RELATO DE UN TRIATLÓN: el ASTROMAD olímpico

Si no lo sabíais, en el triatlón se realizan las siguientes especialidades deportivas: natación, ciclismo y carrera a pie.  Aunque parezca absurdo y reñido con el decoro, primero nos bañamos y a continuación nos montamos en la bici, para acabar corriendo. Ya fuera de la competición, nos podemos duchar, aunque a veces, y si el calor resulta riguroso y el organizador posee un mínimo de caridad y coloca difusores o duchas frías, nos podemos también refrescar por el camino para reducir la temperatura corporal y no reventar.

El triatlón es un deporte moderno. El hecho de que incluya un sector de bicicleta imposibilitó que el pueblo griego lo practicara en sus olimpiadas, por lo que lamentablemente no nos ha llegado ningún retazo de poseía pindárica al respecto. Sin embargo, y a pesar de no poseer apenas historia, el triatlón tiene fama de ser un deporte duro y exigente, sobre todo por el modo en que fue inventado, muy viril y de machotes. En este caso el honor no le cupo directamente al pueblo inglés, sino que Hawái y los marines norteamericanos  lo crearon en un típico reto de vaqueros texanos. Que si es más duro un maratón. No, nadar es mucho más exigente. ¡Qué va!, recorrer en bici la isla resulta mucho más sacrificado. Pues hala, quien sea hombre que haga las tres cosas a la vez. Por ello, cuando todavía no se llamaba triatlón, estos brutos lo denominaron Ironman (hombre de hierro), que consistía en realizar 3,6 kilómetros de natación en aguas abiertas, 180 kilómetros de ciclismo en ruta sin posibilidad de chupar rueda (sin drafting) y finalmente una maratón. Todo sin pausa, de corrido. Una salvajada.

Y me explayo en este preámbulo que no volveré a repetir en siguientes narraciones, para contextualizar debidamente el relato que os ofrezco, que no es otro que el de un triatlón olímpico en el que participé el sábado 23 de junio de 2012, y al que pomposamente el organizador califica como “el triatlón más duro del mundo”. Como veis, este deporte todavía no se ha desembarazado de la rudeza y fatuidad que marcaron sus inicios.

Desconozco por qué este triatlón se llama ASTROMAD. Pero las pruebas discurren por las serranías linderas a Robledo de Chavela. Y digo pruebas porque a la vez se realizan tres modalidades de triatlón, un sprint, un olímpico y el que llaman half Ironman. El primero resulta cortito (750 metros de natación, 20 kms de bicicleta y 5 kms de carrera a pie), el olímpico debería doblar al anterior, pero para hacerse los duros el ASTROMAD agrega 20 kilómetros al tramo ciclista, por lo que este sector contempla 60 kilómetros que discurren por un terreno quebradizo, sin un solo llano, entre el embalse de Picadas y el mencionado pueblo de Robledo de Chavela. El half, evidentemente, la mitad de un Ironman.

En esta zona el río Alberche, que nace en la cercana Sierra de Gredos, realiza la conocida curva de Aldea del Fresno, y tuerce abruptamente su carrera hacia el Mediterráneo por la del Atlántico. Poco antes de esta esquina o quiebro, la Confederación Hidrográfica del Tajo tuvo a bien autorizar la construcción de tres presas, la del Burguillo, a continuación la de San Juan y finalmente la minúscula de Picadas, en un entorno bello, pero lacerado por la llegada masiva de madrileños con tortillas que se precipitan por la tajadura que en estos montes realiza la arteria M-501, más conocida por carretera de los Pantanos y que afortunadamente no ha sido todavía convertida en autopista en su íntegra longitud. Precisamente en ese embalse de Picadas, comienza la prueba, con el nado en sus aguas tan placenteras como gélidas.

La prueba demoró su comienzo aproximadamente una hora, previsto inicialmente para las 14:30. Todos creímos que el retraso se debió a un accidente automovilístico, pero no, la culpa la tuvo la Benemérita que por olvido o quizás dejadez, no dieron señales de vida hasta que la organización se lo recordó en llamada urgente. En el interregno, y ya que casi todos nos habíamos calzado el temible neopreno, y a que el sol caía a plomo contra sus negras gomas, nos metimos a chapotear al embalse, lo que yo creo nos vino muy bien a todos para quitarnos miedos y nervios y permitir que aflorara entre los participantes un sano espíritu de camaradería y compadreo.

