ENSAYO SOBRE LAS DOS RUEDAS (viii)

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¿De quién son las carreteras?

El Estado ha construido las carreteras para los automóviles, del mismo modo que los raíles los dispuso para los trenes. Pero, ¿y los tractores, los caballos y los carros, los peatones, las bicicletas, qué pasa con ellos? Estaban aquí antes que los coches. Los caminos que había previamente a las carreteras fueron construidos y mantenidos, directa o indirectamente, para todos ellos, para posibilitar unas comunicaciones con los medios de transporte existentes antes de la irrupción del automóvil. Muchas carreteras han sustituido a estas vías, ya sea porque muchos de sus tramos discurren sobre los antiguos, como por haber abandonado las diferentes administraciones el mantenimiento de la red caminera previa a la aparición de las carreteras de asfalto. Se ha establecido así un precario equilibrio en el que peatones y ciclistas soportamos la mayor parte de los inconvenientes en las carreteras, pero sobre todo, en sus tramos urbanos, las antiguas calles invadidas ahora por la circulación automovilística. ¿De quién son las carreteras, de quién las calles? Supongo que la solución consistiría en una espacie de acuerdo o pacto que hiciera posible la convivencia, en compartir unas infraestructuras que deberían ofrecer usos variados y complementarios. Pero el poder mediático, político y económico lo poseen los automóviles, la industria del coche, la de la construcción, la economía que aboga por vías rápidas que minimicen los tiempos y los costes de transporte. Todo se alía contra el peatón y contra la bicicleta. La ciudad debe funcionar, el tráfico debe ser fluido y las personas que andamos y pedaleamos constituimos un estorbo que hay que expulsar de las carreteras, del asfalto, y mantener alejados en aceras cada vez más estrechas y desconectadas, en paseos peatonales y vías ciclistas que no conectan nada y que se construyen o disponen con afán lúdico, comercial o propagandístico, pero en pocas ocasiones con el objetivo de facilitar el transporte a pie y en bicicleta.

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LA IMPORTANCIA DEL TAMAÑO (y 2ª parte)

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El Estado, como hemos visto, lejos de regular la economía para impedir el afloramiento de monopolios y grandes empresas, la organiza con el objetivo contrario de crear un marco normativo y económico favorable a la aparición de economías de escala y de fallos de mercado. Recordando el símil del globo con el que caracterizábamos a las empresas y su tamaño en relación con las fuerzas económicas que las hacen crecer o menguar, el Estado sería como una bomba de presión que inyectara aire en las empresas haciéndolas crecer a costa de la libre competencia de los mercados y en contra del tejido empresarial más dinámico, eficaz e innovador de las pequeñas industrias.

Junto con las economías de escala que fuerzan el crecimiento y la concentración, se encuentran también las “deseconomías de escala” que justo coadyuvan a que el dimensionamiento por encima de determinados ratios provoque rendimientos decrecientes con el tamaño. Recordemos que las dimensiones de las empresas de un determinado sector económico, y su tendencia al monopolio, se relaciona muy estrechamente con la forma de gestionar la información y el conocimiento. Y precisamente serán los factores relacionados con la gestión de este conocimiento experto, la información propia y de su entorno, y las decisiones empresariales y de producción las que, a medida que crece la organización, podrían estar provocando la merma de su productividad.

Estas “deseconomías de escala”, que introducen ineficiencia en relación directa con las dimensiones industriales, en un entorno de libre competencia sin la intervención pro-capitalista del Estado, deberían impedir que las empresas crecieran por encima de cierto tamaño razonable. Si en el mundo real las empresas desbordan estos límites, se debe a la conjunción de dos factores, por un lado, y como hemos visto, que estos sean contrarrestados por las “economías de escala” que artificialmente crea el Estado con su regulación y política favorable, y por otra parte, que un porcentaje elevado de estos extra-costes derivados del tamaño no los soporte la propia empresa, sino la sociedad en su conjunto.

