EL ARTE DE LA BICICLETA

Ya había dado por concluida la serie de “Ensayo sobre las dos ruedas”. Pero añado un capítulo que insertaré en algún lugar de lo que estoy considerando convertir en libro electrónico.

Aquí va…

Ilustración de Max en “Filosofía para profanos”

Una plácida tarde del mes de septiembre de 1895 Bernard Shaw y Bertrand Russell colisionaron con sus bicicletas, mientras circulaban por una alegre campiña inglesa en el condado de Monmouth.  Resulta un poco grotesco el incidente, sobre todo porque por la timidez de uno y la vanidad del otro, cada cual recogió sus trastos y sin mediar palabra prosiguieron su camino. Si bien Russell, por los desperfectos de su montura, continuó su ruta en tren.

No eran infrecuentes las colisiones, según narran las crónicas de la época. En este caso, el matemático se paró para consultar un cartel. Estaba quieto y concentrado, por lo que no pudo oír los silbidos del dramaturgo, que tampoco pudo frenar, ni desviarse. ¿Torpeza, casualidad o maldad? Nunca lo sabremos. Pero Bernard Shaw persiguió al tren en el que se había montado Russell, y cada vez que paraba en una estación asomaba la cabeza con aire guasón.

Afirman algunos científicos que la bicicleta quizás haya sido la influencia más importante de los últimos cien mil años sobre la evolución humana, ya que la distancia de cortejo entre jóvenes se amplió (en 48 kilómetros), y por tanto, la posibilidad de que materiales genéticos de parejas distantes ahora pudieran fundirse: “hizo que los humanos ya no se limitaran a encontrar a su compañera sexual en la puerta contigua, sino que pudieran trasladarse a aldeas vecinas y mantener relaciones sexuales con la chica del pueblo de al lado”.

Yo todavía recuerdo al cura del pueblo de mi padre desplazándose en bicicleta. Quizás por esta razón, la de incrementar la eficacia de las empresas eucarísticas, no logro encontrar que la Iglesia prohibiera entonces el uso de la bicicleta. Pero descubro con estupor el siguiente basilisco de la Iglesia de la Nueva Era, que se autodenominan Cristianos Orgullosamente Conservadores de Uruguay, contra los “pecadores alicrados”:

(…) el hecho de salir en bicicleta se trata de un símbolo de estatus de clase dentro de la comunidad gay. Hacen gala de su liberalismo mostrando su parte trasera al resto del tráfico y usan nuestras carreteras y calles para su propio juego sucio de seducción con pantalones cortos ajustados (alicrados) mostrando a todo el mundo su mercadería y recortando el derecho a las personas normales de circular libremente con sus vehículos reales.

¡Menudo invento la bicicleta!

Recojo las reflexiones de Foucault sobre la ética, y deduzco que la bicicleta pudiera formar parte de las tecnologías del cuerpo, del cuidado de sí, del auténtico arte de vivir. Sobre este tema el filósofo francés reflexionó frecuentemente durante la etapa final de su vida. Creo que no fue un gay alicrado, pero sí supo buscar en la historia las técnicas que las personas han utilizado para transformarse, sobre todo en la Grecia clásica, a través de las diferentes técnicas de ascesis, gimnasia, etc., que se emplearon para fundir el placer con el buen gobierno de uno mismo y convertir la propia vida en una obra de arte.

En la antigüedad se hablaba del entrenamiento del alma, y se identificó el camino de paulatino perfeccionamiento del atleta con el del filósofo, en suma, con el del ser humano que se fabrica un cuerpo y un alma con la ayuda de sus amigos y compañeros de viaje. La filosofía o la reflexión ética sólo pueden realizarse desde la propia vida y se encamina a la transformación. Una imagen: dar pedales para ensanchar el corazón y el alma. Porque el hecho de montar una bicicleta y empezar a usarla habitualmente supone uno de los muchos cambios, sobre todo experiencias, que dotan de sentido a las reflexiones políticas y al modo sobre cómo una persona desea conducir su vida. Nada se construye sólo con reflexión, sino que el hacer, cambiar los hábitos, en suma, embarcarse en el entrenamiento de uno mismo, resulta imprescindible para usar la libertad, que empieza, claro está, por construirse un cuerpo y un intelecto que poco a poco va creciendo en autonomía.

