201

El número de entradas publicadas en este blog acaba de alcanzar otra cifra redonda, y parece que algo he de decir al respecto.

En el hito que marcó la primera centena de posts recordé que una parte significativa había sido recopilación de artículos y trabajos publicados en otros lugares. Los que he publicado con posterioridad hasta alcanzar la cifra de 200 resultan originales y fueron confeccionados especialmente para este medio, por lo que su redacción se ha extendido durante el doble de tiempo, casi  dos años.

Me gusta recordar y valorar lo que he hecho. Detenerme un poco y reflexionar, que no hacer balance, concepto econométrico en cuya comparativa entre pros y contras, costes y beneficios, esfuerzos y resultados no cabe el análisis que en estos momentos puede resultar más valioso.

Nunca he sido capaz de leer sin que en los momentos de más entusiasmo no sintiera la necesidad imperiosa de contárselo a alguien. Compartir. Tanto durante la escucha musical como durante los momentos de reflexión o de paseo por el campo o por una ciudad hermosa. Por ello cuando comprobé que la tecnología de los blogs resultaba tan cercana y asequible, me lancé con fervor a publicar como forma de dar cauce a esta necesidad.

Creo que todas las personas poseemos una gran necesidad de comunicar, contar y expresar, por cualquier medio, nuestras emociones, pensamientos, gustos y opiniones. En este aspecto, cada cual somos originales a nuestro modo, por lo que considero que el gran reto de la política y del aprendizaje social consistirá en encontrar el medio y la estructura adecuada para que cada ser humano pueda ser a la vez receptor como generador de creatividad y originalidad. Vasallos, público, oyentes, lectores, creyentes, casi todas las figuras sociales con que nos revestimos a lo largo de nuestra vida resultan esencialmente receptoras de información. Sólo unos pocos privilegiados poseen la función social de comunicar, mandar, escribir o hacer música. La escisión entre el público y el actor en el espectáculo me parece significativa. A pesar de la evolución política y económica esta distinción funcional se ha ido agravando, a despecho de las sucesivas tecnologías de la comunicación que se han ido inventando a lo largo de la más reciente historia humana.

Mí única ambición reside en esa vocación, en hacer amigos, compañeros de viaje, y en utilizar este medio electrónico para conseguirlo, intentando plasmar en este blog parte de mi creatividad, que no consiste en otra cosa diferente que en dejarme bañar por la creación de otros y en lanzar algunas ideas, pensamientos, opiniones y propuestas que puedan ser de utilidad en este camino de amistad y colaboración que me anima.

Metáforas del poder

Las metáforas del cuerpo se asemejan a las del organismo social. En la portada del Leviatán, Hobbes nos muestra que el alma que rige la mente y que a su vez centraliza las decisiones de todas las células del cuerpo humano se asemeja al soberano que anima el gobierno de la masa humana que le obedece.

La ciencia de la biología ha seguido su curso desde entonces, sobre todo la rama de las neurociencias, y se comprueba que el símil del robot cuya CPU controla todos sus mecanismos inferiores ya no se sostiene. En ningún animal existe una unidad central especializada encargada de enviar órdenes a todos los rincones de su cuerpo. Más bien estamos formados por múltiples módulos de proceso que se coordinan entre si y cuyas partes constitutivas poseen una gran autonomía. La idea de que todas las células envían información a un núcleo ubicado en el cerebro y que en función de un programa preestablecido decide soberanamente la respuesta no posee ningún valor científico.

La homeóstasis se asegura por un juego complejo y adaptado evolutivamente entre altas dosis de independencia y múltiples conexiones a todos los niveles, donde evidentemente el cerebro posee funciones imprescindibles. Pero también al nivel de este órgano rector hemos de someter a crítica la visión tradicional, porque el cerebro está formado por diversos módulos cuya aparición ha sido sucesiva a lo largo de la evolución de forma bastante pareja entre el ser humano y el resto del reino animal. Ninguno de nuestros módulos cerebrales posee originalidad, ninguna función exclusiva, sino que la especificidad humana se define más bien por el grado y la intensidad, por el tipo de coordinación que hemos alcanzado evolutivamente, y no porque en algún momento surgiera en  nuestro cerebro algún órgano o módulo especial y capaz de dotarnos de unas funciones que hasta ahora no se encontraban en ninguna especie animal.

