ENTRENANDO LA MARATÓN (ii): BAJO LOS DOS UMBRALES…Y UNA GRATA SORPRESA

………continúa…

Si nos centramos en el entrenamiento de la resistencia, la referencia a los dos umbrales, el aeróbico y el anaeróbico, resulta obligada. Pero aquí terminan las certezas, porque las definiciones que nos ofrece la literatura sobre estos dos puntos distintivos del rendimiento deportivo dificulta hacerse una idea clara y precisa de lo que significan en relación con el tipo de entrenamiento que conviene realizar para cumplir un determinado objetivo atlético.

En otro lugar ofrecíamos unas orientaciones al respecto. Destacar ahora el hecho de que los metabolismos aeróbico (aláctico) y anaeróbico (láctico) se dan conjuntamente y en todo momento, incluso cuando el esfuerzo resulta muy reducido o estamos en completo reposo, y que ante esfuerzos intensos y extenuantes jamás se produce déficit de oxígeno o anoxia en las fibras musculares. Estamos ante dos vías metabólicas diferenciadas que las células musculares usan coordinadamente para obtener energía en el lugar y en el momento requerido por el esfuerzo.

Visto el cuerpo del atleta de forma global, el balance que en cada momento se verifica entre ambas vías metabólicas se traduce en la evolución que muestran las concentraciones de lactato en la sangre. Porque en cualquier situación el atleta está consumiendo continuamente ácidos grasos, glucógeno y lactato para producir energía. Recordemos que el lactato se produce en el metabolismo anaeróbico (láctico), a partir del glucógeno muscular, cuando a la célula correspondiente se la requiere con tal finalidad (que ocurre incluso cuando no realizamos actividad física). Este lactato actúa como un transbordador de energía entre fibras musculares, de forma tal que células que no poseyeran ya glucógeno podrían aprovisionarse de lactato para continuar trabajando. Como decíamos, el flujo sanguíneo testifica este equilibrio entre metabolismos generadores y consumidores de lactato.

Cuando permanecemos en reposo las concentraciones de lactato se mantienen estables, en torno a los 2 mmol/l. Del mismo modo a cómo la concentración de glucosa debe mantenerse entre unos determinados niveles para aprovisionar de energía al cerebro, el nivel de lactato en sangre debe también permanecer constante, porque existen unas células, por ejemplo, las del corazón, que se aprovisionan energéticamente sobre todo con lactato. Por tanto, se da un balance, aún en reposo, entre células que trabajan anaeróbicamente para producir el lactato que otras distantes están necesitando y que consumen aeróbicamente.

La capacidad que poseen las células musculares de quemar diferentes combustibles (grasa, glucógeno y lactato) depende del tipo de mitocondrias y de enzimas presentes en ellas. Y esta dotación, si bien se relaciona con la genética particular de cada atleta, también puede ser fácilmente modificable por obra del entrenamiento orientado por los conceptos de los umbrales aeróbico y anaeróbico, como luego veremos.

Si comenzamos a correr a un ritmo sosegado y progresivamente vamos incrementando la velocidad, las concentraciones de lactato en sangre se mantienen siempre constantes en torno a esos 2 mmol/l que poseían en reposo. Ello significa que paulatinamente la demanda de lactato en el organismo se ha ido incrementando junto con el ritmo, y que un determinado número de células ha aumentado su nivel de producción de lactato para mantener el equilibrio. El punto a partir del cual la concentración de lactato en sangre comienza a crecer se le denomina umbral aeróbico, que equivocadamente se considera como el momento en el que el metabolismo anaeróbico comienza a actuar; pero como hemos visto, este metabolismo ha estado ya trabajando previamente.

Este umbral aeróbico, como luego comprobaremos, posee poca importancia en las pruebas de resistencia que por su duración no comprometen las reservas de glucógeno del organismo, digamos que hasta la hora u hora y media de ejercicio continuado intenso. En este tipo de pruebas el umbral que realmente cuenta es el otro, el anaeróbico.