En las organizaciones jerárquicas y centralizadas de las grandes corporaciones se da un desacople claro y palmario entre el tamaño y la inteligencia. En primer lugar, problemas de información. Como afirmaba Coase, el interior de la empresa sustituye al mercado, por lo que las decisiones sobre asignación de recursos no descansan en el mecanismo de los precios, sino en las decisiones autoritarias de sus gestores. Y esto genera ineficacia en proporción directa al tamaño de la empresa, en la medida en que los gestores cada vez se ven más incapacitados para suplantar la cibernética de la regulación automática del mercado, por la planificación centralizada. Dentro de la empresa no existe el mecanismo del precio para asignar óptimamente los recursos y los factores de producción, por lo que cuanto más grande sea la empresa en mayor media tenderá a parecerse a un mini-soviet planificador y autoritario, incapaz de asignar eficientemente los recursos.

Las grandes organizaciones tienden a distorsionar la información que fluye por sus largas e ineficaces cadenas de decisión, porque la jerarquía y las relaciones de poder sobreimpuestas a la estructura de conocimiento y tecnología provocan errores difíciles de subsanar. La jerarquía, la administración y la burocracia empresariales, más que para incrementar la productividad trabajan para controlar y extraer rentas, para imponer un sistema de poder, una cadena de mando que crea la ficción de la cabeza central, sabia y pensante, ordenancista, que todo lo controla y que en consonancia, adopta las decisiones más racionales para el buen funcionamiento de la organización. Una falacia. Como consecuencia de la mayor disparidad y alejamiento entre las partes productivas y gestoras de las grandes corporaciones, el desconocimiento del trabajo y de la tecnología implicadas resulta cada vez menor entre sus gerentes, los cuales deben desplegar todo un sistema de gestión por objetivos, y de supervisión a través de métricas “virtuales”, que lejos de medir el rendimiento y la eficacia real de los procesos, tan sólo abundan en recopilar una información puramente burocrática que permite la gestión endogámica en escritorios y consolas, en reuniones de dirección que en nada repercuten, si no perjudican, el real funcionamiento de la empresa.

El crecimiento de la empresa provoca el incremento exponencial de los llamados costes de distribución que debe enfrentar toda industria que opere a gran escala, en la medida en que se amplían las distancias a cubrir por todas las cadenas de valor implicadas en el transporte, ya sea de los insumos, como sobre todo de los productos intermedios a través de la cadena de montaje global, y de los productos finalizados hacia su embalaje y mercado mundial. La logística, como técnica de optimización de todos los procesos de distribución, adquiere en el día de hoy una importancia decisiva para el gran capital. Debemos mencionar que, según los sectores, la logística cada vez representa un coste mayor y un porcentaje creciente del valor final de mercado de las mercancías, que ya supera en muchos casos a sus propios costes de producción. Y que si las grandes empresas pueden enfrentarlos y a pesar de ello continuar siendo competitivas frente a las empresas de menores dimensiones, se debe al soporte que reciben desde los Estados a través de sus políticas de transporte. En concreto, resaltar cómo los grandes operadores de infraestructura pública (puertos, ferrocarriles, aeropuertos, etc.) compiten entre sí por atraer toneladas en un marco de sobre-dimensionamiento de capital, y cómo los Estados están implantando estrategias logísticas para ayudar, con dinero público, a abaratar costes de distribución, en contra de los consumidores, del medio ambiente y de los competidores que operan a menor escala.

Asimismo, los Estados han creado artificialmente monopolios, ya sea para promover un bien público o para garantizar la prestación de un servicio a un precio razonable. Agua, electricidad, transporte público, sanidad, comunicaciones, son algunos ejemplos. En unos casos amparándose en la teoría de los “monopolios naturales” (las essencial facilities anglosajonas), en otros con el objetivo de garantizar un servicio público, para impulsar una industria o sector estratégico o para asegurarse una línea segura de abastecimiento en materia, por ejemplo, de defensa o seguridad, los Estados han constituido, ya sea por ellos mismos, o a su sombra, un entramado de monopolios protegidos de la competencia por estrictas leyes y reglamentaciones. Aquí aparecen dos elementos que me gustaría destacar.

