento, que tras la correspondiente auto-evaluación por el procedimiento de prueba-error nos va ofreciendo la guía sobre cómo entrenar”.

Recientemente he estado releyendo algunas cosas de Nietzsche, ese gran vitalista que comenzó a alumbrar, de las experiencias humanas del pasado, una genealogía de lo humano y del arte de vivir. Y en esas memorias que significan “Ecce homo” da cuenta de la importancia que las prácticas alimenticias poseen sobre el cuidado de si y la ética. Resulta esencial destacar que Nietzsche no recomienda un tipo de alimentación concreta, aún cuando simpatice con la del Piamonte -¿ya la dieta mediterránea?-, sino que expresa sobre todo la necesidad de experimentar, porque “cada uno tiene en estos asuntos su propia medida, situada de ordinario entre límites muy estrechos y delicados”. Y apuesta por entender la dietética no como una retahíla de prescripciones, sino como la institucionalización de un régimen de vida original y particular que sustituya las normatividades vigentes. Empezamos a comprender que el capítulo ‘Por qué soy tan inteligente’ de ‘Ecce homo’, con su dietética, constituye un verdadero tratado de filosofía posmetafísica. En la posmodernidad, filosofía y dietética se confunden: filosofar es construir el propio régimen de vida, en sus facetas más diversas, el modo singular de llevar la vida.”

Comparto estas reflexiones, y por ello considero que la nutrición, el pensamiento y la acción forman un vínculo que he intentado y sigo desentrañando con la experimentación y el estudio. Recuerdo estas palabras que daban inicio precisamente a “Salud y nutrición”:

Intentaré explicar cómo considero la relación entre la salud y la nutrición, y mi experiencia personal alrededor de este binomio. La enorme variedad de productos alimenticios, complementos nutricionales, ayudas ergonómicas que se ofrecen en los supermercados y las farmacias obligan a reflexionar para adoptar decisiones consecuentes, eficaces y económicas en torno a cómo nos vamos a alimentar en consideración a nuestra salud, estilo de vida y actividad física. He intentado mostrar mi experiencia con objeto de que pueda ser útil, no tanto por los resultados y contenidos específicos de mi alimentación actual, cuanto mejor por el modo de encarar el problema para buscar soluciones y explicaciones. No invento, ni he descubierto nada en materia de salud y de nutrición. Este texto no contiene nada novedoso que cualquier experto no conozca sobradamente y con mucho más detalle. Lo único original es mi experiencia concreta al respecto, el posible acierto en haber encontrado las fuentes adecuadas, y por supuesto, el haber incurrido en probables errores.

Para concluir este capítulo, recojo las palabras del sociólogo jamaicano Stuart Hall:

En vez de indagar sobre cuáles son las raíces de la gente, deberíamos pensar mejor acerca de sus itinerarios (…) ya que dichas rutas nos llevarán a lugares, sí, pero nunca a los mismos sitios.

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El deseo de leer

Algunos libros se convierten en fetiches. Instantáneamente, según se huelen, apenas leo unas pocas líneas, o se acarician. Los detecto sin ninguna duda, y nunca me han defraudado. Acabaré guardando en mi biblioteca unos cuantos libros, y estos serán únicamente mis fetiches preferidos. El resto lo almacenaré en el hiperespacio, sólo bites que concitaré a golpe de return. Alabada la red y el uso compartido de información electrónica. Pero que nadie toque mi pequeño mausoleo de libros analógicos.

¿Qué debe tener un libro para ser amado? Muchas cosas diferentes, y no siempre las mismas. No muy lejos, el viernes pasado caí otra vez hechizado. Una reedición de una colección que en su día publicó la editorial TANDEM, y que ahora saca a la luz FRONTERAD, unos libros sobre filosofía escritos por Maite Larrauri e ilustrados por Max, en concreto, el primero de la colección dedicado al deseo en la obra de Deleuze, sólo 100 páginas de magia y claridad expositiva.

En todos los amores, las circunstancias, el lugar, el ambiente aportan su aquello, en este caso METALIBRERIA, una tienda que sólo vende libros de ensayo, pensamiento, filosofía, una rara avis en el corazón de Chamberí y que desconozco a qué benevolentes designios debe que se pueda mantener como un emblema del pensamiento y la crítica.

Deleuze afirmaba que el filósofo se dedica a fabricar conceptos. En este aspecto el escritor francés brilló, aunque no nos lo puso nada fácil a los que nos acercamos a sus obras sin una preparación previa. “El Anti-Edipo”, “Mil Mesetas” o la misma “¿Qué es la filosofía?” (en colaboración con Guattari), son obras de lectura compleja, porque sus frases tienen la mala costumbre de tener que comprenderse recursivamente, y sólo cuando ya uno se ha adentrado prolijamente en los libros y se ha perdido, echa la vista atrás y reconoce que aquellos párrafos que antes no entendió comienzan a arrojar ahora algo de luz. Sus conceptos no se han elaborado taxonómicamente, comenzando por los sencillos y sumando ladrillos para construir los más complejos. Porque su rizoma conceptual no lo enraíza en tierra alguna, sino que lo sostiene como un sistema gravitatorio, únicamente en virtud de las relaciones entre ellos y no por obra de una etimología o una hermenéutica que los haga derivar de intuiciones claras.

El libro del que les hablo posee la extraordinaria virtud de hacer apetecible la lectura de Deleuze, de convertir en atractiva su perspicaz mirada, porque su análisis radical de la sociedad y del papel del pensamiento en la transformación de la vida y en la búsqueda de un nuevo arte de vivir posee enorme valor y actualidad.

Deleuze avanzó, entre otros pensadores, durante los años 70 del pasado siglo, muchos de los elementos constitutivos y delimitadores de nuestro actual mundo. Uno de ellos, que se ha consolidado como un hecho indiscutible, el que el conocimiento esté sustituyendo a la materia en el valor que las mercancías le ofrecen a la sociedad. Una especie de desmaterialización de la economía del conocimiento que está aconteciendo, entre otras cosas, por la exangüe cantidad de materia y energía que necesitan los bites para transmitirse.  Si no fuera por los nuevos cercamientos legales y coercitivos que los monopolios y los Estados le imponen a la libre difusión del conocimiento creando escasez artificial, el valor de uso de las mercancías hubiera crecido mucho más en relación a su valor de cambio, reportándonos muchos mayores beneficios.  

