En el pornógrafo del capital

Existen técnicas de producción material que dominan la naturaleza. Pero también tecnologías de dominación erigidas contra las personas. La historia no se entiende sin ambas, sobre todo si no intentamos comprender sus relaciones, más aún, si no somos capaces de narrar cómo el dominio del hombre sobre la naturaleza ha evolucionado a la par y con similar diseño tecnológico que el dominio del hombre por el hombre.

Y a la vez hemos ido interiorizando la represión. La técnica del psicoanálisis se creó precisamente para sondear en ese ser humano que había empezado a interiorizar las técnicas represivas que antaño ejercieran la Iglesia, el Estado o la familia. El conflicto político del individuo por modificar su entorno y derribar una moral heterónoma se había transformado en una enfermedad psicosomática donde una mente escindida luchaba contra sí misma. Somos herederos de esta esquizofrenia.

Por tanto, técnicas de producción material para dominar y transformar la naturaleza y con ella nuestra mente, y técnicas de producción de salud, porque la dominación sobre el ser humano se trasviste cada vez más de medicina, psicología y sexualidad.

Durante estos días no puedo quitarme de la cabeza este extraño galimatías que nos propuso Foucault: “de hecho, creo que en la actualidad la moral puede ser reducida íntegramente a la política y a la sexualidad, e incluso ésta puede ser reducida a la política: la moral es la política”.

Concibo la dominación política como el intento del poderoso por perpetuar el presente ad eternum, en un entorno social que sin embargo evoluciona. Por tanto, más que detener el mundo, reproducir su orden en un ambiente cambiante. Lo ambiguo de las técnicas del sexo es que nacieran para producir placer y a la vez evitar la reproducción. Las antiguas instituciones de la prostitución y del matrimonio, erigidas para colmar el deseo-dominación del macho, se crearon con objeto de escindir placer y reproducción –o utilidad social- y alojar cada una en un ámbito diferente: el mercantil del sexo comprado para ser consumido, y el político del sexo pactado para reproducir el orden social paternalista.

Antaño la moralina criticaba a las prostitutas porque ofrecían sus cuerpos como mercancías y los anunciaban incluso en escaparates que presagiaban auténticos ultramarinos del sexo. Pero cada vez resulta más frecuente que nuestros televisores, las marquesinas del autobús, los propios envoltorios, hasta las mismas mercancías se nos ofrezcan sexualmente, una erotización a la que el arte y los artistas del marketing y el diseño ofrecen su creatividad. Un capitalismo erotizado que convierte las cosas en objetos de deseo más allá de su utilidad. Porque cuando la moral, la política y hasta la misma sexualidad se viven como espectáculo, la realidad se transforma en un magnífico pornógrafo en el que lo explícito ya no puede informar de nada más allá de lo que se ve a simple vista, una pura tautología sensual sincronizada con nuestro deseo.

Vivimos en la pornografía, en un mundo en el que el espectáculo nos hace soportable el aburrimiento que el mercado y la política nos vende a raudales, una reiteración sofocante de escenas cuya monotonía sólo podemos aguantar en la  esperanza de que la siguiente imagen nos aporte algo novedoso. Somos los animales que esperan. Sin embargo, el león no hace nada mientras descansa al acecho de su próxima presa. Nosotros sí, porque trabajamos mientras esperamos. Somos los trabajadores que se explotan a sí mismos, como el terrorista suicida, hasta tal punto hemos interiorizado la dominación en forma de represión. Como dijera Bauman con mordacidad, somos los consumidores que se consumen.

El fetichismo fantasmagórico de la mercancía adquiere así a través de la pornografía de la que hoy se reviste y con la que se nos vende, una nueva realidad aún más virtual, y por ello, más hipócrita respecto a la naturaleza y al ser humano sobre cuya explotación se sigue fabricando como materia y como icono. Este capitalismo tardío de la imagen y de la cultura mercantilizada tiende así a su propia autodisolución en la pura imagen forense de sí mismo, al igual que el sexo desaparecería en ese ejercicio médico-circense que Zizek nos propone de disponer una cámara de video en la punta del pene del actor porno.

