RuiValdivia

Horas non numero nisi serenas

LA ABUNDANCIA DE LA VIDA

Que de una orquesta sinfónica emerja algo que traspasa la mera agregación de cada uno de los instrumentos que la forman, nadie que posea una mínima experiencia melómana podrá ponerlo en duda. Esa propiedad tan peculiar de los sistemas complejos –y no tanto- de hacer emerger acontecimientos que ni por asomo se pueden deducir de sus componentes individuales –en este caso instrumentales-, ayer pude volver a percibirla en la transubstanciación que se apoderó del Auditorio Nacional de Música durante la interpretación que Zubin Mehta nos ofreció de ese canto a la naturaleza y al ser humano que simboliza la Tercera Sinfonía de Gustav Mahler.

Y utilizo adrede el vocabulario nietzscheano por referir quizás la principal fuente de inspiración de esta sinfonía. Cuando Mahler comenzó a escribirla, Nietzsche acababa de comenzar también su peregrinaje por psiquiátricos y casas familiares de acogida ya poseído por la locura. Téngase en cuenta que comenzó a componerla bajo el título de “mi alegre sabiduría”, en referencia a La ciencia jovial del poeta y filósofo alemán.

Se habla del misticismo que respira la partitura, a veces, se la ha definido como el rezo de un agnóstico que dialoga con dios, y que por sus notas fluye un espíritu panteísta difícil de obviar y de no relacionar con ese otro judío universal, Spinoza. Mahler diría al respecto:

Apenas se puede decir que es música, son sonidos de la naturaleza. Es algo misterioso, se trata de la forma en que la vida va abriéndose camino gradualmente, saliendo de la inanimación, de la materia petrificada. En algún momento he pensado llamar a este movimiento ‘Lo que me dicen las montañas’. Y, a medida que la vida sube de estrato a estrato, toma formas cada vez más desarrolladas: flores, bestias, hombres, hasta la esfera de los espíritus, de los ángeles.

Mahler comentó incluso que su sinfonía no reflejaba la naturaleza, sino que había logrado introducirla dentro de su orquesta. En fin, en las obras mahlerianas, a diferencia de otras muchas, no escasean los comentarios, referencias, opiniones y descripciones, ya sea escritas por el propio compositor, como por sus amigos y contemporáneos. Todo ello forma un magma que sin duda debe nutrir y referenciar las escuchas que se realicen de la obra, y abrirla, cómo no, a múltiples e incluso contradictorias interpretaciones.

Ateniéndome a ello, yo no comparto la opinión de que Mahler refleje una atmósfera panteísta en la que dios se confunde con su creación, ni tampoco creo que sea una obra religiosa o mística en la estela de su predecesora, la sinfonía Resurrección.

A nadie le perturba ya el dictum nietzscheano de que “Dios ha muerto”. Sin embargo, se olvida con frecuencia su corolario, a saber, que también “el hombre ha muerto”. Y ello lo entendió tan bien Mahler que incluyó el poema que Zaratustra -el profeta de la muerte de dios- cantó para referirse a ello, el famoso epigrama que se abre con “¡Oh, hombre! ¡Oh, hombre!” y acaba con este enigma cantado por la contralto:

¡El mundo es profundo!

¡Más profundo de lo que pensaba el día!

¡Profundo es su dolor!

¡El deseo, más profundo que la pena del corazón!

Dice el dolor: ¡Perece!

Mas todo deseo anhela eternidad…

Anhela profunda, profunda eternidad.

Y por tanto, también poeta del übermensch, tan mal traducido como superhombre, y que mejor encajaría con trans-hombre, ultra-hombre, o “el hombre que va más allá del propio hombre”, y al que yo creo que está dedicada esta sinfonía que bien podría también situarse en el escenario abierto por la muerte del último hombre:

Mirad, yo os enseño el trans-hombre! El trans-hombre es el sentido de la tierra. Diga vuestra voluntad: ¡sea el trans-hombre el sentido de la tierra! ¡Yo os conjuro, hermanos míos, permaneced fieles a la tierra y no creáis a quienes os hablan de esperanzas sobreterrenales! Son envenenadores, lo sepan o no. Son despreciadores de la vida, son moribundos y están, ellos también, envenenados, la tierra está cansada de ellos: ¡ojalá desaparezcan!