En primer lugar, sobre la existencia real de monopolios naturales, en síntesis, sobre si resulta cierta la teoría sobre la que se basa la regulación estatal y hasta la nacionalización de ciertos sectores. El surgimiento del concepto y su evolución histórica ha sido detallado de forma palmaria por M. Mosca en On the origins of the concept of natural monopoly. La teoría dice que en ciertos sectores sujetos a elevados costes fijos de instalación donde se utilizan recursos naturales limitados, el hecho de que el coste medio de producción del servicio o mercancía disminuya con el volumen producido, provocará que una única gran empresa acapare todo el uso del recurso natural, transformándose así en el exclusivo prestador del servicio, por lo que aplicará un precio de monopolio superior al óptimo social. Aquí resulta interesante resaltar la importancia del trabajo de Baumol en relación a los mercados atacables (contestable markets) y sobre las barreras de entrada a las que están sujetos determinados sectores económicos. Lo que refleja, entre otros trabajos académicos sobre el caso, la dificultad que plantea estudiar este ámbito de la economía en el que históricamente la regulación y la intervención estatal ha sido tan intensa, ya que resulta casi imposible discernir qué componente de los costes y de la competitividad refleja una real situación “natural” o en cambio, la artificial creada por el Estado a través de sus políticas regulatorias.

En segundo lugar, la privatización de las empresas nacionales y de los servicios públicos creados históricamente por los Estados. Con independencia de la idoneidad o no de nacionalizar o monopolizar la prestación de un servicio, lo cierto es que la venta de estas empresas -creadas con esfuerzo público y regulado su mercado para evitar la competencia- al sector privado y la consustancial reglamentación para que potenciales competidores compitan en el mercado, provoca varios fenómenos, todos ellos lesivos para los ciudadanos y para la eficacia de los servicios públicos, en la medida en que el regulador público lanza al mercado contingentado toda una industria protegida de la competencia, sin estímulos para comportarse eficientemente más allá de los controles políticos que se impongan: el caldo de cultivo perfecto para la corrupción y el derroche.

Lo cierto es que el sistema capitalista tiende a crear, tanto en el sector privado, como en el público, la clase social de los gestores-burócratas de alto nivel, expertos en jugar, manejar e intercambiar las fronteras de lo público y de lo privado con pragmatismo y liberalidad, una clase que realmente se encuentra cómoda trabajando en esas grandes corporaciones-ministerios, al margen del control económico de los mercados libres y protegidos por su propia legislación. El capitalismo resulta sinónimo de monopolio, no porque el mercado libre los genere, sino porque el Estado impone unas condiciones de privilegio que lo hace aflorar en contra de la iniciativa individual de los pequeños productores. Y la privatización de servicios públicos que previamente fueron nacionalizados, en muchos casos eliminando la concurrencia de los pequeños empresarios, ha sido un proceso continuo donde las élites funcionariales y empresariales han sabido convivir en feliz maridaje. Esto ha provocado la perversión de la democracia y del mercado, porque las decisiones sobre el bienestar de las personas se han delegado en una casta de burócratas y expertos de lo público, a los que en la novela 1984, el escrito británico G. Orwell se refirió como la nueva clase de expertos procedentes del socialismo Fabiano:

La nueva aristocracia se constituyó fundamentalmente por burócratas, científicos, técnicos, sindicalistas, publicistas, sociólogos, profesores, periodistas y politólogos. Esta gente, cuyos orígenes proceden de la clase media asalariada y de la cúspide de la clase obrera, había sido reunida y conformada por el árido mundo de la industria monopolística y el gobierno centralizado.

No difiere demasiado el trabajo de los altos funcionarios en un gran Ministerio del que realizan en sus correspondientes monopolios privados: planificación, captura de rentas, relaciones públicas, jerarquía y autoridad. Tanto las grandes empresas nacionalizadas, como sus correlatos privatizados, funcionan de similar forma, como grandes emporios jerárquicos que controlan la demanda gracias a la regulación pública y que lejos de alcanzar la eficiencia económica en la asignación de factores productivos optimizan la captura de rentasdesde el sector público, en suma, a costa de la libertad y de la economía de los ciudadanos.

