CONCIENCIA SOCIAL EN WILDE

La fama de extravagante y diletant persigue al escritor irlandés Oscar Wilde (1854-1900). Estamos ante un personaje ambiguo que presenta diversas facetas que pretendió usar a su antojo y conveniencia, y que en cierta manera le traicionaron en esa etapa trágica del final de sus días.

Cultivó la ambigüedad, y fue un destacado miembro del movimiento esteticista. Sus declaraciones cuajadas de ingenio y fingida irreverencia pueblan los libros recopilatorios de frases célebres. Quiso vivir en la máscara, y no contento con llevar a término una única existencia intentó desdoblarse en diversos personajes, provocación que acabaría constándole la vida. En suma, a pesar de su fina inteligencia y fingida veleidad, no pudo soportar la tensión entre su repertorio de “disfraces” y la animadversión de una sociedad que aún no había traspuesto los prejuicios puritanos de la sociedad victoriana.

Wilde se sintió ante todo un poeta, que aspiró a hacer compatible el éxito social con la libertad moral de comportarse al albur de su voluntad, en ese filo inestable de un vitalismo que le obligaba a atesorar experiencias sensoriales con las que amasar su escritura. Sus obras más famosas son las teatrales, que le reportaron fama y beneficios. La importancia de llamarse Ernesto y El abanico de  Lady Windermere siempre serán recordadas por su ingenio, por la aguda caracterización de sus personajes y la alegre disposición de la trama, obras inmortales que desde su estreno entusiasmaron al público. Pero fiel al deseo de sondear todos los campos estéticos, Wilde también destaca en su poesía, en los artículos periodísticos, la novela, el relato, e incluso, el ensayo.

Sorprende la variedad de registros del escritor irlandés, sobre todo, que fuera capaz de crear en todos ellos obras maestras de la literatura. En el terreno del cuento infantil El ruiseñor y la rosa, El príncipe feliz o El gigante egoísta, en el de la novela, El retrato de Dorian Grey, y en el género de misterio, esos tesoros que son El fantasma de Canterville o El crimen de Lord Arthur Saville.

Desde la prisión de Reading donde fue confinado durante dos años a la pena de trabajos forzados, escribió De Profundis, obra alabada y reconocida póstumamente, pero que sin embargo carece, en mi humilde opinión, del aliento estético característico del autor. El valor que atesora como documento autobiográfico se lo sustrae al de su valor estético. Creo que los artistas necesitan posicionarse ante su obra con cierta distancia, y sobre todo en el caso de escritores mordaces y críticos con las costumbres, poder sobreponerse a la contingencia de lo cotidiano  sirviéndose del ingenio y la ironía. Y en este caso, la redacción de la obra póstuma de Wilde -como en parecidas circunstancias las Trágicas y las Pónticas de otro mordaz y acerado escritor, en este caso romano, Ovidio, también deportado a perpetuidad al Ponto Euxino por escribir y vivir como no debía- carecen de la altura de sus correspondientes obras previas, por no haber sabido utilizar su arte y perspicaz perspectiva para transcender estéticamente la tristeza y dolor individuales.

Sin embargo, me gustaría incidir en una faceta de Wilde menos conocida, y quizás también, menos valorada, cual es la de su dedicación a la reflexión política. Con extrema ligereza se califica a Oscar Wilde como de persona superficial y frívola, que no creía realmente en todo lo que decía, y que se servía de su sutil y desorbitada capacidad dialéctica para soltar ocurrencias, malgastando su elocuencia en fatuos fuegos de artificio. Creo, en oposición, que al escritor irlandés le preocupaba enormemente la realidad política y social de su tiempo, y que muchas de sus obras poseen una estética que cuando se la disfruta con la inteligencia que Wilde nos solicita, desvelan una ética humanista que lejos de pertenecer al tan cacareado anarco-individualismo que le asignan, creo que se circunscribe mejor al más puro socialismo libertario.

Deseo extraer unas frases de El alma del hombre bajo el socialismo, escrito por Oscar Wilde en el año 1891, y que dejo aquí al lector para que reflexione sobre ello y sobre la conciencia social que poseía Wilde.

Wilde deseaba “reconstruir la sociedad sobre una base tal que la pobreza resulte imposible”. Pertenece a los pensadores que consideran la pobreza como un mal social, fruto de las estructuras de poder, y repudia, por tanto, el altruismo o la caridad de los buenos samaritanos como remedio de ésta:

“En el hombre, las emociones se suscitan más rápidamente que la inteligencia y (…) resulta mucho más fácil solidarizarse con el sufrimiento que con el pensamiento. De esta forma, con admirables, aunque mal dirigidas intenciones, en forma muy seria y con mucho sentimiento, se abocan a la tarea de remediar los males que ven. Pero sus remedios no curan la enfermedad: simplemente la prolongan. En realidad sus remedios son parte de la enfermedad. Tratan de resolver el problema de la pobreza, por ejemplo, manteniendo vivos a los pobres; o, como lo hace una escuela muy avanzada, divirtiendo a los pobres”.