Pero recuerdo esta realidad porque deseo ir más allá de la abundancia que nos podría ofrecer la era digital, y lo quiero hacer sirviéndome del libro que reposa aquí al lado de mi ordenador. Es materia, qué duda cabe, y se ha confeccionado con recursos naturales, papel, tinta, pegamento, electricidad, entre otros muchos que hacen posible que haya llegado a una librería y lo pueda yo leer tranquilamente en mi sofá. Me recuerda que jamás nos vamos a poder desprender de la materia. Parece razonable.  Y deseable. Pero no sólo los bites poseen esa magia de la reproductibilidad casi infinita, también la materia, ese trozo de arte o reliquia que conservamos por puro placer y cuya única presencia, vista o tacto nos produce continuos placeres, como un libro, o cualquier otro objeto que cuidamos para que la entropía no nos lo arrebate, y en el que volcamos una parte de nuestro ser, porque en justa reciprocidad nos ofrecerá placer y va a formar parte de ese cosmos individual que todos anhelamos fabricar y al que Deleuze llamó DESEO.

Un nuevo bienestar que hay que aprender a extraer del flujo de los datos y de la información digital, pero también de la capacidad individual para saber sacarle placer a cada átomo de materia fabricada a través de su olor, su pura semiótica, la imaginación, las vivencias que nos pueden generar las cosas que poseemos y que compartimos, a través de su cuidado, de la reutilización, el reciclaje, la compraventa, el préstamo, la reubicación, la resignificación, etc, en suma, gracias a la generación artificial de abundancia en el que se basa todo verdadero arte de vivir.
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LA ABUNDANCIA DE LA VIDA

Que de una orquesta sinfónica emerja algo que traspasa la mera agregación de cada uno de los instrumentos que la forman, nadie que posea una mínima experiencia melómana podrá ponerlo en duda. Esa propiedad tan peculiar de los sistemas complejos –y no tanto- de hacer emerger acontecimientos que ni por asomo se pueden deducir de sus componentes individuales –en este caso instrumentales-, ayer pude volver a percibirla en la transubstanciación que se apoderó del Auditorio Nacional de Música durante la interpretación que Zubin Mehta nos ofreció de ese canto a la naturaleza y al ser humano que simboliza la Tercera Sinfonía de Gustav Mahler.

Y utilizo adrede el vocabulario nietzscheano por referir quizás la principal fuente de inspiración de esta sinfonía. Cuando Mahler comenzó a escribirla, Nietzsche acababa de comenzar también su peregrinaje por psiquiátricos y casas familiares de acogida ya poseído por la locura. Téngase en cuenta que comenzó a componerla bajo el título de “mi alegre sabiduría”, en referencia a La ciencia jovial del poeta y filósofo alemán.

Se habla del misticismo que respira la partitura, a veces, se la ha definido como el rezo de un agnóstico que dialoga con dios, y que por sus notas fluye un espíritu panteísta difícil de obviar y de no relacionar con ese otro judío universal, Spinoza. Mahler diría al respecto:

Apenas se puede decir que es música, son sonidos de la naturaleza. Es algo misterioso, se trata de la forma en que la vida va abriéndose camino gradualmente, saliendo de la inanimación, de la materia petrificada. En algún momento he pensado llamar a este movimiento ‘Lo que me dicen las montañas’. Y, a medida que la vida sube de estrato a estrato, toma formas cada vez más desarrolladas: flores, bestias, hombres, hasta la esfera de los espíritus, de los ángeles.

Mahler comentó incluso que su sinfonía no reflejaba la naturaleza, sino que había logrado introducirla dentro de su orquesta. En fin, en las obras mahlerianas, a diferencia de otras muchas, no escasean los comentarios, referencias, opiniones y descripciones, ya sea escritas por el propio compositor, como por sus amigos y contemporáneos. Todo ello forma un magma que sin duda debe nutrir y referenciar las escuchas que se realicen de la obra, y abrirla, cómo no, a múltiples e incluso contradictorias interpretaciones.

Ateniéndome a ello, yo no comparto la opinión de que Mahler refleje una atmósfera panteísta en la que dios se confunde con su creación, ni tampoco creo que sea una obra religiosa o mística en la estela de su predecesora, la sinfonía Resurrección.

A nadie le perturba ya el dictum nietzscheano de que “Dios ha muerto”. Sin embargo, se olvida con frecuencia su corolario, a saber, que también “el hombre ha muerto”. Y ello lo entendió tan bien Mahler que incluyó el poema que Zaratustra -el profeta de la muerte de dios- cantó para referirse a ello, el famoso epigrama que se abre con “¡Oh, hombre! ¡Oh, hombre!” y acaba con este enigma cantado por la contralto:

¡El mundo es profundo!

¡Más profundo de lo que pensaba el día!

¡Profundo es su dolor!

¡El deseo, más profundo que la pena del corazón!

Dice el dolor: ¡Perece!

Mas todo deseo anhela eternidad…

Anhela profunda, profunda eternidad.

Y por tanto, también poeta del übermensch, tan mal traducido como superhombre, y que mejor encajaría con trans-hombre, ultra-hombre, o “el hombre que va más allá del propio hombre”, y al que yo creo que está dedicada esta sinfonía que bien podría también situarse en el escenario abierto por la muerte del último hombre:

Mirad, yo os enseño el trans-hombre! El trans-hombre es el sentido de la tierra. Diga vuestra voluntad: ¡sea el trans-hombre el sentido de la tierra! ¡Yo os conjuro, hermanos míos, permaneced fieles a la tierra y no creáis a quienes os hablan de esperanzas sobreterrenales! Son envenenadores, lo sepan o no. Son despreciadores de la vida, son moribundos y están, ellos también, envenenados, la tierra está cansada de ellos: ¡ojalá desaparezcan!

Porque cuando dios muere, y con él sus profetas, qué otra cosa puede esperarse de un hombre que fue creado a imagen y semejanza de un moribundo. Precisamente este trans-hombre es el que emerge de la orquesta y el que con su último mensaje nos narra su propia creación, el mundo que sólo existe porque un ser humano lo ve, lo transforma y lo interpreta.

El espíritu que exhala Zaratustra es el de la abundancia. Continuamente se refiere a la virtud del regalo, al exceso que desborda, de la fiesta de la vida, la desmesura, la generosidad desmedida, de la copa cuyo néctar inunda el mundo: “Pero yo soy uno que regala: me gusta regalar, como amigo a los amigos”.

Y creo que esta sinfonía se lee mejor como el regalo que Mahler compuso en honor a este espíritu, al hombre ya libre que vive por y para la abundancia y que se transfigura en la melancolía del futuro: la sinfonía como anuncio, y también promesa de otro mundo, de un ser humano libre y al que la música le muestra el camino.

¿Por qué si no Mahler incluyó, después del canto anunciador del übermensch, un coro extraído del Des Knaben Wunderhorn, ese poema que anuncia, a través de la infancia, la venida de un mundo ahíto de alegría y abundancia?

Se traduce el título de este colosal poemario alemán como del cuerno mágico o maravilloso de la juventud, de la niñez o del muchacho, según las versiones. Pero realmente el Wunderhorn se refiere a algo que en su magia ofrece beneficios, una especie de cuerno de la abundancia, la famosa cornucopia latina, cuyo dibujo aparece en la primera edición del poema de Brentano y von Arnim, transformado en esta ocasión en el cuerno maravilloso del conde Oldenburg.

