Ceuta

Ceuta es un problema de compleja solución. Aunque deberíamos admitir que este problema podría tener varias soluciones. O incluso que el problema nunca se solucione, y que fuéramos capaces de malvivir con él. ¿Pero existe ahora algún problema nuevo en relación con Ceuta?. Porque quizás esta situación sólo sea un nuevo episodio de un problema que ya existía antes. O sea, que antes de dialogar o negociar sobre Ceuta, quizás tengamos que definir el problema. Y digo esto porque el ruido atronador en torno a éste y otros problemas entorpece el debate racional y favorece la disputa basada en emociones y miedos.

África es el continente más pobre del mundo, y en el que más guerras, guerrillas y dictadores existen. Europa sigue siendo el continente más rico, el que posee mayor nivel y calidad de vida del mundo, el continente que hace poco más de medio siglo tenía bajo su bota, como colonias, a la mayoría de los países africanos. Y Ceuta está en África, española y europea se erige como una puerta o como una tentación. La presión migratoria que recibe Europa es inmensa, pero la de Ceuta es colosal. Tras la frontera entre México y USA, el Mediterráneo es el lugar del mundo que concentra la mayor presión migratoria. La raíz del problema no es la migración, sino aquello que la provoca de forma tan masiva y descontrolada.

La situación humanitaria en Ceuta ahora es terrible y tan acuciante que nos hace olvidar la causa que la provocó, la cual todavía podría provocar crisis mayores en el futuro. No olvidemos que Marruecos recibe indirectamente también una gran presión migratoria del resto de países africanos, como ruta de paso hacia Europa. En Marruecos malviven miles de personas provenientes de otros países africanos, a la espera de dar el salto a Europa. ¿Qué empuja a tanta gente a huir, qué les atrae para querer venir?

Pues el hecho que comparte Marruecos con otros países africanos, la enorme desigualdad económica, los Gobiernos dictatoriales, el que exista una amplia capa de la población pobre, olvidados y segregados, sin servicios asistenciales, sin educación, y sin posibilidad de acceder a niveles de bienestar adecuados; o la población perseguida políticamente, por opiniones o acciones que sus Gobiernos dictatoriales consideran peligrosas. Marruecos es uno de estos países, y lo tenemos de vecino. Un vecino que además exige la soberanía sobre Ceuta. ¿Qué quiere, convertir a Ceuta en otra ciudad sin derechos humanos, con subdesarrollo, pobreza y persecución política?

Y les atrae, evidentemente, la riqueza que ven en las redes sociales y en los medios de comunicación, la existencia de derechos, de servicios sanitarios, de educación en los países europeos. Y como no, ese efecto llamada que enarbola al ultraderecha cuando pregona que en Europa entra cualquiera y que los migrantes poseen más ayudas y apoyo que sus propios conciudadanos pobres o necesitados.

Hablar de deuda con el Tercer Mundo puede resultar problemático. Pero no, en cambio, reivindicar el papel indispensable de solidaridad que debe defender cualquier demócrata, no sólo por compromiso ético, sino también por la defensa propia de unos valores democráticos que cada vez son más criticados, y contra los cuales cada vez más voces, partidos y Gobiernos se levantan. Y es que en este siglo XXI estamos presenciando el declive de las democracias: cada vez hay menos países democráticos y cada vez la democracia se deteriora más en los que todavía siguen siéndolo. Sólo 25 países se pueden denominar actualmente como democracias plenas (España entre ellas), 46 países como imperfectas (USA, por ejemplo) y 96 como no democráticos (Marruecos entre ellos).

El pasado colonialista de Europa en África no puede ser soslayado, pero no olvidemos que África sigue siendo una colonia de facto, porque esos dictadores malvenden y dejan que grandes multinacionales sigan explotando sus recursos naturales, sigan empleando a su población como mano de obra esclava al servicio de las grandes fortunas implantadas en los ricos países democráticos. ¿Qué hacer?

