Sobre La Melgosa

A este pequeño pueblo conquense de La Melgosa le quiero dedicar esta descripción fruto de mi cariño por este lugar y por sus tierras aledañas.

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Dicen que el nombre de La Melgosa deriva de ser un lugar de mielgas o de cultivo de alfalfa, esa leguminosa que procedente de Persia sirvió para alimentar a los caballos, y en general, al ganado, y que ofrece también el beneficio de fijar nitrógeno en el suelo, y por tanto, de ser utilizada como planta forrajera en la rotación de cultivos. Puede ser, porque en La Melgosa abundan los cultivos de secano y la ganadería fue una actividad importante en estas tierras a caballo entre el llano y la serranía.

Sin embargo, yo deseo pensar que su nombre procede del adjetivo melosa, por el color melífero que el atardecer impregna en la piedra caliza. Por ejemplo, en El Corralón, una formación pétrea muy karstificada en forma de anfiteatro romano, y sobre la que los atardeceres proyectan un casi mágico color de miel. Allí dicen que aun crían las zorras a sus cachorros, entre sus múltiples recovecos, que también fueron utilizados para esconder el contrabando, unas raposas que aún se atreven a visitar las casas cercanas. O mejor aún, porque, quizás, por aquí vivía también aquella melosa que alegraba las siestas de estío al obispo de Cuenca, cuando se retiraba a sus dominios de La Mota. Como fuere, La Melgosa es un precioso topónimo para tan singular enclave.

Ya no quedan mielgas en La Melgosa, un municipio que cultiva ahora, principalmente, girasoles y cereales de secano, y algunas huertas cuidadosamente labradas a lo largo de la margen izquierda del Río Moscas, y que usan sus aguas durante el período estival (Comunidad de Regates de La Melgosa). Son huertas de esmerado lustre y primorosos cuidados, que reciben las aguas del Moscas a través de unos canales que se nutren del caz y del azud que en su día derivaba las aguas hacia el molino harinero del municipio. Dicen que estas aguas poseen un punto tan perfecto de salinidad, que no hay tomates ni pepinos tan lustrosos, tiernos y sabrosos en ningún otro lugar de Cuenca.

Tampoco quedan apenas ovejas merinas, que tuvieron su importancia en el pasado, por su apreciada lana, y que pastaban tanto en el llano, como en las laderas de la serranía, toda una infraestructura de caminos, tinadas, majadas, corrales y abrigos rocosos (oquedades de formaciones calizas en las hoces del Portillo, San Miguel y Chiquilla) de la que todavía quedan vestigios. Por aquí pasaba la Ruta de la Lana que conectaba las tierras productoras de paños con las ferias de Medina del Campo y Burgos, y cuyos mejores vellones, previamente lavados a orillas del Río Moscas, finalmente acababan en los puertos norteños para su exportación a Flandes e Inglaterra.

Ahora La Melgosa es una pedanía de la ciudad de Cuenca, situada a unos 7 kilómetros (una legua). En 1969 cedió su soberanía municipal, junto con la vecina localidad de Mohorte, a la ciudad de Cuenca. Aunque situada muy cerca de la capital, la realidad del municipio dista mucho de parecerse a la de la ciudad de la que depende, un cierto abandono que se refleja en la vida cotidiana y en los planes de futuro del municipio. Yo apoyaría un movimiento de secesión e independencia de la vecina Cuenca, que luchara por recobrar su soberanía y los derechos perdidos. La Melgosa merece tener su propio ayuntamiento.

El municipio de Cuenca ha sido muy voraz a lo largo de su historia, y ha incorporado a su término municipal nada menos que 8 pueblos, con ninguno de los cuales posee continuidad urbanística. En el mismo año de 1969, cuando Cuenca absorbe La Melgosa y Mohorte, también la capital intentó incorporar a Palomera y a Buenache, pero sus respectivos plenos municipales se negaron. Resulta también sorprendente que la ciudad de Cuenca posea tan enorme extensión de terreno público, sobre todo monte y bosques que la destacan como, quizás, la ciudad europea con mayor superficie arbórea, pero que también convierte al término municipal de Cuenca en un laberinto difícil de interpretar y recorrer, salpicado de islas, recovecos y discontinuidades. Porque en el año 1177, el rey castellano Alfonso VIII, donó a la recién conquistada ciudad de Cuenca un vasto territorio forestal que alcanza las provincias de Teruel y Guadalajara, las tierras que actualmente poseen la mayor riqueza paisajística, natural y forestal de toda la provincia.

En referencia a La Melgosa, Pascual Madoz afirmaba a mediados del siglo XIX:“El terreno disfruta de monte y llano, la parte Norte comprende los cerros de Palomera, que son abundantes en leña”. En cambio, en la actualidad, esos terrenos de monte que alcanzan la divisoria con Palomera en el cordal del Socorro, pertenecen a este municipio, y no a La Melgosa. ¿Fueron antaño terrenos públicos de La Melgosa que se cedieron a Palomera? ¿Cuándo? ¿Por qué razón? Si uno pasea por estos lugares agrestes y de espectacular belleza, se advierte que el acceso a los fondos de los valles (los barrancos de San Miguel, Portillo y Chiquilla) es muy difícil, si no imposible, desde Palomera, y que desde La Melgosa existen caminos que con mayor o menor dificultad penetran en ellos. Casi todo este terreno es monte público, lugares que ofrecían abundante pasto al ganado merino. Ahora lo salpican muchos letreros que indican que nos hallamos en cotos privados de caza. Incluso el fondo de la impresionante Hoz del Portillo (o del Buey) es de propiedad privada.

Lamentablemente, La Melgosa ahora apenas posee monte público, únicamente una dehesa (encinas y coscojas y quejigos) situada al sur del municipio, de apenas 104 hectáreas, ubicada entre los caminos de Calaminares y de la Fuente del Saz. Y en la serranía situada enfrente, sorprende, como ya hemos destacado, que todos los valles (hoces y barrancos) que caen hacia el sur desde la Sierra del Socorro, no pertenezcan a La Melgosa, sino a Palomera, que queda al otro lado del cordel. Estas zonas, por supuesto, fueron utilizadas históricamente, tanto a nivel de pasto para el ganado, como fuente de silvicultura y de caza. Reflejo de ello es la cantidad de tinadas casi destruidas que salpican su territorio. O los cotos privados de caza. Porque el ganado lanar y la limpieza de la lana fueron actividades históricas de gran calado que se realizaron y dieron fama a La Melgosa y otros municipios situados en las márgenes del Río Moscas.

Recuérdese que en dicho río, durante las primeras décadas del siglo XVII, fue el regidor conquense Pedro de Rábago, el propietario más destacado de estos lavaderos. Sin embargo, ciertas fuentes delatan que este sujeto actuaba únicamente como un agente o testaferro del genovés Juan Lucas Palavesín, lo que parece verosímil, porque recordemos que los genoveses controlaban también otros muchos lavaderos de lana de la Península Ibérica.

Unos años antes de que Madoz publicara su diccionario geográfico-estadístico, el Marqués de la Ensenada emprendió en 1749 su catastro del Reino de Castilla, en el que también se refiere a La Melgosa con gran detalle. En concreto, establece el valor aproximado de la producción de cebada, cáñamo, trigo, centeno, avena, escaña, nabos, judías y garbanzos; la de miel, con unas 250 colmeneas, de las que 38 pertenecían a Julián Recuenco; y lana y queso que se producía “con generosidad gracias a una punta de ganado de 1.706 cabezas”. Se identifica también “un horno de pan de cozer” y un molino harinero propiedad de las monjas franciscanas de la Concepción. También una taberna, un cura, un sacristán, escribano, cirujano, marcador de medidas, predicador de Semana Santa y tres maestros de tejer lienzos, lo que nos informa de que en La Melgosa, no sólo habría ovejas, y hasta lavaderos de lana, sino también telares para confeccionar tejidos de lana. Por ello el censo finaliza con estas palabras amenazantes “en este dicho lugar no hay pobre de solemnidad”.

Y digo amenazantes, porque este primer censo de la historia de España se confeccionó para poner en pie una hacienda pública fiscalizadora, y por tanto, con el objetivo de averiguar, con pesquisas detectivescas, qué producía la gente, qué riqueza había en los pueblos, y en consecuencia, saber con detalle cuánta renta fiscal podría extraerse para financiar a la monarquía ilustrada hispana. Y no es de extrañar, que en consonancia con estas premisas, muchas personas se negaran a dar información, o directamente, engañaran. Las personas idearon multitud de estratagemas con ese fin, y los funcionarios fiscalizadores también pesquisas y métodos de verificación para evitar las ocultaciones o desviaciones. Por lo que parece, los melgoseros no fueron entonces muy listos con el fisco, y los funcionarios se congraciaron así con aquel comentario caustico sobre la ausencia de pobres en La Melgosa.