El espíritu jovial, placentero, festivo y generoso que destilan estos poemas los trasladaría Mahler también a su famosa colección de lieder, pero no pudo sustraerse en esta ocasión a la tentación de traer un poema ambiguo e infantil para anunciar la destrucción del cielo por un ser humano que se suicidó en el intento, no como una hecatombe, sino como un simple juego cargado de ingenuidad y también ironía:

¡Bim, bam!

Tres ángeles cantaban una dulce canción,

cuyas alegres notas resonaban en el cielo.

Tantos gritos de júbilo se oyeron

que hasta san Pedro quedó libre de sus pecados

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AGUA PASADA

Curioseaba el otro día entre papeles antiguos, borradores, esquemas, viejos textos dejados a medias, proyectos arrumbados, notas dispersas que en su día tomé para desarrollar temáticas o simplemente para no olvidar lúcidas ideas que al final quedaron borradas por la cotidianeidad, como cuando se viaja entre fotos añejas o recortes de prensa, una aventura por un pasado que en ocasiones cuesta considerar que resulta propio, que pertenece a ese sujeto ya canoso que husmea entre papeles que pudieran haber pertenecido a otro.

Y me topé con este texto que creo que merece la pena rescatar. Trata sobre el agua, un tema que veo muy lejano y al que ya no me une nada especial a nivel profesional. Es un texto que redacté para las personas que entonces eran responsables del diseño del pabellón de España en la EXPO de Zaragoza de 2008 sobre “Agua y Sostenibilidad”. Supongo que pidieron algo similar a otros “expertos” en la materia, ya que así denominan a las personas cuyo juicio se busca con urgencia para avalar con su nombre y prestigio las más descabelladas o absurdas propuestas políticas: recogen cromos-informes que después mezclan y del que aflora un proyecto respaldado por “los más preclaros expertos en la materia”.

Esta propuesta de “términos de referencia” posee un cierto tufillo de tecnócrata marisabidillo, y parte de la premisa de que el burócrata que entonces lo escribió debía convencer o ilustrar a unos responsables políticos poco duchos en la materia, por lo que el lenguaje debía ser cuidadoso y adaptado a las necesidades del medio. Entonces me dejé ilusionar por este puro espectáculo mediático, creyendo que tales festivales al menos podrían servir para “concienciar”, “cambiar los hábitos” y “responsabilizar”, si se los dotaba de cierto rigor expositivo en el deseo de transmitir ciertos valores o conceptos en torno a la gestión de un recurso tan imprescindible para todo como es el agua.

Así y todo creo que posee interés porque supone una rara avis en el marco del resto de los artículos que he escrito en este blog, y ello me congratula con la posibilidad que se le abre a todo sujeto de poder transformarse, de cambiar la piel con trabajo y sacrificio, y también, de poder liberarse de los lenguajes propios de la dominación y la autoridad burocrática. Existen frases, y algún que otro párrafo completo que actualmente no suscribiría, pero forman parte de una historia, o mejor, de una genealogía personal que me ha transformado, a trompicones y un poco a la deriva, sin pretensión alguna de convertirme en un individuo mejor, sino de mantener cierta coherencia. Y como se desprende de lo que afirmaba entonces y ahora no suscribiría, la coherencia no se entiende como un ejercicio de justificación, sino de adaptación de cada individuo al medio en el que decide o está obligado a vivir.

A nivel conceptual, creo que lo más destacable del artículo reside en la crítica que realiza al discurso dominante de la escasez, de que el agua se considere un bien escaso. Por ello creo yo que nadie le prestó la menor atención en su momento, a este texto que un tanto pretenciosamente titulé:

Consideraciones previas sobre la Exposición Universal como marco donde ubicar un discurso acerca del Agua y la Sostenibilidad en España

Las Exposiciones Universales nacieron con el objetivo de mostrar el progreso, el avance tecnológico de la humanidad por obra del esfuerzo de sus naciones y Estados. El optimismo tecnológico, la confianza en el crecimiento y mejora continua e indefinida, la fe en el progreso de la humanidad como fruto del conocimiento, están en la base de este tipo de exposiciones. Estos escaparates de los avances tecnológicos, y de los Estados que los impulsan, poseen todavía aquel resabio de sus orígenes, aunque con el tiempo han ido incorporando nuevos elementos de reflexión que han matizado aquel optimismo sin críticas.

Parece razonable que el pabellón español debiera recoger esta evolución hacia lo que hoy debe contener y exponer una Exposición Universal en torno al agua y la sostenibilidad. No parece lógico pecar de triunfalismo, ni lanzar un discurso ingenuamente optimista. Tampoco acongojar a los visitantes con un catálogo de problemas y de peligros que no parecen tener solución. Pero un discurso que no renuncie a exponer los problemas y sobre todo los diagnostique, resulta imprescindible para darle un tono adecuado al pabellón. Debería resaltarse que se están intentando encontrar soluciones, y que la vía para darle sentido al binomio agua y sostenibilidad involucra tanto a la tecnología como a la sociedad, al sistema económico y al marco institucional. La innovación que se precisa, por tanto, no sólo es tecnológica.

Habría que intentar huir del discurso tecnocrático, de hacer creer que la solución vendrá de los técnicos y que por arte de magia se implantará y será capaz de solucionar los problemas de la contaminación de las aguas, del crecimiento de la demanda o del cambio climático. Se constata que es el uso de la técnica por el poder tecnocrático y burocrático la que está destruyendo el mundo en el que vivimos. De ahí la necesidad de buscar una alternativa sostenible que no sólo deberá ser tecnológica, sino que deberá incidir en alterar las dinámicas de poder en torno a las decisiones, y modificar el marco económico e institucional donde se implantan las tecnologías. Por tanto, no fomentar en los visitantes la confianza ingenua y sedante en la técnica, sino intentar empujarles a la acción, conmoverles para que muevan el mundo y se den los cambios necesarios en las estructuras capaces de conducir a las tecnologías del agua hacia la sostenibilidad. De ahí que el mensaje debe seguir siendo optimista, o a lo menos, esperanzador, pero condicional al hecho de que realmente la sociedad sea capaz de evolucionar.