Y afirma, por tanto, que lejos de descansar la solución a la pobreza en comportamientos individuales guiados por la buena voluntad, provendrá de una acción pública y política:

“El Socialismo, el Comunismo, o como quiera llamarlo, al convertir la propiedad privada en riqueza pública, y al reemplazar la competencia por la cooperación, restituirá a la sociedad su condición de organismo sano, y asegurará el bienestar material de cada miembro de la comunidad”.

Y agrega que “la principal ventaja que acarrearía la implantación del Socialismo es, sin duda, la de relevarnos de la sórdida necesidad de vivir para otros”, es decir, de tener que malvender nuestro tiempo por un miserable salario:

“Hay en cambio mucha gente que, sin propiedad privada y estando siempre al borde del hambre, se ve obligada a hacer el trabajo de bestias de carga, tareas que nada tienen que ver con ellos, y a las cuales se ven forzados por la perentoria, irracional, degradante tiranía de la necesidad”.

Para aquellos demasiado acostumbrados a la figura de un Wilde cínico y sibarita, las siguientes frases en las que aboga por la lucha y la revolución, sin duda los sorprenderá:

“La desobediencia, a los ojos de cualquiera que haya leído historia, es la virtud original del hombre. A través de la desobediencia es que se ha progresado, a través de la desobediencia y a través de la rebelión. Algunas veces se alaba a los pobres por ser ahorrativos. Pero recomendar el ahorro a un pobre es a la vez grotesco e insultante. Es como recomendar a un hombre que se está muriendo de hambre, que coma menos. Sería absolutamente inmoral que un trabajador del campo o de la ciudad practique la frugalidad. El hombre no debiera estar dispuesto a demostrar que puede vivir como un animal mal alimentado. Debiera negarse a vivir así, y robar o pedir ayuda pública, cosa que muchos consideran una forma de robo (…) En cuanto a los pobres virtuosos, uno bien puede sentir lástima de ellos, sin duda, pero no se les puede admirar. Han llegado a un acuerdo privado con el enemigo, y vendido su derecho de nacimiento por un mal plato de comida”.

A Wilde le asiste una profunda pasión hacia la libertad humana, de signo contrario a la que preconiza el  liberalismo, pero muy cercana al credo libertario, enfrentado también contra cualquier tipo de autoritarismo social, económico o pretendidamente socialista:

“Pues mientras bajo el actual sistema bastante gente puede vivir con una cierta cantidad de libertad y expresión y felicidad, bajo un sistema industrial cuartelario, o bajo un sistema de tiranía económica, nadie tendría esa libertad. Debe lamentarse que una parte de nuestra comunidad viva prácticamente en la esclavitud, pero es infantil proponer que se resuelva el problema con la esclavitud de toda la comunidad”.

Confiaba en el derrocamiento de la autoridad, ya se exprese ésta en una dictadura, por obra de una oligarquía, un déspota o en la propia democracia parlamentaria liberal:

“la democracia significa solamente el aporreamiento del pueblo por el pueblo, para el pueblo (…) pues toda autoridad es bien degradante. Degrada a quien la ejerce y a aquellos sobre quien se ejerce. Cuando se aplica violenta, grosera y cruelmente, produce un buen efecto creando y fomentando el espíritu de la rebeldía y del individualismo, que acabará por terminar con ella. Cuando se aplica con una cierta dosis de bondad y está acompañada de premios y recompensas, es tremendamente desmoralizadora”.

Wilde no aspira a desvelarnos las claves utópicas de su sociedad perfecta, ni desea escribirnos un manual de ciencia política, sino estimular nuestros corazones en la acción política mediante grandes ideas fuerza o por la crítica de conceptos que él considera erróneos o embrutecedores. Uno de ellos, su crítica del maquinismo tal y como ha sido invocado hasta ahora, “Hasta este momento el hombre ha sido, hasta cierto punto, el esclavo de la máquina, y hay algo trágico en el hecho de que tan pronto un hombre inventó una máquina para que realice su trabajo, él comienza a pasar hambre”, lo que lo vincula con el movimiento luddita y le hace concebir la idea de que el Estado deba preocuparse únicamente de lo útil, y por tanto, del funcionamiento de las máquinas para evitar la degradación humana en trabajos de baja estofa o manuales: “El Estado deberá hacer lo que es útil. El individuo deberá hacer lo que es hermoso”. Y recogiendo las ideas de Aristóteles sobre la libertad y el bienestar: “El hecho es que la civilización reclama esclavos. Los griegos tenían mucha razón en eso. Si no existen esclavos para hacer el trabajo desagradable, horrible, no interesante, la cultura y la contemplación se hacen casi imposibles. La esclavitud humana es insegura y desmoralizadora. El futuro del mundo depende de la esclavitud mecánica”.