La ganadería ovina de estos pueblos era gestionada por afamados pastores que según las épocas del año, las lluvias y el estado de los pastos, paseaban el ganado entre el llano y la sierra por sus abundantes caminos, o emprendían la trashumancia en invierno hacia los pastos del Sur. Téngase en cuenta que por la provincia de Cuenca pasan tres cañadas reales de la Corona de Castilla: la conquense, que parte del sur de Teruel (Sierra de Albarracín), atraviesa Cuenca y se divide en dos ramales, el de Ciudad Real (Valle de Alcudia) y el jienense (Sierra Morena); la murciana y la valenciana. En concreto, la Cañada Real Conquense o de los Chorros, que atraviesa Cañada del Hoyo, sube a Los Palancares, pasa por Buenache y la famosa Dehesa de Cotillas, y que tras atravesar Palomera e internarse en la ciudad de Cuenca por la hoz del Huécar, deriva hacia el Río Moscas por el actual trazado de la N-420 hasta Villar de Olalla, muy cerca de La Melgosa.

Pero la riqueza de la lana en estas tierras se vio truncada a partir de la epidemia de peste del año 1588, que mermó la población de la ciudad de Cuenca hasta 1.500 habitantes. Y sucesivamente, las plagas de langosta y la subida del precio de la lana, lo que acabó arruinando la producción lanar conquense. Fue tal el declive de la provincia, que el Consejo de la Mesta le encargó al conquense Miguel Caxa de Leruela que analizara y evaluara tan grave crisis, para hallarle remedio. En sus números destaca que en el año 1600 Cuenca produjera 400.000 arrobas de lana, frente a las 8.000 del año 1631.

Con el fin de revertir la situación, en 1679 se creó la Real y General Junta de Comercio, con el objetivo de promover la producción y la industria conquense, lo que motivó la llegada de artesanos e industriales extranjeros. Por ejemplo, del holandés Hubert Marechal de Hainault, que instaló varias fábricas de lanería en Cuenca, origen de la importante industria de alfombras y paños que caracterizó a Cuenca durante muchos lustros, a pesar de las repetidas crisis que ha sufrido a lo largo de los últimos 200 años. Sería más que probable considerar que en relación muy estrecha con el auge y declive de la industria de la lana en la ciudad de Cuenca, los rebaños de merinos, la riqueza y los lavaderos de lana (en el río Moscas) de los pueblos cercanos, como el de La Melgosa, se vieran también afectados. Considérese que, en consonancia con esta evolución, en el año 1970 La Melgosa apenas contaba ya con 1.200 ovejas.

Otro hito fundamental para entender estas vicisitudes de la industria de la lana, se produce alrededor de 1750, cuando los telares conquenses pierden el monopolio de la fabricación de libreas para la Corte, lo que en consonancia con el cierre de la Fábrica de la Moneda de Cuenca (en 1728) produjo una crisis que sólo consiguió superarse cuando en 1774, el arcediano y obispo conquense Antonio Palafox Croy restablezca la manufactura local, gracias a la contratación de artesanos valencianos y a los privilegios que consiguió de la Corona para sus trabajadores, el que quedaran exentos del servicio militar. Sirva el dato de que ya en 1780 existían en la provincia de Cuenca unos 6.700 ganaderos de merinas, con un total de 700.000 cabezas de ganado, lo que se consideraba, sin embargo, una cifra escasa en relación con otras regiones ganaderas de Castilla.

Esta fábrica de alfombras y tapices se construyó en el mismo lugar en el que estuvo la Ceca conquense, aprovechando así su óptima situación hidráulica para mover su maquinaria, frente al puente de San Antón, al lado del molino de Santiago, hoy convertido en central eléctrica. Hay que recordar que la primera fábrica de la Moneda estuvo, desde el siglo XV, en la actual calle de la Moneda, pero que Felipe IV, en el siglo XVII, tras visitar Cuenca y Palomera, la ubicó en su nuevo enclave del Río Huécar, tras comprarse unos terrenos que pertenecían al Hospital de Santiago. La fábrica superó las vicisitudes de las guerras napoleónicas y fue Fernando VII quien, tras visitar la ciudad, le dio el título de Real Fábrica en el siglo XIX.

Las alfombras y paños conquenses fueron muy afamados, herederos de las artesanías musulmanas, sus “azules turquesas” eran únicos y su renombre alcanzó lejanos lugares. En la actualidad pueden observarse algunos ejemplos en el Museo Diocesano. No sólo la Real Fábrica, sino más de 50 telares operaban en Cuenca en el año 1800. De todo ello nada queda ya. El año 1954 marcó el punto final de esta actividad lanera, cuando el 23 de julio se incendió y quedó arrasada la Real Fábrica de Alfombras y Tapices.

No resulta descabellado pensar que en La Melgosa se criaran ovejas merinas que ofrecerían su materia prima a esta potente industria, y que en sus lavaderos del río Moscas se iniciara el primer paso de la transformación del vellón en bello tapiz. José de Villavisiosa, en 1615, ya nos deleitó en su poema “La Mosquera”, sobre esta actividad lanera en el Río Moscas, y también nos recordó cómo esta primera fase de producción y lavado no era suficientemente bien remunerada, y por tanto, que la fama de las alfombras se la llevara Cuenca en detrimento de los pueblos que, como La Melgosa, producían la materia prima:

Parte de Júcar la corriente ufana

porque éste con la suya la hace rica

y tanta gloria por el mundo gana

que tan solo su nombre se publica:

tiene la fama de lavar la lana

Júcar; mas la verdad nos certifica

que suele el Moscas arrancar las sacas

y no dejar por donde pasa estacas.

Bien sabe quien ampara mis renglones

(porque le cuesta cara la experiencia)

que ha visto acumulados los vellones

elevarlos su raudal sin resistencia…

los finos y estimados horetones,

que ensaca el español para Florencia;

mil veces lleva y deja en mil temblores

al dueño, lavadero y lavadores.

Por Cuenca, y quiero pensar que también por La Melgosa, no han pasado sólo ovejas, sino multitud de pueblos a lo largo de su historia. Se dice que por estas tierras también se instalaron los concanos, de los que quizás deriva el nombre de la capital, Cuenca, feroz pueblo que se alimentaba exclusivamente de sangre de caballo mezclada con leche. Estos y los lobetanos, debieron fundirse con los celtíberos y luego con los romanos, que dejaron dos huellas de su paso por La Melgosa: un pequeño y coqueto puente sobre el Río Moscas (junto a la N-420 y que ahora se estaba restaurando con tan penoso resultado que una campaña popular de protesta ha provocado la paralización de la sobras), muy similar al de la ciudad romana de Valeria, y la fuente del Arca (o del Sol), escondida entre juncos muy cerca del polígono industrial.

Aquí en Cuenca se recuerda mucho a los romanos, tanto en el distante yacimiento de Segóbriga, como en los más cercanos de Valeria (a 33 kms de La Melgosa) y de la Villa romana de Noheda (a 25 kms), en la que se ha encontrado un magnífico mosaico de época imperial. Valeria llama la atención por su privilegiada situación, en la proa de dos cañones calcáreos, sobre todo por la hoz abierta y recoleta a la que se asoman sus casas colgadas, que resulta de una serenidad casi renacentista. La compleja red de canales que traen sus aguas, combinada con una densa red de aljibes, nos muestra la maestría del genio romano para manejar el agua, que se expresa, sobre todo, en el espectacular ninfeo, del que sus imponentes ruinas nos hacen presagiar su monumentalidad.

La Melgosa se sitúa también en el Camino de Santiago, que en este tramo se identifica plenamente con la Ruta de la Lana (final de la primera etapa que comienza en Monteaguado de las Salinas), que utilizaban los peregrinos de la costa oriental (Valencia y alrededores) para desplazarse hasta Burgos y conectar con la principal ruta jacobea, el Camino Francés. Y también en coincidencia con ello, la existencia de un apeadero ferroviario de la línea que une Cuenca con Valencia y que pasa por Utiel. Una línea hoy casi abandonada (tan sólo pasanan dos trenes al día) y que la Administración quisiera recuperar en calidad de tren turístico. Aunque a fecha de mayo de 2021 la línea haya sido cancelada, dicen que como consecuencia de los estragos que la tormenta Filomena provocó en toda la provincia en el mes de enero de 2021. Nos tememos que esto sea una escusa para cerra una nueva línea de FFCC en España, y quizás convertirla en vía verde.

Como se ha comentado, por La Melgosa pasa el Río Moscas, afluente del Júcar, que recoge las aguas de las escorrentías, manantiales y surgencias que descienden de la Sierra de la Pila o del Socorro. Nace en la localidad de Fuentes, de unos sumideros kársticos situados en el mismo lecho del río, algunos de los cuales se pueden apreciar junto al puente medieval de esta localidad.

