LA CASA DESOLADA DE LAS PREFERENTES

El día que estuve no vi corbatas. Y creo que no fue por el calor ya primaveral de mediados de abril. Deportivas de marca NISE, jerséis de pico con mucha pelusa, vaqueros de tergal, rebecas raídas, alguna gorra de Cruzcampo, bolígrafos de saldillo o propaganda, los papeles y las fotocopias en carpetas de cartón con goma o de plástico, a lo sumo de cuero sintético de promoción de algún seguro de vida. Esto vi yo ayer en la calle de Embajadores, mucho pueblo, casi todos jubilados, algún ciego, dos cojos y un síndrome de Down. Pelos fundamentalmente blancos, peluquerías de barrio, gafas recias de vista cansada, y colonias de farmacia, mucha humanidad reunida, sofocada, y sobre todo, despistada.

Una cola que no era para entrar en un museo, ni para ver la Verbena de la Paloma, ninguna de esas colas de pueblo llano alrededor de la subvención o del reclamo del voto, ningún acto festivo o populista, ni para los toros, ni el fútbol, ni el estriptis de las Mamachicho o ante la entrada de la penitenciaría de la Pantoja. Nada de eso. No.

Lo de las preferentes es otro de los muchos escándalos de nuestro particular capitalismo castizo de nuevos ricos. Así como el aceite de colza o las intoxicaciones del agua o de otros alimentos siempre recae en los pobres, este producto tóxico financiero sólo le fue ofrecido a gente sin formación y con poco dinero, pregonando su seguridad, la garantía de que sus pensiones iban a poder complementarse con unos intereses asegurados, y por supuesto, sin riesgos para el capital. Ni siquiera ahorradores, mucho menos, rentistas o personas con patrimonio, puro pueblo llano, clase media o baja que buscaba seguridad y no perder poder de compra.

Y que es tratada peor que los especuladores, los chantajistas y los corruptos que han arruinado a este país.

Ahora se abre la vía judicial, según dijeron en esa charla en Embajadores donde había que hacer cola para estar informado. Y cuando comprendí los pasos y los procedimientos a emprender, y al mirar a mi alrededor y oler el sudor, y escuchar que hay que poner dinero para intentar recuperar el dinero propio, y recordar cómo están los juzgados en nuestro país, los casos y expedientes colmando mesas y archivos, me vino a la cabeza La casa desolada, esa magnífica novela de Dickens en la que se critica el sistema judicial británico decimonónico. Lamentablemente. Porque desearía tener confianza, y porque desgraciadamente las señales esperanzadoras recibidas desde la judicatura en relación con los desahucios, apenas posibilita atisbar una justicia muy diferente de la habida durante tantos lustros en este país, cuyas estructuras anquilosadas y procedimientos ineficaces, morosos y arbitrarios hemos padecido a semejanza de lo novelado por Dickens.

La casa desolada (Bleak house), que podría haberse traducido por inhóspita, abandonada, sombría o deprimente, muestra muchas cosas en sus más de 900 páginas, pero nos habla sobre todo de la ilusión y la desesperanza, dos sentimientos que Dickens puso en sintonía con el progreso prometido por el capitalismo y la revolución industrial. En concreto, y frente a la injusticia, Dickens nos ofrece dos comportamientos que contrastan fuertemente. De un lado, el Sr. Jarndyce, que mira hacia adelante y que desconfía de cualquier decisión ajena sobre su futuro, sobre todo, que no acepta alterar su rutina y su vida diaria, sus ambiciones y aficiones a la espera de un fallo judicial que podría traerle la riqueza en  caso de ser pronunciado en honor a la verdad. En el otro extremo su primo y pupilo, Richard, que dedicará toda su vida, tesón y trabajo, su ilusión, a la demanda judicial, a preparar expedientes, visitar los juzgados, realizar el seguimiento de una causa que se demora sine die, como la propia vida del protagonista, dilapidada y mediatizada por un fallo que nunca llega y que deja en suspenso la voluntad o la decisión, la ilusión, empleada ilusamente en chocar contra una pared de látex que  siempre regresa a su origen, tanto más rápido cuanto más poderosos nuestros golpes.

Parece que siempre son otros los que realmente se benefician de estas situaciones y sus consiguientes demandas judiciales. El sistema, como un vórtice burocrático, devora no sólo el dinero, sino también la paciencia, la sabia vital de los demandantes, que se pierde entre los que engañaron y los que en defensa de los engañados sobreviven a costa de las costas judiciales. El contrincante siempre rehúye la pelea, no posee un rostro claro y bien definido, unas veces dudaremos de su misma existencia, y otras, creeremos tenerle tan al alcance de la mano que veríamos factible poder estrangularlo, pero al fin y al cabo, inútil, el tiempo judicial discurre al margen de la vida y de los tesones más humanos, no como una maquinaria, sino como un rodillo cuya inercia resulta imposible de modificar por muchas piedras y chinas que aplaste en su camino.

Cuando una persona se siente estafada, robada, qué duda cabe de que debería luchar para recuperar sus justas pertenencias. Pero tengo la impresión de que corremos el riesgo de que en la lucha debamos emplear más esfuerzo y trabajo del que nos fue arrebatado por la fuerza o la letra pequeña, y que como en el caso de Richard, nuestra vida se nos agoste en la búsqueda de una quimera.

Muchas de las personas que yo vi, mi propia madre, también lo que dicen las estadísticas al respecto, son ya mayores, jubiladas, ciudadanos de la posguerra española que confiaron en el sistema, que trabajaron como asalariados a cambio de seguridad y futuro para sus hijos. Y ahora, al final de sus vidas, el sistema les devuelve paro para su progenie y mucha inseguridad. Entre los papeles que nos dieron a firmar se contempla, acertadamente, la incorporación de los herederos a la demanda, ya que se espera larga, y por la edad de los afectados, que muchos no alcancen a ver el final del proceso. No deseo advertir en sus ojos de personas mayores los signos de la  fiebre, de la fe enfermiza, de la esperanza irracional, los signos de esa locura que tan bien supo retratar Dickens en su novela. Me gustaría poder aconsejar con la frase de Woody Allen “coge el dinero y corre”. Pero no me atrevo, aunque así me lo pida el corazón, por salud mental y por conservar la ilusión del futuro, porque hay personas que han quedado en la indigencia, y porque no sólo ha habido ya un robo legal del 38% del capital, sino que el restante va a ser convertido en unas acciones que no valen nada, y que nadie desea, por lo que este segundo robo extralegal podrá alcanzar hasta el 70% del capital. Al cabo, parece, ni van a quedar unas monedas para poder correr.

En fin, pagaremos por defender nuestros derechos, y esperaré a ver qué ocurre, si el azar, el hado, ¿la justicia?, acepta en este caso ser benévola con los afectados por esta otra estafa del capitalismo español.

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La casa desolada de las preferentes by Rui Valdivia is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 4.0 Internacional License.

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