EXTRATERRESTRES EN EL SEXMO

I MARCHA MTB RUTA DEL SEXMO (VILLACASTÍN, 26 DE MAYO DE 2013)

Os voy a contar mi aventura del domingo por la mañana por tierras del Sexmo de San Martín (Segovia). Y alguien se preguntará, con todo derecho, sobre el significado de la palabra Sexmo. Creo que similar pregunta se están haciendo todavía los habitantes del Sexmo sobre el significado de la palabra ciclista.

Objetivos de mi participación en esta singular iniciativa. Varios. En primer lugar, el deseo de salir de los circuitos trillados y excesivamente comerciales en que se están convirtiendo los eventos deportivos organizados en Madrid. Apoyar una nueva competición que tenía por objeto impulsar el desarrollo de la zona segoviana del Sexmo. Organizada con cariño y mucha ilusión por gentes del lugar con intención de lanzar iniciativas lúdicas, culturales, deportivas, etc., me apetecía compartir el proyecto y de paso conocer una zona cercana a mi hogar por la que en muy contadas ocasiones había pasado de refilón.

Y por supuesto, competir, porque lo anterior no desmerece de la sana intención de lanzar la bicicleta por despeñaderos y trialeras, y subir puertos con ganas de guerra y ansia de superación. Si además anuncian que habrá música, buenos avituallamientos y una recepción en meta cariñosa ambientada por un grupo de rock y con comida campestre. Qué más se puede pedir, amigos. En esta aventura me embarqué junto con otras dos almas cándidas que acabaron compartiendo ilusiones gracias a los continuos emails y entradas en Facebook que les había hacho llegar sobre los trabajos, desvelos e ilusiones que los organizadores estaban poniendo en la organización de esta marcha de bicicleta de montaña.

Era consciente de que a una organización amateur que sólo te pide 10 euros por participar en una marcha de casi 80 km, no se le puede exigir la misma altura que a otras más profesionales y sobre todo, onerosas. Con esa mentalidad íbamos, con la de disfrutar en un ambiente distendido y de suplir con buen rollo y comprensión las seguras deficiencias, ausencias y hierros en las que una organización bisoña iba a incurrir. Por ello no deseo que se malinterpreten las palabras que voy a escribir, redactadas con el máximo cariño y respeto, y con la intención de que la segunda edición de la marcha del año que viene se desarrolle con un mínimo de dignidad y no se convierta en un evento que lejos de apoyar el desarrollo local, lo penalice.

La recepción y la salida, más que correctas. Gente amable, orden, un dorsal bien diseñado, camiseta de recuerdo elegante e incluso bolsa conmemorativa. Un lujo. Salimos y la moto se coloca a la cabeza de un pelotón que estimo compuesto por unos 150 miembros. Entre la marcha de 80 km y la que media hora después iba salir, de sólo 40 km, seríamos unos 400 ciclistas. Al poco formamos un grupo de unos 10 escapados, y tras los primeros repechos, sólo cinco, entre ellos mi buen compañero Paco. Empieza a cundir la sensación de que el pescado está vendido y que cuando otros dos se descuelguen las medallas se repartirán entre los miembros de nuestro ya reducido grupo. El ritmo era bueno, muy animado, y a mí no me costaba mucho seguirlo. Pero,

¿Dónde está la moto? ¿Se ha perdido, nos hemos perdido, dónde estamos? Cinco alucinados habíamos alcanzado el arcén de una carretera al lado de un ceda el paso con isleta. ¿Y dónde están las cintas? ¿Por dónde vamos, de frente por un camino de tierra, a la derecha o a la izquierda? Mi garmin, como siempre en estos casos, más despistado que su dueño, señalando como una brújula borracha. Tío, allí parece que está la moto. ¡No jodas!. Que sí, que nos hacen señas. No hombre, nos saludan, ¿Y dónde está el resto de la tropa? Es verdad, si no nos sigue ni dios. Tan rápido no hemos ido. Pues parece que sí.

Al final lo que parecían saludos eran conminaciones a seguirles, lo que hacemos a un ritmo de infarto por el asfalto, a más de 30 Km/h subiendo, durante unos 5 km. Y de pronto, al torcer una curva e ir a incorporarnos ya a un camino forestal, nos topamos con una muchedumbre de ciclistas a la que nos sumamos desconcertados y un poco mosqueados, a los que habríamos tomado por tranquilos excursionistas si no llevaran entre los frenos del manillar ¡nuestro mismo tipo de dorsal! No puede ser, serán los de la marcha de 40 km. ¡Qué leches! Son los mismos que salieron con nosotros y que por el ritmo, tranquilidad y buen rollo reinante colegimos que pertenecen a la cola de la carrera.

Las gafas ahumadas resultan muy útiles para el ciclista, protegen del sol, del viento y de piedritas e insectos. El casco no sólo resulta útil, sino también obligatorio. Pero ayer comprobé que ambos instrumentos sirven también para ocultar la vergüenza y la mala lecha, porque la cara que se nos debió poner a los 5 magníficos debió de ser de las de serial televisivo. Pero somos deportistas, y además, comprensivos con la organización, así que sin muchos aspavientos y con un cabreo que en mi caso era considerable, nos ponemos a pedalear como posesos, y como no, a adelantar posiciones como si repartieran caramelos un poco más adelante. Las caras de sorpresa de los adelantados también eran mayúsculas, se les volaban las pegatinas, más de uno debió pensar si no montaríamos bicicletas eléctricas, o si éramos los primeros integrantes de la marcha de 40 km. Lo cierto es que todos fueron muy amables, nos dejaban pasar con gran cortesía, y alguno incluso nos dio ánimos. Gracias, compañeros.

Voy con Paco. Pero ¿dónde estará Angelito? Pienso lo peor. Menudo mamón que anda por ahí delante sin haberse confundido, con menos kilómetros en las piernas y disfrutando de un día de campo. Si en Riaza la semana pasada juré en arameo, ahora lo hago en dialecto ugarítico, lo que compruebo que me va de maravilla, porque el cabreo, amigos míos, no sabéis los octanajes que posee. Sin embargo, me da tiempo, en medio de esa vorágine de sentimientos y adelantamientos, de pedaladas a muerte en que se ha convertido mi vida, de serenarme y buscar pensamientos positivos: hace buen día, un sol espléndido, no hace frío, el barro inexistente, no tengo averías, me siento fuerte, el plato pequeño entra a la perfección, reina buen ambiente, en suma, vamos a disfrutar, olvidemos lo pasado y ala para adelante, Juan, buena cara y tómatelo con deportividad, cuando llegue a meta lo que nos vamos a reír todo juntos y las buenas cervezas que nos vamos a tomar con los de la organización.