En Fuentes recibe las aguas del arroyo de San Juan, que nace cerca de Cañada del Hoyo, pero a este lado del Puerto del Rocho (1.150 metros), que hace de divisoria con la cuenca del Río Cabriel, cuyo afluente, el Río Guadazón, recoge los manantiales de sus famosas torcas. El Río Moscas, por el contrario, va recogiendo paulatinamente las aguas del Barranco de la Hoz (Mohorte), de las Torcas de los Palancares (fuente del Rollo), de la Hoz de San Miguel, Hoz Chiquilla, del Barranco del Portillo (o del Buey) y toda una suerte de vallejos. De mención obligada, la disposición, entre Fuentes y Mohorte, de su complejo lagunar (laguna Negra y de Los Cedazos), por elevación de su nivel freático, un lugar de gran valor natural y ecológico que hoy empieza a conocerse mejor, quizás también por la existencia cercana de importantes yacimientos paleontológicos.

Sorprende que un río de tan corto recorrido siempre lleve agua, a diferencia del Huécar (de 15 kms), su primo-hermano, precisamente por su importante regulación subterránea. Sin embargo, aquél se lleva casi toda la fama de ser el segundo río de Cuenca, por haber formado la famosa y espectacular Hoz del Huécar, donde se sitúan las casas colgadas. El Huécar, desde la vertiente norte de la Sierra del Socorro (nace cerca de Palomera, en la Hoz del Barranco), y el Moscas por la sur, parecen dos ríos mellizos, hermanados por ceder sus aguas al Júcar casi a la vez, pero de tan distinta condición.

El Río Moscas apenas posee 18 kms de recorrido, de este a oeste, hasta Cuenca (paralelo a la N-420), donde cederá sus aguas al Júcar en el barrio de la Fuente de Oro. Nace cerca del valle del Río Cabriel, a su vez afluente del Júcar tras formar el embalse de Contreras, y discurre por una cuenca sedimentaria de relleno a los pies de la Serranía de Cuenca, que se levanta muy cerca al norte. Es un río sorprendente, que discurre en sentido contrario al Júcar, y al que siempre se le reconoció fama por sus truchas, sus lavaderos de lana y por poseer aguas ricas y limpias, pero con un toque de sal.

De este río y de sus riberas, quedó enamorado el Canónigo de la Catedral de Cuenca, D. José de Villaviciosa, arcediano de Moya, inquisidor de Cuenca y primer Señor de Reíllo, rapsoda irónico y burlesco que en 1615 editó su extenso poema “La Mosquera”, inspirado en sus paseos por el Río Moscas.

entre las dulces aguas en que abunda

con leves cursos y corriente recia;

la que sus campos fértiles fecunda;

el salado cristal que tanto precia

del río Moscas, grande en el provecho,

que a Júcar paga el caudaloso pecho.

Se dice que el Júcar se veía muy favorecido por la llegada del Moscas, por sus aguas cristalinas llenas de truchas y de cangrejos. Muchas personas todavía recuerdan la abundancia de crustáceos y cómo se los atrapaba por las noches con la truculencia del carburo y más tarde, de las linternas.

Hoy La Melgosa cuenta con unos 150 habitantes. Desde tiempos de Madoz este número no ha variado mucho, a pesar de las migraciones y de las sucesivas crisis que se abatieron sobre sus actividades productivas. Pero la cercanía a Cuenca y su fácil comunicación con la capital, quizás sea la causa de que haya mantenido su población, ya que una parte de sus vecinos trabajan en Cuenca, y otra, aun teniendo vivienda en la capital, mantienen aún la de su pueblo. También creo que a los melgoseros les pasa lo mismo que al burro de Buridán, que entre Madrid y Valencia, situadas a igual distancia, muchos hayan optado por no decidir dónde emigrar, y se hayan quedado finalmente en su casa. Y como resulta habitual en tantos pueblos del país, durante los veranos La Melgosa también incrementa considerablemente su población, que alcanza hasta los 400 habitantes.

En La Melgosa destaca el porte de la Iglesia de la Asunción, que posee una pila bautismal románica. Y un mural del pintor conquense Víctor de la Vega, paisajista, muralista y dibujante que se especializó en inmortalizar los grandes lugares y personajes históricos de su provincia, con esa mezcla de realismo y cierta abstracción tan propia del arte de la posguerra. Se levanta sobre un pequeño promontorio que protege a la población de los vientos del Este.

Cuenca fue parte de la retaguardia republicana durante toda la Guerra Civil, y nunca fue frente de combate. La columna del anarqusta Cipriano Mera fue quien ayudó a liberar Cuenca de los golpistas. Se recuerda aún en La Melgosa el día en que varios milicianos pretendieron quemar diversos objetos litúrgicos de su Iglesia, y cómo una vecina salvó de las llamas algunos objetos religiosos.

La propiedad de la tierra estaba muy concentrada en esta comarca, y varios grandes propietarios huyeron durante los primeros días del levantamiento militar. Las colectivizaciones, por tanto, fueron abundantes en los pueblos cercanos a Cuenca, que se mantuvieron hasta el final de la guerra, no como en otras zonas de la España republicana, en las que los soldados comunistas del frente las convertían en propiedad estatal. Por tanto, la represión franquista fue especialmente intensa tras finalizar la contienda. En una primera aproximación se han contabilizado más de 4.000 asesinatos.

La ciudad de Cuenca fue bombardeada por Franco en varias ocasiones, razón por la cual se habilitaron diversos refugios antiaéreos, el más famoso de todos el de Calderón de la Barca, junto al Hospital de Santiago, y hoy convertido en Centro de Interpretación de la Guerra Civil. Cuando los habitantes de La Melgosa veían pasar los aviones bombarderos del bando fascista, corrían a refugiarse en una cueva caliza que se sitúa en el propio núcleo urbano. Cueva que se ha utilizado como bodega, como habitáculo de gitanos y también se dice, como guarida de maquis.

El patrimonio histórico de La Melgosa es muy escaso, porque el pueblo siempre fue pequeño y un tanto pobre. Su atractivo reside en su situación geográfica, su estratégica posición entre el llano y la sierra, su proximidad a lugares de gran interés paisajístico, natural, paleontológico, industrial y geomorfológico. Sin embargo, a la aludida parroquia, se le puede sumar la Quinta de La Mota, el pequeño puente romano sobre el río Moscas, la recoleta fuente romana del Arca (o del Sol), los restos de la Ermita de San Marcos, la estación de ferrocarril y la renovada Casa del Canónigo Manrique, convertida en el restaurante La Casa del Cura. Tampoco posee La Melgosa restos reseñables de arquitectura popular, o una disposición urbanística de valor. Pero es un pueblo tranquilo, de gentes afables y generosas, por cuyo término municipal resulta amable pasear, bajo la vista constante de la cercana sierra, o por la noche, de sus magníficos cielos estrellados.

Un ejemplo del valor que atesora la ubicación de La Melgosa, lo tenemos en una ruta ciclista que enlazaría nuestro pueblo con la fuente del Rollo en los Palancares y Tierra Muerta (el asentamiento celta de Cabeza Mosilla, el acceso a una cueva y a las ruinas de la casa forestal), el viaducto esbelto del tren de la línea Cuenca-Utiel, la finca “El Tesoro” en la que se han encontrado restos romanos, el poblado de Las Zomas con su iglesia románica y la laguna del mismo nombre, el complejo lagunar del Río Moscas, el yacimiento paleontológico de “Lo Hueco”, el castro celtíbero de Mohorte, la Quinta de La Mota y finalmente, los restos romanos de la Fuente del Arca (o del Sol) y del puente sobre el Moscas.

Cerca de La Melgosa, en el camino que se dirige a Mohorte, al pie del Cerro de San Marcos (antigua ermita) se encuentra la fuente de La Morrocha, donde los niños jugaban antaño a lanzarse y a nadar en el remanso que formaban sus aguas. En este mismo camino se encuentra la antigua fábrica de papel, especializada en el reciclaje de papel y cartón. En ella trabajaron casi dos generaciones de melgoseros. Pertenecía a dos empresarios de la ciudad de Cuenca, y todavía algunos antiguos trabajadores recuerdan su excesivo régimen de explotación y disciplina. Aunque otros también nos recuerdan los juguetes que Vicente Roger regalaba a los niños de La Melgosa llegadas las Navidades.

En La Melgosa quedan los restos de la antigua fuente de abastecimiento público del pueblo. Lamentablemente, fue casi destruida para ubicar el depósito de agua de 40 metros cúbicos que hoy abastece al pueblo. Porque La Melgosa también ha perdido su independencia hídrica, y hoy su abastecimiento lo realiza la empresa pública de aguas de la ciudad de Cuenca. Desde el manantial de Royo Frío (en la Hoz del Júcar y que abastece a toda su población), el agua pasa por el depósito de Cerro Molina, donde son cloradas y finalmente derivadas hacia el pueblo.

