ENSAYO SOBRE LAS DOS RUEDAS (xxxviii)

……..continúa…

A la deriva (II)

¿Por dónde sigo? ¿A dónde voy?

Sobre la bicicleta me siento a veces como un nómada. A diferencia de los emigrantes que añoran su origen -como los refugiados, el terruño al que esperan poder volver-, los nómadas sólo poseen la patria del camino, de la deriva que siguen en cada momento. Hubo un tiempo en que ser apátrida era un rango. Hoy se entiende como un signo de distinción de los parias del mundo. Parece que en esta época marcada por el riesgo, la precariedad y el terror, debes confiar en que un Estado fuerte  te defienda como ciudadano del mundo.

Cada hito que el nómada recorre se convierte en su nueva casa. El origen no es un punto, sino un mapa cuajado de itinerarios, de referencias, de sentidos. Nos han enseñado a rehuir de la precariedad del nómada, de aquel cazador-recolector del paleolítico que evolucionó hacia el sedentarismo que identificamos con el orden, la paz, la seguridad. Allende los muros amenaza el caos, los ladrones, el hombre del saco. Como las fauces del leviatán o los abismos de las cataratas del fin del mundo que iban a engullir a Colón en su deriva hacia el oeste, los cuentos aterradores erigidos en centinelas del que desea dejar atrás las puertas de su casa.

Nadie aspira a la precariedad, ni a que su entorno sea inseguro. Pero deseo la libertad, no la libertad jurídica y con mayúsculas, sino la pequeña y revolucionaria libertad  para poder zafarme de las leyendas amedrentadoras contra el nómada, el aventurero, el que convierte su vida en un viaje, contra los vendedores itinerantes, los vagabundos o los gitanos.

Que la libertad de ese nuevo actor al que la publicidad institucional denomina “emprendedor”, se haya transformado en precariedad, y que la retribución por su trabajo tenga mucho que envidiar a la que recibía en los tiempos boyantes en que fue contratado por una gran empresa, no se debe al hecho mismo de haber decidido montar una empresa propia con ilusión y esfuerzo –tras haber sido despedido- sino al entorno sociopolítico creado por unos Estados que ofrecen precariedad a mansalva en favor de los poseedores del capital.

A estas cosas le daba vueltas el otro día mientras montaba en bicicleta por la sierra de Guadarrama. Veía allá abajo el perfil mugriento de Madrid aureolado de contaminación, con sus torres emblemáticas recortadas como centinelas de la ciudad. Madrid no posee murallas, pero su frontera norte –al sur se desparrama-  se topa abruptamente contra el monte de El Pardo, lo que reafirma el carácter artificial del hormigón y del asfalto, y le ofrece a esta metrópolis cierto aire medieval, porque uno puede apreciar claramente la dicotomía entre la civilización y la naturaleza, aun cuando uno sepa, cuando mira desde La Pedriza, que El Pardo no deja de ser una naturaleza amurallada entre Madrid y todo un rosario de urbanizaciones de postín que se extienden entre la autovía de Colmenar y la autopista de A Coruña. Viendo al monte chocar contra Madrid advertía el cambio de perspectiva que hoy se da entre la ciudad y la naturaleza en relación con los conceptos de incertidumbre, miedo, aventura. Porque desde aquí arriba, desde el camino, al lado de una roca enorme de granito, mientras me tomo una barrita muntivitaminada y energética, tengo la sensación de que el azar, la precariedad, la sorpresa resultan ahora más propias de la ciudad que de ese entorno natural amurallado y controlado por sensores y guardas en que los corzos y los jabalíes se mueven como autómatas de un parque temático.

Y ahora también, desde mi atalaya, tras haber recorrido juntos tantos kilómetros en bicicleta, vuelvo a considerar los itinerarios dejados en mi memoria nómada tallados como un mapa, y con la perspectiva que ofrece la panorámica sobre los treinta y siete capítulos abandonados en este blog, ¿a qué viajero no le gustaría poder comenzar de nuevo su deriva?

Uno de los personajes más trágicos con los que me he enfrentado ha sido el de Matías Pascal. Su creador, el dramaturgo italiano Luigi Pirandello, le ofreció la oportunidad de volver a vivir, de elegir de nuevo su periplo vital a la luz de la experiencia y de aquellas cosas que sobre su historia y presente le hubiera gustado modificar. Pero Matías Pascal acabó repitiendo la vida que a toda costa intentaba evitar. Con frecuencia ocurre, que las huidas culminen en brazos de nuestros demonios.

Todas las personas realizamos un esfuerzo deliberado y continuado por mantener la integridad de nuestra personalidad. Y trabajamos concienzudamente con nuestros recuerdos, acciones, opiniones para darles una coherencia histórica. Nos sentimos responsables de todo lo que hemos sido, y alrededor de nuestra memoria elaboramos una narración plagada de sugestión y coartadas para siempre poder disponer ante nuestra conciencia el mismo yo que envejece y evoluciona. Se trata de un diálogo interno abrumador y del que sólo algunos enfermos logran escapar. Por ello el sistema judicial nos puede hacer responsables de un delito cometido hace muchos años, aun cuando el ser humano al que ahora acusen sea muy distinto y jamás hubiera podido imaginar una acción de aquella índole. Pero cada persona interioriza su propio sistema judicial, del que siempre solemos salir absueltos, porque ser un sujeto, un individuo, consiste en eso precisamente, en ser siempre inocente ante uno mismo: ¿y en sentirse víctima de alguien o de algo?

