LOS NÚMEROS DE MI BLOG EN 2014

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2014 de este blog.

Aquí hay un extracto:

Un tren subterráneo de la ciudad de Nueva York transporta 1.200 personas. Este blog fue visto alrededor de 5.300 veces en 2014. Si fuera un tren de NY, le tomaría cerca de 4 viajes transportar tantas personas.

Haz click para ver el reporte completo.

ENSAYO SOBRE LAS DOS RUEDAS (xxix)

……….continúa…

Un cavernícola en bicicleta

El homo sapiens aparece como fruto de una evolución de un par de millones de años en las sabanas africanas, y cuando comienza su gran migración universal, ya contiene casi todos los elementos del ser humano actual. A medida que fue colonizando diferentes nichos ecológicos, transformando la naturaleza y creando cultura fue variando sus tipos de alimentación y en consecuencia, su estado de salud y enfermedades más comunes. El estudio de esta adaptación del género sapiens ofrece un conocimiento de gran utilidad a la materia que nos concierne, que en suma se podría sintetizar en el siguiente objetivo: ¿cuál es la alimentación que mejor se adapta a la genética humana? Los biólogos y veterinarios de los zoos lo saben muy bien, y no alimentan igual al chimpancé que al oso panda o al león. No se trata sólo de apetencias, sino que una alimentación inadecuada lleva a la enfermedad y hasta a la muerte a cualquier animal, incluso al ser humano.

Por esta causa conviene aplicar el criterio de prevención al que Descartes aconsejaba, y que resulta harto conocido, por ejemplo, en materia de medio ambiente, cuando todas las recomendaciones internacionales al respecto aconsejan no utilizar un determinando compuesto químico a menos que se conozca fehacientemente su inocuidad para el ser humano en caso de ingestión o contacto. En el caso que nos ocupa, el de la nutrición, consistiría en encontrar, como punto de partida, aquellos alimentos que ejercieron una acción selectiva a lo largo de la evolución humana, y aquellos que jamás fueron consumidos durante estos más de dos millones de años de evolución. El conocimiento de lo que fue saludable, o sea, de aquello a lo que estamos adaptados genéticamente nos ofrecerá una información muy valiosa sobre qué no nos debería hacer daño, punto de inicio indispensable si queremos acabar por conocer todo aquello que en las actuales condiciones de desarrollo nos debería ser igual o más sano aún si cabe. Porque en suma, lo que andamos buscando son aquellos alimentos y estilos de vida que no existían en el paleolítico y que ahora parece que nos están afectando negativamente en la forma de nuestras enfermedades de civilización, porque entre otras causas, existe una desarmonía evidente entre nuestro comportamiento actual y la genética de la que estamos dotados. No se trata de volver al tipo de vida del pasado, sino de buscar en él con método científico y riguroso aquellas enseñanzas que nos puedan resultar útiles en la búsqueda de la mejor alimentación humana. A menos que exista una tecnología que nos permita estar sanos y además sentados todo el día delante de una pantalla comiendo sólo comida elaborada y artificial, deberemos realizar esta búsqueda y además adaptar nuestro comportamiento a su resultado.

Continuar leyendo “ENSAYO SOBRE LAS DOS RUEDAS (xxix)”

ENSAYO SOBRE LAS DOS RUEDAS (xxviii)

……..continúa…

La duda metódica

A pesar de la magnitud de conocimientos científicos que se poseen sobre la biología humana, no existe todavía un modelo de funcionamiento del cuerpo humano, por lo que la medicina continúa siendo una disciplina que basa la mayor parte de sus decisiones en el método de prueba y error, cada vez más sofisticado estadísticamente, e incorporando progresivamente mayor número de datos y de conocimiento sobre procesos bioquímicos y fisiológicos, pero en general, la mayor parte de recomendaciones que se dan sobre la alimentación y sobre medicación están basadas en estudios estadísticos de población, con mayor o menor explicación científica que avale el estudio y sus conclusiones. No se trata de desvirtuar los evidentes progresos de esta disciplina, pero todavía las relaciones causales entre numerosas acciones y comportamientos nutricionales y sus correspondientes efectos sobre la salud, no se conocen en detalle, mucho menos la concurrencia de causas, sus sinergias o incompatibilidades, de tal modo que no existe un corpus de conocimiento bioquímico que establezca, a partir de unas determinadas entradas, qué valores cabría esperar en una analítica de sangre o en la evolución de una variable de salud.  Léase, por ejemplo, el prospecto de cualquier medicamento, y el pavor que nos puede atenazar de llevarnos tal cosa a la boca en virtud del cúmulo de posibles efectos secundarios o incompatibilidades con otras medicaciones, alimentos o rutinas, la mayoría de las cuales han sido diagnosticadas por estudios estadísticos en población humana y animales, y no por haber introducido los datos en un modelo de funcionamiento del cuerpo humano. Sobre los alimentos, otro tanto se podría decir, sólo que en este caso ninguno viene acompañado por un manual de uso, ni de posibles efectos secundarios.

