RuiValdivia

Horas non numero nisi serenas

CREATIVIDAD

Existe un amplio consenso, ya sea en las escuelas de negocio, ya en las simples escuelas de barrio o rurales, en las mismas universidades, de que hay que formar gente creativa. La creatividad se ha decantado como un activo social en alza. Guarda cercanía con otros conceptos valiosos de la posmodernidad, como la innovación, la competitividad, etc. En un mundo cada vez más complejo, repleto de información y en el que el trabajo repetitivo o poco creativo lo van asumiendo las máquinas, el valor añadido valioso que puede aportar el trabajo humano a la productividad residirá en la novedad de los procesos, en ser capaces de generar un producto, un método, una idea, una oportunidad que aún por escaso margen y tiempo, sea capaz de generar una renta suficiente para hacer que la rueda de la producción siga girando en competencia con el resto del mundo.

No deseo detenerme en la justificación de la necesidad económica y social de ser creativo. Baste consultar, por ejemplo, el concepto de lógica de la abundancia y el papel imprescindible que posee la innovación tecnológica en una economía de costes marginales tendentes a cero (El capitalismo que viene). Tampoco en las valiosas aportaciones que en materia de educación se viene realizando con objeto de superar los tradicionales métodos de obtención de currículos. Me parece muy interesante la literatura generada alrededor del nomadismo intelectual y el carácter fluyente, continuo, diverso y autodidacta que debería poseer el aprendizaje –por ejemplo Aprendizaje Invisible o The School of Life-, como concepto sustitutorio al de educación o adiestramiento, y tan conectadas con la experiencia pedagógica libertaria o la apuesta del pragmatismo norteamericano de Dewey. Consúltese, por ejemplo, el Manual para Nuevos Empleados de la empresa VALVE en la que participaba el actual ministro de economía griego, Varufakis, o el clásico estudio de Illich, La sociedad desescolarizada.

Más bien deseo centrarme en el concepto, y sobre todo, en lo que representa para una persona la necesidad de ser creativa. Para ello, me gustaría distinguir, aun cuando mantienen una estrecha vinculación, entre lo que denominaría la creatividad personal y la colectiva; y también desechar un prejuicio, que algunos consideran virtud, sobre lo que tradicionalmente se ha considerado una persona creativa.

Cuando se nos dice, e incluso asumimos –yo lo asumo, lo pretendo y creo que lo consigo a veces- que debemos ser creativos, ello suele provocar angustia e incluso frustración. Porque seguimos considerando que la creación va ligada, inexorablemente, tanto a los grandes genios del pasado como a los conspicuos empresarios del presente, a los artífices de la ciencia, el arte, la cultura y la tecnología, esos grandes individuos a los que hemos exaltado como originales, extraordinarios, ya sea abriendo nuevos horizontes al saber, como amasando grandes fortunas e influencia mediática y económica. Resultaría realmente demoledor, tanto para la persona, como para la sociedad, que la nueva educación en pos de la creatividad, se organizara con esa pretensión. En primer lugar, porque sólo una exigua minoría podría aspirar a convertirse en genio; pero lo que resulta fundamental, que este concepto de creador asumido históricamente resulta erróneo, ya que se basa en una historiografía romántica de corte hagiográfico que deseaba exaltar al genio o al héroe en su papel de máximo representante del Estado o de la nación, y de crear, en concordancia con ello, una carrera educativa de signo elitista en la que se fueran decantando los mejor adaptados a las premisas constitutivas de las sociedades capitalistas a las que debían a servir como prohombres dignos de imitación.