Pero de repente, el pelotón de adelantados se adensa y se ralentiza, porque llegamos a una especie de cul de sac presidido por una mesa llena de agua y de otras viandas, donde el motorista se está poniendo como el Kiko y en el que un miembro de la desorganización intenta convertirse en un energúmeno, gritándonos a todos que paremos, que esto es un reagrupamiento, que de allí no se mueve ni dios, y que hay que esperar, que nos quitemos el casco, nos sentemos y a disfrutar que son dos días. Mis buenos pensamientos se desvanecen, los míos y creo que también los de un buen puñado de ciclistas. Entonces comprendí la utilidad de unos agujeros estratégicos y de notable tamaño que tiene el casco de Paco, para evacuar el humo, que a raudales salía por su cabeza según nos miramos y echamos para adelante, dejando atrás los gritos del gordo con camiseta amarilla, y nos adentramos por una campiña, sin sendero aparente, de flores moradas y amarillas, por la que un lugareño dice que va el recorrido de la marcha.

A estas alturas, amigos, yo ya no era capaz de distinguir entre lo absoluto de la existencia y lo relativo de mi posición en el mundo. Paco me miraba, y yo le miraba, asombrados, y afortunadamente para nosotros, en fase ya de absoluto recochineo, defensa elemental que encuentra el alma humana cuando la realidad le supera y el absurdo la invade. ¿Angelito se habría quedado atrás con la masa, o todavía pedaleaba ajeno al embate de los elementos, mariposeando entre las margaritas? Pero a pesar del tiempo perdido, y como consecuencia del “reagrupamiento”, parecía que al final la justicia divina, que no la de los hombres, empezaba a imperar en esta pequeña comarca del Sexmo de San Martín, porque por más pedales que diéramos, éramos incapaces de adelantar a nadie, lo cual sólo podía significar dos cosas, que íbamos otra vez los primeros, o que nos habíamos perdido irremisiblemente. En esta incertidumbre estaba cuando de repente, no sé de dónde, si fue que le alcanzamos o él nos alcanzó, apareció nuestro amigo Ángel junto con otros compañeros ciclistas, y afortunadamente unas señales que después de haber sido analizadas y deconstruidas unánimemente aceptamos que eran de la organización, y aunque el significado era un tanto confuso, y sobre ello no hubo acuerdo, parecían indicar que teníamos que subir una cuesta hacia una especie de gravera y hacia el campo de golf de Los Ángeles de San Rafael. Al fin parecía que todos los caminos del Sexmo confluían, y que no importaba el derrote, al final la carrera iba a discurrir con cierta normalidad.

Así que desconecté el chip del regodeo y también el del escepticismo cachondo, y visto que parecía que el grupeto del que formaba parte era otra vez cabeza de carrera, había que comportarse como Merckx en el Mont Ventoux, caníbal a tope, así que ataqué en la rampa más empinada y saqué un buen trecho a mis esforzados perseguidores, entre los que lamentablemente se encontraban mis buenos amigos Paco y Ángel. Lo siento, es mi carácter, amigos. Pero iba contento, ya que mi ataque había depurado el grupo y el oro, la plata y el bronce nos la podíamos repartir entre los tres, tal era la capacidad de sufrimiento y buen hacer de mis compañeros serranos. Cuando alcancé una cota de terrible pendiente, y de suelo desgarrado y suelto, un señor me animó y me dijo que era el primero que pasaba por este punto. Lo que me espoleó todavía más el ánimo, hasta el punto de culminar la ascensión tan escapado que no veía a nadie. De frente tenía un verde pijo alucinante que contrastaba con el secarral que había atravesado, un campo de golf miniatura donde apaciblemente sesteaban, tras una alambrado electrificada, unos señores que en vez de atizarle a la bola se apoyaban en los bastones como si estuvieran cuidando ovejas. Pero fatalidad. ¿Dónde continuaba el camino? Le pregunté a los pastores de pelotas, pero creo que solo entendían el idioma de la Arcadia. Los segundos pasaban mientras sentía que mi ventaja, conseguida con tanto esfuerzo, se iba desvaneciendo. El ataque cardíaco me anubló la vista cuando vi que Paco y Ángel pasaban por debajo del arco que anunciaba el campo de golf con letras de molde y se dirigían hacia mí, sonriendo, y yo parado en medio de la nada sin saber qué hacer. Si al menos hubiera habido un puesto de helados hubiera imitado a Bahamontes, pero no, allí no había nada, sólo los pastores y una hilera dispersa de ciclistas que iban llegado donde yo estaba y en cuyas caras afiebradas distinguí mi propia mala leche.

Nos pusimos a buscar. Salían tres caminos de tierra, y uno de asfalto. Como este último bajaba y además parecía orientarse de vuelta hacia la dirección de la que veníamos, lo desechamos. Otro de tierra parecía la entrada a una finca. De pronto, alguien vio una especie de insecto amarillo sobre el tronco de un roble. Pero el insecto no tenía vida, porque mirado más atentamente era una señal de la desorganización. Todos respiramos a gusto, surgieron algunas risas, incluso un suspiro a mis espaldas, y cuando nos pusimos todos a dar pedales, compruebo amargamente que cada cual toma un camino diferente, porque el condenado insecto de lata no tenía flecha, o sea orientación, era como un hito mudo que indicaba, sí, vas bien muchacho, pero te jodes porque no te voy a decir por dónde tienes que ir a partir de este punto. Así que Paco y yo tiramos por un camino estrecho y al poco embarrado, cada vez más angosto y que parecía no iba a ningún lado. Le grito a Paco, que vuelvas, que por aquí no es, que Angelito se nos escapa por el otro lado, que he oído que con él va uno que sabe algo de la zona y es por el camino opuesto. Parecía como si hubiera enloquecido, algo oyó o vio, el canto de las sirenas, el balido del vellocino de oro, no hubo manera, y regresé sintiendo que había perdido definitivamente a un amigo.