Existen miles de estudios estadísticos donde se establecen relaciones causales entre determinados alimentos y la probabilidad de que se desarrollen ciertas enfermedades. En la medida en que avance la biología molecular en relación a cómo se transforman los alimentos en el cuerpo humano y cómo afectan a nuestras variables de salud, estos estudios estadísticos podrán ir ganando validez con objeto de poder establecer unas bases sólidas en las que apoyar las recomendaciones dietéticas que se ofrecen con el objetivo de prevenir enfermedades. Mientras tanto, yo he adoptado una actitud preventiva, es decir, sólo hacer caso a aquellos estudios sobre los que se da un alto grado de acuerdo en la comunidad científica, y depositar toda mi confianza en el tipo de alimentos para los que estamos adaptados genéticamente por haber soportado la prueba de la evolución humana.

Un médico nos puede decir algo tan vago como que debemos comer de todo, y que no abusemos ni del alcohol ni de las grasas, que bebamos al día al menos un litro de leche, y un par de semanas incluyamos el pescado en nuestra dieta, y si es azul mejor. Pero qué significa realmente esa variedad que nos recomiendan, ¿incluye tomar todo tipo de aceites vegetales?, ¿en qué porcentajes debemos incorporar los distintos alimentos de la cesta del supermercado en consideración a la salud, analíticas y pruebas médicas de cada paciente? A menos que consultemos a un endocrino para adelgazar, en cuyo caso nos ofrecerá una rutina exhaustiva de comidas imposibles de seguir, y a consecuencia de las cuales muy pocas personas realmente consiguen adelgazar a largo plazo, en general, no suele haber un recetario nutricional adaptado y específico a nuestro estado de salud en relación con esas enfermedades de la civilización a las que previamente aludíamos, sino, pautas de sentido común y prácticas consuetudinarias que en virtud de estudios estadísticos parecen ofrecer buenos resultados. No es poco, efectivamente, pero creo que todos desearíamos exigir mucho más, aunque resulta evidente también considerar que el cuerpo humano resulta un mecanismo nada común y tremendamente complejo.

Por tal razón, si uno analiza históricamente cualquier enfermedad, la evolución de los tratamientos que han aconsejado  los médicos rutinariamente a sus pacientes, advertirá que en numerosas ocasiones se han seguido pautas totalmente enfrentadas y contrarias a las que hoy se recetan y se aconsejan en relación a las mismas enfermedades. O que existan tantos estudios científicos publicados en revistas indexadas de gran prestigio que afirmen preceptos tan radicalmente distintas en relación a tratamientos o alimentos y sus impactos sobre determinadas variables de la salud humana.

En principio, el sentido común aconsejaría pasar revista a cada alimento del supermercado, buscar qué dice la ciencia al respecto, y en función de nuestras particularidades y estado de salud, elegir la rutina alimenticia más adecuada, eficaz y económica. Invito a cualquiera a que lo intente con cualquier alimento de lo más rutinario y frecuente, un tomate, un huevo, la sal, o incluso el agua, nada más claro y simple, para advertir, al poco de comenzar, que resulta de tal envergadura el “desconocimiento” al respecto, o lo que es lo mismo, la magnitud de cosas que se saben de forma tan contraria y enfrentada, que resulta una empresa hercúlea reiterar el proceso con todo aquello que un humano se puede llevar a la boca.

Por esta razón creo yo que puestos a razonar sobre qué comer, y antes de intentar extraer lo que la ciencia afirma al respecto, convendría encontrar una orientación sobre cómo indagar y cómo decidir sobre lo que comemos. Sería algo así como usar el método de prueba y error a las alimentaciones que históricamente han seguido los humanos y analizarlas en relación a su estado de salud. Es decir, no poseemos un modelo de funcionamiento del cuerpo humano, pero sí atesoramos gran información histórica sobre cómo ese mecano físico-químico ha respondido a diferentes estilos de vida y alimentos. Y sobre este particular poseemos una gran ventaja, que el ser humano, nuestra genética, se ha mantenido constante desde que existe el homo sapiens, y que este modelo se ha enfrentado a lo largo de su historia a diferentes entornos ambientales que le han ido impactando de diferentes formas. Por tanto, se trataría, como recomiendan ciertos expertos sobre nutrición y biología humana, aplicar el conocimiento de la evolución humana a lo que debería ser la mejor alimentación actual en virtud de nuestras características genéticas.

………continuará…

ENSAYO SOBRE LAS DOS RUEDAS (xxvii)

.………….continúa…

El mejor combustible

He corrido, remado, jugado al tenis, practicado kárate, escalado algunas medianas montañas, y sobre todo, he montado mucho en bicicleta, y durante muchos años me he cargado de glucosa e hidratos de carbono, pan, pasta, pizzas, cereales, arroz, etc., como casi todos los que elegimos ser resistentes. Pero reflexionando sobre mi rendimiento en este tipo de pruebas llegué a la conclusión de que mi metabolismo durante el ejercicio físico se fundaba principalmente en el consumo de glucógeno, lo que me convirtió siempre en un atleta muy frágil en competiciones que duraran más de dos horas, ya que me quedaba fácilmente sin reservas, a pesar de la alimentación en carrera. La solución, intuía entonces, debía consistir en incrementar la participación de las grasas en la producción de energía y salvaguardar al máximo los escasos depósitos de glucógeno muscular y hepático.