Este abastecimiento moderno de la ciudad de Cuenca, sustituyó a la antigua conducción del siglo XVI, que traía las aguas desde la Cueva del Fraile a través del bello sendero de Los Hocinos, pero que fue considerada peligrosa por los abundantes episodios de intoxicación acaecidos, por contaminarse frecuentemente sus aguas en su recorrido descendente a cielo abierto por sus canales y acueducto.

Una vez pasada la antigua fuente de La Melgosa, se atraviesa un pequeño puente, el reguero que desciende de la colina por donde ahora pasa el AVE a Alicante Si se sigue este camino nos encontraremos el pozo-manantial que antaño suministraba agua al municipio, y un lavadero. Puede seguirse este camino hasta atravesar la línea del AVE, y regresar por otro que discurre por el borde de la dehesa, la cual ha sido atravesada, por su borde meridional, por el AVE. Esta dehesa es comunal y la gestiona la pedanía de La Melgosa. Se enclava en un montecillo, y se compone, sobre todo, de encinas y carrascas, que forman un bosquecillo casi impenetrable, utilizado antaño para extraer leña y bellotas, tanto para la alimentación del ganado, como de las personas, que estimaban su dulzor tras ser tostadas. Hay un camino que la rodea, y algunas sendas la atraviesan, solitarias y algo mágicas.

La Quinta de La Mota está situada a un kilómetro del núcleo urbano de La Melgosa, en dirección a Cuenca, en la confluencia de la N-420 y la N-320. Fue construida por el Obispo Solano en la segunda mitad del siglo XVIII, como residencia de verano. Su diseño fue del arquitecto conquense Mateo López, quien construyó otros importantes edificios de Cuenca: las escuelas pías del Obispo Palafox, la casa de Beneficencia, la transformación de la Casa de la Moneda en Fábrica de Tapices y Alfombras, o diversas obras y remodelaciones en la Catedral. Tanto la actividad de los obispos Solano y Palafox, como la de Mateo López, atiende al carácter ilustrado del reinado de Carlos III, y su afán de promover el desarrollo del país a través de la caridad y la beneficencia (Sociedades de Amigos del País) promovida por ciertos prohombres nombrados para esta labor.

El obispado poseía muchas tierras en los alrededores de La Mota, y a los obispos les gustaba observar sus dominios desde sus bellos balcones, desgraciadamente hoy ya desaparecidos de una quinta que está medio en ruinas. ¿Alguien puede decirnos dónde están ahora estos balcones neoclásicos? ¿Dónde el escudo original del Obispo Solano? Por sus tierras pasaba la Cañada Real de los Chorros, que aquí se desvía del Río Moscas para dirigirse hacia Villar de Olalla, y por tanto, el obispo también se solazaría observando los rebaños de ovejas, y sobre todo, recordando las tasas que los ganaderos debían pagarle por atravesar sus tierras.

Tanto en La Mota como en sus tierras colindantes, tanto las pertenecientes al obispado, como las que son propiedad de la familia Zomeño (y que poseen casa solariega adosada a la Quinta de la Mota), han trabajado muchos melgoseros, ya sea temporalmente, en función de las necesidades de los cultivos y de las fincas, como contratados para ordenar y cuidar las propiedades.

Los Zomeño forman una auténtica dinastía de médicos-terratenientes que se origina con Eulogio Zomeño, que en 1885 hizo frente a la epidemia de cólera que se expandió por la ciudad de Cuenca; su hijo Eduardo (director del Hospital Provincial de Cuenca); su nieto Mariano (director de la Casa de Maternidad Provincial y nombrado Primer teniente de Alcalde del Ayuntamiento de Cuenca en 1918) y su tataranieto Mariano (director del Servicio de Anatomía Patológica del Hospital de La Princesa de Madrid hasta su jubilación en 1989).

Este Zomeño se casó con la señorita Schoendorff, y ambos engendraron a otros Zomeños médicos que continúan la dinastía. Todavía hay lugareños que recuerdan la esplendente cabellera rubia de la señora de Zomeño cuando se paseaba en calesa por los alrededores de La Melgosa.

Cerca de la Quinta de La Mota se sitúa el polígono industrial de La Melgosa, donde diversas naves ofrecen muebles, materiales de construcción, calderas, viveros, reparación de vehículos, etc. Sorprende la planta de biocombustibles Biocom Energía, especializada en la producción de biodiesel. Sus luces destacan en la noche melgosera, no desde el núcleo urbano (una colina lo impide), pero sí desde sus inmediaciones, una aparición casi celestial, o fantasmal, en medio del páramo. Resulta muy atractivo el paseo vespertino desde La Melgosa hacia La Mota, y subir por entre las concavidades calcáreas de El Corralón, para repentinamente toparse con las luces de esa casi nave espacial que se recorta en el paisaje. Cuando nos acercamos en coche desde Cuenca, la visión nocturna de sus focos es una compañía constante hasta alcanzar La Melgosa.

No impide, sin embargo, la contaminación lumínica de esta fábrica y de la vecina Cuenca, que en La Melgosa se puedan observar magníficos cielos estrellados. La Serranía de Cuenca ha sido declarada Parque Astronómico y destino Starlight, avalada por la UNESCO, la Organización Mundial de Turismo y la Unión Astronómica Internacional. La Melgosa se sitúa muy cerca de maravillosos atisbaderos de estrellas y planetas (El Hosquillo, Uña, El Ventano del Diablo, Las Majadas, etc.), pero el propio término municipal de La Melgosa, tal y como destaca el estudio de contaminación lumínica, posee también magníficas cualidades para la observación astronómica.

En el camino que se dirige hacia Las torcas de Los Palancares y la Tierra Muerta, existe una senda que se interna en la Hoz de San Miguel, a pocos kilómetros de La Melgosa. El valle angosto se estrecha tanto, que las piedras calizas casi llegan a besarse. Una escalera tallada en roca asciende hasta la Ermita troglodita de San Miguel, escavada en la roca y abierta a la hoz por dos ventanales. Es un lugar mágico que los habitantes de La Melgosa consideran suyo, porque aquí realizan excursiones y una romería anual. Pero realmente, este territorio es un monte público que pertenece a la vecina localidad de Palomera, a pesar de que el paraje de San Miguel, desde este pueblo, posea un acceso mucho más dificultoso y distante. La hoz es bella y muy recoleta. Los dos caminos estrechos y casi perdidos que se internan en ella, acaban en sendos abrigos rocosos donde aún se aprecian los restos de la presencia ganadera. Uno de ellos, posee un pilar enorme que antaño sería una estalactita de su complejo kárstico de origen tobáceo.

Antiguamente, los vecinos de La Melgosa tenían más relaciones con los de Palomera. Son dos poblaciones cercanas, pero situadas a ambos lados del cordal de la Sierra del Socorro (o de la Pila). Existen dos caminos que atraviesan abruptamente la sierra, del lado de La Melgosa, y que luego descienden hacia Palomera por un camino forestal ancho y bien asentado. Por Palomera pasa el río Huécar (hay unas pozas muy tranquilas), que escava un cañón precioso a lo largo de todo su recorrido hasta Cuenca (por aquí está la Cueva de la Mora), por el que discurre actualmente la carretera comarcal que une ambas poblaciones, y que pasa antes por Molinos de Papel. Ir por carretera a Palomera, desde La Melgosa, supone dar un enorme rodeo: primero llegar a Cuenca en paralelo al Río Moscas, y una vez en Cuenca, remontar el Huécar hasta Palomera.

Como se ha dicho, en La Melgosa existe una antigua estación de tren, de la línea que une Cuenca con Valencia, en concreto, del tramo Cuenca-Utiel, junto a un puente de tres ojos, bello y original, sobre la vía ferroviaria. Cuando hace 2 años conocí este apeadero y un par de edificios anexos (2018) estaba muy deteriorado, con el techo derruido, en fin, convertida casi en una ruina. Pero se podía advertir que el edificio fue en su día airoso y de cierto empaque. Tras el estado de alarma por el covid, comprobé que el edifico estaba siendo restaurado y que habían conseguido recuperar casi su prestancia original. Y es que la estación de La Melgosa, junto con las restantes, hasta la provincia de Valencia, están enmarcadas en el proyecto “Serranía en vía”, el “Plan de Revitalización de la Línea Ferroviaria Cuenca-Utiel y Recuperación de sus Apeaderos” (2017).