La sostenibilidad se logra cuando se da un equilibrio entre la eficiencia económica, la distribución de la riqueza y la conservación del medio ambiente. Por tanto, involucra a la tecnología, pero sobre todo a cómo se decide qué tecnologías se van a implantar, y si esas decisiones contemplan la distribución social del riesgo, de los perjuicios y los beneficios de cada posible solución. Por ello cobra tanta importancia la participación social en los procesos de decisión en torno al agua. Por varios motivos, porque las decisiones no sólo deben competer a los técnicos, porque lo que realmente está en juego es el reparto social de los beneficios y perjuicios del progreso, y sobre todo, porque el punto de equilibrio donde cada sociedad desea posicionarse en relación con el logro del desarrollo sostenible, en suma, el equilibrio entre crecimiento, reparto y conservación, es un lugar que la sociedad en su conjunto debe elegir. El término eficiencia cobra sentido a la luz de unos valores concretos y de unos objetivos de gestión establecidos previamente. Únicamente se es eficaz en relación a unas categorías axiológicas definidas previamente. Las situaciones en las que se da una sociedad sostenible, y por tanto, eficaz, son numerosos y no deberían ser precisamente los técnicos en exclusividad los que decidieran ni los valores ni los criterios de sostenibilidad, sino la sociedad en su conjunto. Y para ello la información rigurosa resulta esencial. Información, conocimiento que el pabellón español debería intentar ofrecer, y sobre todo, que anime a los visitantes a querer implicarse en las decisiones en torno al agua cuando regresen a sus hogares.

El pabellón español, por tanto, debería destacar cómo el reto global de la sostenibilidad de la política del agua se concreta en un reto local de nuestro país y de nuestras cuencas hidrográficas: singularidad de nuestra realidad hidrológica, de nuestros ecosistemas, de las presiones que reciben nuestras aguas, de las tecnologías e instituciones empeñadas en su gestión, etc. Hacer evidentes las principales relaciones causales que se dan en la gestión del agua y sobre todo los conflictos y campos de cooperación que se dan entre el bienestar, la tecnología y el medio ambiente. El mensaje debería incidir no tanto en el hecho de que existen soluciones, cuanto en componer buenos y sabios interrogantes. No se trata de convencer, ni de proclamar lo bien que se hacen las cosas, sino de confeccionar buenas preguntas en torno a los retos que debemos enfrentar. Y que esas preguntas y retos las asuman como propios los visitantes, que les demos herramientas e información para la reflexión y la acción social. No recetas, sino interrogantes y materiales para poder confeccionar sus propias respuestas.

El agua o la noria solar

El concepto clave para entender el agua como recurso natural es su carácter renovable. Si pretendemos generar conocimiento y llevar a cabo acciones en la dirección de asegurar la sostenibilidad de su uso, es decir, de que su existencia sea infinita, habrá que indagar en el significado del adjetivo renovable aplicado al agua, explicar cómo se renueva el agua y de qué factores depende la dinámica del ciclo del agua. En realidad, el agua que existe en nuestro planeta ni aumenta ni disminuye, sólo cambia de fase, de estado y de calidad. Nuestro impacto sobre el agua no provoca su gasto o su creación, sino su cambio: más o menos agua en los mares, en los casquetes polares, como vapor de agua en la atmósfera, en los acuíferos o fluyendo en la superficie en los ríos. En principio, el agua  se asemeja más a un recurso no renovable como el petróleo o los minerales, cuya dotación es dada. Pero a diferencia de la mayoría de los recursos renovables lo que la convierte en tal categoría no es su capacidad de autocrearse, como los árboles o los peces, sino el de poder modificarse a través de las diferentes fases del ciclo hidrológico.  La renovabilidad del agua dulce que fluye por los continentes, se debe a la capacidad de la misma agua para pasar infinitas veces por el mismo sitio. Y esa capacidad se la da la energía solar (que crea agua pura) y también la vida que ella misma atesora (que permite la autodepuración).

El metabolismo (endosomático) de la naturaleza se inserta en este ciclo, porque el agua en el que viven los organismos y el agua que todos beben, entra, se incorpora y sale, y por tanto, forma parte del ciclo hidrológico antes descrito. Pero también el metabolismo social (exosomático) que incorpora agua en sus procesos industriales y agrícolas, que no crean ni consumen agua, sino que sólo la transforman, acelerando, retrasando o perturbando el fluir natural del ciclo hidrológico. La gestión humana del agua por tanto, no es una gestión de la escasez, ya que siempre es la misma y nunca desparece, sino de las fases y calidades del agua en el ciclo hidrológico. El agua es limitada, pero puede dar muchas vueltas para presentarse infinitamente.

Todos los ciclos poseen una velocidad, y el agua de nuestro planeta posee unos tiempos de residencia medios en cada una de sus fases y estados. Ya que el agua total es constante, el hecho de que de forma natural haya más o menos agua dulce en nuestro planeta dependerá de la velocidad de circulación del agua entre sus fases. El símil del dinero puede resultar claro para entender este concepto: una misma cantidad de billetes en circulación sirven para comprar más o menos cosas en función de la velocidad de circulación, es decir, del número de veces que en un año un mismo billete pasa por las mismas manos. Y esta velocidad del ciclo del agua no ha sido constante en el tiempo y el propio ser humano puede alterarla, por ejemplo, por el cambio climático que estamos provocando.

El metabolismo social que se inserta en el ciclo natural del agua altera tanto la velocidad del ciclo hidrológico como la distribución y calidad de las fases del agua. En ningún momento el uso humano del agua deja de ser cíclico, porque el agua que sale de la naturaleza acaba llegando a ella y nuevamente al ser humano, pero nuestro metabolismo social, industrial y agrícola puede provocar, sobre la situación natural, incrementos del agua evaporada, de las infiltraciones, descensos de los niveles freáticos y por tanto de los drenajes subterráneos, contaminación, almacenamientos artificiales de agua y por tanto alteraciones en las velocidades de paso del agua entre fases, etc. La sostenibilidad obliga a adaptar nuestras alteraciones metabólicas sobre los ciclos del agua a las necesidades del medio ambiente y por tanto, a la necesidad que tiene la sociedad de abastecerse con agua de calidad, ya que aún precisamos del medio ambiente para poder usar agua de calidad, sobre todo para beberla. La calidad del agua se erige así en el principal parámetro para evaluar las políticas del agua y su sostenibilidad, ya que ese uso en cascada del agua a través del ciclo hidrológico y a lo largo de los ríos y de los acuíferos sólo puede verificarse si el propio medio ambiente hídrico mantiene una mínima calidad ecológica, ya que es ella la que hace útil el agua para los usos humanos, y por tanto, para nuestro bienestar y desarrollo económico.

Como el recurso renovable agua aparece de forma variable e impredecible, el ser humano ha sabido tanto adaptar su actividad a dichos azares como crear, a lo largo de la historia, tecnologías de control del ciclo del agua, en síntesis, de gestión la velocidad de circulación del agua en la naturaleza. La más evidente, por ser la más extendida en la actualidad, es la tecnología de regulación de ciclo del agua por medio de embalses, que consiste en crear depósitos artificiales de agua que detraen provisionalmente unos volúmenes de agua del ciclo natural. De forma similar a las pilas, los embalses acumulan aguas que serán utilizadas cuando las actividades humanas lo soliciten, ya que el flujo de necesidad de agua por parte de la sociedad no se ciñe exactamente a los flujos naturales variables e impredecibles de la naturaleza: sequías, inundaciones, etc. Si nos fijásemos únicamente en el caudal de agua de los ríos donde se ubican los embalses, su impacto sería el de alterarlos según sean los desacoples de la demanda social respecto al caudal natural. Por ejemplo, el uso del regadío que exige enormes volúmenes de agua en verano, precisará que los embalses acumulen agua en invierno, dejando sus ríos mermados, y los liberen en verano, época en que estos tramos de ríos llevarán mucha más agua que en condiciones naturales.