En cierto modo, se trataba de probar, de convertirme ahora en la cobaya de mi experimento, cambiar mi alimentación y analizar qué ocurría. Lo mismo he hecho en otras facetas de mi vida. Por ejemplo, en mi actividad física y deportiva. Estudié la fisiología del deporte, las diferentes teorías del entrenamiento, y durante estos últimos años los he estado aplicando y probando sobre mí mismo. Prueba y error. No muy científica, porque la muestra sólo soy yo, pero imprescindible para intentar individualizar los juicios que los expertos publican con carácter general. Al final, toda persona debe encontrar su propio camino, y por supuesto, sin despeñarse, sobre todo cuando desgraciadamente la senda que se ha elegido no resulta muy transitada.

Se ha puesto de moda la realización de pruebas de esfuerzo para medir el rendimiento físico y programar el entrenamiento. Pero un dato valiosísimo sobre el que apenas se incide es el del coeficiente respiratorio o la relación entre el consumo de oxígeno y la expiración de anhídrido carbónico (CO2 eliminado/O2 consumido), que adquiere el valor de 0,7 cuando el organismo está consumiendo grasas, de 0,85 cuando ambos metabolismos participan de forma equilibrada, y de 1,0 cuando sólo se queman carbohidratos (glucógeno). Para los deportes de resistencia como el ciclismo conviene que el valor del coeficiente respiratorio sea lo más bajo posible, es decir, que el organismo sea capaz de consumir sobre todo grasas incluso a esfuerzos elevados, y que el consumo de glucógeno, un combustible valioso y escaso en nuestro organismo, sólo se verifique a niveles de esfuerzo muy elevados, ya que incluso los atletas muy fibrosos poseen suficiente contenido de grasas para desarrollar trabajo durante muchísimas horas. De las pruebas de esfuerzo realizadas deduje que era un consumidor ávido de glucosa, incluso a esfuerzos moderados, razón principal por la que me costaba tanto mantener el ritmo a partir de las dos horas de esfuerzo moderadamente alto y continuado, ya que agotaba muy pronto mis reservas de glucógeno casi sin consumir grasas. Por tanto, uno de los objetivos claros que toda persona que monte en bicicleta debe abordar consiste en encontrar la forma de modificar su metabolismo y conseguir que aumente el consumo de grasas respecto al de glucógeno, un hecho que suele ser más frecuente de lo que se cree y que gracias a la experiencia que brevemente voy a exponer logré afrontar con éxito.

El primer indicio sobre la importancia de la nutrición para conseguir este objetivo me lo dio el siguiente libro: Philip Maffetone, The Big Book of Endurance Training and Racing. En el que este fisiólogo y entrenador incidía en el entrenamiento aeróbico a ritmos muy tranquilos y en la alimentación para incrementar el consumo de grasas. En tal sentido, la experiencia con Marc Allen, uno de los más grandes atletas de todos los tiempos y 6 veces ganador del Iron Man de Hawai, así lo atestiguaba.

Otra de mis fuentes bibliográficas sobre entrenamiento en triatlón había sido Joe Friel, tanto sus libros, como el magnífico blog donde difunde numerosa información al respecto. Pero lo que me sorprendió es que hubiera escrito un libro junto con el doctor Cordain, en el que defendían la incorporación de la llamada paleo dieta al mundo del deporte.

Yo hasta entonces no había apenas oído hablar de la paleo dieta más que como una anécdota, pero la singularidad del tema y la forma de aproximarse a él me atrajeron enormemente. A partir de aquí, empecé a sondear Internet, a recabar recursos de todo tipo al respecto, y a leer dos libros de gran valor, pero de formato y contenido totalmente distinto: Robb Wolf, The Paleo Solution. The original human diet  y Staffan Lindeberg, Food and Western Disease.Health and nutrition from an evolutionary perspective.