Actualmente, sólo circulan dos trenes regionales al día. Pero por revitalización el proyecto pretende, no tanto reactivar la línea en cuanto a frecuencias y viajeros, sino en utilizar la infraestructura ferroviaria para impulsar el desarrollo local a través del turismo cultural y ambiental. Como define el propio plan “en la oportunidad de promover un proyecto de promoción turística de alta calidad estructurado en torno a los excepcionales valores paisajísticos y culturales de la Serranía Media-Baja de la provincia de Cuenca. El plan tendrá como objetivo desarrollar un programa de actividades y explotación de uso que genere riqueza en la sociedad, afianzando población con empleo estable y, por tanto, el desarrollo económico y cultural de todo el entorno inmediato.”

Muy ambicioso, diría que hasta un poco pretencioso, sobre todo si las actuaciones e inversiones no se enmarcan en un esquema de desarrollo endógeno que privilegie la capacidad de decisión de los habitantes actuales frente a las imposiciones desarrollistas de expertos. No obstante, el sólo hecho de recuperar infraestructura de valor arquitectónico, parece ya un objetivo loable, eso sí, si en su utilización y gestión pueden participar las personas que viven en los pueblos colindantes. Creo que incorporar el apeadero al patrimonio cultural e infraestructural de La Melgosa, e insertar al municipio en esta red de espacios culturales, paisajísticos, arquitectónicos y ambientales vertebrados alrededor de la vía férrea y su maravillosa infraestructura, tendría que reportar muchas oportunidades de desarrollo y creatividad social, si los propios habitantes se hacen partícipes de ellos. ¿No sería indispensable que se construyera, al hilo del proyecto, un acceso peatonal desde La Melgosa, que evitara cruzar la N-420, con el fin de integrar ambos entornos urbanísticos y hacer que la población de La MelgosA viva también la vía?

El tramo completo Cuenca-Utiel fue abierto al tráfico ferroviario en el año 1947, pero con anterioridad ya funcionaba fragmentariamente. La mayor parte de sus apeaderos fueron construidos durante los años 20 del pasado siglo, siguiendo los planos del prestigioso arquitecto Secundino de Zuazo, uno de los más insignes arquitectos y urbanistas españoles del siglo XX, creador de proyectos tan emblemáticos como Nuevos Ministerios, la ampliación de la Castellana o la Casa de las Flores en Madrid. Espíritu racionalista, quiso desdeñar la pura decoración romántica y de fatua hojarasca, tan en boga en sus años de aprendizaje, pero sin olvidar la integración arquitectónica en el lugar y en la sociedad. Sus edificios combinan piedra y ladrillo, integran la funcionalidad y saben sacar partido a los avances estructurales del momento. No en vano, trabajó con Torroja en la construcción del Frontón Recoletos.

Zuazo era republicano, y en 1933 fue miembro fundador de la Asociación de Amigos de la Unión Soviética (junto con Pio Baroja, Gregorio Marañón, Federico García Lorca, Concha Espina, Valle-Inclán, entre otros muchos). Pero en Madrid, poco después del golpe de estado fascista, Zuazo fue denunciado por dos obreros que tenía a su cargo. Fruto de aquel malestar, nuestro arquitecto prefirió salir de España. Cuando Franco venció, se convirtió en un exiliado que sólo pudo regresar tras sufrir un período de depuración política del que apenas pudo recuperarse, tras haber sido obligado a confinarse en Canarias durante varios años.

El apeadero de La Melgosa posee los rasgos característicos de la obra de Zuazo. Consta de un cuerpo principal de planta rectangular y dos alturas, junto con un torreón anexo que sobresale, de tres alturas, y que posee un mirador en su primera planta, asomado a las vías del tren. A diferencia de los otros apeaderos de la línea ferroviaria, éste posee un revestimiento de piedra caliza irregular.

Como la Ruta de la Lana-Camino de Santiago, pasa a apenas unos metros de la estación de La Melgosa, y es una ruta transitada y acondicionada para peregrinos, senderistas y ciclistas, el plan prevé que el apeadero se pueda utilizar como albergue, dotándolo también de un bar y restaurante. Se recomienda en el plan también que el apeadero de La Melgosa se enlace con el carril bici de la ciudad de Cuenca, por lo que en tal caso, también estas instalaciones podrían utilizarse para reparar y alquilar bicicletas.

No queda aquí la cosa. El plan prevé también la instalación de una parte del museo del tren Madrid-Valencia; un Centro de Interpretación sobre los valores paisajísticos y naturales de La Melgosa, y en concreto, sobre las lagunas del Río Moscas y Ballesteros, y las rutas hasta Molinos de Papel y Palomera; y un área de recreo con juegos infantiles. Nada menos.

A partir de La Melgosa la línea de ferrocarril se aproxima a la sierra, por lo que a lo largo de su trazado abundan los túneles y los puentes, en suma, una infraestructura ferroviaria potente, que afronta grandes retos y que aporta soluciones de gran belleza e integración paisajística. Sin duda, un trazado elegante y arriesgado que exigió, dada la fecha de construcción, que interviniera el ingeniero de Caminos Gonzalo Torres-Quevedo (hijo del famoso inventor español), que diseñó los puentes más emblemáticos de su recorrido. La Melgosa ofrece así la posibilidad de adentrarse en los confines de esta magistral obra de ingeniería. Por ejemplo, desde una curva de la carretera, antes de alcanzar la Fuente del Rollo, se puede atisbar allí abajo cómo un viaducto del ferrocarril se recorta sobre la meseta conquense, una aparición que se convierte en casi mágica al atardecer, cuando sus arcos proyectan su larguísima y benévola sombra.

Muy cerca, en un lugar de difícil acceso rodado, en una trinchera y entre dos túneles, se sitúa la estación de Los Palancares, muy cerca de sus torcas. Se puede acceder a ella siguiendo un camino que parte cerca del Campamento de Los Palancares, tras pasar cerca de un sumidero de aguas subterráneas. El tren alcanza este apeadero tras atravesar el túnel más largo de toda la línea ferroviaria, de casi 3 kilómetros de longitud. Famoso porque allí tuvo lugar, el 7 de noviembre de 1960, un gravísimo accidente ferroviario en el que fallecieron 5 personas y 36 fueron heridas. La máquina de vapor del tren no pudo empujar la pesada carga que transportaba (25 vagones de mercancías) y se quedó parada a 500 metros de la salida. El humo de combustión que llenó el túnel, provocó una tragedia que los vecinos de los alrededores intentaron paliar, algunos de forma realmente heroica. La estación parece perdida en el tiempo, aislada en una trinchera, el edificio se conserva en pie, abandonado pero bien conservado, un lugar misterioso de obligada visIta.

El segundo puente de esta línea ya llama poderosamente la atención, porque tras atravesar otros túneles y antes de alcanzar la estación de Cañada del Hoyo, para salvar el barranco del Arroyo de Ojuelo, levanta el puente del Milano, con 16 vanos con esbeltos arcos de medio punto. Por debajo, pasa la Cañada Real de Los Chorros, al lado de unos abrevaderos, un lugar espléndido para el descanso del ganado trashumante, enclave al que también llega la Cañada real valenciana. El cercano Castillo del Buen Suceso, sobre una loma en Cañada del Hoyo, servía para la protección de los ganados de merinos. Al lado también se levanta la Ermita de Nuestra Señora de los Ángeles, tradicional lugar de romería y barbacoa.

Tras pasar las estaciones de Cañada del Hoyo, Carboneras y Arguisuelas, el tren alcanzaba el apeadero de La Gramedosa, donde no hay pueblo, pero que sin embargo conserva el más bello de los edificios ferroviarios de esta línea, en el mismo estilo que los anteriores, pero con mayor decoración de sus fachadas.

Y tras atravesar las siguientes estaciones de Yémeda-Cardenete y de Villora, la línea férrea entra en la zona más agreste de su recorrido, la que presenta quizás más interés desde el punto de vista paisajístico, en conjunción con los viaductos arriesgados que debieron construirse para salvar sus barrancos, el magnífico puente “del Imposible”, y el extraordinario viaducto que salva el Río Narboneta, con 18 vanos y sobre todo, tres arriesgados arcos elípticos centrales en la parte más profunda del barranco.

Finalmente, la línea y el plan de revitalización, alcanza la estación de Enguídanos, Mira y Camporrobles, ya en la Comunidad Valenciana. Lo que realmente destaca a Enguídanos, no es tanto el ferrocarril, cuanto su bello y sorprendente entorno hidráulico. Estamos ya a casi 80 kilometros de La Melgosa, pero incluimos este lugar porque los cinco ríos que riegan su término municipal son un compendio de los ríos que en su recorrido ha ido salvando la línea férrea: el río Cabriel y sus cuatro afluentes el río Guadazaón, el río Narboneta (o Henarejos), el río San Martín (o Víllora), y el río Mira (u Ojos de Moya). Pero lo más sorprendente, es el complejo de lagunas y cascadas que crea el río Cabriel, a unos 5 kilómetros de su núcleo urbano, Las Chorreras, un paraje único y excepcional.