Me lanzo trialera abajo, adelanto a ciento y a la madre, casi me como un charco saduceo, no sé si en la vorágine de piedras, barro, saltos, ramas he adelantado a Angelito o Angelito sigue por delante. Hago cuentas, y percibo que otra vez me he puesto de los primeros. Distingo delante de mí a uno de los miembros de aquel reducido grupo de cinco magníficos que comenzamos en cabeza y acabamos convertidos en culo o cola, según gustéis. El tío baja genial, sabe lo que hace, parece que incluso sabe por dónde hay que ir, yo lo desconozco, me adentro en un mundo ignoto de nuevas sensaciones. Miro hacia atrás y sólo me persigue un mamut. Los tres solitos en medio de la nada por un caminito que no sé a dónde va. Muy bonito, naturaleza pura. Una gozada. De repente una banderola roja, más allá un cartelito con los colores de una avispa, un trozo de tela atada a una rama, una señal en una piedra, unas roderas en el barro, ¿serán restos de otra carrera, son señales de la nuestra? Y de repente,

¡Zas!, un “sembrao”, sí, un campo de patatas, el camino acaba en una tierra recién labrada, y el garmin dando vueltas otra vez como una peonza. ¿Qué hacemos? ¿Qué pueden hacer tres hombres solos al borde de un sembrado mientras los pájaros arrullan y el río burbujea ahí al lado? Éramos oro, plata y bronce, y de pronto el rayo divino nos convirtió en náufragos de una epopeya que nos había olvidado en el culo del mundo. Nos podríamos haber liberado de  nuestras ataduras morales, habernos dejado mecer por la emotividad de la naturaleza, pero no, cual espartanos aceptamos la veleidad del destino y afrontamos nuestro hado malévolo, no con resignación, sino con furia y mala hostia, así que atravesamos el “sembrao”, reconocimos una caminito al que seguimos y que nos conduzco, alucinante, a una carretera, a cuya izquierda se veía un pueblo que el de maillot negro reconoció como paso necesario de nuestra carrera o marcha, por llamarla de alguna manera, porque aquello, en ese momento, había dejado de ser una competición, y se había convertido en una especie de obsesión enfermiza por asesinar a alguien vestido de amarillo con el escudo del Sexmo.

Y llegamos al pueblo.

He de recordar varias cosas. Una, que tras parecer que todos habíamos acabado convergiendo en el avituallamiento del energúmeno del reagrupamiento, a todas luces ahora podíamos intuir que pasábamos por una fase de divergencia, lo que los militares denominan, de reconocimiento del teatro de operaciones, y yo me preguntaba si antes de la meta habría otro período de confluencia y reagrupamiento de las huestes, antes de encarar el tramo final de esta odisea. A todo esto, debíamos llevar ya del orden de 45 km ó 50 km, incluyendo las propinas de tanto bucle gratuito y enervante. Y otra cosa, que esta marcha del Sexmo también tenía entre sus objetivos el que todos los pueblos de la comarca se sintieran afortunados por recibir a los esforzados, y en este caso, cabreados, ciclistas, por lo que la ruta iba saltando de pueblo en pueblo, que no eran bordeados, o pasados tangencialmente, sino que la desorganización nos tenía preparada allí una linda sorpresa, porque el paso por cada uno de estos amenos lugares deshabitados era aprovechado para hacer un agradable recorrido turístico por sus recónditas y recoletas calles, eso sí, sin señales, marcas, orientaciones, controles, voluntarios, rayas en el suelo, muescas en las esquinas, gritos de advertencia, no, sino al albur de cada cicloturista. Entrábamos por un lado, y como en los dibujos animados, gatos, ratones y perros nos íbamos cruzando, perdiéndonos y encontrándonos en un dédalo de piedra donde los pocos habitantes que encontrábamos nos miraban atónitos como si se hubieran topado con extraterrestres. Yo cometí la osadía de preguntar varias veces cómo leches se salía de ese pueblo, y, o eran mudos, algunos sordos, otros no tenían brazos, no sé si una de las características de los habitantes del Sexmo es la sorpresa permanente, o quizás la confianza cachazuda en unas certezas que sorprendentemente sólo poseen ellos y no el resto de la humanidad, pero  derecha, izquierda o de frente, palabras tan afortunadas cuando un oído perdido las escucha, no alcanzaron mi cerebro, sino miradas como de alhelí, un poco embobadas y sobre todo, admiradas por el hecho de contemplar un ser con yelmo montado en una cosa que parecía un caballo, animal, que por lo que parece, era la primera vez que se encontraban por las calles de su pueblo.

Pero lo que es peor, algunos de los miembros voluntarios de la organización, o eso ponía en la espalda de sus camisetas amarillas con el escudo del Sexmo delante. Yo lamento que tanto trabajo bien hecho (otro no tanto) por parte de unos pocos esforzados de la organización, los que con tanta pasión y buenos propósitos organizaron esta marcha, se haya visto empañado por algunas de estas personas. Es el caso que llagabas a una mesa, un cruce, un lugar donde varias de estos individuos estaban apostados, entiendo que con el objetivo de ayudar, sobre todo, en mi caso, de orientar, y las veías fumando, comiendo, bebiendo, de espaldas a la ruta, como si la presencia extraterrestre de los ciclistas fuera un espectro habitante de un mundo ajeno al suyo. Tenías que gritar, llamar su atención con un berrido o un aspaviento para que giraran la cabeza, no para indicar simplemente con un dedo la dirección de la marcha, sino para que qué preguntaran que qué querías. Alucinante, un tipo que está ahí con un objetivo claro y que en cambio parece que está con unos amigos tomándose unas copas, y que curiosamente viste una camiseta amarilla, entiendo para desorientar, y que se molesta porque le gritas casi agonizante que por favor te diga cómo se sale de un pueblo, como se toma un camino, o qué ruta se debe seguir.

En fin, llegamos al pueblo. Que no recuerdo como se llama. Y tras dar varias vueltas por sus calles, una portada de piedra admirable la de su iglesia, zas otra vez, aquello parecía la verbena de la Paloma, del orden de 20 ciclistas bebiendo y comiendo plátanos debajo de un árbol. Pero, ¿no éramos el oro, la plata y el bronce? ¿Qué hacen estos aquí? ¿Por dónde han llegado? Mi garmin, el cabrón, me indicaba que siguiera por donde había venido. Casi tiro la bici contra el contrafuerte del muro del ayuntamiento, y me como mi propio garmin. Lamento haber perdido un poco los nervios. Pido disculpas. Me tomé un plátano y dejé la cáscara sobre el banco de piedra y no la tiré, como acto de rebeldía, en la bolsa que la desorganización tenía preparada al efecto. Y me fui sin dar las gracias con mala cara. Me arrepiento.

