REDES DE OBJETOS: UN MUNDO PROGRAMABLE

EVERYTHING_FINALLa red posee una doble faz. Nos puede atrapar. Y también liberar. Según estemos dentro, o seamos parte de ella, internet nos puede sojuzgar u ofrecer infinitas posibilidades de desarrollo. Hay que ser nudo, parte de su urdimbre, y no dejarse envolver por ella.

En internet fluyen muchas realidades y simulacros. El sueño de la libertad, de la descentralización, la autonomía y la coordinación, así como la pesadilla de la centralización, el totalitarismo y el control. Internet se define como un nuevo espacio de interacción humana, y por tanto, como otro frente abierto al conflicto y a la cooperación. Que internet no se haya convertido del todo en parte del Leviatán, se debe a los miles de internautas que con su trabajo, tesón e ilusión seguimos apostando porque este entorno de interacción físico y vivo sea parte de un movimiento más global de liberación del conocimiento, de democratización de las decisiones sobre cómo vivir e interactuar.

Interactuar. Actuar en común. Influirse mutuamente a través de ese medio que es la red digital. Hasta ahora, interactuar entre las personas en un proceso de integración donde esas otras redes de telefonía, radio, satélite se vierten en el flujo común de internet. Y cómo no, poder manejar datos, compartirlos, utilizarlos y crear conocimiento. Ese BIG DATA que entre todos estamos creando con nuestros rastros digitales. Datos que se encuentran dispersos en servidores, ordenadores personales, las nubes públicas y corporativas, etc. La internet de las personas y de los datos de esas personas, y también de los datos que los objetos de las personas generan.

Cada persona en internet somos una o varias direcciones IP, los números de identificación personal vinculados a nuestro ordenador, nuestro teléfono móvil, Smartphone, etc., que se almacenan en un servidor en USA y que nos convierten en nudos activos de la red internet. Hasta ahora esta interacción a través de internet era fundamentalmente humana, mediada por esa IP que en última instancia activa un ser humano a través de un dispositivo electrónico. Es decir, llamar, hablar, enviar un mensaje o un email, compartir unos datos, una fotografía, archivos, vídeos, música, etc., procesos más o menos automatizados que entran y salen a través de esa llave que es cada una de nuestras IP. Hasta ahora nada nuevo.

Pero fijémonos en los sensores y en los objetos que nos rodean. También estaban en la red. Pero de forma indirecta, mediada por el ser humano que los compartía a través de su IP. Muchas personas, empresas, administraciones públicas poseen bases de datos de los objetos, de la realidad material que nos rodea. Mucha de esa información se obtiene a través de sensores que descargan los datos del ambiente, de la realidad, en determinados ordenadores y servidores. Y hasta ahora, la manera habitual de trabajar con estos datos consistía en conectarse con el servidor correspondiente y descargarlos. Por ejemplo, sensores de contaminación ambiental, aforos en río o en carreteras, cámaras fotográficas, pluviómetros, cámaras de seguridad, etc.

Pero pensemos en el GPS, un sensor de presencia ubicua en nuestras vidas. Hacemos una excursión y este dispositivo-sensor que llevamos en la muñeca almacena los datos del recorrido. Los descargamos en nuestro ordenador y los compartimos. Nada nuevo. Hasta que el GPS se integra, por ejemplo, en el teléfono móvil. Esto hace que el sensor GPS posea ahora también la IP de nuestro móvil, por lo que los datos que está recogiendo podrían verterse directamente en la red, sin ese almacenamiento intermedio que antes era imprescindible. Lo que quiere decir que no sólo se lo podremos estar enviando a un amigo en tiempo real, sino que cualquiera que posea permiso podría conectar directamente con nuestro GPS, a través de su IP, y obtener información de nuestros movimientos.

¿Me he dejado encendido el horno? ¿Podría internet echarme una mano? Pues bastaría con que nuestro horno tuviera una dirección IP, a través de la cual podríamos conectarnos desde el ordenador del trabajo o desde nuestro móvil, para averiguar el estado en que se encuentra ese objeto que es el horno de nuestra cocina. Si esta posibilidad la pudiéramos hacer extensiva a todos los objetos de nuestro entorno, habríamos creado esa nueva realidad que ya se nombra como INTERNET DE LAS COSAS.

Se abre así la posibilidad no sólo de que las cosas interactúen con los seres humanos a través de internet, sino que los objetos puedan también comunicarse entre sí. No sólo saber si el horno está encendido, sino también poderlo accionar desde nuestro teléfono móvil o Tablet. Y lo que resulta todavía más revolucionario, poder conectar vía internet el horno con otros sensores y que en función de los datos recibidos el horno tome la decisión de actuar según un protocolo. Y por tanto, que no únicamente el propietario del horno, sino toda la comunidad virtual en internet, pudiera visualizar los mismos datos, e incluso, junto con el propietario, gestionar el horno y sus sensores en común.