Pero centrémonos antes en esa franja de ritmos que se da entre ambos umbrales. Cuando superamos el umbral aeróbico la concentración de lactato en sangre comienza a subir, pero resulta fundamental advertir que lo hace de forma estacionaria, es decir, que permanece constante mientras el nivel de esfuerzo se mantiene estable. Por tanto, el cuerpo humano, ente esfuerzos tan intensos, se reprograma para alcanzar una relación unívoca entre cada nivel de esfuerzo creciente y su correspondiente concentración de lactato, que en ningún momento compromete el rendimiento, sino que resulta imprescindible para mantener ritmos elevados y sostenibles de carrera. El umbral anaeróbico lo alcanzaríamos en aquel ritmo, ya tan intenso, que provoca el incremento exponencial del lactato con independencia de que el ritmo permanezca constante. Suele producirse en torno a los 4 mmol/l de lactato en sangre.

A partir de este punto le estaríamos pidiendo al cuerpo una intensidad energética de una envergadura tal, que ya no podría ser capaz de alcanzar un equilibrio estable entre producción y consumo de lactato. En este punto, no sería el lactato el causante de la insostenibilidad de estos ritmos, sino la acidez muscular que el lactato ya no puede reducir gracias a su combustión, por lo que entramos en un ciclo en el que el organismo comienza a utilizar una serie de reacciones tampón (carbonato sódico) para rebajar la acidez, lo que provoca esa sensación tan sentida por los atletas, cuando corren a umbral o tempo, de que el ritmo respiratorio se acelere enormemente al tener que evacuar el anhídrido carbónico emitido por aquellas reacciones de tipo buffer.

Los esfuerzos máximos sostenibles por largos intervalos de tiempo se producen alrededor del límite del umbral anaeróbico, ya que este punto marca un lugar de peligro que sólo en contadas y muy medidas ocasiones puede rebasarse en una carrera de resistencia sin comprometer el rendimiento futuro del deportista. Pero como son ritmos que precisan que muchas células produzcan lactato, que sólo puede obtenerse a partir del glucógeno y no de las grasas, estos esfuerzos no pueden realizarse, digamos, en una maratón, ya que agotarían las reservas muy limitadas de glucógeno que poseen las fibras musculares.

La especificidad del entrenamiento de un atleta de 10 km se da en este punto del umbral anaeróbico. Le interesará preparar su cuerpo durante los períodos de base y fundamental para que en el específico previo a la carrera pueda entrenar con intensidad el aumento de su umbral anaeróbico, es decir, conseguir que este umbral se sitúe al ritmo más elevado de carrera. Se dice que en una competición que dure una hora, el nivel de esfuerzo se situaría muy cerca de este punto. Por tanto, un atleta de élite que realice la media maratón en torno a esa hora, la recorrería en su umbral anaeróbico, con una concentración de lactato en sangre constante en torno a los 4 mmol/l. En un atleta popular, dependiendo de su nivel, se situaría entre sus marcas de 10 km y media maratón.

Si la maratón no se puede disputar a este nivel, se debe fundamentalmente al límite de las reservas de glucógeno, porque para mantener ritmos cercanos al umbral anaeróbico resulta imprescindible consumir, por definición, lactato, que sólo se puede obtener a partir del glucógeno muscular y hepático. Ya que el sistema nervioso, cuando detecta una disminución elevada de los niveles de glucógeno, y antes de que estos se agoten, desconecta fibras musculares con independencia de la voluntad del deportista, con el objetivo de mantener un nivel de glucosa estable en sangre, imprescindible para la correcta actividad cerebral.

La especificidad del entrenamiento de la maratón, a diferencia de otras carreras de menor longitud, reside en ese otro umbral aeróbico, en conseguir hacer máximo el ritmo de carrera en el que la concentración de lactato se sitúa en torno a los 2 mmol/l. Es decir, preparar el organismo durante los períodos de base y fundamental para que durante el entrenamiento específico previo a la maratón se puedan entrenar los ritmos sostenidos y largos al máximo umbral aeróbico posible.