La poesía política que describe a la sociedad debe volverse a escribir utilizando estas nuevas metáforas. En el cerebro humano no cabe todo el cuerpo humano, la totalidad de todas sus células –ni en ningún gobernante, sabio o partido-, como tampoco precisa para funcionar adecuadamente ningún vínculo trascendente con nada que vaya más allá de los procesos bio-químicos que están presentes. Absolutamente todas las funciones humanas, incluso las más excelsas del procesamiento lógico, estético, sentimental o social, la misma auto-conciencia, se explican por las redes electroquímicas que nos envuelven e integran. Ya es hora de que la narración y la aspiración política se inspiren en esta metáfora científica.

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ENSAYO SOBRE LAS DOS RUEDAS (xxxi)

……………continúa…

El ciclista paciente

A tal respecto, resulta fundamental establecer cuáles son las variables fisiológicas normales de un ser humano en virtud de su genética, en qué franjas debería posicionarse la tensión arterial, la glucosa en sangre, el porcentaje y ubicación de la grasas, nuestro peso corporal, la concentración de colesterol sérico, por citar algunos ejemplos, para poder asegurar dónde se ubica la salud o la normalidad genética de una persona, y así poder valorar su estilo de vida en relación con la salud. Pero lamentablemente los parámetros que se consideran normales en los sistemas de salud occidentales no se han deducido estudiando la bioquímica y metabolismo del ser humano y estableciendo las relaciones idóneas entre todas estas variables, sino que han sido obtenidas casi exclusivamente por evaluaciones estadísticas. Si gran parte de los valores incorporados a la muestra pertenecen a occidentales que estamos en mayor medida aquejados de aquellas enfermedades, lo único de lo que nos informaría la media sería sobre que estamos normalmente enfermos, pero por supuesto, no sanos. Y el objetivo de un sistema de salud no debería ser conseguir una población medianamente enferma, sino sana en relación con unos parámetros que han sido establecidos no por estadísticas de población enferma, sino saludable.  Daré algunos ejemplos:

Por ejemplo, cuando me miden la tensión y la máxima o sistólica se sitúa en 12, una sonrisa me revela que mi tensión es normal y no debiera preocuparme. La mayoría de las personas de mi entorno geográfico que tienen mi edad tienen su tensión sistólica muy superior a la mía, por ello y  en consideración únicamente de mi tensión arterial, soy considerado por el sistema de salud español un individuo sano.  Pero si pregunto si realmente el algoritmo mágico 12 me asegura la salud, en cuanto a la contribución a ésta de la tensión arterial, nadie me responde, o a lo sumo me dirán que si fuera superior estaría en mayor riesgo. ¿Pero cuánto menos debiera tener de tensión para estar realmente sano y salir de la zona hipotética de riesgo?  Como nos dice, por ejemplo, Lindeberg (2010), entre los Kitava, una población de Nueva Guinea, la tensión arterial se sitúa en 10, y a lo largo de su vida apenas se eleva, algo que no ocurre en la mayoría de los occidentales. Siendo demasiado simplista, podríamos pensar que si ellos no poseen ninguna de las enfermedades relacionadas con la tensión alta, que el verdadero objetivo de la salud de una persona en occidente debiera situarse más cerca de 10 que de 12, por ejemplo, ya que no parece muy descabellado exigir a nuestros sistemas de salud tan avanzados y tecnológicos que posean un objetivo de tensión arterial tan bueno como el alcanzado por los Kitava a expensas de comer casi exclusivamente gran cantidad de tubérculos y cocos.

Se supone que resulta normal que la próstata de un hombre crezca con la edad, pero en virtud de qué se ha establecido lo que resulta benigno. Cuando en la analítica en sangre se evalúa el PSA (antígeno específico prostático) de un varón, se considera que debiera preocuparse si este supera, digamos el valor de 4. Pero cuando el doctor te dice y confirma que tu valor, a pesar de no ser muy inferior al de riesgo, no debiera preocuparte porque tal variabilidad benigna se estableció en un estudio estadístico entre marines norteamericanos sanos y fuertes y bien entrenados de menos de 30 años, pues uno se alarma de que los marines, de los que depende la salud del planeta, estén tan mal de salud.