A Wilde le resultaba imposible, sin embargo, desembarazarse de su actitud elitista, y dirige su acerada pluma contra la masa, el pueblo o el público, incapaces de discernir el arte o la cultura de otras innobles y embrutecedoras manifestaciones del espíritu humano. Cabe pensar que Wilde considerase esas manifestaciones de la masa humana como consecuencias de la sociedad existente, pobre y carente de principios, explotadora de la condición humana y que exacerba el afán por poseer sobre la necesidad más humana de ser: “En Inglaterra, las artes que han podido escapar más (al control popular) son aquellas por las que el público no muestra gran interés. La poesía es un ejemplo de lo que quiero decir. Hemos podido tener buena poesía en Inglaterra porque el público no la lee”. Y sobre la autoridad del público sobre las obras de arte: “(…) el público utiliza los clásicos de un país como medio de controlar los progresos del Arte. Degradan a los clásicos al convertirlos en autoridades. Los utilizan como garrotes para evitar la libre expresión de la Belleza en nuevas formas”.

Puede afirmarse que Wilde ansiaba un vínculo social de cooperación y no competencia donde los seres humanos pudieran expresar su individualidad al margen de las aglomeraciones insanas de los pueblos, las sectas o el público, dedicados a trabajos inútiles de total creación artística o contemplativa al margen del trabajo manual y degradante.  Él deseó vivir así, y toda su vida fue un intento, culminado en la tragedia, por ser independiente y por ofrecer la máxima significación social a sus creaciones artísticas. Pero no como una mónada aislada y egoísta, sino como una persona que creía firmemente que su máxima libertad individual debía aliarse con la de los demás. A tal fin, sus continuas “fanfarronadas” dialécticas iban dirigidas a desvelar, con ironía y espíritu sarcástico, el verdadero significado de las palabras, a despojarlas de los aditamentos y falsedades de los que la autoridad las ha impregnado para cambiar su verdadero significado: “Se ha señalado que uno de los resultados de la extraordinaria tiranía de la autoridad es que las palabras sean absolutamente distorsionadas con respecto a su verdadero y simple significado y que se empleen para indicar lo contrario de su verdadera significación”.

Para mí, Oscar Wilde representa la alegría creativa, como Picasso o Mozart sus personalidades expresan a seres generosos y totalmente desprendidos con los frutos de su creación, puros genios despilfarrando ingenio y belleza a su alrededor. De hecho, confiaba en que la libre asociación política de las personas diera como fruto el placer y la simpatía, entendida ésta de un modo mucha más esclarecido y elevado que como se la expresa en la actualidad:

“Hasta el presente el hombre apenas ha podido cultivar la simpatía. Ha sentido simpatía solamente por el dolor, y la simpatía por el dolor no es la forma más elevada de simpatía. Toda simpatía es bella, pero la simpatía por el sufrimiento es la menos bella. Está matizada de egolatría. Puede llegar a ser morbosa. Existe en ella un cierto elemento de terror por nuestra propia seguridad. Es el miedo de ser nosotros mismos el leproso o el ciego, y que a nadie le importe. Así el concepto resulta curiosamente limitativo. Uno debería simpatizar con la vida en su totalidad, no solamente con los dolores y las enfermedades sino con las alegrías y la belleza, y la energía y la salud, y la libertad de la vida”.

Y es que “la simpatía por el dolor no disminuye realmente la cantidad de dolor. Puede capacitar al hombre para soportar el mal, pero el mal persiste. La simpatía por la tuberculosis no cura la tuberculosis, eso lo hace la ciencia. Y cuando el Socialismo haya resulto el problema de la pobreza, y la ciencia haya resulto el problema de la enfermedad, el campo de los sentimentalistas habrá disminuido y la simpatía será amplia, sana y espontánea. El hombre encontrará felicidad en la contemplación de la felicidad de los demás”.

¿Puede expresarse mejor la aspiración política y digamos también, ética, de una sociedad, que en la contemplación de la dicha ajena como exponente de su máxima perfección?
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SALUD Y NUTRICIÓN – 6 y último

MI EXPERIENCIA

Tras haber explicado una serie de conceptos básicos sobre alimentación y salud voy a contar mi experiencia directa con la nutrición. Tras meditar y estudiar mucho llegué a las conclusiones que en el texto principal he tratado de explicar (Parte 1, 2, 3, 4 y 5). Se trataba de probar, de convertirme ahora en la cobaya de mi experimento, cambiar mi alimentación y analizar qué ocurría. Lo mismo he hecho en otras facetas de mi vida. Por ejemplo, en mi actividad física y deportiva. Estudié la fisiología del deporte, las diferentes teorías del entrenamiento, y durante estos últimos años los he estado aplicando y probando sobre mí mismo (MI EXPERIENCIA ATLÉTICA 1, 2, 3, 4 y 5. EL ARTE DEL ENTRENAMIENTO 1, 2, 3, 4, 5, 6 y 7). Prueba y error. No muy científica, porque la muestra sólo soy yo, pero imprescindible para intentar individualizar los juicios que los expertos publican con carácter general. Al final, toda persona debe encontrar su propio camino, y por supuesto, sin despeñarse, sobre todo cuando desgraciadamente la senda que se ha elegido no resulta muy transitada.