El oro, la plata y el bronce, a saber, uno de negro, otro mamut y yo de la Samburiel, salimos como alma que se lleva el diablo, y antes de encarar la cuesta final que nos acabaría llevando al punto donde confluían la ruta larga y la corta, adelantamos a unos pocos bikers, entre ellos, ¡Osana en el cielo!, Paco otra vez, que recuerden ustedes, le había dejado mecido por el arrullo de las sirenas al borde de aquel arcádico y un tanto narcótico, campo de golf, y que ahora iba delante de mí. Le saludé, y como iba un poco atufado, y yo creo que alucinado todavía, le adelanté, a él, y a unos cuantos, los tres valientes otra vez, hasta un punto en que desapareció la vida y una moto que de improviso se puso delante nos dijo que éramos cabeza de carrera otra vez. Yo casi me descojono, ¿de qué cabeza?, pero si aquello parecía una hidra. Poco antes de la cima se me escapa el de negro, y yo a su vez me escapo del otro, y cuando parecía que el orden del oro, la plata y el broce estaba decidido, me adelanta un sujeto que había pinchado al comienzo de la carrera. Yo hasta entonces no sabía lo que era el rosario de la aurora, pero cuando alcanzamos la cumbre y nuestro camino se fundió con los de la ruta corta, una procesión serpentina de lo más variado, ya dejé de pensar, de buscar una explicación a lo que estaba viviendo, la cabeza me iba estallar, las piernas se me rebelaban, la garganta ya no pedía isotónico sino un consuelo alcohólico que me nublara la vista y me devolviera a la cama con mi familia, ¡mamaaaaá!

Creo que en este último peregrinar, que comencé bronce, me despojaron de los laureles dos ciclistas que me adelantaron y a los que siempre tuve a corta distancia. Creo que pertenecían a mi marcha, pero lo ignoro. Pero poco importa, a consecuencia de lo que me topé ya sí, en mi penúltima aventura, cuando alcancé un pueblo y en él un rugido que atronó en mis tímpanos, acallando el chirrido de bielas que en ese punto emitía mi confidente montura specialized, porque bajo una carpa, y ambientado por música, decenas de ciclistas aullaban, comían y bebían como posesos, al margen de la marcha, la carrera, la ruta, o lo que sea que fuere aquella aventura de la que ya apenas me quedaban 10 kilómetros. Volví a preguntar cómo se salía de ese pueblo, y a pesar de la estupefacción del lugareño, salí pitando ya con ganas sólo de terminar, ducharme e irme a mi casa.

Esta parte final ya la hice totalmente solo, nadie por delante y nadie por detrás, así que deduje que la fiesta había subsumido a todos los participantes en la marcha de 40 km y a los dos ciclistas que quizás fuesen de la de 80 y que me habían adelantado momentos antes sin apenas distanciarse. Se había levantado un aire anunciador de tormenta, de dirección sur, y que me azotaba de frente por este último tramo ascendente hasta Villacastín. Se hizo duro. Mi garmin aquí sí señalaba recio hacia la cúpula de la iglesia diseñada por Juan de Herrera en el siglo XVI, pero lamentablemente comprobé lo que el efecto pantalla significa para la maltrecha fauna ibérica, porque una cosa es tener delante un objetivo geográfico y otro poder alcanzarlo por el camino más corto. Una autopista y una carretera me impedían alcanzar mi objetivo, a pesar de que el dichoso garmin me gritaba que sólo me quedaban 753 metros a meta. Di más vueltas que un tonto, carretera arriba, abajo, rotonda, gasolinera, ¿sabe usted por dónde se llega a Villacastín?. Y ni un ciclista en la lontananza. Al fin doy con la entrada del pueblo, vacío, calle izquierda, derecha, arriba, abajo, sin salida, ¿dónde leche está la meta?. Alcanzo la iglesia, le pregunto a unos señores en corbata que acababan de asistir a la primera comunión de una hija que como una princesa me mira atónita. Luego lo intento con una señora que tampoco sabe ni contesta y que me mira como todos los habitantes del Sexmo, repito, como un extraterrestre. Al fin me topo con un tipo que acabó la ruta de 40 km y que me dice cómo terminar, porque los 753 metros ya se habían convertido en 3.551 metros de mala leche y hartazgo. Veo la meta. Al fin. Me acerco a buen ritmo. ¿Qué hago? ¿Subo los brazos? ¿Esbozo mi mejor sonrisa? ¿Hago un caballito? Pero, si no hay ¡nadie! Es la primera vez que me encuentro un arco de meta vacío. Ni público, ni aplausos, nadie de amarillo apuntando dorsales o ayudando o informando. Paro la bici, desmonto, y me quedo alucinado. ¿Me habré confundido de pueblo? No. A los pocos metros un individuo de la organización me dice que allí delante, en el campo de fútbol hay unas duchas. Lo atravieso. Dan ganas de tumbarse en esa hierba natural. Pero no. Debo llegar hasta el final. Debo desvelar el misterio que se esconde detrás de lo que me está aconteciendo. Y de pronto, veo una carpa, y dentro de la carpa todo el pueblo, y todos los de amarillo comiendo y bebiendo y pasándoselo pipa. Y yo que deseo un aquarius, beber algo, comerme una fruta, y no encuentro a nadie que me diga nada, me miran y nadie me dice, acércate, ve allí, ¿estás bien? Sí, soy un ciclista que acabo de terminar una ruta que habéis organizado vosotros para potenciar vuestra tierra, y no es que me miren como si fuera un extraterrestre, es que me ven como si no existiera.

Al poco llegó Paco, y nos duchamos mientras esperábamos a Ángel. Y los tres estábamos tan atónitos que no conseguimos ofrecer una explicación de lo que nos estaba pasando. Éramos invisibles, habíamos disputado una carrera inexistente.

Ya terminé. Al fin.