Frente a la idea de bucear en uno mismo para reconocer un fondo de verdad, alguna esencia, identidad o raíz cuasi divina que nos reconozca como humanos universalmente semejantes, las tecnologías del yo nos ofrecen un fértil campo para experimentar la creación de un yo diferente o enfrentado a ese sujeto que la dominación social intenta modelar y supeditar a sus propios intereses. Por ello la experimentación resulta esencial, someter el cuerpo y la mente al juego de la imaginación, de la “iteración hipotética”, del extravío y la deriva.

La bicicleta nos ofrece la posibilidad de experimentar perspectivas, amistad, itinerarios, sudar, movernos con autonomía, perdernos en laberintos y lanzarnos cuesta abajo en busca de placer. Porque creo que resulta importante integrar ejercicio físico y mental, y nunca contemplarlos antitética o dipolarmente, sino como dos elementos integrados que coevolucionan. Puedo entender que aquellos sujetos tan espirituales que consideran que dentro de su cuerpo habita un homúnculo-alma que lo controla, no le presten interés a la alimentación, el ejercicio físico o a los placeres, porque no ven ninguna relación entre el cuidado del cuerpo y el del alma, no consideran que la vitamina D que penetra por su boca vaya a poder influir en ese espíritu hombrecito que conduce su cuerpo desde la glándula pineal, porque no está incontaminado de materia.

Pero parece más adecuado considerar que la escisión entre la materia y el espíritu no deja de ser una falacia, y que por tanto, la endorfina que generamos durante un pedaleo intenso de alguna forma va a influir en lo que somos, cómo nos comportamos, en qué creemos y qué deseamos. La bicicleta puede resultar de ayuda para ello, también correr, ejercitar el cuerpo nadando, hacer que la sangre se acelere y las neuronas se aneguen en vértigo. Quizás la bicicleta ofrezca algo más, por el hecho de poder convertirse en un medio de transporte, de convertirnos a nosotros mismos en viajeros solares en contra de la dominación de la economía fósil, a favor de un mundo donde la escasez ceda ante la plenitud de las vivencias.

El ciclista construye su propio cuerpo, lo transforma. Recupera la estirpe obliterada de los productores o de los proletarios, en contraste con el individuo consumidor que actualmente centra la atención de la sociología y del capitalismo esteta y pornográfico. El que fundamentalmente compra para dotarse de una identidad no construye su cuerpo, sino que lo viste o en el extremo, lo disfraza. Producir es otra cosa, ya sea en la fábrica, en el taller o ante el ordenador, el que produce transforma semiótica y materialmente la realidad y su propia persona. Por ello la bicicleta, o el deporte que se practica con finalidad transformadora, ayuda y diré que posibilita esa fabricación de un individuo diferente.

El acto de pedalear, la gimnástica y la ascesis entendida al modo griego, se enfrenta a la normalización, al hecho de que los cuerpos y los espíritus deban sujetarse a unos reglamentos o a unas condiciones específicas de salud, moral y deseos. El pensamiento o la cultura hegemónica –en el sentido que Gramsci le dio- poseen la enorme capacidad de transformar la contingencia que nos rodea y que beneficia a los poderosos, en algo que tendemos a considerar natural, consustancial al género humano y a la estructura política en la que habitamos. Contra esta naturalización se erige el productor, el ciclista, el que corre, siempre que evite perseguir la norma o la moda, cuanto menos haga depender su apuesta de la cesta o del poder de compra.

Por ello Z. Bauman, en “Modernidad líquida” nos compara los términos de “estar en forma” y de “estar sano”. Y comparto el énfasis que deberíamos poner en el segundo para empezar a construir nuestras personas: “’Estar sano’ significa en la mayoría de los casos ‘ser empleable’: estar en condiciones de desempeñarse adecuadamente en una fábrica, ‘llevar la carga’ del trabajo que rutinariamente pondrá a prueba la tolerancia física y psíquica del empleado.” En el caso que nos ocupa, poseer la salud y el cuerpo adecuado para soportar la transformación, desembarazarse del dominio y apostar por la autonomía. En cambio, “estar en forma” nos remite a adecuarnos a la norma, en seguir la alimentación prescrita o recomendada por las autoridades sanitarias, intentar adaptar la forma de nuestro cuerpo al molde preestablecido por la publicidad, consumir y comprar aquellos productos, regímenes, masajes y gimnasios que nos ayudarán a normalizar nuestro díscolo cuerpo, en suma, y en muchos casos, a resignarse a no poder alcanzar el objetivo heterónomo que la biopolítica del espectáculo nos presenta a todas horas como normalidad: frustración y victimización, porque “todos los que buscan estar en forma solamente saben con certeza que no están suficientemente en forma y que deben seguir esforzándose. Es un estado de perpetuo auto-escrutinio, auto-reproche y auto-desaprobación, y, por lo tanto, de ansiedad constante”. Pareciera que la búsqueda de la “forma física” se estuviera convirtiendo en un factor patógeno.