Por último, pensemos en la innovación tecnológica, un factor clave para entender, desde Schumpeter, la falsa ventaja natural del gigantismo sobre la pequeña empresa. En lo que realmente han destacado las multinacionales no ha sido en su capacidad para la creación de conocimiento o de novedades tecnológicas y de organización de procesos, sino en su trabajo eficaz y decidido por inscribir patentes en los registros y protegerlas con el poder de toda una burocracia privada y gubernamental puesta a su servicio. La mayor parte de las innovaciones que pueblan nuestra realidad tecnológica, tanto a nivel de utensilios como de procesos industriales, no fueron desarrolladas en el seno de las grandes empresas, cuyo trabajo en esta materia no consistió tanto en innovar cuanto en subsumir y encapsular en forma legal de patentes el conocimiento creado por otros. La gran empresa resulta ineficaz para innovar, porque no se rige por el trabajo cooperativo, porque su estructura de poder y jerarquía reprime la originalidad, porque sus estudios estratégicos carecen de realismo, porque la inversión en I+D en la gran empresa, a pesar de que acumule la mayor proporción de gasto estatal en esta materia, reporta ratios de eficacia por euro invertido muy inferiores a los de otras empresas mucho más pequeñas que poseen un marco de incentivos mucho más apropiado para la innovación. Lo que distingue a la gran empresa en este campo, y es lo que nos confunde, es su enorme capacidad legal para proteger sus patentes de la competencia, por crear un entorno de monopolio basado en el uso exclusivo de tecnologías, por su beligerancia contra la libre difusión del conocimiento, y por el abuso de una legislación de copyright que no posee el objetivo de maximizar la creación y la innovación, sino la de hacer aflorar cotos exclusivos de privilegio al servicio de las grandes empresas.

Nos equivocamos cuando concebimos al capitalista como un atleta de la eficiencia. El objetivo del capitalista no consiste en optimizar o en conseguir que la empresa funcione de forma totalmente racional y óptima, es decir, que su rendimiento tecnológico sea eficaz, sino en optimizar la extracción de beneficios de toda la cadena de valor directa e indirectamente relacionada con la gestión de su empresa. Y esta actividad extractiva, que se centra no tanto en la eficacia de la producción, cuanto en la eficiencia acumulando subvenciones, ventajas, apoyos políticos, intereses financieros, concibe el propio proceso productivo como un mero objeto de intercambio en el mercado contingentado del apoyo público de ese Estado benefactor que basa toda su política en atraer grandes inversiones y proteger al grande a costa de los pequeños. Por esta razón, la extracción de rentas al máximo, lo que de hecho conlleva es una reducción de la eficiencia económica o tecnológica de la factoría, desde el momento en que una parte de las rentas son conseguidas exógenamente a la propia empresa, a costa de esa la misma gestión óptima social. Y a que, por otra parte, las estructura jerárquicas y de control que el capitalista impone para extraer rentas perturba la asignación óptima de recursos en el interior de la empresa y desincentiva la aplicación de conocimiento experto por parte de los trabajadores. En la gran empresa se da un conflicto de intereses entre la cúpula que controla y los propios trabajadores, y en esta situación asimétrica nunca se podrá alcanzar un funcionamiento, no digamos justo, sino mínimamente eficaz de la maquinaria tecnológica, máxime cuando la empresa debe enfrentar unas condiciones de incertidumbre que difícilmente podrá superar a consecuencia de su tamaño mastodóntico. En síntesis, el capitalista maximiza las rentas a expensas de la propia productividad de la empresa, y por tanto, en contra de sus propios trabajadores y de los consumidores.