Resulta claro que un atleta no pude poseer un umbral aeróbico elevado si no posee un umbral anaeróbico muy alto. Por esta razón, y durante la preparación fundamental de la maratón, el atleta entrenará la elevación de éste con el objetivo de disponer de una amplia franja de mejora en el umbral aeróbico, de enseñar al cuerpo a quemar lactato como combustible a ritmos elevados. Pero deberá ser muy cuidadoso en la activación del metabolismo del glucógeno por vía láctica, digamos con las clásicas series de 400 ó 1.000 metros a máxima intensidad (indicadas para 10 km), ya que le interesa fabricarse un metabolismo poco dependiente del consumo de glucógeno. Ello no quiere decir que en el entrenamiento de la maratón no tengan cabida los ritmos fraccionados, las temibles series. Resultan imprescindibles, pero eligiendo muy cuidadosamente sus ritmos de ejecución.

Estamos ante dos fuerzas antagónicas entre las que cada atleta, en función de sus características, deberá elegir el mejor balance: entre el ritmo elevado de competición que sólo se puede conseguir consumiendo lactato (y por tanto glucógeno), o la activación de un metabolismo aeróbico que incida más en las grasas, pero que no permite correr tan rápido.

Los buenos competidores de maratón la disputan por encima del umbral aeróbico, pero sin alcanzar el anaeróbico. Lo consiguen por varios motivos. Uno de ellos, porque poseen un metabolismo basal y aeróbico muy poco dependiente del glucógeno, y que consume, por tanto, fundamentalmente grasas. Es decir, hay personas que a intensidades muy bajas consumen un mix de energía en el que la glucosa sigue estando muy presente. Un elemento primordial del entrenamiento sería conseguir, vía alimentación y rodajes largos, que el porcentaje de grasas en la combustión para producir energía, se elevase y reservara el glucógeno para mantener los ritmos elevados, como así lo hacen los atletas bien entrenados. Por otro lado, estos atletas resultan eficaces a nivel de técnica, de gasto energético por metro recorrido, ya que también poseen una adecuada economía de carrera y un peso equilibrado, lo que repercute en el hecho de que la cantidad de glucógeno que deben quemar para correr rápido resulte muy reducida.

Como se aprecia, cada atleta de maratón, en función de sus peculiaridades, deberá evaluar sus umbrales aeróbico y anaeróbico, su dependencia de la glucosa como sustrato energético, y programar su entrenamiento con el objetivo de alcanzar un ritmo de carrera alrededor del umbral aeróbico compatible con sus reservas de glucógeno.

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Y ahora viene la sorpresa. Manifestaba en mi último post la amarga noticia de tener que someter a mi clavícula a una nueva intervención quirúrgica. Siento tener que hablar tanto de ella, y prometo ya no volverla a nombrar más, pero realmente el huesecito está dando su lata. Ni me duele en la actualidad, ni creo que me esté afectando en el normal desenvolvimiento de mis rutinas, pero últimamente la he sometido al examen de varios traumatólogos que, como en el caso de los entrenadores de atletismo, y de cualquier otro gremio que se precie de llamarse experto, gustan de manifestar opiniones discordantes sobre todo lo que cae bajo su ámbito de conocimiento, y como sobre mi clavícula se han dicho ya tantas cosas inteligentes a cuál más disonante, pues he creído acertado apostar por el consejo que más me gusta y conviene, dado que en principio todos han sido emitidos por traumatólogos igual de responsables, y que ha consistido en que ya no me opere, por ahora, y que haga lo que me dé la gana, que el huesecito no tiene por qué protestar más que otro supuestamente sano, y que me comporte como si estuviera bien. Y eso haré. Y prometo no volver a romperla. Bueno, miento, rota sigue, pero procuraré no romperla más y si acaba soldando, como parece lógico considerar, lo celebraremos con esa maratón mediterránea por tierras de Castellón de la Plana que ya estoy empezando a preparar, y en la que acabo de inscribirme.

