ENSAYO SOBRE LAS DOS RUEDAS (ii)

……………..continúa….

Un amigo me suele aconsejar que jamás deje de dar pedales. No habla del ciclismo en concreto, sino de la vida misma.

Pedalear. Y vivir.

Mi generación se ha criado en un ambiente perverso plagado de amenazas. Quizás por ello no hemos alcanzado nuestra máxima altura potencial, padecemos de los pies, de la próstata, de huesos frágiles y alopecia. Durante los últimos veinte años no he dejado de leer perseverantes estudios científicos donde sin excepción se demuestra que todas las certezas educativas de los años setenta del pasado siglo, y en las que tantos ciclistas fuimos entrenados para la vida, carecían de racionalidad y que lejos de ayudar, perjudicaban el correcto desarrollo cognitivo, locomotriz y moral del infante. El tacatá, el vivaporu, los columpios de metal, el tirón de orejas y el sopapo, la mercromina y el alcohol, la letra con sangre entra, la guerra de piedras, ¿qué es el casco, dónde está el cinturón de seguridad de los niños?, los ruedines de la bici, el agua de azahar o la cartera del colegio.

Girar y rodar

Poseo sólo dos recuerdos de mi extrema niñez, y los dos se relacionan con sendas caídas. En ambos casos debía llevar todavía pañales, pero el descontrol no sólo procedía de mis esfínteres, sino de no haber sido capaz entonces de saber distinguir entre la otredad del mundo y mi todavía tierno yo. No recuerdo el contacto con el suelo, ni el consiguiente lloro, ni el dolor. Únicamente los giros, en el primer caso, el más antiguo, un mundo que giraba alrededor de mi eje longitudinal, en la segunda caída, un orbe que se me desquició en un giro absurdo alrededor de mi eje transversal. Atando cabos y gracias al poder deductivo que los años me fueron dando, he acabado por asumir que en el primer caso debí rodar sobre la cama antes de precipitarme contra el suelo, y que en el segundo batacazo, que iba montado en un triciclo y que por todavía desconocer la ley de la gravitación universal debí desestabilizar su centro de gravedad.

Girar y rodar. Verbos tan antiguos, se dice, como el mundo. Pero confusos. Ptolomeo se creía el centro de un gran circo giratorio, y Copérnico, sin embargo, era un niño rodador. La rueda es un artilugio ambiguo. En qué lógica cabe que para avanzar rectamente sea necesario girar.  ¿Por qué sobre dos ruedas juntas?

Mis hijos no han tenido la suerte de poder disfrutar del tacatá. Desgraciadamente mi memoria no almacena ninguna información al respecto. Poseo fotos donde se me ve muy feliz, y conservo las historias que mi madre me ha transmitido al respecto. Realmente era un artilugio peligroso. Aquellos estudios a los que aludí citaban enormes riesgos asociados al correcto funcionamiento del aparato locomotor. Por no citar la velocidad, que aliada con la ingenuidad infantil auguraba choques y vuelcos. Pero ¿y la experiencia de la ingravidez, de poder avanzar casi como suspendido y sin necesidad ni de que te empujaran, ni de dar pedales? ¿Y la enorme variedad sensorial entrando por esos recién abiertos ojos, ese escalofrío fugaz de imágenes giratorias tan alocadas como las propias cuatro ruedas locas del tacatá?

Los preámbulos son esenciales. Yo no podría vivir sin ellos. Por esta razón ahora quisiera hablar sobre el equilibrio. Porque el equilibrio humano resulta perturbador. Un bípedo que fuera de toda lógica acumula mayor peso en la parte superior del cuerpo. Si al menos pareciéramos un tentetieso, y no un chupa-chups. Estamos vueltos del revés. No digo nada si ese animal inverso que es el ser humano se monta en una bicicleta que contra toda lógica en lugar de cuatro posee sólo dos ruedas. Inverosímil. Quizás por ello la humanidad tardó tanto en inventarla. Y sin embargo, los niños la adoran y aprenden a montarla apenas han aprendido a andar. A pesar de su peligrosidad y rara inestabilidad.

…………………continuará………..
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