La razón inicial de este periplo fue algo fortuita y tiene relación con mi actividad deportiva. En diversos libros sobre entrenamiento casi nunca me había detenido en los capítulos dedicados a la nutrición del deportista. Consideraba que el tema no tenía más importancia fuera de una correcta hidratación y alimentación en eventos de larga duración. Reflexionando sobre mi rendimiento en este tipo de pruebas llegué a la conclusión de que mi metabolismo durante el ejercicio físico se funda principalmente en el consumo de glucógeno, lo que me convierte en un atleta muy frágil en competiciones que duran más de dos horas, ya que me quedo fácilmente sin reservas, a pesar de la alimentación en carrera. La solución consistía en incrementar la participación de las grasas en la producción de energía y salvaguardar al máximo los escasos depósitos de glucógeno muscular y hepático.

El primer indicio sobre la importancia de la nutrición para conseguir este objetivo me lo dio el siguiente libro: Philip Maffetone, The Big Book of Endurance Training and Racing (Maffetone, 2010). En el que este fisiólogo y entrenador incidía en el entrenamiento aeróbico a ritmos muy tranquilos y en la alimentación para incrementar el consumo de grasas. En tal sentido, la experiencia con Marc Allen, uno de los más grandes atletas de todos los tiempos y 6 veces ganador del Iron Man de Hawai, así lo atestiguaba.

Otra de mis fuentes bibliográficas sobre entrenamiento en triatlón había sido Joe Friel, tanto sus libros, como el magnífico blog donde difunde numerosa información al respecto. Pero lo que me sorprendió es que hubiera escrito un libro junto con el doctor Cordain, en el que defendían la incorporación de la llamada paleo dieta al mundo del deporte (Cordain y Friel, 2005).

Yo hasta entonces no había apenas oído hablar de la paleo dieta más que como una anécdota, pero la singularidad del tema y la forma de aproximarse a él me atrajeron enormemente. A partir de aquí, empecé a sondear Internet, a recabar recursos de todo tipo al respecto, y a leer dos libros de gran valor, pero de formato y contenido totalmente distinto: Robb Wolf, The Paleo Solution. The original human diet (Wolf, 2010); y Staffan Lindeberg, Food and Western Disease. Health and nutrition from an evolutionary perspective (Lindeberg, 2010).

Tanto Maffetone como Cordain y Wolf sugerían hacer “la prueba”, es decir, darle una oportunidad a este tipo de alimentación y dedicarle aproximadamente un mes para comprobar y valorar el resultado de este tipo de nutrición que debimos tener los humanos durante nuestra evolución, y a la que por tanto deberíamos estar plenamente adaptados genéticamente. Simplificando mucho: sólo carne, pescado, frutas y verduras, y evitar los lácteos, los cereales y las legumbres. Por la gran fortaleza científica y demostrativa, no cabía confundir esta dieta con tantas otras que aparecen en el mercado. Todo está sólidamente fundado, y no hay trucos, ni ideas originales, ni mágicas. Se trataba de darle una oportunidad, no comiendo cosas raras ni en orden ni cantidades extrañas, sino aquello que formaba la dieta de nuestros antepasados, simplemente, alimentos naturales en la cantidades deseadas hasta colmar el apetito, sin limitación. Además, tenemos que considerar que una persona no puede vivir nutriéndose exclusivamente de cereales, en cambio, una dieta basada exclusivamente en productos animales y que posea suficiente grasa ha sido comprobado que resulta viable (los esquimales, por ejemplo). Y yo a estos alimentos, además les iba a añadir fruta y verdura. Luego el riesgo, creo yo, era reducido. Lo único que en principio me atemorizaba era la capacidad para realizar deporte, el hecho de que para reponer mis reservas de glucógeno, como casi todos los atletas, hasta ahora hubiera confiado en los cereales fundamentalmente, y ahora debía ser capaz de realizarlo únicamente con los hidratos de carbono de la fruta y la verdura, y algunas dosis de glucosa  a través de bebidas isotónicas.

Además, podría comprobar su impacto no solamente por analizar mis sensaciones, sino también realizando analíticas de sangre para realizar un seguimiento adecuado y no poner en riesgo mi salud. A continuación aporto algunos datos sobre mi metabolismo y las características de mi alimentación actual comparada con la precedente. Realizaré una evaluación muy aproximada de mis requerimientos energéticos y cómo los suplo a través de mi alimentación actual. Son cifras medias, confeccionadas a grosso modo, que no tienen más que un fin orientativo.

Mi metabolismo basal aproximado supone unas …

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BOBO Y TACAÑO

Stanilaw Lem escribió Ciberíada en el año 1965. El rey Monstrogrito gobernaba su Estado militarista con gran austeridad, “su tacañería adoptaba una dimensión verdaderamente cósmica. Para aliviar el presupuesto nacional derogó todas las penas a excepción de la capital. Su pasatiempo preferido era la liquidación de funcionarios superfluos, pero desde que había suprimido el cargo de verdugo todos los sentenciados tenían que decapitarse solos… La reforma más grande de Monstrogrito fue la nacionalización de la alta traición”.

