BIENESTAR SIN ESTADO (y 3ª PARTE)

……………………….continúa…….

El capitalismo se ha encontrado con el mundo finito, y ha sido la conciencia de este límite la que ha destruido un Estado del Bienestar que ya nunca más, afortunadamente, regresará. No fue la caída de la Unión Soviética, como se nos dice ya en los libros de historia. Como si ese régimen opresor, burocrático, totalitario hubiese podido ejercer, sobre los críticos al sistema capitalista algún tipo de atractivo que hubiera que contrarrestar con las migajas de la redistribución de rentas, la fiscalidad progresiva y la extensión de la asistencia pública y universal organizada por el Estado.

La finitud, sí. De pronto el capitalismo, eso que se ha llamado la globalización y la mercantilización, alcanza el límite del mundo, porque ha conseguido llegar a todos los rincones explotables, y por tanto, el talante expansivo y conquistador que caracterizaba aquel capitalismo de rapiña debía de alguna manera transformarse en un capitalismo que, para seguir acumulando, tuviera ahora que lograrlo más allá de la materia, y sobre todo, con ese inmaterial que llamamos conocimiento, la tecnología con la que se nutre un capital cuya materialidad cada vez resulta más difícil de alcanzar.

Cuando el capitalismo logró encapsular el conocimiento obrero en procesos automáticos, en conocimiento digital experto sobre cómo producir, comenzó ese proceso de externalización que de forma irremisible destruyó, por inservible, el Estado del Bienestar, un proceso de expansión y depauperización que no podrá revertirse apelando a viejos edenes, vetustos pactos, comedias trasnochadas como el Estado del Bienestar. No digo con ello que no se pueda ni se deba luchar por una sanidad universal, por educación para todos, etc., sino que si se desea conseguir esa libertad e igualdad que parecía que el Estado del Bienestar nos regalaba, habrá que hacerlo a partir de ahora apelando a otro sistema al margen del capitalismo.

El otro ser humano contra el que se levantó el Estado del Bienestar en la otra punta del mundo está ya aquí, como inmigrante en nuestras calles y ahogándose en nuestras fronteras, al otro lado del hilo telefónico, en internet, y somos tantos ya, y tan intercambiables por culpa de un conocimiento y una formación que el capital está introduciendo en la materia y sacando de nuestras mentes, que no merece ya la pena derrochar dinero ni recursos en crear fortalezas de creatividad donde hombres y mujeres mimados y educados –por el Estado del Bienestar- resultaban imprescindibles para asegurarle unas rentas al capital. Ya no somos imprescindibles. El ser humano ha dejado de ser escaso. La materia le ha ganado la partida, el petróleo, el titanio, el suelo, los recursos hídricos, la atmósfera. Es la materia a la que ahora el capital debe mimar a costa de personas que sobramos y utilizando la tecnología y el saber sobre el que se desea ejercer un férreo control de su propiedad.

Evidentemente, existen impactos ambientales, agotamiento de recursos, contaminación, cambio climático. Nadie lo duda. Por ello la materia, la naturaleza como recurso productivo resulta cada vez más escasa. Escasez que en sí mismo resulta un problema para el capitalismo del mismo orden del que le supuso la escasez de mano de obra cualificada después de la Segunda Guerra Mundial. Un reto técnico de optimización y de asignación de factores, que entonces se trató con la herramienta del Estado del Bienestar y que ahora se intenta arreglar con este capitalismo de crisis y burbujas, podríamos llamar, virtual, que nos entierra como seres humanos.

Las máquinas, los medios de producción actuales, cada vez incorporan más conocimiento, un intangible sobre del que el capitalismo desea apropiarse del mismo modo a como enajenó para sí los bienes comunales y las rentas del capital a partir del siglo XVIII, instalando esos equipos de producción al margen del mercado, fuera de la ley de la oferta y de la demanda, de forma monopolística en contra de toda la sociedad. Por esta razón se le llamó capitalismo a este sistema, no porque hubiera mercado, no por la propiedad privada, tampoco por el liberalismo, sino porque el capital poseía un carácter monopolístico, porque los poderosos lo mantenían al margen de la liberad del mercado, y porque a través de este control férreo se garantizaban no sólo unas rentas extraordinarias, sino también controlar el sistema social, imponer una relación jerárquica que durante mucho tiempo se ha considerado imprescindible para que el complejo sistema social y económico pudiera funcionar ofreciendo crecimiento y bienestar. No hace falta ser marxista para entenderlo así. Está en los libros de historia, de ello ya hablaron el propio Adam Smith y sobre todo, Stuart Mill. Marx nunca abandonó la economía clásica, lo que le diferencia no es el análisis, sino sobre todo, la práctica revolucionaria y su enorme capacidad para incorporar conocimiento de otras ramas del saber.