No soy iluso. Realmente ha habido genios y continuarán existiendo. Personas que poseen una rara habilidad para interpretar música, escribir poesías, resolver ecuaciones o crear empresas. Pero que la creatividad esté desigualmente repartida en la sociedad, no implica que todos carezcamos de ella, o que la poca o mucha que pueda desarrollar un individuo no sea valiosa también. Y por otra parte, y quizás fundamental, que la persona creativa no aparece como una rara avis en un erial, sino que surge en un entorno social que lo nutre. A pesar de lo cual, yo no creo, como sí hacen muchos gurús de la creatividad, que resulta imprescindible crear un ambiente propicio a la creatividad precisamente para que puedan surgir genios, sino más bien, al contrario, que la creatividad social, haya o no genios creados socialmente, sólo puede aparecer en un entorno cibernético de relaciones, lo que tiene relación con la existencia de ese cerebro social del que luego hablaré.

La creatividad va ligada a la libertad. El operario de la cadena de montaje, espiado, controlado, explotado, alienado para que no exprese su creatividad, que obedece instrucciones sencillas y repetitivas, encontrará enormes dificultades para expresarse libremente. En esta tesitura, realmente la sociedad ha repartido unos papeles, y el de creativo se lo ha asignado a una clase muy especial, la de los expertos, los capitalistas y los ingenieros, en detrimento del resto de la humanidad. Así y todo, si uno estudia la historia de la revolución industrial y lee, por ejemplo, los trabajos de Scott sobre el anarquismo, podrá vislumbrar toda una historia de creatividad obrera relacionada tanto con la producción como con la revolución, sin la que el proceso productivo no se habría podido llevar a cabo. Entre el sabotaje y la obediencia ciega al ingeniero, existen mil historias de desobediencia –creación- sin las que el funcionamiento fabril no se habría podido desarrollar. En cierto modo, los modernos sistemas de producción alternativos al taylorismo –toyotismo y otros– se basan en explicitar y organizar dentro de la estructura tradicional de poder económico y social de la empresa, esta creatividad laboral del asalariado, sobre todo en una época, como la actual, en la que los procesos ligados a la comunicación (Virno, por ejemplo) están en la base de la producción moderna.

No existe duda de que la creatividad posee un enorme valor. Por ello las formas del poder y de la creatividad se asemejan y tienden a potenciarse. Tradicionalmente, impedir la creatividad de casi todos, y fomentar la de una minoría. A pesar de lo cual, entre las grietas de los genios y los héroes oficiales, han aflorado juglares, ladrones, prófugos, furtivos, comerciantes, aventureros, gremios, agricultores, artesanos que han ejercido su creatividad compartiéndola con sus semejantes, creando unas innovaciones que  finalmente han asumido las instituciones oficiales orientándolas a veces hacia un fin espurio, y sobre todo, concretando la autoría bajo los nombres de aquellos genios a los que se les han erigido estatuas en las plazas públicas.

El nuevo capitalismo que se viste de rosa y que se nos muestra desmaterializado y limpio, agradable a la vista porque incorpora el arte a todos los niveles de la producción y del espectáculo mediático y publicitario, necesita también nuevos operarios saludables, listos, agradables, y como no, creativos. El nuevo culto al cuerpo y a la mente se proclama socialmente con el fin de crear el nuevo obrero pulcro de la maquinaria cibernética del conocimiento en la que se está transformando la vieja industria capitalista. Nada de obreros toscos, mal aseados, deformes y soeces. Se valora la idea genial, la campaña atractiva, el producto casi pornográfico, el proceso novedoso, la perspectiva original, y por tanto, sólo a aquellas personas capaces de expresarse creativamente en esos términos que el nuevo capitalismo nos impone. No me extraña que las proclamas sociales, económicas y educativas en defensa de la creatividad siembren desconcierto, miedo, ofuscación. Porque asistimos a una nueva división social basada en unos criterios de eficiencia que el nuevo sistema de poder nos desea imponer otra vez por medio de la fragmentación y la especialización social.

Estamos obligados a cuidar, defender y potenciar la creatividad. Pero alejándonos de esa pretensión posindustrial de destilar otra casta de genios creativos a través de un proceso educativo y económico que busca la excelencia entre los desechos de la mayoría.