Ahora me gustaría ayudar a la organización para que el año que viene la marcha saliera mejor. Yo he contado mi experiencia. Otras habrá mejores, y otras quizás peores. Cada cual padece o disfruta según le viene en gana y acorde con las circunstancias particulares que le toca vivir. Así que lo anterior no deja de ser una anécdota en el cúmulo de otras 400 experiencias que compartieron carrera conmigo. Pero lo que voy a decir ahora pretende salir de mi particular vivencia, un intento de ayudar a esa organización que  estoy seguro aspiró a hacerlo lo mejor posible, y que trabajó con gran desinterés con el objetivo de montar una actividad divertida y bien organizada.

  • Los voluntarios son indispensables. Pero deben estar bien aleccionados. Pocos, pero muy responsables. Aquí había demasiados, y casi ninguno sabía lo que era una marcha y qué papel sencillo, pero importante, debían realizar.
  • La imagen. Se supone que esta marcha la organizó el pueblo para promocionarse y compartir un proyecto con unos ciclistas locales y foráneos. Pero la marcha parecía algo totalmente extraño, inaudito. No despertó ningún tipo de animación. Sobre todo, en Villacastín, todo el mundo estaba muy contento de la música y de la carpa y las bebidas que se estaban tomando con sus amigos. Pero para hacer eso, cosa que respeto, no hacía falta montar una marcha ciclista. El ciclista debe ser el centro en una marcha cicloturista, y no quedar marginados de la población, de la fiesta, del ambiente. Repito, éramos como un injerto raro, unos extraterrestres.
  • La señalización. Resulta muy difícil señalizar un circuito de montaña de 80 kilómetros. La organización no fue consciente de ese reto. Las señales deben ser claras, poseer un colorido y un diseño homogéneo y fácilmente discernible a lo largo de todo el recorrido. Debe haber señales en cada bifurcación, pero también señales de confirmación. Y en determinados puntos voluntarios que con señales claras indiquen qué alternativa tomar. Y si se hacen recorridos urbanos, aquí la precaución se extrema porque cada calle debe estar muy bien señalizada para que no surjan dudas.
  • Y debe haber motos y vehículos al servicio de los ciclistas, abriendo y cerrando la marcha con conocimiento del circuito, con un poquito de experiencia de las velocidades y capacidades que podemos desplegar los ciclistas por terreno montañoso.

Ánimo, y a seguir trabajando.

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ROJO Y NEGRO… Y AMARILLO

MARATÓN RIAZA PRO-BIKE 2013

No temáis, que no voy a hablar de la conocida novela de Stendhal, ni del anarquismo, cuyos colores rojo y negro le sirvieron de emblema. No. Escribiré del barro, que ayer aprendí a distinguir no sólo en su variado colorido, sino también textura. 4 horas en bici intentando mantener el equilibrio dan para mucho, y ayer en Riaza sin quererlo superé un curso de conducción de bicicleta de montaña sobre barro y ríos de lodo.

Desde el miércoles anunciaban en las páginas de información meteorológica que el temporal de frío iría remitiendo a lo largo del fin de semana. No fue así. El domingo en Riaza hizo mucho frío, y la llovizna heladora nos acompañó durante toda la prueba. Se dio la salida con 1ºC de temperatura, y bajo un cielo encapotado y con niebla en los tramos altos, esta fue nuestra compañía durante nuestro pequeño infierno del domingo.

Sabiamente la organización modificó el recorrido. No nos eliminaron los puertos de montaña, pero sí, según me dijeron, un bucle de unos 5 km que estaba totalmente encharcado e imposible de atravesar con bicicleta. A pesar de esa reducción del recorrido, creo que esta edición del maratón de bicicleta de montaña ha debido de ser el más duro hasta la fecha. Las noticias hablan de marcha épica. No creo que llegara a tanto, pero sí que fue muy exigente.

Y aludía a lo de los colores rojo y negro, y también amarillo, porque ayer domingo 19 de mayo pude comprobar in situ lo que los mapas geológicos de la zona afirman, que en el entorno de Riaza se produce la confluencia de ciertos sustratos geológicos bien diferenciados, cuya erosión y desintegración da pie a varios tipos de arcillas, la arcilla roja y la gris, incluso la amarilla, con las que ayer nos enfrentamos los que pedaleamos por estas serranías del sistema central.

No hubo que atravesar muchos ríos, yo conté 4 pasos, pero ayer el mundo era un río. Gran sorpresa de la jornada: a unos 5 km de la salida atravieso una pequeña vaguada que desemboca en una cuesta, pongo el plato pequeño, y zas, la cadena “chupada”, intento mantener el equilibrio, imposible hacerla rodar, pie a tierra y a empujar 100 metros la bici cuesta arriba. En toda la carrera no conseguí meter el plato pequeño sin que la cadena se retorciera y enredara. Un calvario subir dos puertos y superar tanto repecho exigente tirando de plato con un desarrollo que me impedía desplegar mi famoso “molinillo” de cadencia elevada. Tocaba  tirar de riñones y destrozar cuádriceps de pie sobre la bici. Por esta avería consecuencia del barro y de la humedad, y quizás también del material, hube de penar, y creo que al final ya de la carrera me vi forzado a ceder unos 5 puestos de la clasificación general de la carrera. ¡Pena negra!

No conseguí ponerme delante en la salida, pero para mi sorpresa, a los pocos minutos me situé a unos 50 metros de la cabeza, un compacto grupo de unos 10 ciclistas que subían las primeras rampas a ritmo no demasiado exigente. O eso me pareció a mí. A los 15 km de prueba me pongo a la altura de un compañero al que le pregunto por los ciclistas que llevamos delante, y al contestarme que sólo 10, me pongo como una moto, me encabrito, tiro de plato, y adelanto a dos ciclistas más que sufrían hundidos en el barro de una rampa de fuerte pendiente. “¿Iré octavo?”, me pregunto. A los 30 km un voluntario apostado en un cruce de caminos me dice que voy muy delante y que muy pocos ciclistas han pasado por allí. Al poco comienza la ascensión del primer puerto que desde los 1.100 metros llegaba hasta los 1.500 aproximadamente. Afortunadamente las pendientes no eran muy pronunciadas, pero el barro lo hace difícil, y sobre todo, la mala sangre, la cadena que sigue sin funcionar correctamente cuando engrano el plato pequeño. Me adelanta un ciclista, otro. Pero en la bajada, doy cuenta de uno de ellos, y me voy al suelo en uno de los zigzagueos. Sin consecuencias porque caigo sobre una piscina, y apenas pierdo tiempo, aunque salgo con el codo derecho algo magullado, pero con el corazón caliente por las emociones.