La pornografía se ha convertido en el último acto del capitalismo, porque su presencia vacía aquello mismo que intenta expresar. Como nos dice Tiqqun, “en el mundo enteramente semiotizado del Bloom, un falo y una vagina sólo son signos que remiten a otra cosa, a un referente que ya nadie encuentra en una realidad que no cesa de desvanecerse”. La actriz porno, el chapero, o la prostituta no harán la revolución, pero nos ofrecen el prototipo de nuda vida que como una brisa pacífica profanará los últimos vestigios de un mundo que ya se está auto-inmolando.
Licencia de Creative Commons
Crisi /catorce/ by Rui Valdivia is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 4.0 Internacional License.

UNA FUGA SIN RETORNO

director orquesta_2La música cesó tras de la apoteosis, pero no pudiste oír los aplausos. Te diste la vuelta y desde tu balcón azul tampoco divisaste a nadie, tan sólo un océano negro de silencio. “¡Apaguen los focos, leche!” Y te comiste la batuta como si fuera un alfeñique.

Al momento, el concertino se levantó y te estrechó la mano. Llovieron flores. Las trompas y los cornos ingleses sonreían. Desde el palco te saludó el rey, cual si fuera montado en su rolls blindado y bostezara a la muchedumbre. Sin embargo, la reina palmeó con tal fruición que los guardianes de la corona miráronse de soslayo.

Tras saludar, bajaste del podio e hiciste mutis, cabizbajo, mientras el auditorio aullaba suplicándote alguna propina.

La noche y su relente te esperaban de nuevo, Moisés de Briè, solo y desconocido en otra ciudad recién despertada al simulacro del neón y de las terrazas vacías ¿Olvidaste la pajarita, de Briè? ¿A dónde vas tan aprisa, Moisés? Ya no te demoras flirteando con las furcias, como antaño hicieras en la Viena atroz de la posguerra, cuando tras de los ensayos practicabas el trémolo entre sábanas de franela roja y en aquel balneario conociste al miserable empresario de las orquestas y los auditorios, aquel que entre baños mefíticos de azufre y friegas de penicilina, te contrató porque tu verga tan pomposa se parecía a la suya.

Eres un extravagante de Briè. Sin embrago, a la hueste de los críticos le gusta tu carácter hosco y desgarbado, violento con las sanas costumbres y los buenos modos. Nunca ganaste tanto reconocimiento como aquel día en que al ir a comenzar el adagieto de la quinta de Mahler le pediste fuego al clarinete y entre una nube de humo veneciano dirigiste la que fue considerada la mejor versión del siglo, ganadora de un Grammy y de un contrato multimillonario con la casa Farias. Incluso los más ortodoxos adoran y aclaman tu arte excelso, de Briè, y perdonan tus destemplanzas.

“¡No seas majadero! Mi madre era una cursi que se atragantaba en suspiros cuando su pequeño niño prodigio tocaba ante sus visitas aquel piano, joya de la familia, que decían que Beethoven había acariciado mientras también ensordecía. Más de cuarenta horas de psicoanálisis lacaniano y diez más de terapia Gestalt me costaron superar los rescoldos de aquella casa de campo meliflua y tiránica en la que mi padre ausente ejercía, con tal desmedida su férrea disciplina, que disfrazó de cocineros, mayordomos, jardineros e institutrices a los más oscuros y depravados detectives de la decadente Austria imperial; y evitó que mi madre se fugara con un artista “degenerado” que desde París intentó sacarla sin éxito del manicomio en el que perdió su vida entre rameras asirias proscritas por el Estado y judíos multimillonarios a los que la lobotomía había transformado en serios arios estériles a los que el régimen mimaba, no sin ciertos recelos”.

“Soy un viejo feo al que la gente culta adora y la pobre denigra. Ayer la reina me besó durante la recepción, nada menos que en la comisura de la boca, delante de tres jefes de estado mayor que inmediatamente echaron mano a sus pistolas automáticas y que luego escoltaron, en la antesala, las simplezas de un rey de opereta, mientras nosotros ensayábamos lindezas al clarinete, en un discreto y delicioso saloncito rococó testigo de pasadas veleidades reales. Sin embargo, mi porte aterroriza a las golfillas, que me exigen, por mi facha desgarbada, mis arrugas y mi pelo blanco e hirsuto, una cifra desorbitada y tan extravagante que sólo referirlo me avergüenza. Yo, que fui tan querido en otros tiempos”.