Con mi bicicleta hago mío el dicho de Heráclito, y afirmo certeramente que nunca recorro dos veces un mismo camino, y también la interpretación que leí en Borges –y que no es original suya- de que tal disparidad no se deba tanto al agua que fluye como a la persona que cambia. La poesía nos deja así, a la deriva, porque nos ofrece un conocimiento que realmente no podemos definir, ya que cuanto más buceamos entre las entrañas de sus palabras, tantas más ramificaciones lógicas y divergentes creamos. Si el razonamiento deductivo no deja de ser una tautología, y el inductivo un puro simulacro empirista, en cambio, el razonamiento poético nos acerca la realidad desde otra perspectiva mucho más abierta y diversa. Newton o Einstein, como Sherlock Holmes, fueron enormes poetas, porque la ciencia de todos los tiempos siempre nos ha ofrecido maravillosas metáforas de la realidad.

Arthur Conan Doyle y el filósofo Charles S. Peirce fueron coetáneos, aunque dudo que el escritor británico conociera en 1887, cuando publicó la primera novela de la saga de Sherlock Holmes –“Estudio en Escarlata”-, los escritos en los que el científico norteamericano definía el razonamiento abductivo como el más apropiado para la ciencia, y que no encuentra mejor ilustración que los diálogos entre el detective de ficción y su fiel amigo el Doctor Watson. En lugar de avanzar a partir de unas premisas, crear detrás de los hechos –del asesinato y las pruebas- una red de posibles itinerarios lógicos que den cuenta de las consecuencias, que al igual que las pruebas de un detective, hay que saber distinguir y descifrar más allá de la pura objetividad, al encuentro de una interpretación –contrainductiva- que contradiga la pura evidencia de los hechos.

El mismo Descartes era un poeta porque, ¿cómo, si no, pudo embaucar a la humanidad occidental con su sueño de razón? Su discurso del método, como los diálogos de Platón, o la crítica de la razón pura de Kant, tanto los textos de Pascal alrededor de la probabilidad, como de Lagrange sobre la mecánica determinista, vierten entre las fórmulas y su lógica toneladas de poesía. El magnífico análisis hermenéutico que Feyeraben realiza en torno a Galileo y la forma en que el físico italiano nos convenció de que la tierra realmente se movía, resulta clarividente al respecto, de cómo más que racionalidad Galileo utilizó la sugestión de las palabras y de sus imágenes para dotar a sus fórmulas y a su lógica de un sello de veracidad imposible de conseguir sin el recurso a la poesía. ¿La paradoja autorreferente del “pienso, luego existo”, no se transfigura en pura poesía más allá de una lógica que resulta obvia?

Vamos a la deriva porque dudamos. No se trata de itinerarios azarosos, o de que cualquier ruta posea el mismo valor. Se trata más bien de múltiples iteraciones en torno al despojamiento y adquisición de creencias. Como decía Peirce, la duda metódica cartesiana “es una duda de papel” que de tan artificial no se puede dar en la realidad, porque tanto el filósofo, como el científico o cualquier otra persona, sólo podremos dudar realmente de aquello que sentimos como inestable, nunca de cualquier cosa, como deseaba Descartes y todo racionalista puro.

Pero lo que más me aterra de la duda cartesiana consiste en su soledad. Se trata de una duda solitaria: un cerebro que desea abstraerse de todo y que considera que razonar correctamente consiste en aislarse para generar certidumbres sobre las que a continuación poder construir la realidad social. Una mente fría y solitaria erigida como testigo de la única verdad posible.

El gran hallazgo de la semiótica, y sobre la que empezó a erigirse toda una filosofía y una ciencia alternativas a la Ilustración, consistió en ir despojando al yo solitario y dubitativo cartesiano de su carácter absoluto y autorreferente, basándose, en primer lugar, en el hecho de que el mismo lenguaje que usa nuestra mente para pensar no nace de un acto individual y autónomo del yo, sino de un pensar conjunto de la sociedad. Que la misma materia prima del pensar consiste en unas palabras y unos conceptos que se están construyendo continuamente en la interacción social.

Recuerdo que de niño disfrutaba con dos juegos que poseen cierta relación con estas derivas geográficas y sentimentales en las que me he embarcado sobre las dos ruedas de mi bicicleta. Uno consiste en el del laberinto, ese pasatiempo en el que debemos averiguar cómo ir de una entrada a una salida prefijada atravesando una serie de bifurcaciones que nos hacen dudar sobre qué camino elegir. O aquel otro en que un niño cuenta una historia a medias y a la que le da un carácter absurdo para que el resto de amigos deban averiguar la correcta correlación de hechos que están conectados. En ambos casos se debía buscar una única solución.

La poética de la ciencia sería como estos juegos, sólo que ampliados en el sentido de encontrar muchas soluciones posibles, como si en el laberinto intentáramos encontrar más de una salida, o a partir de una salida hallar todas las entradas posibles; o en intentar imaginar todas las historias del mundo que destruirían la absurda descripción de hechos del relato inicial. Por ello, cuando voy por el mundo con mi bicicleta de montaña y encuentro tantas alternativas a seguir, a veces me gusta pensar hacia atrás y deliberar sobre todos los itinerarios que me habrían podido llevar precisamente al lugar donde ahora mismo me encuentro ante la duda. Este proceder me hace más inocente, porque creo que, en suma, qué importa por dónde haya venido si al final he alcanzado este lugar concreto que define lo que hoy soy; y más libre también, porque mi decisión siempre la podré desvincular de mi historia, y por tanto, la podré justificar, lógicamente, como me dé la gana, lo que me acabaría convirtiendo en lo que Einstein defendía como “un oportunista poco escrupuloso”.

…….continuará…
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