En la experiencia de sí creo que reside el arte de la vida, y en intentar convertir en arte todo lo que hacemos. Y el arte de montar en bicicleta, como el de correr o nadar nos puede ofrecer un campo abierto y pleno para desarrollar una parte de esa experimentación. Recuerdo que en su día afirmé lo siguiente sobre “¿Por qué corres?”:

La más humilde actividad humana posee un sentido, es decir, indicios que nos rebelan algo de la verdad de este mundo. Pero las más excelsas atesoran un mensaje más o menos complejo que hay que aprender a entender. Pero una novela, una poesía, una obra musical, no se entienden sin esfuerzo, precisan de una voluntad de comprensión. La mera observación, la sola percepción sensorial no reporta beneficio si no viene precedida de un aprendizaje, de un esfuerzo por querer comprender. Y este aprendizaje yo lo entiendo como un entrenamiento de lo humano, de aquello que nos define y nos identifica como seres dotados de lenguaje, que saben de la muerte, que buscan la trascendencia y que además trotan y saben agarrar cosas y lanzarlas. Y entiendo que el entrenamiento integral de lo humano resulta imprescindible para comprender lo que como humanos podemos entender y comprender de este mundo. No sólo entrenar el ojo para que la mente sea capaz de admirar una estatua, sino también el pie y el cuádriceps para que el oído sepa comprender la verdad que de este mundo expresa una sinfonía de Beethoven, que el Quijote me acompañe cuando respiro el olor de la jara al entrenar por un páramo mediterráneo.

Y proseguía así:

Entiendo que la rutina de adiestramiento del cuerpo resulta tan importante como la de la mente, evidentemente adaptada a los gustos personales, inquietudes, objetivos y capacidades. Y que dicha disciplina no se puede entender sin un sentido de mejora, sin unas aspiraciones. Que en el mundo literario se fraguan en el deseo de poder leer ciertos libros, o en lo musical de poder apreciar determinadas obras. Y que en el deporte, y en particular en el entrenamiento del correr deben existir esas mismas aspiraciones de mejora unidas al deseo de disfrutar cada vez más de esa y del resto de las actividades que como humanos realizamos. Y que el objetivo de ser mejores, en el que en suma aspiramos como humanos, no puede consistir en el deporte únicamente en no enfermar o no engordar, en vencer al prójimo, al igual que cuando leemos no deberíamos aspirar únicamente a ser más cultos que otros o consumir el mayor número de libros. Sino que debe existir más que un deseo de comparación con otros o de utilidad, una aspiración a la calidad que en suma significa ser capaces de encontrar un sentido al sacrificio, al esfuerzo del aprendizaje. Y precisamente lo más sorprendente del proceso del entrenamiento es que ese sentido lo encontramos en la propia comprensión que la práctica de la actividad nos reporta, ya sea del correr como del leer o escuchar música.

Para concluir de este modo:

¿Por qué corro? Pues porque deseo correr bien. También leo para leer bien. Y el pintor pinta para pintar bien. Lo que signifique ese bien yo no os lo puedo decir porque es algo que sólo se conoce cuando se comparte con otros la actividad que se practica. Para eso sirve la amistad y a ello se dedican todos los esfuerzos humanos en la creación, para crear vínculos de amistad. Se está en la verdad cuando se comparte y se crea un vínculo. El reconocimiento mutuo es la prueba de verdad, o de lo bien que se ha escrito un libro o interpretado una obra musical, de lo bien que Ulises y Diomedes han corrido juntos. Todas estas actividades se realizan para reconocernos socialmente y para establecer vínculos humanos, agruparnos y sentir bienestar de la cercanía de prójimos con los que compartimos un sentido, un placer o una interpretación. (…) Yo no corro para estar sano y fuerte. Yo deseo estar sano y fuerte para poder correr. Del mismo modo yo no quiero leer para ser más culto, deseo ser más culto para poder leer. Es decir, la salud y la cultura es algo que se consigue con múltiples actividades útiles que me sirven para al fin, en mis horas supremas y más gozosas, poder realizar actividades tan innecesarias como escuchar un cuarteto de Bela Bartok, leer una poesía de Hierro o correr por el campo.