El ser humano no puede dejar de ser creativo. Creamos hasta las impresiones del mundo exterior. La falacia de la representación idealista se ha desmoronado, y lo que nos enseña la neurología es un ser humano que crea el mundo originalmente desde el mismo momento en que lo está percibiendo. Filosóficamente, el idealismo trascendental de Kant, o el absolutista de Hegel, están muertos, a pesar de que las escuelas sigan sin prestarle atención a las sucesivas corrientes fenomenológicas, estructuralistas y posestructuralistas que han ido asumiendo esta nueva dimensión creativa y cada vez más subjetivista del ser humano.

El genio creativo existe. Y deberíamos ser todos nosotros. No se trata de una proclama vacía para calentar los oídos y merecer vuestro aplauso. Me refiero a la genialidad individual que cada uno debe expresar en sus relaciones personales, en sus círculos familiares y de amistad. A la creatividad personal de la que hablaba al comienzo de este artículo. Cada relación, trato, contrato, enlace, vínculo, en suma, contacto con nuestros semejantes, resulta creativo, en una dimensión absolutamente personal e intransferible, imposible de comparar, totalmente subjetiva y valiosa según nuestro propio baremo, independiente del resto de la humanidad. Y creo que el proceso de aprendizaje cultural debería poseer como gran objetivo aprender las herramientas sociales que nos van a permitir ser creativos en estos ámbitos íntimos y sociales. El éxito social y económico reside en este aspecto de la creatividad personal.

Pero para que pueda existir la máxima libertad creativa personal debe haber un marco social de relaciones, tecnologías, producciones de la vida, que sustente ese esfuerzo personal de convivencia valiosa. Aquí aparece esa otra vertiente de la creatividad, la colectiva, que la sociedad nos está demandando y que considero que hay que asumir ineludiblemente, ya que el entorno tecnológico, productivo, social y económico que deseamos construir para sustentar la máxima libertad individual, en un mundo ya expoliado y explotado por el capital, necesita de altas dosis de creatividad colectiva en muchos ámbitos.

Pero claro está, no la tradicional creatividad del genio o del experto, sino otra de muy distinta índole, sin la histórica estratificación entre un trabajo mental que se sitúa en la cúspide de la pirámide social, y al que el resto vamos sirviendo cada vez en mayor medida cuanto más cerca de su base nos situamos: el nuevo paradigma creativo no posee interés desde la ideología ilustrada, desde la autonomía del yo, porque resultaría agobiante y produciría otra vez una minoría de expertos creativos rodeados de una masa torpe de sirvientes y espectadores frustrados.

Concibo la creatividad como la acción de dar nuevo sentido a las cosas. La parte material, tecnológica o económica de este proceso la conocemos mejor: Facebook, la máquina de vapor, el chip, la radioactividad, la radio, la bicicleta, la mecánica cuántica, el ipod, etc. Pero lo que sustenta este aspecto material de la creatividad realmente es una labor lingüística o de discurso por el que un conjunto de personas empiezan a mezclar de una forma novedosa las palabras y los conceptos a lo que estas aluden: porque antes de poder hacerlo posible, necesitamos saber decirlo.

La novedad, por tanto, nunca ha aflorado en la intimidad del genio aislado en su bastión, sino en el proceso social mismo de creación de lenguaje. Los genios individuales únicamente pueden aflorar allí donde hay un lenguaje elevado cultivado sólo por una minoría, y donde los medios técnicos disponibles para fabricar y crear se encuentran centralizados. La paradoja del momento presente consiste en que los dueños del capital se enfrentan a un proceso creativo cada vez más distribuido y menos formalizado, y que a través de este nuevo, pero ajado, discurso de la creatividad pretenden apropiarse de los procesos de creatividad social activados en las arquitecturas distribuidas de conocimiento potenciadas por internet.

