CREATIVIDAD

Existe un amplio consenso, ya sea en las escuelas de negocio, ya en las simples escuelas de barrio o rurales, en las mismas universidades, de que hay que formar gente creativa. La creatividad se ha decantado como un activo social en alza. Guarda cercanía con otros conceptos valiosos de la posmodernidad, como la innovación, la competitividad, etc. En un mundo cada vez más complejo, repleto de información y en el que el trabajo repetitivo o poco creativo lo van asumiendo las máquinas, el valor añadido valioso que puede aportar el trabajo humano a la productividad residirá en la novedad de los procesos, en ser capaces de generar un producto, un método, una idea, una oportunidad que aún por escaso margen y tiempo, sea capaz de generar una renta suficiente para hacer que la rueda de la producción siga girando en competencia con el resto del mundo.

No deseo detenerme en la justificación de la necesidad económica y social de ser creativo. Baste consultar, por ejemplo, el concepto de lógica de la abundancia y el papel imprescindible que posee la innovación tecnológica en una economía de costes marginales tendentes a cero (El capitalismo que viene). Tampoco en las valiosas aportaciones que en materia de educación se viene realizando con objeto de superar los tradicionales métodos de obtención de currículos. Me parece muy interesante la literatura generada alrededor del nomadismo intelectual y el carácter fluyente, continuo, diverso y autodidacta que debería poseer el aprendizaje –por ejemplo Aprendizaje Invisible o The School of Life-, como concepto sustitutorio al de educación o adiestramiento, y tan conectadas con la experiencia pedagógica libertaria o la apuesta del pragmatismo norteamericano de Dewey. Consúltese, por ejemplo, el Manual para Nuevos Empleados de la empresa VALVE en la que participaba el actual ministro de economía griego, Varufakis, o el clásico estudio de Illich, La sociedad desescolarizada.

Más bien deseo centrarme en el concepto, y sobre todo, en lo que representa para una persona la necesidad de ser creativa. Para ello, me gustaría distinguir, aun cuando mantienen una estrecha vinculación, entre lo que denominaría la creatividad personal y la colectiva; y también desechar un prejuicio, que algunos consideran virtud, sobre lo que tradicionalmente se ha considerado una persona creativa.

Cuando se nos dice, e incluso asumimos –yo lo asumo, lo pretendo y creo que lo consigo a veces- que debemos ser creativos, ello suele provocar angustia e incluso frustración. Porque seguimos considerando que la creación va ligada, inexorablemente, tanto a los grandes genios del pasado como a los conspicuos empresarios del presente, a los artífices de la ciencia, el arte, la cultura y la tecnología, esos grandes individuos a los que hemos exaltado como originales, extraordinarios, ya sea abriendo nuevos horizontes al saber, como amasando grandes fortunas e influencia mediática y económica. Resultaría realmente demoledor, tanto para la persona, como para la sociedad, que la nueva educación en pos de la creatividad, se organizara con esa pretensión. En primer lugar, porque sólo una exigua minoría podría aspirar a convertirse en genio; pero lo que resulta fundamental, que este concepto de creador asumido históricamente resulta erróneo, ya que se basa en una historiografía romántica de corte hagiográfico que deseaba exaltar al genio o al héroe en su papel de máximo representante del Estado o de la nación, y de crear, en concordancia con ello, una carrera educativa de signo elitista en la que se fueran decantando los mejor adaptados a las premisas constitutivas de las sociedades capitalistas a las que debían a servir como prohombres dignos de imitación.