Tanto Maffetone como Cordain y Wolf sugerían hacer “la prueba”, es decir, darle una oportunidad a este tipo de alimentación y dedicarle aproximadamente un mes para comprobar y valorar el resultado de este tipo de nutrición que debimos tener los humanos durante nuestra evolución, y a la que por tanto deberíamos estar plenamente adaptados genéticamente. Simplificando mucho: sólo carne, pescado, frutas y verduras, y evitar los lácteos, los cereales y las legumbres. Por la gran fortaleza científica y demostrativa, no cabía confundir esta dieta con tantas otras que aparecen en el mercado. Todo está sólidamente fundado, y no hay trucos, ni ideas originales, ni mágicas. Se trataba de darle una oportunidad, no comiendo cosas raras ni en orden ni cantidades extrañas, sino aquello que formaba la dieta de nuestros antepasados, simplemente, alimentos naturales en la cantidades deseadas hasta colmar el apetito, sin limitación. Además, tenemos que considerar que una persona no puede vivir nutriéndose exclusivamente de cereales, en cambio, una dieta basada exclusivamente en productos animales y que posea suficiente grasa ha sido comprobado que resulta viable (los esquimales, por ejemplo). Y yo a estos alimentos, además les iba a añadir fruta y verdura. Luego el riesgo, creo yo, era reducido. Lo único que en principio me atemorizaba era la capacidad para realizar deporte, el hecho de que para reponer mis reservas de glucógeno, como casi todos los atletas, hasta ahora hubiera confiado en los cereales fundamentalmente, y ahora debía ser capaz de realizarlo únicamente con los hidratos de carbono de la fruta y la verdura, y algunas dosis de glucosa  a través de bebidas isotónicas.

……….continuará…

DE LA ÉLITE MUSICAL Y DE LA MÚSICA PARA LAS MASAS (y iii)

………..continúa…

La evolución del capitalismo nos ha ido enajenando muchas cosas a los individuos. Se ha hablado mucho de los bienes comunales y de cómo este robo legal hizo posible la creación social del obrero, del asalariado, y por tanto, de esa entidad política y económica de la oferta de trabajo. Sin embargo, no tanto de la enajenación de la cultura popular, y en concreto, de la música de las personas. Porque el sistema económico capitalista se fundó en escindir a los individuos de sus facetas de productor, poseedor y consumidor, de hacer incompatibles el trabajo manual y el mental, y de crear clases sociales que asumieran cada una de esas funciones y sobre todo, de concentrar el poder en el de los poseedores del capital tecnológico –social y cultural- como factor de reproducción material y vital.

De igual modo, el sistema económico y cultural nos usurpó a los individuos la música, es decir, nos transformó o en espectadores/oyentes, o intérpretes/artistas, o productores/capitalistas culturales. La música siempre había sido un bien comunal, una creación que acontecía en sociedad y que era fabricada en cada momento por los propios oficiantes. La aparición de la grabación musical, junto con la política educativa y la influencia romántica, y otros factores sobre los que no vamos a incidir ahora, hicieron que la capacidad popular de interpretar música se fuera perdiendo, y que por tanto, la música se pudiera enlatar y convertir en un bien de consumo fabricado y vendido a unos oyentes pasivos, tanto a nivel de música popular como culta. Por ello me pregunto, y no encuentro fácil la respuesta, ¿dónde se posicionan las masas y las élites en relación con este campo de batalla incruento entre la música popular y la de vanguardia?

La palabra «popular» ha sufrido un desplazamiento semántico significativo e interesado. Hace ya un buen montón de décadas, «popular» significaba hecho por el pueblo -desborda los límites de este texto entrar a valorar qué quería decir esto-; hoy, por «popular» o «pop» se entiende más bien hecho para el consumo del pueblo. El pueblo no es hoy creador de cultura, es sujeto pasivo, consumidor, espectador, usuario, porque se ha impuesto la cultura del consumo; todo nos llega ya hecho, fabricado, listo para consumir. El capitalismo ha conseguido hacernos libres, libres para votar y para elegir entre un amplio abanico de mercancías. (En Puntos de Fuga La cultura como instrumento de normalización, inclusión, cohesión y control social)

Esta doble perspectiva sobre la música de las masas o para las masas, de la música popular que hace la gente o la que se hace para la gente, resulta pertinente, y también el análisis a posteriori de esas mercancías en que se han convertido gran parte de los bienes culturales, aunque con algunas matizaciones de importancia, respecto a la cita precedente, que más adelante comentaremos.

La denominada música popular va más allá de la folclórica. Se trata de una realidad industrial y urbana, cuyos comienzos ya se pueden atisbar en la propia época de Beethoven, cuando el público burgués que amparó el nacimiento de la música romántica de las ideas, de “lo sublime”, que diría Kant, empieza a desertar, tal como nos lo cuenta T. Blanning, y a entregarse en brazos de las fáciles melodías, de las versiones simplificadas, de la música acompañada al estilo italianizante, etc. Es decir, a medida que los compositores, alentados por Schelling, Hegel, Schopenhauer, Schegel (véase M. E. Bonds, La música como pensamiento) empiezan a sacralizar su arte, sus devotos seguidores a considerarlos oficiantes del ese nuevo rito artístico de la trascendencia, de la música como filosofía, en paralelo se va produciendo el progresivo alejamiento del público burgués, que se convertirá en los espectadores de ese nuevo producto cultural que llamamos música popular, más tarde peyorativamente denominada de masas.