Cuando voy al médico siempre se sorprende de mis bajas pulsaciones. Si a una persona que practica deporte de resistencia con frecuencia, no de competición, simplemente a nivel popular y no intenso, se le hiciera un electrocardiograma o una resonancia del miocardio, revelaría valores nada normales. ¿Qué corazón sería el sano, el pequeño y atrofiado de una persona sedentaria, o el ventrículo izquierdo “hipertrofiado” de una persona activa? A pesar de que se considere el sedentarismo como un factor de riesgo en múltiples enfermedades, todavía en las estadísticas que cifran la normalidad cardiaca los sedentarios entran en pie de igualdad con los deportistas, cosa que parece totalmente ilógica en virtud del hecho de que la salud del ser humano sólo puede ser asegurada cuando se alcanzan niveles de esfuerzo y de resistencia acordes con los que realizaron nuestros antepasados y para los que estamos genéticamente adaptados y predispuestos. Ya sea persiguiendo a un antílope, levantando piedras o pesas, corriendo en una cinta de un gimnasio o desplazándose en bicicleta, el ser humano debe ejercitar su musculatura y su corazón para no enfermar. Pero en cambio, los excesivos signos del ejercicio en una analítica de sangre o en un electrocardiograma resultan elementos de sorpresa y alerta en muchos médicos, en mucha menor medida que los alarmantes síntomas de sedentarismo.

Creo que en muchos aspectos los objetivos de salud en relación a ciertos parámetros analíticos resultan demasiado relajados en occidente, acorde claro está con el hecho de que si fueran más “objetivos” las estadísticas revelarían que casi todos estamos enfermos por poseer valores anormalmente altos, a pesar de nuestros gastos sanitarios y en alimentación. Quizás una orientación al respecto pudiera proceder de estudios de biología evolutiva y antropología, analizando en poblaciones históricas o presentes, y comparando con los valores occidentales, lo que debiera considerarse normal y por tanto, saludable y exigible tanto a nuestro sistema de salud, como a los comportamientos individuales en relación con el ejercicio, la nutrición, etc..

………..continuará…

Humanidades

Se ha reducido notoriamente el peso de las asignaturas de humanidades en la educación. Esto se produce cuando todavía no habíamos sido capaces de crear un sistema educativo que más allá de lo puramente memorístico, de enseñar el canon occidental, el patrimonio nacional,  y la cultura oficial, hubiese sido capaz de crear un entorno de aprendizaje en libertad, participativo, creativo, dialéctico que hubiera sustituido el concepto de aprender las humanidades por el de vivir y participar en la cultura y la creación artística.

El problema no reside en el peso que poseen las ciencias en relación con las humanidades, sino, entre otras cuestiones, en seguir perpetuando la falacia de la escisión del conocimiento, de la mente racional y del espíritu, del arte y de la ciencia, de haber convertido, en esencia, la educación, en una actividad instrumental a la perpetuación de un determinado orden económico y político injusto, con independencia de si se da menos latín en detrimento de la contabilidad.

La escuela como lugar de socialización, de construcción del sujeto social, ha ido perdiendo peso. Fue una institución que surgió en las sociedades de disciplina (según terminología de Foucault) del siglo XIX, sustituyendo a otras instituciones previas de la sociedad de castigo, y que ha persistido en la sociedad de control propia de gran parte del siglo XX, pero que resulta ya muy poco útil en la sociedad del auto-control característica de la posmodernidad. Porque la educación actual todavía se parece demasiado al adiestramiento, a la imposición de una burocracia cognitiva a la que las nuevas formas de aprendizaje en redes cooperativas y de creación están poniendo en severa cuestión.