No soy iluso. Realmente ha habido genios y continuarán existiendo. Personas que poseen una rara habilidad para interpretar música, escribir poesías, resolver ecuaciones o crear empresas. Pero que la creatividad esté desigualmente repartida en la sociedad, no implica que todos carezcamos de ella, o que la poca o mucha que pueda desarrollar un individuo no sea valiosa también. Y por otra parte, y quizás fundamental, que la persona creativa no aparece como una rara avis en un erial, sino que surge en un entorno social que lo nutre. A pesar de lo cual, yo no creo, como sí hacen muchos gurús de la creatividad, que resulta imprescindible crear un ambiente propicio a la creatividad precisamente para que puedan surgir genios, sino más bien, al contrario, que la creatividad social, haya o no genios creados socialmente, sólo puede aparecer en un entorno cibernético de relaciones, lo que tiene relación con la existencia de ese cerebro social del que luego hablaré.

La creatividad va ligada a la libertad. El operario de la cadena de montaje, espiado, controlado, explotado, alienado para que no exprese su creatividad, que obedece instrucciones sencillas y repetitivas, encontrará enormes dificultades para expresarse libremente. En esta tesitura, realmente la sociedad ha repartido unos papeles, y el de creativo se lo ha asignado a una clase muy especial, la de los expertos, los capitalistas y los ingenieros, en detrimento del resto de la humanidad. Así y todo, si uno estudia la historia de la revolución industrial y lee, por ejemplo, los trabajos de Scott sobre el anarquismo, podrá vislumbrar toda una historia de creatividad obrera relacionada tanto con la producción como con la revolución, sin la que el proceso productivo no se habría podido llevar a cabo. Entre el sabotaje y la obediencia ciega al ingeniero, existen mil historias de desobediencia –creación- sin las que el funcionamiento fabril no se habría podido desarrollar. En cierto modo, los modernos sistemas de producción alternativos al taylorismo –toyotismo y otros– se basan en explicitar y organizar dentro de la estructura tradicional de poder económico y social de la empresa, esta creatividad laboral del asalariado, sobre todo en una época, como la actual, en la que los procesos ligados a la comunicación (Virno, por ejemplo) están en la base de la producción moderna.

No existe duda de que la creatividad posee un enorme valor. Por ello las formas del poder y de la creatividad se asemejan y tienden a potenciarse. Tradicionalmente, impedir la creatividad de casi todos, y fomentar la de una minoría. A pesar de lo cual, entre las grietas de los genios y los héroes oficiales, han aflorado juglares, ladrones, prófugos, furtivos, comerciantes, aventureros, gremios, agricultores, artesanos que han ejercido su creatividad compartiéndola con sus semejantes, creando unas innovaciones que  finalmente han asumido las instituciones oficiales orientándolas a veces hacia un fin espurio, y sobre todo, concretando la autoría bajo los nombres de aquellos genios a los que se les han erigido estatuas en las plazas públicas.

El nuevo capitalismo que se viste de rosa y que se nos muestra desmaterializado y limpio, agradable a la vista porque incorpora el arte a todos los niveles de la producción y del espectáculo mediático y publicitario, necesita también nuevos operarios saludables, listos, agradables, y como no, creativos. El nuevo culto al cuerpo y a la mente se proclama socialmente con el fin de crear el nuevo obrero pulcro de la maquinaria cibernética del conocimiento en la que se está transformando la vieja industria capitalista. Nada de obreros toscos, mal aseados, deformes y soeces. Se valora la idea genial, la campaña atractiva, el producto casi pornográfico, el proceso novedoso, la perspectiva original, y por tanto, sólo a aquellas personas capaces de expresarse creativamente en esos términos que el nuevo capitalismo nos impone. No me extraña que las proclamas sociales, económicas y educativas en defensa de la creatividad siembren desconcierto, miedo, ofuscación. Porque asistimos a una nueva división social basada en unos criterios de eficiencia que el nuevo sistema de poder nos desea imponer otra vez por medio de la fragmentación y la especialización social.

Estamos obligados a cuidar, defender y potenciar la creatividad. Pero alejándonos de esa pretensión posindustrial de destilar otra casta de genios creativos a través de un proceso educativo y económico que busca la excelencia entre los desechos de la mayoría.