Las minorías marginadas son las que comienzan a crear la música popular, a partir del folclore, que va a sufrir un proceso de profesionalización y mezcla, con el objetivo de transformarlo en un producto que se interpreta por dinero en bares/tugurios/cafés/tabernas a donde la burguesía acude y paga. Así cabe entender los ritmos zíngaros que Liszt confundió por originarios de los gitanos y que unos años más tarde las investigaciones de Kodaly y Bartok catalogaron realmente como tradicionales húngaros, pero “contaminados” para su popularización por la minoría zíngara profesional. Lo mismo ocurrió en USA con la minoría negra y su música, el gospel, el rithm and blues, el ragtime, el jazz, profesionalizaciones de cantos tradicionales, que después también los adoptaron los blancos, primero como oyentes, y posteriormente como intérpretes. O el flamenco, creado en los cafés cantantes que a imitación de los parisinos proliferaron en las principales ciudades españolas a mediados del XIX y donde los gitanos estilizaron y profesionalizaron cantos folclóricos y óperas.

En Noise, the political economy of music, J. Attali nos relata con precisión este proceso en el que fue surgiendo la música popular contemporánea al calor de los cafés cantantes de París y de los cabarets y por tanto, de la progresiva profesionalización de un género en el que hasta entonces el pueblo había sido parte activa, hasta pasar a convertirse en espectador pasivo de espectáculos. Incluso, la enajenación de su música, porque el nuevo auditorio de pago de dichos espectáculos ahora va a ser el burgués que busca nuevos ambientes y escenarios alternativos de diversión en los que poder “mezclarse” con el pueblo y con sectores lumpen.

Y en consonancia con este surgimiento de lo popular, que acabará provocando el nacimiento de la industria cultural de la música, el sistema de artistas estrellas y la masificación del gusto, la paulatina depauperación de la música culta de vanguardia que los artistas cultos componían en el tiempo en que se interpretaban las coplas y las canciones populares, precisamente en el momento en que la música culta instrumental adquiere su ropaje de máxima respetabilidad y sacralizad y se crea, en cada nación, el corpus de lo clásico, el patrimonio cultural que hay que salvar y conservar como parte consustancial de la cultura nacional y que en forma de humanidades debe enseñarse en las escuelas para fabricar el sujeto nacional, el patriota constitucional del Estado de derecho.

Se da un proceso curioso. En una primera fase, los conciertos públicos de música clásica eran fundamentalmente burgueses, y el precio de la entrada aquí funcionaba como un elemento de discriminación social que excluía a las clases inferiores. Pero a medida que se fue verificando aquella transformación del gusto burgués hacia las formas populares de la canción, y en conexión con la definición del patrimonio cultural de la nación, aparecerá la figura de la política cultural, que tendrá como objetivo, junto con el sistema educativo obligatorio, el de crear una identidad cultural que apaciguara las tensiones sociales y los conflictos políticos que se estaban originando al amparo de eso a lo que Marx llamó por aquellas fechas la lucha de clases. Se formó así un doble espacio, el de la música popular en torno al mercado y la industrial cultural, y el de la música culta clásica alrededor del Estado y sus políticas públicas, y en medio, o más bien cada vez más al margen, la música culta de vanguardia, con cada vez menos público de pago y que sólo ha podido sobrevivir gracias a sus mecenas, la filantropía privada o la pública.

El libro del músico D. Byrne, Cómo funciona la música, dedica unas páginas a este hecho, desde la perspectiva de la música popular, algo no muy habitual, por lo que resulta muy ilustrativo detenernos en la siguiente cita al respecto:

El poeta romántico Samuel Taylor Coleridge escribió que los pobres necesitaban el arte ‘para purificar sus gustos y apartarlos de sus denigrantes y corrompidos hábitos’ (…) En Londres abrieron galerías como Whitechapel en barrios proletarios, para que los desamparados tuvieran acceso a los exquisiteces de la vida (…) Al otro lado del océano, los titanes de la industria norteamericana siguieron esa tendencia. En 1872 fundaron en Nueva York el Metropolitan Museum of Art, que llenaron con obras sacadas de sus vastas colecciones de arte europeo con la esperanza de que el lugar actuaría como fuerza unificadora de una ciudadanía cada vez más diversa, una cuestión de cierta urgencia, dado el enorme número de inmigrantes que iban incorporándose a la nación (…) creían que democratizar el arte significaba conseguir que a todo el mundo les gustaran las cosas que les gustaban a ellos”.

En la esperanza de que este arte culto, por tanto, actuara como un lubricante social. Es decir, de forma similar a cómo la crítica elitista infravalora la música popular de las masas por adocenar y amansar a las multitudes, de igual forma, el arte culto del pasado, la música clásica, también se consideró útil para pacificar a las masas. En ambos casos, incidiendo en el espectador sólo como oyente pasivo de un producto mercantil privado (popular) o público (culto). Quisiera detenerme en este punto y recuperar un tema que a la luz de esta información puede ser interesante retomar, y es el de la posibilidad de que el oyente sea a su vez intérprete, que el espectador pasivo pueda recuperar su papel de actor, de productor de arte y música, por la importancia que pueda poseer este proceso en abrir un nuevo campo de creación que supere las controversias, y sobre todo las fronteras que delimitan el terreno de juego de los culto y lo popular.

