RuiValdivia

Horas non numero nisi serenas

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Enemigos de la libertad

Casi todas las justificaciones del poder y de la autoridad que han esclavizado a los seres humanos, se basan en considerar que el ser humano es sagrado y posee libre albedrío, a pesar de lo cual, defienden la minoría de edad eterna de las personas, su incapacidad para elegir por si mismos el tipo de vida que desean vivir y a la que legítimamente deberíamos aspirar.

La libertad resulta consustancial al ser humano. Nunca podremos desprendernos de ella. Sin embargo, la amplitud que la libertad alcanza en cada individuo, el potencial de ejecución, el nivel que desarrolla, dependen de las condiciones objetivas que le rodean, y de su propia aptitud y voluntad para ejercerla. En función del deseo, del tipo de cooperación que establece con sus vecinos, del grado de desarrollo tecnológico, de las relaciones que mantiene con el medio natural y social, de la particular estructura política en la que decide y participa, cada ser humano se ha ubicado, en cada momento histórico y lugar, en una determinada praxis de la libertad.

Por estas razones, la libertad no es un concepto abstracto, universal, sino que su grado de desarrollo, su aplicación práctica, se adecúa a cada situación e historia, a unas condiciones materiales que ofrecen el marco máximo de ejecución y que permiten considerar y valorar cómo ha vivido la libertad cada sociedad y cómo ha sido su evolución histórica, y también, cómo se ha verificado la distribución de la libertad entre sus miembros.

La libertad resulta algo muy concreto que se define y se explica al margen de lo que proclaman de forma abstracta las constituciones y las leyes, de lo que afirman los derechos, porque cada persona y sociedad ejerce su libertad de una forma única que puede ser valorada y comparada, ya que la libertad, en cierto modo, cuantifica cómo se materializa nuestro deseo.

No existe el individuo prístino y aislado que posee la máxima libertad, y que acto seguido la tiene que dilapidar y ceder al Estado con el objetivo de protegerse y ayudar a crear un orden político que le aporte seguridad, en virtud de la libertad que sus guardianes y planificadores empezaron a usar desde entonces por todos nosotros. Esta abstracción, que ni sus apóstoles liberales (o mejor antiliberales) se han creído, sirve para legitimar un orden político que se irroga el privilegio de distribuir la libertad de forma desigual, y que hace comprensible, a ojos de la gran mayoría, la injusticia y la explotación, porque éstas se conciben como el precio que hemos de pagar por tener servicios, obtener bienestar y poseer seguridad, en suma, por ser felices.

Una explotación que se considera justa porque parece que no es arbitraria, porque el grado de libertad al que cada individuo aspira depende de cómo sabe jugar el juego de la democracia y del mercado, con unas normas iguales para todos y que justifican el lugar que cada cual ocupa por propios merecimientos, ya sea en la cúspide o en el albañal de la sociedad.

Sin embargo, el libre albedrío no existe, es una falacia inventada por el idealismo y las religiones, y que consistió en haber construido la dignidad humana sobre la idea de que nuestra mente se ubica al margen de la materialidad del mundo y de que existe un reducto o una esencia humana que no puede ser afectada por el acontecer de la realidad. O visto de otra forma, por creer que el ser humano puede elevarse sobre su propia materialidad y contemplar el mundo y percibir las relaciones humanas como si él mismo fuese un dios objetivo y extraordinario que valora e interpreta los hechos al margen de los propios hechos, como si fuésemos poseedores de un microchip inalterable y eterno que nos permite en cualquier momento histórico y lugar valorar siempre las percepciones y las acciones del mismo modo.

En ese libre albedrío se basa la responsabilidad absoluta –que establecen los monoteísmos y el Estado- de todo ser humano en el cumplimiento de los preceptos morales, y asombrosamente, por defendernos de los posibles errores del libre albedrío, los Estados y las religiones erigieron el principio de autoridad, la necesidad de crear una élite de guardianes, un cuerpo de normas, encargadas de encauzar a cada ser humano por la senda del bien. En suma, que a pesar del libre albedrío, resulta imprescindible fabricar una autoridad que defienda al hombre de sí mismo. Tanto los monoteísmos como los Estados basan en este falso libre albedrío buena parte de sus dogmas y normas para proteger a las almas temerosas en su camino hacia la salvación.

La salvación y el progreso social, por tanto, entendidos como una senda tortuosa de desprecio progresivo de la libertad con el objetivo de acabar comulgando con un ideal humano abstracto: usar la libertad para obedecer. Resulta sorprendente que todos estas justificaciones del poder y de la autoridad que han esclavizado a los seres humanos, se basen en el hecho de que el ser humano es sagrado y posee libre albedrío, a pesar de lo cual, defienden la minoría de edad eterna de las personas, su incapacidad para elegir por si mismos el tipo de vida que desean vivir y a la que legítimamente deberíamos aspirar.

Puede decirse que el Estado siempre pretende convertir a los explotados y súbditos en menores de edad, a hacer de las personas seres huidizos y cobardes, irresponsables en relación a nuestra capacidad para protegernos y darnos a nosotros mismos servicios de salud, ocio, bienestar, educación, trabajo, etc. El Estado divulga la idea de que cada individuo depende del orden estatal y que éste, como un buen padre de familia, reparte trabajo y bienestar según se comporte cada uno de sus hijos. Quien no llora no mama, y por tanto, extiende entre la población la creencia de que realmente no sabemos utilizar nuestra libertad y por tanto, que somos dependientes, que nuestra vida y aspiraciones proceden exclusivamente de lo que el Estado protector y previsor nos dé, de lo que seamos capaces de sacarle o de lo que él bondadosamente nos regale, ya sea en compensación por los impuestos que pagamos, por el voto que cedo, por la corrupción a la que me someto o por la influencia que ejerzo.

Que haya opciones políticas de corte neoliberal que defienden el deseo de eliminar el Estado, no cambia los términos de la ecuación, porque los defensores de estas opciones “libertarias de derecha” lo hacen siempre en el marco del Estado, garante de los acuerdos, defensor de su riqueza y propiedades, protector de sus monopolios, garantizador de sus rentas, y servidor abusivo de un orden y de una organización que tiene por fin último protegerles a ellos y perpetuar la explotación y las desigualdades. Plantean, por tanto, una organización social que desatiende a las víctimas que genera, y por tanto, un orden que distribuye la libertad de forma totalmente injusta y desigual.

Pero no resulta menos inmoral la opción de la socialdemocracia, de las élites y burócratas de lo público con su defensa a ultranza de los rescoldos del Estado del Bienestar, por su deseo de redistribuir y paliar los destrozos de un sistema capitalista del que se lucran y al que desean mantener con vida e incluso perfeccionar, otorgando cuidados paliativos a una población a la que se la convence para seguir soportando lo intolerable, convirtiendo en razonable su explotación y precariedad.

Tanto unos como otros desprecian nuestra libertad, porque aun cuando la proclaman como el bien más valioso que poseemos, menosprecian nuestra capacidad de diálogo, acuerdo y cooperación, porque nos atemorizan con los terrores sociales que acaecerían si quisiéramos ser realmente autónomos para gestionar nuestras vidas según nuestro deseo, y sobre todo, porque legitiman su propia libertad basada en la autoridad y el poder, en que hubo un momento histórico en el cual cada uno de nosotros cedió libremente su libertad para que una élite nos organizara con el objetivo de sacarnos del caos y de la violencia, única forma que posee el género humano, según ellos, de poder aspirar a una felicidad que sin embargo, nunca se nos acaba de otorgar.

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