La ciencia ficción posee a veces enorme clarividencia, y quién le iba a decir al escritor polaco-ucraniano que el presidente de la patronal de un país devastado por la corrupción, la usura y el expolio, donde el poder económico en connivencia con el político ha traicionado la confianza de los ciudadanos, iba a convertirse en vocero del rey Monstrogrito anunciando que a partir de ahora el derecho de propiedad de todas sus industrias y patrimonio iba a ser protegido por él mismo y sus capitalistas de salón, sin la mediación onerosa y superflua de policías y jueces.

SUBLIMACIÓN DEL SENTIMIENTO

Sobre la novelística un tanto cursi y romanticona de Jane Austen he leído todo tipo de justificaciones extra-literarias con objeto de hacer digerible su arte narrativo. Creo que la calidad de su escritura posee en sí misma suficiente capacidad para obviar cualquier tipo de coartada sociológica. Realmente no necesitamos ni vincularla con el feminismo, ni convertirla en una crítica social, para disfrutar de su prosa jovial, irónica, sentimental de corte psicológico, y por qué no decirlo, un tanto moralista.

Comparto la opinión de Nabokov sobre las razones para leer, para disfrutar artísticamente de la lectura de poesía o novelas. Ideas que no son nuevas, que ya encontramos en la correspondencia y en la práctica literaria de Flaubert, por ejemplo, pero que el escritor ruso-americano define muy acertadamente en su Curso de literatura europea:

“Los estudiantes se inclinaron (erróneamente) en su mayoría por la identificación emocional, la acción y el aspecto socioeconómico o histórico. Naturalmente, como habréis adivinado, el buen lector es aquél que tiene imaginación, memoria, un diccionario y cierto sentido artístico, sentido que yo trato de desarrollar en mí mismo y en los demás siempre que se me ofrece la ocasión”.

Realmente, la obra de Austen nos ofrece un fresco que nos ilustra magníficamente sobre una parte de la sociedad británica de aquel momento, de los inicios de la industrialización y el colonialismo, un zoom de la aristocracia rural en los años previos del comienzo de lo que históricamente se ha venido en llamar la época victoriana. Pero así como otros novelistas, bien es verdad que un poco posteriores, sí incluyen numerosos diálogos sobre la situación social, el cambio de las costumbres, política o luchas sociales –recordemos, por ejemplo, las largas discusiones al respecto en Ana Karenina o La educación sentimental-, Austen pasa de puntillas, incidiendo sobre todo en retratar la moralidad y las costumbres, podríamos decir, a nivel de microcosmos, de familia o casi de aldea, sustrayendo su objetivo de otros temas o procesos de más enjundia y alcance. Y puede sorprender que esto esté ocurriendo en un momento histórico sacudido por grandes conflictos que ponían en peligro la estabilidad de esa misma aristocracia rural que Austen gustaba de retratar: la Revolución Francesa, las guerras napoleónicas, el esclavismo, la independencia de las colonias, etc.

Puede llamar la atención, y ello algunos lo considerarán un demérito de su obra, que Austen nunca contemple en su universo otras clases sociales, como sí hizo Dickens al poner de relieve el contraste cultural y social de diferentes estratos de la sociedad británica. En Emma aparece la siguiente descripción del carácter de su protagonista:

“Emma era muy caritativa y socorría las necesidades de los pobres no sólo con su dinero, sino también con su dedicación personal, su afecto, sus consejos y su paciencia. Comprendía su modo de ser, no se escandalizaba de su ignorancia y de sus tentaciones, ni concebía novelescas esperanzas de extraordinarios actos de virtud en aquellas personas por cuya educación tan poco se había hecho”

Pero Austen elude incorporar en su novela la escena en la que Emma visita a esa familia pobre en su cabaña, y evita utilizar su fina ironía y punzante capacidad introspectiva para ofrecer al lector un nuevo motivo de reflexión a través de los diálogos entre la educada Emma y sus vecinos pobres y escasamente ilustrados:

“…y después de permanecer allí todo el tiempo que pudo darles ánimos y consejos, salió de la cabaña tan impresionada por la escena que acababa de presenciar, que dijo a Harriet mientras regresaban:

–       Harriet, esos espectáculos son los que nos hacen mejores. Al lado de esto ¡qué trivial parece todo lo demás!

Al hilo de las ideas de Nabokov sobre ¿por qué leer?, considero que esta fotografía, no de paisajes sociales, sino de retratos familiares íntimos, a la que resulta tan asidua Jean Austen, no se corresponde con el aspecto más alabable de su narrativa. Sí quizás para el historiador, o el sociólogo, que aquí encontrará abundante material de investigación. Pero el hecho de que la saludable revaloración de la obra de Austen –se cumplen 200 años de la primera edición de Orgullo y prejuicio– haya venido precedida por la  imprescindible transformación de la escritora británica en una proto-feminista que bajo la aparente insustancialidad de sus tramas y descripciones sociales escondía un espíritu rebelde que se anticipaba a su tiempo, y cuya escritura hubiera que interpretar entre líneas para encontrarle verdadero valor literario, me parece una inversión de los términos que deben usarse para valorar una obra de arte literaria.