Aprendí ayer muchas cosas, primero a sobreponerme a una avería y afrontar el reto con una estrategia alternativa a la mejor posible, y la segunda, a entender el desigual comportamiento que la bici mantiene al enfrentarse a los diferentes tipos de barro, que afortunadamente poseen colores tan fácilmente discernibles, el rojo, pegajoso; el amarillo, blando y falso; y el negro, deslizante.

Y alcanzo el kilómetro 60, el segundo puerto, que asciende hasta los 1.600 metros, muy duro, sobre todo el tramo final, 2 km inhumanos de enorme pendiente con mucho barro negro, raíces, piedras, y un auténtico río de lodo que discurría ladera abajo. Una delicia. Evidentemente, no fui capaz de encaramarme con el plato mediano, así que me lo tomé con calma, me puse de acuerdo con mi bici y me la subí a la espalda y a trotar un kilómetro por el escarpe. Una pareja de guardias civiles mimetizados entre la floresta me miran y murmuran un tanto atónitos. Afortunadamente, todavía me dura algo del estado de forma de la carrera a pie, por lo que no perdí mucho tiempo en la ascensión.

El último tramo, un descenso con trialera incluida, que atravesé a buena velocidad y con pericia, a pesar del suelo deslizante. Pero lamentablemente en los pocos repechos que quedaban, y ya con escasas fuerzas, al no poder acoplar el plato pequeño, 3 ciclistas avezados aprovecharon mi debilidad técnica para darme alcance y superarme, dejándome en el barro jurando en arameo por mi mala suerte. Al final, puesto 15 de la general, entre unos 350 ciclistas que acabaron la prueba. Contentísimo. Gracias al entrenamiento he logrado alcanzar un nivel de bicicleta inaudito para mí, lo que me da confianza para afrontar las pruebas ciclistas del resto del calendario hasta el mes de agosto.

Otro elemento afortunado ha sido la adecuada respuesta de mi metabolismo de consumo de grasas. Ya hace más de un año que alteré mis rutinas de entrenamiento y de nutrición con el objetivo de adaptar mi cuerpo mejor a las pruebas de larga duración, para las que se hace imprescindible confiar en el consumo de grasas. Tanto en la marcha de Colmenar de hace un mes, como en ésta de Riaza (en torno a 4 horas de prueba), he conseguido rendir adecuadamente, sin pájaras, con apenas 500 ml de isotónico, un gel y un plátano, cosa sorprendente habida cuenta de mi experiencia anterior en este tipo de pruebas.

He de felicitar a la organización de la prueba por lo bien señalizado del recorrido. No era un día fácil, sobre la marcha tuvieron que alterar el circuito a causa de las condiciones meteorológicas tan adversas de los últimos días, pero tanto las señales fijas como el trabajo de las personas dispuestas por la organización en los cruces o zonas conflictivas, fue intachable, lo que hizo que jamás tuviera dudas de por dónde debía avanzar, a pesar de que fui solo gran parte de la prueba, y de que la visibilidad en algunas zonas, como consecuencia de la niebla, tampoco era muy buena.

Anécdota. Los ciclistas parecíamos indios de diversas tribus, según los diferentes tipos de barro nos hubieran pintarrajeado la cara. Algunos parecían auténticos retratos al óleo. Yo al principio me quedaba muy sorprendido, pensando “¿cómo se ha puesto éste?”. Pero al poco caí en la cuenta de que yo también debía ofrecer igual impresión. Bicicleta, ropa, casco y cara cubiertos de distintas capas de barro rojo y negro, también amarillo, que ayer dejaron atorados los filtros de mi lavadora y mi bañera. Barro.

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CICLISMO Y MAGNOLIAS

RUI VALDIVIA

En el año 2010 Ediciones La Discreta publicó el trabajo ganador del premio de novela corta “Villa de Colmenar”, El Tour de Francia y las magnolias del doctor Jekyll, escrita por el vallisoletano Vicente Álvarez de la Viuda.

Mistral, mítico e imaginario ciclista con nombre de viento, se enfrenta al pelotón real de la Grande Boucle, en un duelo que trasciende lo deportivo, de un fantasma extraordinariamente dibujado por el escritor Vicente Álvarez, que con gran osadía introduce la figura de este ciclista inventado entre las gestas de Ocaña, Mercks, Zoetemelk o Hinault. Lo hace fornido, apuesto, madrileño, emigrado de niño a Suiza, ganador de dos giros y casi de un tour. A mí me recuerda la figura del corredor suizo Hugo Koblet, ganador del giro del año 1950 y del tour del siguiente, apuesto atleta que se peinaba antes de entrar vencedor, y al que motearon de pedaleur de charme. Como a Mistral, la fama, la vida disipada, el gusto por el lujo, y sobre todo, el amor, los hizo perecer, a Koblet en un accidente de coche al que se calificó de suicidio cuando apenas contaba 39 años, y Mistral, pues nadie mejor para narrarlo que esta novela que tanto me ha gustado y que recomiendo.

Estamos ante un homenaje al mundo del ciclismo, el autor proclama por cada poro su amor a este deporte, y su modo de contarnos las gestas, los retos y desafíos, las auténticas heroicidades de estos forzados de la carretera, sus sacrificios, las grandes victorias y por supuesto, las derrotas, resulta emotivo y claramente aleccionador de la humanidad de un deporte casi inhumano, que se desarrolla al límite de lo soportable por el cuerpo y el espíritu.

Los grandes puertos surgen como gigantes, el Alpe d’Huez, el Galibier, el Tourmalet, el Mont Ventoux, y por supuesto, el Gavia. Álvarez nos describe sus curvas, sus pendientes aterradoras como escribiría sobre la piel arrugada de un viejo o la suavidad de un rostro femenino admirado, resaltando la belleza, pero también el pavor, el espectro de una muerte, del accidente que se apuesta tras cada curva.