En cambio, la presencia de aguas en el subsuelo posee un régimen menos variable, ya que las aguas subterráneas, dependiendo del sustrato geológico donde se almacenen, ralentizan la velocidad del ciclo hidrológico. Pueden considerarse los acuíferos como enormes embalses subterráneos que se encuentran conectados con las aguas superficiales en dos extremos, el de la infiltración, que es su entrada de agua, ya sea de lluvia o de escorrentía, y el del drenaje, que actúa como si el acuífero poseyera un rebosadero que aporta agua del subsuelo hacia los ríos: cuanto más lleno se encuentra el acuífero más agua drena hacia las aguas superficiales. Esta es la causa por la que muchos ríos llevan agua en verano o cuando no llueve, porque transportan la que están vertiendo los acuíferos a los que están conectados. Por ello los ríos que poseen grandes acuíferos tienen un régimen hidrológico menos variable, porque parte de las lluvias se infiltran y no fluyen como escorrentía, se almacenan y van drenando de forma ralentizada, cumpliendo de forma natural la misma misión que satisfacen artificialmente los embalses. Un acuífero, por tanto, es un patrimonio natural que hace más fácil el acceso humano al agua. Cuando se afirma que en nuestro país se usan poco las aguas subterráneas se está olvidando esta función que cumplen, ya que para usar agua subterránea no resulta imprescindible perforar el subsuelo, basta con utilizar la que drena naturalmente hacia los ríos.

Sin embargo, cuando el ser humano desea acelerar la velocidad de uso de las aguas subterráneas, o emplearlas en lugares distintos donde estas drenan de forma natural, debe realizar pozos de extracción. Esta tecnología merma, a largo plazo, el volumen de agua embalsada en el acuífero (bajada del nivel freático) e incrementa, a corto plazo, la componente superficial del ciclo hidrológico. El límite que posee esta tecnología, como la de construcción de embalses, es el volumen de agua renovable de la cuenca, ya que un embalse, por muy grande que sea, no se llenará si las escorrentías que le llegan son muy bajas. Del mismo modo, si las extracciones de un acuífero se mantienen por encima del agua infiltrada, el acuífero se agotará. El agotamiento o la sobreexplotación de un acuífero provoca tres efectos perjudiciales: el primero, que los usuarios de los pozos cada vez deberán emplear mayor energía para extraer el agua (mayor coste económico ligado a la cada vez mayor profundidad de extracción); el segundo, que en un plazo el agua se agotará y ya no podrán utilizarla; y finalmente, que el descenso del nivel freático provocará que cada vez los drenajes de aguas subterráneas hacia los ríos sean menores hasta desaparecer, lo que provocará que los ríos se sequen en verano o cuando las precipitaciones sean escasas, incluso que éstos drenen hacia el acuífero, invirtiendo el sentido de funcionamiento del ciclo hidrológico en estos sistemas bajo sobreexplotación. Se podría ilustrar el caso de las Tablas de Daimiel, su funcionamiento natural y el actual por causa de la sobreexplotación del acuífero manchego. O la cuenca del Segura o del Júcar, donde de forma natural sus acuíferos aportan del orden del 70% del caudal de sus ríos, y que como consecuencia de la sobreexplotación de las aguas subterráneas la regulación natural se ha reducido drásticamente. Resulta sorprendente que estas cuencas estén hoy en día supliendo con embalses artificiales la carencia de regulación natural provocada por la sobreexplotación de sus acuíferos: vaciamos los embalses naturales subterráneos gratuitos y los sustituimos por costosas infraestructuras de almacenamiento superficial de agua.

No son estas las únicas tecnologías utilizadas. Por ejemplo, el reciclado y la reutilización de agua en la industria y las ciudades se está convirtiendo en una útil forma de generar nuevos ciclos de agua, nuevos bucles que aceleran la velocidad de uso del agua y por tanto, que una misma agua extraída del medio natural permita satisfacer mayores demandas hídricas. Pero la reutilización de aguas residuales siempre ha existido, ya que los usuarios situados aguas abajo de las cuencas siempre han utilizado parte de las aguas vertidas, ya utilizadas, por los consumidores situados aguas arriba. Mientras el medio ambiente hídrico sea capaz de aguantar estas presiones la biota presente en el agua será capaz de autodepurarla para que la pueda volver a utilizar la sociedad. En cambio, si superamos determinadas capacidades de carga, este precioso servicio ambiental dejará de poderse reciclar naturalmente. Esta nueva reutilización que ahora se aplica pretende que los nuevos usos de las aguas previamente utilizadas se realicen sin pasar por el medio ambiente hídrico. Como en el caso de la reutilización natural habrá que conservar la calidad del recurso, ya que la posibilidad de “darle vueltas” al agua sólo se podrá hacer si se asegura una calidad mínima. Por ello, el límite para la reutilización será tanto la calidad del recurso, que hasta ahora no permite la reutilización artificial para beber, como la evaporación, en la medida en que ésta supone una pérdida de recurso, no en términos absolutos, porque este agua precipitará en algún punto, sino en relación con el ciclo local del agua, porque el agua evaporada, por ejemplo en el regadío, no caerá, en general, en ese mismo regadío como precipitación.

La reutilización y el reciclaje de agua añaden un nuevo bucle al ciclo del agua, porque detraen un líquido que estará más o menos tiempo fuera del ciclo natural del agua. En el caso extremo del ciclo cerrado de reutilización sin pérdidas y sin vertido, esa detracción será para siempre, ya que el agua reutilizada estará dando vueltas “eternamente” entre el mismo o diferentes usos (habremos extraído a perpetuidad un agua del medio natural, o sea, sería como utilizar un recurso no renovable). En el caso de que existiera alguna perdida de evaporación, por ejemplo, esa agua debería ser repuesta desde el medio natural. Por ello, mediante la reutilización y el reciclaje, y si la demanda de agua permanece constante, se reduce la extracción de agua del medio natural, ya que sólo habrá que extraer las perdidas y los vertidos del ciclo artificial de reutilización del agua. Si la demanda de agua permanece constante, la reutilización mejora la gestión a nivel ambiental, ya que reduce el agua extraída de y vertida al medio natural. Aunque hay que tener en cuenta que no cambiará el balance total de agua, ya que el caudal del río, una vez verificado el vertido de aguas residuales, será el mismo tanto con reutilización como sin ella. En cambio, si la demanda se incrementa o se altera su composición entre usos, la posibilidad de reutilizar agua podrá incrementar el impacto ambiental. Supóngase un jardín o un campo de golf que no pudiera obtener una concesión de aguas del medio natural, y que se ofreciera a reutilizar el agua residual de un vertido. Ello provocaría la evapotranspiración del vertido en el riego y por tanto, que el río dejara de recibir el retorno de los vertidos depurados, con lo que mermaría su caudal de forma permanente. Por ejemplo, los ríos de Madrid sólo llevan caudal aguas debajo de las depuradoras, y si estas reutilizan sus aguas en el riego, los ríos de Madrid dejarían de llevar agua también en estos tramos.