Como decía Johnson, “No leáis para contradecir o impugnar, ni para creer o dar por sentado, ni para hallar tema de conversación o de disertación, sino para sopesar y reflexionar”. Ideas acerca de la lectura que resultan especialmente ciertas y recomendables cuando pretendemos tener entre nuestras manos un libro de Austen, poseer la suficiente imaginación para dejarnos subyugar por su mundo, la coherencia de las situaciones y los caracteres, a pesar de ser tan distantes y en cierto modo superados históricamente. Su fina ironía, la inteligencia emocional, la sutiliza de las tramas, los claroscuros de las personalidades, la emoción tras cada recodo aflorando como una sorpresa sin aspavientos. Leemos a Austen, como diría Bloom,

“para fortalecer nuestra personalidad y averiguar cuáles son sus auténticos intereses. Este proceso de maduración y aprendizaje nos hace sentir placer, y ello es la causa de que los moralistas sociales, de Platón a nuestros actuales puritanos de campus, siempre hayan reprobado los valores estéticos”.

Unos valores estéticos que caso de poseerlos deberíamos relativizarlos para dejarnos subyugar por la “puritana y conservadora” escritora británica.

Entendemos la evolución del género literario de la novela desde la centralidad que adquieren sus personajes, esos entes imaginarios creados para afrontar una trama que los expone a un contexto y a unas situaciones. He aquí los tres elementos singulares de la novela –personajes, situaciones y contexto- que el escritor describe, y a los que pone en juego frente a la inteligencia del lector. Por contexto me refiero al lugar, al momento, la cultura, los valores, todo aquello que podríamos quizás denominar las circunstancias sociales, políticas, ambientales que rodean a los personajes. Por situaciones, el azar, el destino, los deseos propios y ajenos a los que se enfrentan los personajes y a los que deben dar respuesta. El conjunto de estos tres elementos, la forma de amalgamarlos y ser contados definen el modelo narrativo de cada escritor.

Creo que el elemento que más suele perturbar la crítica que merecen las obras literarias se relaciona con el papel que en ellas desempeña el contexto. En el caso de Austen el contexto resulta evidente y la escritora lo describe de forma palmaria. Porque este contexto o escenografía queda constreñido a los aspectos morales y sociales relacionados con el matrimonio en el entorno rural de la aristocracia provinciana de la Inglaterra pre-capitalista, y por aparecer como una variable de contorno que en ningún momento resulta cuestionada, la obra de Austen caería dentro de lo que podríamos caracterizar como de función conservadora de la novela, y más aún, de tipo moralizante o ejemplarizante, ya que en todo momento la escritora muestra cómo debe comportarse una señorita según la clase social a la que pertenece, sin cuestionar jamás los valores imperantes, que así se muestran como elementos inmutables de la trama que todos aceptan.

Con este bagaje parecería que la obra de Austen no tendría demasiado valor a la luz del papel que el contexto ha ido asumiendo en los movimientos literarios posteriores, donde los personajes no sólo se enfrentan a las situaciones, y en donde el contexto no aparecería ya como algo fijo sino que iría adoptando las funciones de las situaciones, contra las que el personaje se enfrenta, critica, o acepta con decepción. Estaríamos frente a la novela que podríamos denominar de corte social, revolucionaria o progresista, que en el extremo asume la forma del personaje “rebelde” que intenta cambiar la realidad, su contexto.

Ciertos lectores, y sobre todo, críticos literarios, consideran que el papel inexcusable del arte consiste en criticar la realidad, por lo que el valor artístico de una obra dependería de la maestría con que el escritor sea capaz de describir el contexto y sobre todo, convertirlo en situación que el personaje debe enfrentar y criticar. Por ello, para esta concepción tan rígida de la literatura, que una escritora como Austen pueda entrar en los altares de la narrativa, deberíamos ser capaces de poder desentrañar los elementos revolucionarios o críticos de la novelista y ser capaces de explicar que tras su aparente conservadurismo se esconden ciertos elementos de crítica que tras un análisis minucioso de su vida, cartas y obra deberíamos ser capaces definir para que sus novelas puedan ser leídas, y sobre todo, valoradas, por el público actual.

No comparto este concepto del arte, y no considero que la cantidad de disfrute que una obra nos puede reportar deba depender del porcentaje de crítica social que contiene. El que el contexto no sea directamente criticado y que no asuma en la novela un papel activo, en sí mismo no debería desvirtuar la obra literaria. Tampoco creo que ese papel revolucionario o de incitación a la acción se dé con mayor fuerza en las obras que abiertamente critican la realidad política en  contraste con las que consideran el contexto fijo durante el desarrollo de la trama. Eso que la filosofía marxista denomina las contradicciones del sistema y cuya develación debería preceder a la toma de conciencia en la que sustenta la acción política, pueden aprenderse y detectarse en obras literarias de muy diferente cariz, tanto en las conservadoras como en las progresistas o críticas, ya que no deberíamos pasar por alto la capacidad del lector para asumir un papel activo en la interpretación de la obra y sobre todo, cómo la nueva información se relaciona con su propio carácter, inteligencia, ideología y valores.