¿A dónde vas, Moisés, perdido otra vez en la noche de otra ciudad sin sentido? Ya no silvas, ni sabes tararear. Olvidaste las antiguas melodías, desde aquel sexagésimo cumpleaños en el que tus sesenta músicos preferidos te ofrecieron, de ofrenda, una pieza en la que uno a uno iban dejando de tocar, mientras otras tantas fúlgidas lámparas se iban apagando y tú recordabas tus tiempos mozos de vanidad y ambición, a la par que la oscuridad te acercaba progresivamente al silencio, perdido en la barahúnda de tus amigos y familiares, espiado por cámaras de televisión que encendían y apagaban sus diodos rojos y te recordaban los antros y los garitos donde oías el bandoleón y las castañuelas. Pero tú sólo pudiste ver las luces que iban enmudeciendo, porque la música ya no volviste a escucharla, de Briè, y a partir del momento en que la flauta se calló y la trigésimoquinta luz se apagó, tus oídos callaron y desde entonces no puedes silbar ni entender salvo por el jugueteo de los labios.

Estás solo de Briè. Tu arte es como una muralla. ¡Como un precipicio infame! Eres una reliquia, Moisés, un objeto de adoración. “Pero ya nadie me reconoce en esta ciudad de sombras, a pesar de mi frac de gala y mis zapatos de charol. Le di mi pajarita a ésa que huye en aquel coche rojo, y ni me dio las gracias”.

Ya no necesitas llenar las montañas de insecticida, de Briè, ni embadurnar los árboles de visco para apresar aves, porque tu arte ya no te exige el silencio contemplativo de esa naturaleza que cada primavera matabas para que no osara inspirarte melodía o sonido que no partiera de tu imaginación. A tu perra no sólo le extirpaste los ovarios, sino que también le robaste sus cuerdas vocales, no porque ladrara a los pájaros, que ya no los había, sino para que no pudiera manifestar alegría con un sonido de ladrido que no hubieras inventado tú. Y cuando enloqueció de impotencia, porque hasta el rabo le cortaste para que no tamborileara contra los muebles y las puertas, se dejó ahogar una mañana de verano en el lago donde solías pescar peces mudos que luego conservabas en peceras frigoríficas de cuarzo translúcido y multicolor.

Has perdido la inspiración para componer de Briè, pero aún puedes dirigir tan leve como un ángel; y según Le Figaro, tus imperceptibles movimientos sobre el podio despiertan todavía las más sutiles sonoridades, porque no necesitas fuerza, ni aparentar crudeza para desbocar a la orquesta hacia el éxtasis; pero la clara distinción de tu arte, comenta The Times, surge cuando la música, casi silente, parece flotar en un piélago de mil corazones atónitos y contenidos.

Por eso no puede huir, maestro. Los contratos le obligan más allá de la enfermedad y la muerte, profesor. Pero ¿a dónde va? ¿Cómo sale sin abrigo?

Que la noche está fría, y sin pajarita, Moisés, hijo, ven que te abrigue y que te arrope esa garganta que siempre tuviste débil…

Pero que resistió la navaja de tu primer despecho cuando la viste huir con aquel timbal de piernas flacas y cara de caballo que debía dar los últimos sones de tu cuarta sinfonía, esa que nadie entendió y de la que hoy ningún aficionado carece. Desde entonces, y según dice Guillermo José Leguineche, no suena percusión que la parió en ninguna de tus sinfonías y los platillos, tan caros en tus direcciones de otros compositores, tan sólo aparecieron una vez y como de puntillas en una fuga en la que la flauta no acababa de entenderse con el violonchelo de Laura, “la querida, la última Laura de los pechos recios y sonoros, la única que ya no me habla porque sabe que no la escucho, y cuyo legato aún me hace olvidar este sinsentido atroz que nadie comprende porque, ¡qué van a entender esos horteras de un sordo que dirige a ciegas!”.