Decíamos (aquí, aquí y aquí) que el Estado del Bienestar -una fase entre otras de la camaleónica historia del capitalismo de Estado- se implantó, entre otras razones, para fijar el conocimiento experto de los trabajadores en las grandes empresas, para fidelizarlos al engranaje estructural del capitalismo. Y que en el derrumbe o demolición de los Estados del Bienestar de la posguerra, está jugando un papel muy destacado, tanto la extracción de rentas desde la especulación financiera internacional del capital, como la utilización de las nuevas tecnologías de la información y de las comunicaciones (TIC) para usar la logística y la desagregación de funciones y operaciones al servicio de la máxima rentabilidad. El capitalismo consideró que ya le sobraba el Estado del Bienestar, porque creyó que podía encapsular el conocimiento experto como puro software de proceso, y atomizar las funciones de producción y venta de mercancías en los territorios más rentables (fiscalidad, exenciones, impuestos, infraestructuras, medio ambiente, etc.), utilizando la logística para ensamblar lo disperso, la ingeniería financiera para colocar óptimamente en los mercados las rentas extraídas del proceso productivo. La gran empresa, que en la posguerra se caracterizó por perseguir la máxima integración vertical, en el posfordismo que destroza los Estados del Bienestar europeos se singulariza por la integración horizontal, el outsourcing (subcontratación) y el offshoring (deslocalización). Un nuevo marco de competitividad internacional en el que los Estados se ofertan como territorios baratos y dotados de infraestructuras a un capital que se mueve con soltura buscando el cóctel perfecto y más rentable de funciones productivas y localizaciones geográficas. La crisis fiscal que asola el Estado del Bienestar procede de aquí, de haberse transformado los Estados en ofertantes de servicios empresariales y por la imposibilidad, y digamos también, impotencia, coraje y desidia a la hora de aplicar una política fiscal justa a las rentas del capital y al patrimonio.

Las pequeñas empresas, los autónomos, los emprendedores, los talleres y factorías locales, el pequeño comercio, siempre han estado aquí, a pesar de la guerra abierta que el capitalismo les ha planteado. Lejos de obtener apoyos públicos han debido luchar contra la protección que el Estado siempre le ha otorgado al monopolio, a la gran multinacional, a las grandes factorías y emporios empresariales. Su capacidad de adaptación ha sido heroica. Sorprende contemplar cómo han sobrevivido, a pesar de las numerosas bajas y de la labor continua y asfixiante de demolición de la iniciativa privada que ha llevado a cabo el Estado del Bienestar desmotivando el carácter emprendedor y la autonomía.

Afortunadamente ya nos estamos introduciendo en un nuevo escenario, plagado de incertidumbres, pero también de oportunidades para romper la connivencia del Estado con el capitalismo y sus monopolios privilegiados, a las que ya me referí en la tercera parte del post dedicado a La involución de las masas. En suma, esas mismas TIC que favorecieron el proceso de deslocalización empresarial también están promoviendo la aparición de nuevos actores económicos que basados en el uso del procomún, de la economía en red, la innovación tecnológica, están llevando a cabo una verdadera revolución de los pequeños y de los pobres. Hoy asistimos a una proliferación de proyectos innovadores relacionados con el comercio, la financiación, la producción, la tecnología, impulsados por pequeños innovadores y emprendedores que conectados en red son capaces de cooperar y compartir libremente el conocimiento y la experiencia. Esta nueva economía atomizada y cooperativa demuestra el error en el que incurrió el capitalismo al pretender encapsular el conocimiento, porque el saber experto que hoy se aplica a la mayor parte de los procesos productivos no puede desgajarse de las personas y del diálogo que entre ellas se genera en el proceso de trabajar y crear. Por ello las cadenas de montaje globales están explotando, y sus partes constitutivas, liberadas de la centralización, del control jerárquico y de la explotación económica impuestas antaño por los monopolios, están aprendiendo a rehacer, esta vez con mayor eficiencia, y utilizando autónomamente esas mismas TIC, las cadenas de cooperación productiva, pero esta vez entre pares que pactan individualmente las condiciones y las oportunidades.