La filosofía individualista sobre la que descansa este concepto de creatividad nos impele a tener que representar un papel preestablecido en la comedia social. Para que funcione la maquinaria no son importantes las personas, sino los lugares que ocupamos. La ideología humanista que hemos adoptado resulta útil para que cada cual crea que está ocupando el lugar que se merece, y que lo ocupa por su originalidad individual como sujeto; cuando realmente el lugar que ocupamos es el que nos convierte en sujetos. Cada escalón de la pirámide posee un discurso, o sea, un lenguaje apropiado a la función, un conjunto de relaciones conceptuales que se generan en las interacciones sociales y que forma el magma con el que decimos las cosas y con el que nos pensamos.  T. Eagleton lo explica claramente para el caso de los estudios humanísticos, algo que resulta extensivo al discurso de la ingeniería o la ciencia:

El tener un título donde el Estado certifica que usted terminó satisfactoriamente los estudios correspondientes a la carrera de letras equivale a decir que usted está  capacitado para hablar y escribir de determinada manera. Esto es lo que se enseña, examina y certifica, no lo que usted piense o crea, ya que lo pensable, por supuesto, quedará restringido por el lenguaje. Usted puede pensar o creer lo que quiera, siempre y cuando pueda hablar en ese lenguaje específico. A nadie le importa particularmente lo que usted diga, ni la posición moderada, radical o conservadora que adopte, siempre y cuando esa posición sea compatible con una forma específica de discurso y pueda articularse dentro de esa forma.

El hecho de que el lenguaje posea esta doble función, y que sea algo que cada persona ayuda a crear en virtud del lugar que ocupa, es lo que puede conferir al proceso de creatividad de una componente liberadora de singular relevancia. Ya que las fracturas sociales del lenguaje y del discurso coinciden con las posiciones ocupadas por las personas, no se puede desvincular el papel que cada persona desempeña en el juego de la creatividad de la actividad concreta que realiza. Ambos elementos van unidos y se retroalimentan. Por tanto, la posibilidad de ser creativo va unida a la de ser libre, en un sentido muy diferente al liberal y democrático que se nos ha impuesto, de una forma que como dice Zizek, quizás todavía no podemos describir porque carecemos de las palabras adecuadas para esta función.

Como observó A. Smith:

El entendimiento de la mayoría de los hombres se forma necesariamente por sus ocupaciones habituales. El hombre que se pasa la vida efectuando unas cuantas operaciones simples no tiene ocasión de ejercer su entendimiento. Por lo general se vuelve tan estúpido e ignorante como es posible que una criatura humana llegue a serlo.

Lo que hace tan difícil que podamos asumir nuestro papel de creadores es la existencia de los guardianes del discurso, que no deberíamos confundir con personas concretas, sino con la presencia ubicua de redes piramidales y centralizadas de información y decisión, y con la existencia de determinadas instituciones, entre la que se cuenta la de los derechos de propiedad intelectual.

El ojo de la pirámide aspira a poder mirarlo todo, a concentrar en su cúspide lo valioso que ve allá abajo, a robar: la creatividad emerge en su seno, asciende, y finalmente se solidifica en estructuras que se llaman de poder, porque aspiran a afianzar la misma estructura piramidal que nos gobierna. Babel se construyó a medida que sus obreros fueron compartiendo un mismo lenguaje. La diáspora de Babel se parece a la que nos ofrecen las redes distribuidas de aprendizaje y conocimiento, la posibilidad de convertirnos en hacedores de lenguaje, en formar parte de comunidades de conocimiento diversas donde las creaciones no van a poseer dueño ni nombre, y en las que resultará inútil encontrar una dirección causal de creación, y por lo tanto, donde cada uno de nosotros podremos convertirnos en nómadas que compartimos funciones, pertenencias, identidades, y por ello, un itinerario singular y creativo de aprendizaje y de vida.