El ser humano no puede dejar de ser creativo. Creamos hasta las impresiones del mundo exterior. La falacia de la representación idealista se ha desmoronado, y lo que nos enseña la neurología es un ser humano que crea el mundo originalmente desde el mismo momento en que lo está percibiendo. Filosóficamente, el idealismo trascendental de Kant, o el absolutista de Hegel, están muertos, a pesar de que las escuelas sigan sin prestarle atención a las sucesivas corrientes fenomenológicas, estructuralistas y posestructuralistas que han ido asumiendo esta nueva dimensión creativa y cada vez más subjetivista del ser humano.

El genio creativo existe. Y deberíamos ser todos nosotros. No se trata de una proclama vacía para calentar los oídos y merecer vuestro aplauso. Me refiero a la genialidad individual que cada uno debe expresar en sus relaciones personales, en sus círculos familiares y de amistad. A la creatividad personal de la que hablaba al comienzo de este artículo. Cada relación, trato, contrato, enlace, vínculo, en suma, contacto con nuestros semejantes, resulta creativo, en una dimensión absolutamente personal e intransferible, imposible de comparar, totalmente subjetiva y valiosa según nuestro propio baremo, independiente del resto de la humanidad. Y creo que el proceso de aprendizaje cultural debería poseer como gran objetivo aprender las herramientas sociales que nos van a permitir ser creativos en estos ámbitos íntimos y sociales. El éxito social y económico reside en este aspecto de la creatividad personal.

Pero para que pueda existir la máxima libertad creativa personal debe haber un marco social de relaciones, tecnologías, producciones de la vida, que sustente ese esfuerzo personal de convivencia valiosa. Aquí aparece esa otra vertiente de la creatividad, la colectiva, que la sociedad nos está demandando y que considero que hay que asumir ineludiblemente, ya que el entorno tecnológico, productivo, social y económico que deseamos construir para sustentar la máxima libertad individual, en un mundo ya expoliado y explotado por el capital, necesita de altas dosis de creatividad colectiva en muchos ámbitos.

Pero claro está, no la tradicional creatividad del genio o del experto, sino otra de muy distinta índole, sin la histórica estratificación entre un trabajo mental que se sitúa en la cúspide de la pirámide social, y al que el resto vamos sirviendo cada vez en mayor medida cuanto más cerca de su base nos situamos: el nuevo paradigma creativo no posee interés desde la ideología ilustrada, desde la autonomía del yo, porque resultaría agobiante y produciría otra vez una minoría de expertos creativos rodeados de una masa torpe de sirvientes y espectadores frustrados.

Concibo la creatividad como la acción de dar nuevo sentido a las cosas. La parte material, tecnológica o económica de este proceso la conocemos mejor: Facebook, la máquina de vapor, el chip, la radioactividad, la radio, la bicicleta, la mecánica cuántica, el ipod, etc. Pero lo que sustenta este aspecto material de la creatividad realmente es una labor lingüística o de discurso por el que un conjunto de personas empiezan a mezclar de una forma novedosa las palabras y los conceptos a lo que estas aluden: porque antes de poder hacerlo posible, necesitamos saber decirlo.

La novedad, por tanto, nunca ha aflorado en la intimidad del genio aislado en su bastión, sino en el proceso social mismo de creación de lenguaje. Los genios individuales únicamente pueden aflorar allí donde hay un lenguaje elevado cultivado sólo por una minoría, y donde los medios técnicos disponibles para fabricar y crear se encuentran centralizados. La paradoja del momento presente consiste en que los dueños del capital se enfrentan a un proceso creativo cada vez más distribuido y menos formalizado, y que a través de este nuevo, pero ajado, discurso de la creatividad pretenden apropiarse de los procesos de creatividad social activados en las arquitecturas distribuidas de conocimiento potenciadas por internet.