Planificación, predictibilidad, estabilidad, seguridad, conceptos vitales para el capitalismo de Estado, imprescindibles para ejercer control sobre las masas. Y unas tecnologías de la información y de la comunicación que sin duda están siendo utilizadas por el poder económico y político para intentar hacer todavía más asfixiante el mundo regulado, programado y controlado al que el capitalismo aspira. Pero la revolución de los pequeños nos ofrece una oportunidad, una salida factible y esperanzada para poder aspirar al orden y a la racionalidad desde la libertad, sin necesidad de instaurar los sistemas de control y explotación propios del capitalismo de Estado. No sólo habrá que competir contra las grandes empresas protegidas y privilegiadas, sino también contra los Estados.

No me puedo sustraer a la tentación de concluir con el siguiente pensamiento, del escritor norteamericano, Benjamin Tucker, en 1893:

(…) que el salario natural del trabajo es igual a su producto; que este salario, o producto, es la única fuente legítima de ingresos (dejando de lado, por supuesto, los regalos, las herencias, etc); que todos los que derivan ingresos de cualquier otra fuente lo sustraen directa o indirectamente del natural y justo salario del trabajo; que este proceso de sustracción generalmente toma tres formas, — interés, renta y lucro; que estas tres formas constituyen la trinidad de la usura, y son simplemente diferentes métodos de imponer un tributo por el uso de capital; que siendo el capital simplemente trabajo almacenado que ha recibido ya su pago completo, su uso debe ser gratuito, bajo el principio que el trabajo es la única base del precio; que el prestamista de capital se merece el retorno intacto de la cantidad que prestó, y nada más; que la única razón por la cual el banquero, el accionista, el terrateniente, el fabricante, y el mercader están capacitados para extraer usura desde el trabajo yace en el hecho de que están respaldados por privilegios legales o monopolios, y que la única manera de asegurar que el trabajo reciba el salario natural -es decir, su producto íntegro- consiste en derribar los monopolios.

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ENSAYO SOBRE LAS DOS RUEDAS (vii)

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Enemigos que nos miramos de reojo

Pero la mayoría de las ocasiones montamos solos, a los sumo con algún amigo, tres o cuatro colegas que pedaleamos en parejas, y que por tal razón recibimos los insultos de algunos automovilistas, ignorantes del código de la circulación, y que nos echan en cara que no vayamos en fila india y todavía más allá del arcén, por la cuneta, porque la carretera, qué duda cabe, les pertenece a ellos. Vivimos en un país en el que la población ha aprendido a dormir la siesta oyendo el tour o a la vuelta ciclista a España. Lo que lejos de haber provocado algún tipo de simpatía, empatía digamos inconsciente premeditada, por el ciclista, ha despertado ingratitud, a veces incluso odio, hacia esos esforzados jóvenes, jubilados, parejas, amigos que utilizamos la sangre propia y que quemando glucosa y grasas compartimos una calzada que ellos creen que se la estamos robando, usurpando.

El mayor peligro del ciclista no proviene de su corazón desbocado, tampoco de un desequilibrio repentino, de averías, de choques fortuitos en un pelotón, o de un despiste o un fallo de conducción, sino de los automóviles. Todos lo sabemos. Nadie lo pone en duda. Las estadísticas lo confirman. Somos enemigos que nos miramos de reojo. En cualquiera circunstancia los ciclistas debemos enfrentar al peligro de la carretera o de la calle. Tanto si la vía discurre recta y ancha, porque los coches se desgañitan a correr y nos pasan rozando; o estrecha, uno de los dos sobra aquí; empinada, pero qué torpe, vaya globero; y si bajamos, incapaces de comprender las exigencias de nuestras trazadas; no hablemos si estamos en una curva, que no nos ven, o detrás de un cambio de rasante. Somos unos héroes. Según ellos, unos descerebrados.