Bocina. Una constante de los triatlones. Tras la preceptiva “cámara de llamadas”, el bocinazo de salida. Estábamos bajo los pilares de un puente que atraviesa el embalse de Picadas muy cerca del muro de la presa de San Juan, a la sombra y de pie apoyados en sus cimentaciones y con el agua hasta la cintura. Ida y vuelta dejando unas boyas rojas siempre a la izquierda, siguiendo la forma del embalse que resulta muy estrecho y un tanto encajonado, de tal modo que la última boya de giro no se veía al comenzar y sólo aparecía a la vista tras atravesar una curva del río. Afortunadamente no tuve que levantar demasiadas veces la cabeza para orientarme, ya que conseguí meterme en un grupo que nadaba a buen ritmo y que parecía seguir correctamente el rumbo. Apenas tardé unos 26 minutos en cubrir los 1.500 metros, un tiempo aceptable dadas mis condiciones, lo que prueba que supe seguir bien el rebufo del grupo y que éste no se extravió en demasía.

Del agua uno sale como puede, siempre mareado y no entiendo muy bien, con ganas de correr. Por cuestiones de energía potencial, el agua siempre está más baja que boxes, por lo que sin excepción hay que correr cuesta arriba con el neopreno chorreando y los gritos de la gente, que atronan como gaviotas festejando un botín de arenques. Hay que quitarse el neopreno, las gafas y el gorro, y ponerse el caso, las gafas, el dorsal y coger la bici que suele llevar ajustadas las calas de las zapatillas de ciclismo, con unas gomitas que con maña y pragmatismo cada cual sujeta en el lugar del cuadro más a propósito para ello. El acto de desenfundarse el neopreno ya se inicia en la propia agua, cuando uno deja de nadar y comienza a andar como puede remontando la cuesta de la orilla. Lo primero, alcanzar la cinta que pende de la cremallera en la espalda, tirar hacia abajo y según se corre, ir desvistiendo el torso y las mangas, para acabar llegando a boxes con el neopreno por la cintura. Realmente un espectáculo visual, que inmediatamente desilusiona cuando el triatleta emprende la tarea de liberar las extremidades inferiores, ya sea rodando por el suelo, pisoteando el traje, estirando y retorciéndose, a nadie deja indiferente esta lucha denodada que siempre incorpora algún tirón muscular, sobre todo en los gemelos, la planta del pie o los isquios, muy sensibles a estas contorsiones. Todo este lío lo desanudé como pude, no muy eficazmente, ya que olvidé untar de vaselina mis pantorrillas y el maldito neopreno no se dejaba quitar por más fuerza que le imprimía. En este trance los nervios te intoxican la mente de adrenalina, las pulsaciones se elevan y el sudor frío te amarga cuando ves que los rivales ya están cogiendo sus bicis mientras tú luchas desaforadamente con un tobillo que no quiere zafarse de la goma que lo atenaza como una sierpe.

El trance de pedalear se agradece, porque supone que ya has superado una de las pruebas, que te has quitado el traje de pingüino y si hace calor, como fue el caso, la conjunción del agua que te baña y del vientecillo que te azota, provoca un frescor que alegra, reconforta  y estimulan un pedaleo cadencioso y festivo muy gratificante. Pero sólo al comienzo, porque este triatlón, no lo olvidéis, se anuncia como el más brutal del orbe, y por tanto, que el tramo ciclista no posee ni un solo tramo llano, y las primeras rampas, y la  pronta evaporación del agua y aminoración del ritmo, acrecientan la temperatura corporal y hacen surgir los primeros síntomas de esa fatiga que te acompañará durante todo el resto de la prueba. Un placer.

El primer tramo consistía en la subida de 14 kilómetros al Puerto de Almenara, de pendiente no muy pronunciada, pero constante y sin tregua. El paisaje ayudaba a superar esta cota, con abundantes pinos y unas peñas cercanas de gran belleza y lisura, reclamo de escaladores. A continuación una bajada de 10 kilómetros, y finalmente, el resto de la prueba hasta completar los 60 kilómetros, que atravesaba los pueblos serranos de Cebreros, Hoyo de Pinares y Valdemaqueda, un continuo sube y baja con predominio del ascenso, ya que la presa de Picadas se encuentra a una cota muy inferior que la llegada en Robledo de Chavela.

En la bici la principal ocupación consiste en contar, cuántos me adelantan y a cuántos alcanzo. En mi caso, adelanté más de lo que fui adelantado, lo que causa una gran alegría y orgullo. Hasta que llega un momento de equilibrio en el que los ciclistas que te rodean poseen un nivel similar al tuyo y las posiciones se estabilizan, a menos que te arree una pájara que te tumbe en la cuneta del desespero. Aunque en este caso la desesperación llegó no por los rivales, sino por los elementos, ya que la organización pifió los avituallamientos, escasos para el calor que hacía, y los últimos 20 kilómetros se hicieron realmente duros para todos. En estos casos la lengua se transforma en un órgano irreconocible y torpe al que te gustaría extirpar, la garganta, una fosa hidrópica de insondable aridez, y los labios, brocales desesperados perdidos en la llanura de un acuífero sobre-explotado. O sea, un cabreo tremendo que se acrecienta según ves pasar los kilómetros sin que puedas maldecir en arameo a algún miembro de la organización, que en tales casos desaparecen o más bien, ni aparecen donde deberían haber estado.