El elemento más atrayente de la obra de Austen descansa en su capacidad para dibujar y delinear caracteres, y en relación con sus “heroínas” casaderas, su maestría para enfrentarlas a situaciones contradictorias y sondear en sus respuestas a través de sus diálogos interiores y con personas de su confianza. Puede decirse que el “drama” surge alrededor de la respuesta que diferentes caracteres (tipos de persona) ofrecen a cada una las situaciones de la trama con el objetivo de comportarse siempre y en todo momento de forma correcta, como una señorita georgiana de su clase en relación con la moralidad puritana. Y el mérito de la escritora británica consiste en haber sido capaz de crear obras de interés, amenas e inteligentes, dotadas de intriga y perspectiva psicológica, con tan parcos y discretos materiales de índole social (contexto).

Parece ya superada la época romántica en que las obras literarias debían crear “héroes” atractivos con los que el lector pudiera identificarse como aspiración o “alter ego”. Por ello, resulta no sólo posible, sino deseable, la posibilidad de poder disfrutar de esta literatura sentimental sin necesidad de sentirnos identificados con ninguna de estas señoritas tan honestas y bien educadas.

Desearía destacar el papel que desempeña el sentimentalismo y en concreto su racionalización, un tipo de relación entre afecto y razón que precisamente se comprende cuando se lee a Austen, por lo que también su obra podría calificársela como de sensitiva o “psicologista”. Aunque Austen pertenece a una generación posterior a la de los hijos de Johan Sebastian Bach, y resulta contemporánea del clasicismo vienés de Haydn y Mozart, sin embargo, siempre el carácter sensitivo de su obra me recuerda la música “manierista” que actúa como puente entre el barroco y el clasicismo, el estilo del empfndsamkeit (de la sentimentalidad) que tan cercano tuvo Austen de las manos de Johan Christian, el Bach de Londres. Música intimista, con innumerables cambios de dinámica y acentuaciones, de melodías suaves y extensas, modulaciones serenas, exquisitez, música de salón o galante, etc.

Este espíritu sensitivo se expresa a través del empeño por ahondar en las motivaciones psicológicas y temperamentales de los actos de los protagonistas. No olvidemos que estamos en plena Ilustración, la Revolución Francesa resulta contemporánea de la obra de Austen, y en sus novelas surge la necesidad de que todo el sentimiento sea racional, comprensible, explicable y nunca desbocado. Por ello, nos enfrentamos, aunque parezca un contrasentido, a dramas psicológicos donde la intriga, la sorpresa o lo inesperado, el atractivo para continuar con la lectura, proviene de las diferentes interpretaciones racionales que los protagonistas nos ofrecen de las mismas situaciones sentimentales, de modo que un mismo personaje, a lo largo de la novela, podrá ser presentado sucesivamente investido por diferentes ropajes morales, y el lector, a su vez, alterando su concepto de los diferentes personajes al albur de las diferentes perspectivas desde las que cada uno de ellos, y el propio lector, contempla los hechos y los sentimientos que se nos ofrecen.

En este universo sensitivo que Austen aspira a desvelar por la razón, por justificaciones psicológicas coherentes con la moral y la educación puritanas, la novelista afianzará la personalidad de sus heroínas en la libertad, en el intento de adueñarse de sus propio futuro gracias al ejercicio de su propia voluntad y capacidad para modificar las situaciones y los pensamientos de los otros personajes, eso sí, renunciando a intentar modificar el contexto (cultural, moral, social) en que esas decisiones se adoptan.

Como afirma J.L. Caramés en el prólogo a la edición de Cátedra de Orgullo y prejuicio:

“En Jean Austen se va a producir una reacción en contra del sentimentalismo centrada en la idea contraria al argumento de novela que trate de entender a la heroína como aspirante a gracias especiales que le son concedidas por su humildad. Más aún, Jane Austen desea una heroína que consiga sus fines por sus propios medios”

¿Cómo hacer compatible el amor con la moral puritana y con la jerarquía social? Este el terreno de juego donde se mueve la obra de Austen. Novelas de final feliz, ejemplarizantes, que giran alrededor del matrimonio y cuyo sentido dramático nace del intento de hacer que el matrimonio no sólo funcione como instrumento económico y moral, sino también como culminación del sentimiento.

Creo que la obra de Austen se entiende y se disfruta mejor cuando se la lee en contraste –o conjunción- con la obra de dos escritores posteriores que ya contextualizan sus obras en la sociedad victoriana de la revolución industrial, Henry James y D.H. Lawrence, y en concreto sus novelas, respectivamente, Retrato de una dama y Mujeres enamoradas, porque en ambos casos se produce algo así como la sublimación del espíritu sensitivo tan característico de Austen.