La Serranía de Cuenca posee una gran originalidad geomorfológica. Está formada por terrenos acumulados en los sucesivos ciclos de regresión y progresión del Mar de Tetis durante la Era Secundaria (Jurásico y Cretácico), a los que, primero la orogenia Alpina elevó sobre el nivel del mar, y luego, la erosión hídrica moldeó en las formas singulares que hoy contemplamos. La Melgosa se encuentra en el borde de esta formación, sobre terrenos sedimentarios muy posteriores de la Era Terciaria.

La provincia de Cuenca se eleva casi siempre por encima de los 900 metros de altitud. Sobre esta especie de meseta fundacional, a su vez se plegaron las calizas y las margas que forman la serranía. En función de su resistencia a la disolución, se fueron formando los paisajes que hoy observamos, en concreto, sus hoces, cañones, dolinas, farallones, navas, tobas, etc., fruto de una intensa actividad kárstica. Puede decirse que las montañas, más que elevarse, descienden, porque las pendientes y los escarpes parecen penetrar en la tierra como si se hubieran producido por la disolución de un terrón de azúcar. Por esta razón, para observar los desniveles y los relieves más atractivos, o hay que asomarse desde arriba (desde muelas y parameras), o entrar en el interior de los profundos valles escavados por los ríos.

En las inmediaciones de La Melgosa ocurre esto mismo. Cuando se observa la sierra tan cercana, apenas ondulada y poblada de bosques, contrasta con el llano, no tanto por su altura o anfractuosidad, cuanto por el color diferente de su vegetación. Habrá que acercarse, penetrar en sus cañones, o subir hasta las planicies que la coronan, para apreciar en toda su grandeza las hoces cercanas de San Miguel, Chiquilla y del Portillo, que surgen repentinamente, ya que desde fuera, nada hacía presagiar la sorpresa que estas hoces nos deparan.

Hay que recordar que la erosión ha ido desmantelando casi toda la cobertura de materiales que la orogenia alpina elevó y plegó, por lo que la serranía se caracteriza por una sucesión de muelas y parameras casi horizontales a una altura de entre 1.300 y 1.500 metros, atravesadas por las escisiones profundas de los ríos que han ido erosionando y disolviendo sus laderas según la dureza y resistencia de los diferentes materiales del jurásico, del cretácico y del trías, formando hoces, cañones, dolinas y navas. La Melgosa se sitúa sobre el terciario, en la que se denomina la depresión periférica de Fuentes, en la acumulación de depósitos yesíferos (se pueden ver lapis spacularis que los romanos utilizaban como cristal de ventanas) que el Río Moscas ha erosionado en la zona sinclinal del plegamiento alpino.

Hay una ruta muy interesante e ilustrativa que nos acerca al relieve de esta serranía, que puede comenzarse en La Melgosa, en coche, y que a lo largo de un día nos muestra muchos de los valores naturales y geomorfológicos de esta serranía conquense. La resumimos libremente y con alguna aportación original, utilizando La Guía de Castilla-La Mancha, un libro magnífico editado por la Comunidad Autónoma hace bastantes años. En primer, nos dirigimos por la N-420 hacia Fuentes, remontando el Río Moscas, y advertimos el contraste entre esta depresión y la cercana serranía. En Fuentes podemos ver los manantiales que afloran en el mismo cauce del Río Moscas junto a un puente medieval. Una vez superado el Puerto de El Rocho (1.150 metros), pasamos a la cuenca del Río Guadazón, afluente del Cabriel, y nos internamos en la nava de Fuentes, una extensa vaguada cerrada cuyas aguas drenan subterráneamente a través de sumideros calcáreos, y que en épocas de lluvias, puede anegarse espectacularmente como consecuencia de la subida del nivel freático. La carretera atraviesa dolinas hacia el pueblo de Reillo (nos desviamos), en el que llegamos a otra nava que también se anega por el manadero “Ojos del Mozo”. Las filtraciones de toda esta nava afloraban cerca de la estación de tren de Cañada del Hoyo, en la que existen restos de tobas. Ahora estas aguas se han derivado hacia la fuente del Molino del Reyete, de sabrosas aguas, en el kilómetro 117 de la N-420.

No dirigimos luego a Cañada del Hoyo, y tomamos la carretera que va hacia Valdemorillo de la Sierra. Y a unos 3 kms nos encontramos las torcas de Los Oteros, inundadas por el manto freático. Regresamos de nuevo al pueblo de Cañada del Hoyo y tomamos una pista forestal que se encamina hacia la muela de Los Palancares, y sus torcas, en concreto podremos visitar la del Lobo y la del Agua. Luego tomamos la carretera forestal hacia Buenache (a la izquierda la gran Torca Rubia). Si seguimos el camino forestal descendemos a la cabecera del Río Huécar, cerca de la Dehesa de Cotillas, para luego ascender a la paramera conocida como Tierra Muerta (jurásico), muy seca, salpimentada de simas y donde reinó antaño la sabina albar. No nos desviamos hacia Buenache, sino que nos acercamos a ver la Casa de los Esquiladores de las merinas, tan frecuentes antaño en estos parajes. 

Esta edificación acoge, desde el año 1992, a una de las diez Brigadas de Refuerzo de Incendios Forestales (BRIF) que la Administración Central tiene repartidas por la geografía española. Dotados de helicópteros y personal especializado en intervención rápida, este cuerpo de élite especializado en la extinción son reclamados cuando los incendios adquieren gran envergadura. Al ver los dos helicópteros aparcados en su helipuerto, recordamos que hace un par de meses uno de ellos fue robado por unos albano-kosovares, y que fue encontrado por el ejército nada menos que en Córdoba. De aquí parte la senda circular de la casa de los esquiladores, por este paraje realmente bello y solitario de la muela de la Tierra Muerta.

Si se continúa la carretera, a unos 8 kms, descendiendo por el arroyo Boquerón, incrustado en las calizas tableadas del jurásico, alcanzamos el Albergue de Fuente de las Tablas, situado en un lugar admirable. De aquí parten dos rutas pedestres, que rodean sendas colinas y que descienden hasta el embalse de la Toba: el de Monteagudillo que también da acceso a la cueva del Boquerón; y el de la Modorra, que puede utilizarse para ascender hasta su cumbre, de maravillosas vistas, y donde se ubica una caseta de vigilancia forestal. A sus pies se encuentra la fuente de los Arenales, un agua que mana de las arenas albenses del cretácico inferior.

A continuación, retrocedemos por la carretera y volvemos a tomar la ruta que nos conduce al embalse de la Toba. Al acercarnos divisamos los magníficos farallones de dolomías del Turolense. Más adelante llegamos a la Laguna de Uña, de origen tobáceo, y rodeada de un magnífico cañón que culmina en la muela de Las Majadas. Al lado de la piscifactoría se encuentran los manantiales que nutren a la laguna. Y a la salida del pueblo, la barrera tobácea conocida como el travertino, una formación calcárea que las aguas carbonatadas del Júcar construyeron a modo de sucesivas estalactitas, un muro de contención de las aguas que fue creciendo en altura y que consecuentemente fue incrementando el nivel de la laguna de Oña. Actualmente la central hidroeléctrica levantó un muro de 2 metros por encima del travertino, y desvió sus aguas, de tal modo que hoy se lo puede observar seco, como una pieza de museo geológico. Al observarlo, resulta recomendable despertar la imaginación y observar las aguas lamiéndolo en bulliciosas y juguetonas cascadas.

Podemos acercarnos a las pozas y al magnífico cañón del Río Madera. También de aquí parte la pasarela del canal de la central hidroeléctrica, un largo paseo de ida y vuelta que nos ofrece la posibilidad de apreciar la magnificencia de la gran hoz del Júcar. O recorrer el cañón por su parte superior y descender por la senda de la Raja.

A continuación, tomamos la carretera hacia Villalba de la Sierra, siguiendo la hoz, que puede otearse desde alguno de sus apeaderos. Y llegamos a El Ventano del Diablo. Desde aquí nos podemos acercar a La Ciudad Encantada y en dirección a Cuenca al pueblo de Valdecabras. Justo al llegar a Cuenca, podemos recorrer el cañón del Huécar hacia Molinos de Papel, La Cueva del Fraile (donde están los manantiales que abastecían antiguamente a la ciudad) y la localidad de Palomera, un bello enclave serrano en el que se puede pasear hacia la Cueva de la Mora y sus pozas transparentes.

En cuanto a vegetación, las muelas y parameras son del dominio del pino laricio (el silvestre por encima de 1.500 metros), empleado con profusión en la arquitectura tradicional de la zona. Este bosque se da por encima de los 1.000 metros (dependiendo de orientación y humedad), y en ocasiones se mezcla con robles y sabinas ofreciendo formaciones mixtas de gran valor paisajístico. El sustrato arbustivo es rico también, y durante la floración resalta la aliaga espinosa con sus colores amarillos. También los bujedales y guillomares.