La filosofía individualista sobre la que descansa este concepto de creatividad nos impele a tener que representar un papel preestablecido en la comedia social. Para que funcione la maquinaria no son importantes las personas, sino los lugares que ocupamos. La ideología humanista que hemos adoptado resulta útil para que cada cual crea que está ocupando el lugar que se merece, y que lo ocupa por su originalidad individual como sujeto; cuando realmente el lugar que ocupamos es el que nos convierte en sujetos. Cada escalón de la pirámide posee un discurso, o sea, un lenguaje apropiado a la función, un conjunto de relaciones conceptuales que se generan en las interacciones sociales y que forma el magma con el que decimos las cosas y con el que nos pensamos.  T. Eagleton lo explica claramente para el caso de los estudios humanísticos, algo que resulta extensivo al discurso de la ingeniería o la ciencia:

El tener un título donde el Estado certifica que usted terminó satisfactoriamente los estudios correspondientes a la carrera de letras equivale a decir que usted está  capacitado para hablar y escribir de determinada manera. Esto es lo que se enseña, examina y certifica, no lo que usted piense o crea, ya que lo pensable, por supuesto, quedará restringido por el lenguaje. Usted puede pensar o creer lo que quiera, siempre y cuando pueda hablar en ese lenguaje específico. A nadie le importa particularmente lo que usted diga, ni la posición moderada, radical o conservadora que adopte, siempre y cuando esa posición sea compatible con una forma específica de discurso y pueda articularse dentro de esa forma.

El hecho de que el lenguaje posea esta doble función, y que sea algo que cada persona ayuda a crear en virtud del lugar que ocupa, es lo que puede conferir al proceso de creatividad de una componente liberadora de singular relevancia. Ya que las fracturas sociales del lenguaje y del discurso coinciden con las posiciones ocupadas por las personas, no se puede desvincular el papel que cada persona desempeña en el juego de la creatividad de la actividad concreta que realiza. Ambos elementos van unidos y se retroalimentan. Por tanto, la posibilidad de ser creativo va unida a la de ser libre, en un sentido muy diferente al liberal y democrático que se nos ha impuesto, de una forma que como dice Zizek, quizás todavía no podemos describir porque carecemos de las palabras adecuadas para esta función.

Como observó A. Smith:

El entendimiento de la mayoría de los hombres se forma necesariamente por sus ocupaciones habituales. El hombre que se pasa la vida efectuando unas cuantas operaciones simples no tiene ocasión de ejercer su entendimiento. Por lo general se vuelve tan estúpido e ignorante como es posible que una criatura humana llegue a serlo.

Lo que hace tan difícil que podamos asumir nuestro papel de creadores es la existencia de los guardianes del discurso, que no deberíamos confundir con personas concretas, sino con la presencia ubicua de redes piramidales y centralizadas de información y decisión, y con la existencia de determinadas instituciones, entre la que se cuenta la de los derechos de propiedad intelectual.

El ojo de la pirámide aspira a poder mirarlo todo, a concentrar en su cúspide lo valioso que ve allá abajo, a robar: la creatividad emerge en su seno, asciende, y finalmente se solidifica en estructuras que se llaman de poder, porque aspiran a afianzar la misma estructura piramidal que nos gobierna. Babel se construyó a medida que sus obreros fueron compartiendo un mismo lenguaje. La diáspora de Babel se parece a la que nos ofrecen las redes distribuidas de aprendizaje y conocimiento, la posibilidad de convertirnos en hacedores de lenguaje, en formar parte de comunidades de conocimiento diversas donde las creaciones no van a poseer dueño ni nombre, y en las que resultará inútil encontrar una dirección causal de creación, y por lo tanto, donde cada uno de nosotros podremos convertirnos en nómadas que compartimos funciones, pertenencias, identidades, y por ello, un itinerario singular y creativo de aprendizaje y de vida.