En el primer caso, James nos abruma con un puzle psicológico de gran barroquismo, inteligencia, complejidad y finura, donde el juego de perspectivas y de puntos de vista adquiere ya un carácter monumental. Si comparamos el Retrato de una dama con Emma, comprobamos que en aquella la “heroína” alcanza un grado de sofisticación, inteligencia y moralidad que sublima al que pudiera poseer Emma. En James ya no se da la ejemplaridad, el lector, continuamente ofuscado por el complejo hechizo de las diferentes interpretaciones psicológicas de los acontecimientos y de sus motivaciones, avanza torpemente sin alcanzar a desentrañar, tan sólo en muy contadas ocasiones de enorme poder evocador y artístico, lo que en realidad está ocurriendo, sin atreverse a ofrecer una valoración moral cierta del comportamiento de los personajes principales. Si las heroínas de Austen al final aciertan y se casan felizmente (nunca sabremos lo que ocurrió el día después), en cambio, Isabel Archer, a pesar de su inteligencia y su larga búsqueda, equivocará su elección, de modo que una gran parte de la obra va a centrarse en la progresiva descomposición de ese matrimonio, como si esa sublimación del sentimiento en la que nos sumerge James y que caracteriza a su dama no pudiera producir nada bueno, un puro esteticismo, un vano afán de crear una vida bella donde arte, amor, inteligencia, estatus social y moral pudieran fundirse en una armonía de imposible resolución.

Esta sublimación del sentimiento que alcanza la obra de James y que animo a disfrutar en conjunción con la de Austen, contrasta con la sublimación de la que Lawrence intentó escapar. Si aquella se refería a sublimar, en el sentido de alcanzar la perfección o el engrandecimiento del sentimentalismo dieciochesco, en cambio, en Lawrence se da una negación de la sublimación en otros términos, más en consonancia con la definición que de este concepto (sublimar) nos ofrece el psicoanálisis en la acepción de sublimar los instintos, y en concreto, el sexo, como forma de transformar un instinto considerado inferior o primario por otra actividad aceptada socialmente. De hecho, la pulsión sexual no aparece en la obra de Austen. Sorprendente para un lector moderno que se pueda hablar de sentimiento, de amor, sin que aparezca la atracción física, el deseo, la líbido. En sus novelas se desatan sentimientos, pocas veces pasiones, al nivel de la amistad, los celos, la envidia, la compasión, el honor, el amor filial, pero jamás de la atracción sexual. Nunca aparecerá la menor insinuación al respecto, el matrimonio se desea al margen del sexo, como si este fuera un mero instinto animal al que los seres humanos educados no se enfrentan, ni siquiera contemplan como componente de la voluntad.

–       Y ahora, ¿no puede llamarme ‘George’?

–       ¡Oh, no, imposible! Yo sólo puedo llamarle ‘señor Knightley’… Pero le prometo –añadió en seguida riéndose y ruborizándose al mismo tiempo-, le prometo que le llamaré una vez por su nombre de pila. No puedo decirle cuándo, pero quizá sea capaz de adivinar dónde… en aquel lugar en el que dos personas aceptan vivir unidos en la fortuna y la adversidad.

El sentimiento de Austen resulta sublimado, porque en él se da esa transformación que Freud destacó de la pulsión sexual por otros instintos considerados más excelsos o menos primitivos y brutales, cuales son el deseo de riqueza, de amor o sentimiento, de reconocimiento social o de honor. Lawrence, en cambio, eliminará esta sublimación del sexo, y afrontará por primera vez y de forma decidida la consideración del atractivo sexual, del deseo sexual como una variable indispensable para entender el comportamiento humano. En Mujeres enamoradas, sus heroínas acometen este reto, de forma decidida, una actitud de la que la novela posterior ya no se podrá desprender. Las heroínas de Lawrence se enfrentan a un mundo feo y opresivo que a marchas forzadas está perdiendo la belleza y la naturalidad por obra de la revolución industrial, la deforestación, los humos, la contaminación de las aguas, etc., y sobre todo, la degradación humana tanto de los poderosos, como de las pobres víctimas del progreso. La figura del minero sucio, enfermo, alcoholizado y analfabeto sintetiza junto con el paisaje negro, hostil de las escombreras y los hornos, la degradación de lo humano en cuyo contexto las jóvenes “casaderas” de Mujeres enamoradas buscan, junto con los hombres con los que comparten experiencias sexuales y anímicas, esa esencia humana de dignidad destruida por la revolución industrial y que Austen definió en ese microcosmos en el que situó sus intrigas.

Austen supo crear un tipo novela original que creo puede aportar numerosas alegrías y verdades a los lectores del siglo XXI. Se apartó del sentimentalismo vacuo e irracional de la novelística de su tiempo, así como de la denominada novela gótica, basada en hechos fantásticos y misteriosos, y supo dotar a sus obras de intriga, sin recurrir a oscuros misterios, y de sensibilidad, sin buscar la lágrima fácil, y lo consiguió con dos recursos estilísticos de gran valor, cuales son la ironía y la inteligencia.

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