UNA SELECCIÓN NO TAN NATURAL

Existe algo desagradable en la teoría de la evolución descrita por Darwin, y es el concepto mismo de la selección natural. Realmente este hallazgo ha sido interpretado de diversas formas a lo largo de la historia de la biología, pero en conjunción con ese otro concepto de la lucha por la existencia, elaborado por Malthus y recogido a su vez por Darwin, forman un binomio un tanto repelente, en cuanto serían los más aptos, los mejores, los únicos encargados de perpetuar el linaje. La utilización política y sociológica de estos conceptos se ha realizado en los más variados contextos, fue utilizada por Adam Smith y por Karl Marx, también por los eugenistas y por el fascismo, siempre para referirse a la lucha, ya sea por la existencia, de las clases o las razas para perpetuar a los grupos más capaces y situarlos en la cúspide del poder.

El término selección invoca algo que posee un fin, para lo cual existe algo o alguien que escoge a los mejores a tal efecto. El ser humano ha actuado desde el neolítico como un activo seleccionador de estirpes a nivel de semillas y animales, ganado, perros, etc. Lo que ha dado pie a que tradicionalmente la selección natural se haya entendido con ese carácter teleológico y antropocéntrico, como si la naturaleza que selecciona poseyera un objetivo consciente que aplica con precisión: los recursos naturales son escasos, todos los seres vivos luchan por su existencia y por ello, sólo los más capaces conseguirán los recursos y sobrevivirán transmitiendo su carga genética progresivamente mejorada. Si a esta interpretación le añadimos la idea del progreso, crisolada durante la ilustración, seremos capaces ya de componer ese cuadro tan intrigante de la evolución como un proceso continuado de mejora por mor de la victoria de los mejores en la lucha por la existencia. La competitividad que fomenta el capitalismo y que desea impregnar todos los ámbitos de la existencia humana sería la clave fundamental para entender el progreso tecnológico y el desarrollo de las mejores sociedades, cuyo ejemplo deberían seguir las restantes para no quedar abolidas de la historia humana. Una infamia. Si unimos estos tres elementos de la selección, la lucha y el progreso obtendremos ese concepto omnicomprensivo del devenir histórico, y que Spencer acuñó en la sobada frase de la supervivencia de los mejor adaptados.

A Darwin no podemos culparle de estas últimas consecuencias sociológicas del primigenio concepto de selección natural que él estableció y por el que se ha conseguido seguir el linaje de todas las especies terrestres, pero sí de haber dotado al concepto de un marcado carácter causativo y por tanto, que tanto en las ciencias naturales como en las sociales haya que buscar siempre la causa que provocó la consolidación de un determinado carácter heredable gracias a que fue la mejor respuesta a una adaptación ambiental, social o económica. Pero existe un hecho evidente que debería hacernos reflexionar y cuestionar el concepto de selección como una flecha lanzada a un futuro siempre mejor, y es que también los inadaptados consiguen sobrevivir en la sociedad, y que los pobres, los marginados, los débiles consiguen crear entornos donde su supervivencia resulta posible.

La utilización fraudulenta de este concepto de la selección y de su corolario de la supervivencia de los mejor adaptados lo explica espléndidamente Lewis Mumford en su libro Técnica y Civilización:

 “La doctrina Malthus-Darwin explicaba la dominación de la nueva burguesía, gente sin gusto, imaginación, intelecto, escrúpulos morales, cultura general o siquiera los más elementales sentimientos de compasión, que surgían a la superficie precisamente porque se adaptaban a un ambiente que no dejaba lugar ni tenía empleo para ninguno de esos atributos humanos”

La frase de Mumford incide en el ambiente, y creo que esta referencia a un ambiente que la burguesía genera para medrar me parece muy oportuna para entender mejor lo que significa la selección y entender las supuestas razones del devenir natural y social, y por supuesto, para desposeerlo de ese carácter intrínseco de continuo perfeccionamiento, de progreso. Y en tal sentido me parece muy ilustrativo el trabajo de dos eminentes biólogos chilenos, Humberto Maturana y Francisco Varela, en su libro El árbol del conocimiento:

“A menudo pensamos en un proceso de selección como el acto de escoger voluntariamente de entre muchas alternativas. Y es fácil la tentación de pensar que algo similar ocurre aquí: el medio a través de sus perturbaciones estaría ‘escogiendo’ cuáles de los muchos cambios posibles se dan. Es justamente lo contrario de lo que ocurre (…) no son las variaciones del medio que un observador ve lo que determina la trayectoria evolutiva de los distintos linajes, sino el curso que sigue la conservación del acoplamiento estructural de los organismos en un medio propio (nicho) que ellos definen y cuyas variaciones pueden pasar inadvertidas para un observador”

El proceso evolutivo, por tanto, más que una selección sería una deriva filogenética cuyos linajes se mantienen sólo si logran sobrevivir, es decir, mantenerse adaptados al medio en el que viven, si conservan un acoplamiento estructural coherente con las variables del ambiente o nicho en que viven y que ellos mismos han ayudado a crear. Por esta razón, no sobreviven los mejor adaptados, sino todos aquellos que no se destruyen en este proceso, simplemente los aptos. Y algo más, sólo aquellos que no destruyen el entorno donde su acoplamiento estructural resulta viable. La palabra mejora o progreso no existe en la naturaleza, es el observador que escribe la historia natural o social el que inventa el sentido y objetivo de ese devenir.