La liberación política va a consistir en poder formar un cerebro social, y para ello, debemos asumir nuestro papel de creadores. Un cerebro plástico que se auto-genera (autopoiesis) en virtud de nuestra capacidad para contribuir en la creación de lenguaje en cada una de las diferentes y diversas comunidades de trabajo y de producción de vida donde estemos participando.  Las habilidades inherentes a este nuevo sujeto -político y económico- creativo deben asumirse como una oportunidad para la liberación. Algo muy diferente al papel educativo que se le asigna hoy en día al fomento de la creatividad individual en las sociedades capitalistas, más ligado al papel de gestores del conocimiento propio de una élite biempensante y plutocrática, que al aprendizaje en la cooperación y en la creación compartida de discursos y herramientas. Esa nueva creatividad no debe basarse en crear originalmente sobre la base de la especial singularidad de cada individuo. Sino en la capacidad de poder participar en la creación social de entornos plurales y diversos en cuyo conflicto se va a conformar un magma de creatividad, no de progreso, sino de cambio, novedad, deseos, aventura.

En nuestro cerebro no hay un lugar de la conciencia, ni un receptáculo de datos. Las neuronas no guardan información, ni poseen una función independiente y autónoma. Nuestras diferentes capacidades cognitivas no se caracterizan por estar en un lugar, sino por un fluir, por unos flujos electroquímicos en una topografía variada que no se circunscribe al cráneo donde se aloja nuestro cerebro original, sino que forma una red lingüística donde las palabras que individualmente usamos para pensar se crean en la interacción de cada uno de nuestros cerebros en el seno del cerebro social del que formamos parte. La evolución no ha creado cerebros autónomos e independientes que libremente interactúan entre sí, sino cerebros construidos socialmente, cuya arquitectura y materia primordial se forma en común. La inteligencia humana no es una suma de cerebros, sino una arquitectura de relaciones cerebrales. Que la estructura sea de muchas pirámides, de un solo centro, o de una inmensa red distribuida dependerá nuestra capacidad para participar en el funcionamiento del cerebro social del que formemos parte, y por tanto, de ser parte de esa creatividad sin la que no podemos entendernos como especie y de la que va a depender nuestro futuro.

… y algunas lecturas:

http://inteligenciacolectiva.bvsalud.org/public/documents/pdf/es/inteligenciaColectiva.pdf

http://lasindias.com/el-poder-de-las-redes

http://p2pfoundation.net/Network_Society_and_Future_Scenarios_for_a_Collaborative_Economy

https://ruivaldivia.net/2013/11/30/la-involucion-de-las-masas-1a-parte/

https://ruivaldivia.net/2013/06/26/esto-es-la-anarquia-redes-y-estado/

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El pasado

En la cultura occidental todavía vivimos obsesionados por el pasado. Cada revolución cultural –y también política- se ha legitimado en su afán por vincularse con una era mítica, por erigirse en sucesora de un tiempo ejemplar del que se considera digna intérprete.

En este empeño Grecia ha sido quizás el mito más socorrido, pero ha habido otros, incluso los propios griegos se sintieron herederos también de una Arcadia y de una época heroica que intentaron recuperar para convertirla en realidad. Las aspiraciones culturales y políticas europeas han mantenido esta característica, beber en el pasado y  reinterpretarlo para así ofrecer una imagen a la que parecerse y a la que la historia le ofrece ese carácter de modelo sagrado e incuestionable.

Cada obra clásica que forma parte del patrimonio cultural de cada nación se constituye así en un símbolo, y adquiere un estatus especial como objeto que hay que conservar, una materia prima que como el ADN habrá que mantener viva para que pueda seguir cumpliendo su misión legitimadora e inspiradora. Buena parte de la educación se basa en impregnar la mente del niño de ese carácter reverencial que el pasado y sus obras clásicas atesoran.