Porque hasta ahora hemos incidido en un concepto de masa o de pueblo propio de una época industrial que a marchas forzadas retrocede al empuje de lo que se ha venido en llamar el posfordismo, al embate de la posmodernidad. En este nuevo marco el concepto de pueblo, el de masa, carece de capacidad explicativa. Un nuevo sujeto colectivo, que los trabajos clásicos de Hardt, Negri o Virno caracterizan como multitud, y que aparece claramente definido en ese otro concepto de la modernidad líquida, de Zigmunt Bauman. En suma, la precariedad, la aceleración de los cambios, las identidades nómadas, el relativismo, la imprevisibilidad, la incertidumbre, la producción inmaterial, etc.

Esas fronteras artificiales que abrió la modernidad en torno al consumo, la producción y la posesión o las distinciones entre trabajo mental y material, se están desdibujando en la posmodernidad, lo que no quiere decir que paralelamente las desigualdades que provocaban aquellas distinciones estén desapareciendo, sino que los nuevas fracturas entre clases se están rehaciendo en torno a nuevos cercamientos o fronteras que ahora tienen más que ver con la cultura y la identidad que con el proceso de producción material de mercancías, más relación con el puesto que cada persona ocupa en la fabricación de subjetitividad que la labor material que se desempeña en la factoría clásica.

Por tanto, la figura emergente del prosumidor, como aquella persona que supera la escisión entre productor y consumidor, y que gracias al procumún y las tecnologías emergentes, tales como las de impresión 3D y las redes de conocimiento, debería estar ya configurando a su vez otro personaje social similar que compartiera esa misma capacidad de consumir y de producir, pero en el terreno de la cultura, y en concreto, de la música. A medida que lo inmaterial, el conocimiento y la práctica de la cooperación y la conversación, van ganando protagonismo en el proceso de producción, de igual forma a cómo las tradicionales distinciones público-privado, trabajo-ocio se desdibujan –o adquieren una nueva dimensión- así mismo la distinción creador y espectador debería empezar a perder protagonismo. Cómo entender, si no, el rap, el hip-hop, el sampleo de melodías, la creatividad mosaico o puzzle que se regodea en copiar, pegar, transformar, relativizar, ironizar con materiales de diversa procedencia, construir “collages”, fabricar pastiches, apostasiar del estilo, convertir la parodia en forma esencial de acercamiento a una realidad de la que hemos expulsado las grandes metanarraciones, en la que la muerte de dios ha devenido en asesinato del sujeto ilustrado autónomo y autosuficiente.

Estamos con U. Eco cuando afirma, en Apocalípticos e integrados,  que “la expresión ‘cultura de masas’ es un híbrido impreciso en el que no se sabe qué significa cultura ni qué se entiende por masa”. Lo mismo podría decirse de la música popular en contraste con la culta, del papel de las élites en la generación de cultura en la época de la cultura de mercado. ¿qué es la música clásica, qué representa su público? ¿Dónde ha quedado la jerarquía de las artes, la diferencia clasista entre el arte culto y eterno de valor infinito y la cultura de consumo efímera y de valor de cambio?

Hoy día resulta casi imposible cegarse con el elitismo del que nuestro Ortega y Gasset se considera un clásico exponente. Veamos lo que afirmaba en su artículo Musicalia del año 1921, nueve años antes de la publicación de La rebelión de las masas:

(…) que cuanto vale algo sobre la tierra ha sido hecho por unos pocos hombres selectos, a pesar del gran público, en brava lucha contra la estulticia y el rencor de las muchedumbres. Con no poca razón medía Nietzsche el valor de cada individuo por la cantidad de soledad que pudiese soportar, esto es, por la distancia de la muchedumbre a que su espíritu estuviera colocado. Tras ciento cincuenta años de halago permanente a las masas sociales, tiene un sabor blasfematorio afirmar que si imaginamos ausente del mundo un puñado de personalidades escogidas, apestaría el planeta de pura necedad y bajo egoísmo.

Las masas, consideradas peligrosas no tanto porque pudieran ser fácilmente engañadas, como un niño, cuestión esta que apenas le importaba a nuestro pensador -y a consecuencia de lo cual pudieron triunfar los fascismos-, sino por su contraparte en el sentido de que a consecuencia de su poder numérico la cultura, el arte, la ciencia, en suma, el pensamiento y la capacidad intelectual y creadora de las élites se pudiera ver mermada por al necesidad de adaptar su discurso al bajo nivel comprensivo de las masas, o en su contra, ninguneadas las élites por no haber sabido descender al nivel del vulgo.  Por ello habló de la necesaria e imprescindible “deshumanización del arte” que debían llevar a cabo las élites (al que llama arte joven) con objeto de eliminar de la cultura, de la música, lo realista, lo fácilmente comprensible, lo demasiado humano.

