HUELGA

En la situación en que se encuentra nuestro país la huelga general supone una obligación. Entre otras razones porque la legislación que se nos avecina y anuncia por todas partes significará menores derechos de asociación y mayores restricciones de manifestación y de protesta. Ante el derecho que se nos quiere negar, no existe mejor opción que ejercerlo en su defensa.

La huelga se convoca fundamentalmente para defender a las personas que permanecen en paro, a los expulsados del mercado laboral y que en la situación actual de escasa actividad económica, inexistente inversión y austeridad, porque ante ellos y sus familias se abre un futuro siniestro, ya que al paro habría que añadirle el impacto negativo de la decapitación de lo público, y el hecho de que cada vez debamos sufragar, con un porcentaje mayor de nuestra renta, unos servicios públicos que se venden a precio de saldo al sector privado. El 14 de noviembre me manifestaré contra esta doble injusticia, la del paro que le quita el sueldo a numerosos trabajadores y también contra la privatización de los servicios públicos, que impide que cada vez mayor número de ciudadanos puedan ejercer unos derechos que todavía están recogidos en nuestra Constitución.

Aunque a los conservadores y a los capitalistas les pueda parecer un contrasentido, el derecho al trabajo se defiende, en primer lugar, protegiendo el trabajo todavía existente. Parados y  trabajadores debemos unir nuestras voces y evitar competir por el escaso y cada vez peor remunerado trabajo existente, porque el enemigo no es el trabajador todavía no expulsado, ni el funcionario, sino un sistema que distribuye la renta económica y el poder cada vez de forma más injusta y menos equitativa. No estamos ante un problema de redistribuir el poco trabajo existente por medio del enfrentamiento entre los trabajadores y los parados, absurdo que no solucionaría el problema, sino en ampliar la oferta laboral con cada vez mejores condiciones de trabajo.

La respuesta del sistema a la huelga general del 14 de noviembre se resume en el siguiente razonamiento contra los convocantes: que resulta imposible mejorar la retribución al trabajador en la situación de crisis en la que se encuentra el país, por lo que una huelga que va a incrementar las pérdidas económicas de las empresas resulta contraproducente al objetivo del defender el derecho al trabajo. El corolario de esta afirmación sería por tanto el siguiente, que la mejor forma de defender el trabajo sería manifestar el deseo de reducir cada vez más nuestra nómina y trabajar mayor número de horas, porque ello incrementaría los beneficios empresariales y por tanto, la nueva contratación laboral.  A los trabajadores y a los parados sólo nos resta aceptar voluntariamente trabajar más por menos, o en cambio, enfrentarnos a este razonamiento bastardo de la patronal y de la banca convocando una huelga general, porque de lo que se trata no es de mendigar un trabajo en la caridad del sistema, sino en defender un derecho sin el cual ser ciudadano en un país democrático resulta imposible.

Evidentemente, la huelga general no supone una solución del problema, nadie de los que nos vamos a manifestar poseemos la solución a la crisis de destrucción de empleo que nos arrasa. Pero creemos que nuestra sociedad padece esta situación de crisis porque los encargados de ofrecer soluciones se han equivocado en su propio beneficio, y si todavía están rigiendo los designios de la economía y de nuestras vidas es porque detentan un poder que deseamos empezar a arrebatárselo precisamente con acciones como la de la huelga general. Una huelga general no se plantea con el deseo de que al día siguiente cambien nuestras condiciones laborales, no se convoca con un objetivo laboral concreto, sino para dar un golpe en la mesa donde se decide política y económicamente con el deseo de torcer la voluntad de los poderosos, para empezar a sentar las bases de una sociedad más justa.

En este país las únicas personas que se suicidan son los trabajadores y los parados, los desahuciados de sus viviendas o las personas dependientes sin ayuda. Todavía no hemos tenido la suerte de presenciar el vuelo de ningún banquero por voluntad propia. Nadie dimite, nadie devuelve lo robado, nadie se siente responsable de la crisis y del saqueo perpetrado contra la administración pública y contra el Estado. Deseamos que al menos durante un día de huelga general no nos sigan expoliando, porque mientras no se haga justicia y no devuelvan lo robado, cada día de trabajo de la sociedad únicamente servirá para que continúe el expolio y el robo contra los ciudadanos y contra lo público. La huelga general, por tanto, también es un aviso, y una amenaza, de que la ciudadanía no confía en los poderosos y que desea superar la crisis bajo la dirección de otras personas y bajo otros supuestos, y si me apuran, que ya no deseamos ninguna dirección tradicional de nuestros negocios, que la Constitución aún vigente está superada y que deseamos un nuevo proceso constituyente que no se circunscriba a los conciliábulos de palacio, sino que se realice en la calle con libertad y sin guardianes.

Creo también que a esta huelga general deberían unirse muchos empresarios, aquellas personas que con tanto esfuerzo han levantado una actividad agrícola, industrial o de servicios, de creación de riqueza, y que ahora se ven abocados a abandonarla, a malvenderla o a arruinarse por culpa de la falta de crédito y de la reducción del poder adquisitivo de una parte de la ciudadanía. La CEOE sólo defiende los derechos de las grandes empresas, de las multinacionales, de los ricos, el cambio de paradigma hacia una sociedad cada vez más desigual y con menores derechos, un nuevo fascismo económico contra el que debe levantarse todo ciudadano preocupado y responsable, sea parado, trabajador o empresario.

Yo voy a ejercer mi derecho a la huelga general del 14 de noviembre, porque deseo impedir la revolución que soterradamente está realizando una parte de nuestra sociedad contra el conjunto de la ciudadanía. Se trata de una revolución contra la democracia que servirá para consolidar el poder de los saqueadores de las arcas públicas. Sin embargo, todavía nos necesitan, mientras no inventen la máquina perfecta que haga inútiles al resto de los ciudadanos, precisan todavía de nuestro trabajo, cada vez más precario, pero trabajo indispensable, sin cuya explotación no podrían ejercer su poder. Por tanto, la huelga general supone una toma de conciencia, de que nuestro trabajo nos sigue perteneciendo. Por no trabajar reivindicamos nuestro derecho al trabajo digno y a que sea reconocido todo el poder que atesoran aún nuestras manos y nuestro cerebro. Porque la libertad de trabajar va unida a la de no trabajar, la huelga general se erige en herramienta indispensable para superar la crisis y caminar por una senda política más equitativa y democrática.

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