………continuará…

ENTRENANDO LA MARATÓN (i)………Y UNA AMARGA SORPRESA

Estamos en el mes de mayo. Quedan 5 meses para el otoño, para la maratón de Donosti, Zaragoza, Valencia, Castellón ¿quién sabe todavía?

El 5 de mayo, lunes, comencé la rehabilitación de mi fractura de clavícula, con la ayuda de la fisioterapia. Las cuatro semanas que durará me las tomo como una fase de INTRODUCCIÓN para la preparación de la maratón. He de recobrar la movilidad en el hombro, recuperar la fuerza, volver a encontrar la confianza. Han sido 6 semanas de parón casi absoluto en la actividad física. Tan sólo algunos abdominales, y largas caminatas. Por esta razón, considero que la forma alcanzada antes de la caída ha desaparecido, y que por tanto, el plan debe empezar casi desde cero, pasando por todas las fases imprescindibles para alcanzar un pico de forma adecuado a la maratón para mediados de octubre o noviembre.

El 1 de mayo, jueves, inicié la actividad, con mucho cuidado, rodajes muy cortos de 30′ por el monte, pero por terreno firme, intentando recuperar sensaciones. E inicié los ejercicios de fortalecimiento del tren inferior y del tronco. Según ha ido progresando la rehabilitación he cogido más confianza, tanto en los rodajes, como en la gimnasia, atreviéndome con algunos ejercicios que requieren mayor intensidad: planchas, lunges, pequeños saltos, sentadillas sin peso, etc.

Los objetivos de estas 4 semanas de INTRODUCCIÓN serán los siguientes:

  • Intentar alcanzar un nivel adecuado de forma para dar inicio al período GENERAL o de BASE de la preparación (8 semanas, junio y julio). En concreto, ser capaz ya de correr con comodidad unos 45k semanales, y poder comenzar con el trabajo de fuerza y de velocidad
  • Conocer el nivel de forma que poseo en relación con el alcanzado en temporadas anteriores, con el fin de poder programar los ritmos/intensidades de los entrenamientos del período GENERAL, y empezar a tener un atisbo del que podría ser el ritmo objetivo de la maratón.

Si hubiera tenido que entrenar la maratón durante el primer semestre del año 2013, quizás me hubiera atrevido a afrontar un ritmo objetivo de competición de 4:20 (una marca objetivo de 3 horas y 5 minutos). Mi umbral anaeróbico estaba entonces en un ritmo de 4:15, me sentía fuerte, con confianza, acababa de realizar 39m08s en 10k, y por tanto, si conseguía superar mis dos principales hándicap para la maratón, la resistencia muscular y la resistencia aeróbica más allá de las 2 horas de carrera, podría haber afrontado un plan de entrenamiento con esa orientación tan ambiciosa.

Ahora, tras una temporada mediocre de carreras durante los tres últimos meses de 2013, y tras superar este bache de la lesión y la posterior recuperación, me mantengo prudente y a la espera de los primeros resultados, ya sea de algún test de rendimiento como de alguna competición, en concreto, algún diezmil que me ofrezca información sobre mi actual nivel de forma.

El susto de la anemia de noviembre y diciembre de 2014 me fuerza a tener que reflexionar otra vez en torno a mi alimentación, sobre todo considerando que el control nutricional resulta fundamental para afrontar una prueba de estas características. Principalmente, continuar estimulando al cuerpo para que adopte un metabolismo energético cada vez menos dependiente de la glucosa/glucógeno, ayudar a la recuperación y controlar el peso.

Sobre el primer aspecto, ya hablé de él aquí, y en concreto, sobre la progresiva transformación de mi metabolismo gracias a la nutrición y al tipo de entrenamiento. Espero que estos dos elementos vuelvan a dar sus frutos durante estos meses. Confío en que los rodajes largos de agosto, durante el período FUNDAMENTAL, supongan una constatación de este progreso metabólico imprescindible para soportar más de tres horas de esfuerzo intenso prolongado.