Durante  siglo y medio el «pueblo», la masa, ha pretendido ser toda la sociedad. La música de Strawinsky o el drama de Plrandello tiene la eficacia sociológica de obligarle a reconocerse como lo que es, como «sólo pueblo», mero ingrediente, entre otros, de la estructura social, inerte materia del proceso histórico,  factor secundario del cosmos espiritual. Por otra parte, el arte joven contribuye también a que los «mejores» se conozcan y reconozcan entre el gris de la muchedumbre y aprendan su misión, que consiste en ser pocos y tener que combatir contra los muchos.

Creo que este discurso, a pesar de su zafiedad, continúa vigente, que ciertas élites consideran la cultura como un camino de elevación en cuya cuneta van quedando abandonadas las personas en virtud de su mayor o menor capacidad para aprender lo que las clases bienpensantes y de buen gusto consideran lo elevado, lo mejor, lo culto, lo que posee verdadero valor artístico y patrimonial. La política cultural como parte de las instituciones del Estado del Bienestar (democracia cultural), también se ve sometida, en cierta manera, a este mismo discurso, asumido por una élite burocrática que decide lo que es la cultura igualitaria y el patrimonio heredable. Carey lo manifiesta de forma transparente en el siguiente párrafo extraído de ¿Para qué sirve el arte?

Uno dice: ‘Lo que yo siento vale más que lo que sientes tú’. En la suposición de que el gran arte hace que merezca la pena vivir hay una inherente arrogancia respecto a la masa de gente que no participa de tales formas (…) y una presunción de que sus vidas no valen tanto, no son tan completas. La religión del arte degrada, porque fomenta el desdén por los considerados no artísticos.

Los conciertos de música clásica para pobres, los conciertos en las cárceles, los conciertos didácticos no han podido hacer casi nada por revertir la dinámica cultural, e incluso han provocado, de rebote, reacciones insospechadas y contraproducentes con el objetivo plantado de elevar, culturizar o integrar. Únicamente cuando dichos procesos han incidido sobre la faceta creativa, cuando el receptor ha podido participar en la definición del proceso, en su realización y resultado, entonces sí, la música, sea del tipo que sea, ha podido ayudar a conseguir algún tipo de objetivo social.

El pensamiento de W. Benjamín al respecto arroja luz sobre la ambigüedad de lo clásico, y sobre la espoleta que siempre habremos de desactivar para poder disfrutar del arte sin temor a ser utilizados.

Ya que los bienes culturales que abarco con la mirada, tienen todos y cada uno un origen que no se podrá considerar sin horror. Deben su existencia no sólo al esfuerzo de los grandes genios que los han creado, sino también a la servidumbre anónima de sus contemporáneos. Jamás se da un documento de cultura sin que lo sea a la vez de barbarie. E igual que él mismo no está libre de barbarie, tampoco lo está el proceso de transmisión en el que pasa de uno a otro. 

Consideremos el caso reciente de la música clásica que se está difundiendo por altavoces en determinados lugares conflictivos de delincuencia y marginalidad en el Reino Unido, sobre todo en el metro. La sociología bienpensante ha elaborado una bonita teoría al respecto. Se afirma que la música culta amansa a las fieras y que por tanto, que las personas de bajos instintos, al detectar la exquisitez melódica de Mozart o de Vivaldi se ven mecidos irremediablemente por el éxtasis moral del arpa de Orfeo, y no sólo dejan de delinquir, sino que además le ceden el paso a las señoras embarazadas y el asiento a los ancianos. Por contraste, existe otra interpretación, que afirma que esta “ralea” considera esta música culta como un ruido insoportable que transforma su entorno habitual de trabajo en un lugar desapacible. Por lo que sencillamente huyen, abandonan el lugar turbio y amenazador donde solían perpetrar sus fechorías. La música clásica convertida en elemento de disuasión. Exquisito.

Sobre todo proyecto de política cultural, sobre toda promesa de elevación y culturización, sobre todo deseo de acercar el patrimonio y la cultura al pueblo, la masa o la nación, se cierne la sospecha que marcó el origen de la obra de Adorno sobre el arte musical culto y la cultura de masas, el hecho de que el fascismo sólo pudiera vencer gracias a la progresiva infantilización de la audiencia, y al hecho innegable de que el régimen nazi utilizó la tradición maravillosa de la música clásica para fundirla en un todo dentro de su concepto de comunidad nacional, lo que debería hacer sospechosa no la música en si misma, sino su utilización en determinados contextos demagógicos, populistas o burocráticos, auspiciada y promovida por determinadas culturas políticas, estrategias de mercado y burocracias..