Pero ¿por qué el Estado del Bienestar? Pues para promover la aparición de una mano de obra cualificada, y unos medios de reproducción social del conocimiento que le resultaban imprescindibles al capital, y que los capitalistas por si solos jamás hubieran podido reproducir sin el concurso de un Estado protector y educador de masas. Pero en el momento en que el capital pudo empezar a incorporar conocimiento al margen del saber obrero o profesional, y a acceder a un mercado laboral mundial, su Estado del Bienestar le resultó ya innecesario. Por eso está desapareciendo, entre otras razones. Y por ello creo yo que la lucha política no debería encauzarse hacia su recuperación, por dos motivos, por inútil y por no deseable. El marco tecnológico y social hace improductiva cualquier lucha por restaurar el Estado del Bienestar. Pero por otra parte, resultaría inmoral levantar las barreras y las rigideces, las desigualdades sobre las que se implantó a expensas de un Tercer Mundo y de una naturaleza que ya no están fuera, sino dentro de nuestro sistema.

Han cambiado las reglas, se ha modificado el entorno, el juego ya es otro, el conflicto ha alterado sus coordenadas. Pero todavía se mantienen algunas características de la vieja lucha: la ambición del sistema por acumular capital y el deseo de apropiarse de los bienes públicos, del pro-común. Creo que es en el nuevo sentido que adoptan estos procesos de acumulación y acaparación en esta época de globalización, redes sociales e internet, de destrucción de vínculos sociales y de contaminación y agotamiento ambiental, donde hay que encontrar la originalidad de las nuevas luchas para alcanzar eso que se ha llamado la lógica de la abundancia.

La tendencia a la acumulación de capital se la ha nombrado de diversos modos a lo largo de la historia. Para entenderla, pensemos que hace unos años se la llamó economías de escala, y que siempre se la ha querido justificar como un proceso imprescindible para ofrecerle eficiencia al sistema de producción. Como la acumulación ha seguido diferentes ritmos entre sectores económicos según las tecnologías de cada momento, según los equilibrios de poder en el campo capitalista, históricamente han ido apareciendo diferentes leyes más o menos tenaces para frenar, encauzar o racionalizar esta tendencia monopolística, como un medio de repartir juego dentro del propio equipo,  y no, como se las ha querido justificar, para defender a los consumidores. Pero esta tendencia a la acumulación no debiera haberse debido producir en todos los sectores económicos, si se ha dado, aún en contra de la eficiencia, se ha debido al apoyo estatal, a las subvenciones, a su protección legal, a la fiscalidad benevolente, a la información reservada, a los contratos dirigidos, etc. Porque cuanto más grande, más capacidad para influir y por tanto para acumular rentas extra-productivas a costa del resto de la población y sobre todo, de otras empresas de menor tamaño y de actividad más eficaz, que podrían haber producido a menor coste social y económico.

Esas nuevas tecnologías de la globalización ofrecen la posibilidad de producir más eficazmente cada vez a menor escala, por ello el mega-capitalismo, que se desmoronaría sin el sustento estatal en un entorno de real libre competencia, cada vez está más interesado en imponerse sobre la eficacia y la libertad de las personas con el respaldo estatal. A pesar de su propaganda por el Estado mínimo, el gran capital busca continuamente su protección, quedaría desnudo sin la acción de ese Estado que agobia con sus impuestos a los asalariados y a los autónomos, que desea regular cada vez más facetas de nuestras vidas, ¡que nos espía!, que invierte allí dónde le dicta el interés de las grandes corporaciones, que transforma nuestras ciudades en zorras bonitas para atraer capitales y eventos internacionales, que utiliza continuamente una regulación y una política de doble rasero a la hora defender la libertad o la igualdad, siempre favoreciendo a los grandes, y que mamporro en mano nos atosiga y persigue en su lucha contra la piratería por defender unos derechos de propiedad intelectual y tecnológica que pertenecen a toda la comunidad y que el Estado desea regalar al capitalismo, de igual forma a como en el siglo XIX le donó las tierras comunales y las leyes contra vagos, pobre y maleantes o los ejércitos para abrir mercados e imponer condiciones laborares injustas.