La memoria de cada ser humano se proyecta hacia el futuro. No es un almacén inerte del que se escogen piezas, sino que el deseo modifica la memoria, porque nuestros recuerdos no poseen un lugar, sino que fluyen activamente en los circuitos neuronales de nuestra voluntad. En cierto modo, esas obras clásicas también las reinterpreta cada época según el impulso con que desea proyectarse hacia el futuro. Pero a diferencia de nuestra mente, la memoria histórica de las naciones se almacena y cuida en museos, archivos, academias y auditorios, posee una base material que se ha ido seleccionando a lo largo de la historia, a pesar de que lógicamente cada persona, grupo, corriente cultural o credo las interprete a su modo. Están muertas, y vivas a la vez, porque se invierte mucho dinero y esfuerzo en su búsqueda, conservación y propaganda.

Contrasta el esfuerzo colosal que realiza la cultura europea por rescatar las ruinas del pasado, con la destrucción que ciertas corrientes fundamentalistas están realizando de las obras clásicas. Duele ver esas imágenes en las que se rompen estatuas, se queman códices. Aun cuando uno evite sacralizar el patrimonio y considere que una parte de ese legado está manipulado y que podría haber sido diferente, una cosa es el olvido, la reinterpretación o el abandono, y otra muy distinta la destrucción deliberada. Pero no olvidemos que también en determinados momentos de la historia europea se ha quemado y destruido mucho legado cultural con fines propagandísticos y de purificación. La cultura también ha sido un arma de guerra y en ocasiones, hasta de destrucción masiva.

El ser humano no puede vivir sin arte, tampoco sin historia. Nos construimos individual y colectivamente en una experiencia histórica de vivos y de muertos. Pero sí es verdad que no todas las personas de una cultura viven de igual forma su vinculación con el pasado. En cierta forma, las obras clásicas se erigen en guardianes de la ortodoxia, y a su alrededor se genera un elitismo excluyente de orgullo de clase en el que se basa una parte de las desigualdades sociales que impiden que muchas personas nos podamos también convertir no sólo en oyentes o espectadores de la cultura, sino también y sobre todo, en efectivos productores de arte.

Entre la banalización de la historia y de sus obras clásicas, la sacralización, la vulgarización o el olvido y destrucción, existen otras opciones, aunque sí es verdad que la libertad de cada momento histórico para elegir lo que considera clásico o valioso resulta muy mermada, ya que la gran mayoría de las obras creadas históricamente se han perdido.

No creo que las obras de arte, ni que los restos conservados de la cultura que se veneran como clásicos, sean fruto de la destilación en el alambique de la historia, sino que proceden más bien de su maceración. Una vez reconocido su innegable carácter putrefacto, resulta más útil y valiosa su utilización social como materiales de construcción, o de derribo de la nueva creación cultural. Estamos obligados a crear con lo que tenemos a mano. Y el valor de la herencia, un tanto espuria que nos han legado nuestros antepasados, reside únicamente en el uso concreto que cada comunidad cultural desee darle, no tanto como referente imaginario y de veneración, cuanto como piezas que se interpretan, se usan y mezclan con objeto de dar rienda a la creatividad de aquellas personas que, en el aquí y en el ahora, están intentando construir su realidad como un mosaico o un puzle de vivencias compartidas.

“¡Hijos e hijas de la prostitución, la violencia y el estupro,  amad a vuestros padres en el acto de engendrar pacífica y anónimamente a sus nietos!”

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ENSAYO SOBRE LAS DOS RUEDAS (xxxviii)

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A la deriva (II)

¿Por dónde sigo? ¿A dónde voy?

Sobre la bicicleta me siento a veces como un nómada. A diferencia de los emigrantes que añoran su origen -como los refugiados, el terruño al que esperan poder volver-, los nómadas sólo poseen la patria del camino, de la deriva que siguen en cada momento. Hubo un tiempo en que ser apátrida era un rango. Hoy se entiende como un signo de distinción de los parias del mundo. Parece que en esta época marcada por el riesgo, la precariedad y el terror, debes confiar en que un Estado fuerte  te defienda como ciudadano del mundo.