¿A quién pertenece la carretera? El coche afirma que la carretera es suya. Nada dice la ley al respecto, pero haciendo gala de su mayor fuerza, la ejerce, y consecuentemente, nos aplasta. Debemos utilizar las sobras de la carretera. Únicamente cuando el todopoderoso dueño está holgando, durmiendo o tomándose un solomillo, al margen y sólo utilizando lo que el coche no quiere, desprecia o desdeña. Pero no debemos olvidar que aunque las carreteras no pertenecen sólo a los coches, en cambio, las carreteras sí han sido construidas para ellos. Y que nosotros las utilizamos, como si dijéramos, subsidiariamente. Bueno, algunas sí les pertenecen, las llamadas vías rápidas o de alta capacidad, las autopistas que prohíben taxativamente la entrada de vehículos lentos. Sólo a un demente se le podría ocurrir pedalear en semejante avispero. Lo tachamos. Ningún problema. Pero ¿y las otras?

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ENSAYO SOBRE LAS DOS RUEDAS (vi)

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Dinámicas perceptivas en el pelotón

Dentro del pelotón las cosas resultan muy diferentes. El mundo no pasa tan rápido ante nuestros ojos, vamos montados en un tren que circula despacio, digamos que mucho más lento que los coches que pitan y que nos agobian con sus prisas. Para el ciclista el pelotón está quieto. Pero no hay que dejarse engañar por este estatismo relativo que nos permite charlar con el compañero, invitar a un trago de agua, compartir un plátano o una barrita energética, soltar el manillar para ajustarnos las gafas, el casco o estirar un poco la espalda. El pelotón se parece a un enjambre y resulta imprescindible prestar atención a sus dinámicas internas, a sus cambios de volumen, porque tan pronto como se adensa,  a continuación podrá estallar en cohetes que se despliegan en filas indias tras cuyas estelas resulta necesario pedalear para no quedar aislados en medio de la nada, incapaces ya de conectar con un tren que nos ha dejado abandonados en el andén.

Pero a mí sobre todo me sorprendió la dicotomía entre cómo suena un pelotón visto desde la cuneta o la acera, en contraste con los sonidos que uno escucha cuando va montado en él. Y no encuentro mejor símil para explicarlo que el del mar y el ruido de las olas rompiendo tranquilamente en la playa, moviendo arriba y abajo los guijarros de la orilla.  Fue Leibniz el que utilizó este ejemplo para explicarnos la diferencia entre la percepción y la apercepción, distinción que a mí me resultó pertinente para comprender mejor esas dinámicas perceptivas, sonoras, que se producen en el pelotón. Cuando percibimos el sonido del oleaje y del efecto de la resaca sobre las grava y la arena de la ribera marina, no nos podemos apercibir del sonido de cada piedra al ser movida por la ola, porque el cerebro integra toda la información y la resume en una melodía rítmica que no existe en la naturaleza, que sólo anida en nuestro cerebro, pero que sintetiza una realidad que así podremos comprender más allá de su complejidad.

Asimismo la realidad del pelotón resulta mucho más compleja que la percibida desde fuera como espectador, y sólo cuando uno se convierte en guijarro, en actor, y se deja mecer por el mar, acaba por comprender sus entrañas, a percibir la melodía de sus átomos, esa dodecafonía que sólo los que pedaleamos y nos sumergimos en un pelotón podemos apercibir deconstruida en forma de rodamientos, toques de freno, jadeos, roces, el viento jugando entre las ruedas, los brazos y las cabezas, las cadenas, los cambios de marcha, el plato que se atasca, las roldanas, los sorbos de agua, el clic de la cala, la palmada en la espalda, el salivazo contra el asfalto, la tija que chirría, la biela que cruje, los neumáticos fríos o recalentados, los amagos, el olor del miedo, la adrenalina del que va a atacar, el estallido de un pinchazo, el sudor que brilla a nuestro alrededor como mil espejos, la marcha que salta, el murmullo de los que detrás hablan sobre la factura del gas o del polvete mañanero que los ha dejado exhaustos, las risas, los comentarios jocosos, cuidadín, cuidadín, no me toques los melocotones.