Y la privatización del pro-común, sin la que el desmoronamiento del Estado protector no hubiera acecido tan rápidamente. La posibilidad de mercantilizar la cultura, el conocimiento, el aprendizaje y la naturaleza abre una nueva dimensión en el proceso de acumulación, porque esos entornos de libertad empezaron a dejar de ser accesibles a las personas desde el momento en que el capitalismo comenzó también a apropiarse de ellos mediante su lucha por ejercer efectivos derechos de propiedad, con el apoyo de los Estados nacionales y algunas pretendidas organizaciones mundiales de desarrollo.

El Estado del Bienestar también significaba una estabilidad laboral, unos contratos indefinidos, una consolidación paulatina del trabajador en la empresa a través de una política de indemnizaciones progresivas en el tiempo. Otra protección que sobre todo le sirvió al capital para asegurarle una plantilla estable, bien formada, fiel y comprometida con el futuro de cada empresa. Formar, cuidar y fidelizar, esta era la verdadera consigna del Estado del Bienestar, unos derechos que sólo se obtenían a través del trabajo y que por tanto fueron universales mientras el paro no apareció a gran escala.

Al capitalismo no le interesó, durante este período del Estado del Bienestar, la libre movilidad de los trabajadores, porque el saber tecnológico de los procesos industriales lo poseían ellos, las personas que contrataba, residía en sus mentes, en sus manos, por lo que transformaron la empresa en un sistema de fidelización al que el trabajador debía someterse por carecer de la posibilidad de obtener capital por sí mismo. El monopolio capitalista sobre el capital siempre ha dejado claro quién ponía las reglas del juego, antes con la fidelización, y ahora con la precarización del mundo laboral, ya que la mercantilización del conocimiento permite su encapsulamiento como parte del capital, al margen del sujeto trabajador, lo que convierte al empleado ahora en un simple peón al que se lo puede desechar tras extraerle la sustancia. O a eso aspira el sistema en contra de las posibilidades liberadoras de las TIC y de la cooperación distribuida en redes de conocimiento y de acción colectiva y productiva.

No deseo la precariedad, la inseguridad manifiesta en la que está deviniendo la vida laboral de tantas personas, pero aquel mundo de contratos estables ya no regresará, ni deberíamos forzar su vuelta porque, como con el resto de las luchas por recuperar el Estado del Bienestar, resultan ya ineficaces, y también injustas. El capitalismo ya nunca va a querer ceder, y qué significa el Estado del Bienestar sin un sistema capitalista que lo sustente. Nada. El Estado de Bienestar era una ficción de pacto que la propaganda nos ha explicado que apareció gracias a una socialdemocracia razonable y unos sindicatos dialogantes. Enriquézcanse mientras nos toque algo. Pero eso que nos tocó en la tómbola era lo que el capitalismo necesitaba para consolidarse mientras el mundo era infinito y mientras gran parte del saber nos pertenecía. Durante todos estos años de Estado de Bienestar, por haber aceptado esta narración perversa de los hechos nos hemos perdido lo mejor del pastel, hemos sido utilizados para explotar a los pobres del mundo y a la naturaleza, y hemos acabado perdiendo las riendas de nuestro destino. ¿Y ahora hemos de luchar porque regrese?

El capitalismo necesita al Estado porque esta institución simbólica que monopoliza la violencia le resulta imprescindible para asegurarle el monopolio sobre el capital. Sin Estado regulador no puede haber privilegios. Quizás se piense que la democracia liberal convierte al Estado en un medio al servicio de sus votantes. Pero el Estado sólo sirve para preparar el terreno, para facilitar la implantación del capitalismo, que se considera imprescindible para asegurar el crecimiento económico y el bienestar. Piénsese en el papel que asume el Estado cada vez que periódicamente aparece una crisis de producción, o de especulación. Pero como el crecimiento supone salarios e impuestos, durante mucho tiempo pareció la misma cosa defender al capital y al trabajador, un binomio indisoluble asentado en la base del Estado del Bienestar, y por tanto, del capitalismo democrático que nos ha gobernado: no se puede defender al votante si el capitalismo pierde sus privilegios y no consigue ganar un dinero que poder repartir, slogan que ha estado siempre presente en todos los Gobiernos democráticos de cualquier color.