Siempre le gustó la nieve, maestro, y ahora nieva de Briè, como en Garmisch, cuando aún eras un oscuro director de pasado inefable y tu padre te buscaba, perseguido y moribundo. Pero tú debías escamotearle ante la posteridad para mostrarte como un genio emergiendo de la nada. Y cuando le viste por última vez, una noche de éxito, después de haber interpretado entre telúricas mareas una inconclusa melodía bruckneriana, te pareció dormido en la primera fila, o eso creíste: sin embargo, él nunca dormía. Siete propinas le regalaste al enfervorizado auditorio, pero él siempre dormía, y cuando la muchedumbre se dispersó él quedo allí, solo, con la cabeza apoyada sobre la mano doblada, con el codo sobre el brazo de la butaca y con el programa de mano sobre las piernas abierto por la foto de su hijo y por una biografía en la que él no estaba, como si Moisés hubiese nacido de la nada. Estaba muerto, de Briè, fulminado por tu interpretación de aquella música con la que enloquecía a su propio auditorio de presos, mientras recordaba a su hijo lejano y las historias que sus espías le contaban cuando descansaba en las noches inclementes de insomnio. A pesar de la distancia y del tiempo le reconociste, de Briè, y desde tu balcón azul descendiste hasta ese infierno que aún te miraba, Moisés. Recuerdas que olía a desinfectante, ese cadáver que parecía tener aún prendida entre los labios el temblor de la melodía de tu batuta.
Licencia de Creative Commons
Una fuga sin retorno by Rui Valdivia is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 4.0 Internacional License.

Libertad y poder

En El banquero anarquista Fernando Pessoa nos muestra que el principio ácrata de la máxima libertad sólo se puede alcanzar a través del dinero, y que únicamente un banquero capaz de enriquecerse y de utilizar su riqueza como instrumento de independencia, autonomía, defensa, disfrute y compra podría permitirse romper cualquier coacción social en pos de la justicia o de la igualdad.

Coincidiría esta postura con la que defendía Séneca cuando afirmaba que únicamente la riqueza ofrece la posibilidad de ser libre, y la oportunidad de poder realizar el  bien por medio de obras de caridad totalmente desinteresadas.

El capitalismo sin Estado, o el anarquismo de derechas, o neoliberal, podría encuadrarse en este mismo ámbito ideológico en el que se mueve el banquero de Pessoa o el filántropo senequista, que identifican la libertad del individuo con el triunfo que pueden obtener en su lucha por superar las restricciones y coacciones que el resto de la humanidad pudiera imponerles.

Esta noción de la libertad contrasta, sin embargo, con la célebre proclama de Bakunin, contenida en su Catecismo revolucionario:

No es cierto que la libertad de un hombre esté limitada por la de los demás hombres. El hombre es realmente libre cuando su libertad, completamente reconocida por lo demás y reflejada en ellos, encuentra su confirmación y su expansión en la libertad de los demás. El hombre no es realmente libre más que entre hombres igualmente libres; la esclavitud de un solo hombre ofende a la humanidad y niega la libertad de todos.

No deseo ahora entrar en detalle en las célebres controversias sobre el sentido que la liberad posee en la sociedad actual, que si la libertad de los antiguos frente a la de los modernos, si la libertad positiva contra la negativa. No se puede hablar de la libertad sin considerar el poder. Durante mucho tiempo la imagen del poder se parecía a la de una marioneta a la que el poderoso le otorgaría vida y movimiento. Pero el poder, sobre todo en la compleja sociedad actual, se parece más a un campo de energía dinámico en el que todos los individuos, como las masas gravitatorias, atraen y a su vez somos atraídos. Imaginad que sobre la superficie plana de una cama dispusiéramos bolitas metálicas de diferente tamaño. La curvatura que adoptaría la sábana sería como el campo de fuerzas del poder en la sociedad. Y la libertad, el gradiente gravitatorio que genera cada bola-individuo a su alrededor.

La libertad del banquero anarquista sería una libertad-contra, opuesta a la libertad-con de Bakunin, pero sin embargo coherente ambos con el concepto liberal de libertad negativa, de dejar hacer a cada individuo lo que le dé la gana. En la libertad se concilia el deseo con la capacidad social y material de poder alcanzarlo. Lo que pone de manifiesto Bakunin y la tradicional noción anarquista de la libertad es el hecho de que sólo la cooperación social entre iguales puede generar un campo energético de poder en el que los gradientes de libertad sean similares entre sus miembros, con independencia de sus deseos y en relación con sus capacidades y con sus necesidades, según la versión del príncipe Kropotkin.