Porque cuando dios muere, y con él sus profetas, qué otra cosa puede esperarse de un hombre que fue creado a imagen y semejanza de un moribundo. Precisamente este trans-hombre es el que emerge de la orquesta y el que con su último mensaje nos narra su propia creación, el mundo que sólo existe porque un ser humano lo ve, lo transforma y lo interpreta.

El espíritu que exhala Zaratustra es el de la abundancia. Continuamente se refiere a la virtud del regalo, al exceso que desborda, de la fiesta de la vida, la desmesura, la generosidad desmedida, de la copa cuyo néctar inunda el mundo: “Pero yo soy uno que regala: me gusta regalar, como amigo a los amigos”.

Y creo que esta sinfonía se lee mejor como el regalo que Mahler compuso en honor a este espíritu, al hombre ya libre que vive por y para la abundancia y que se transfigura en la melancolía del futuro: la sinfonía como anuncio, y también promesa de otro mundo, de un ser humano libre y al que la música le muestra el camino.

¿Por qué si no Mahler incluyó, después del canto anunciador del übermensch, un coro extraído del Des Knaben Wunderhorn, ese poema que anuncia, a través de la infancia, la venida de un mundo ahíto de alegría y abundancia?

Se traduce el título de este colosal poemario alemán como del cuerno mágico o maravilloso de la juventud, de la niñez o del muchacho, según las versiones. Pero realmente el Wunderhorn se refiere a algo que en su magia ofrece beneficios, una especie de cuerno de la abundancia, la famosa cornucopia latina, cuyo dibujo aparece en la primera edición del poema de Brentano y von Arnim, transformado en esta ocasión en el cuerno maravilloso del conde Oldenburg.

El espíritu jovial, placentero, festivo y generoso que destilan estos poemas los trasladaría Mahler también a su famosa colección de lieder, pero no pudo sustraerse en esta ocasión a la tentación de traer un poema ambiguo e infantil para anunciar la destrucción del cielo por un ser humano que se suicidó en el intento, no como una hecatombe, sino como un simple juego cargado de ingenuidad y también ironía:

¡Bim, bam!

Tres ángeles cantaban una dulce canción,

cuyas alegres notas resonaban en el cielo.

Tantos gritos de júbilo se oyeron

que hasta san Pedro quedó libre de sus pecados

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La abundancia de la vida by Rui Valdivia is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 4.0 Internacional License.

«LA ABUNDANCIA DE LA VIDA» recibió 7 desde que se publicó el jueves 17 de septiembre de 2015 dentro de la serie «~» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Ruiz.

Comentarios recibidos en este post y unidos a la discusión global de todos a través de la Matriz, nuestro espacio conversacional.

  1. @ruivaldivia ¡Qué maravillosa lectura de la tercera sinfonía de Mahler! Me encanta! La he puesto de fondo y voy por la segunda lectura del post. Es de tejido fino y profundo!

  2. Juanjo Pina dice:

    Me cae gordo como para pegarle tiros, pero era un genio. En el arte hay belleza y hay placer, y lo bonito es conseguir placer de la belleza, así que te doy la enhorabuena por disfrutar las "piezas de dos semanas para legión y orquesta" de Mahler, ¡de verdad que te envidio! 🙂

  3. Juan Ruiz dice:

    @antonio @juanjopina Si, la verdad es que Mahler puede resultar demasiado grande, un poco presuntuoso, elaborado. Yo por ello, después de una experiencia asi oigo a Coltrane o al Capullo de Jerez, que tampoco están mal, eh? ;-D

  4. Juanjo Pina dice:

    @ruivaldivia @antonio Para mí es cansino, simplemente. Fíjate que me gustan motetazos insufribles tipo Victoria o Guerrero, pero les cogí gusto cantando y la parte del placer ahí quedó saldada. Mahler es presuntuoso porque puede, no le niego ni un ápice de genialidad. Yo de Coltrane y Teleman puedo pasar fácilmente a Mónica Naranjo o Eskorbuto sin despeinarme 🙂

    Por cierto, un chiste friki.

    – Quiero unirme a los X-men
    – ¿Cuál es tu poder?
    – Saco piezas barrocas tirando a clásicas como quien hace churros sin que haya un mañana.
    – Tú serás Teleman.

  5. Mi preferida de Mahler la 3ª sin duda y mira que me gusta Titán pero esta… para mí es otro nivel.
    Mahler os puede caer bien o mal, pero en esa época en Alemania podías salir como él o como Wagner así que me quedo con Mahler.

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