Por ejemplo, observamos por el registro fósil que uno de nuestros antecesores a partir de un determinado momento se irguió y empezó a andar, y a continuación, guiados por el concepto de selección natural reflexionamos sobre la causa que provocó esta adaptación y qué ventaja comparativa consiguió ese homínido para consolidar en su estirpe esta mutación para hacerla llegar hasta nosotros: se puso de pie porque con ello pudo mejorar su campo visual y también le permitió liberar las manos para usarlas como herramientas. Pero en realidad pudieron haberse verificado otros cambios estructurales viables, sin embargo, el hecho de que hayan sido precisamente esos los que nos han convertido a nosotros mismos en lo que ahora somos parece que los dota de algo excepcional en virtud de que fueron esas las mutaciones que hicieron posible, en un contexto ambiental determinado, el surgimiento de nuestro cerebro e inteligencia, de la que nos sentimos muy orgullosos.

Se obvia, en cambio, un hecho fundamental, que el ambiente co-evoluciona con las diferentes estirpes, y que cada especie viviente genera un nicho donde poder sobrevivir, y por tanto, que ambos se adaptan mutuamente, y que no es el ambiente el que selecciona, sino únicamente el ser vivo el que a través de cambios azarosos consigue sobrevivir. El término selección natural nos incita a considerar ésta como un proceso paulatino de elección donde la madre naturaleza, a través de la lucha, escoge a los mejores, de tal modo que a través de un sofisticado proceso de optimización las diferentes especies van mejorando su eficacia reproductora y depredadora. Pero para sobrevivir, y en concreto, para que un cambio se mantenga, no hace falta satisfacer ninguna condición de eficiencia u optimización respecto a un parámetro biológico, digamos, velocidad, consumo de oxígeno, termogenia, altura, porcentaje de grasa, etc., sino únicamente que la mutación sea compatible con el ser vivo donde ésta se produce y con el ambiente donde éste vive. Por ello, hubiese sido más apropiado nombrar la selección natural como deriva natural, y no inferir de ello conceptos tan peligrosos social y políticamente como los de elección, misión y supremacía. Nuestro entorno natural, y nosotros mismos, somos uno de los muchos posibles y por supuesto, no nos podemos considerar como los más eficaces o mejores sólo por el hecho de existir y haber llegado los últimos. Afirman Maturana y Varela:

“Lo que nosotros proponemos aquí es que la evolución ocurre como un fenómeno de deriva estructural bajo continua selección filogenética en el que no hay progreso ni optimización del uso del ambiente, sino sólo conservación de la adaptación y autopoiesis, en un proceso en que organismo y ambiente permanecen en un continuo acoplamiento estructural”.

Este corpus conceptual creado alrededor del término selección natural y aplicado a la sociedad ha producido verdaderos monstruos interpretativos y peor, justificativos de graves injusticias históricas y actuales, que hemos aprendido a comprender y disculpar en los libros de historia porque precisamente nosotros somos los últimos herederos de una lucha que nos ha convertido en los mejores, en los mejor adaptados. Resulta sorprendente que el juicio ético lo hayamos pervertido hasta tal punto que consideremos únicamente como criterios de moralidad el tiempo y la competencia (o la lucha por la supervivencia).

Se acepta que si no se compite no se puede progresar, que si no eliminamos a los peor adaptados, los mejores no podrían medrar, y que únicamente podremos cumplir nuestra misión natural como especie si somos eficientes y nos optimizamos. El capitalismo encuentra así en la biología un aliado muy valioso para justificar que las únicas leyes válidas en una sociedad que desea ser próspera se basan en la lucha continua, en la competitividad de los egos. Pero si empezamos a aprender a considerar la evolución como la deriva de un barco que lo único a lo que aspira es a flotar y no a arribar en el mejor puerto, empezaremos a entender que otras normas son posibles y viables, y que quizás lo más destacable de nuestra “misión” no sea tanto progresar cuanto “optimizar” nuestra relación con el medio social y natural en que necesariamente debemos aprender a vivir como especie. En lugar de sobrevivir, convivir.

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