El capitalismo entiende también que la cooperación social resulta indispensable para sostener el sistema económico, pero la hace depender de la desigualdad y la competencia, provocando una división del trabajo lacerante que consolida situaciones de privilegio y dependencia. El banquero anarquista es aquí dónde encuentra su medio ideal para proclamar enfáticamente:

¿Cómo podía yo hacerme superior a la fuerza del dinero? (…) ¿Cómo subyugar el dinero, combatiéndolo? ¿Cómo hurtarme a su influencia y tiranía sin evitar su encuentro? El procedimiento era sólo uno: adquirirlo, adquirirlo en cantidad bastante para no sentir su influencia; y cuanta más cantidad adquiriese, tanto más libre estaría de esa influencia. Cuando vi eso claramente, con toda la fuerza de mi convicción de anarquista y toda mi lógica de hombre lúcido, fue cuando entré en la fase actual de mi anarquismo, la comercial y bancaria, amigo mío.

Este reino de la libertad del banquero sólo puede ser aristocrático, únicamente para unos pocos, porque la máxima libertad se concibe únicamente como explotación para el beneficio propio, y sólo puede consolidarse en el reino de la necesidad, en un sistema social que genera escasez artificialmente. Por ello I. Berlin, el insigne pensador de la libertad como dejar hacer considerará que la democracia no resulta imprescindible para la libertad y que también dentro de una autocracia se puede dar un alto grado de libertad:

Parece improbable que esta extrema demanda de libertad la haya deseado nunca más que una minoría de civilizados y conscientes seres humanos. El resto de la humanidad siempre la [libertad] ha sacrificado por otras metas: seguridad, estatus, prosperidad.

Las principales corrientes libertarias aun cuando consideran también la libertad negativa como un elemento consustancial de la libertad individual, la amplían en el sentido que supo ofrecer también Marx cuando esbozó  su descripción del reino de la libertad en esta dirección complementaria y superadora de la liberal:

El reino de la libertad solo empieza allí donde termina el trabajo impuesto por la necesidad y por la coacción de los fines externos (…) A medida que se desarrolla, desarrollándose con él sus necesidades, se extiende este reino de la necesidad natural, pero al mismo tiempo se extienden también las fuerzas productivas que satisfacen aquellas necesidades. La libertad, en este terreno, solo puede consistir en que el hombre socializado, los productores asociados, regulen racionalmente este su intercambio de materias con la naturaleza, lo pongan bajo su control común en vez de dejarse dominar por él como por un poder ciego, y lo lleven a cabo con el menor gasto posible de fuerzas y en las condiciones más adecuadas y más dignas de su naturaleza humana. 

La libertad, y el poder que la hace posible, son conceptos construidos socialmente con un contenido poético y metafórico que no podemos soslayar, cuyas narrativas vertidas en la imaginación y el deseo nos ofrecen las claves para construirnos como individuos a la vez que materializamos la utopía en la que desearíamos vivir. La sociedad no deja de ser la materialización de nuestros sueños, y que ésta se nos muestre hoy como la pesadilla del banquero anarquista no debe impedir que seamos conscientes del poder creativo de la interacción de nuestras mentes para construir otra realidad.
Licencia de Creative Commons
CRISI /trece/ by Rui Valdivia is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 4.0 Internacional License.

Planificación

La hormiga de la fábula destaca por su previsión. A diferencia de la cigarra, trabaja para controlar el futuro, y para ello modifica su presente con objeto de disminuir el riesgo y en ese entorno transformado poder cumplir mejor sus objetivos vitales. Planifica.

Si Esopo nos lo cuenta así, y realza el protagonismo y la ejemplaridad de la hormiga, es porque este insecto parece mostrar en su comportamiento algo valioso para el ser humano, algo consustancial a nuestro ser. Posee razón el griego. Al ser humano le gusta planificar. Siempre lo ha hecho. Imaginar un futuro ideal o mejor, y trabajar hoy para disminuir la aleatoriedad del ambiente social y natural, y que las condiciones del entorno sean en ese nuevo futuro deseado mucho más benignas a nuestros intereses y deseos.

Resulta tan innata esa capacidad humana, que a medida que las sociedades han ido evolucionando en el camino de la racionalidad instrumental, del universalismo y del progreso, este celo planificador se ha ido extendiendo a entornos y campos donde puede incluso parecer excesivo y hasta contraproducente.

Estamos ya en verano, hace calor y mucha gente disfruta de la playa, porque en febrero empezó a planificar sus vacaciones. En el ámbito personal y empresarial resulta valioso planificar, ordenar en el tiempo imaginado una serie de actividades que nuestra mente considera imprescindibles para posibilitar que el futuro nos brinde bienestar o para que colme alguno de nuestros deseos, para que a la fábrica no le falte insumos.