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ENSAYO SOBRE LAS DOS RUEDAS (v)

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Un runrún de cigarras mecánicas

El pelotón se parece a una madre virtual, ya que sólo existe cuando sus polluelos conseguimos estar juntos. Pero tiene sus peligros. Nos protege del aire, aminora el rozamiento aerodinámico, nos ayuda e incentiva a mantener un nivel de esfuerzo, pero hay que permanecer siempre atento porque el drama puede sorprendernos en cualquier ocasión. El pelotón ofrece seguridad, pero hay que cumplir unas mínimas normas para ello. En primer lugar, cada miembro debe guardar unas distancias prudenciales respecto a los que lo rodean, jamás deberá cruzarse, sino mantener una trayectoria sin vacilación, nunca cambiar el ritmo repentinamente, siempre alterar la posición o la velocidad gradualmente, avisando. Pero también, aprender a anticipar lo que van a hacer los que te rodean, si el de adelante se va a poner en pie sobre la bici, si el de la derecha se va a comer un barrita energética, si parece que va a haber un ataque, anticipar las curvas, los repechos, los cambios en el pavimento, el compañero que desea esquivar un bache, etc. Y el sonido, la música de esa orquesta a la que se parece un pelotón, y en la que un frenazo, un súbito cambio de ritmo, de frecuencia nos despierta de la modorra y acelera nuestros corazones.

Desde la acera el pelotón posee un sonido muy diferente al que se aprecia cuando se pedalea en su interior. El pelotón es una banda musical en movimiento. Siempre he echado de menos, en las retransmisiones deportivas de las grandes vueltas, el sonido del pelotón, el ruido de las bicicletas. El productor televisivo que consiga introducir la melodía ciclista en las retransmisiones habrá logrado un hallazgo inusitado y lleno de emoción que dotará a la magia visual de este deporte de una polifonía bella y rutilante. La primera vez que vi un pelotón en directo, fue su sonido lo que más me llamó la atención. Antes de poder verlo, al pelotón se le oye venir. Una vez han pasado los coches y las motos que despejan su camino, se hace un silencio tenso, desaparecen los ruidos comunes a las carreteras, y la ciudad, el pueblo, el campo, recuperan sus melodías propias, apagadas comúnmente por el tráfago de los motores de explosión. Y de pronto, de ese silencio esperanzado, el niño empieza a escuchar un tenue zumbido, como el que emiten los cables de alta tensión los días de lluvia, una especie de monodia eléctrica, como de élitros metálicos, un runrún de cigarras mecánicas.  Es el pelotón que llega. Una emoción que repentinamente toma la curva y que desgraciadamente siempre pasa demasiado rápido. Como un sueño. Pero quedan los fogonazos de color, el amarillo del líder, la sospecha de que hemos visto a Fausto Coppi o a Bahamontes, y el recuerdo del sonido, de esa sinfonía de radios tocados por el viento, los rodamientos, la cadena, el olor a aceite, ese pulmón que avanza tomando aire y expirando fuego.

Hoy mis hijos se sientan delante del televisor. Sueñan también. De otra forma. Afortunadamente saben lo que significa pedalear. También suben repechos, y gustan de lanzarse cuesta abajo. Sus cerebros y sus músculos acopian experiencia y cuando ven al pelotón en la pantalla compruebo que casi sudan con él. Pero no han experimentado la emoción de la espera, esa atención tensa que se desbordaba cuando empezaba a oírse el flujo electrizante del pelotón todavía detrás de la curva o del cambio de rasante. Merece la pena pararse en la cuneta. Sí, ya sé que la espera puede resultar larga, y que van tan rápido que en apenas unos segundos todo el espectáculo ha pasado como un rayo. Pero esa magia de estar allí, de haber sido espectador de un momento único en el que casi nada realmente ha ocurrido, donde ni hemos sido capaces de distinguir apenas un maillot, lejos de defraudar provoca una emoción difícil de entender y que siempre nos acompañará en nuestras vidas.

…………..continuará….