El adjetivo, trascendental, es hoy en día de los más socorridos por los medios de comunicación para llamar la atención sobre partidos de fútbol, acontecimientos musicales, sucesos climáticos, hallazgos científicos, y ahora también, ante las próximas elecciones generales en España: unas elecciones trascendentales para el futuro de nuestro país.
Vivimos continuamente en el desasosiego trascendental, asaltados constantemente por sucesos extraordinarios que exigen nuestra máxima atención. Pero también en el transcendentalismo emocional, de tal modo que tanto los medios de comunicación, como los políticos, buscan impactar antes al corazón que al sentido común, buscando que las respuestas ciudadanas sean antes viscerales que racionales, y más aún, que las cosas que se creen y que se aceptan como ciertas, vengan avaladas antes que por la razón, por la emoción que despiertan.
Bajo estas claves resulta interesante analizar el fenómeno de las próximas elecciones del 29 de noviembre, que yo llamaría, emocionales, a la par que trascendentales, por la pasión tan elevada que han despertado en la ciudadanía, y también, por la polarización tan acusada en la que está derivando. Y es que ya no se puede dialogar sosegadamente sobre política, no ya en la comida familiar, sino tampoco en las tertulias o los debates.
Media España va a depositar su voto bajo la rúbrica de Pedro Sánchez hijo de fruta. Nunca antes había ocurrido algo así. Y las personas que corean esta consigna compruebo que lo hacen como si ello fuera algo muy revolucionario, a la par que gracioso, que el lema que está sirviendo como banderín de enganche de una parte del electorado, amalgamara más que por una ideología o un pensamiento, por la pura emoción del odio desencadenado al margen de la racionalidad.
No estoy afirmando que sea malo no votar a Sánchez, cosa totalmente legítima y que bien puede fundamentarse en argumentos racionales e ideológicos sólidos, sino criticando las razones emocionales que están empujando a una parte del electorado, que sorpredentemente se ha beneficiado de eso que ha venido en llamarse, el sanchismo.
Esto no es una sorpresa. Si algo ha caracterizado al socialismo español desde los tiempos de Felipe González, ha sido el que ha sentado siempre las bases para que las élites económicas del país puedan realizar pingües beneficios. Esto lo ha sabido también interpretar el socialismo actual, ya que durante los últimos 8 años del llamado sanchismo, España ha crecido económicamente a unos niveles superiores a los de la UE, pero manteniendo unos niveles de desigualdad elevados. La seña de identidad más clara del socialismo español ha sido la de beneficiar a las grandes fortunas, a los grandes inversores, garantizar un clima legal y social favorable para que en España se produjeran grandes beneficios, y en conjunción con ello, y utilizando su “prestigio” de partido de izquierdas, fagocitar a los movimientos sociales, grupos y partidos que pudieran representar un peligro para la estabilidad económica capitalista de España.
Puede afirmarse que el gran mensaje que el socialismo español le ha enviado a los capitalistas españoles ha sido el de favorecer un buen clima social, la ansiada paz social, a cambio de lanzar mensajes, y pequeñas y grandilocuentes políticas en pro de la igualdad, el feminismo, en contra del racismo o a favor de los homosexuales, con el objetivo de erigirse en únicos representantes de las mismas, y por tanto, eliminando la capacidad de movilización de la ciudadanía a través de grupos o partidos alternativos que pudieran poner en peligro esa paz social tan proclive al capitalismo.
Pero ahora, a Sánchez y al socialismo español, le insultan precisamente los que más se han beneficiado por estas políticas, por leyes y decisiones que en materia económica más han beneficiado a las rentas más elevadas, políticas que en esta dirección, incluso han sido más eficaces que las de la derecha puso en práctica en su día, y que el socialismo nunca derogó. Porque también hay que decirlo, la conflictividad social promovida por los llamados grupos de izquierda se reduce enormemente cuando es el partido socialista el que gobierna.
Si en este país ha subido tanto el precio de la vivienda, lo que ha beneficiado a rentistas y grupos de inversión, a la par que a un grupo numeroso de familias de clase media, han sido las sucesivas burbujas inmobiliarias protagonizadas por gobiernos, independientemente de su signo político. Casi todas las propuestas que el socialismo ha lanzado han sido ineficaces. En cambio, ahora se declaran campeones de la vivienda justa, ondeando la bandera de Carmen y declarándose victimas de un Congreso que no ha sabido comprender la trascendencia de dos decretos que ahora desean esgrimir como principal arma electoral.