Esta internet de las cosas (IoT, Internet of Things) ya está aquí, no sólo como posibilidad, sino también de forma práctica. Y en breve se va a expandir a similar velocidad a como lo hicieron, por ejemplo, los Smartphones. Teclee el concepto en cualquier buscador de internet, y comprobará la cantidad de experiencias y servicios que existen al respecto (Véase, por ejemplo). Una oportunidad, pero también un nuevo riesgo que gestionar. Si hasta ahora debíamos preocuparnos de los virus o de los “curiosos” de nuestro ordenador o móvil, ahora también de los virus y de todos los agentes que en principio podrían invadir nuestra realidad a través de los identificadores IP de nuestros objetos: no sólo el horno, sino también las luces, la calefacción, el coche, la televisión, etc. Tan sólo quedan dos retos tecnológicos por acometer, el de crear un nuevo protocolo IP que permita integrar en internet toda esa nueva realidad, ya que los identificadores actuales han sido agotados. Y crear pilas o baterías miniaturizadas de alto rendimiento y autonomía.

La Smart-city o el Smart-home adquieren así una nueva dimensión, y ofrecen un protagonismo prometedor a la gran comunidad de desarrolladores y emprendedores que con herramientas de software y hardware de código abierto están liderando la mayor parte de las innovaciones en este campo. Por ejemplo, ARDUINO, un prototipo open-source que permite recoger datos de sensores, enviar respuestas y transmitir los datos vía internet. Plataforma sobre la que se están diseñando en código abierto numerosas experiencias y proyectos empresariales en la línea de crear un entorno interactivo de objetos. Recomiendo visitar COMPLULAB donde apenas unos estudiantes de bachillerato han creado una  plataforma robótica de código abierto. O también Spark Core, un chip que pude conectar a internet cualquier objeto y cuyo gadget SmartThing ha sido financiado con crowdfunding y permite acercar el mundo de la domótica a cualquier usuario.

O la plataforma RASPBERRY PI de la Universidad de Cambridge, un procesador-ordenador del tamaño de una tarjeta de crédito, que cuesta tan sólo unos 40 euros, y que permite incorporarla como hardware de proceso y comunicación a cualquier objeto cotidiano, o para utilizarla como ordenador personal o servidor a un coste ridículo y con un software de programación y un hardware totalmente abierto y en el que una comunidad cooperativa de diseñadores y programadores trabaja activamente compartiendo todos los hallazgos y experiencias.

También la plataforma pública Xively, que permite almacenar y compartir en la nube los datos generados en la IoT.

En Medialab Prado, por ejemplo, se pueden ver proyectos a nivel de sensores urbanos de contaminación realizados con esta tecnología, y consultar información sobre diversas comunidades de desarrolladores  en este campo.

Frente a la imagen de gran hermano y proyectos cerrados que algunos defienden en torno al mundo del Smart, esta comunidad de la Internet de las Cosas (IoT) nos ofrece un entorno abierto de experiencias compartidas, de desarrollos a medida y personalizados según las necesidades particulares de los usuarios, y en el que el conocimiento, la innovación y los desarrollos se acumulan y se comparten.

Como en tantos otros campos de la innovación, las redes abiertas cooperativas ofrecen las mejores oportunidades y la mayor eficacia, un conocimiento del que, no nos engañemos, multitud de grandes corporaciones están intentando apropiarse para establecer patentes y licencias de uso exclusivo, controlar la vida y los entornos vitales de los ciudadanos. Este nuevo campo de experimentación social y tecnológica debe ser también protegido de la rapiña de los poderosos.

La Internet de las Cosas permite incorporar la realidad, el ambiente y los objetos a la red virtual junto con las personas que en ella ya estamos interactuando, y puede ayudar a crear un entorno de libertad y cooperación cibernética más allá de la programación, y que en relación con las posibilidades que abre la impresión 3D y la robótica, extensible a las cosas y al hardware. Y por tanto, que la mayor parte de las rentas creadas con esta innovación se queden en la sociedad y no fluyan como beneficios exorbitados hacia las grandes corporaciones y monopolios. Este nuevo espacio de comunicación de la sociedad con el mundo (la realidad programable) ofrece la posibilidad de hacer realidad una comunidad humana que aspira a la máxima libertad, y que gracias a esa inteligencia colectiva que entre todos compartimos y estamos desarrollando, nos podamos ir alejando cada vez más de los centros de poder, de la centralización, de los monopolios y los Estados, una comunidad de ciudadanos y de sus objetos interactuando libremente. Multitudes y Cosas.

2 comentarios sobre “REDES DE OBJETOS: UN MUNDO PROGRAMABLE

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  1. Verdaderamente interesante, lectura optimista de la internet de las cosas. Espero y deseo que nos lleven-como dices-cada vez más lejos de los centros de poder y de la centralización.

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