Por ello, la mejor forma de realizar una gestión sostenible del recurso sería gestionando la demanda, de tal modo que todas las técnicas confluyeran en el objetivo común de satisfacer demandas humanas y respetar el medio ambiente hídrico. De tal modo que las únicas medidas que mejoran en términos absolutos el balance de agua es el ahorro o el reciclado, la reutilización de agua por el mismo usuario.

El agua que pueda utilizar la naturaleza dependerá de cómo insertemos esos bucles inherentes al metabolismo social del agua, en suma, de cuánta agua extraigamos del medio ambiente y cómo se la devolvamos, de dónde realicemos dichas detracciones y dónde los vertidos o evaporaciones inherentes a su uso. Un muestrario de estas tecnologías de regulación, y también de las estrategias humadas de adaptación al ciclo del agua, sería muy recomendable que se ilustrara en la exposición, en la medida en que España posee amplia experiencia en ello, de los beneficios, y de los impactos y riesgos de estas actividades tanto para el ser humano como para el medio ambiente.

El territorio, una vasija bañada por el agua

El agua se renueva de forma natural en una cuenca hidrográfica, que es el lugar donde se encuentran las fases atmosférica, superficial y subterránea del agua. La renovación del agua en cada cuenca no es constante ni en el tiempo ni en el espacio. A diferencia de otros recursos renovables, el agua es un flujo variable cuya distribución temporal y espacial, y cuya calidad, dependen de las características físicas y ecológicas de la cuenca hidrográfica y de sus condiciones meteorológicas, un complejo magma de interacciones que enlazadas en el tiempo provocan la aparición de un volumen de agua en un momento y en un punto del territorio de la cuenca, ya sea como un flujo de escorrentía, de evaporación, de infiltración o de drenaje subterráneo, cada una de las diferentes fases del ciclo hidrológico.

Sin embargo, una cuenca hidrográfica es un sistema abierto ya que ciertos flujos de agua atraviesan sus límites orográficos: rara vez la evapotranspiración de una cuenca coincide con su lluvia, lo que indica que existen flujos de vapor de agua entre cuencas y entre estas y el océano; o la misma existencia de acuíferos compartidos entre cuencas demuestra que a través del subsuelo ciertas aguas fluyen entre cuencas de forma natural. Pero una cuenca hidrográfica es un sistema natural que estructura el territorio según las direcciones de drenaje de sus aguas. La red de ríos de una cuenca hidrográfica cumple la misión ecológica de nuestros riñones, la de arrastrar, la de depurar y limpiar el territorio. Como una red de transporte los ríos ponen en conexión diferentes ecosistemas y zonas bioclimáticas, y transmiten energía, información, biodiversidad y materia. Por ello, las cuencas hidrográficas, aún siendo sistemas abiertos, confieren a sus territorios un sentido, una estructura: una cuenca hidrográfica es una red de vínculos a través del agua y de su capacidad para transportar sólidos y vida, para depurar, para disolver y mezclar. Es el agua la que ha orientado los territorios hacia el mar, la que ha hecho bascular la orografía hacia los océanos donde terminan las cuencas. Por todas estas razones la unidad de estudio y conocimiento del agua en el territorio y en la naturaleza debe ser la cuenca hidrográfica: un sistema abierto e integrado.

Cada cuenca se abre al exterior a las dos grandes coberturas fluidas y envolventes de nuestro planeta, los océanos en lo que desemboca y la atmósfera que la alimenta. La cuenca se haya expuesta al influjo de ambos medios, que actúan sobre ella de forma poco predecible. Pero la cuenca hidrográfica es capaz de transformar este influjo “azaroso” de lluvias, vientos, temperaturas y humedades en el orden estructurante de la red de drenaje de la cuenca, de modo que si bien resulta difícil predecir las tormentas, sí en cambio, se podrá saber con más precisión cómo la precipitación se va a transformar en una escorrentía o en una infiltración hacia el suelo y los acuíferos. La cuenca hidrográfica simplifica la complejidad del clima, y amortigua o concentra de forma más predecible los efectos de una tormenta, una sequía o el cambio climático según determinadas direcciones de flujo, superficies drenantes o medios porosos.

Muchas cuencas influyen a su vez en las zonas costeras y ayudan al diseño de las playas, al transporte de nutrientes, en suma, a conformar la ecología de estos medio marinos. Por lo que la tradicional visión de la cuenca como sistema continental debería ampliarse para contener estas zonas costeras que dejan sentir el influjo de las aguas que en ella desembocan. Algunas cuencas incluso afectan a su propio clima y crean la lluvia convectiva de la que continuamente se nutren, ya que se alimentan de la evapotranspiración que genera su propia vegetación. En España, por ejemplo, cada 3 gotas que llueven, 2 se evaporan, por lo que 1 gota adicional entra desde los mares que nos rodean.

El clima o la velocidad de giro de la ruleta

Cada cuenca hidrográfica, afectada por unas condiciones climáticas, transforma su precipitación en el agua que fluye por sus ríos y por sus acuíferos. La influencia es bidireccional, de tal modo que tanto las condiciones fisiográficas y biológicas de la cuenca afectan al clima propio, como a la inversa, que el clima influye sobre el territorio y los flujos de agua. Como decíamos, el agua en la naturaleza es limitada, y que tengamos más menos agua discurriendo por los ríos, por ejemplo, dependerá de la velocidad del ciclo hidrológico, de la velocidad de esa noria que transforma agua marina y transpiración en vapor y éste en precipitación que escurre por el territorio hacia lo océanos. Menos velocidad significa menos agua líquida sobre los continentes.

El motor de esta rueda es el sol y su capacidad para calentar los océanos y las plantas. Cualquier elemento que altere la radiación solar, y en concreto, la radiación medida sobre la superficie terrestre, alterará la velocidad del ciclo del agua, y por tanto, del agua a la que potencialmente podrá acceder el ser humano.