A esta narración debemos agregarle mucha complejidad, diversidad según los entornos, porque no todos los Estados del Bienestar han sido iguales, diversos en los tipos de regulación y en el alcance. Y tampoco el bando del capital resulta homogéneo ni está llevando a cabo a igual ritmo este proceso de mercantilización de su saber corporativo. Existen luchas, conflictos, donde los sindicatos deben mantener la cara frente a sus afiliados, pero transigir continuamente con un poder que lo tiene cooptado, aunque aquí también conviene matizar que la capacidad de negociación de los sindicatos tampoco se reparte por igual en todas partes.

Quizás pueda pensarse que el camino ha sido fácil para el capital, que actualmente el dominio va a resultar sencillo y que las grandes decisiones ya están adoptadas y se implantarán ineludiblemente. Nada más lejos de la realidad. El conflicto está servido. Basta indagar un poco por las redes sociales, bucear en internet, visitar algún laboratorio de innovación o de emprendedores para comprender que, las posibilidades de hacer frente al capitalismo rancio y obsoleto que nos desea seguir gobernando en connivencia con el Estado, resultan grandes y están al alcance de cualquiera que desee formarse, aprender y adoptar una actitud crítica formando eso que se ha venido en llamar comunidades resilientes, o cualquier otra forma de enfrentamiento en conjunción con la extensión de un tipo de economía cooperativa que las nuevas tecnologías y aptitudes sociales pueden facilitar.

Durante el tiempo que duró el Estado del Bienestar, la llamada fiscalidad progresiva y redistributiva jugó el papel de hacer creer que el Estado realmente estaba apostando por la justicia social y por la eficiencia económica del sistema. Desde el momento en que la socialdemocracia aceptó que resultaba imposible luchar contra el capitalismo y que merecía la pena defender el sistema monopolístico existente para conseguir bienestar, se alió con el Estado en esa lucha desigual contra el Tercer Mundo y la naturaleza que ha caracterizado gran parte del siglo XX. Cuando más tarde el capitalismo se transforme en un sistema puramente financiero, que utilizará sus sistema productivo ineficaz para drenar rentas hacia la especulación financiera internacional, la socialdemocracia, que por dignidad debería haber denunciado la traición, considerará que su papel va a consistir, tras las sucesivas crisis financieras que nos asuelan, en seguir con un juego en el que ya solamente cree ella, convertida así en fiel ejecutora de unas políticas de ajuste estructural, de austeridad se las llama ahora, que están intentando imponer, convenciéndonos hipócritamente de que se aplican para dar la estabilidad imprescindible a un sistema capitalista necesario para asegurar aquel edén de un Estado del Bienestar que afortunadamente ya no regresará, pero que esgrimen como una promesa, enarbolan como una bandera espuria.

Conviene diferenciar, por ejemplo, lo que significa una sanidad o una educación universal de lo que ha sido la sanidad o la educación estatal durante el Estado del Bienestar. A los grandes empresarios les interesaba que sus empleados estuvieran bien alimentados, sanos y poseyeran una adecuada formación académica y tecnológica, en aquella era en que el capitalismo todavía dependía de los tradicionales sistemas de reproducción social al margen del mercado. El Estado constituyó la estructura adecuada para distribuir esos costes de forma equitativa dentro del sistema productivo, evitando así que algunas empresas soslayasen esa responsabilidad social a costa de las restantes. Por ello la ciencia económica consideró a la sanidad o a la educación como externalidades positivas, una inversión rentable para el sistema en su conjunto, pero cuyo coste ninguno de sus miembros habría asumido en un entorno de libertad, sin un pacto previo con el Estado para que éste, mediante su política fiscal, redistribuyera el coste en el seno de la sociedad.

Se genera así una burocracia ingente, sobre todo de tecnócratas de lo público, las élites de la socialdemocracia, que crean un gigante institucional monopolístico, autoritario, burócrata, planificador del que ahora se desentiende el sistema capitalista, por inútil, y al que desearían regresar los progres de lo público, sin entender que ya no habrá nunca más fiscalidad distributiva, que los ricos ya no los necesitan, que la batalla por la sanidad y la educación universal ya se debe empezar a jugar en otro terreno.

Apoyo las reivindicaciones del personal sanitario o de los maestros por defender el acceso universal a estos derechos humanos, pero no puedo congeniar con que ello deba realizarse regresando al sistema que se encuentra en vías de demolición y tampoco que esa lucha la lideren, o se apropien de ella, las élites bien pensantes de una socialdemocracia que ha perdido el rumbo de los acontecimientos y que siempre que tiene la suerte de regresar al poder con el apoyo electoral, se dedica a dinamitar el sistema con igual vehemencia que la oposición conservadora, eso sí, con otras palabras y con un talante menos cutre y rancio.

