Llegar a poseer una ideología no es un proceso sencillo. Ni intelectual, ni vitalmente. Una ideología se compone de un conjunto de ideas sobre cómo debería ser el mundo. La dificultad reside en considerarse a sí mismo como otro sujeto más, en pie de igualdad con el resto de personas que forman la comunidad política. Se trata de un esfuerzo complejo y personalmente penoso, en la medida en que cada cual vive ya inscrito en unas relaciones sociales y económicas que apenas coinciden con sus ideas sobre cómo debería vivir él mismo en relación con el resto de la sociedad. Hay una quiebra continua entre la ideología y la realidad fáctica en la que cada sujeto vive, en ese amplio espectro que va desde la pobreza hasta la riqueza. Conciliar ambas realidades, la ideal y la real, reporta un gran esfuerzo, imposible de asumir por cada sujeto en soledad, lo que hace imprescindible el trabajo con otros para ir creando o fabricando ese mundo al que cada ideología apela.
Las ideologías podrían dividirse en relación a dos categorías: aquellas que contienen más elementos cooperativos, frente a las que los poseen más competitivos. La cooperación y la competición son dos aspectos de lo humano. Y también dos formas de observar la realidad. El eterno debate entre el altruismo y el egoísmo como esencia del comportamiento humano. Quizás los cristianos deberían haber zanjado esta cuestión hace ya muchos siglos, cuando Jesús dijo en el evangelio de San Mateo “amarás al prójimo como a ti mismo”. O también los anarquistas, cuando Bakunin afirmó que “el hombre sólo es verdaderamente libre entre hombres igualmente libres”. En cambio, en el liberalismo, se dice que “la libertad de cada uno termina donde comienza la libertad de los demás”. Unos cooperan, y otros compiten.
Cooperación frente a competencia. O progresar en un mundo de iguales, o hacerlo a través de la desigualdad. Trabajar para que el poder se distribuya igualitariamente o, en cambio, querer que la sociedad se desarrolle bajo una distribución desigual del poder.
Vivimos en un mundo en el que las ideologías de la competencia han vencido. Ya sean democracias o regímenes autoritarios, la lógica económica del capitalismo penetra en casi todas las facetas de la vida y hace muy difícil que podamos pensar bajo la lógica alternativa de la cooperación. Es más, la cooperación se considera un peligro a la libertad, y sobre ella, así como sobre las ideologías basadas en la cooperación, ha recaído todo el peso del descrédito social, como si fuera un pecado cooperar, como si cooperar fuera contrario a la esencia humana y al progreso económico y social.
Lo nefasto de las ideologías de la competencia es que con suma frecuencia se deslizan hacia su epítome, las ideologías de la confrontación, que son aquellas ideologías que basan su pensamiento en la creencia de que hay enemigos que vencer para alcanzar el pleno desarrollo de la sociedad. Si en la cooperación se buscan amigos, personas confiables con las que poder trabajar, en las ideologías de la confrontación, en cambio, se buscan enemigos a los que vencer. En las ideologías de la cooperación, incluso, si hubiera enemigos, se intenta que en el futuro se puedan convertir en amigos. En cambio, en las ideologías de la confrontación, si no hubiera enemigos a la vista, se buscarían hasta entre los propios amigos.
El autoritarismo, las dictaduras, constituyen el culmen de las ideologías de la confrontación. Y resulta preocupante que las democracias estén siempre bajo el peligro del autoritarismo, por estar regidas por las leyes económicas, y éticas, del capitalismo. La economía capitalista se basa en la desigualdad y fabrica desigualdad. Y la desigualdad genera miedo, tanto entre los pobres como entre los ricos. Miedo a no poder sobrevivir, a ser tiranizado, o miedo a perder lo ganado, a ser desposeído de lo que tengo. En las democracias liberales en las que vivimos, el miedo constituye la principal materia prima a la hora de confeccionar ideologías, que se fabrican, sobre todo, para protegerse del otro. Cuando el miedo alcanza cotas irrespirables, la democracias derivan hacia el autoritarismo. El fascismo hacia el que se dirigen hoy en día la mayoría de las democracias occidentales, el fascismo que fascina a tantos, se basa en el miedo atroz al otro, en el deseo de restablecer un orden que la propia desigualdad capitalista había alterado.