Cada hito que el nómada recorre se convierte en su nueva casa. El origen no es un punto, sino un mapa cuajado de itinerarios, de referencias, de sentidos. Nos han enseñado a rehuir de la precariedad del nómada, de aquel cazador-recolector del paleolítico que evolucionó hacia el sedentarismo que identificamos con el orden, la paz, la seguridad. Allende los muros amenaza el caos, los ladrones, el hombre del saco. Como las fauces del leviatán o los abismos de las cataratas del fin del mundo que iban a engullir a Colón en su deriva hacia el oeste, los cuentos aterradores erigidos en centinelas del que desea dejar atrás las puertas de su casa.

Nadie aspira a la precariedad, ni a que su entorno sea inseguro. Pero deseo la libertad, no la libertad jurídica y con mayúsculas, sino la pequeña y revolucionaria libertad  para poder zafarme de las leyendas amedrentadoras contra el nómada, el aventurero, el que convierte su vida en un viaje, contra los vendedores itinerantes, los vagabundos o los gitanos.

Que la libertad de ese nuevo actor al que la publicidad institucional denomina “emprendedor”, se haya transformado en precariedad, y que la retribución por su trabajo tenga mucho que envidiar a la que recibía en los tiempos boyantes en que fue contratado por una gran empresa, no se debe al hecho mismo de haber decidido montar una empresa propia con ilusión y esfuerzo –tras haber sido despedido- sino al entorno sociopolítico creado por unos Estados que ofrecen precariedad a mansalva en favor de los poseedores del capital.

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Belleza

A veces nos topamos con la belleza, o la perfección. En cualquier ámbito de nuestras vidas. Algo tan personal como el sabor de un guiso, un pase de fútbol, el movimiento de una pieza de ajedrez, el tono de una luz, algún sonido, una imagen habitual que se transforma, un pensamiento, el recuerdo de algo íntimo. Son momentos efímeros, poco comunes, que se producen por una rara concatenación entre esa cosa que nos conmueve y nuestra predisposición momentánea.  Repito, se trata de algo muy personal, como si deseáramos que ese estado se pudiera mantener eternamente. Algo parecido a la felicidad.

Recurro a grandes palabras, incluso peligrosas: belleza, perfección, felicidad, conceptos que vivo como algo pasajero, que no aspiro a que se conviertan en mi objetivo vital. Tampoco sabría definirlos, y la mayor parte de las ocasiones denuncio su carácter totalizante, pero en esos momentos tan especiales existe una especie de reconocimiento de algo –me da miedo escribirlo- que se parece a un ideal. No busco con especial ahínco esos momentos, sino que surgen, aparecen, y no necesariamente ligados al arte, la cultura, el espectáculo, esos grandes episodios en los que socialmente se suele buscar la belleza, la perfección, la felicidad.

Como esos momentos ya forman en mi vida una muestra suficientemente representativa sobre mi predisposición a conmoverme, he empezado a realizar su recuento y a intentar detectar ciertas características comunes a todos ellos. Como ven, no puedo eludir mi formación en matemáticas, estadística, esas herramientas tan atrozmente maravillosas. Y he logrado desvelar algo que me tiene intrigado porque también desconozco si otras personas coincidirán en ello conmigo, y es el hecho de que durante esos momentos, a la par que un deseo intensísimo de compartir, se produce un agudo sentimiento de dolor. No sé si ambas cosas guardan algún tipo de relación. Y evidentemente, el dolor no es físico. Sería como si todos los elementos propios al dolor estuvieran presentes, pero sin la sensación neuronal del dolor en sí mismo. Resulta raro.

La experiencia más reciente de este tipo me ocurrió hace unas semanas en un museo arqueológico tan limpio, tan bien dispuesto, organizado con tanto rigor, con tan cuidada ordenación, tan esmerado gusto en la colocación de cada pieza, de su iluminación, de la contextualización y rótulos acompañantes.