La liberación política va a consistir en poder formar un cerebro social, y para ello, debemos asumir nuestro papel de creadores. Un cerebro plástico que se auto-genera (autopoiesis) en virtud de nuestra capacidad para contribuir en la creación de lenguaje en cada una de las diferentes y diversas comunidades de trabajo y de producción de vida donde estemos participando.  Las habilidades inherentes a este nuevo sujeto -político y económico- creativo deben asumirse como una oportunidad para la liberación. Algo muy diferente al papel educativo que se le asigna hoy en día al fomento de la creatividad individual en las sociedades capitalistas, más ligado al papel de gestores del conocimiento propio de una élite biempensante y plutocrática, que al aprendizaje en la cooperación y en la creación compartida de discursos y herramientas. Esa nueva creatividad no debe basarse en crear originalmente sobre la base de la especial singularidad de cada individuo. Sino en la capacidad de poder participar en la creación social de entornos plurales y diversos en cuyo conflicto se va a conformar un magma de creatividad, no de progreso, sino de cambio, novedad, deseos, aventura.

En nuestro cerebro no hay un lugar de la conciencia, ni un receptáculo de datos. Las neuronas no guardan información, ni poseen una función independiente y autónoma. Nuestras diferentes capacidades cognitivas no se caracterizan por estar en un lugar, sino por un fluir, por unos flujos electroquímicos en una topografía variada que no se circunscribe al cráneo donde se aloja nuestro cerebro original, sino que forma una red lingüística donde las palabras que individualmente usamos para pensar se crean en la interacción de cada uno de nuestros cerebros en el seno del cerebro social del que formamos parte. La evolución no ha creado cerebros autónomos e independientes que libremente interactúan entre sí, sino cerebros construidos socialmente, cuya arquitectura y materia primordial se forma en común. La inteligencia humana no es una suma de cerebros, sino una arquitectura de relaciones cerebrales. Que la estructura sea de muchas pirámides, de un solo centro, o de una inmensa red distribuida dependerá nuestra capacidad para participar en el funcionamiento del cerebro social del que formemos parte, y por tanto, de ser parte de esa creatividad sin la que no podemos entendernos como especie y de la que va a depender nuestro futuro.

… y algunas lecturas:

http://inteligenciacolectiva.bvsalud.org/public/documents/pdf/es/inteligenciaColectiva.pdf

http://lasindias.com/el-poder-de-las-redes

http://p2pfoundation.net/Network_Society_and_Future_Scenarios_for_a_Collaborative_Economy

https://ruivaldivia.net/2013/11/30/la-involucion-de-las-masas-1a-parte/

https://ruivaldivia.net/2013/06/26/esto-es-la-anarquia-redes-y-estado/

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«CREATIVIDAD» recibió 2 desde que se publicó el lunes 27 de abril de 2015 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Ruiz.

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  1. Anónimo dice:

    Gracias! muy interesante… creación, lugar, lenguaje, conciencia (no localizable…) plasticidad…

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  1. […] Sobre la creatividad @ruivaldivia: «En nuestro cerebro no hay un lugar de la conciencia, ni un receptáculo de datos. Las neuronas no guardan información, ni poseen una función independiente y autónoma. Nuestras diferentes capacidades cognitivas no se caracterizan por estar en un lugar, sino por un fluir, por unos flujos electroquímicos en una topografía variada que no se circunscribe al cráneo donde se aloja nuestro cerebro original, sino que forma una red lingüística donde las palabras que individualmente usamos para pensar se crean en la interacción de cada uno de nuestros cerebros en el seno del cerebro social del que formamos parte. La evolución no ha creado cerebros autónomos e independientes que libremente interactúan entre sí, sino cerebros construidos socialmente, cuya arquitectura y materia primordial se forma en común. La inteligencia humana no es una suma de cerebros, sino una arquitectura de relaciones cerebrales. Que la estructura sea de muchas pirámides, de un solo centro, o de una inmensa red distribuida dependerá nuestra capacidad para participar en el funcionamiento del cerebro social del que formemos parte, y por tanto, de ser parte de esa creatividad sin la que no podemos entendernos como especie y de la que va a depender nuestro futuro» […]

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