La lucha que este mundo necesita debe darse contra el capitalismo y contra los Estados que lo sustentan. El bienestar ya no va a depender más de esa alianza por el progreso que de forma interesada pactaron en la segunda mitad del siglo XX y que se ha denominado Estado del Bienestar. El bienestar ya no será más, y si se vuelve a dar, se dará sin Estado, dentro de ese caos creativo que augura la anarquía, esa ambición libertaria que sustenta las experiencias que en torno al pro-común se están realizando en tantos laboratorios sociales.

Para ello, resulta preciso desterrar la idea tan hobbesiana y perniciosa de que el ser humano sólo coopera gracias a la existencia de un leviatán-Estado que establece normas, que obliga a cumplir los acuerdos y que consecuentemente es capaz de implantar un régimen de soberanía y autoridad suficiente para perseguir a los infractores e impedir que afloren libremente los bajos instintos agresivos y egotistas del ser humano.

Resulta elocuente al respecto el trabajo de Gintis et.al. sobre el concepto de “strong reciprocity” (reciprocidad fuerte), a la que define como

(…) la predisposición (humana) a cooperar con otros y a penalizar a aquellos que violan estas normas de cooperación, con un coste personal, aun cuando resultara poco convincente que estos costes se fueran a reparar. Presentamos evidencias que soportan la reciprocidad fuerte como un esquema que permite predecir y entender el altruismo humano.

Lo que nos ofrece un patrón de ser humano realmente diferente al homo politicus sobre el que se erige el edificio de la legitimidad estatal, y que corrige el esquema de homo economicus que respaldaría al capitalismo como el mejor sistema económico. Pero más que incidir sobre este tema del altruismo, tan complejo y controvertido cuando se lo intenta fundamentar en bases genéticas, me gustaría señalar otro aspecto del trabajo de estos autores, en concreto, el titulado Strong reciprocity and the roots of human morality. Se preguntan los investigadores acerca de las bases morales del Estado del Bienestar, y la razón por la que la opinión pública de algunos países, especialmente la de USA, reniega de este tipo de actuaciones. Y lo sorprendente es que las razones que se aducen fundamentalmente para criticar el Estado del Bienestar no residen en el dinero que cuesta, ni en el esfuerzo social y político que supone mantenerlo, sino en que “estimula a las personas a adoptar incorrectos estilos de vida y valores”.

Nuestro análisis soporta la noción de que el decreciente apoyo que los votantes le ofrecen al Estado del Bienestar, donde esto ha ocurrido, no se debe a egoísmo del electorado, sino al fallo de los programas de bienestar social para explotar poderosamente los compromisos con la justicia y con la reciprocidad.

Es decir, la ciudadanía critica el Estado del Bienestar vigente porque no es suficientemente eficaz, porque se basa en el egoísmo, porque no implica solidariamente a perceptores y donantes, a consecuencia de la escasa participación que las personas tienen en su desarrollo, sobre todo, porque se considera que el Estado del Bienestar no es justo. Desgraciadamente, algunos sectores económicos y políticos aprovechan esta mala imagen de los programas de bienestar y de la redistribución de la renta, para difundir la idea tradicional y poco seria del homo economicus egoísta que sustenta el capitalismo, y por tanto, para  llevar a cabo su demolición interesada. Pero las personas, el ser humano real, lo que realmente está defendiendo es la creación de mecanismos de solidaridad y justicia entre las personas. Y por lo que se deriva del estudio, los mecanismos del Estado del Bienestar no resultan adecuados para garantizar estas premisas consecuentes con la esencia altruista del ser humano, y lo que parece aún más grave, que el propio Estado del Bienestar desincentiva este deseo innato de colaboración y acuerdos y empuja a las personas a ser egoístas e irresponsables.

Existe en los seres humanos un deseo innato para cooperar desinteresadamente, para confiar, y también, claro está, para penalizar a aquellos que desean aprovecharse del trabajo ajeno: los gorrones, aprovechados o como se les denomina en el mundo de la economía y de la gestión de bienes comunes, los “free-riders” (polizontes). Y para realizar estas actividades los seres humanos hemos utilizado muchas instituciones. La más conocida, el Estado. Que lamentablemente se basa en la transferencia de soberanía y por tanto, en la imposición de una autoridad que desde la cúspide alcanza todos los rincones de la sociedad, un modelo centralizado de decisión que pretende usurpar a los individuos su libertad para cooperar horizontalmente, de igual a igual.