Otra experiencia, esta reincidente, aunque sólo operativa en muy contadas ocasiones, proviene del color del aceite de oliva, cuando recuerdo los artilugios de vidrio –bombas manuales- que se utilizaban para dispensar aceite en las almazaras: el líquido ascendiendo, las burbujas sólidas, el olor tan profundo y salvaje de la materia primigenia concentrada y servida por unas señoras tan antiguas como las viejas diosas del destino.

¿Pero por qué dolor? Sin duda, cada uno de nosotros atesoramos enigmas cuya exteriorización nos sorprende y hallamos incomprensible.

Estoy seguro que estos momentos fugaces se almacenan en algún lugar especial de nuestra mente y que en mi caso, su presencia va ligada al deseo de expulsarlos de allí, no de mi persona, sino de transferirlos desde ese lugar extraño de nuestro cerebro donde se guarda la belleza, la perfección, la felicidad, para poder integrarlos en otros depósitos menos traumáticos. No he dicho olvidarlos, sino transformarlos para que no sigan doliendo. No como podría doler una pesadilla, ni como laceran los malos recuerdos o los hechos concretos ligados a un dolor físico o psíquico, sino como lo que son, recuerdos de un tipo tan especial de impresión sensorial, que nos deja absortos, suspendidos, pero también inmersos en el dolor de su misma belleza, de su perfección.

Me ha dado también por pensar que el deseo de creatividad que poseemos los humanos pueda proceder de aquí, de la necesidad de comunicar lo inefable, estos momentos fugaces tan intensos que resultan dolorosos. Porque la posibilidad de poder compartirlos, escribirlos, musicalizarlos o simplemente decirlos, quizás les vaya extrayendo esa componente punzante que tanta sorpresa nos produce. Encuentro que quizás la necesidad humana de arte proceda de aquí, no tanto de poder contemplarlo, cuanto de fabricarlo. Desgraciadamente, muchas personas hemos perdido las facultades sensitivas y sociales requeridas para compartir estos momentos tan especiales en los que el placer y el dolor se juntan tan enigmáticamente. ¿No consistirá, quizás, la labor más valiosa de la política, en que las personas podamos recuperar nuestra capacidad para ser verdaderos productores de arte?

ENSAYO SOBRE LAS DOS RUEDAS (xxxvii)

……continúa…

A la deriva (I)

Me pongo otra vez a pedalear. Algo rutinario, aunque algo más que una pura rutina. Porque existe una velocidad a la que yo llamo óptima, que muchas veces busco, y que depende del entorno, en la que mi mente se asoma a la meditación: se activan los automáticos, el instinto y el hábito toman los mandos de la parte puramente física del desplazamiento, lo que libera a la mente consciente, voluntaria, de tener que tomar demasiadas decisiones sobre lo contingente. Cuando me detengo en el destino y miro atrás, si el viaje ha incluido estos momentos óptimos, me inquieta un vértigo, porque no soy capaz de recordar muy bien qué he visto, dónde he estado, qué cosas han ocurrido a mi alrededor cuando deambulaba por ahí fuera a la deriva.

Mentiría si dijera que la mayor parte de las cosas que he estado incluyendo en estas páginas las había pergeñado sobre la bicicleta. Pero sí que aparecen ideas, momentos de lucidez incluso de creatividad, sobre todo, situaciones que se parecen a un confesionario invertido, sin curas ni crucifijos, como una conciencia vuelta sobre sí, ya que sobre la bicicleta me han asaltado deseos, propósitos de cambiar cosas en mi vida, de mi entorno.

Son momentos de deriva, que por supuesto uno también pude tener sobre un caballo, en un sillón o tomándose un vermut. Sin embargo, creo que el hecho de que las cosas se muevan alrededor incita a que el interior también entre en movimiento, como cuando uno pasea, corre o va en coche. Pero sobre la bicicleta una persona puede alcanzar mejor esa velocidad a la que yo he llamado óptima, y que es más rápida que la que uno alcanza por sí solo caminando o trotando, y con menor esfuerzo, a la par que menos vertiginosa que la que otros medios de transporte nos imponen.

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