El sistema climático global se haya acoplado al ciclo hidrológico, de tal modo que no podrían entenderse por separado. Pero el clima y el agua se hacen patentes de modo singular en cada cuenca hidrográfica. El clima aporta una velocidad de giro particular al ciclo del agua de cada cuenca hidrográfica. Como el mecanismo de un reloj, cada noria climática gira a la velocidad particular de cada cuenca hidrográfica y entre todas hacen girar las manecillas del ciclo climático e hidrológico global. Cualquier alteración en el giro de uno de esos engranajes podría afectar al todo. No digamos si esa alteración resulta global y afecta a todas a la vez, tal y como el cambio climático está provocando. Ello producirá una aceleración de las manecillas del reloj, y por tanto, más vapor de agua y más lluvias por efecto del calentamiento global. Pero como cada noria climática e hidrológica sufrirá una alteración diferente por la radiación solar que sobre ella incide, y como su giro se verá a su vez afectado por el de las norias adyacentes, podrá ocurrir que a pesar de que las manecillas aceleren su velocidad, haya algunas que se ralenticen, soportando condiciones climáticas de mayor aridez. Al fin, más que de un reloj, o de una noria hidrológica, estaríamos hablando casi de una ruleta que acciona la propia sociedad con sus emisiones de gases de efecto invernadero.

Resulta necesario hacer patente este juego de azar, sus implicaciones sociales y económicas, el diferente grado de responsabilidad de quienes lo provocan y se benefician, y las estrategias para evitar sus consecuencias: intentar parar la ruleta y adaptarse a sus posibles consecuencias.

Hay que hacer palpable la atmósfera a lo largo de la exposición, sus conexiones con el agua y cómo la sociedad las afecta a ambas. Los conceptos de ciclo, retroalimentación, acoplamiento, globalidad, etc. deben estar aquí muy presentes. Se debe sentir que las personas se funden con la atmósfera y el agua, con el territorio de las cuencas, y que la acción voluntaria de los seres humanos afecta al clima, al agua y  nuevamente a nosotros.

El agua pública, entre el patrimonio y el recurso

El agua no se consume con su uso, no se gasta cuando se la utiliza, porque los agentes sociales y económicos sólo la incorporan transitoriamente a su metabolismo, y en igual cantidad que la tomaron será expulsada, con una cierta demora temporal, y eso sí, alterada posiblemente en sus condiciones de calidad, estado y fase. En ningún momento el agua es consumida por el metabolismo social, como sí lo son una hogaza de pan o un litro de gasolina. El agua que riega una planta se transforma en tejido de la planta, en transpiración, en evaporación o en infiltración. Nada se gasta ni se pierde, porque incluso el agua estructural de la planta acabará en algún río cuando haya sido consumida en algún proceso. Por ello, el agua es un bien público, porque su uso deja la misma agua potencialmente asequible para otro usuario. Evidentemente, según las condiciones de uso, la siguiente reutilización podrá ser más o menos dificultosa a nivel de coste energético, pero aquí contamos con la inestimable ayuda del sol y su capacidad para hacer más fácil el acceso al agua útil para el ser humano.

Por estas razones, el agua resulta asimilable a la categoría de los bienes públicos, como lo son la atmósfera, los océanos, los paisajes, el arte o el conocimiento científico, entre otros muchos. Todos estos bienes podrán ser degradados o contaminados, e incluso apropiados individualmente en competencia con otros, pero nunca se gastarán con su uso, ni tan siquiera por aquellos que pretenden usarlos en exclusividad, ya que toda el agua consumida acabará saliendo de alguna manera. Incluso si algún usuario pudiera reciclar absolutamente toda su agua ésta seguiría existiendo, potencialmente útil para cualquier otra actividad.

Muchos bienes públicos no son un recurso, sino un patrimonio, es decir, no se los usa para obtener una mercancía, sino que su utilidad reside en su sola presencia o admiración: la biodiversidad, las obras de arte, el paisaje, la salud, la seguridad, la cultura, etc. En cambio, otros son usados por diferentes agentes para confeccionar un bien, un producto final que se vende en el mercado. El agua es patrimonio, en cuanto paisaje o naturaleza, pero también recurso que puede ser degradado o transformado con su uso, y por tanto, dificultar que terceras personas puedan acceder a él. Mientras esa degradación resulte asumible por el agua o por la atmósfera, la mejor manera de acceder al bien sería el libre acceso: así gestionaban las aguas los romanos y así se ha gestionado la atmósfera hasta nuestros días, hasta que el cambio climático nos ha obligado a tomar decisiones en común sobre reparto de emisiones de gases de efecto invernadero. El conflicto aparece cuando la degradación puede ser intensa y el bien público perder calidad. Si el recurso no es patrimonio, el mercado podría solventar la competencia por usarlo asignando un precio acorde con esa degradación al que el usuario somete al recurso. Pero este método no funciona por sí solo cuando el bien público, además de recurso es un patrimonio, porque la sociedad debe establecer unos límites a esa degradación acordes con la función que ese bien cumple en la naturaleza y en la sociedad.

Resulta, por tanto, imprescindible la implicación de la sociedad en la gestión del agua tanto para salvaguardarla como patrimonio como por el hecho de que el ser humano la precisa para vivir, porque estamos hablando también, en suma, de una necesidad básica, o de un derecho humano, como lo ha reconocido recientemente la ONU. Este carácter múltiple del agua como bien limitado, público, patrimonial y básico, y el de ser a su vez un recurso económico y productivo debe quedar patente en todo discurso en torno a ella. Y como estamos hablando de un patrimonio que estamos degradando, deben quedar claras las causas y las consecuencias de dicho proceso, así como la distribución social de los beneficios y perjuicios de tal deterioro, ya que dicha información resulta crucial para que la sociedad adopte decisiones. La sostenibilidad, por tanto, es un proceso de reconocimiento social de esta realidad plural y compleja del agua, una llamada a la participación social en los procesos de decisión, un alentar a los técnicos a que ofrezcan alternativas e implicaciones sociales de cada tecnología y un alegato a favor de instituciones públicas competentes que sean capaces de aplicar la ley y llevar a cabo las ediciones pactadas socialmente. Todo este encaje tecnológico, ambiental, patrimonial, económico, social e institucional debe quedar patente también en la exposición.
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Aquellas y estas escuelas

Las arquitecturas se sustentan sobre una base material de hormigón, cristal y acero que configura un espacio estético y una estructura convivencial, un cuerpo social en el que habitan y fluyen las personas. A pesar de los años transcurridos desde que se creó la tecnología de la escuela, la arquitectura educativa sigue consistiendo en una acumulación de espacios cúbicos donde sucesivas hileras de pupitres se orientan hacia un profesor que oficia ante una pizarra. Que el encerado sea ahora electrónico, los pupitres un poco más ergonómicos, que exista un aula de informática y ya no haya crucifijo, que la autoridad del maestro haya caído en barrena o que los libros sean más o menos ilustrados, no ha alterado un sistema de aprendizaje heterónomo, centralizado y monoaural en el que unos espectadores más o menos motivados intentan asimilar los ecos de la tradición entre unas paredes que ahora, más que antes, encierran un espacio de ficción absurdo en relación con la realidad social y cultural a la que los chavales se enfrentan cuando salen a la calle y se conectan a las redes.