En las ideologías de la confrontación el miedo se supera con la guerra, y la guerra exige unos uniformes visibles que distingan a los nuestros frente a los otros. Por ello es habitual que muchas personas que, en principio, deberían estar en el bando de los desposeídos, militen en el de los ricos, porque la ideología no sólo trata sobre el mundo en el que deseo vivir, sino también sobre cómo yo me veo habitando en él. Así, es fácil ver cómo en el bando de los poderosos militan tantos muertos de hambre, en espera de ascender en la escala social traicionando a los suyos, y protegidos bajo el paraguas de los poderosos. Carne de cañón. Y es que el fascismo lucha contra los pobres, que no contra la pobreza, contra todo aquello que supone debilidad o fealdad, contra chivos expiatorios a los que se les echa las culpa de supuestos agravios y ante los cuales los propios fascistas se presentan como víctimas.
Vivo en un país en el que el miedo se ha convertido en motor político de primer orden. El miedo es algo que posee una componente subjetiva muy importante, que se basa muchas veces en cómo imaginamos al otro. Y esa imagen del que potencialmente provoca miedo, suele estar muy mediatizada por los aterradores profesionales, aquellos que desde los medios de comunicación y desde sus tribunas políticas inoculan el miedo en la sociedad. El miedo actúa en la sociedad como un combustible altamente inflamable que, enfrentado a una chispa, prende convertido en autoritarismo y violencia.
Cuando el fascismo apareció en Europa en la primera mitad del siglo XX lo hizo, sobre todo, por el miedo de los poderosos al comunismo y a los deseos de las masas empobrecidas de alcanzar una más justa distribución de la riqueza social. No se puede entender aquel fascismo sin el comunismo, sin el miedo al sionismo internacional y a la masonería. Pero ahora no hay comunismo, y hasta los fascismos actuales devanean con el sionismo y sus políticas genocidas en Palestina. A qué le tienen miedo los poderosos de mi país, los ricos, en qué miedo se apoyan para estar promoviendo soluciones autoritarias.
¿Al PSOE? ¿Temen al socialismo español? Pero si sus políticas han sido siempre liberales y poco socialistas en materia económica. Basta con observar los indicadores macroeconómicos de nuestro país para advertir, objetivamente, y en comparación con países de nuestro entorno, que la economía española discurre boyante. Si ellos precisamente han sido los más beneficiados por las políticas socialistas. Pero la ultraderecha española los llama comunistas, y los consideran un peligro. Incluso algunos líderes eximios del socialismo español temen más a su propio partido que a la derecha. ¿Qué tiene el PSOE o Pedro Sánchez para despertar tanto miedo?
En la mayoría de las ocasiones el miedo no se basa en algo real y tangible, sino en el fantasma que fabrican aquellos que desean aprovecharse de él para expandir una ideología de la confrontación. El que medra tras el miedo que genera, sólo tiene que preocuparse de pelear contra los enemigos y justificar, tanto su presencia como líder, como los sacrificios inútiles que le exige a la población, en que está luchando contra esos enemigos invisibles, contra terribles molinos de viento.
Vivimos en una sociedad en la que la mentira, el bulo, la información sediciosa campa por sus fueros. Siempre ha existido la mentira. No en vano siempre se dijo que la verdad es la primera víctima de toda guerra. Pero las redes sociales, a la que se suma ahora la inteligencia artificial, son capaces de generar verdaderos mundos virtuales que poco tienen que ver con la realidad material. Las redes sociales y sus algoritmos son capaces de crear, alrededor de cada ciudadano, una burbuja de desinformación autorreferencial abrumadora. Y es en estos entornos solipsistas en los que se están fabricando las nuevas ideologías autoritarias o fascistas. No en vano, cada vez son más frecuentes las injerencias extranjeras en las elecciones democráticas a través de algoritmos que distribuyen falsedades entre la población con el objetivo de torcer el voto. El último escándalo en tal sentido, el del Reino Unido en las elecciones del Brexit y la injerencia rusa en el proceso electoral. O cómo el trumpismo ha podido medrar en USA con políticas que van en contra de sus propios votantes. Se ha hablado mucho y con poco conocimiento de causa, del posible pucherazo del sanchismo, pero acaso la amenaza más grave a la transparencia de las próximas elecciones generales en España, sean las injerencias, a través de redes sociales, de USA e Israel en favor de la ultraderecha española.