Pues USA, siguiendo las enseñanzas de Israel, se decanta por los muros y las alambradas, por criminalizar al migrante, por defender la fortaleza a ultranza, a pesar de que sus fronteras sean, en cambo, permeables a la explotación en los países más pobres, a través de la desigualdad económica y de los injustos términos del comercio internacional. Es una estrategia que día a día gana más adeptos, incluso entre países plenamente democráticos. Unas políticas xenófobas y antidemocráticas que fomenta una industria ya muy lucrativa en torno a las tecnologías de la protección y de la disuasión, de la seguridad, y que lamentablemente, sólo será cuestión de tiempo que se usen contra buena parte de la propia población. Porque no lo olvidemos, cuando alguien levanta una frontera, no sólo lo hace contra los otros, también contra aquellos que dentro se consideran solidarios con los de fuera.

La situación en Ceuta es pésima, tanto para los que han entrado, como para sus habitantes. Una ciudad desbordada, a nivel de servicios asistenciales, alojamiento, comida. Muchas zonas de España soportan que en verano sus poblaciones se dupliquen y hasta que se quintupliquen, y así y todo lo aguantan, no sin protestas también por la densidad e incremento desaforado de los precios de la vivienda, entre otros. Un país dispuesto para el turismo y para la llegada masiva de turistas con dinero, pero que no está preparado para gestionar esa otra presión humana que supone las migraciones. ¿Este es el modelo que nos depara el futuro? ¿O levantar muros o quizás verlas venir con respuestas laxas, débiles que sólo echan más leña al fuego de la xenofobia y la ultraderecha?

El modelo de convivencia en Ceuta se está quebrando por ello. No olvidemos que allí el 43% de la población española es musulmana y de ascendencia marroquí. Ya hay opciones políticas que los meten a todos en el mismo saco, que defienden a ultranza una Ceuta cristiana y blanca, Europea y de cultura española exclusivista y de rancio abolengo, y que el mal ejemplo de Ceuta integrando a la población foránea debería ser una advertencia para el resto de las ciudades españolas, que poco a poco, dicen, ya se ven sometidas también a otra invasión más silenciosa y menos evidente.

El modelo económico marroquí, auspiciado por una casta de familias protegidas por el régimen dictatorial, se basa en la construcción de grandes infraestructuras y de facilidades fiscales y subvenciones para la llegada de capitales e inversiones foráneas. No existen ni políticas sociales, ni educativas, ni de apoyo a la inmensa población pobre existente, con unos niveles de paro juvenil abrumadores, en una población en la que el 41% tiene menos de 25 años, franja de población que padece un paro del 35%, es decir, 3 millones de jóvenes sin presente, y con escasas expectativas. Una población proclive a migrar, pero también a protestar, como recientemente se ha visto en una serie de manifestaciones duramente reprimidas por el régimen. Así y todo, y a pesar de ser un régimen dictatorial que además no acata las resoluciones de la ONU sobre el antiguo Sáhara español, Estados Unidos, fiel a su tradición de instaurar y proteger dictaduras, le ofrece su apoyo en contra de España, un país democrático que pertenece a la OTAN.

Afirmaba Hélder Cámara, obispo brasileño, Cuando doy comida a los pobres, me llaman santo. Cuando pregunto por qué son pobres, me llaman comunista”. Y así sigue siendo, una sociedad que no soporta el sentido común, el juicio experto, la ciencia, y que funda el debate en puras emociones más propias del deporte espectáculo o de las crónicas de sucesos, que del dialogo en torno a las grandes cuestiones que asolan nuestro mundo. Y el problema migratorio es uno de ellos. Por primera vez, los problemas de África preocupan a Europa, pero no por los africanos, sino porque la migración parece que pone en peligro a los propios países europeos. Ceuta es un ejemplo, y la respuesta europea es un síntoma de lo que nos espera. Hemos protestado mucho por las políticas migratorias de USA, su muro contra México, el ICE y sus asesinatos y abusos, pero no parece que Europa sea capaz de ofrecer una alternativa mejor.

La pregunta trata sobre cómo cambiar nuestras relaciones con los países africanos, cómo conseguir que termine la rapiña sobre África y además lograr que en muchos de estos países termine la corrupción económica y política ligada a sus regímenes dictatoriales, cómo conseguir que disminuyan los conflictos bélicos y los enormes desplazamientos de población que ellos conllevan. La cuestión es si queremos intentarlo, o en cambio, levantar muros contra el hambre, la desigualdad, la pobreza, los perseguidos políticos y las enfermedades.

Ilustración: Ceesepe. España en llamas

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