Aunque todavía se pueden ver en algunas parameras la huella original de los sabinares, sobre todo en las que poseen sustrato jurásico, de extrema sequedad, como la de la Tierra Muerta, por ejemplo. Pero la deforestación, en busca de su preciada madera olorosa y rojiza, ha sido devastadora con esta especie forestal.

Los suelos no suelen ser profundos en esta serranía, pero cuando estos se dan, aparece el roble, y una vegetación arbustiva realmente variada en la que predomina el boj. Estas zonas han sido explotadas para obtener carbón vegetal, y también para alimentar y proteger al ganado, por lo que estos bosques adoptan a veces una distribución adehesada de gran belleza.

Como es habitual en las geomorfologías calizas, se alternan suelos muy secos con superficies en las que el nivel freático se mantiene alto, surgencias, manantiales, etc., lo que aporta gran riqueza y diversidad. En estos casos de suelos húmedos, prolifera la vegetación arbustiva espinosa, majuelos, cerezo de mahoma, cornejo, aligustre, endrino, espino cerval, etc.

Al pie de los farallones y de los cantiles, donde la altitud y la sequedad disminuyen a la par que la continentalidad del clima, se dan alisos, fresnos, chopos, olmos, mostajos, tilos, avellanos, acerales, etc, que en otoño ofrecen una variedad de colores realmente hermosa.

También se da en esta serranía el pino rodeno, sobre todo en los suelos arenosos del trías, en detrimento de la vegetación original, en la que proliferaba el roble melojo. Su sustrato arbustivo también resulta rico, en este caso formado por jaras, brezo, cantueso y piorno.

En los fondos de valles y en la cercanía de los ríos, la vegetación, en función de la humedad y de las plantaciones, contiene sauces, álamos, chopos, etc. En las depresiones, como la de La Melgosa, la actividad entrópica ha deforestado la mayor parte del territorio (quejigos, carrasca, pino ródeno), a excepción de algunos reductos protegidos en lomas o zonas un poco más escarpadas (la Dehesa de La Melgosa). Aunque estos terrenos yesíferos no son muy productivos, estas tierras históricamente han sido agrícolas.

Muy cerca de La Melgosa también se encuentra otra zona de enorme interés geológico y paisajístico. Se trata de las Torcas de los Palancares y la Tierra Muerta, y las torcas de Cañada del Hoyo. El apelativo de tierra muerta proviene porque este terreno es tan permeable y sus suelos son tan raquíticos, que cuando llueve, casi toda el agua se filtra hacia el karst, y apenas queda nada para la vegetación. Aquí se puede observar una de las formaciones más originales de la Península Ibérica, las torcas, enormes depresiones circulares en el terreno que vistas en el mapa o en Googlemap parecen impactos de meteoritos. Nada más lejos de la realidad. Su existencia procede de la disolución de la caliza. En este caso, porque en estas dolinas se concentraban tal cantidad de diaclasas y flujos subterráneos de agua, que progresivamente el terreno fue colapsando y formando estos embudos de escarpadas paredes.

En los Palancares las torcas no tienen agua, porque el nivel freático se ha descolgado, pero en las cercanas de Cañada del Hoyo, el agua sí está presente, en forma de lagunas que adquieren diferentes colores en relación al tipo de sustrato rocoso y también, de los microorganismos que la habitan. En fin, que las torcas se han convertido en un lugar habitual de paseo y excursión para los habitantes de La Melgosa. Y también su desaguadero, la Fuente del Rollo y sus inmediaciones. Sobre todo por las propiedades que dicen que atesoran sus aguas, que hacen crecer las tetas de las niñas que las beben.

Las calizas, además, suelen albergar fósiles y restos paleontológicos de las floras y los animales existentes durante el Jurásico y el Cretácico. Y cerca de La Melgosa tenemos la suerte de que existen dos yacimientos paleontológicos de enorme importancia, el de “Las Hoyas” en el término municipal de La Cierva (a 20kms) y el de “Lo Hueco” en Fuentes (a 10kms). Son muy diferentes. El primero contiene los fósiles que vivieron en una laguna dulce de clima subtropical perteneciente a una isla del Mar de Tetis, durante el Cretácico Inferior, y que se encuentran actualmente en sus calizas litográficas. El segundo se trata de un yacimiento del Cretácico superior, encontrado en un desmonte del AVE, que contiene además de plantas y moluscos, una enorme variedad de peces, tortugas, reptiles y hasta dinosaurios (en especial titanosaurios), fosilizados en sus margas, arcillas y yesos.

El yacimiento de “Las Hoyas” se considera de rango parejo a los grandes yacimientos de Yixian en China, o de Messel en Alemania, uno de los pocos yacimientos paleontológicos del mundo que ofrece una visión tan completa de un ecosistema desaparecido, y con un grado de conservación excepcional. El de “Lo Hueco” llama más la atención por sus magníficos restos de grandes animales cretácicos, en magnífico estado de conservación, por haberse encontrado especies de dinosaurios que ese consideraban ausentes en la Península Ibérica, y por haber catalogado una nueva especie de titanosaurio. Aunque la fama de los hallazgos relativos a dinosaurios, se la haya llevado “Las Hoyas”, donde se encontró al dinosaurio Pepito, una rara especie de concavenator con joroba.

No podemos obviar la importancia que ha tenido para La Melgosa su cercanía a la ciudad de Cuenca. Y hemos hablado de ello en repetidas ocasiones. La Melgosa, por tanto, también destaca por ofrecer un lugar plácido y tranquilo desde el que visitar una ciudad que fue declarada en 1996 Patrimonio de la Humanidad.

Porque la proximidad de una ciudad como Cuenca, supone un polo de atracción importante, por las hoces que la enmarcan, por su singular urbanismo, los monumentos y los museos que salpican su casco urbano. Un paseo por sus calles nos demuestra que la ciudad ofrece tranquilidad, bellos paisajes y una gama de entornos expositivos realmente rico. Enumero algunos de estos atractivos, sin entrar en mayores detalles.

En el apartado de monumentos, destacaría la Catedral, el Seminario, la Torre Mangana, el Puente de San Pedro, el Parador de Turismo (antiguo Convento de San Pablo), el antiguo Colegio de San José, los túneles de Alfonso VIII, el barrio del Castillo, el cementerio de los artistas, el Hospital de Santiago, la Iglesia de San Miguel, la Iglesia de la Virgen de la Luz, etc.

En cuanto a museos: el Museo de Arte Contemporáneo, la Fundación Antonio López, la Fundación Zavala, el Espacio Torner, la Fundación García y Chico, el Museo Diocesano, el Museo Arqueológico, el Museo de la Ciencia, el Museo de Paleontología, etc.

Alrededor de la ciudad de Cuenca existen también muchos lugares para pasear, correr o montar en bicicleta. Algunos de ellos: la Subida a San Julián el Tranquilo, o tomar cualquiera de los caminos que ascienden y recorren las hoces del Júcar o del Huécar, la senda de Los Hocinos, la subida al Socorro, etc. O también la práctica de la piragua en el río Júcar, escalar en muchos de sus farallones calizos, y en verano, bañarse en la afamada playa de Cuenca.

La Melgosa pertenece al municipio de Cuenca, y como se ha comentado, su término municipal posee una enorme densidad de bosques, montes y lugares de interés paisajístico y natural: la Ciudad Encantada, Las Majadas, el Hosquillo, el ventano del Diablo, los cañones del Júcar y Uña, Valdecabras, etc. Todos estos lugares están atravesados por senderos y caminos solitarios.

A La Melgosa podemos llegar por múltiples motivos: para hospedarnos en la Casa Rural La Antigua Vaquería, o hasta que lo cerraron, para comer en el magnífico restaurante La Casa del Cura (hoy Bodeguilla Capuz, en Cuenca), también porque tengamos algún amigo que nos invite, o sencillamente por azar, por desviarnos de la N-420 que se dirige a Teruel. Y si uno, además, se detiene a hablar con alguna parroquiana, advertirá rápidamente la originalidad del verbo melgosero. No es que aquí se hable un dialecto o alguna lengua relicta, sino que todavía se mantienen dichos y palabras originales adaptadas al medio, que han evolucionado según reglas aún desconocidas y que al foráneo nos resultan chocantes y atractivas. Por no hablar de la enorme variedad de palabras que definen cosas y trabajos que están ya en vías de extinción.

Uno puede oír lo siguiente: “Los pilló su padre, dándose un revolcón en los atrojes de la cebá, y tuvo que salir el novio ascape en porretas por la ventana de la cámara”.