La narración del descenso del Gavia en la edición del Giro del año 1988 resulta ilustrativa, sobre todo, las palabras puestas en boca del vencedor, Andrew Hampsten:

“No estaba seguro de cuánto tendría que sufrir, pero sentía que todos nosotros íbamos a sobrepasar nuestros límites para franquear el Gavia (…) Dejé de pedirle a Dios que me ayudara, ya me había ayudado bastante dándome el privilegio de competir. En vez de esto empecé a especular lo que estaría dispuesto a negociar si el diablo aparecía”

El libro está construido como una trama policial o detectivesca, y utiliza la fórmula clásica del buscador amateur de pruebas y pistas a lo largo de un viaje que le lleva a conocer a las personas que influyeron en la vida del héroe Mistral. Los personajes, por tanto, son descritos con maestría en dos momentos temporales, el de la gesta del mítico ciclista, y unos años después, ya retirados del mundo del ciclismo, arrumbados por la historia. El acierto del autor consiste en haber sabido hilvanar una trama imaginaria de fantasmas entre las fisuras de la realidad ciclista de los primeros años 80 del pasado siglo, donde acciones reales e inventadas se entreveran con agilidad y coherencia.

Por tanto, estamos ante una novela deliciosa para cualquier practicante o enamorado de este deporte tan baqueteado por la hipocresía de la droga y el doping, pero también una novela muy recomendable por sus intrínsecos valores literarios.

La plástica del ciclismo ha sido resaltada desde sus comienzos. El primer tour fue organizado por una revista deportiva, y el grafismo, la imagen del luchador sobre la máquina rodeado de un paisaje despiadado de asfalto, pavés, polvo y mucha naturaleza, ha acompañado siempre la imagen de este deporte tan sacrificado. El archivo histórico fotográfico asociado al ciclismo resulta elocuente. Y ya más recientemente las magníficas retransmisiones televisadas con gran despliegue de cámaras y de tomas donde se mezclan el desafío y unos paisajes espectaculares. La novela también intenta adentrarse en esta iconografía, y nos ofrece vívidas descripciones de estos momentos inmortalizados por la cámara.

De forma obligada el autor ha tenido que elegir y entresacar, del infinito anecdotario ciclista, una selección restringida de hechos históricos en los que enmarcar la trama. Nada que objetar a los elegidos, y alabable la forma original de rememorarlos. Nada que criticar por el hecho de que no haya incluido algunos otros que al lector conocedor del mundo ciclista le hubiera gustado ver plasmado en la novela. El autor está obligado a seleccionar y lo hace, cómo no, como le da la gana. Y el resultado salta a la vista por lo bien conjuntado que está todo.

A mí hay dos episodios o historias que siempre me han deslumbrado, por su humanidad, por darse en el mundo del ciclismo, pero trascendiéndolo como ejemplo para la vida. La novela las rememora. Me refiero a dos momentos de las vidas del ciclista español Vicente Blanco, y del italiano, Bartali.

Blanco fue el primer ciclista español en participar en el Tour de Francia, en el año 1910, pero tuvo que abandonar tras las primeras etapas. Sendos accidentes laborales en la metalurgia le hicieron perder ambos pies, pero a pesar de ello se erigió en uno de los mejores ciclistas españoles del momento. Su pasión por este deporte y por superar su minusvalía, le llevaron a protagonizar la gesta de ir hasta Paris en la propia bicicleta con la que iba a participar, llegó el día anterior al de la salida y con la bicicleta tan deteriorada y él mismo tan mermado y enfermo, que apenas pudo aguantar los primeros días.

Gino Bartali resulta conocido, entre otras razones, por ser el gran contrincante de su compatriota Fausto Coppi, por poseer una personalidad y unas creencias que la prensa y la historia han destacado como opuestas al del otro mito italiano de la bicicleta. Bartali, católico y conservador, permanece en la iconografía ciclista ofreciéndole agua a Coppi en una dramática ascensión al Gallibier antes del ataque de éste para llevarse finalmente el tour del año 1952. Pero Bartali fue un héroe callado que jamás desveló en vida su actividad humanitaria durante la II Guerra Mundial. Amparado tras su fachada de ciclista famoso que se entrena protegido por el régimen de Musolini, utilizaba sus recorridos para ser correo de una organización clandestina de falsificación de pasaportes de cientos de judíos que así pudieron escapar de la persecución fascista.

Sin embargo, existen unos hechos en esta relación que el autor no menciona y que pueden servir para comentar otro de los rasgos definitorios del ciclismo, y en general de los deportes de resistencia y gran sacrificio, cual es el tema del doping o del consumo de sustancias fortificadoras y recuperadoras. Bartali no podía entender el éxito, a veces tan abrumador, que Coppi cosechaba en algunas etapas, por lo que siempre sospechó que su compatriota estaba ingiriendo sustancias dopantes, que resulta necesario admitir, entonces no estaban prohibidas. A diferencia de Bartali, Coppi acompañaba su vida privada desordenada con una programación muy rigurosa de su dieta y entrenamiento, a pesar de lo cual Bartali acabó obsesionado por descubrir el secreto de Coppi, no para denunciarlo, claro está, sino con el propósito de imitarlo. Llegó incluso a husmear clandestinamente en las papeleras de las habitaciones donde su compañero dormía, y a buscar con desespero los bidones de líquido desechados en las etapas y que después mandaba analizar, y en los que únicamente pudo encontrar bicarbonato.

El ciclismo es un deporte de extrema dureza. A las crueles etapas diseñadas por despiadados directores de psiquiátrico, se le suma la que pone la propia carretera, las condiciones climatológicas y el afán de superación y competitividad de los ciclistas. Por ello, la historia del ciclismo no se entiende sin el consumo de drogas y sustancias dopantes, con los objetivos de hacer soportable el dolor y predisponer al cuerpo para realizar sacrificios extrahumanos. El doctor Leman, alrededor del cual gira buena parte del misterio e intriga de esta trama, que controla los garitos de diversión, drogas y sexo de Ibiza y que extiende sus redes alrededor tanto del que narra como del resto de los personajes imaginarios del relato, desempeña en cierto modo el papel del proxeneta que explota a los ciclistas profesionales en su afán de vencer y doblegar al destino.

En fin, el mito del ciclista, del esfuerzo inhumano, de las grandes gestas y de las derrotas meritorias y ejemplarizantes, todo un universo de grandeza que gira alrededor de unos ciclistas profesionales cuyas leyendas han sido magnificadas por el patriotismo y los medios de comunicación, podríamos afirmar que inventadas o imaginadas en el espíritu colectivo no sólo de los aficionados sino también de sus naciones, y que la novela sabe exponer en una trama un tanto paranoica donde realidad y sueño acaban por fundirse en las alucinaciones de sus dos personajes principales, el buscador de Mistral, Brindisi, y el doctor Leman.