Sobre la recuperación, entiendo que he de seguir reflexionando sobre ello. Considero que este elemento es el principal regulador del entrenamiento, ya que la recuperación define la capacidad del cuerpo para asimilar la carga, el estres físico al que lo sometemos, y por tanto, que marca las pautas de las rutinas, frecuencia e intensidad, de las que depende inexorablemente el rendimiento físico. La edad trae consigo una merma importante en la capacidad de recuperación. De forma tal que la forma física se pierde no tanto por no poder realizar ejercicios intensos, como porque tras haberlos realizado la recuperación resulta cada vez más lenta, y por tanto, que se han de espaciar los entrenamientos en el tiempo cada vez en mayor medida, lo que lleva aparejado que el volumen de entrenamiento soportable por el cuerpo disminuya y con ello el rendimiento físico. Ante este hecho inexorable, supone un error reducir fundamentalmente la intensidad del entrenamiento. Se aconseja, al contrario, incrementar los períodos de recuperación y por tanto, disminuir la frecuencia, como la mejor estrategia para mantener la forma física en relación con el envejecimiento. Eso intentaré hacer, y también adoptar una estrategia nutricional que ayude al proceso de recuperación.

Por último, el tema del peso. Nunca me ha preocupado. Creo que jamás he superado los 70 kg (mido 1m73). Durante los últimos años he rondado los 65 kg, y sorprendentemente, hace un par de semanas pesaba 63 kg, a pesar del poco ejercicio físico realizado durante estas últimas semanas. El peso resulta fundamental en una maratón, no sólo porque tenemos que acarrearlo durante tanta distancia y por tanto, tener que dilapidar una buena parte de la potencia muscular en su transporte, sino sobre todo en relación con la capacidad del cuerpo para aprovisionarse de energía y para disipar calor. Cuanto más se pesa, más glucógeno se precisa para mover el cuerpo a una determinada velocidad. Dado que el principal limitante energético del rendimiento deportivo en una maratón se relaciona con el reaprovisionamiento de glucosa durante la prueba, y dado que el cuerpo de un deportista no puede incorporar más de 60 gramos/hora de glucosa por vía oral, la energía necesaria para acarrear el peso del deportista se torna vital para el éxito en la prueba.

Por otra parte, y en relación con las condiciones meteorológicas, la disipación del calor se convierte en otro elemento clave del rendimiento, sobre todo con humedad y calor. Bajo estas condiciones, los deportistas más delgados poseen una ventaja apreciable, por su mayor superficie relativa a su volumen corporal, lo que facilita que el cuerpo mantenga durante más tiempo una temperatura más reducida, y por tanto, con mayor capacidad de rendimiento físico. Destacar también, respecto al peso, el hecho de que la refrigeración requerida y por tanto, el sudor emitido, se incrementa al hacerlo el peso del atleta, y con ellos los posibles déficits de hidratación, dado que como en el caso de la glucosa, la incorporación de agua no puede exceder del orden de 600ml de líquido por hora de prueba.

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Y ahora viene la sorpresa. Acababa de redactar las líneas previas, y de conocer los primeros resultados de los test a los que antes aludía:

  • En la pista de atletismo de la Universidad Complutense, de tierra y 300 metros de perímetro, realice un simulacro de prueba de esfuerzo el 14 de mayo, con el siguiente resultado:

ritmos          metros           pulsaciones

5:30                   1.500                      135

5:15                   1.000                      139

5:00                      600                      144

4:45                     600                       149

4:30                     600                       156

4:15                     600                       160

4:00                     600                       163

  • Corrí la XXXV Carrera del Agua,el pasado domingo 18 de mayo. Sobre 10k realicé un tiempo de 43m19s, a un ritmo medio de 4:20 min/km. Los primeros 6k fui tranquilo, apretando durante la última fase de la prueba. Realice un tiempo bastante mejor del esperado, con buenas sensaciones después de un parón físico tan prolongado.

De ambos test había sacado la conclusión de que entre un ritmo de 4:20 y 4:25 podría encontrarse en estos momentos mi umbral anaeróbico. Por lo que programé las siguientes 8 semanas de entrenamiento GENERAL, con esos ritmos en mente.