Afirmaba John Cage que “estamos llevando el arte a los museos, sacándolo de nuestras vidas”. Y creo que este proceso de expulsión de lo creativo, de abandono de la creación artística en manos de otros, de considerar al ser humano culto más como un contemplador, un gourmet, que como un vendimiador o un fabricante de obras artísticas, nos hace ir en contra del espíritu que define la posmodernidad, una época en la que lo efímero, lo flexible, lo imprevisto, la tecnología en red está convirtiendo, en palabras de Virno, el proceso de fabricación en pura actuación vistuosística, donde cada vez va  a ser más difícil no sólo separar la parte material de la mental, sino también de la puramente útil su parte artística. El creador del Living Theatre, Julian Beck, escribió:

Vivir creando vida, cada cual como artista, poniendo arte en la vida y no lo contrario, que es el viejo estilo, sino vivir creativamente. Eso es lo que tenemos que hacer, eso es la revolución.

En este territorio, por tanto, se desdibujan las fronteras entre lo culto y lo popular. El espíritu cínico, difuso y multi-identitario del individuo actual no conjuga bien con la existencia de élites. Ya nadie cree que alguien pueda tenerlo todo en su cabeza. El mundo no cabe en ningún cerebro humano, y quien lo afirme nos desea engañar, lo mismo en el arte como en la ciencia o la política. La política y la cultura de la representación están muertas. La planificación deambula moribunda. Asistimos a sus estertores, a la promesa de un nuevo mundo amenazante, pero también prometedor. La verdad no reside en ningún lugar, sino que está en todos nosotros, no en cada uno por separado y a continuación sumados, sino como una corriente eléctrica que nos traspasa y que se hace evidente y palpable cuando creamos, compartimos, cooperamos, en suma, cuando utilizamos nuestras habilidades lingüísticas.

Ni el arte, como la técnica, resultan inocentes. Pero tampoco creo que sean culpables. El 80% de la música vendida está controlada por tres grandes discográficas. Y la música clásica agoniza entre las sábanas de las políticas culturales. Pero entre estos dos mundos existe un terreno de juego cada vez más sugestivo, amplio y prometedor, una grieta creativa que está minando los pilares de estas dos fortalezas ficticiamente enfrentadas, el de la oficialidad culta y  la oficiosidad popular.

Los museos existen porque son un bien económico que reporta beneficios turísticos, y porque guardan el patrimonio espiritual en el que se funda el nacionalismo. Para que el patrimonio musical siga vivo y cumpla su función no ya económica, sino sobre todo sentimental y nacionalista, se considera que debe tocarse música clásica en esos museos en que se han transformado nuestros auditorios y teatros. Y la política cultural que se realiza se sustenta en esta ficción, a saber, en conseguir  que no mengüen las audiencias que visitan y asisten a estos mausoleos del arte. Pero la contradicción manifiesta de todo esto descansa en que el sistema educativo se basa en la progresiva especialización y compartimentación de las capacidades, por lo que el gusto por la gran cultura siempre va a quedar marginado en una élite cultural, en una minoría de gustos refinados que se espera que mantenga inextinguible la llama del arte clásico. Un conservadurismo con el que la mayor parte de la sociedad nunca va a poder comulgar, ya sea por educación, gusto e inquietudes, como por el hecho de que nunca va a poder representar, bajo estos presupuestos, la función política que la música y el arte de vanguardia o popular debería adoptar en las luchas de poder que acaecen en el seno de nuestra sociedad.

No soy un talibán. No pretendo destrozar los auditorios ni las salas de conciertos, tampoco los museos. No se asusten, me encantan Mozart y Vivaldi cuando lo tocan sin aditamentos romanticones,  y por supuesto, nuestro abulense imperecedero, Tomás Luis de Vitoria. También Schönberg, cuyo dodecafonismo ya tiene nada menos que 100 años, y también me agradan muchos compositores vivos de música culta, a pesar de que nada de sus creaciones incite a pensar que participen de la tradición clásica europea. Pero creo que las personas hemos de reconquistar la música, y que este proceso implica desacralizar la tradición musical y el concepto de obra de arte

Regresando a lo popular y a lo culto, me gustaría mostrar unos resultados estadísticos. En la Encuesta sobre hábitos y prácticas culturales en España 2010-2011, se afirma que el 96% de las personas que no completaron la escolarización básica no han asistido nunca o casi nunca a un concierto de música clásica. Sin embargo, en el caso del colectivo de los que cursaron estudios universitarios esa cifra desciende hasta el 46,9%. Se comprueba así que la educación y el ambiente familiar influyen poderosamente en los gustos musicales. En términos globales, se destaca que el 75% de la población española jamás ha asistido a un concierto de música clásica. En el Anuario de estadísticas culturales 2014 se dice que aproximadamente un 8% de los españoles asistieron durante el último año a algún concierto de música clásica, frente al 26% de música popular.

Que estos datos puedan o no resultar alarmantes va a depender de nuestro pensamiento político respecto a la distinción culto y popular, élite y masa, o sobre el papel que debe jugar la educación o el funcionamiento de los medios de comunicación, la publicidad y la Administración pública en la promoción de la cultura, en la configuración del gusto musical en una época que se ha dotado de una idiosincrasia y de unos modos de producción originales y contrarios a los presupuestos en los que se basó la construcción de la subjetividad moderna.