Un libro con el que no sólo disfrutarán los aficionados al ciclismo, porque más allá de las historias o las gestas deportivas, ante nosotros tenemos una auténtica novela, bien escrita y muy amena, plenamente recomendable.

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LA N-154

Creo que la carretera nacional 154 (N-154) es la más corta de las que componen la red de carreteras del Estado, tan sólo 7 kilómetros que comienzan y acaban en territorio francés y que a consecuencia del Tratado de los Pirineos del año 1659, atraviesa la villa española de Llivia. Curioso, ¿no?

La culpa la tiene este pequeño municipio gerundense, un enclave español en Francia, exclave, cuyos más de 1.500 habitantes todavía poseen la nacionalidad española en esta isla rodeada de tierras francesas.

El paso de la historia no reconstruye ni el territorio ni las personas sin dejar algún rastro, restos, basuras, anormalidades, zonas deformes, curiosidades dignas de tour-operador, babas de caracol. Y Llivia, sus casi 13 km2 situados del lado francés de los Pirineos, nos asombra y nos hace reflexionar sobre cómo evolucionó su vida antes de que la Unión Europea, Schengen y la era digital difuminaran las fronteras políticas.

Un absurdo, consecuencia de que en francés la palabra pueblo se traduzca por village y que Llivia fuese la única Villa de los más de 30 pueblos que España cedió a Francia en la región de la Cerdaña tras aquel tratado que ponía fin a la guerra entre ambos países, en época de Felipe IV y el rey Sol. Porque el emperador Carlos I la elevó al rango de Villa en el año de 1528, por su castillo y singular bravura en la defensa de su imperio frente al temible gabacho. Pequeño gol que el plenipotenciario español le coló al equipo francés en un partido que acabó con goleada en contra, y que hizo posible que esta minúscula villa no más grande que la de Asterix en Bretaña, haya elevado, más bien con disimulo, el pabellón español o catalán en territorio francés.

Desearía poder imaginar cómo fue la vida de estas personas durante el franquismo. Un artículo del blog FRONTERAS me parece muy ilustrativo al respecto. El régimen nazi temió que Llivia se convirtiera en un nido de espías, y hasta el mismo Franco obtuvo permiso de la democracia francesa para conquistar Llivia al final de su cruzada contra todos los españoles. Sorprendente. Se cuenta que más de 100 policías armados llegaron a un pueblo que por entonces no tenía más de 700 habitantes, para que no se convirtiera en nido de maquis ni partisanos.

A pesar de las fronteras, las gentes intentan mantener los usos y costumbres previos a tales imposiciones. Por ello, los movimientos de ganado o de gentes siguieron realizándose a pesar de la nueva frontera. Y resulta ilustrativo al respecto que el municipio de Llivia posea tierras comunales de pastoreo fuera de su propio término municipal, en tierras que caen bajo soberanía francesa.

El Tratado de los Pirineos incluía un indulto a los sublevados de las revueltas por la independencia de Cataluña a los que había vencido el Conde-Duque de Olivares, y el mantenimiento de los fueros y de los usatges tanto en territorio español como francés. Sin embargo, Luis XIV los derogó y prohibió el uso del catalán en todo el territorio francés recién adquirido. Sólo en Llivia se ha mantenido el catalán.

Este tratado fue firmado también en un lugar curioso, la isla de los Faisanes, situada en el río Bidasoa que separa España y Francia, un minúsculo islote que posee soberanía compartida, establecida amistosamente entre ambos países y que se reparte por semestres. Esta Isla constituye el enclave más reducido del mundo con tales características. También resulta sorprendente que otro exclave, en este caso Gibraltar, tuviera como causa cercana el incumplimiento, en este caso español, del tratado de los Pirineos, ya que la dote que debía pagar el rey hispano por la boda pactada de Luis XIV con María Teresa de Austria (hija de Felipe IV), nunca fue satisfecha, y fue una de las causas esgrimidas por Francia para entrar en la Guerra de Sucesión española que acabaría llevando al trono español a Felipe V, nieto de aquellos soberanos franceses. El tratado de Utrecht de 1713, del que este año se conmemora su 300 aniversario, entre otros artículos de más enjundia y trascendencia política incluía la desde entonces denominada “ominosa pérdida de Gibraltar”.

La historia. Que podría haber sido otra. Qué duda cabe. Se imaginan que bajo Llivia hubiese sido descubierto un yacimiento de petróleo. O que España hubiera querido emplazar allí un destacamento o base militar. Supongo que en Llivia también se votará en el sufragio por la independencia catalana. ¿Francia reconocería la soberanía que un país nuevo, con el que no pactó el tratado de los Pirineos, ahora tendría sobre este enclave dentro de su territorio? Legalmente sólo debería reconocer la soberanía española. Podrían imaginarse boberías sin límite al respecto. Pero alrededor de un absurdo o un retruécano tan sorprendente de la historia uno pude esperar casi cualquier cosa. Como la guerra de los STOPS.

Decíamos que la red de carreteras de interés general incluye la N-154 (denominada D68 en Francia), que une la localidad fronteriza de Puigcerdá con la de Llivia, y que discurre gran parte por territorio francés. Desde el tratado de Bayona esta carretera se denominó “de libre circulación”, con objeto de que los residentes pudieran desplazarse con libertad. Pues bien, en los años 60 del pasado siglo Francia construyó dos carreteras que la cruzan, colocó dos STOPS que daban prioridad de paso a las carreteras francesas, con gran indignación de los llivienses que desataron una guerra contra tal imposición, con destrozo de cuanto nuevo STOP colocaban las autoridades francesas, amparándose en una lectura diríamos un tanto literal del término “libre circulación”. En el año 2001 acabó el conflicto definitivamente, tras haberse construido un puente y una rotonda donde la prioridad la poseen los españoles. Pero para mi sorpresa advierto que el conflicto tiene visos de regresar, ya que desde el año 2005 el Gobierno francés plantea implantar otra rotonda que se va a empezar a construir en este verano de 2013, por lo que el Ayuntamiento de Llivia ya ha planteado la recogida de firmas en contra, y hasta la Comisión de Límites entre España y Francia ha recibido la disconformidad del municipio catalán por una obra que rompería el statu quo obtenido en 2001.

¡Historias!