Pero lamentablemente el lunes 20 de mayo fui al traumatólogo, que diagnosticó que la clavícula no había soldado, y que debía someterme a otra operación quirúrgica, en este caso, fijando el hueso con una placa e implantando un injerto óseo extraído de mi cadera.

Contra el hado nada se puede hacer, y cuando las cosas se tuercen, pues solo resta RE-PROGRAMAR!. Quiero pensar que esta será la última operación y que tan sólo supondrá una demora de otro mes en el comienzo del plan para la maratón de otoño, que ya hemos decidido que sea en Castellón a comienzos de diciembre.

………continuará…

LA MENTE EN LA MARATÓN

Tradicionalmente se ha considerado el trabajo mental para una maratón como un aspecto esencial de su preparación. Y también el trabajo físico, por supuesto. Pero ambos aspectos, el físico y el mental, de forma un tanto disociada. Me explico.

En un extremo se consideraban las facultades físicas del atleta, cuantificables científicamente por medio de test fisiológicos, ya fuera mediante pruebas de esfuerzo con control de gases, y/o análisis de sangre para evaluar las concentraciones de lactato a diferentes niveles de esfuerzo; por otro lado, su habilidad mental para manejar la fatiga y poder alcanzar aquellos límites considerados infranqueables de la máxima capacidad de consumo de oxígeno, de consumo de glucógeno, o de reutilización de lactato.

Es decir, por una parte la voluntad del atleta y su capacidad para alcanzar sus límites fisiológicos, y por otra su musculatura y su corazón, sus pulmones, considerados como un sistema periférico que puede manejarse con la mente como un mecanismo a su servicio.

Esta ha sido la forma tradicional de considerar las relaciones entre la mente y el cuerpo en los deportes de resistencia. Una imagen heredera de la clásica disociación entre el alma y la materia en la que se ha basado buena parte de la psicología occidental. Un espíritu sagrado que aspira a la excelencia, y un cuerpo limitado al que hay que fustigar para que trabaje al servicio de un cerebro que manda e impone los objetivos.

En cierto modo, esta visión no carece de verdad, ya que ¿en razón de qué demonios se pone el cuerpo a competir en una carrera de resistencia, si no es porque la mente desea alcanzar un objetivo absolutamente inútil para su supervivencia, cual sería alcanzar la meta en el menor tiempo posible?

Pero por debajo de ese funcionamiento consciente del cerebro, que al imponer objetivos vitales parece elevarse por encima de la utilidad y de los deseos materiales más inmediatos, existe un trabajo subterráneo de la mente y del resto del organismo, del que apenas somos conscientes, y que impone una serie de reglas al funcionamiento de todo el cuerpo humano con el objetivo de mantener la homeostasis, el equilibrio físico-químico interno imprescindible para mantener el cuerpo con vida. El cuerpo humano se parece a una asociación de células egoístas que en competencia filogenética han aprendido a cooperar para poder sobrevivir bajo la vestimenta de nuestra consciencia. Y esas reglas de funcionamiento, o más bien, maneras de regular sus equilibrios internos vitales, se adaptan en cada individuo a sus rutinas diarias, de tal modo que si una persona deseara alterar su modo de vida, necesariamente su cuerpo y su mente deberían iniciar un proceso de aprendizaje en esas nuevas rutinas. Y cuando me refiero a la mente, en este caso lo hago de su parte más inconsciente de mecanismo vital puramente material que posee un trabajo insustituible de regulador de la homeostasis.

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LA MARATÓN: UNAS PREMISAS

Existen muchos libros que aconsejan cómo entrenar una maratón. Cientos de planes, recomendaciones, entrenamientos tipo para afrontar tan singular prueba. La efervescencia del deporte popular, y en concreto, de las carreras urbanas, donde la maratón se erige en epítome, ha provocado esta abundancia de información en torno a su mejor preparación.

He leído varios de estos libros, y he consultado muchos de los planes de entrenamiento que se pueden encontrar en la red. No con la mirada del experto, ni a partir de una experiencia personal de campo con atletas concretos, sino más bien analizando las bases fisiológicas que los sustentan, comparando sus metodologías y comprobando los resultados que pregonan en relación con las consecuencias concretas que su práctica ha provocado en sus seguidores.