Pero alcanzas la T2, que no es una terminal de aeropuerto, sino el lugar donde te esperan las zapatillas de correr, y donde previamente has tenido que desmontarte de la bici a instancias de una señorita que agita un banderín en advertencia de que como rebases una raya pintada en tiza, y que discurre a sus pies, te sacarán una tarjeta amarilla si la tocas montado, o roja y expulsión si la rebasas ampliamente. En esta transición se trata de colgar la bici en una barra pendiendo de la puntita del sillín, dejar el casco y las zapas, coger la gorra y las otras zapas, y salir pitando, no tanto porque uno tenga muchos deseos de correr, ninguno, sino de alcanzar lo antes posible la botellita de agua y las duchitas de agua pulverizada que las organizaciones caritativas suelen colocar a la salida de boxes coincidiendo con el lugar donde empiezan y acaban las vueltas del circuito a pie. En este caso, afortunadamente, no había que dar muchas vueltas, sólo dos a un circuito de 5 kms, la ida preferentemente cuesta abajo, y la remontada de vuelta. Lo dramático fue que ida y vuelta se hacían por la misma calzada de carretera y según veías las caras de sufrimiento de los que venían imaginabas la que deberías tener tú mismo. Hubo muchos abandonos, gente caminando o acalambrada, yo creo que por la suma de calor, falta de agua y dureza del tramo ciclista.

No creáis que los kilómetros a recorrer en carrera dependen únicamente del número de vueltas, ya que la distancia siempre debería ser fija, en este olímpico del ASTROMAD  10.000 metros, pero según la índole del circuito esta distancia se suele descomponer en fragmentos llamados vueltas. Cuanto más vueltas más lío, porque el triatleta, llegado este punto ya no sabe ni contar, y menos aún, contestar qué hace allí dando vueltas a un circuito incomprensible repleto de otros despojos humanos de mirada ausente y gesto sufrido. Para facilitar la tarea, otra vez una señorita acomete la responsabilidad de repartir pulseras a los participantes según van completando vueltas. A veces cada pulsera, y según la vuelta en la que se obtiene, posee un color distintivo, pero otras, en cambio, parece que las pulseritas o gomas o coleteros fueron comprados en un saldo de chinos o quizás sustraídas a las hermanas pequeñas de los organizadores, ya que no poseen coherencia alguna ni en el color ni en el tamaño ni en el material. Y al fin, cuando el número de pulseras coincide con el total de vueltas a ejecutar, en este caso 2, pues la prueba acaba, levantas las manos, suspiras y suena un pitido fruto del paso del chip por la alfombra azul que siempre hay debajo del arco de meta.

Hasta muy recientemente este último tramo de carrera a pie era mi auténtico talón de Aquiles en estas pruebas multi-deporte, ya que mi nivel de nado o de ciclismo eran muy superiores. Una de las aspiraciones de estos dos últimos años de entrenamiento ha sido mejorar en la carrera, y conseguir que discurriera acorde con los otros dos segmentos del triatlón. Siempre había sufrido el adelantamiento continuo de rivales, en cambio, en esta ocasión no fue así, y nadie me rebasó, y yo a su vez superé a otros triatletas. No sé si debido a mi mejora o al hecho de que al haber sido tan duro el tramo ciclista y el calor, la mayor parte de los compañeros estuvieran ya agotados para desplegar sus mejores dotes corredoras.

En suma, 3 horas y 38 minutos de prueba, y la gran alegría de haber quedado TERCERO en la categoría de Veteranos 1, es decir, de triatletas ya maduritos de más de 40 años y menos de 50.

 

6 comentarios sobre “RELATO DE UN TRIATLÓN: el ASTROMAD olímpico

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      1. Ah!!!!!. Ya me quedo más tranquilo. Pensaba que habías ascendido definitivamente al Olimpo y nunca más podría alcanzarte. Aún así, es un tiempazo para una prueba tan dura.

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  1. Y noragüena por el blog, que leeré los domingos y me ahorro comprar el periódico por el dominical. ¿Tienes servicio de envío en papel a casa? Es que si leo algo en papel, para mi señora, me estoy instruyendo y haciendo algo útil, mientras que si es en la pantalla resulta que pierdo el tiempo de manera clamorosa.

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