¿Hemos de intentar reintroducir las humanidades en esas guarderías burocráticas desfasadas que son hoy nuestras escuelas, o en cambio, deberíamos optar mejor por denunciar el concepto de educación republicana -el patriotismo constitucional- y jacobina donde las humanidades, como cualquier otra disciplina científica o artística, se incluyen únicamente por su carácter instrumental en el seno de un conflicto entre lo público y lo privado –entre las nacionalidades o las civilizaciones- que únicamente sirve para delimitar espacios de juego y debate entre una derecha y una izquierda cuyas ideologías se han degradado en pura publicidad al servicio del mercado electoral?

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Crisis

La imagen de la casa con grietas, que se tambalea, inestable, se acepta universalmente como metáfora de la crisis del edificio social. ¿Está en crisis porque tengo la certidumbre de que se va a caer o porque resulta incierto que vaya a estar toda la vida en pie? La crisis nos empuja a la acción, a adoptar una determinación respecto al edificio que se va a derrumbar: ¿dinamitarlo de forma controlada, restaurarlo, consolidarlo?

Entre todos nosotros -como individuos- formamos la estructura de este edificio social en crisis. La paradoja aquí reside en que los ojos que interpretan la ruina también forman parte de la misma crisis que están analizando.  Parece como si la realidad, personal o social, consistiera en una sucesión larga y casi engorrosa de estados de equilibrio entre los que se intercalan unas prometedoras y también desestabilizantes conmociones. Ya sea la crisis económica, la internacional, la de identidad o la amorosa, las crisis han de afrontarse con el discreto objetivo de salir a flote, o el ambicioso de salir robustecidos por la experiencia.

Las identidades, o las ideologías, los enamoramientos o los ajustes estructurales, por tanto, han surgido como artefactos de salvación desde el lado de la subjetividad, o sea, de los ojos con que nos miramos y que nos impiden ver al rey desnudo que todos llevamos dentro. Pero la crisis permanece, inexorablemente presente como condición intrínseca del ser humano y del edificio del que formamos parte, porque el individuo realmente es un ser en crisis, en continua conmoción de sí mismo a pesar de los puntales con que desearíamos sujetar el precario edifico de nuestra identidad. Individuos frágiles, aunque también poderosos para mantener la consistencia de un sujeto en continua disolución.

A este abismo se asomó Nietzsche, y lo llamó nihilismo, una de las categorías con las que hoy denotamos al posmodernismo, al relativismo, y que consiste precisamente en tener siempre muy presente que no existen verdaderas tablas de salvación, ni metanarraciones, que todas estas técnicas de trascendencia resultan falaces y que han sido construidas heterónomamente para conformarnos como siervos en libertad.

Justo ahora que la tecnología nos abría un sueño prometeico de oportunidades perdidas, que la naturaleza nos niega su cobijo, que los dioses nos abandonan, al fin, el ser humano afronta su crisis sin la protección legitimante del individuo soberano que creía ser. Somos un interrogante que se interroga, una suerte de conciencia que hasta ayer creíamos autónoma y que a medida que avanza el siglo nos va desvelando su verdadero ser comunitario, cibernético, inmanente y límbico, de un cerebro colectivo de redes neuronales que quién sabe si en algún momento alcanzará también la autoconciencia.

¡Suerte, compañero!

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ENSAYO SOBRE LAS DOS RUEDAS (xxx)

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La panza del ciclista-sapiens

De la alimentación depende nuestra salud, a pesar del proverbio que afirma que lo que no mata engorda.  El mundo se debate entre las enfermedades derivadas del hambre y de la pobreza, y las que proceden de la opulencia, sin que todavía hayamos podido encontrar un mínimo punto de encuentro que solvente ambas. Evidentemente, de algo hay que morir, pero el sentido común nos dicta que sea lo más tarde posible y que lleguemos en las mejores condiciones físicas y mentales, que las decisiones que tomemos sobre lo que ingerimos al menos estén basadas en los efectos que los alimentos tienen sobre nuestra salud y bienestar.