Debe resultar traumático para el sanchismo comprobar cómo las élites le traicionan, cuando han sido su principal aval histórico. Y precisamente que se utilice como distintivo de enganche contra el socialismo esas políticas sociales, que más que favorecer a los menos favorecidos, buscaban proteger a los más favorecidos. Las élites siempre han comprendido que la desigualdad que provoca el capitalismo hay que manejarla políticamente. Y que en este papel, el socialismo español ha desempeñado un rol indispensable de apaciguamiento. Y también, que al declararse el socialismo como único representante de esas demandas de la izquierda, las élites han podido dialogar con políticos razonables, y no con movimientos sociales heterogéneos que mostraban una gran multitud de portavoces. No es el socialismo quien fabrica esas demandas sociales de izquierda, sino quien las fagocita para hacerlas aceptables al capitalismo.
Pero ahora parece que las élites olvidan este papel histórico del socialismo, y en contra de su propio interés, mueven todos los hilos mediáticos y de influencia para que no se vote al sanchismo bajo el lema de hijo de fruta, con el objetivo de que el electorado vote al PP o a VOX con odio y con rabia contra el PSOE.
¿Es verdad que la alternativa de derechas al PSOE va a derogar toda la legislación que se ha aprobado durante estos ocho años, que va a hacer una política en las antípodas del socialismo? Pero si la mayoría de esa legislación precisamente ha beneficiado a buena parte de los que van a votar en contra del socialismo. ¿O quizás sólo van a derogar una parte, la que tiene que ver con el independentismo catalán, con el feminismo, con la educación o la sanidad universales, contra las pensiones, contra los homosexuales, contra los migrantes, contra los españoles que no son de pura cepa o contra el recuerdo de las víctimas de la dictadura franquista? ¿Se están dando cuenta las élites de que tal cosa va a provocar una conflictividad social que va a redundar en su perjuicio? ¿O es que las élites ahora prefieren un país en guerra, o es que creen que los beneficios de la mano dura, la violencia, van a ser superiores que los beneficios del apaciguamiento? ¿Creen de verdad que una guerra con Marruecos, o llevar los tanques a Cataluña, o prohibir la presencia pública de colectivos marginados o de actividades culturales y artísticas en libertad, va a ser mejor que llevar a cabo las políticas históricas de apaciguamiento en las que el socialismo español tan bien se ha desenvuelto en su propio beneficio?
El socialismo español entendió cuál debía ser su papel en la política española en los tiempo de Suresmes, en sus acuerdos secretos con Estados Unidos y su posterior postura en los Acuerdos de la Moncloa. Porque una parte del franquismo entendió muy pronto, ya por los años cincuenta, que la Dictadura representaba un freno para el desarrollo económico del país y para su enriquecimiento. El régimen de Franco era un sistema clientelar, arbitrario y cuartelero que sólo a regañadientes fue aceptando algunas políticas económicas eficaces para el desenvolvimiento del capitalismo. Pero Franco, para su desgracia, no dejó el poder hasta su muerte. Entendieron entonces que Franco había cumplido un papel indispensable, el de eliminar fáctica y físicamente a la oposición. Sin embargo, a su sombra, había crecido un malestar social y unos grupos que debían ser también controlados. Y qué mejor postor para ese trabajo que el del socialismo español. A cambio de algunas migajas y de aceptar algunas políticas de izquierda, asegurar la paz social imprescindible para llevar a cabo las verdaderas políticas económicas que con Franco no pudieron desarrollar las élites franquistas.
La Transición española fabricó la gallina de los huevos de oro, de la que el PSOE ha sido hasta ahora su principal actor. Ahora parece que aquellos grupos sociales beneficiados por ello, desean matar a la gallina en estas trascendentales elecciones generales, en espera de mayores beneficios. El tiempo dirá si tenían razón o si, en cambio, vamos a tener que soportar las políticas de burdel y esperpento a la que los demagogos de otros países nos tienen ya tan acostumbrados.


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