En suma, el arte de correr, de montar en bicicleta, como el de la alimentación, la lectura, la producción o la amistad, cuya integral forma el magma en el que se fragua nuestra subjetividad como experimentación y deriva. O estas palabras extraídas de “El arte del entrenamiento”:

“Considero que la ciencia del entrenamiento deportivo de la resistencia es un arte, ya que ninguno de los modelos existentes ofrece unas pautas universales de actuación, ni mucho menos explican la complejidad de los mecanismos que están involucrados en el rendimiento atlético, por lo que una elevada dosis de creatividad, imaginación, azar y sentido artístico resultan imprescindibles para armar cada una de las recetas originales e individuales que conforman cada uno de nuestros planes de entrenamiento. Porque no hay que olvidar la especificidad de cada corredor popular, de cada atleta, de su historia y de su evolución atlética, factores que acreditan que cada cual deba buscar su propio camino de perfeccionamiento a partir del análisis de cómo hemos respondido y nos hemos adaptado históricamente a los impactos del entrenamiento. Y en esta búsqueda constante del mejor sistema, cada uno de nuestros cuerpos se conforma en el laboratorio donde cada cual experimenta en sí mismo diferentes rutinas y sesiones de entrenamiento, que tras la correspondiente auto-evaluación por el procedimiento de prueba-error nos va ofreciendo la guía sobre cómo entrenar”.

Recientemente he estado releyendo algunas cosas de Nietzsche, ese gran vitalista que comenzó a alumbrar, de las experiencias humanas del pasado, una genealogía de lo humano y del arte de vivir. Y en esas memorias que significan “Ecce homo” da cuenta de la importancia que las prácticas alimenticias poseen sobre el cuidado de si y la ética. Resulta esencial destacar que Nietzsche no recomienda un tipo de alimentación concreta, aún cuando simpatice con la del Piamonte -¿ya la dieta mediterránea?-, sino que expresa sobre todo la necesidad de experimentar, porque “cada uno tiene en estos asuntos su propia medida, situada de ordinario entre límites muy estrechos y delicados”. Y apuesta por entender la dietética no como una retahíla de prescripciones, sino como la institucionalización de un régimen de vida original y particular que sustituya las normatividades vigentes. Empezamos a comprender que el capítulo ‘Por qué soy tan inteligente’ de ‘Ecce homo’, con su dietética, constituye un verdadero tratado de filosofía posmetafísica. En la posmodernidad, filosofía y dietética se confunden: filosofar es construir el propio régimen de vida, en sus facetas más diversas, el modo singular de llevar la vida.”

Comparto estas reflexiones, y por ello considero que la nutrición, el pensamiento y la acción forman un vínculo que he intentado y sigo desentrañando con la experimentación y el estudio. Recuerdo estas palabras que daban inicio precisamente a “Salud y nutrición”:

Intentaré explicar cómo considero la relación entre la salud y la nutrición, y mi experiencia personal alrededor de este binomio. La enorme variedad de productos alimenticios, complementos nutricionales, ayudas ergonómicas que se ofrecen en los supermercados y las farmacias obligan a reflexionar para adoptar decisiones consecuentes, eficaces y económicas en torno a cómo nos vamos a alimentar en consideración a nuestra salud, estilo de vida y actividad física. He intentado mostrar mi experiencia con objeto de que pueda ser útil, no tanto por los resultados y contenidos específicos de mi alimentación actual, cuanto mejor por el modo de encarar el problema para buscar soluciones y explicaciones. No invento, ni he descubierto nada en materia de salud y de nutrición. Este texto no contiene nada novedoso que cualquier experto no conozca sobradamente y con mucho más detalle. Lo único original es mi experiencia concreta al respecto, el posible acierto en haber encontrado las fuentes adecuadas, y por supuesto, el haber incurrido en probables errores.

Para concluir este capítulo, recojo las palabras del sociólogo jamaicano Stuart Hall:

En vez de indagar sobre cuáles son las raíces de la gente, deberíamos pensar mejor acerca de sus itinerarios (…) ya que dichas rutas nos llevarán a lugares, sí, pero nunca a los mismos sitios.

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