Desde que la URSS cosechó un éxito relativo con sus primeros planes quinquenales –comparado con el crack capitalista del 29-, y Leontief supo revelarnos los misterios de las tablas input-output de la economía, el Estado y las grandes empresas, con independencia del régimen político y de las ideologías, se han lanzado a la planificación de la realidad. Claramente nos lo mostró Galbraith en El nuevo Estado industrial, cuando propuso el modelo tecnocrático de decisión y de planificación como distintivo de nuestro tiempo, tanto del capitalismo de Estado socialista, como del capitalismo democrático occidental.

Todo poder anhela la eternidad, y una vez que dios dejó de ofrecérsela a los gobernantes terrenales, estos encontraron en el instrumento de la planificación algo imprescindible al fin de perseverarse en el tiempo y disminuir los riesgos del cambio. El sociólogo U. Beck, tan famoso en los años noventa del pasado siglo, nos lo relató a través del concepto de La sociedad del riesgo, que para protegerse de los daños colaterales del progreso y poder distribuirlos equitativamente entre los ciudadanos, debía acometer la tarea de planificar la realidad, de centralizar las decisiones en expertos que controlan la técnica y en filósofos-políticos que supieran de ética, en suma, de intentar idear procedimientos colectivos de decisión que fueran capaces de generar sabiduría. ¿Cómo hacer compatible la dictadura del tecnócrata, la veleidad cortoplacista del político demócrata y la libertad o la justicia? Pues ahí tenemos los procedimientos políticos del estado del bienestar, del crecimiento sostenible, del desarrollo humano, de la participación ciudadana, etc. que no dejan de ser instrumentos jerárquicos y centralizadores de toma de decisiones que fracasan, como se ha demostrado, en su intento de repartir a la vez justicia y eficiencia.

La planificación política, ya sea a nivel de la economía, la energía, el medio ambiente, el agua, la sanidad, la cultura, la defensa o la vivienda, se basa en analizar la probable evolución de las variables involucradas en el fenómeno que se estudia, en estipular unos objetivos a alcanzar en una determinada fecha y en decidir qué instrumentos se van a adoptar para conseguirlo. Por tanto, poseer muchos datos, conocer el modelo de funcionamiento de la parcela de realidad que estamos planificando, y poner en práctica una serie de medidas que modifiquen la que sería la tendencia natural de las variables (el business as usual). No difiere demasiado de la metodología que todos usamos para programar nuestras vacaciones, o para aplicarle a uno de nuestros hijos un tratamiento de ortodoncia. Un poco más sofisticada quizás, pero la misma. Pero curiosamente, los dientes de nuestra progenie mejoran, y si no sobreviene un percance, casi todos nos vamos a tostar al sol, tal y como habíamos previsto. Lo que contrasta con los fiascos que cosechan casi siempre todos los procesos de planificación que se acometen ya sea por el Estado, como por las grandes empresas.

La planificación resulta consustancial a la maquinaria capitalista y democrática, porque la centralización universalizadora a la que aspira sólo puede legitimarse socialmente en una estructura burocrática y tecnocrática que publicite certezas a los ciudadanos y a los consejos de administración del Estado y de las grandes empresas. No importa que la planificación siempre se incumpla, porque su función social no reside en que todo funcione como un mecano, sino en que ofrezca la imagen de que la maquinaria opera racionalmente y de que las decisiones democráticas que aspiran a cambiar el futuro se insertan en un modelo racional y previsible de funcionamiento. Porque si no fuera así, ¿para qué serviría el Estado democrático? Si el pueblo no percibe que el ejercicio de su soberanía está cambiando efectivamente la realidad en una dirección concreta, para qué la falacia de la participación ciudadana en los procesos de decisión o la construcción de todo un aparato burocrático que mecaniza las relaciones de los individuos tanto entre ellos, como con el medio ambiente que nos rodea.