¿Cómo es posible la colaboración entre humanos, cómo resulta plausible que cooperen para ayudarse? El Estado del Bienestar responde como Hobbes lo hiciera en el siglo XVII, porque se tienen tanto miedo y son tan egoístas que acuerdan ceder el ejercicio de la violencia a un guardián que los proteja. Y en connivencia con este concepto tan poco fundado y denigrante para el ser humano, Hardin –en La tragedia de los comunes– y otros pensadores de la economía y en concreto de la gestión de bienes públicos o comunes, en los que por cierto se funda todo ese conglomerado inútil y caro del gobierno mundial del medio ambiente y del clima, llegan a la conclusión de que la única posibilidad que existe de que la sociedad respete el medio ambiente y gestione racionalmente los océanos, la atmósfera o las aguas, y el bienestar o los derechos humanos, sería con la existencia de una gran organización supranacional que tome decisiones y obligue a los Estados nacionales a obrar en consecuencia. Absurdo.

De forma práctica, la premio Nobel de economía E. Ostrom, partiendo de postulados liberales e individualistas, llegó a la conclusión, y nos lo transmitió a través de multitud de estudios y experiencias concretas, de que los seres humanos somos fundamentalmente colaborativos y que tendemos a encontrar normas de gestión comunitarias que evitan la sobreexplotación de los recursos naturales comunes, creando instituciones participativas al margen del Estado que resuelven de forma satisfactoria y justa los conflictos inherentes a su gestión. Conviene recordar que la principal causa de los problemas ambientales que padecemos, del agotamiento de los recursos naturales, procede de la acción de los Estados, ya sea por su política de infraestructuras, por el apoyo a las grandes multinacionales y a consecuencia de su política fiscal, que en la mayor parte de las ocasiones subvenciona tecnologías agresivas, la extracción abusiva de materias primas y la contaminación.

Otros investigadores como por ejemplo, S. Bowles et.al., en Reciprocity and the Welfare State, Camerer y Thaler en Anomalies: ultimatums, dictators and manners, o Thaler y el premio Nobel de economía D. Kahneman, en Fairness as a constraint on Profit Seeking: Entitlements in the Market y en Fairness and the assumptions of economics, utilizando modelos experimentales de comportamiento llegaron a conclusiones similares, es decir, que los individuos con intereses personales en la utilización de un bien público, ponen en práctica normas y reglas de cooperación, sistemas que tienden a minimizar la amenaza de deserciones y de free-riders, de tal modo que los participantes renuncian a una parte de su lucro personal por atender objetivos colectivos. Que la idea de justicia y de reciprocidad fuerte debe ser utilizada para reformular el concepto de individuo social y económico, también político.

Una sociedad que se erigiera sobre acuerdos voluntarios de los individuos, donde todos mantuvieran su libertad y soberanía, no produciría un entorno de rapiña y egoísmo, sino todo lo contrario. En el Discurso sobre la servidumbre voluntaria o el Contra uno, Etienne de La Boëtie se preguntaba en el siglo XVI, cómo era posible que los muchos se entregaran a la tiranía del uno, cómo la fuerza sumada de tantos hombres aceptaba la servidumbre bajo la férula de un Estado que sin la aquiescencia de los súbditos apenas podría poseer fuerza suficiente para oprimir a tantos. Sus palabras resultan elocuentes sobre la necesidad de recuperar el poder perdido, de transferirlo a cada individuo y de hacer que la sociedad se desarrolle según acuerdos voluntarios, donde ese deseo innato de reciprocidad que posee el ser humano, instale un verdadero bienestar o abundancia que lejos de ser un regalo o una limosna se convierta en emanación propia de los sujetos que forman la sociedad civil.

Lo que tiene (el Estado) de más sobre todos vosotros son las prerrogativas que le habéis otorgado para que os destruya. ¿De dónde tomaría tantos ojos con los cuales os espía si vosotros no se los hubierais dado? ¿Cómo tiene tantas manos para golpear si no las toma de vosotros? Los pies con que holla vuestras ciudades, ¿de dónde los tiene si no es de vosotros? ¿Cómo tiene algún poder sobre vosotros, si no es por obra de vosotros mismos?

 Bienestar, sí, pero sin Estado.

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Bienestar sin Estado (y 3ª Parte) by Rui Valdivia is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License.

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