La importancia de los recursos animales en la evolución humana resulta innegable. Ello no quiere decir, en principio, que una persona no pueda vivir saludablemente con una dieta estrictamente vegetariana aplicada con sentido común y gran inteligencia, sino que la evolución humana se realizó a la par que accedíamos cada vez a mayor cantidad de carne y pescado. Nuestra inteligencia y cambios fisiológicos nos fueron dotando de cada vez mayores habilidades para cazar, pero la proteína animal también fue necesaria para incrementar nuestra capacidad craneal. Sobre este último hecho resulta pertinente la siguiente reflexión. Una de las grandes leyes de la biología consiste en la relación precisa que se da entre la envergadura de un animal y su metabolismo basal. Los vatios que consume el metabolismo en reposo de cualquier animal, ya sea un mínimo pajarito o un elefante, resultan de elevar a la potencia 0,75 su peso en kilogramos. Esto quiere decir que si una especie evolucionó incrementando el trabajo de un determinado órgano de su anatomía, otros deberían haber menguado en cuanto a su consumo energético. En el caso del hombre, cuya envergadura resulta similar a la del chimpancé, ambos poseemos un metabolismo basal de 100 vatios aproximadamente. Si el cerebro del chimpancé sólo consume un 5% de esa cifra, y en cambio nuestro cerebro humano más de un 20%, debe haber algún otro órgano en nuestro cuerpo que consuma mucho menos recursos energéticos que en el chimpancé, para que finalmente el total de energía metabólica sea la misma. Y este sistema no es otro que el digestivo, órganos que el ser humano fue simplificando a medida que evolucionaba y cuya energía utilizó el cerebro para crecer y hacerse cada vez más complejo. Cuando se compara el aparato digestivo de un herbívoro y un carnívoro, se advierte claramente su enorme diferencia. Mientras que éste posee un sistema digestivo corto que precisa poco tiempo y esfuerzo para metabolizar los insumos, en cambio, el herbívoro posee enormes recursos enzimáticos para poder acceder a las sustancias contenidas en los vegetales y para generar los aminoácidos y lípidos que necesita su organismo. A medida que el ser humano fue alejándose del chimpancé, se fue haciendo más carnívoro, y por tanto, simplificando su aparato digestivo a la par que se desarrollaba su cerebro. Por ello, entre otras razones, no podemos sintetizar todos los aminoácidos (esenciales), ni ácidos grasos de cadena larga (Omega3, por ejemplo), porque nuestro metabolismo digestivo se fue simplificando, fue perdiendo habilidades que suplió por poder incorporarlas directamente de los herbívoros de los que nos alimentábamos y que sí eran capaces de producirlas. Y la utilización del fuego para cocinar los alimentos, que favoreció todavía más la simplificación de nuestro aparato digestivo, al hacer más accesible y con menor consumo energético, gran cantidad de nutrientes.

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Crisi

El Criticón, de Baltasar Gracián, se encuentra dividido en treinta y ocho CRISI(s). En cada una de ellas se cuenta, en tono alegórico y cierto sarcasmo, la relación entre Andrenio y Critilo, el ingenuo biempensante que encara con optimismo el descubrimiento del mundo en el que le ha tocado vivir, y su amigo apocalíptico -utilizando la terminología de Umberto Eco en Integrados y Apocalípticos-, que asiste escéptico al despliegue de una contemporaneidad cuajada de trampas, falsedades e injusticias.

Ya sea en el Imperio español del Siglo de Oro, en la sociedad de masas que nos describe Eco, la Atenas Platónica, la República de Cicerón o la posmodernidad, el talante, la disposición, el análisis y la respuesta que cada individuo le ofrece al mundo en el que vive se mueve entre esos dos extremos, el optimismo justificador e infundado de Pangloss y su contrario un tanto cenizo de Martín.

No creo que en el término medio resida la virtud. Pero tampoco negaré que entre el ingenuo y el escéptico, siento mayor simpatía por este último, aún cuando me deje seducir frecuentemente por el entusiasmo del primero ante las novedades y el fantasma del progreso.

Abro esta serie de entradas (posts) bajo el título de CRISI, porque deseo recuperar la dialéctica entre aquellos dos arquetipos -de mi conciencia-  a los que a partir de ahora pongo a dialogar en estos “primores del entendimiento”, que dijera Gracián de los capítulos (CRISI) de su obra, con la intención, tan conceptista y barroca, de “que en poco se diga mucho y bien”. ¿O no?