He de decir que no existe tanta variedad. Una buena parte de los planes apenas difieren entre sí, sobre todo aquellos que se confeccionan para asegurar el cumplimiento de una determinada marca. El corta y pega se da con excesiva frecuencia. Algo lógico, por otra parte, ya que al pretender ofrecer soluciones universales, no pueden por menos que comprender un mínimo común divisor de rutinas estandarizadas que sólo pueden provocar el éxito, en la medida en que cada atleta es capaz de adaptarlas a su singularidad.

Creo que la principal componente del entrenamiento de una maratón concierne a la mente. Resulta obvio. Aunque creo que no todos queremos afirmar las mismas cosas cuando manifestamos que el entrenamiento mental resulta imprescindible para afrontar una maratón. Físicamente cada cual posee sus peculiaridades, no digamos psicológica y mentalmente. Evidentemente las leyes fisiológicas del funcionamiento del cuerpo humano resultan comunes a todos los que nos ponemos en la línea de salida de una maratón, del que la corre en menos de 2 horas y media, o del que emplea más de 4 horas. Por ello el entrenamiento se compone de unas pautas generales que deben adaptarse a cada caso concreto, con suficiente flexibilidad y sentido común. No existe magia, ni trucos, no nos dejemos engañar por las virtudes excepcionales de determinados planes o rutinas hábilmente pregonados por sus voceros. La experiencia de más de 100 años de entrenamiento de la maratón la tenemos sobre la mesa, la evolución de las marcas, las consecuencias de las diferentes rutinas, las percepciones de los atletas y de sus entrenadores, la evolución histórica de la ciencia del entrenamiento, los artículos científicos. La evolución no ha cesado, y existe por delante un prolífico campo para la experimentación en fisiología del deporte, pero hemos de aceptar que sólo la práctica cotidiana, la experimentación de campo en las rutinas concretas que se aplican sobre atletas en activo que están compitiendo (tanto de élite como populares) nos ofrecen las verdaderas lecciones a incorporar a nuestro bagaje intelectual al respecto.

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ENSAYO SOBRE LAS DOS RUEDAS (xiv)

………….continúa…

Los números de Illich

Y todo ello por culpa del esfuerzo. Qué duda cabe. La bicicleta hay que moverla. Es un medio de transporte sufrido. Hay que pedalear. El ciclismo es una actividad, un deporte de resistencia, y para afrontarlo, ya sea para ir a trabajar en la ciudad o para realizar un tour turístico o deportivo, se precisa poseer una mínima capacidad física, incorporar una adecuada alimentación. Pero no nos engañemos, el desplazamiento en coche también acarrea un gasto, un sacrificio, muy elevado a nivel económico, y también físico, aunque nos sorprenda. Porque el coche hay que comprarlo, y sobre todo, mantenerlo, y el combustible que lo alimenta no resulta gratuito. Para poder utilizar el automóvil debemos sudar en el trabajo, extraer recursos que podríamos haber utilizado para otros bienes alternativos o para el ocio.

En “Energía y equidad” el pensador Ivan Illich ya nos alertó, con claridad y enorme pragmatismo, del esfuerzo sobrehumano que conlleva el desplazamiento en automóvil, a pesar de la paradoja de creer que este tipo de modo de transporte tan sólo precisa apretar el acelerador y cambiar de marcha, un sacrificio mucho más elevado que el de mover una bicicleta o desplazarse andando. El pensador austriaco-mexicano realizaba un cálculo muy sencillo al respecto:

El americano típico consagra más de 1.600 horas por año a su automóvil: sentado dentro de él, en marcha o parado, trabajando para pagarlo, para pagar la gasolina, las llantas, los peajes, el seguro, las infracciones y los impuestos para las carreteras federales y los estacionamientos comunales. Le consagra cuatro horas al día en las que se sirve de él, se ocupa de él o trabaja para él. 

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