Más tarde aprendí que los atrojes eran los tabiques que se utilizaban en las cámaras (desvanes) para separar los diferentes tipos de grano.

En otra ocasión oí a una señora recordar qué le había atraído del joven que acabó siendo su marido, cuando la iba a rondar en las romerías y ferias, “¡porque era tan arrochante!”, es decir, que hacía ver su elegancia y chulería por su modo de actuar y su vestir.

Aquí se masculinizan algunos sustantivos, lo que tiene su gracia, los ovejos, los gallinos. Y también se utiliza con más frecuencia los sufijos –arra y –ajo para deformar muchos sustantivos.

Resulta tronchante que a las porquerizas o pocilgas aquí se las llame “la corte de los cerdos”, jocunda hipérbole. Y que muchas frases se acaben con un “¡ea!” que a veces parece de resignación y otras de cierto desprecio. O que se exclame “¡odo!”, en lugar de “jodo”, para indicar sorpresa o asombro.

Yo había oído el apelativo zalamero, para denotar al que se comporta con exagerado cariño por conseguir algo. Pero aquí le dan una vuelta y te llaman candongo, porque además de zalamero, eres astuto, o porque tienes una capacidad inaudita para eludir el trabajo y conseguir que otro lo haga por ti.

En fin, que el visitante no deja de aprender cosas en este pueblo tan pequeño de la geografía castellano-manchega. Por ello, recomiendo consultar algunos diccionarios que tratan esta originalidad vocal. Y en sintonía con esto, el libro “La Melgosa, ea!: una historia en imágenes”, publicada por la familia Isern (Albert, Carol y Marcal), que contiene una colección amplia de fotos sabrosas e ilustrativas de la evolución de La Melgosa entre el año 1941 y el 2011. Albert Isern es hijo de una melgosera emigrada a Badalona, y también un destacado diseñador gráfico, afincado en su ciudad natal (1940), Badalona, y que ha cosechado una larga y fecunda actividad creativa en el sector, una figura clave de la promoción y divulgación del diseño en nuestro país. Este libro es una especie de álbum familiar, amorosa y bellamente ilustrado y editado, con el objetivo de rendir homenaje y recordar las estancias pasadas en La Melgosa.

Resulta una obviedad, pero un pueblo tan pequeño no ha tenido ocasión de ofrecer grandes prohombres a la humanidad. Ni falta que hace. Aquí viven gentes sencillas que seguro esconden algunas oquedades calcáreas, y una cierta retranca un poco maliciosa, y también pensadores de la cotidianeidad, personas ya mayores que han convertido la resistencia pacífica y sosegada en fe de vida.

Sin embargo, deseo señalar que aquí tiene su taller de alfarería el afamado artesano Luis del Castillo. Y que aquí nació Amalio Blanco, profesor de psicología en la Universidad Autónoma de Madrid, cuya trayectoria profesional y docente “aporta una obra científica propia, que resume su singular visión de la Psicología Social y que ha difundido a través de una veintena de libros y más de ciento cincuenta publicaciones. “

También deseo recordar a Jaime Huélamo, el único que tiene calle dedicada en La Melgosa. Ciclista con brillante palmarés, consiguió, entre otros triunfos, la medalla de bronce en el Campeonato de España de ciclismo en ruta (1975), y el bronce también, en la misma especialidad, en los Juegos Olímpicos de Múnich de 1972. Medalla que le fue arrebatada de forma miserable por uno de esos enredos del doping, de las listas de sustancias que son legales en unas pruebas y no en otras, por trifulcas de despachos e intereses.

La figura de Jaime me trae a la memora la importancia de la bicicleta como medio de transporte, su capacidad para hacernos felices y ofrecernos libertad. Escribí sobre ello en el “Ensayo sobre las dos ruedas”, y lo recuerdo también en relación con ese entrañable libro de Miguel Delibes que se titula “Mi querida bicicleta”, y que trata sobre el papel liberador y amoroso que tuvo la bicicleta en la vida del joven Delibes, y también en la de tantas personas de los pueblos de España que gracias a este libre, barato y eficaz medio de transporte, pudieron conectar sus vidas con las de otras personas, simplemente para poder ir a la escuela, o para ligar con mozos y mozas.

Cuando llegas a La Melgosa, después de haber realizado una ruta ciclista por sus alrededores, te topas con lo que podríamos llamar una “panza de burro”, también llamada por otros melgoseros, “la albarda” de La Melgosa, una cuesta insignificante de pronunciada pendiente que culmina en la plaza de la Virgen. Es una cuesta que no se olvida y que caracteriza al municipio, y que impide ver desde lejos quién se aproxima con su bicicleta. Siempre que subo la cuesta, imagino a las mozas de antes, asomadas a las ventanas, expectantes por el momento en que su ciclista preferido emergiera en lo alto de la albarda de La Melgosa.

FIN

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En La Melgosa:

  • Iglesia de la Asunción
  • Cueva refugio de la Guerra Civil
  • Antigua fuente del agua
  • Taller alfarero de Luis del Castillo
  • Antiguo Restaurante La Casa del Cura (antigua casa del canónigo Manrique)
  • Casa Rural La Antigua Vaquería
  • Huertas
  • Azud y caz de derivación del antiguo molino

Junto a La Melgosa:

  • Apeadero de la estación de tren
  • Puente de tres ojos sobre el tren y campos de girasoles
  • Lavadero y pozo/fuente de abastecimiento antiguo
  • Fuente La Morracha
  • El Corralón
  • La Dehesa
  • La Quinta de la Mota
  • La antigua Ermita de San Marcos
  • El puente romano sobre el Río Moscas
  • La fuente romana del Arca (o del Sol)
  • Estrellas
  • Algunas rutas:
    • Camino de Santiago/Ruta de la Lana hasta Cuenca
    • Camino alrededor de La Dehesa
    • Camino que une El Corralón/Polígono/Fuente del Ara/La Mota/Puente romano/Camino Santiago/Apeadero

Al lado de La Melgosa:

  • Ermita troglodita de San Miguel
  • Hoces de San Miguel, Chiquilla y el Portillo (o del Buey)
  • Las Torcas de los Palancares y la Tierra Muerta
  • Fuente del Rollo
  • Asentamiento celta Cabeza Mosilla, cueva y casa forestal
  • Las Torcas de Cañada del Hoyo
  • El castro celta de Mohorte y la Iglesia
  • La Iglesia de Arcas. Famoso pan, pastas y magdalenas.
  • Chorizos y lomo de orza en Cañada del Hoyo. Castillo, Ermita de Los Ángeles, viaducto del Milano, estación FFCC y muela de molino.
  • Fuentes: puente, surgencias del Río Moscas, ruta dinosaurios y miel.
  • Complejo lagunar del Río Moscas
  • Zomas: iglesia románica y laguna
  • Apeadero de Los Palancares
  • Viaducto de tren “el Vilano”
  • Ciudad de Cuenca: Patrimonio de la Humanidad
  • Yacimientos paleontológicos de “Las Hoyas” y “Lo Hueco”
  • Algunas rutas:
    • Camino a San Miguel y la hoz, y regreso por la paramera
    • Camino a Fuente del Rollo, torcas Palancares
    • Camino a Mohorte, Fuentes y Zomas
    • Camino Villar de Olalla, Arcas, Mohorte
    • Cañada Real de los Chorros
    • Camino a sumidro, rodal, estación Palancares y Cañada del Hoyo, y regreso por Barranco de Polxxx y Torcas Palancares
    • Camino a Julián el tranquilo y regreso por la otra margen del Júcar
    • Camino de los Hocinos
    • Subida a cerros del Socorro y del xxx
    • Camino de la Hoz del Huécar (Molinos de Pwepwl y Palomera)

Cerca de La Melgosa (menos de 10 km):

  • Palomera: casco urbano, río Huécar y pozas, cueva de la Mora, senda ecológica, buena comida
  • Barranco de la Rambla
  • Dehesa de Cotillas
  • Molinos de Papel y ruta sobre cañones de caliza
  • Ciudad romana de Valeria
  • Villa romana de Noheda
  • Apeadero de Gramedosa, y puentes de “lo imposible” y de “Torres-Quevedo”,sobre el río Narboneta.
  • Ventano del Diablo y cañones del Júcar
  • Laguna de Uña y camino de los acantilados y la Raja.
  • Pozas del Río Madera
  • Las Majadas
  • Valdecabras
  • Paella y baño en Villalba de la Sierra
  • Albergue de la Fuente de las Tablas

Un comentario sobre “Sobre La Melgosa

Agrega el tuyo

  1. Gracias Rui Valdivia por este reportaje de investigación en torno a un humilde y en mi , amado pueblo conquense .
    Todo pueblo necesita un Cronista , y tu has llegado a la Melgosa para quedarte !

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