La ultraderecha española ha creado el monigote de Sánchez, al que ha convertido en receptáculo de todo lo que temen, y por tanto, odian: Sánchez está vendiendo España a los pobres, a los inmigrantes, a los musulmanes, a los catalanes y a los vascos, incluso a las mujeres malas y a los maricones, y a las víctimas del franquismo; si España está arruinada y se hunde en el marasmo económico es por culpa de todos estos colectivos a los que el sanchismo y su política de alianzas políticas, está defendiendo en contra de los españoles. Es como si en España hubiera persistido un fascismo social soterrado que sobrevivió al franquismo, y que en momentos como los actuales, atizado por la desinformación y el miedo, surge por encima incluso de sus intereses particulares.
No estoy defendiendo ni al PSOE ni a su pretendido socialismo, sino destacando únicamente cuál es la causa de la deriva autoritaria y fascista en la que está inmersa la sociedad española. Cada vez veo más jóvenes en la calle en actitudes de violencia y de rabia, y cuya única propuesta a nivel político consiste en atacar a algún colectivo vulnerable. A un observador imparcial le debe resultar tan increíble ver que jóvenes bien criados gracias a la democracia española, estén alabando las virtudes políticas de un dictador tan infame, que Franco y su régimen se esté convirtiendo en modelo a imitar, que estén conformes con perder la libertad de la que ahora disfrutan por querer vivir en un régimen cuartelero bajo la bota de un dictador. O quizás creen que por convertirse en cachorros del fascismo, éste va a ser benévolo con ellos y por su lealtad premiados en contra del resto de la población.
En este marasmo informativo en el que vivimos, yo ya no sé si es posible confeccionar una ideología. Resulta tan abrumadora la cantidad de información, que resulta casi imposible cribarla y obtener las pepitas de verdad que se esconden en el mundo en el que vivimos. A ello se suma el desprestigio que hoy en día posee la ciencia, el conocimiento, la búsqueda objetiva de la verdad. Muchas personas, obnubiladas por el espectáculo, desconfían de los científicos, de las personas que dedican su vida a desentrañar la verdad. Casi nadie se esfuerza en querer comprender, sino sólo en devorar información, en creer en verdades simples, porque la complejidad o el esfuerzo abruman. Toda verdad científica que implica una acción social, que puede generar un malestar en relación con el bienestar que percibimos, resulta desechada y no creíble. Como niños a los que les ofusca lo que no concuerda con su interés inmediato, cada vez más gente desecha el juicio experto, la autoridad de la ciencia y de las personas e instituciones que se dedican a ello. Incluso, cada vez hay más personas que desconfían de aquellos que hablan correctamente, de sujetos que hablan con propiedad y emiten juicios estructurados, que no se dejan llevar por el verbo fácil y la verborrea.
Todos los mundos han sido difíciles. Cada cual ha tenido su maldad, y también sus bondades. Y el de hoy tampoco es fácil. En cada uno de ellos se han podido elaborar diferentes ideologías políticas, es decir, explicaciones sobre lo que estaba pasando y en relación con ello, acciones que deberían adoptarse para fabricar otra realidad. En el mundo de hoy también hay ideologías, pero resulta tan difícil contrastarlas con la realidad, emitir un juicio medianamente justo sobre la verdad que contienen. El esfuerzo es grande, y como hemos visto, pocas personas desean ya realizarlo. Por ello propongo un camino provisional que puede servir para orientarse, y en un primer vistazo, ordenar o estructurar la realidad política. Y éste atajo consiste en comparar las ideologías, o las propuestas políticas, o los programas electorales, o las acciones de gobierno, según afectan a los colectivos más vulnerables o débiles de la sociedad, sin distinción de género o de raza. A saber: los niños, los ancianos, los enfermos, las víctimas y los pobres. Y defender, dentro del espectro político que se nos ofrece, aquel programa o propuesta que veamos que mejor defiende y protege a estos colectivos.


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