Realmente, sin la planificación cotidiana y cercana de nuestras vidas no podríamos existir, pero lo alucinante es que podamos sobrevivir a la planificación de la economía nacional o del medio ambiente mundial.  La planificación realmente persigue el adiestramiento social, que los individuos, cuyas decisiones aleatorias estropearían el equilibrio social existente, acepten modificar su comportamiento en una dirección predeterminada con el objetivo de garantizar el progreso y la efectividad de las políticas estatales y empresariales. Alterar, por tanto, la naturalidad cibernética de las relaciones libres y consensuadas de los ciudadanos por aparatos homeostáticos de decisión que le ofrecen al poder la previsibilidad adecuada a sus intereses: aunque esta megamáquina -sobre la que Lewis Mumford teorizó- únicamente pueda funcionar, a pesar del orden, la jerarquía y la planificación a la que aspira, gracias a esa anarquía organizadora de base que definiría E. Morin en La identidad humana, de los mil y un sabotajes cotidianos, desobediencias cooperativas de los últimos operarios de la megamáquina capitalista y estatal. Por ello la planificación, aunque nunca se cumpla, les permite a los estrategas capitalistas combatir en la guerra económica en condiciones ventajosas, y así poder elegir el campo de batalla y las reglas de la disputa.

Pero los planes se acumulan uno tras otro en los archivos estatales, todos ellos incumplidos. Y a pesar de ello se continúan redactando. Aunque el progreso, o la riqueza que puedan cosechar nuestros Estados no haya sido jamás predicho por ningún plan, porque la real utilidad de la planificación no reside en su cumplimiento, sino en orientar los comportamientos de las personas en una dirección medianamente coherente con los intereses de la élite económica y política; en ofrecer un texto legal, democrática y racionalmente aceptado que respalde todo el edificio normativo, y el montante y dirección de las inversiones que se van a acometer; y finalmente, en ofrecer al debate público y al juego democrático un texto autorreferencial al que todos recurren para justificar opciones, propuestas o alternativas políticas, un corralito tecnocrático que atrofia la potencia social para imaginar y trabajar por otros mundos posibles.
Licencia de Creative Commons
CRISI /doce/ by Rui Valdivia is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 4.0 Internacional License.

ENSAYO SOBRE LAS DOS RUEDAS ( xliii y último)

……..continúa…

Anarquismo solar

Quien en un determinado momento afronta el reto de montarse en una bicicleta asume un compromiso que no acepta fortuitamente, sino tras amplia reflexión sobre otros aspectos interrelacionados, como es el transporte, la crisis ambiental, la salud, la nutrición, la ética o la política. Montar en bicicleta es síntoma de un cambio, o de una evolución personal y por agregación, también social. La bicicleta se erige en un artefacto peligroso, casi revolucionario al que debemos prestar la debida atención. Por ello hemos hablado de todos estos temas, de forma un tanto holística, porque el ciudadano que decide montarse en una bicicleta para ir al trabajo ya nunca va a ser la misma persona que se transportaba únicamente en su coche. Como expresa acertadamente David Byrne,

Ir en bicicleta entre todo esto (las ciudades) es como navegar por las vías neuronales colectivas de una especie de enorme mente global. Es realmente una excursión por el interior de la psique colectiva de un grupo compacto de gente.

Por esta razón no se puede reflexionar sobre la bicicleta sin conectarla con otras realidades sociales, ya que la bicicleta además de definirse como un objeto tecnológico, atesora una capacidad de cambio político de enorme calado que hay que saber reconocer y por tanto, explotar.

Una de estas posibilidades revolucionarias tiene que ver con la estructura económica actual dependiente de los combustibles fósiles, la que se ha llamado economía fosilizada, y cuya crítica resulta pertinente abordar en relación con el uso de la bicicleta, ya que esta tecnología representa un hallazgo esencial para hacer viable sociedades más equitativas y sostenibles, cada vez más independientes del petróleo, donde las decisiones sobre la vida buena se adopten de forma distribuida evitando autoritarismos y jerarquías centralizadoras. Comparto la reflexión de Deleuze y Guattari en El Anti-Edipo, capitalismo y esquizofrenia”, allá por los años setenta, cuando el movimiento provo  holandés comenzó también su lucha política en torno a las bicicletas blancas.

Es evidente que cosas tan diferentes como el monopolio o la especialización de la mayoría de los conocimientos médicos, la complicación del motor de automóvil, el gigantismo de las máquinas no responden a ninguna necesidad tecnológica, sino tan sólo a imperativos económicos y políticos que se proponen concentrar poder y control en las manos de una clase dominante. No se sueña con un retorno a la naturaleza cuando se señala la inutilidad maquínica radical de los coches en las ciudades, su carácter arcaico a pesar de los gadgets de su presentación, y la modernidad posible de la bicicleta, en nuestras ciudades tanto como en la guerra de Vietnam.

