Libertad y seguridad

Os pido que volvamos a interrogarnos tal y como De Boétie nos propuso en el siglo XVI (Discurso sobre la servidumbre voluntaria), sobre por qué el ser humano ha tenido la mala costumbre histórica de ceder su libertad a tiranos, monarcas, empresarios o al mismo Estado.

Puede parecer inútil que nos tengamos que volver a interrogar sobre ello, cuando resulta evidente que vivimos bajo una democracia y que desde los tiempos de Hobbes y después Rousseau, resulta claro que la cesión de nuestra libertad ha sido voluntaria y por tanto, que se ha ejercido libremente, cosa que reconfirmamos en cada nueva votación democrática y pacto constitucional.

El caso es que no se está afirmando que no seamos libres, lo somos realmente, siempre el ser humano ha sido libre de decir no y en función de las condiciones sociales, sufrir las consecuencias de ello, buenas y malas. Y en la actualidad, los individuos realmente ejercemos muchas libertades. La pregunta no es esa. Sino ¿por qué no ejercemos toda nuestra libertad y dejamos que otros, en este caso el Estado y el poder económico y mediático, elija por nosotros el marco en el que ejercer nuestra libertad, los límites entre los que debemos usarla, el tipo de sacrifico que debemos afrontar para convivir en un régimen político y económico que codifica el rango y el alcance de nuestra libertad? Es decir, ¿por qué aceptamos ejercer nuestra libertad únicamente en los límites impuestos por una autoridad externa? En síntesis, ¿por qué aceptamos libremente esta servidumbre?

Y os voy a proponer una respuesta, que también forma parte del miedo a la libertad (léase a Fromm) que a todos nos aqueja como un pecado original, y del que casi nadie resulta absuelto, pero contra el que creo yo debemos luchar constantemente: la seguridad.

No afirmo que la seguridad no sea un valor importante. Lo es. Nadie desea estar sujeto al azar y a la arbitrariedad. La libertad se debería ejercer precisamente, y entre otras cosas, para obtener seguridad. Pero el caso es que esta frase que acabo de enunciar nos choca un poco, ¿verdad?, como a mí cuando me la oí por primera vez. Y realmente el hecho de que nos impacte y parezca absurda es lo que debería hacernos reflexionar sobre nuestra servidumbre voluntaria. Porque la frase realmente lógica en el mundo actual es que la seguridad nos ofrece el marco imprescindible para ejercer nuestra libertad.

Deseo recordar ahora a Simon Weil, porque resulta pertinente su reflexión sobre el sistema productivo, el bienestar y la libertad:

(…) se trata de saber si puede concebirse una organización de la producción que, aunque impotente para eliminar las necesidades naturales y la opresión social que resulta de ellas, pudiera al menos ejercerse sin aplastar bajo la opresión a los espíritus y los cuerpos. En una época como la nuestra, haber captado claramente este problema es quizá una condición para vivir en paz consigo mismo. Si se llega a concebir concretamente las condiciones de esta organización liberadora, sólo resta ejercer, para acercarse a ella, todo el poder de acción, pequeño o grande, de que se dispone.

Nos recuerda que los seres humanos formamos parte de una máquina, que cada cual poseemos una tarea y que en virtud de ella y de nuestra misma pertenencia a la máquina como un engranaje más entre otros, la maquinaria política y económica puede funcionar y nos ofrece seguridad y un marco de libertad. La mayoría de nosotros no entendemos casi nada sobre la tecnología de la máquina, ni sobre las leyes que hacen que la máquina de la producción, y por tanto de nuestro bienestar y seguridad, funcione. Ni confiamos en nuestra capacidad para alterar el funcionamiento de la máquina, ni para construir otra máquina diferente, tampoco para convertirnos no sólo en un engranaje sino alternativamente en centros rectores del software social, y por esta razón asumimos acríticamente nuestro papel, nos convertimos en conformistas y cedemos la parte más preciada de nuestra libertad: nos hacemos siervos, voluntariamente.

Y que sea voluntario el proceso resulta fundamental para su consolidación y aceptación. La dominación no se ejerce sólo de manera disciplinaria y coercitiva, sino más bien como un poder fluido que nos construye subjetivamente como piezas de la máquina. Somos piezas, nos creemos engranajes y deseamos seguir siendo piezas de la maquinaria, porque confiamos ciegamente en la máquina, en el Estado y en las empresas. Eso sí, deseamos ser cada vez más importantes y por tanto, poseer el máximo sueldo y por consiguiente, la máxima libertad para poder comprar y poder elegir. Por eso afirmaba Foucault que la actual subyugación de los sujetos no se produce por simples métodos de obediencia y disciplina, sino que todos nos convertimos gobernables porque nuestras “expectativas de vida, salud, el curso de nuestros comportamientos, están implicados en relaciones complejas y entrelazadas con los procesos económicos”, por la confianza irracional en la expansión infinita del dominio racional y que ese dominio tecnológico traerá automáticamente la solución de los problemas sociales.

El antropólogo P. Clastres también se formuló esta misma pregunta en torno a la servidumbre, de la que nace todo su magnífico y heterodoxo trabajo científico sobre el ser humano y sobre las sociedades primitivas, de las que creo deberíamos aprender a aplicar, en el marco tecnológico y político en el que nosotros nos desenvolvemos, su espíritu libertario:

La “sociedad primitiva” (sin Estado), es una sociedad contra el Estado. Poder y política son detentados por la sociedad y usados para evitar la emergencia de la dominación de un órgano de poder político separado de la sociedad (Estado), es decir, para conservar la igualdad, el carácter de la sociedad como “totalidad indivisa” (…) Si, de todos los seres, el hombre es el “único ser nacido realmente para vivir libre”, si es, por su naturaleza, ser-para-la- libertad, la pérdida de la libertad debería ejercer sus efectos sobre la naturaleza humana misma: el hombre se ha desnaturalizado, por lo tanto debe cambiar de naturaleza.

Puede afirmarse que la única y real naturalidad del ser humano consiste en su libertad. Y que por tanto, que la misma esencia del ser humano se define por no tener ninguna esencia, en poder ser siempre algo diferente a lo que se es. Y que nuestra servidumbre voluntaria consiste en esto, en no querer asumir nuestra no-esencia y no querer construir un entorno social totalmente autónomo de imposiciones externas.

Como afirmaba Castoriadis, el objetivo de la política no debería ser la felicidad, sino la libertad, y que hayamos invertido los términos del binomio y hayamos supeditado la libertad a la seguridad, en la confianza ciega en un poder y en una tecnología que nos domina y que nos ofrece sus migajas, nos debería hacer reflexionar sobre aquella pregunta que os hacía al principio sobre por qué aceptamos voluntariamente la servidumbre, nuestra cuota de servidumbre voluntaria de todos los días.
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