La escuela era el primer escalón del aprendizaje del operario fabril, el lugar donde se empezaba a realizar la selección de roles de la gran pirámide social en la que el capitalismo fordista ejercía su férula. Pero el sistema se ha ido transformado en eso que se ha venido en denominar el capitalismo cognitivo, y a pesar de ello, la escuela apenas se ha apercibido del cambio cultural que supone que los trabajadores deban aplicar sus capacidades intelectuales y cooperativas, más que su fuerza bruta, para producir las nuevas mercancías de la sociedad del conocimiento. No me situaré ahora en el extremo de defender que la educación, como afirmaba el anarquista y pedagogo catalán Ferrer (asesinado en la prisión de Montjuic en 1909), debiera asumir el papel de “combatir cuantos prejuicios dificulten la emancipación total del individuo, y para ello adopta el racionalismo humanitario que consiste en inculcar a la infancia el afán de conocer el origen de todas las injusticias sociales para que, con su reconocimiento pueda luego combatirlas y oponerse a ellas”, pero es que ni incorpora el objetivo de formar mínimamente en la consolidación misma de una sociedad que ya fluye por otros derroteros.

Miro hacia mis tiempos escolares y contemplo la sucesión paulatina de bifurcaciones a través de las cuales el sistema educativo nos iba clasificando y separando en una inmensa cadena de cribas que se sucedían desde el gran embudo inicial hasta los más preciados granos de la élite social: al final todos salíamos del sistema etiquetados, no sólo en virtud de la titulación, sino también sobre nuestra personalidad, aptitud, moral, etc. Un traje del que muchas personas han sido incapaces de desembarazarse a lo largo de toda su vida. Lo que entonces se podía concebir –por supuesto no por todos- como una cadena que nos ataba a un sistema del que disentíamos y contra el que sólo se podía luchar arrancándonos las etiquetas de la escuela y fabricándonos otro traje muy distinto, ahora, sin embargo, la mera supervivencia de muchas personas no va a depender, como antes, de conservar el uniforme escolar, sino en asumir un aprendizaje vital y laboral al que la escuela de hoy en día presta muy poca atención.

De entre las muchas carencias, y sobre todo, malformaciones que nos impone la escuela actual, la de su incapacidad para mostrar a los chavales cómo se puede trabajar en grupo, las virtudes de la cooperación, la participación, la vida en comunidad o las decisiones en asociaciones y asambleas, me parece de las más alarmantes.

Todavía en las aulas se eligen a los delegados de curso, una farsa que sólo sirve para justificar que vivimos en una sociedad democrática donde hasta los más pequeños pueden participar en las decisiones comunes. Pero en lugar de aprender a participar y a debatir, a cooperar con toda la clase para alcanzar algún tipo de objetivo común, el proceso resulta realmente desmotivador, porque en ningún momento se contempla durante el aprendizaje escolar el que los niños experimenten las herramientas y los conceptos básicos del trabajo cooperativo. Recuerdo las asambleas interminables, vociferantes y plagadas de insultos y malos modos, los intentos de manipulación de los más espabilados, y sobre todo, el pasotismo generalizado que inducía un medio supuestamente democrático en el que nadie creía, que se afronta como un mero trámite y que desalienta el trabajo futuro en comunidad de los alumnos. O los trabajos en grupo que los profesores a veces encargaban, y que acababan casi siempre por convertirse en un ritual de lo que en el futuro nos iba a deparar el mundo laboral, el trabajo aprovechado de unos, la inocencia de otros, el injusto reparto del premio/nota entre los trabajadores, la casi imposible capacidad de repartir el trabajo y la responsabilidad por medios diferentes al dominio, la manipulación o el simple dejar hacer.

Al final, del sistema escolar los jóvenes salen escaldados de todo lo que significa cooperar, dotados de las herramientas rabiosamente individualistas, y sobre todo, el recelo marcado a fuego, que se supone van a resultarle verdaderamente útiles para afrontar su formación universitaria y el mercado de trabajo. Como si sólo pudieran existir dos mundos, el real y eficaz de la jerarquía y la cadena de explotación, y por otro lado, el de la comuna, el amor libre y el todo vale en el que consideran que se reduce todo proceso de toma de decisiones y de cooperación que no esté basado en la disciplina, la autoridad, la obediencia y un organigrama plagado de jefes y responsabilidades.

Comparto este diagnóstico: “No se sabe cómo armar un grupo, a quién convocar para que el proyecto tenga éxito, cómo trabajar desde la diversidad, cómo ordenar las intervenciones y la producción de ideas, cómo registrarlas para contemplar la totalidad de opiniones, cómo incorporar al proyecto saberes de distinta índole, cómo sintetizar una gran variedad de ideas, opiniones y conocimiento en una propuesta realizable y poder concretar una planificación para su implementación”

Todo esto debería enseñarse y sobre todo, practicarse en la escuela. Comprendo que durante muchos años esto se haya evitado porque resultaba contraproducente en relación con el sistema de poder y sobre todo, con el tipo de sistema productivo que imperó en occidente hasta hace bien poco tiempo. Pero aunque sólo sea por cumplir el objetivo tan pretenciosamente cacareado de formar buenos profesionales, el hecho de que los jóvenes deban afrontar su errática y nómada vida en la posmodernidad líquida y precaria en la que van a vivir, sin poseer una mínima experiencia en cooperación, diálogo, exposición de opiniones, confección de discursos, manejo de emociones, por ejemplo, me resulta enormemente peligroso para ellos y contraproducente para todos. El momento histórico y tecnológico que debemos afrontar ahora, nos guste o no, es el de la creatividad, la continua innovación, las redes de conocimiento, el procomún, el cerebro social, etc., un mundo en el que tanto las mercancías como nuestro bienestar van a depender cada vez más de la gestión comunal de saberes y de la aplicación de inteligencia, para lo que resulta imprescindible no tanto ser un magnífico especialista, sino poder cooperar y trabajar en equipos multidisciplinares compartiendo experiencia a través de redes de diálogo y comunicación en el que las jerarquías procedimentales tienden a diluirse.

Desde esta lógica, ya sí, aquel discurso de Ferrer, que compartí con vosotros, posee una rabiosa actualidad, precisamente la de poner sobre el terreno de juego las relaciones entre educación, cultura y política, ya que que a pesar de las redes y los conocimientos compartidos, de la cooperación cibernética, el afán de los poderosos por seguir basando sus prerrogativas en la generación artificial de escasez y en el domino sobre los medios de producción, en concreto, sobre las redes y los derechos de propiedad intelectual, deberá ser debidamente contrarrestado por el uso contrario y beligerante de esas mismas tecnologías de la comunicación y el conocimiento, para que no se conviertan, claro está, en herramientas de dominio y explotación de nuestras mentes.
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