Hemos comenzado con la bicicleta, continuado con el transporte, el ejercicio físico, la nutrición, el agua, la agricultura y hasta el conocimiento. Y continuamente nos hemos referido a la energía, no sólo a la cantidad, sino sobre su procedencia, en la medida en que no sólo la eficacia de su uso, sino la sostenibilidad de su empleo, influyen en los modelos económicos y en la viabilidad y justicia de las estructuras de poder existentes.

Hemos criticado muchos conceptos sagrados. El ciclista es un hereje. La bicicleta es un instrumento revolucionario de primer orden, y como hemos afirmado, quien comienza a pedalear acaba poniendo en duda y dándole la vuelta a multitud de certezas vinculadas con la injusta sociedad contra la que la bicicleta entra irremisiblemente en conflicto.

Hemos atacado al automóvil, lo que es y lo que significa, y la santa alianza que los grandes emporios económicos del petróleo, la industria del motor y las constructoras, con la aquiescencia y apoyo del Estado, han fraguado para coartar la libertad de los ciudadanos. Una economía fósil de la escasez que contrasta con el anarquismo solar que representa la bicicleta, la abundancia de una vida solar.

Y hemos criticado cómo nos alimentamos y cómo bebemos, no sólo desde el punto de vista de nuestra salud, sino también sobre cómo afecta nuestra nutrición a la salud del planeta y a la justicia entre sus ciudadanos. La bicicleta es equidad y por tanto, ese motor humano que la mueve debe valorar cómo la energía y el combustible que empleamos para desplazarla afectan al equilibrio de ese planeta que también gira y rota.

Hemos propuesto rediseñar nuestra ciudades, invertir el sentido de las políticas, apostar por un nuevo modelo de alimentación, por nuevos valores ciudadanos, por una reconsideración del papel que las drogas y las sustancias consideradas dopantes cumplen en nuestra salud y bienestar psíquico, atacar los grandes emporios de la alimentación, la agricultura industrial, el petróleo o las farmacéuticas, que por culpa de su ingente poder mediático y económico, y a las enormes subvenciones y apoyo recibido desde los gobiernos, se han convertido en los grandes enemigos a batir que con sus decisiones están poniendo en peligro la viabilidad de la vida humana sobre este planeta.

La sencilla bicicleta, la discreta. A lo largo de nuestra historia hemos empleado multitud de artilugios para el transporte. Hasta que el carbón empieza a utilizarse en la máquina de vapor, el movimiento humano tuvo su origen directo en la energía solar, ya fuera por la energía extraída de los alimentos que nosotros o nuestros animales de carga ingeríamos, o por el viento que empujaba las velas de los barcos. Y sorprendentemente la bicicleta se inventa en plena vorágine de los sistemas de transporte basados en la energía fósil, de los ferrocarriles y luego de los automóviles, también de los barcos, en un principio movidos con carbón y finalmente con petróleo. La bicicleta, esa rara avis que desde su invención plantea una crítica, un interrogante, una ruptura en los derroteros que la humanidad está tomando. Y durante estos 150 años de vida la bicicleta no ha dejado de sembrar el desconcierto entre los apóstoles del capitalismo fósil. Y sobre la bicicleta el ciclista, ese motor humano, cibernético, pedaleando contra el mundo y por el mundo.

Más de un siglo de bicicleta, y todavía el poder no ha sido capaz de resolver la paradoja que representan la bicicleta y su ciclista, como esos amerindios subyugados por la fascinación de los centauros hispanos desembarcados en sus costas, poseemos una magia que nos convierte en dianas a perseguir y a desprestigiar, extraterrestres que venimos a tomar posesión de un mundo cada vez más enloquecido, sucio e inhumano.

Con este ENSAYO SOBRE LAS DOS RUEDAS he intentado abrir un camino, y mostrar que la crítica resulta no sólo posible, sino necesaria, que no sólo el fémur y las caderas están conectadas con los platos y las bielas, sino que también nuestro cerebro expande sus conexiones neuronales a ese artilugio mecánico que es una bicicleta, que como una prótesis posibilita y nos capacita a destruir y construir otro mundo.
Licencia de Creative Commons
Ensayo sobre las dos ruedas (xliii y último) by Rui Valdivia is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 4.0 Internacional License.